“¿Qué opinan de esto?”

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DOMINGO 26 DEL TIEMPO ORDINARIO

Septiembre 27 de 2014

La Liturgia de la Palabra del domingo anterior (21 de septiembre) y la de este, basada en el evangelio de Mateo, centran la atención en el Dios que llama y convoca, a través de dos figuras simbólicas: el dueño de la viña y el padre de los dos hijos, que es también dueño de una viña; en ambos casos la invitación, o llamado, es a trabajar.

El lugar de trabajo -las dos viñas- son imagen del Reino, allí hay lugar para todos y es oportuno llegar en cualquier momento; mujeres y hombres, sin importar su condición, son bien recibidos y el único requisito es responder al llamado, estar dispuestos a trabajar.

En los dos textos (Mt 20,1-16; 21,28-32) se destacan cuatro elementos complementarios: 1) dueño/padre, 2) trabajadores/hijos, 3) viñas, 4) Invitación a trabajar. El simbolismo de cada uno integra una enseñanza para la vida.

  • El dueño de la viña y el padre: son, como ya indicamos, imágenes de Dios; ambos se caracterizan por ser justos, misericordiosos y con un amor que desborda las leyes y los convencionalismos humanos.
  • Los trabajadores y los hijos: representan a todos los hombres, tanto los que no pertenecen al pueblo, que son los trabajadores que están en las plazas, de paso, buscando un trabajo ocasional (por unas horas), como el propio pueblo de Israel, representado por los dos hijos; uno de ellos es reflejo de las élites dominantes, el otro, encarna al resto del pueblo (publicanos, prostitutas, pecadores, extranjeros, obreros, etc.). El primero ostenta ser fiel y pronto al llamado, pero lo vence el egoísmo y el orgullo, está apegado a los ritos externos y a las formalidades; el segundo es sensato y transparente, pero es descarado porque “poner en entredicho el honor de su padre” (L. A. Schökel), ¡dice que no! Pero esa condición de sensatez y transparencia le permite ser humilde, de tal modo, que se arrepiente, responde y va a trabajar.
  • La viña: en la tradición evangélica la viña siempre será símbolo del Reino de Dios; es allí donde los hombres que han escuchado la Palabra del Padre ponen en práctica su voluntad divina. Pero ese Reino, que puede parecernos lejano, es la tierra y es la Iglesia (la viña); es en el trabajo diario donde damos respuesta al llamado de Dios y el Reino se hace cercano cuando hacemos de la justicia, de la paz, de la misericordia, de la libertad y del amor una forma de vida.
  • La invitación a trabajar: es el llamado. Dios convoca a todos sus hijos y los invita a trabajar por el Reino, cada uno recibirá la recompensa prometida y la paga justa. Es un llamado universal, pues son invitados todos los hombres dispuestos a sudar y cansarse, no importando la hora. Pero… a todo llamado sigue una respuesta, que incluso puede ser negativa, como la del segundo hijo.

La enseñanza se enriquece con los dos textos del Antiguo Testamento: Is 55,6-9 y Ez 18,25-28 (el de cada domingo, respectivamente), que nos presentan el rostro de Dios y su forma de pensar: “Mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes, sus caminos no son mis caminos”, dice el Señor (Is 55,8). Esto dice el Señor: “si ustedes dicen: no es justo el proceder del Señor, escucha, casa de Israel: ¿con qué no es justo mi proceder? ¿No es más bien el proceder de ustedes injusto?” (Ex 18,25).

“…La misericordia de Dios no se opone a la justicia humana, sino que la trasciende totalmente en el amor. Dios no es injusto al ser generoso. No es cuestión de proporción (justicia) sino de aceptar agradecido la desproporción. Gracia es amar más allá de los parámetros de la justicia humana. Las relaciones con Dios que establecía el legalismo en la época de Jesús eran de paga, en razón de los méritos que se tenían. La enseñanza incansable de Jesús era, por el contrario, que las relaciones con el Dios que es Padre se establecían por amor y, no por méritos frente a la ley. Con Jesús quedaba bien definido el comportamiento de Dios con el ser humano: Dios no se fijará en méritos, sino en necesidad. Quien necesitara de su amor lo obtendría, no quien lo mereciera(Schökel. L. A., La Biblia de Nuestro Pueblo).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

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SETENTA VECES… SIEMPRE

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DOMINGO 24 DEL TIEMPO ORDINARIO

Septiembre 14 de 2014

El Señor no nos condena para siempre, ni nos guarda rencor perpetuo. No nos tata como merecen nuestras culpas, ni nos paga según nuestros pecados. Como desde la tierra hasta el cielo, así de grande es su misericordia; como un padre es compasivo con sus hijos, así es compasivo el Señor con quien lo ama (Salmo 102).

Porque el Señor es compasivo y misericordioso.

Nuevamente nos encontramos con el tema del perdón; como una sutil insistencia de ese Padre Bueno que, aprovechando el ambiente litúrgico, hace escuchar a sus hijos, reunidos en comunidad. Pareciera que necesitamos recordar, siempre, que el perdón, junto con el amor, –como lo indicamos el domingo anterior- es una forma de ser y de vivir: vivir perdonando.

Es una palabra de uso ordinario y constante, y es protagonista en la dinámica de nuestras relaciones interpersonales, sobre todo cuando hay momentos en los que necesitamos que se haga presente para desanudar los conflictos que nos atan. Pero mucho me temo que no siempre sabemos de qué hablamos, o qué sentido tiene, en realidad, el perdón.

Hace tiempo llegó a mis manos un escrito en el que se afirmaba, con la fragilidad del esnobismo lingüístico de las modas, que el perdón era un derecho; si en verdad lo fuera, perdería toda la fuerza que cobra desde la Revelación y dejaría de ser una forma de vivir. Incluso, desde la perspectiva etimológica per-donare se entiende como una acción: para dar, o algo por dar.

Veámoslo desde la liturgia de la Palabra de este domingo. Tenemos tres lecturas, además del Salmo, que se complementan en torno al perdón: Sir 28,1-7, Rm 14,7-9 y Mt 18,21-35.

El centro de la enseñanza está en el evangelio de Mateo, que abre con la pregunta que Pedro dirige a su Maestro: ¿Cuántas veces debo perdonar al que me ofende? (v. 21). La respuesta es clara y apunta a orientar la actitud de perdón: no sólo siete veces, sino setenta veces siete, o sea, un sinfín de veces… (v. 22). En seguida,  viene el ejemplo a través de una parábola: el Reino de los Cielos es como un rey que perdonó una gran deuda (setenta veces siete) a uno de sus siervos. Tal vez este siervo entendió el perdón como “un derecho”, pero no lo asumió como una forma de vida: no fue capaz, no quiso dice el texto (v. 30) ni tuvo la voluntad, de perdonar una deuda menor a uno de sus amigos. Más allá de perdonar, actuó como un juez indoblegable e inmisericorde que condena al culpable con la cárcel.

Tal actitud provoca indignación y tristeza (v. 31) en los compañeros y en el mismo Rey: ¿No debías tú haber tenido compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti? (v. 33). La reacción del Rey, quien siempre estuvo abierto al perdón, no contradice sus decisiones anteriores, él actúa simplemente con justicia; ésta es la perspectiva que nos ofrece el texto sapiencial del Sirácide (Primera lectura): Perdona la ofensa a tu prójimo y así, cuando pidas perdón, se te perdonarán tus pecados. El que no tiene compasión de un semejante, ¿cómo pide perdón de sus pecados? (vv. 2 y 4).

Es muy probable que textos como estos, en los que hay una sentencia contundente en contra de quien no ha sabido entender la radicalidad del perdón, no nos gusten. ¿Por qué?: porque en el fondo de nuestras experiencias hay, tal vez, una imagen de Dios estereotipada, que nos impide descubrir con libertad la bondad y el amor del Dios verdadero; además, el asecho constante de nuestros miedos no hacen temer el fracaso. Entonces, igual que el siervo malvado, sólo nos quedamos con lo que nos conviene, lo que nos gusta, lo que nos favorece… Es una actitud egoísta que pide y exige para sí, pero incapacitada totalmente para darse a los demás; este es el punto que rompe la sintonía con el Reino de Dios que pide que se ame al prójimo como a uno mismos (Mt 22,39) y se entienda, de una vez, que el amor al hermano está a la par del amor a Dios (1Jn 4,20).

La carta de Pablo a los Romanos (Segunda lectura) nos ubica desde los criterios de la Buena Nueva y nos ayuda a ver con claridad: Ninguno de nosotros vive para sí mismo, ni muere para sí mismo. Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos (vv. 7-8).

¿Qué significa?: vivir y morir para el Señor significa que nuestra vida, desde que inicia hasta que termina, se configura con y desde el evangelio, de tal modo, que todo lo que hagamos en vida o que trasciende a partir de la propia muerte, tendrá que estar marcado por el sello del amor al prójimo: les aseguro que lo que hayan hecho con uno de estos, mis hermanos menores, me lo hicieron a mí (Mt 25,40).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

REFLEXIÓN DOMINICAL

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DOMINGO 23 DEL TIEMPO ORDINARIO.

Septiembre 7/2104.

Perdón y amor son los dos conceptos que rigen la estructura de la liturgia de la Palabra de este domingo; pero más que dos conceptos son dos actitudes básicas en la vida de un creyente. En la pedagogía del evangelio son realidades afines y consecuentes una de la otra: si hay amor hay perdón.

El texto de Ezequiel (33,7-9) está enlazado directamente con el texto del evangelio de Mateo (18,15-20) de la siguiente manera: todo profeta debe cumplir varias tareas encomendadas por Yahvé en función de la salvación del pueblo, una de ellas es recordar que el Dios único y fiel es misericordioso, y que perdona por siempre a quien se arrepiente de sus pecados. Además de ser el portavoz de Dios, el profeta es centinela y, como tal, debe estar despierto y vigilante para escuchar las palabras de su Señor y comunicarlas de inmediato a su pueblo: “Cuando escuches una palabra de mi boca, tú se las comunicarás (darás la alarma) de mi parte” (v. 7). Esta imagen, dice Luis A. Schökel, nos recuerda que el profeta “debe estar muy atento a los signos de los tiempos para interpretar en ellos la voluntad de Dios: qué es lo que quiere Dios en cada acontecimiento y cuál debe ser la respuesta del hombre. Para ello es necesario mantener una continua sintonía con Dios y dejarse guiar por su Palabra…” (La Biblia de Nuestro Pueblo, comentario a pie de página). Los profetas fueron ungidos con el espíritu de Dios para cumplir a cabalidad su misión; ese espíritu es la fuerza que los mantiene en pie y en sintonía con Dios; su voz comunica sus palabras y actúan conforme a su voluntad. Jesús, el Cristo (el Ungido), comunica de la misma manera lo que el Padre le dice y actúa según su voluntad, además, unge y envía a sus discípulos a anunciar/comunicar el mismo mensaje; los pone como centinelas de la comunidad y vigilantes de la convivencia fraterna sustentada en el arrepentimiento y el perdón: “Si tu hermano comente un pecado, ve y amonéstalo a solas” (v. 15). Tal parece que amonestar al hermano que no vive según la voluntad del Padre es una obligación ineludible para quien ha sido elegido y enviado, y va de por medio la propia recompensa: “si tú no lo amonestas…, yo te pediré cuentas de su vida” (Ez 33, 6), “Si te escucha, habrás salvado a tu hermano” (Mt 18,15).

Vuelve a aparecer el binomio atar y desatar, que habíamos encontrado en la liturgia de hace dos domingos (agosto 24) en la misión encomendada a Pedro. Ahora son los discípulos quienes asumen esa responsabilidad: lo que ellos perdonen (desaten) será perdonado en el cielo y lo que no perdonen (aten) así se quedará. Es decir, si el hermano que ha pecado te escucha y se arrepiente, recibirá tu perdón y se salvará (quedará desatado), pero si no hace caso, apártate de él y no lo perdones (átalo), no se salvará.

Ahora bien. La carta de Pablo a los Romanos (13,8-10) nos habla del amor, como el mandamiento que da sentido y plenitud al perdón: “No tengan con nadie otra deuda que la del amor mutuo” (v. 8). Tanto el perdón como el amor, deben ser una forma de vida: vivir amando y perdonando.

San Juan de la Cruz nos deja una enseñanza en este pensamiento: “A la tarde te examinarán en el amor…” (D 60). Toda persona, como todo creyente, deberá estar atenta como el centinela, porque en cualquier tarde (del día, de la vida, de la historia personal, la de un instante o acontecimiento de nuestra cotidianidad) se nos pedirán cunetas, como lo advierte el texto de Ezequiel, sobre nuestra manera de amar y sobre la calidad de nuestro amor; recordando que en el amar está el modo de perdonar.

Todo nuestro actuar se rige por una ley, “amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Rm 13,9//Mt 22,39), de tal modo que, como dice Pablo, “cumplir perfectamente la ley consiste en amar” (v. 10).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

Septiembre 24/2014.