Iluminen al mundo con la luz del Evangelio reflejada en su vida…

Estándar

practicar-la-justicia-y-el-derecho

 

OCTUBRE 22 DE 2017

DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO: DOMUND 2017

Liturgia de la Palabra:

  • Is 56,1.6-7.
  • Sal 66.
  • 1Tes 1,1-5.
  • Mt 22,15-21.

VER

El panorama mundial, marcad por la pobreza, la violencia, las guerras, los desastres ecológicos, las epidemias y las pandemias, y todo aquello que deteriora la vida, la naturaleza y las mismas relaciones fraternas, acarrea cambios profundos en nuestra modo de actuar y de relacionarnos con los demás.

Surgen nuevos modelos de seguridad, de política, de solidaridad, de justicia, de economía y de mercado; entre todo, afloran también propuestas de misión, de comprometerse y solidaridad.

Las misiones eclesiales, hechas realidad gracias al trabajo de miles y miles de misioneras y misioneros en todo el mundo, durante siglos se han enfocado en la extensión del Reino de Dios y en la propagación del evangelio, tratando de cumplir fielmente el mandato: Vayan por todo el mundo proclamando la Buena Noticia a toda la humanidad (Mc 16,15).

JUZGAR

¿Qué significa proclamar la Buena Noticia?: catequizar, administrar los sacramentos, convertir a pecadores y a no creyentes, formar a nuevos misioneros; ayudar a los enfermos y a los pobres abriendo escuelas y hospitales, juntar fondos económicos para aliviar las necesidades más urgentes de la gente necesitada en todo el mundo… en fin, lo que sea. Pero… ¿así debe ser?

No obstante, lo esencial es la evangelización, entendida como una acción propia se los cristianos que han asumido los compromisos bautismales (laicas y laicos comprometidos, religiosas y religiosos, ministros, sacerdotes, obispos), teniendo como objetivo la transformación del tejido social. La actual situación del mundo nos pide dos cosas al menos: iluminar y transformar la vida con la fuerza del Espíritu y la riqueza del evangelio.

Los textos que hoy escuchamos, nos hablan de una misión que es compromiso con el hermano y con Dios:

  • Velen por los derechos de los demás, practiquen la justicia (Is 56,1).
  • Ante Dios, nuestro Padre, recordamos sin cesar las obras que manifiestan la fe de ustedes, los trabajos fatigosos que ha emprendido su amor y la perseverancia que les da su esperanza en Jesucristo, nuestro Señor (1Tes 1,2-3).
  • Den, pues, al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios (Mt 22,21).

Indudablemente, el trabajo constante por los derechos y la justicia nos compete desde el momento que recibimos el Espíritu y asumimos, además, los compromisos que implica nuestra condición de ungidos; cada acción y cada paso en la construcción del Reino, son un signo de esperanza para aquellos que han perdido toda esperanza de vida, de libertad y de justicia.

Por otro lado, dicho compromiso con los derechos y la justicia, exige de cada uno un discernimiento que le permita tener claro y distinguir lo esencial para el sustento digno del hombre (derechos): dar al César lo que el del César, y lo necesario para que la vida y la historia se configuren desde la perspectiva del evangelio (justicia): dar a Dios lo que es de Dios.

Así, un misionero, no vive a medias tintas (un poco para el César y otro tanto para Dios), o con cargas extremas (sólo para el César o sólo para Dios), sino llevando en su caminar el compromiso con los derechos humano (compromiso social) y el arduo trabajo por la justicia (compromiso de fe).

ACTUAR

La Iglesia en salida es la comunidad de dis­cípulos misioneros que primerean, que se involu­cran, que acompañan, que fructifican y festejan. « Primerear »: sepan disculpar este neologismo. La comunidad evangelizadora experimenta que el Señor tomó la iniciativa, la ha primereado en el amor (cf. 1 Jn 4,10); y, por eso, ella sabe ade­lantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al en­cuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos. Vive un deseo inagotable de brindar misericordia, fru­to de haber experimentado la infinita misericor­dia del Padre y su fuerza difusiva. ¡Atrevámonos un poco más a primerear! Como consecuencia, la Iglesia sabe « involucrarse ». Jesús lavó los pies a sus discípulos. El Señor se involucra e involucra a los suyos, poniéndose de rodillas ante los de­más para lavarlos. Pero luego dice a los discípu­los: « Seréis felices si hacéis esto » (Jn 13,17). La comunidad evangelizadora se mete con obras y gestos en la vida cotidiana de los demás, achica distancias, se abaja hasta la humillación si es ne­cesario, y asume la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo. Los evangeliza­dores tienen así « olor a oveja » y éstas escuchan su voz. Luego, la comunidad evangelizadora se dispone a « acompañar ». Acompaña a la huma­nidad en todos sus procesos, por más duros y prolongados que sean… (EG. 24).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

Anuncios

Llamada y respuesta…

Estándar

multitud

 

DOMINGO 15 DE OCTUBRE DE 2017.

DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO

En aquél día, el Señor del universo preparará sobre este monte un festín con platillos suculentos para todos los pueblos (Is 25,6).

VER

La fiesta es un elemento que acompaña siempre la vida del hombre, nada hay que no se pueda celebrar y si algo es particularmente significativo, se festeja del modo que sea.

En una fiesta confluyen los más profundos sentimientos, el sentido de la vida y de la muerte; allí cobran significado la fraternidad y la amistad, el perdón y la reconciliación; además, se confirma la pertenencia, la solidaridad y la fidelidad a la gente, a las tradiciones, a los valores y a los ideales que sustentan la cotidianidad.

Pero, para que la fiesta cumpla su cometido se requiere de un corazón dispuesto, porque así, se dispone todo lo que gravita en torno a ella y le da sentido: la convocación, la participación, el vestido, el banquete, el aspecto de la persona, la música, los adornos y, sobre todo, la finalidad.

JUZGAR

Jesús presenta el Reino como un banquete de bodas, una gran fiesta a la que ha sido invitada mucha gente cercana al rey. Eso mismo hacemos nosotros: en nuestras fiestas convocamos a la familia, a los amigos cercanos, a la gente que amamos; disponemos muchas cosas y esperamos a que todos lleguen.

El rey convoca y anuncia insistentemente: Tengo preparado el banquete…, todo está listo. Vengan a la boda (Mt 22, 4.8). A pesar de la generosidad y la abundancia del rey, los invitados lo desprecian, anteponen sus intereses y nadie asiste. Se niegan a ser parte del festejo.

Al parecer, la invitación de Dios (vocación) a unírsele disponiendo la vida (boda), no forma parte del proyecto de algunos hombres, que no están dispuestos a compartir con él su alegría y su fiesta. La respuesta de los convocados es decepcionante y la reacción del rey es violenta, pero el castigo es lo último que sucede, de hecho, se abre una oportunidad más para responder, reiterando la invitación: envió de nuevo a otros criados (v. 4). Lo primero, en cambio, es el amor de Dios desbordado en la abundancia de un banquete preparado para todos, el desprecio a tal iniciativa acarrea consecuencias inevitables. Incluso, en la segunda convocatoria, dirigida a extraños, lejanos y advenedizos, encontramos una actitud similar de indisposición y desinterés: un hombre que no iba vestido con traje de fiesta… (v. 11), es arrojado fuera (v. 13).

ACTUAR

Las propuestas del reino presuponen dos cosas en los invitados a participar: la disponibilidad de la persona (responder) y la disposición del corazón (acoger), simbolizadas en el traje de fiesta.

Muchos son los llamados y pocos los escogidos (v. 14). El llamado es inclusivo y se extiende hacia los horizontes de la humanidad: Salgan, pues, a los cruces de los caminos… y conviden a todos los que encuentren (v. 9). De la respuesta a esa invitación y de cómo se disponga el corazón, dependerá que se viva y se experimente la alegría de ser elegido.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

 

La viña del Señor

Estándar

senal-icono-no-se-discrimina-sablon

OCTUBRE 8 DE 2017.

DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO

Se les quitará a ustedes el Reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos.

VER

Deportados, rechazados, refugiados, despreciados…, se han convertido en experiencias cotidianas, que ponen a mucha gente en situaciones de vida marcadas por una dinámica social intolerante e insensible a las necesidades y los problemas que deben enfrentar, ya no para vivir lo mejor posible, sino para subsistir del modo que sea.

Somos habitantes de un mundo que, paradójicamente, no se puede habitar con la libertad que ello supondría.

JUZGAR

Nuevamente el evangelio se presenta como denuncia. En la parábola, Jesús nos confronta con la corrupción y la malicia que también inunda el corazón humano: gente que se apodera de lo que a otros pertenece, grupos de poder que expropian terrenos para consolidar intereses particulares, herencias que se arrebatan a base de mentiras…, actos teñidos de sangre y muerte.

Además, lanza una crítica incisiva a las prácticas religiosas: nos hemos apoderado de la religión, del evangelio, de la misma Iglesia… Hemos puesto alrededor de la viña un muro infranqueable, construido con leyes moralizantes e intolerantes; con ritos exclusivos y excluyentes.

A cuantos no piensan igual, los lanzamos fuera y les infringimos la muerte, no con piedras y palos, sino por medio de juicios, condenas, insultos; poco importan sus derechos y despreciamos su dignidad.

La religión se ha convertido en un ejercicio de poder, contrapuesto al espíritu del evangelio que habla de libertad, justicia y perdón. A causa de ello, no somos capaces de ver en la viña (casa, Iglesia, comunidad…) una experiencia fraterna donde hay lugar para todos. La puerta de acceso son el amor y la misericordia.

ACTUAR

¿A qué estamos llamados?:

  • Descubrir que la verdad del evangelio es el camino seguro hacia la libertad y recordar que la Buena Nueva es una propuesta abierta a todos los hombres de buena voluntad.
  • Trabajar para desmantelar los muros que nos aprisionan en egoísmos religiosos, morales e ideológicos, asumiendo que la viña del Señor tienen cabida para todos: publicanos, pecadores, prostitutas, enfermos, despreciados, madres solteras, homosexuales, alcohólicos y adictos…, que buscan el perdón y la misericordia de Dios y de los hombres.

Y que la paz de Dios, que sobrepasa toda inteligencia, custodie sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús… Aprecien todo lo que es verdadero y noble, cuanto hay de justo y puro, todo lo que es amable y honroso, todo lo que sea virtud y merezca elogio (Fil 4,7-8).

 

¡RECAPACITA!

Estándar

desobedecer

1 OCTUBRE DE 2017.

DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDIANRIO

Liturgia de la Palabra: Ez 18,25-28; Sal 24; Fil 2,1-11 y Mt 21,28-32.

VER

Padres de familia, maestros y autoridades nos enfrentamos a una realidad que podríamos llamar “obediencia condicionada”. Es decir, no importando de qué lado nos encontremos (del que da una orden, o del que obedece), siempre mediará una condición, la que sea, para cumplir, o no cumplir, aquello que se nos pide: “estoy muy ocupado”, “lo haré más tarde”, “a mí no me toca hacerlo”, “qué me das a cambio…”, etc. Así, deslindamos la responsabilidad que nos toca asumir, postergamos las acciones diluyéndolas en el tiempo y perdemos la oportunidad de servir y experimentar la gratuidad del corazón.

ACTUAR

El profeta Ezequiel habla con dureza al pueblo, haciéndole ver su actitud intolerante ante las acciones de Dios, a quien han tachado de injusto: No es justo el proceder del Señor (v. 22). En esta escena nos vemos reflejados nosotros, es la misma actitud que tomamos cuando juzgamos las decisiones de nuestros padres, del maestro, de los amigos, de las autoridades responsables: ¡no es justo! Pero es sólo un mecanismo para desconocer lo que no hacemos bien. Sabemos que cuando nos apartamos de la justicia, cometemos maldades (v. 26), entonces, antes de ser juzgados, arremetemos contra el otro y lo juzgamos primero. Ezequiel nos recuera que, no obstante, existe la posibilidad de recapacitar y arrepentirse (v. 28).

En este sentido se comprende la parábola de los dos hijos del evangelio de Mateo: uno es deshonesto con su padre e irresponsable: ya voy…, pero nunca fue (v. 29); el otro, es rebelde y retador, pero tiene un corazón que se conmueve, y se arrepiente: no quiero, pero se arrepintió y fue (v. 30).

¿Nos vemos reflejados en las palabras de Jesús? Reflexionemos cómo caminamos hacia el Reino de Dios: creyendo que por nuestra condición (cristiana, empresarial, intelectual, moral, social…), tenemos asegurada la salvación, o hemos reconocido que nos equivocamos, que somos falibles y vulnerables, pero que si creemos con sencillez en la Palabra de Dios y nos arrepentimos de corazón, podremos remontar desde abajo, como las prostitutas y los publicanos, el camino hacia la felicidad plena.

ACTUAR

Nuestra resistencias a ser humildes y reconocernos pecadores, es confrontada con un ejemplo de vida que nos invita a seguir los mismos pasos: Cristo, no se aferró a su condición divina, se hizo siervo y se hizo hombre. Como uno de nosotros, obedeció sin condiciones y se humilló, hasta la muerte en cruz. Por eso, Dios lo exaltó sobre todas las cosas… (Fil 2,7-9).

Tengan los mismo sentimientos que tuvo Cristo Jesús (v. 5).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

Vayan también ustedes…

Estándar

voluntarios-nsj-2014-1024x447

SEPTIEMBRE 24 DE 2017

DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO

Liturgia de la Palabra: Is 55,6-9; Sal 144; Fil 1,20-24.27 y Mt 20,1-16.

VER

Nuestro concepto de remuneración y el modo de aplicarlo (como derecho o como obligación) depende de varios factores y condicionantes, sobre todo, cuando queremos establecer si es justa, o no: tiempo, cantidad, eficiencia, resultados, logros, perfección, profesionalismo, habilidades, etc. Todo, se resume en una máxima: entre más (títulos, tiempo, producción, dedicación, estudios, capacitación, etc.), mejor… (pagado, remunerado, reconocido, etc.)

Es justo que el trabajo se recompense con una buena paga, el problema, es que no siempre es así; no todos los sueldos ni todas las remuneraciones responden, con justicia, al esfuerzo y a las necesidades del trabajador. ¿La evidencia?: vivimos en sociedades con profundas desigualdades socio-económicas y una realidad inhumana de pobreza extrema y desempleo.

JUZGAR

El evangelio de Mateo (20,1-16) nos recuerda cómo la buena nueva de Jesús siempre tiene como referente la realidad del hombre y su condición: un hombre ofrece trabajo y otros lo necesitan…

El reino de los cielos es semejante a un propietario que, al amanecer, salió a contratar trabajadores para su viña (v. 1).

El Reino de los cielos es… ¡una denuncia!: ¿Por qué han estado aquí todo el día sin trabajar? (v. 6).

Jesús, en cada expresión de la parábola, hace evidente el pensamiento humano, en contraste con el modo de pensar de Dios, y cuestiona los criterios (también humanos, por supuesto) que fundamentan nuestros actos. Así, denunciando, nos obliga a valorar la calidad de nuestras relaciones en el trabajo, en la familia; con el cónyuge, con los hijos, con los hermanos, con los amigos…, nos invita a revisar lo que exigimos de ellos, ¿cantidad o calidad?, y lo que estamos dispuestos a ofrecer, ¿mezquindad o generosidad? Además, pone en entredicho si la justicia deba “ajustarse” a la normas y leyes convencionales.

Ésos que llegaron al último sólo trabajaron una hora, y sin embargo, les pagas lo mismo que a nosotros, que soportamos el peso del día y del calor (v. 12).

Si la justicia es sólo un peso que se soporta, entonces no habrá posibilidad para que dé frutos de paz y de fraternidad (Is 32,17). Sobre la ley el amor (cf. Fr. Camilo Maccicse, OCD), la mirada misericordiosa del Padre abarca horizontes distintos y rumbos contrarios a los de siempre. Así lo advierte el profeta Isaías: Mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes, sus caminos no son mis caminos… (55, 8), dando validez al modo de actuar del dueño de la viña: Amigo, yo no te hago ninguna injusticia… Yo quiero darle al que llegó al último lo mismo que a ti (Mt 20,13-14).

Desde la perspectiva del Reino, la recompensa no depende de una medida (tiempo y cantidad), o de una norma establecida, sino de la abundancia del corazón, ¿o vas a tenerme rencor porque soy bueno? (v. 15).

ACTUAR

Busquen al Señor mientras lo puedan encontrar, invóquenlo mientras está cerca; que el malvado abandone su camino, y el criminal sus planes; que regrese al Señor, y él tendrá piedad; a nuestro Dios, que es rico en perdón.

(Is 55,6-7)

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

El Señor es compasivo y misericordioso (Sal 102)

Estándar

1476370_701365056554674_846043204_n

SEPTIEMBRE 17/2017

DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO

La Liturgia de la Palabra nos invita a reflexionar en torno al tema del perdón y la misericordia, entre hermanos y semejantes. Los textos para este día son: Sir (Eclo) 27,30-28,7; Sal 102; Rm 14,7-9 y Mt 18,21-35.

VER

La condición humana es vulnerable y una parte de nuestro ser supone la integración de experiencias contrastantes, como acertar y equivocarse, decir la verdad, o mentir; perdonar y sentirnos perdonados en un ambiente en el que la condena y el juicio permean la cotidianidad.

Qué difícil nos resulta perdonar de verdad, sabiendo que es un gesto destinado a cambiar no sólo las relaciones entre personas, sino las estructuras y las sociedades completas. Lo vivimos, por el contario, como un cumplido entre personas involucradas en un conflicto, como una costumbre (pedimos perdón por costumbre) que se sostiene, a veces de manera endeble, en los formalismos de la “buena educación”.

¡Qué complejo se hace el ejercicio del perdón!, porque hay que dialogar, escuchar, consensar, aceptar, abrirse al otro, ceder, reconocer, enmendar, convertirse…

JUZGAR

Sabemos que el egoísmo, del modo que se exprese, está siempre a la base de los conflictos que dañan las relaciones humanas, no superarlo, provoca que se vaya instalando en la vida y convirtiéndose en conducta ordinaria, contribuyendo, así, a la construcción de los pertrechos que nos mantienen ajenos a la realidad, aislados en nosotros mismos.

Pablo, en su carta a los romanos, inicia su intervención recordando un aspecto esencial en la vida del hombre, primordialmente, y del creyente de manera particular:

Hermanos: Ninguno de nosotros vive para sí mismo, ni muere para sí mismo… (v. 7).

Fuimos creados bajo un modelo de sociabilidad (independientemente de que creamos en el relato creacional de Génesis, o no), que no podemos extirpar de nuestra naturaleza ni mucho menos de nuestros actos; sin dejar de ser lo que somos (en lo individual), la existencia de cada uno sólo tiene sentido en el otro, por y para el otro. Justamente, en ésta dinámica dialéctica del yo y el tú, el perdón se configura y se convierte en praxis de vida.

Así, el libro del Sirácide, que contiene el fundamento que da fuerza y vida a la oración del Padre Nuestro, resalta tan incuestionable corresponsabilidad:

Perdona la ofensa a tu prójimo, y así, cuando pidas perdón, se te perdonarán tus pecados (28,2).

Desde aquí, cobran su más profundo significado las palabras del Señor cuando da respuesta a la duda de Pedro:

Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces? Jesús le contestó: No sólo hasta siete, sino setenta veces siete (Mt 18,21-22).

Jesús integra el perdón como elemento indispensable del llamado a la santidad, vocación permeada de misericordia: vivir amando, vivir sirviendo y vivir perdonando. El llamado, se convierte en un seguimiento que configura, desde el Señor, toda el actuar del hombre:

Si vivimos, para el Seño vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Por tanto, ya sea que estemos vivos o que hayamos muerto, somos del Señor (v. 8).

No vivir para nosotros, no es en absoluto una despersonalización, ni una renuncia total a la individualidad; se trata, por el contario, de redimensionar la propia vida a partir de otros referentes: el prójimo y, a través de él, el Jesús. La renuncia a los intereses personales, al egoísmo, supone la aceptación de un proyecto de vida distinto, que rompe con las normas de conducta convencionales y con una justicia anquilosada e inhumana.

Por ello, el evangelio cierra con una pregunta que se dirige a la conciencia de todo hombre, en su franca relación con el hermano, y una advertencia para aquellos que se han resistido, sistemáticamente, a la posibilidad de perdonar (vv. 33-35):

  • ¿No debía tú también haber tenido compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?
  • Pues lo mismo hará mi Padre celestial con ustedes, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.

ACTUAR

El Papa Francisco, en su Carta Apostólica Misericordia y miseria (2016), nos ofrece las siguientes pautas para la vida en clave de perdón (nn. 1-3):

  • La misericordia no puede ser un paréntesis en la vida de la Iglesia, sino que constituye su misma existencia, que manifiesta y hace tangible la verdad profunda del Evangelio. Todo se revela en la misericordia; todo se resuelve en el amor misericordioso del Padre.
  • En el centro no aparece la ley y la justicia legal, sino el amor de Dios que sabe leer el corazón de cada persona, para comprender sus deseos más recónditos, y que debe tener el primado sobre todo.
  • El amor es el signo más visible del amor del Padre.
  • Nada de cuanto un pecador arrepentido coloca delante de la misericordia de Dios queda sin el abrazo de su perdón. Por ese motivo, ninguno de nosotros puede poner condiciones a la misericordia.
  • La misericordia suscita alegría porque el corazón se abre a la esperanza de una vida nueva.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

Si tu hermano te escucha…

Estándar

9af9c0ccf0755eab9fb9b59512261ac5

SEPTEIMBRE 10 DE 2017.

DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO

Los textos de la liturgia para este domingo son: Ez 33,7-9; Sal 94; Rm 13,8-10 y Mt 18,15-20. Entre ellos se mantiene una línea doctrina y de reflexión a partir de, por lo menos, tres elementos: la reconciliación, el perdón mutuo y el amor como ley fundamental.

 

VER

La vida ordinaria se rige por medio de leyes convencionales, que buscan el bien común y, además, convienen a todos (por eso, convienen a todos), al menos dentro de una sociedad. Desde este panorama, encontramos normas que orientan y dan sentido a las experiencias cotidianas más simples: el saludo, el modo de dirigir la palabra a una persona adulta, cómo pedir las cosas, qué decir y qué no decir en público; ceder el lugar a una mujer en el transporte, el respeto a los ancianos, cómo comportarse en una sala de cine o en un concierto, etc.

Están también las leyes para la convivencia ciudadana y la convivencia pacífica; leyes para el uso adecuado de los espacios públicos y la regulación todo aquello que redunda en beneficio de la persona y las múltiples relaciones que establece con el resto de la gente.

La función rectora de la ley se complementa con otra función, que le es propia: la punitiva, que sirve para sancionar los abusos y las faltas contra lo establecido, imponiendo castigos, multas y condenas a quienes no son capaces de respetarla y pasan por alto, sobre todo, el bien común.

Pero más allá de la ley (sin menoscabo de la misma), está la conciencia, que nos mantiene atentos a los acontecimientos, al devenir de la historia y, sobre todo, a la presencia del otro. Hacer conciencia de nuestras acciones y la constante remisión a ellas, nos permite vivir en un nivel de coherencia tal, que nuestros actos estarán animado por dos cosas: el bien común y la justicia.

JUZGAR

En aquél tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Si tu hermano comete un pecado, ve y amonéstalo a solas. Si te escucha, habrás salvado a tu hermano…” (Mt 18,15).

Al parecer, Jesús recupera la conciencia de sus discípulos haciéndolos caer en cuenta que la salvación, o la condena, del hermano, no reside únicamente en manos de Dios. Es, por el contario, incluso desde visión de la antigua tradición profética, una responsabilidad compartida entre el hombre y su Dios:

Si yo pronuncio sentencia de muerte contra un hombre, porque es malvado, y tú no lo amonestas para que se aparte del mal camino, el malvado morirá por su culpa, pero yo te pediré cuentas de su vida (Ez 33,8).

La ley divina no es cruel ni despiadada, como a algunos podría parecer; es, simplemente, justa,  misericordiosa, comprometedora.

Aun cuando el evangelio de Mateo y el texto de Ezequiel sean claros en marcar el camino que conduce de la propia realidad a la realidad ajena, y al compromiso que eso supone, preferimos no obstante, amar a los que nos aman y bendecir a los que nos bendicen… ¿Qué de extraordinario hacemos con eso? (Mt 5,46). Los textos nos invitan a otra cosa, a mirar desde otra perspectiva; esto representa un cambio de paradigmas que marca la esencia del evangelio a partir del amor:

  • Si tu hermano comete un pecado, amonéstalo… (Mt 18,15), insiste, que de tu parte no haya falta de interés.
  • El amor evangélico, desde la perspectiva de Pablo, se pone en práctica a través de los mandamientos con los que establecemos la relación con el prójimo: no robar, no mentir, no desear lo que es suyo, no matar, no cometer adulterio…, y que se resumen en éste:

“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, pues quien ama a su prójimo no le causa daño a nadie. Así pues, cumplir perfectamente la ley consiste en amar (Rm 13,10).

La acción de atar y desatar (v. 18), ya no sólo es una condición propia de la misión conferida a Pedro, ahora se extiende al resto de los discípulos, y sólo se entiende desde la perspectiva del amor y del modo de ponerlo en práctica ante las vicisitudes del comportamiento humano:

  • Amonesta a tu hermano, si te escucha, lo habrás salvado (v. 15): atar.
  • Si no hace caso, ni a la comunidad, apártate de él como de un pagano o un publicano (v. 17): desatar.

 ACTUAR

El amor, el perdón, la confianza que se convierten en una experiencia de fraternidad y comunión entre hermanos, son signo de la presencia de Jesús entre nosotros:

Pues donde dos o tres se reúnan en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos (Mt 18,20).

La referencia al perdón y a la reconciliación se completa con una instrucción sobre la oración comunitaria. La comunidad orante es un lugar privilegiado de las presencia de Jesús (cfr. 28,20) siempre que se den las condiciones y actitudes que Jesús señaló en el Padrenuestro (Luis A. Schökel, La Biblia de Nuestro Pueblo).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.