Yo soy…

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ABRIL 22/2018

IV DOMINGO DEPASCUA

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A lo largo de los días seguiremos escuchando, en todos los medios, cualquier cantidad de propuestas enfocadas en captar la confianza del pueblo, la necesidad de un voto por mil dádivas inexplicables, irreales, inexistentes.

Los tiempos electorales son los tiempos del derroche, de tirar la casa por la ventana para seducir a los incautos, “convencer” a los pobres malgastando millonarios recursos que podrían, sin lugar a dudas, mitigar la miseria. Cada candidato se apropia del “yo soy…” (el mejor, el más apto, el único, el adecuado…) para desacreditar al adversario, sin percatarse, tal vez, que se han entrampada en un círculo vicioso, donde todos pretenden ser lo que, en realidad, no son…

Llegaremos a un hartazgo sensorial y un vacío racional, hasta vomitar desprecio, terror, miedo, indecisión, dudas, votos sin sentido… El aparato político, cual lobo, se habrá enriquecido sin saciarse, mientras el pueblo, confundido, andará disperso, escondido, sin esperanza.

JUZGAR

El evangelio de Juan (10,11-18) nos remite a una imagen esperanzadora: el buen pastor.

Gran parte de la vida del hombre se debate entre el bien y el mal, la inquietud por encontrar la mejor opción y tomar la decisión correcta. Siempre, frente a nosotros, están presentes lo bueno y lo malo; son los opuestos que hacen de la razón, la voluntad y la libertad cualidades activas, en constante búsqueda de la verdad y del bien; son la base de un proceso llamado existencia, que busca trascender el tiempo y superar la mediocridad y la estéril pasividad.

El buen pastor da la vida por sus ovejas (v. 11), lo que significa estar dispuesto y disponible, sobrepasando los límites del tiempo, haciendo de las noches vigilia luminosa y del día presencia y compañía. Sin menoscabo de la virilidad del pastor, como la de todo hombre, dar la vida así es un gesto maternal, y no puede ser de otra manera; una entrega absoluta por convicción, que teje relaciones profundas con los suyos, a tal punto, que puede decir conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mí (v. 14). Identidad y pertenencia que anima la confianza de los seguidores y la certeza de encontrarse en lugar seguro.

La convicción del pastor se transforma en vocación, llamada que convoca y acoge: tengo otras ovejas que no son de este redil y es necesario que las triga también a ellas; escucharán mi voz y habrá un solo rebaño y un solo pastor (v. 16).

Todo se fundamenta en el conocimiento y en el amor; conocimiento muto donde se gestan la filiación y la fraternidad: yo las conozco y ellas me conoce, como el Padre me conoce y yo a él (vv. 14-15) y del que nace el enamoramiento y el amor, que se palpa en la entrega incondicional: El Padre me ama porque doy mi vida… (v. 17). Si no fuera así, sólo habría un conocer unilateral, impositivo y dictatorial, carente de amor y de confianza, desinteresado por el bien de los demás: el que no es el pastor ni el dueño de las ovejas, cuando ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; el lobo se arroja sobre ellas y las dispersa (v. 12).

Esta es la diferencia entre el buen pastor y el pastor que engaña: dar la vida.

ACTUAR

Los malos pastores son símbolo de la corrupción. El Papa Francisco nos dice que no habría corrupción social sin corazones corruptos… ¿Por qué un corazón se corrompe? El corazón no es una última instancia del hombre, cerrada en sí misma; allí no acaba la relación. El corazón humano es corazón en la medida en que es capaz de referirse a otra cosa, en la medida que es capaz de amar o negar el amor (odiar). Por ello Jesús, cuando invita a conocer el corazón como fuente de nuestras acciones, nos llama la atención sobre esta adhesión finalística de nuestro corazón inquieto. Donde está tu tesoro allí está tu corazón (Mt 6,21). Conocer el corazón del hombre, su estado, entraña necesariamente conocer el tesoro al que ese corazón está referido, el tesoro que lo libera y plenifica o que lo destruye y esclaviza… (Algunas reflexiones en torno a la corrupción).

En estos tiempos, las palabras que se pronuncian afloran como la voz que se escucha para emprender el seguimiento, del conocimiento mutuo nace el amor y el gozo de decir, con el salmista (Sal 117):

Bendito el que viene en el nombre del Señor.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

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Un día después…

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ABRIL 1 DE 2018

DOMINGO DE PASCUA

Un día después del sábado…

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Un día después, cuando parece que todo termina, comienza, en realidad, el tiempo definitivo, el camino que se ha de recorrer, motivados por lo que se ha vivido. Cuando un niño nace, su proceso existencial se desata y se abre a la vida, un día después; el desposorio de una pareja comienza a tomar forma y a configurar su proyecto, un día después. Y así, cada etapa de nuestra vida se irá integrando en el destino forjado por cada uno… un día después.

Al día siguiente comenzamos a recuperara el tiempo pasado, a repensar los acontecimientos, a reflexionar con detenimiento las experiencias, a construir la vida basada en los cimientos que antes hemos echado.

El día después, representa la superación de la noche y marca el amanecer, el horizonte que se abre por delante, el despertar, la esperanza

JUZGAR

El primer día después del sábado, estando todavía oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio removida la piedra que lo cerraba… (Jn 20,1).

El sepulcro es símbolo terrenal de la muerte, en él yacen los restos del hombre que ya no tiene vida; un sitio de presencias donde no hay nadie… sólo restos. Allí, se eternizan, en un tiempo indefinido, los recuerdos, el pasado… pero ya no hay un día después, porque los muertos ya no regresan.

Detrás, o debajo de la loza que los sella, se encierra el misterio de la finitud, acaba todo para un individuo, dejando que la vida fluya entre los vivos que quedan fuera, más allá de la sepultura.

María Magdalena caminó cargando su tristeza, atizando en su corazón una esperanza, a pesar de la oscuridad en el entorno y en su corazón. El amor animaba la luz que un vago recuerdo, confundido entre las sombras la muerte: al tercer día…

Si tenía preguntas, encontró respuestas: la piedra removida… Un sepulcro abierto, violentado por algo inexplicable, no podía aprisionar un cuerpo lleno de vida, transfigurado por ser fiel a la Voluntad del Padre.

Echó a correr de regreso, con un gran miedo, o con la confirmación fehaciente de sus recuerdos: Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos donde lo habrán puesto (Jn 20,2).

  • ¿Quién se llevó?: el amor del Padre, la justicia, la libertad, la fidelidad sin límites, la entrega incondicional, la verdad…
  • ¡No sabemos dónde lo han puesto!: no entendemos qué pasó, no alcanzamos a comprender que así debía ser, no queremos darnos cuenta que la resurrección es posible…

Justo, un día después será necesario para ir encontrando las respuestas a tantas preguntas, porque hasta entonces no habían entendido las Escrituras, según la cuales Jesús debía resucitar de entre los muertos (Jn 20,9).

ACTUAR

Tal vez hoy es el día después, no sólo para encontrar sepulcros abiertos, sino para remover las piedras del odio, la envidia, el desprecio, la indiferencia, o la injusticia que aprisiona con la muerte a tantos hombres y mujeres en el mundo.

Hermanos: ¿No saben ustedes que un poco de levadura hace fermentar toda la masa? Tiren la antigua levadura, para que sean ustedes una masa nueva, ya que son pan sin levadura, pues Cristo, nuestro cordero pascual, ha sido inmolado.

Celebremos, pues, la fiesta de la Pascua, no con la antigua levadura, que es de vicio y maldad, sino con el pan sin levadura, que es de sinceridad y verdad (1Cor 5,6-8).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

¿Qué es la verdad?

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MARZO 30 DE 2018

VIERNES DE LA PASIÓN DEL SEÑOR

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Un viernes más por celebrar, según los ritos y la liturgia de cada ciclo, de cada año. La Semana Santa como un memorial, o… como una costumbre.

Cruces y crucifijos, el silencio de mil procesiones, via crucis matizados de piedad, de añejos cantos impregnados de dolor que no han superado el tiempo, imágenes apócrifas que se han anclado a la fe popular; multitudes enlutadas para la ocasión (sólo para la ocasión), algunos lloran con rostros circunspectos, oros soportan el golpe de calor, peo hacen un esfuerzo para alcanzar los beneficios del sacrificio y la penitencia ocasional.

Peregrinos de la vida, ataviados con la cruz que “nos identifica”, omitimos lo único que nos hace reconocibles ante los hombres: el amor (Jn 13,35). Las cruces del viernes santo no son las cruces de todos los días, y el Cristo en ellas clavado (el de ornato), que nos conmueve y nos sobrecoge en una ráfaga de sentimientos momentáneos, no logra encarnar a los crucificados del mundo, ni siquiera les habla de la resurrección, de la esperanza, o de la victoria de la vida sobre la muerte…

JUZGAR

¿De qué serviría recordar el día de la crucifixión, para celebrarlo con solemnidad, si no vemos allí el reflejo de una cruenta realidad que nos interpela?

Una afirmación contundente y una pregunta detonante, que deja abierta la posibilidad de cualquier respuesta, apelando a la conciencia de los hombres:

Yo nací y vine al mundo para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz… ¿Y qué es la verdad? (Jn 18,37-38).

Pablo nos dio la pauta de una verdad incuestionable: si no creemos que Jesús resucitó, nuestra fe y nuestra predicación no sirven de nada (1Cor 15,14).

La liturgia nos pone de frente a otra pregunta, no menos importante que la primera; con ella, podemos hacer una introspección respecto de nuestras creencias y los contenidos de nuestra predicación: ¿Quién habrá de creer lo que hemos anunciado? (Is 53,1), tratando, así, de clarificar la verdad que se oculta a nuestros ojos, tal vez por el miedo de conocerla:

Creció́ en su presencia como planta débil, como una raíz en el desierto. No tenía gracia ni belleza. No vimos en él ningún aspecto atrayente; despreciado y rechazado por los hombres, varón de dolores, habituado al sufrimiento; como uno del cual se aparta la mirada, despreciado y desestimado. Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo tuvimos por leproso, herido por Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Él soportó el castigo que nos trae la paz. Por sus llagas hemos sido curados.

Todos andábamos errantes como ovejas, cada uno siguiendo su camino, y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes (Is 53,2-6).

¿Qué anunciamos en realidad, qué predicamos? ¿Acaso andamos errantes, cada quien por su camino, desentendidos del mundo y sus vicisitudes?

La crucifixión del Señor se alza como el grito desesperado provocado por el peso de la injusticia. Para las estructuras de poder, es el ultimátum (“querían acabar con él”), para la razón, que nace de la verdad, es un gesto de rebeldía que desenmascara el miedo del hombre a enfrentar la realidad y su incapacidad para ir más allá de su finitud.

Esa muerte fue definitiva, pero no la primera de muchas otras. Eso quiere decir que no hemos comprendido que el sacrificio de Jesús se hizo una vez y para siempre (Heb 10,10), él se convirtió en la causa de la salvación eterna para todos los que lo obedecen (Heb 5,9).

El Viernes Santo es el recuerdo de una victoria, memorial del sacrificio con el que se pacta la alianza, nueva y eterna, no la repetición de una tragedia, a través de la cual apartamos la mirada, como recuerda Isaías, despreciando y desestimando el dolor real de los que sufren y mueren atados a las cruces de la sin razón y la piedad vacía de amor.

Cristo se humilló por nosotros y por obediencia aceptó incluso la muerte y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todas las cosas y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre (Flp 2,8-9).

ACTUAR

Hermanos: Jesús, el Hijo de Dios, es nuestro sumo sacerdote, que ha entrado en el cielo. Mantengamos firme la profesión de nuestra fe. En efecto, no tenemos un sumo sacerdote que no sea capaz de compadecerse de nuestros sufrimientos, puesto que él mismo ha pasado por las mismas pruebas que nosotros, excepto el pecado. Acerquémonos, por tanto, con plena confianza al trono de la gracia, para recibir misericordia, hallar la gracia y obtener ayuda en el momento oportuno (Heb 4,14-16).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

Tener parte…

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MARZO 29 DE 2018

JUEVES SANTO

UNA PASCUA EN LA QUE HAY TOMAR PARTE

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En ocasiones, debemos decidir si asumimos, o no, los compromisos que nos confrontan y, sin los cuales, no podríamos tomar parte en un proyecto, en una comunidad, o en la oportunidad que la vida nos ofrece.

Puede ser el orgullo, el honor mal entendido, la resistencia a ceder un poco de nosotros, o el miedo a perder el lugar que nos hemos ganado. En todo, hay una débil seguridad al borde del fracaso, cuando se deben dar pasos camino abajo para encontrarse con lo propiamente fundamental, si se quiere pensar en una vida plena.

Nos hemos subido al tren de un poder que no sabe de servicio, que no es capaz de poner, al menos, una rodilla por tierra, para verse cara a cara con el humillado, o tomar en las manos el peso del cansancio, refrescar el sudor del jornalero sin descanso, o escuchar el llanto de los que sufren y no tienen voz.

Ridiculizamos el servicio que otros hacen, porque así nos defendemos de hacerlo; estamos bien…, creyendo que “somos buenos”, sin percatarnos, tal vez, de que somos inútiles…

JEZGAR

La Pascua y los textos pascuales nos han enseñado muchas cosas a lo largo del tiempo. Siempre vemos, a través de ellos, el paso de la esclavitud a la libertad, la Alianza, el pacto de salvación entre Dios y los hombres. No obstante, me parece que hemos omitido un detalle esencial que da sentido pleno al hecho que emana de la experiencia pascual: los compromisos que se deben asumir para ser parte de ello.

El pueblo hebreo debía cumplir tres prerrogativas esenciales justo el día en que pasaría el Señor: elegir un cordero para comerlo en familia, o compartirlo con otra familia; todo el pueblo, sin excepción, inmolaría el cordero el mismo día y a la misma hora, luego, rociarían las jambas y el dintel de las puertas con la sangre del cordero inmolado, como señal de aceptación. Vemos que nada podía ser ejecutado de manera individual, o en lo particular: sólo en familia, todo el pueblo y con la misma señal para todos (Ex 12,3-7); de lo contario, caería sobre ellos el exterminio que, en otras palabras, es la muerte que deja fuera a aquellos que se desentienden de los mandatos del Señor.

La sangre les servirá de señal en las casas donde habitan ustedes. Cuando yo vea la sangre, pasaré de largo y no habrá entre ustedes plaga exterminadora, cuando hiera yo la tierra de Egipto (v. 13).

Yahvé escuchó los gritos del pueblo que pedía ser liberado, Él accedió y su misericordia se convirtió en un acto liberador que lo involucra, pero el deseo de libertad debe convertirse en la actitud decidida de quien busca seguir al Señor:

Comerán así: con la cintura ceñida, las sandalias en los pies, un bastón en la mano y a toda prisa, porque es la Pascua, es decir, el Paso del Señor.

No hay tiempo que perder, se está con el Señor para tomar parte en su proyecto, o no se está con Él y se queda fuera.

El evangelio de Juan nos habla de un debate entre Pedro y Jesús, el contexto es la Pascua y la razón es la misma: la liberación. Aquí, como en Egipto, también se deben tomar decisiones: aceptar, o no, las condiciones.

Cuando llegó a Simón Pedro, éste le dijo: Señor, ¿me vas a lavar tú a mí los pies? Jesús le replicó: Lo que estoy haciendo tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde. Pedro le dijo: Tú no me lavaras los pies jamás. Jesús le contestó: Si no te lavo, no tendrás parte conmigo (13,6-8).

Para tener parte hay que aceptar y asumir los retos y los compromisos que surgen de la nueva alianza: partir el pan (compartirlo), servir (lavar los pies), amar (el nuevo mandato), perdonar y dar la vida. Jesús mismo toma la iniciativa y pone el ejemplo, lo que él hace es reflejo de la actitud que propone como parámetro a los seguidores: se levantó de la mesa, se quitó el manto, se ciñó una toalla, puso agua en una jofaina y se puso a lavarles los pies (vv. 4.5).

Al igual que el pueblo hebreo, que debía estar pronto para emprender el camino, ahora es primordial levantarse de la mesa (renunciar a los privilegios) y ponerse a trabajar.

Cuando acabó de lavarles los pies, se puso otra vez el manto, volvió́ a la mesa y les dijo: ¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, que soy el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros. Les he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con ustedes, también ustedes lo hagan (vv. 12-15).

ACTUAR

Lavar los pies se convierte en un gesto atrevido, que romper con las normas de servidumbre y el concepto de autoridad. El Hijo de Dios no ha venido a ser servido…

El recuerdo de la Pascua en la liturgia del Jueves Santo no puede quedarse en la reproducción teatral de un acto excepcional de Jesús (lavar los pies), o en la insistencia de tinte dogmático que quiere ubicar allí el origen irrefutable del presbiterado (Jesús no ordenó sacerdotes a sus discípulos), o de ver en la cena el origen de la “primera comunión”, perdiendo toda la dimensión salvífica y universal de la eucaristía, como sacramento de la presencia de Dios entre los hombres, en el simple hecho de compartir el pan.

¿En qué radica nuestra concepción del cristianismo? ¿Cuáles son los fundamentos de nuestra fe?

Pues si yo, que soy el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

¡Bienvenido!

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MARZO 25 DE 2018

DOMINGO DE RAMOS DE LA PASIÓN DEL SEÑOR

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Cuando sabemos que el momento de encontrarnos con alguien se acerca, el corazón palpita aceleradamente y la sangre correo con más energía por las venas, hasta hacernos sentir que el cuerpo vibra de emoción incontenible.

Ver cara a cara a la persona esperada, a la que amamos y admiramos, provoca que del interior broten las expresiones de afecto más significativas y las palabras con más fuerza, intentando que el otro se sienta acogido, se descubra amado y sepa, sin duda, que es bienvenido.

Más allá de los símbolos materiales, que siempre los hay (flores, dulces, regalos…), están los símbolos corporales, arraigados al corazón y a los deseos: manos que acarician, brazos que acogen, pies que van al encuentro, miradas que se asombran, sonrisas que lo dicen todo, lágrimas que nutren la vida con la riqueza de las emociones.

Las manos que se levantan y se agitan después de avistar al ser querido, son como las palmas de aquel domingo…

JUZGAR

¡Hosanna! Bendito el que viene en nombre del Señor… (Jn 12,13).

La liturgia de la semana pasada insistió en recordarnos que el tiempo estaba por cumplirse (Jr 31,31; Jn 12,23). Hoy, al iniciar la Semana Santa, nos encontramos acogidos por una escena que nos muestra un hecho a través de cual ese tiempo se cumple y hace que la historia de los hombres camine por rumbos inimaginables.

Un pueblo que sale al encuentro del Señor, que viene hacia él, en una expresión de acogida que surge de la inocencia que todo lo ve grandioso, maravilloso. La sencillez del pueblo abre paso a la sencillez de un rey montado de un burrito; la espontaneidad improvisa creativamente una fiesta y toma de la creación, con el derecho que le compete por su condición creatural, los bienes que el creador le ha confiado para darle gloria.

El momento es terriblemente revelador, pone la atención del hombre en lo esencial, en lo que Dios realmente quiere, según los criterios de la Buena Nueva: basta que el pueblo identifique en Jesús a su rey y, que este rey humilde, sea recibido con sencillez y se le permita entrar en la historia desde abajo, con austeridad, con alegría, entre los pobres y la gente sencilla:

No tengas temor… Mira que tu rey viene a ti montado en un burrito (v. 15).

ACTUAR

  • ¿Aún esperamos a Jesús? ¿Cómo lo esperamos?
  • ¿Ya entró en nuestra vida? ¿De qué manera lo recibimos?
  • ¿Cómo lo recibimos…?

El amor es muy grande…

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MARZO 11 DE 2018

DOMINGO IV DE CUARESMA

 

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Emocionalmente a veces es duro. Sin embargo, son muchos más los niños que se recuperan que los que no lo hacen, y en eso creo yo que hay que enfocarse. Hoy me atrevo a decir que nunca había estado tan satisfecho, nunca había disfrutado tanto ser médico. La experiencia humana es increíble (Alejandro Vargas Pieck, Pediatra mexicano de MSF).

La acción humanitaria es un gesto solidario de sociedad civil a sociedad civil, cuya única finalidad es aliviar el sufrimiento y preservar la vida de otros seres humanos durante un periodo crítico. Una profunda convicción que animan los principios de acción de Médicos sin fronteras.

Representa una de tantas acciones que afloran del amor al hermano y el respeto por la vida; no importando las adversidades, subyace una disponibilidad abierta y generosa, haciendo del corazón un espacio donde hay cabida para las miserias de la humanidad y que puede llegar al límite, hasta dar la vida por el otro.

En aquellos que se entregan, sin recibir nada a cambio, por el bien común, en lucha por la justicia y la dignidad del otro, tenemos la oportunidad de ver el rostro misericordioso de Dios.

JUZGAR

No es sencillo descubrir la presencia de Dios en medio de las adversidades, o en la refriega de la vida diaria donde pareciera que lo único experimentable es el abandono, la soledad y la desesperanza. Ante ello, Pablo no duda en recordarnos que la misericordia y el amor del Dios son muy grandes (Ef. 2,4).

No obstante, se nos presenta otra dificultad: cómo ver, o comprobar, que la misericordia y el amor de Dios son reales y actúan en favor nuestro… En realidad, es muy sencillo saberlo: la experiencia humana es increíble. El factor humano es la clave. Así, en todos los tiempos, Dios muestra, por medio de Cristo Jesús, la incomparable riqueza de su gracia y de su bondad para con nosotros (Ef 2,7).

En Jesús se valida la condición humana como la única mediación entre Dios y los hombres, en ella se manifiesta a los sentidos, en toda su extensión, su misericordia y su bondad.

En efecto, ustedes han sido salvados por la gracia, mediante la fe; y esto no se debe a ustedes mismos, sino que es un don de Dios. Tampoco se debe a las obras, para que nadie pueda presumir, porque somos hechura de Dios, creados por medio de Cristo Jesús, para hacer el bien que Dios ha dispuesto que hagamos (Ef 2,8-10).

Fuimos creados para amar y ser libres, facultades que nos disponen para hacer el bien. Aun así, el panorama del mundo nos presenta otra realidad, parecida a la que narra el libro de las Crónicas, donde autoridades y pueblo multiplicaron las infidelidades y practicaron las costumbres paganas (36,14). En el modo de proceder y de vivir radica el castigo:

La causa de la condenación es ésta: habiendo venido la luz al mundo, los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Todo aquel que hace el mal, aborrece la luz y no se acerca a ella, para que sus obras no se descubran.

Pero, insistimos, hemos sido destinados para hacer el bien, aspecto esencial de nuestra vocación a la santidad, de tal modo, que el que obra el bien conforme a la verdad, se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios (Jn 3, 21).

El amor del Padre –dice Schökel- ha puesto en marcha toda la historia de la salvación, estableciendo como principio y primicia de ese camino a su propio Hijo: tanto amó Dios al mundo… (Jn 3,16). Esa historia de salvación está en marcha, y somos nosotros.

ACTUAR

La acción humanitaria es un gesto solidario, salvación en acto, misericordia. Así, la expresión paulina con Cristo y en Cristo no puede ser vista como un privilegio, sino como compromiso que configura nuestra condición humana con la fuerza de la resurrección, puesto que fuimos creados por medio de Cristo, para hacer el bien que Dios ha dispuesto que hagamos (Ef 2,10).

Porque tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3,16).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

¡Qué locura…!

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FEBRERO 4 DE 2018

DOMINGO III DE CUAREMA

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¿En qué se basa nuestra fe? ¿Con qué la acompañamos y aderezamos, para que se vea bien? ¿A qué le damos más importancia en nuestra relación con Dios: a las convicciones o a las devociones?

La religiosidad de la gente en nuestros pueblos se manifiesta en un revuelo de devociones, encomiendas, promesas, juramentos, novenarios, reliquias, bendiciones, sacramentales; en la compra de objetos benditos, imágenes e intenciones. Se va lejos a pedir por alguien, o por algo, al santo milagroso, a la patroncita del pueblo, a la imagen del Cristo redentor…

La fe, fluye en un mercado de listones, escapularios, medallas, relicarios, estampas de todos los santos, indulgencias, certificados que confirman la adhesión a la Iglesia y garantizan la vida eterna.

Los días de ayuno se festejan con vendimias fuera de los templos, atrios llenos de símbolos efímeros, largas colas para confesar pecados, ministros que apuran el paso de las multitudes que adoran con lágrimas las reliquias de los mártires, las astillas de la cruz y los rostros del dolor…, apostadas junto a las arcas que reciben, sin recelos, la generosidad del pueblo.

Fastuosas bodas vacías de sentido, que sacian compromisos sociales y “cumplimientos” religiosos. ¿Así es como se “está bien con Dios”?

Vendedores, compradores incautos, conciencias culposas que pagan por el perdón, multitudes que llenan los templos…, pero llevan vacío el corazón.

JUZGAR

…Jesús llegó a Jerusalén y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas con sus mesas (Jn 2, 14).

La escena frente a Jesús desata en él una reacción violenta, incomprensible e inaceptable para los responsables del Templo, pero predecible en quien ha venido a cumplir la voluntad de Dios: no podía permitir que la casa de su Padres se convierta en un mercado (v. 16).

Allí, en el corazón del Templo, se resguarda el Arca de la Alianza, un decálogo que avala el pacto entre un pueblo liberado y un Dios bondadoso. Claros y contundentes, diez preceptos que abracan la vida del hombre, su relación con el hermano y la razón más profunda de su fe. No se pide más que eso, pero no se espera menos del pueblo: Yo soy el Señor, tu Dios; no tendrás otros dioses fuera de mí; no te fabricarás ídolo ni los adorarás. No harás mal uso de mi nombre y santificarás el sábado. Honrarás a tu padre y a tu madre, no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falsos testimonios, no codiciarás lo que no es tuyo (ex 20,1-17).

Qué más podría exigir el pueblo, cuando el salmista nos recuerda que la ley del Señor es perfecta del todo y reconforta el alma… En los mandamientos del Señor hay rectitud y alegría para el corazón; son luz los preceptos del Señor para alumbrar el camino (Sal 18,8-9)… ¿Por qué entonces todo parece ir en contra?

Los mandamientos contienen las pautas necesarias para garantizar la integridad de la persona, su bienestar y sus derechos; además, dan sentido al orden establecido en la creación para el bien común, partiendo, por supuesto, de un compromiso irrevocable: yo seré tu Dios y ninguno otro.

En realidad, no se pedía más que conocerlos y cumplirlos. Es por ello que el Templo, donde moraba el Arca, símbolo de la presencia de Dios en medio de su pueblo, estaba destinado a ser lugar de encuentro con él, sólo con él, sin más. Pero la ambición y los criterios del hombre, pasando por alto la esencia de la ley, pusieron un límite previo antes de llegar a dicho encuentro: vendedores y cambistas; símbolos de la idolatría y la injusticia.

Ante eso, podríamos preguntarnos ¿qué reacción podríamos esperar de Jesús? En verdad, ninguna otra…: ¡Quiten todo de aquí! (v. 16). Sus actos, sus palabras, su mensaje estaban marcados por una convicción profunda, la misma que debía regir el proceder de las autoridades:

El celo de tu casa me devora (v. 17).

A los ojos de los hombres y de las autoridades judías Jesús cometió la peor de las locuras: atreverse contra el Templo y sus prerrogativas. Con una determinación sin precedentes, hizo un látigo de cordeles y los echó del templo, con todo y sus ovejas y bueyes; a los cambistas les volcó las mesas y les tiró al suelo las monedas… (v. 15).

El sobresalto no se haría esperar, con el enojo y la incomprensión de quien no ve más allá del poder: ¿Qué señal nos das de que tienes autoridad para actuar así? (v. 18):

Los judíos exigen señales milagrosas y los paganos piden sabiduría. Pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, que es escándalo para los judíos y locura para los paganos; en cambio, para los llamados, sean judíos o paganos, Cristo es la fuerza y la sabiduría de Dios. Porque la locura de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que la fuerza de los hombres (1Cor 1,22-25).

ACTUAR

El texto no sólo nos invita a contemplar el enojo de Jesús y ver la escena como un arrebato de ira contra el sistema del templo. Hay que ir más allá. Probablemente, nos sirvan tres líneas de acción para hacer una instrospección en nuestra vida de fe:

  • La priemra: ¿A través de qué medicaciones pasa, o se filtra, nuestra relación personal con Dios? ¿Qué límites hay entre él y nosotros? ¿La fe que profesamos es practicante, o “devocionante”?
  • La segunda: ¿Qué templos hemos convertido en mercado? ¿Qué celo devora nuestro corazón? ¿Qué cosas debemos explusar de nuestra vida para llegar al encuentro con Dios?
  • La tercera: ¿Has vuelto la mirada al templo que eres tú mismo? (1Cor 6,19). ¿Qué locura harías para defenderlo?

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.