Pescador de hombres…

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ENERO 21 DE 2017

DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO

  • Liturgia de la Palabra:
  • Jon 3,1-5.10.
  • Sal 24.
  • 1Cor 7,29-31.
  • Mc 1,14-20.

VER

Nuestra vida, en casi todo lo que hacemos, está marcada por las prisas, la urgencia y la inmediatez; el tiempo se acorta y las responsabilidades crecen: llegamos tarde a las citas, o a destiempo, incumplimos o posponemos nuestras tareas, justificamos como sea las ausencias y, poco a poco, nos vamos desentendiendo de las obligaciones y nos hacemos, cada vez, un poco más irresponsables.  Entonces, nos dedicamos a decir que el tiempo se nos vino encima, que no hay tiempo para nada, que la vida no da para tanto…

En esos avatares de la vida moderna, entre la cantidad de ocupaciones (y desocupaciones) que acarreamos, comienzan a repiquetear nuestra conciencia los ruidos de la vida, voces inaudibles que brotan del interior y pronuncian nuestro nombre, de manera clara e inconfundible, para advertirnos que ¡el tiempo apremia!

Sabemos que no sólo hay tareas de las que nos hemos desentendido, por la razón que sea, sino también, algunos aspectos esenciales de la vida, personal y colectiva, que han quedado abandonados, olvidados en un pasado que nos atormenta y nos ata a situaciones inaceptables, de las que no sabemos cómo salir: reconciliarnos con la pareja, o con el hermano; dejar que el enojo ya no amargue nuestro corazón, tomar la única decisión que nos hará felices, escuchar nuestro cuerpo y cuidar su salud, tomar postura ante los acontecimientos de la historia, hacer justicia más que hablar de ella…

En fin, no tenemos la menor duda de que el proceso se llama conversión y que el tiempo apremia.

JUZGAR

Los ninivitas, al parecer, llevaban una vida de mucha soltura, inmoral y desapegada de los preceptos de la ley divina; idolátrica y ajena a la voluntad de Dios. Habían dedicado su vida y su tiempo a la banalidad de las cosas, intrascendentes y pasajeras, olvidando sus compromisos con la alianza, haciendo menos y despreciando la libertad que dura para siempre.

Yahvé, en boca de Jonás, pone un límite al pueblo, estableciendo un tiempo preciso (propio de la simbología bíblica) para la conversión y el arrepentimiento: cuarenta días (3,4). Tiempo de prueba, de purificación y de esperanza.

Nínive no es presa de un castigo, sino sujeto del amor de Dios y protagonista de una oportunidad: la posibilidad de no perecer; siempre y cuando la comunidad cambie sus costumbres y ponga sus ojos en el Dios que ofrece misericordia:

Cuando Dios vio sus obras y cómo se convertían de su mala vida, cambió de parecer y no les mandó el castigo que había determinado imponerles (v.10).

Pablo, por su parte, advierte a los corintios que el tiempo apremia (7,29), sugiere acciones concretas, que podrían parecernos inhumanas e impracticables (vivir casados como si no lo estuvieran, sufrir como si no se sufriera, alegrarse sin estar alegres…), si no caemos en cuenta que este mundo que vemos es pasajero (v. 31). El apego a las cosas mundanas no hace más que provocar envidias, corrupción, vicios denigrantes y desesperanza, porque su existencia es efímera y hace efímera la felicidad. La solidez de la vida se sustenta en los tesoros que guarda el corazón.

Corinto, como Nínive, es una ciudad donde han echado raíces el pecado, la corrupción, los vicios y la inmoralidad; la vida de su gente se había conformado con ese modelo de satisfacciones momentáneas, efímeras y sin sentido. Pablo invita a los corintios a una revisión de vida, un discernimiento de los actos y las decisiones, para que ninguno , sin dejará de ser lo que es (casado, enfermo, alegre, comprador…), siga viviendo como hasta ahora, según el modelo y el ritmo de un mundo pasajero, que no conduce a ningún sitio.

En la predicación de Pablo resuenan las palabras de Jesús: el tiempo se ha cumplido y el Reino está cerca. Conviértanse y crean en el Evangelio (Mc 1,14).

La conversión implica cambios radicales, que no se reducen a sólo “no pecar”, sino a reorientar la vida según los criterios del evangelio. Dicha conversión, es un proceso que se desata con un llamado que interpela, provocando que el individuo salga de su cotidianidad y vaya más allá de lo ordinario, lo pasajero, lo efímero.

Jesús no hace preguntas, no cuestiona si la persona cree o no cree, no indaga qué tipo de vida lleva, simplemente llama y seduce, para que los convocados tomen la decisión de seguirlo. También aquí, la respuesta (seguimiento) marca un cambio radical en la vida personal que, sin dejar de ser lo que cada uno es (pescadores, hijos, trabajadores), reorienta el camino hacia otras metas:

Síganme y haré de ustedes pescadores de hombres (Mc 1,17).

Dejando redes, barcas y familia lo siguieron de inmediato (vv. 18-19). El tiempo pinta distinto, novedoso, las antiguas promesas se han cumplido y la esperanza se ve colmada en Jesús:

Descúbrenos, Señor, tus caminos, guíanos con la verdad de tu doctrina. Tú eres nuestro Dios y salvador y tenemos en ti nuestra esperanza (Sal 24, 4-5).

ACTUAR

José Ma. Castillo, comentando el mismo evangelio que hemos escuchado y reflexionado (junto con Jonás y Pablo), nos ofrece una mirada que permite descubrir líneas de acción concretas y retadoras:

Jesús puso en marcha este inesperado e increíble proyecto rodeándose de un reducido número de compañeros. Eran gente sencilla, trabajadores, hombres con muy poca formación y con muy escasos medios. Pero aquellos hombres tenían algo fundamental: se pusieron a “seguir” a Jesús. Seguir a alguien comporta dos cosas: “cercanía” y “movimiento”. El seguimiento es acompañar a Jesús. Pero no es solo eso. Es algo más: acompañarlo moviéndose, es decir, no estancados en el pasado, ni siquiera en el presente, sino siempre avanzando hacia un futuro mejor.

Este grupo inicial de seguidores indica, entre otras cosas, que el Evangelio no es un proyecto para individuos solitarios y aislados. Es, ante todo, un proyecto comunitario que se vive conviviendo con otros, y siendo cada cual para los otros, no para sí solo y para sí mismo. Esto es lo primero que Jesús quiso dejar claro.[1]

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

[1] Castillo, J. M. (2014). La religión de Jesús. Comentario al Evangelio diario. Ciclo B (2014-2015). Ed. Desclée De Brouwer. Bilbao. p. 90.

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Lo encontramos…

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ENERO 14 DE 2018

DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO

VER

Te busqué debajo del colchón y en el polvo de la habitación; te busqué con un ordenador y con la antena del televisor.

Te busqué por toda la ciudad y en el pozo de la soledad; te busqué en los ojos del dolor y en los ojos de la diversión.

Te busqué en el corazón y allí estabas en un rincón; te busqué en el corazón y en silencio oí tu voz.

Te busqué en el oro y el placer y en el cuerpo de alguna mujer; te busqué en las drogas y el alcohol y en los vicios y en la corrupción.

Te busqué en los templos de oración y en los libros que hablan del amor; te busqué por toda la ciudad y en el pozo de la soledad…

Así, como la letra de esta canción (“Te busqué”, MECANO), es la vida de mucha gente: siempre en búsqueda, siempre en movimiento.

Nos habrá sucedido, quizá, que nuestras búsquedas comenzaron por hurgar entre las cosas del entorno; luego vimos lo que otros tenían y deseamos lo mismo, y así seguimos buscando hasta llegar más allá de nuestra propia realidad, sin haber encontrado lo que realmente necesitábamos. En consecuencia, sufrimos desaliento, confusión y, en muchos casos, una terrible despersonalización.

Cargamos, a veces, con un vacío que nos desanima (perdemos el ánimo), con una hambruna interior; una sombra indescriptible que no deja pasar la luz, provocando que la vida se decolore. Desatendemos el corazón y descuidamos el alimento interior que cada hombre necesita por naturaleza (sea creyente o no), con el que nutre sus ideales, sus proyectos, sus sueños y anima su sentido de búsqueda.

… La vuelta a lo sagrado y las búsquedas espirituales que caracterizan a nuestra época son fenómenos ambiguos. Más que el ateísmo, hoy se nos plantea el desafío de responder adecuadamente a la sed de Dios de mucha gente, para que no busquen apagarla en propuestas alienantes o en un Jesucristo sin carne y sin compromiso con el otro. Si no encuentran en la Iglesia una espiritualidad que los sane, los libere, los llene de vida y de paz al mismo tiempo que los convoque a la comunión solidaria y a la fecundidad misionera, terminarán engañados por propuestas que no humanizan ni dan gloria a Dios (Papa Francisco, EG 89).

JUZGAR

¿Por qué el joven Samuel (1Sam 3,3) servía en el Templo? ¿Porqué respondió a un llamado, aun sin estar seguro de que fuera Elí quien lo llamaba? Muy probablemente estaba en búsqueda, tratando de encontrar el sentido de su vida y la orientación de sus deseos. No sabemos si fue allí donde comenzó su camino o, si más bien, fue allí donde terminó una búsqueda estéril e infructuosa, hasta encontrarse consigo mismo, en presencia de Yahvé.

El Templo es emblemático, lugar del encuentro con Dios y con su palabra; en la intimidad de ese encuentro se gestan la vocación, el envío y la misión. Una vez que Samuel es capaz de distinguir la voz de Yahvé, se pronuncia, diciendo, Habla, Señor; tu siervo te escucha… (v. 10). Desde entonces, Samuel se convertirá en juez, profeta y rey de su pueblo. Saldrá de ese lugar al mundo, para buscar una sola cosa: hacer la voluntad del Padre.

También los discípulos de Juan, y Pedro con ellos, estaban en búsqueda; encontrar al Mesías ocupaba su mente, su tiempo y sus viadas. Así como Elí orientó los pasos de Samuel, Juan hace lo propio: Éste es el Cordero de Dios. A tal reconocimiento le sigue el inevitable, pero gozoso, seguimiento.

Ya no es el Templo, sino la intimidad con el Señor la que suscita el encuentro, allí se quedaron con él…, donde vivía.  De esta experiencia tan cercana y acogedora surgen la vocación, el envío y la misión; los nuevos discípulos salen al encuentro de los otros, con un anuncio del que ya no cabe la menor duda: Hemos encontrado al Mesías (Jn 1,41).

El testimonio se hace fecundo, los discípulos recién llamados, llaman a su vez a otros mediante su testimonio de fe mesiánica. La fe en Jesús contagia, no puede confinarse ni encerrarse (Luis A. Shökel). Andrés no puede contener su emoción, su sed de verdad comienza a saciarse y quiere compartir su hallazgo, fue por su hermano Simón…, y lo llevó a donde estaba Jesús (Jn 1,41-42).

El Templo, sin perder su importancia y centralidad, pasa ahora a segundo término, pues queda claro que el encuentro tras la búsqueda, se verifica en la condición humana, hecha carne en Jesús y realidad latente en cada hombre.

Sólo así se puede comprender el grito de Pablo y su mensaje a los corintios: El cuerpo no es para fornicar, sino para servir al Señor (1Cor 6,13). Sin mayor explicación, basta con resaltar las palabras del versículo 19, que trazan la visión antropológica que surge del evangelio:

¿O es que no saben ustedes que su cuerpo es templo del Espíritu Santo, que han recibido de Dios y habita en ustedes?

ACTUAR

Dos cosas nos quedan por hacer, la primera, pronunciarnos igual que Samuel: habla, Señor, que tu ciervo escucha; la segunda, si de verdad hemos encontrado al Mesías, ir al encuentro de los demás y llevarlos donde Jesús:

En la Palabra de Dios aparece permanentemente este dinamismo de « salida » que Dios quiere provocar en los creyentes… La Iglesia en salida es la comunidad de discípulos misioneros que primerean, que se involucran, que acompañan, que fructifican y festejan. « Primerear »: sepan disculpar este neologismo. La comunidad evangelizadora experimenta que el Señor tomó la iniciativa, la ha primereado en el amor (cf. 1 Jn 4,10); y, por eso, ella sabe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos. Vive un deseo inagotable de brindar misericordia, fruto de haber experimentado la infinita misericordia del Padre y su fuerza difusiva. ¡Atrevámonos un poco más a primerear! (Papa Francisco, EG 20.24).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

Por otro camino…

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23

ENERO 7 DE 2018

LA EPIFANÍA DEL SEÑOR

VER

¿Qué nivel de confianza  tenemos en las demás personas? ¿En qué medida creemos en los líderes políticos, religiosos, sociales? ¿Alguna vez hemos podido constatar si ellos, los líderes, son en verdad una luz de esperanza?

En estos tiempos de incertidumbre, a veces aciagos, cuando las campañas políticas llegan como una marea cargada de promesas, magníficos proyectos, propuestas tentadoras, lanzadas al pueblo en un lenguaje que, buscando ser convincente, sólo se enreda en discursos contaminados por la falacia de siempre, la insensatez y la volatilidad de sus ideas…, nos sentimos engullidos por la más terrible sequía espiritual, moral, ética, política, religiosa, social.

Pesan sobre la humanidad tantos infortunios que se le ve agazapada, caminando temerosa a través de una oscuridad que le impide ver la luz y el camino que ha de seguir. Así, los hombres se repliegan en sí mismos, buscando el reducto más seguro para su protección, sin caer en cuenta que se hunden, también ellos, en una trampa que los ata para siempre, sin piedad.

Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la adulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien… (Papa Francisco, EG 2).

JUZGAR

No podemos echar raíces en la desesperanza, ni permitir que la mirada y el corazón se paralicen ante un panorama que parece desolador, cuando en realidad no lo es. En cada hombre anida un rasgo de bondad infinita, que no se extingue ni se apaga, que lo mueve en búsqueda de un destino alentador, sobrepasando límites, fronteras y adversidades.

Si los magos de oriente hubiesen puesto su confianza en las palabras de Herodes, habrían sometido su corazón inquieto a la más terrible egolatría que un hombre puede cultivar: el poder ciego y ambicioso, contaminado por la desconfianza y la mentira. Pero ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino (Mt 2, 9).

Tenemos aquí los dos pasos con los que inicia un proceso de discernimiento: escuchar y emprender el camino. Todos los elementos en esta escena (los magos, la estrella, Herodes, sacerdotes y escribas, el niño, María…), nos dicen que la epifanía del Señor se descubre cuando nos adentramos en el interior y hacemos un verdadero discernimiento de frente a la marea de acontecimientos que confunden nuestro caminar y oscurecen nuestra esperanza. La realidad, con todas sus aristas y vertientes, es parte de la vida; para enfrentar hay que discernirla.

Tal vez los magos, en su larga búsqueda de la verdad, vieron surgir una estrella (v. 2), una luz que dio sentido a su vida y su historia. Ellos representan al hombre de corazón dispuesto y de mente abierta, que no se limita a los parámetros que marcan la cultura, la religión y el contexto propio, ni se conforma con los paradigmas de las ideologías que se agotan en sí mismas. Con esa actitud, salen al encuentro de aquello que los inquieta y los llama.

Siempre en escucha de la realidad, de los acontecimientos, de los fenómenos, de la historia más allá de las fronteras, incluso, de atender la voz de Herodes y la malicia de su corazón. El discernimiento no comienza por las renuncias, sino por las opciones; tomando en cuenta que no se puede optar sin tener (escuchar) el panorama completo que la realidad nos ofrece, y enfrentarlo.

Una vez que se opta, se emprende el camino de las búsquedas, hasta llegar al encuentro con aquello que ha movido el corazón, la mente y la voluntad.

…y de pronto la estrella que habían visto surgir, comenzó a guiarlos (v. 9).

Aunque el caminar sea seguro, el camino es impredecible, se presentarán dificultades, obstáculos, distracciones (Herodes), adversidades y cansancio; no obstante, la voluntad echa mano de la perseverancia para continuar, hasta alcanzar lo que anhela y busca.

Finalmente, la luz que va iluminando cada vez con más intensidad, permite el encuentro de los magos con el niño y con María (v. 9). Un paso más en el proceso del discernimiento, que culmina con un acto supremos de interioridad: entraron en la casa… (v. 11). En este momento sólo dos cosas afloran de un corazón perseverante y agradecido: la humildad y el desprendimiento gozoso. Se postraron y lo adoraron (humildad); abrieron sus cofres y le ofrecieron regalos (desprendimiento gozoso). La búsqueda, al menos por ahora, se sacia al reconocer que el Señor es el principio y el fin, el alfa y la omega (Ap 22,13), el sentido de la vida y el origen del llamado. Entonces, sucede lo que muchos desconocen de este proceso y es determinante para que el discernimiento se convierta en luz para otros, en Buena Nueva, en anuncio, en respuesta, en vocación: el camino de vuelta para iluminar la realidad de donde se partió.

Alcanzada la meta, el hombre reposa, descansa, recupera las fuerzas; allí, en el sueño que precede al nuevo amanecer, se renueva la persona y se dispone para ser parte del Proyecto de Dios:

Advertidos durante el sueño de que no volvieran a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino (v. 12).

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La Epifanía no es sólo una manifestación de Alguien, sino de algo: por el evangelio, también los paganos son coherederos de la misma herencia, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la misma promesa en Jesucristo (Ef 3,6).

El mismo Pablo, en sintonía con el Salmo 71/72 (vv. 1-4), nos recuerda que el Espíritu que se nos ha dado (Ef 3,5) y del cual recibimos toda gracia (Ef 3,1), además que nos acompaña en el proceso del discernimiento, nos da la fuerza y nos revela la verdad para volver, a la realidad, por otro camino, amando y sirviendo como el Señor:

Al débil librará del poderoso y ayudará al que se encuentra sin amparo; se apiadará del desvalido y pobre y salvará la vida del desdichado (Sal 71/71, 4).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

María, Madre de Dios…

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1 DE ENERO DE 2018

SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS

Con esta celebración se concluye la octava de navidad, ocho días durante los cuales se mantiene, de manera festiva, la conciencia y la celebración del tiempo de la Natividad, que va del día 25 de diciembre al primero de enero.

Después del día de Navidad, se suceden tres fiestas importantes para los cristianos y que tienen la función de resaltar tanto el aspecto humano como el divino que encierra el misterio de la Encarnación: La Sagrada Familia (Primer domingo después de Navidad), Sta. María, Madre de Dios (1º de enero) y La Epifanía, fiesta establecida el 6 de enero, pero que se celebra, según el calendario litúrgico de la Iglesia, el primer domingo inmediato al 1º de enero (o lo que suceda primero); con esta solemnidad se cierra el tiempo de Adviento y Navidad.

VER

La maternidad, en sí misma, representa una infinidad de experiencias para el género humano, tal vez una distinta y profunda para cada individuo. Es un símbolo que acarrea todo tipo de sentimientos y de reacciones, que van desde lo meramente humano hasta lo más sublime y divino, pero en todo ello subyace y palpita la vida, la generosidad, la abundancia, el amor incondicional, la entrega sin límites, la ternura y la certeza de una realidad que nos da sentido, pertenencia e identidad.

Una mujer que espera un hijo, no importando su condición social, su raza, o el estrato al que pertenezca, debe ser motivo de alegría y de esperanza para todos. En ella se realiza el milagro de la vida. Es decir, el único milagro del que podemos ser testigos, que podemos tocar, sentir, admirar y tener en las manos: es el que se gesta en el vientre materno, desde la concepción hasta el día del parto.

La mujer que abre su propia vida y la dispone, en cuerpo y espíritu, al surgimiento de otra vida, es consciente de que inicia un proceso que no tendrá fin (siempre será madre); soporta con gozo las molestias del embarazo y enfrenta con valor y entereza los dolores del parto. Aceptar un hijo es, también, un acto de fe, un sí confiado y alegre. En el silencio entrañable de su cuerpo transformado, abre sus dudas y sus sentimientos al ser que aguarda, habla con él, como María al ángel, y le dice con humilde certeza: hágase en mí según tu Palabra.

JUZGAR

Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley… (Gal 4,4). Tal plenitud de los tiempos, que según los criterios humanos se esperaría como un acontecimiento extraordinario, se manifiesta de un modo totalmente inesperado: los pastores encontraron a María, a José y al niño, recostado en el pesebre (Lc 2,16). Una familia y un pesebre como símbolo de la pobreza y de la sencillez, son el espacio teológico previsto para que el Hijo de Dios naciera de una mujer.

¿A qué se refiere el evangelista cuando habla de la plenitud de los tiempos? Es, sin lugar a dudas, la plenitud del hombre a la que se refiere, la madurez que le permite pasar a situaciones de libertad y autodeterminación. En la cultura griega, por ejemplo, -dice Schökel- cuando llegaba la fecha de la mayoría de edad, decidida por el padre, el hijo se emancipaba y adquiría todos los derechos como hijo y como heredero. Jesucristo, desde esta misma perspectiva, representaba en la tradición cristiana y en la teología de Pablo, la plenitud a la que aspiraba todo hombre que creyera en Él (Ef 4,13).

Pero hay algo más que podemos encontrar, precisamente, a través de la maternidad de María: el parto marca el final de un periodo de espera (nueve meses) y sólo se da cuando la creatura ha alcanzado el pleno desarrollo dentro del vientre; así podrá pasar del estado fetal a la incorporación total dentro de una cultura, un contexto, una sociedad y, por supuesto, una familia determinada. El nacimiento de Jesús en la historia humana, por medio de la maternidad de María, simboliza la plenitud de los tiempos.

Por todo esto, María de Nazaret es la madre de Dios, porque su vientre albergó al Mesías prometido y el parto puso de manifiesto la promesa hecha por de Dios a su pueblo: rescatarnos, a fin de hacernos hijos suyos (Gal 4,5).

Puesto que ya son ustedes hijos, Dios envió a sus corazones el Espíritu de su Hijo, que clama “!Abbá!, es decir, ¡Padre! Así que ya no eres siervo, sino hijo; y siendo hijo, eres también heredero por voluntad de Dios (Gal 4,6-7).

ACTUAR

El Papa Francisco, durante la celebración de María, Madre de Dios, en la homilía nos ofrece una imagen distinta y fascinante de la maternidad que se encarna en María de Nazaret, y que nos interpela en el modo de vivir nuestras maternidades y nuestra relación con Dios:

La palabra madre (mater) hace referencia también a la palabra materia. En su Madre, el Dios del cielo, el Dios infinito se ha hecho pequeño, se ha hecho materia, para estar no solamente con nosotros, sino también para ser como nosotros. He aquí el milagro, la novedad: el hombre ya no está solo; ya no es huérfano, sino que es hijo para siempre. El año se abre con esta novedad. Y nosotros la proclamamos diciendo: ¡Madre de Dios! Es el gozo de saber que nuestra soledad ha sido derrotada. Es la belleza de sabernos hijos amados, de conocer que no nos podrán quitar jamás esta infancia nuestra. Es reconocerse en el Dios frágil y niño que está en los brazos de su Madre y ver que para el Señor la humanidad es preciosa y sagrada. Por lo tanto, servir a la vida humana es servir a Dios, y que toda vida, desde la que está en el seno de la madre hasta que es anciana, la que sufre y está enferma, también la que es incómoda y hasta repugnante, debe ser acogida, amada y ayudada.

Dejémonos ahora guiar por el Evangelio de hoy. Sobre la Madre de Dios se dice una sola frase: «Guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2,19). Guardaba. Simplemente guardaba. María no habla: el Evangelio no nos menciona ni tan siquiera una sola palabra suya en todo el relato de la Navidad. También en esto la Madre está unida al Hijo: Jesús es infante, es decir «sin palabra». Él, el Verbo, la Palabra de Dios que «muchas veces y en diversos modos en los tiempos antiguos había hablado» (Hb 1,1), ahora, en la «plenitud de los tiempos» (Ga 4,4), está mudo. El Dios ante el cual se guarda silencio es un niño que no habla. Su majestad está sin palabras, su misterio de amor se revela en la pequeñez. Esta pequeñez silenciosa es el lenguaje de su realeza. La Madre se asocia a su Hijo y lo guarda en silencio (enero 1, de 2018).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

Transcurrido el tiempo…

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DICIEMBRE 31 DE 2017.

LA SAGRADA FAMILIA DE JESÚS, MARÍA Y JOSÉ.

VER

Es tal vez, durante estas fiestas de fin de año, donde se recupera con más fuerza el sentido de familia. Del modo que sea, las reuniones tienen como pretexto, como fin, o como medio a la familia. La cena es el espacio del reencuentro, pasajero o efímero, pero finalmente cumple su cometido: hacer confluir, en torna a la misma mesa y bajo un mismo techo, a la mayoría de los miembros posibles (hijos, nietos, primos, sobrinos, cuñados, parientes lejanos…).

Aflora el sentido de pertenencia, los sentimientos de fraternidad que se habían perdido, la necesidad de reconciliarse, devolver el saludo, dirigir la palabra… Todo, o casi todo, se canaliza en el cálido afecto de los abrazos, en el brindis, en los buenos deseos y en la nostalgia que deja el recuerdo de los miembros ausentes, pero que hoy hacemos “presentes” para confirmar que la función nuclear de la familia da sentido a la existencia y es la razón de ser de cada individuo.

Finalmente, ni duda cabe, la familia es el origen de la vida y, no importando su condición o la situación por la que esté pasando, en ella se configuró nuestra personalidad, se decidió nuestro nombre y se plasmó nuestro porvenir. La familia, también es sagrada…

JUZGAR

Transcurrido el tiempo de la purificación de María, según la ley de Moisés, ella y José llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo ante el Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley: Todo primogénito varón será consagrado al Señor, y también para ofrecer, como dice la ley, un par de tórtolas o dos pichones (Lc 2,22).

Cualquier familia, consciente de los compromisos que la crianza de un hijo le implica, cumple con lo mínimo prescrito por la ley (civil o religiosa), para asegurar identidad y pertenencia a los suyos, garantizando así sus derechos esenciales, sobre todo, cuando vivimos inmerso en sociedades que exigen y obligan, en ocasiones, a cumplir responsabilidades.

José y María no son la excepción. Más allá de asumir la misión que Yahvé les había encomendado, sin valerse de los “privilegios divinos” otorgados en el hijo que reconocen como suyo, cumplen con las obligaciones que la ley mosaica y la tradición les exige; lo hacen a la par del resto del pueblo y en las mismas circunstancias de pobreza. Este gesto es también un mensaje: Dios se hace presente en la sencillez, no busca la gloria según los criterios humanos, sino que comienza su proyecto de salvación desde lo más ínfimo, insignificante y despreciado de la condición humana, como lo era una familia nazarena. La humildad es el fundamento para hallar gracia ante Dios: en ése pondré mis ojos: en el humilde y el abatido que se estremece ante mis palabras (Is 66,2).

Sencillez, humildad, pobreza, responsabilidad ante la ley e, incluso, sometimiento a ella, son los parámetros, a veces inverosímiles, que hacen de la Encarnación un misterio fascinante, tal como lo describe Pablo: Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley… (Gal 4,4).

El mensaje se complementa con las dos figuras presentes en la narración de Lucas, el anciano Simeón y la profetiza Ana, quienes refuerzan la experiencia de sencillez que envuelve no sólo a Jesús hecho hombre, sino a la familia que lo acoge.

Simeón es un hombre viejo, ajeno a las autoridades del Templo, que esperaba confiado ver al Mesías; Ana, vieja también, representa algo inusual en un contexto donde todo se volcaba hacia la figura masculina y, frente a la primacía del hombre, las mujeres, sobre todo ancianas y viudas, no tenían ningún valor social, o religioso, para la ley. En ambos fluye un elemento que los hace distintos y los convierte en testigos de la Buena Nueva: la presencia del Espíritu. En Simón moraba el Espíritu Santo (Lc 2,25), y la actividad de Ana, profetizar, no podría ser tal si no fuera el Espíritu quien la motivara. Lucas ha tenido cuidado de marcar todo un itinerario en torno a Jesús acompañado por el Espíritu, está allí de principio a fin, dando fuerza y sentido a cada acto, cada palabra, cada gesto.

Sólo el discernimiento, la escucha atenta de la Palabra y la oración, permiten que un hombre como Simeón se deje conducir por el Espíritu (v. 27) y sea capaz de ver en un niño vulnerable, lo que otros sólo veían en la magnificencia del Templo, o en las grandes expectativas respecto del Mesías: mis ojos han visto a tu Salvador…, luz que alumbra a las naciones (Lc 2, 30.32).

Esa luz no se alimenta del mesianismo ideológico, ni del absolutismo de una autoridad divina. Por el contrario, toma su fuerza en la debilidad de la condición humana, en la sencillez del corazón y en la humildad de sus siervos.

En la familia de Nazaret se descubre la cercanía de Dios, a tal grado, que Simeón puede tomarlo en sus brazos (v. 28) y Ana acercarse a él (v. 38). En esto radica su sacralidad, no en el favor divino que los distingue como “la familia de Dios”, sino en el modo da acoger al Hijo, de darle cabida a pesar de las carencias, las adversidades y la pobreza; en la apertura incondicional hacia los olvidados, los sencillos, los despreciados, sabiendo que allí, precisamente, es donde Dios se pronuncia y revela su voluntad.

ACTUAR

El Papa Francisco, en su exhortación apostólica Amoris laetetia, nos recuerda que las familias cristianas se caracterizan por su incondicional apertura al mundo y a los demás:

No olviden las familias cristianas que «la fe no nos aleja del mundo, sino que nos introduce más profundamente en él […] Cada uno de nosotros tiene un papel especial que desempeñar en la preparación de la venida del Reino de Dios». La familia no debe pensar a sí misma como un recinto llamado a protegerse de la sociedad. No se queda a la espera, sino que sale de sí en la búsqueda solidaria. Así se convierte en un nexo de integración de la persona con la sociedad y en un punto de unión entre lo público y lo privado. Los matrimonios necesitan adquirir una clara y convencida conciencia sobre sus deberes sociales. Cuando esto sucede, el afecto que los une no disminuye, sino que se llena de nueva luz, como lo expresan los siguientes versos:

«Tus manos son mi caricia mis acordes cotidianos, te quiero porque tus manos trabajan por la justicia. Si te quiero es porque sos mi amor mi cómplice y todo y en la calle codo a codo somos mucho más que dos».

Mario A. Hernandez Durán, Teólogo.

Un gran alegría…

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DICIEMBRE 25 DE 2017

LA NATIVIDAD DEL SEÑOR

Liturgia de la Palabra:

  • Is 9,1-3.5-6.
  • Sal 95.
  • Tito 2,11-14.
  • Lc 2,1-14

VER

Nuevamente…, llegó la Navidad: ¡a celebrar en grande, con toda la familia, con los amigos y de la mejor manera posible!

Es tiempo de salir, descansar, disfrutar las vacaciones; comprar, recibir regalos, obsequiar cosas. Es el tiempo propicio para renovar promesas, recuperar amistades, sacar del corazón los mejores sentimientos y hacer buenos propósitos…

¿Qué celebramos? ¿A quién recordamos? ¿Por qué la vida se detiene y cambia de ritmo? ¿Qué damos? ¿Qué no damos?

JUZGAR

Llegó el tiempo de dar a luz…

El evangelio de Lucas (2,1-14), centra la atención en el gran acontecimiento del nacimiento del Mesías y nos lo presenta en tres momentos. Primero, contextualiza el hecho en la historia, con el edicto de Cesar Augusto: un censo en la época en que Quirino gobernaba Siria (vv. 1-2), ubicando allí la línea davídica de la descendencia de José, quien pertenecía a esa casa y a esa familia, y debía empadronarse en Belén, la ciudad de David (vv. 3-5). Segundo, hace que todo se desarrolle según la vida y la suerte que corre el pueblo sencillo (vv. 6-7): a María le llegó el momento de parir y el niño fue recostado en un pesebre (la pobreza extrema), pues no había para ellos lugar en la posada (lugar en donde están los que pueden pagar). Tercero, el anuncio revelado a los pastores en el campo, fuera de la ciudad, resalta que a ellos es dirigida la buena nueva de la salvación, más allá de la gran ciudad y ajenos a las clases dominantes y privilegiadas por la religión. Aquí, las palabras del profeta Isaías y las del ángel son las mismas: un niño nos ha nacido… (Is 9,5), el Salvador y el Mesías (Lc 2,11).

Detrás de todo hay una enseñanza que, mucho me temo, no alcanzamos a visualizar ni comprender, debido a que hemos reducido el tiempo de Navidad a dos cosas: por un lado, la oferta y la demanda que cubren eficientemente nuestra necesidad de consumir-comprar-regalar. Así, creyentes y no creyentes nos dejamos llevar por la fascinación que la mercadotecnia despierta en nuestros sentidos y en nuestros sentimientos, distrayendo la atención del mensaje central, cifrando la gran alegría en las cosas materiales, efímeras, sin valor real. Por otro, la imagen material del niño Dios (de yeso, de pasta, de madera tallada, de porcelana, de acrílico, etc.) que no puede faltar en ningún hogar católico, es, simple y sencillamente, un objeto sagrado indispensable que, una vez bendecida por el cura de la Parroquia, se convierte en la “presencia material” de Dios en la familia, pero… ¿es realmente el Emmanuel? Terminadas las fiestas, se le guarda en una caja junto con los demás adornos y objetos navideños.

Algo más, vivimos en sociedades kinestésicas, que aprenden a través de lo que ven y lo que oyen, pero que, tal vez, no han sido capaces (no lo hemos logrado…), de pasar de la imagen sensorial a lo simbólico oculto en ella, de la expectación a la contemplación:

Esto les servirá de señal: encontrarán al niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre (v. 12).

¿Dónde y en quiénes encontramos hoy esa señal? Nuestras navidades no estás “envueltas” en pañales ni reposan, como en su fundamento más sólido, en un “pesebre”.

ACTUAR

La “buena noticia”, la “gran alegría”, no se encuentra en valores que aprecia el sistema, el mercado, el consumo… La felicidad está donde se encuentra lo más entrañablemente humano (un niño en pañales), esté donde esté, aunque se le encuentre donde menos podemos imaginarlo (José M. Castillo).

El Papa Francisco nos invita a acoger el proyecto de Dios con humildad sincera y valiente generosidad (Ángelus Dic. 24/2017).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

 

No temas…

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DICIEMBRE 24 DE 2017.

DOMINGO IV DE ADVIENTO

Liturgia de la Palabra:

  • 2Sam 7,1-5.812.14.16
  • Sal 88.
  • Rm 16,25-27.
  • Lc 1,26-38.

VER

Lo inesperado, a veces, trae consigo cosas buenas, lo impredecible abre ante nosotros oportunidades insospechadas. Sin entender cómo, el panorama se extiende y vemos con claridad nuevos caminos y nuevos retos. Indudablemente, alguna vez nos hemos visto envueltos en situaciones (negativas o positivas) que nos toman por sorpresa y nos desajustan.

Por ejemplo: cómo reaccionamos cuando, de buenas a primeras, alguien nos dice “te amo”; o cuando nos ofrecen un empleo, con mejor sueldo al que ya tenemos, y no sabemos qué decisión tomar. Qué se mueve en nuestro interior cuando nos avisan que papá murió…

Del modo que sea, más allá del asombro, experimentamos temor y desconfianza ante la novedad inesperada; nos invade una duda interior de no saber qué hacer, o qué decir. Es normal y humanamente comprensible.

JUZGAR

El evangelio de Lucas (1,26-38) nos presenta el pasaje del anuncio, o anunciación. Aquí, encontramos a María, sola, absorta tal vez en sus pensamientos, ensimismada, ocupada en sus quehaceres cotidianas. De manera inesperada, una presencia divina ocupó su espacio, una voz diferente la llamó por su nombre. El mensajero de Dios, Gabriel, le dijo, de manera inverosímil para ella, que sería la madre del Mesías.

Desconcierto, dudas, incertidumbre, miedo…, qué más podría sentir María ante lo inesperado. No sólo su vida y su tiempo, también su cuerpo sería ocupado por Dios.

Todo comienza con un peculiar saludo, marcado por la bondad y la dulzura que sólo pueden provenir de Dios: Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo (v. 28). Dios seduce y, así, compromete al hombre con su proyecto.

Del asombro, María pasó a las preguntas, necesitaba clarificar lo que estaba sucediendo: ella se preocupó mucho y se preguntaba qué querría decir semejante saludo (v. 29). En su contexto, este proceder de Dios era inusual, pues nunca antes las promesas del Mesías habían sido confiadas a una mujer, menos aún, a una joven como ella: galilea y virgen (en la cultura judía permanecer virgen no era una virtud, como ahora lo es para nosotros, sino un estado inadmisible en cualquier mujer como María, eso la hacía repudiable y desgraciada…).

Pero…, Dios se hace presente en la debilidad humana y la llena de gracia. Podemos decir que, justo aquí, comienza la encarnación, puesto que se abre un proceso que no sólo se acota en el Verbo que se hace hombre, sino también en María que se convierte en madre del Señor:

No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios. Vas a concebir y a dar a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús… (v. 30).

María, consciente de su condición, no sale de su asombre, y pregunta: ¿Cómo podrá ser esto, puesto que yo permanezco virgen? (v. 34). No sólo su virginidad, ahora también Dios la mete en un conflicto de “infidelidad” (acto que la llevaría con toda seguridad al repudio total e, incluso, a la lapidación), pues ya era la prometida de un hombre llamado José (v. 27), con quien no había tenido contacto alguno y quedar encinta.

El acontecimiento de la encarnación parte de lo cotidiano: una jovencita virgen prometida en matrimonio, un pueblo insignificante, un contexto de pobreza y sencillez. Pero todo va más allá, convirtiéndose en un acontecimiento profético, transformado por la presencia del Espíritu de Yahvé:

El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso, el Santo que va a nacer de ti, será llamado Hijo de Dios… (v. 35).

En este relato – dice Schökel – hay dos protagonistas, María y la Palabra. «María», símbolo de una porción de humanidad que pese a las situaciones históricas de marginación, rechazo y abandono por parte de la oficialidad socio-religiosa, confía, espera y está abierta al querer divino. «La Palabra», Dios, que se pronuncia, pero no en el «centro» donde todo parece que está dicho y decidido, porque viéndolo bien, Dios mismo ve que allí no hay cabida para Él; la Palabra que crea, que transforma, que da seguridad y que sin violentar la libertad del creyente, induce a una adhesión y aceptación gozosa de la voluntad divina tal como la de María: «que se cumpla en mí tu palabra» (v. 38).

ACTUAR

Este pasaje del evangelio no sólo nos recuerda que, gracias a la valentía y la disposición de María, Jesús habita entre nosotros, sino que Lucas nos quiere decir que el Dios de nuestra fe, es un Dios sencillo, afable, cercano y sin complicaciones; que se le puede encontrar en las periferias, en la pobreza y en la humildad de la gente.

¿Por qué insistimos en buscarlo, o esperarlo, por el lado equivocado? Dios es impredecible…

Mario A. Hernández Durán.