DÍA DE MUERTOS: el amor y la muerte

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DÍA_MUERTOS“Que es fuerte el amor como la muerte…” (Ct 8,6), es un texto del Cantar de los Cantares, el libro de los enamorados; el canto del amor humano y divino, divino y humano.

Aquí se ponen a la par el amor y la muerte. Hay dos realidades en la vida de los hombres que no se pueden evitar: amar y morir. Todos, de una u otra manera, nos enamoramos y, de igual modo, morimos. El amor y la muerte tienen la misma intensidad, pues transforman radicalmente la vida de las personas.

Dejando aparte, por ahora, el tema del amor, me centraré en el de la muerte. El contexto y las fechas  -1 y 2 de noviembre-  lo ameritan.

¿Qué es la muerte? La muerte es parte de la vida; es sustancial a ella, no es un accidente. Marca contundentemente el fin de la existencia terrena pero abre el camino, como lo creían las culturas prehispánicas, a una mejor vida. Es una realidad en la que confluyen la finitud de los seres vivos y la eternidad.

Pareciera que es el último peldaño en la escala del proceso vital de los individuos: cada uno nace, crece, se reproduce y… muere. Como si fuera un estado terminal después del cual ya no habrá nada, absolutamente nada. Por eso la muerte nos genera angustia, miedo, desesperanza. Y, por ello mismo, decidimos “enfrentarla” y, al hacerlo, descubrimos que no es tal. La muerte nos lleva a otras dimensiones de la vida y nos remite a la conciencia de la existencia y de la eternidad. La condición mortal de mujeres y hombres pone al desnudo nuestra finitud y, al hacerlo, se transparenta en nuestro ser la capacidad maravillosa de conquistar el infinito.

La muerte, entonces, se convierte en celebración de la vida y, llegado el momento de festejarla, la adornamos de colores, de formas caprichosas, de sonidos, de música, de flores, de aromas y sabores; le ponemos nombres y apellidos, y dejamos en sus manos nuestra historia, en ella se “encarnan” el pasado y el presente, ella  – la muerte – los “resucita”; finalmente es parte de la vida. ¿El futuro?  …lo dejamos en pausa, sabemos que a ella le pertenece.

Sin forzarnos tanto, nos hace ritualistas y le rendimos culto, nos ponemos a sus pies, pero sin olvidar que ella ¡no es Dios! Nos violenta de tal manera que nos lleva a los linderos de lo eterno y nos pone frente a frente con Dios, el Padre dador de vida. Y… si él nos da la vida y la muerte es parte de ella, entonces celebrar la muerte se convierte en un acto de fe. Para los creyentes, la muerte conlleva una promesa: la resurrección, que es vida por siempre. Vale la pena celebrarla.

Volviendo a la cita del Cantar de los Cantares, podremos decir que hay otra razón para sostener que el amor y la muerte se experimentan en el mismo nivel de intensidad: la muerte no sólo nos arrebata a los seres queridos, sino que nos hace volver a ellos, a veces constantemente.

El día de los muertos bien podría ser el día de los enamorados, pues nos reencontramos con nuestros amores pasados llevando un ramo de flores en las manos… Sí, la muerte nos pone de manifiesto la finitud humana pero nos permite descubrir la eternidad y la fuerza del amor.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

¿CUÁL ES EL MANDAMIENTO MÁS GRANDE?

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ayotzinapa-compartimos-el-dolorDOMINGO 30 DEL TIEMPO ORDINARIO

26 de octubre de 2014

Un doctor de la ley hizo una pregunta a Jesús para ponerlo a prueba: “¿cuál es el mandamiento más grande de la ley?”, a lo que Jesús respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda tu alma y con toda tu mente… El segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

La respuesta será siempre la misma en cualquier circunstancia y ante cualquier acontecimiento; amar a Dios y al prójimo son, como bien lo dice el evangelio de Mateo, los mandamientos que “fundan toda la ley y los profetas”. La pregunta, en cambio, parece que la hemos dejado atada en la figura del letrado, según Marcos, o del doctor de la ley, según los evangelios de Mateo y Lucas, y nos convertimos en espectadores de lo que sucede en el diálogo entre Jesús y sus interlocutores. Lo que no hemos entendido es que la respuesta de Jesús es una enseñanza para nosotros; una lección de vida. La pregunta también nos interpela.

La lectura del libro del Éxodo nos da la pauta: no hagas sufrir ni oprimas al extranjero, no explotes a las viudas y a los huérfanos, cuando prestes dinero no te portes como el usurero, cuando tomes en prenda el manto (o lo que sea) de tu prójimo, devuélvelo pronto, si no ¿cómo dormirá?

Hoy, en México, se levantan muchos gritos desesperado que nos cuestionan: “¿Cuál es el mandamiento más grande? La respuesta no sólo gira en decir que es el amor a Dios, sino también al hermano. En el evangelio de Lucas, el doctor de la ley arremete con Jesús, para justificarse, y hace una segunda pregunta (Lc 10,29): “¿Y quién es mi prójimo?”, de la que deriva la parábola del buen samaritano (Lc 11,25-37).

¿Quién es mi prójimo? Hay prójimos sin nombre que se encuentran esperando justicia y esperando no que respondamos a una pregunta, sino que actuemos a partir de una urgencia y de una necesidad real: Ayotzinapa, Iguala, Tlatlaya, Chiapas, La Merced, la bestia, el desempleo, la pobreza, la trata, el secuestro, las cárceles, etc.

El prójimo, según la lógica de la parábola del buen samaritano, no es el que nos queda cerca de paso, sino el que se hace cercano a mí porque yo me aproximo (“aprojimo”) a él; el amor evangélico no espera a que el otro llegue, es el que sale al encuentro del que clama y necesita de nosotros.

Dejémonos poner a prueba por los acontecimientos y preguntémonos: ¿cuál es para nosotros el mandamiento más grande? Si respondemos que es el amor a Dios, entonces no hay duda: también el amor al hermano. Pero, no dejemos aparte la otra pregunta: ¿a quién considero hermano?

¿Palabra?

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  • ¿Dios inspiró la Biblia?
  • No. Inspiró la palabra.
  • ¿Cada palabra de la Biblia?
  • Dios no dictó la redacción literal de los libros sagrados. Inspiró la palabra.
  • ¿Cuál palabra?
  • La palabra del hombre, la fecundó con su Espíritu.

Pentecostes

Un hombre plantó una viña…

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4.2.7

DOMINGO 27 DEL TIEMPO ORDINARIO

Octubre 5 de 2014

Una vez más, como en los domingos anteriores, encontramos en la liturgia de la Palabra, el tema de la viña y del dueño de la viña.

Hoy tenemos dos lecturas que van en sintonía perfecta, la Primera Lectura del Profeta Isaías (5,1-7) y el Evangelio de Mateo (21,33-43); la Segunda Lectura, tomada de la carta a los Filipenses (4,6-9) recupera e ilumina la actitud de un verdadero creyente, centrado en Cristo.

Recordemos que la viña es símbolo del pueblo de Dios, que es Israel y que es, también, la Iglesia, y en ella Dios ha puesto todo su empeño y dedicación; su amor y misericordia se han desbordado en abundancia. Una viña “era patrimonio para el israelita, lo mínimo que podía tener una persona para sentirse ligado a su clan, incluso para fundamentar su derecho de ciudadanía” (Schökel, L. A. La Biblia de Nuestro Pueblo).

Las lecturas (la de Isaías y la de Mateo) nos presentan un contraste a través de la relación que se establece entre el dueño de la viña y el pueblo al que se ha confiado esa tierra. Isaías, a través de un canto, nos presenta un lamento: es Dios, el amado, quien se lamenta de haber transforma la fértil ladera en una viña, rica y abundante, y que sólo ha dado uvas amargas (v. 2). Pero no es en sí la viña el fracaso, es el egoísmo, la desobediencia y la mediocridad del hombre quien, pecando, ha olvidado la bondad de su Dios y ha puesto su atención y sus fuerzas en otras cosas. Es por ello que Dios habla por medio de Isaías así: El señor esperaba de ellos que obraran rectamente y ellos, en cambio, cometieron iniquidades; él esperaba justicia y sólo se oyen reclamaciones (v. 7).

Es aquí donde hace sintonía el evangelio de Mateo: un viñador plantó un viñedo, lo cuidó, lo protegió para hacerlo un lugar seguro y lo arrendó a unos viñadores para que lo trabajaran y recogieran frutos, que después compartirían recibiendo la paga justa. El dueño de la viña, mostrando gran confianza en los viñadores, manda mensajeros para solicitar lo que le pertenece, manda al propio hijo, al heredero. La respuesta está llena de odio, de envidia y de egoísmo; los trabajadores han roto el lazo de confianza con el dueño y la ambición no les permite ver más allá de sus intereses; se han apoderado de lo que no es suyo y han sacado fuera a los mensajeros y, allí fuera, han matado al propio hijo.

En ambos casos el dueño es bondadoso, la viña es fértil y el hombre es egoísta. “Por esta razón les digo que les será quitado a ustedes el Reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos” (v. 43).

Sin lugar a dudas, esa viña es un reflejo de nuestra sociedad. ¿Cuántos hermanos nuestros han quedado fuera de una vida digna, de un buen trabajo, de una familia o, incluso, de una comunidad, debido al egoísmo de otros? ¿Cuántos se han apoderado de lo que no es suyo y han matado al que se les opone y exige lo que le pertenece? ¿Cuántos sistemas políticos o ideológicos han despreciado los derechos del hombre, han hecho menos el evangelio y han masacrado pueblos y sociedades? ¿Cuántas familias han descuidado y abandonado a sus miembros (hijos, padres, abuelos, parientes, etc.) y los han dejado morir fuera de ellas?

Si llevásemos estas imágenes y todo el simbolismo de los textos a nuestra vida diaria, surgirían, tal vez, algunas preguntas:

  • ¿Qué es para mí la viña y cómo trabajo en ella?
  • ¿Me he apoderado de ella o entiendo que es responsabilidad mía cuidarla y que luego se me pedirán cuentas?
  • Si mi vida es la viña, ¿cómo recibo al Hijo? ¿A cuántos he despreciado?
  • ¿Confío en Dios o confío en alguien más que en él?

El evangelio nos recuerda que La piedra que desecharon los constructores, es ahora la piedra angular. Esto es obra del Señor y es un prodigio admirable.

La piedra angular es Jesucristo; Él -dice la carta a los filipenses- custodia nuestros corazones y nuestros pensamientos, como el viñador justo y responsable. Desde esta certeza, Pablo nos dice cuál debe ser la actitud de un verdadero creyente, de un trabajador que ha sido contratado para cuidar de la viña y obtener frutos abundantes: Por lo demás, hermanos, aprecien lo que es verdadero y noble, cuanto hay de justo y puro, todo lo que es amable y honroso, todo lo que es virtud y merezca elogio (v. 8).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.