¡Alerta!

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alertaPRIMER DOMINGO DE ADVIENTO

Noviembre 30/2014

¡Alerta!

Iniciamos el Adviento, tiempo de espera y de escucha, pero también de búsqueda, de conversión y de reencuentro. El reino de Dios ya está aquí y es necesario re-descubrirlo y re-encontrarnos con él.

Las lecturas de la liturgia de este domingo: de Isaías (63,16-17.19; 64,2-7), de la primera carta de Pablo a los corintios (1,3-9) y del evangelio de Marcos (13,33-37), nos ofrecen tres elementos que debemos considerar en el inicio de este nuevo tiempo litúrgico: primero, lo que Dios, como Padre, ha hecho por su pueblo (por nosotros); segundo, la centralidad de Jesucristo y los dones que hemos recibido por medio de Él para permanecer fieles hasta su advenimiento y, tercero, la actitud necesaria hoy (estar alertas) para no dejar en el olvido ni lo que Dios ha hecho por nosotros, ni lo que Jesús representa en nuestra vida y en nuestra historia.

El texto de Isaías comienza con un lamento: “¿Por qué, Señor, nos has permitido alejarnos de tus mandamientos y dejas endurecer nuestro corazón hasta el punto de no temerte? Vuélvete…” (63,17). Del lamento se sigue el reconocimiento: “Tú sales al encuentro del que practica alegremente la justicia y no pierde de vista tus mandamientos” (64,4).

Salir al encuentro…, esto es lo que Dios ha hecho, desde siempre, por su pueblo; estar cerca de los hombres es lo característico de este Padre. Isaías reconoce que no hay otro dios que sea igual y que ninguno ha hecho tal cosa (64,3). Es una imagen que permea la experiencia judeo-cristiana del Dios bueno y misericordioso, desde el Éxodo cuando Dios baja  porque ha visto la opresión de su pueblo, ha oído sus quejas y se ha fijado en sus sufrimientos (3,7), pasando por el libro del Deuteronomio que dice “¿Qué nación grande tiene un dios tan cercano como nuestro Dios, que cuando lo invocamos siempre está cerca?” (4,7), hasta llegar a los evangelios, por ejemplo en Lucas con la figura del padre bueno, que al ver al hijo que lo había desconocido y abandonado, lo reconoce en la lejanía y corre hacia él para besarlo y acogerlo nuevamente en su casa. En fin, a pesar del mal que hacemos y de las injusticias que practicamos, Isaías nos recuerda, a través de una sencilla profesión de fe,  que a ese Dios pertenecemos y en sus manos está nuestra vida: “Sin embargo, señor, tú eres nuestro padre; nosotros somos el barro y tú el alfarero; todos somos hechura de tus manos” (64,7).

Por su parte, el texto de Marcos inicia con una advertencia: “Velen y estén preparados, porque no saben cuándo llegará el momento” (v. 33). Velar y estar preparados… ¿para qué?; llegará el momento… ¿de qué?

Lo primero es, precisamente, la actitud de alerta (velar y estar preparado) que un cristiano necesita hoy ante la vida y la realidad; es indispensable para descubrir, en los acontecimientos, los signos del reino que ya está entre nosotros. Lo segundo, el “momento”, es cualquier instante de la vida y del tiempo: el anochecer, la medianoche, al canto del gallo (el alba) o la madrugada, en los que el Padre, como lo plantea Isaías, sale al encuentro del hombre que practica la justicia, o del que no la practica…

Estar alertas significa estar despiertos, y estarlo, es el modo de hacernos responsables de la vida que se nos ha encomendado (v. 34); de lo contrario, el señor puede llegar de repente y sorprendernos dormidos.

El adviento nos prepara para recordar que “la Palabra se hizo hombre (carne) y habita entre nosotros” (Jn 1,14), pero sobre todo, recordar que muchos hombres necesitan que esa esa Palabra encarnada les salga al encuentro y los levante de su letargo y de su sueño irresponsable.

Él, ya está aquí y también su reino, por eso Pablo en su primera carta a los corintios, agradecido, dice: “continuamente agradezco a mi Dios los dones divinos que les ha concedido a ustedes por medio de Cristo Jesús, ya que por él los ha enriquecido con abundancia en todo lo que se refiere a la palabra y al conocimiento; porque el testimonio que damos de Cristo se ha confirmado en ustedes…” (vv. 4-6). Hay aquí tres elementos esenciales para entender la dinámica de vida que un creyente debe asumir cuando ha descubierto la presencia de ese reino, tanto en la propia historia como en la estructura de una sociedad: uno, los dones divinos; dos, la abundancia en la palabra y el conocimiento y, tres, el testimonio.

Los dones, que son los carismas del Espíritu, determinan el modo de ser y de estar del hombre en la vida; Bruno Forte dice que en la Iglesia no hay desempleados puesto que todos hemos recibido un carisma (un don) con el que estamos capacitados para trabajar por el reino. La palabra y el conocimiento siempre van de la mano: el hombre que escucha con atención la palabra conocerá y reconocerá a su Dios con claridad; ya lo decía el profeta Oseas de parte de Yahvé: “porque quiero amor, no sacrificios; conocimiento de Dios más que holocaustos” (6,6). Por último, el testimonio: cada uno de nosotros, que hemos creído en Cristo Jesús, somos la evidencia fehaciente de que el reino ha llegado y debemos ser la manifestación, el adviento, para los hombres y las sociedades que no lo han reconocido y no han abierto su corazón a eso Dios cercano, hecho hombre como nosotros.

“Parece que el principal peligro de la fe no es el miedo, ni la ambigüedad, ni el pecado mismo, sino el sueño, es decir, la distracción, la ruptura de la comunión con el Mesías sufriente, que sufre en cada generación y en cada carne, que pide, por ello, solidaridad, sólo eso. En una sociedad como la nuestra, caracterizada por la indiferencia y el individualismo, esta llamada se oye en sus dimensiones más urgentes. Sin esta capacidad para descubrir la presencia agónica del Hijo del Hombre en los sufrimientos de nuestro tiempo, volveremos los discípulos a repetir la traición de aquella noche fatídica y, sobre todo, perdernos la ocasión de hacer nuestra la entrega de Dios, con sus frutos de renovación definitiva de nuestro ser y de liberación radical de nuestro mundo…” (Corres, C. 2011).[1]

Por tal motivo, “lo que les digo a ustedes, lo digo para todos: permanezcan alerta” (Mc 13,37).

 Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

[1] Corres, C. (2011). Domingo 53. El evangelio domingo a domingo, vol. 2 (Ciclo B: Marcos). México, Cadavieco y Suárez, S. C., p. 18.

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¿Cuándo lo hicimos…?

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proNOVIEMBRE 23/2014

NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO

  • Beato Miguel Agustín Pro, Mártir

En esta solemnidad de Cristo Rey, vienen muy a propósito unas palabras del P. Agustín Pro entresacadas de un escrito suyo titulado Ya tengo un ideal (Primer viernes de abril de 1927):

<<Dios puso en mi camino un corazón que se interesó por mí, un corazón que me fue estudiando, que me comprendió, que adivinó mi mal. Y ese corazón me dijo: “Yo soy tu hermano, porque yo soy, aunque imperfecto, reflejo del corazón de Jesús que tanto ha amado a los hombres. Yo soy tu hermano porque yo sufro con los males de los otros corazones, porque sus penas son mis penas, sus sufrimientos son los míos”…

Y yo, que dudé de todo, comencé a ver que era cierto lo que me decía; creía que era cierto; sentí, sí, sentí vivamente que era cierto por las pruebas reales que me dio. Y eso no es engaño, ni falsedad, ni mentira: es real, positivo, es verdadero. Porque …¿quién se sacrificó por mí? …¿quién lloró conmigo? …¿quién compartió conmigo mis más hondos pesares? ¿Quién? Ese corazón hermano, ese corazón imagen del Corazón de Cristo, continuador de la misión de Cristo. Ese corazón que perteneciendo exclusivamente a Dios, va por el mundo ganando corazones para Cristo>>.

Sabemos que el P. Pro, ahora Beato, es uno de los muchos mártires que ofrecieron su vida luchando por el ideal que surge del evangelio: amar, dar la vida por el hermano, servir y, sobre todo, ser testigos de la fe en Dios a pesar de las adversidades. La Ley Calles, de 1926, provocó una revuelta que desata y desemboca en una persecución y en una masacre de mujeres y hombres de fe. El mismo P. Pro lo expresa así: “De todas partes se reciben noticias de atropellos y represalias y las víctimas son muchas y los mártires aumentan cada día…”

La Liturgia de la Palabra de este domingo mantiene una coherencia temática con la que se logra resaltar la imagen de Jesucristo como Rey del Universo; las tres lecturas (Ez 34,11-12.15-17; 1Cor 15,20-26.28 y Mt 25,31-46) y el Salmo (22) se complementan y nos ofrecen una rica y profunda enseñanza que nos llevará, nuevamente, a preguntarnos ¿cómo vivimos y cómo ha sido nuestro actuar ante las necesidades humanas más urgentes?

Es probable que la imagen de Jesús como rey nos genere un conflicto, puesto que la realeza es un concepto ajeno a nuestra vida y a nuestra realidad y no es, por supuesto, una experiencia que nos sea significativa. Pero los textos nos hablan de un pastor; un Dios misericordioso, un Rey, que es como un pastor que cuida y conoce a sus ovejas; que las alimenta, las cura y las alivia. Busca, además “a la oveja perdida y a la descarriada” (Ez 34,16).

El texto del profeta Ezequiel es la fuente de la que se alimenta el texto del evangelio de Mateo (mismo que escuchamos el domingo 2 de noviembre en la fiesta de los Fieles Difuntos) y que conocemos como el juicio de las naciones. El significado de los símbolos nos permite comprender la enseñanza:

  • El pastor, que es el rey, representa a Jesucristo.
  • El rebaño, incluyendo ovejas y cabritos, representa al pueblo, a los hombres y mujeres creyentes; a las naciones en general.
  • La separación en ovejas y cabritos, tiene sus raíces en el pensamiento hebreo (en el mitológico), donde la oveja representa la nobleza, la mansedumbre y la bondad; el cabrito, en contraste, representa la violencia, lo indómito y la maldad. Ambos, ovejas y cabritos, simbolizan las dos formas en las que una persona puede canalizar su vida y sus acciones.
  • El juicio simboliza el momento definitivo en la vida de una persona; la bondad y la misericordia de Dios serán el filtro que evalúe el actuar de unos respecto de otros. Ezequiel, en el versículo 16 dice que el pastor apacentará con justicia y en el versículo 17 dice que apartará a las ovejas de los cabritos; con esta imagen inicia el texto de Mateo: “Entonces serán congregadas ante él todas las naciones, y él apartará a los unos de los otros, como aparta el pastor a las ovejas de los cabritos, y pondrá a las ovejas a su derecha y a los cabritos a su izquierda”.

¿Cuál es la enseñanza?:

  • Es claro que Dios no recompensa por los tributos y las dádivas que el hombre invierta en Él, sino por el modo de hacerse responsable del hermano, sobre todo del necesitado.
  • El proceder de Dios es siempre justo, y su juicio será justo y, por ser así, se pondrán en evidencia las injusticias humanas.
  • En el juicio subyace una invitación a cambiar el modo de ser y de pensar, que radica en la decisión de convertirse en un pastor. ¿En qué sentido?: la imagen que nos ofrece Ezequiel es la de una pastor que busca, recupera, alimenta, cura y robustece a sus ovejas y Jesús, en el evangelio de Mateo, lo canaliza diciendo ustedes han sido pastores cuando alimentaron, cuidaron, visitaron, recuperaron, vistieron… al más insignificante de los hombres.
  • “…Cuando unos y otros comparecen ante Jesús resucitado, parecen desconocer la trascendencia de sus acciones terrenales. Ni los bienaventurados recuerdan haber favorecido a Jesús, ni tampoco los desventurados. Unos y otros recibirán una clave de lectura de la historia que descifrará todo el enredo: quien administra su tiempo y sus bienes de manera sensata, sabe compartir con los necesitados, que son el sacramento viviente del Señor Jesús. No se trata solamente de repartir lo que sobra, sino de acortar la brecha que separa a los hartos de los menesterosos” (Asamblea Eucarística, Una reflexión para nuestro tiempo).

Bien lo dice el P. Pro cuando afirma “… Yo soy tu hermano porque yo sufro con los males de los otros corazones, porque sus penas son mis penas, sus sufrimientos son los míos”… Su martirio es el juicio de su vida, confiando en lo que dice Pablo en la primera carta a los corintios: “El último de los enemigos en ser aniquilado, será la muerte” (v. 26) y quien haya dado la vida por el otro recibirá el reino preparado para ellos (Mt. 25,34).

“Tú mismo me preparas la mesa, a despecho de mis adversarios; me unges la cabeza con perfume y llenas mi copa hasta los bordes” (Sal. 22).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

Jueves 20 de noviembre: el día clave…

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MovilizaciónesNOVIEMBRE 20/2014: El día clave…

No siempre creo en las coincidencias, sobre todo si son ocasionales, o casuales; pero cuando alguna de ellas deja entrever algo de fondo, que nos cuestiona en serio y nos puede llevar a una reflexión sincera y hasta una decisión importante, entonces me detengo y le dedico toda mi atención. Estas son las coincidencias que no todos ven, por la sencilla razón que no todos tenemos la costumbre de llevar a la oración (o por lo menos interiorizar) los acontecimientos de la vida y de la historia que nos inquietan; porque estamos volcados (a veces en una psicosis colectiva demencial…) en la pre-ocupación, y nadie se ocupa, realmente, de lo que está en juego.

La coincidencia a la que me refiero, y que me ha dejado un montón de interrogantes, tiene que ver con el texto del evangelio que hoy, jueves 20 de noviembre, nos propone la Liturgia de la Palabra. Es del evangelio de Lucas (19,41-44) y me permito transcribirlo íntegro para tenerlo a la vista:

En aquel tiempo, cuando Jesús estuvo cerca de Jerusalén y contempló la ciudad, lloró por ella y exclamó: “¡Si en este día comprendieras tú lo que puede conducirte a la paz! Pero eso está oculto a tus ojos. Ya vendrán días en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán y te atacarán por todas partes y te arrasarán. Matarán a todos tus habitantes y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no aprovechaste la oportunidad que Dios te daba”.

Son palabras con una fuerza y una contundencia que asustan; que nos pueden amedrentar de tal modo, que dejemos de oír esta Palabra y no aprovechemos la oportunidad que Dios nos da. Es una advertencia tan dura para Jerusalén que hoy, en nuestras circunstancias y en el contexto en el que se desarrollan los acontecimientos que bien conocemos, pareciera que está dirigida a nosotros.

No quiero ser (y es mucho pretenderlo) un profeta de malas venturas, lo que busco es hilar el evangelio con nuestra historia; dejar que la voz de Dios penetre esta desesperanza y la ilumine.

Ante el texto, hay dos posibilidades para comprenderlo: una, interpretarlo literalmente y dejarnos caer la incertidumbre y en el caos; dos, desentrañar el simbolismo de esta metafórica coincidencia y comenzar, en serio, a formar parte de aquellos que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica.

Esta es mi reflexión:

  • Jerusalén (la ciudad) no es necesariamente esta ciudad (D.F.); es un símbolo de vastos horizontes que nos debe llevar a contemplar la sociedad, y las sociedades, que todos hemos construido y de la que formamos parte. Es el tejido social, tan enfermo y deteriorado, que vemos a diario y provoca en nosotros diferentes reacciones: malestar, desánimo, enojo, odio, terror, vergüenza, desilusión…; pero también esperanza.
  • La frase con la que Jesús abre si discurso es reveladora: “¡Si en este día comprendieras tú lo que puede conducirte a la paz!”

Es necesario detenerse aquí, ante estas palabras, y no adelantarse a lo que sigue, porque entonces, con toda seguridad, veremos en las movilizaciones y en la gran marcha a los enemigos que nos rodean… Y no es así.

  • Es justo lo contrario: todos esos grupos humanos y contingentes de estudiantes, campesinos, maestros, profesionistas, padres de familia, etc., que en este día caminan buscando una respuesta y alzan su voz en señal de protesta, es lo que tú, yo y todos debemos comprender para alcanzar la paz. Son la oportunidad que Dios nos ofrece; son los signos vivos de los tiempos, de estos tiempos y de este día.
  • Si nos negamos a comprenderlo, porque nos da miedo, porque nos repugna o porque interrumpe y rompe nuestra cotidianidad, entonces vendrán los enemigos que asedian (aunque, a decir verdad, ya están aquí: los gobiernos que hemos elegido y en quienes hemos enajenado nuestro porvenir).
  • Los tristes acontecimientos ya sucedidos han marcado nuestra historia y mueven las consciencias, lo que deba suceder mañana depende, definitivamente, de lo que estemos dispuestos a hacer hoy.

¡Si en este día comprendieras tú… aprovecharás la oportunidad que Dios nos da!

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

Invertir la vida…

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TN_56OrdinarioA33DOMINGO 33 DEL TIEMPO ORDINARIO

INVERTIR LA VIDA…

Es muy probable que la liturgia de la Palabra de este domingo atraiga nuestra atención en la parábola propuesta por el evangelio de Mateo (25,14-30), conocida como “parábola de los talentos”. Es una escena pintoresca y sencilla, pero profunda a la vez. La enseñanza se complementa con las dos lecturas que acompañan al evangelio: la primera, del libro de los Proverbios (31,10-13.19-20.3031) y la segunda, de la primera carta a los tesalonicenses (5,1-6). Los tres textos plantean un tema común: mantenerse fieles y estar atentos ante lo impredecible; además, recordar que la fidelidad y la constancia permiten recoger frutos abundantes.

El Salmo 127, que también forma parte de la liturgia de este día, es como el centro en el que confluyen todos los elementos de la enseñanza:

Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos: comerá del fruto de su trabajo, será dichoso, le irá bien. Su mujer, como vid fecunda, en medio de su casa; sus hijos, como renuevos de olivo, alrededor de su mesa.

El libro de Proverbios nos habla de un hombre satisfecho por tener una mujer hacendosa; él confía en ella porque es fiel y porque es productiva (vv. 10-12). Los logros no son el mérito sólo de uno de ellos, se alcanzan por la mutua confianza y la fidelidad comprometida entre ambos.

El texto de Pablo a los tesalonicenses nos recuerda que la actitud de vigilancia, ante lo impredecible, permitirá que nada en la vida nos sorprenda. Esta es una de las características del modo de ser y de vivir de los cristianos: “…son hijos de la luz y del día” (v. 5); es decir, estar siempre despiertos, para que “el día del Señor” (que puede ser cualquier día), no nos sorprenda. Por otro lado, nos alerta ante el exceso de confianza que lleva a la pasividad, “¡Qué paz y qué seguridad tenemos!”; esta actitud no es otra cosa que una riesgosa seguridad y una terrible mediocridad.

Finalmente, el evangelio de Mateo, que nos pone ante un espejo: ¿qué tanto has arriesgado tu vida? ¿Cómo la has invertido?

La parábola de los talentos, que es muy llamativa, puede llevarnos a una interpretación simplista en la que los “talentos” son vistos como las aptitudes que una persona posee y pone en acto cuando le son requeridas. La metáfora que Jesús utiliza va más allá. Una sencilla aclaración de los elementos nos ayudará:

  • ¿Qué eran los talentos en tiempos de Jesús?: el talento equivalía a 35 kilos de metal precioso (oro), que un hombre rico poseía en grandes cantidades como fruto de su trabajo a lo largo de la vida; hoy nosotros podríamos hablar de las monedas conmemorativas a las que llamamos centenarios o bicentenarios de oro. Dependiendo de la traducción que una determinada Biblia adopte, los talentos son presentados unas veces como dinero en millones, otras veces como bolsas de oro y la mayoría de las veces como talentos (35 kilos en monedas de oro).
  • ¿A quién representa el hombre que sale de viaje y encomienda sus bienes?: es el Dios creador todo y que pone en manos del hombre la responsabilidad de la propia vida, la del hermano y la creación entera.
  • ¿Quiénes son los servidores?: el servidor es un símbolo recurrente en la Biblia que representa a los hombres que creen en Dios, que lo siguen y que le son fieles; que están dispuestos a trabajar por el Reino y a invertir la vida, incondicionalmente, en ello.
  • ¿Qué representan los tres servidores y las diferentes cantidades de talentos que reciben?: cada uno representa la condición propia de la persona, lo que la hace distinta de los demás, y eso, precisamente, es tomado en cuenta por Dios, que nos conoce, para confiarnos la vida. Todos somos dignos de confianza pero cada uno recibe diferentes responsabilidades, según su propia capacidad, como lo dice Mateo (v. 15). La capacidad no se refiere a la destreza que nos permite hacer cosas, sino a la plenitud que un individuo alcanza con la madurez y que lo hace digno de confianza (pleno significa lleno, y la capacidad es la medida, distinta en cada persona, de la plenitud).
  • ¿Qué simboliza lo que cada uno de los servidores hace con los talentos encomendados?: como primera cosa, en ellos se refleja la confianza que una persona puede tener en sí misma, o el miedo al fracaso; como segunda cosa, la determinación con la que se asumen las responsabilidades y la capacidad de invertir la vida, basada en la fidelidad al Reino, para recoger frutos duplicados y abundantes. La espiritualidad judeo-cristiana es consciente de que al hombre se le ha encomendado la creación (animales, plantas, semillas, tierra), no sólo para que él sea fecundo y se multiplique, sino para que, sometiéndola (a la creación), la fecunde y la multiplique (Gn 1,28-29). En contraste, hacer un hoyo en la tierra y esconder los talentos equivale a desentenderse, a no hacerse responsable de lo encomendado; a matar (enterrar) lo que no es significativo ni tiene valor, como para conservarlo.
  • ¿Qué representa el tiempo que tarda el Señor en volver y pedir cuentas?: el tiempo es la vida de los hombres y el ajuste de cuentas, el momento de la muerte de cada uno. La recompensa tiene dos elementos: un reconocimiento, “siervo bueno y fiel”, y una invitación, “toma parte en la alegría/fiesta de tu señor”. En este caso, participar en el reino no depende de que se haya cumplido la voluntad del Padre, sino de que se haya sido fiel a Dios y responsable con la vida y en el modo cómo se ha asumido el tesoro encargado.
  • ¿La condena?: es fruto de la irresponsabilidad, la mediocridad y el miedo al fracaso; pero sobre todo por la desconfianza en la misericordia de Dios. “Señor, yo sabía que eres un hombre duro, que quieres cosechar lo que no has plantado y recoger lo que no has sembrado. Por eso tuve miedo y fui a esconder la bolsa de oro bajo la tierra. Aquí tienes lo tuyo”.

Las últimas palabras son reveladoras y de una terrible crudeza: “aquí tienes lo tuyo”. Vemos en ellas a un hombre que no ha sido capaz de poner algo suyo, como los otros dos, y que sólo se conforma con devolver un tesoro inútil, estéril, muerto; desenterrado sin haber producido frutos. En este texto, dice Luis Alonso Schökel, que “Jesús denuncia la inconsecuencia de los que reciben el mensaje del reino y luego pretenden refugiarse en una seguridad estéril” (La Biblia de Nuestro Pueblo).

La sentencia es todavía más terrible: la ausencia de Dios, el vacío total y la lejanía del reino. “Quíntenle lo poco que tiene… A éste hombre inútil, échenlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y la desesperación” (vv. 29 y 30).

Estamos invitados a revisar la propia vida y el modo cómo la hemos invertido en lo cotidiano, en nuestros compromisos y en nuestras relaciones. Todos poseemos un tesoro prestado, que es la vida, y frutos que hemos alcanzado con nuestro esfuerzo y nuestro empeño; cuando nos sea requerido, escucharemos las palabras del Salmo:

“Esta es la bendición del hombre que teme al Señor: Que el señor te bendiga desde Sión, que veas la prosperidad de Jerusalén, todos los días de tu vida”.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

Reflexión dominical

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Código-de-barras1NOVIEMBRE 9 DE 2014

DEDICACIÓN DE LA BASÍLICA DE LETRÁN

¿No saben acaso…?

Link para las lecturas: http://www.conjesus.org/feedmore1.cfm

Las lecturas de este domingo, Ez 47,1-2.8-9.12; 1Cor 3,9-11.16-17 y Jn 2,13-22, tiene  la intención litúrgica de dar sentido a la fiesta que recuerda la dedicación de la Basílica de Letrán, pero lo propuesto por los textos va mucho más allá de una consagración canónica de un espacio, o de un templo físico ubicado en un lugar geográfico específico.

El profeta Ezequiel, en la primera lectura, nos habla de una revelación: un templo del que brotan ríos de agua que nutre la tierra y dan vida a todo cuanto queda cerca de su cauce. Esta imagen es una profecía que anuncia un mensaje de salvación y de abundancia para el pueblo hebreo: “el río de vida que brota desde el costado oriental del templo y que se va extendiendo fecundando todo el territorio, incluso el Mar Muerto. Es como si la maldición y la desgracia que han pesado sobre Israel y su territorio comenzaran a desaparecer al paso del agua  vivificante y purificadora que brota desde el nuevo templo habitado por la Gloria del Señor…” (Schökel, L. A., La Biblia de Nuestro Pueblo).

El apóstol Pablo, en la primera carta a los Corintios, retomando la concepción del templo como el lugar de la presencia de Dios, da un paso más, al afirmar, sin dudarlo, que los hombres son ahora “la casa que Dios edifica” (v. 9) y “el templo de Dios” donde habita el Espíritu. Desde esta perspectiva, que revoluciona las creencias y las relaciones con lo divino, la persona se convierte en el lugar de los encuentros: con Dios, con uno mismo y con el hermano (de alguna manera, y entre otras cosas, los espacios sagrados -los templos- tenían la función de propiciar momentos de encuentro con la divinidad a través de los ritos, con uno mismo a través del silencio y la oración y con el otro a través de las celebraciones comunitarias y los actos de caridad). En este texto de Pablo, como en los evangelios, se remarca la centralidad del hombre en el proyecto de Dios, que supera la observancia rigurosa de la ley, centrada en el “respeto” al templo y al sábado, a costa de las necesidades humanas.

El evangelista Juan nos pone ante un acontecimiento definitivo en el destino de Jesús y en la suerte que correría su vida: atreverse contra el templo. El lugar sagrado, donde Dios habita en medio de su pueblo, es intocable e incuestionable; esto lo sabe Jesús. Lo que no puede permitir es que la casa de su Padre se convierta en un mercado; en un lugar en donde se negocia con los bienes de los hombres y con su dignidad en nombre de Yahvé. En realidad, no es el Templo de Jerusalén lo que le preocupa, sino el peso del templo sobre el pueblo y las injusticias cometidas por los responsables del culto. En la discusión que se suscita ente los judíos y Jesús en torno a la destrucción y reconstrucción del templo en tres días, Juan dice que el Señor se refería al templo de su cuerpo (v. 21), aludiendo a la resurrección. El hombre es el destinatario de la propuesta salvífica y las promesas hechas por Dios no están en función de mantener en pie un templo y conservar la ley, sino en dar vida al pueblo que fenece olvidado y marginado.

A diferencia de los evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas), que ponen este mismo acontecimiento prácticamente al final de la vida pública de Jesús y ligado a la entrada triunfal en Jerusalén (Mt 21,12-17; Mc 11,15-19; Lc 19,45-48), Juan lo ubica al inicio; es el hecho con el que se da a conocer tanto al pueblo como a las autoridades. Es un momento simbólico, profético y revelador: la Buena Nueva rompe con las antiguas tradiciones, incluso con el Templo; ya no son necesarias. Inicia ahora un modo distinto de entender a Dios desde la persona y a través de ella. El posterior diálogo con la samaritana (Jn 4,21.23) es iluminador: “Créeme, mujer, llega la hora que ni en este monte ni en Jerusalén (lugar donde se ubica el Templo) se dará culto al Padre… Pero llega la hora, ya ha llegado, en que los que dan culto auténtico adorarán al Padre en espíritu y en verdad…”

¿Cuál es la enseñanza?:

De nosotros manan ríos de vida que fecundan y transforman la realidad, y esto es posible en la medida que reconozcamos que somos templos de Dios donde habita el Espíritu. Ser conscientes de tal condición nos compromete, como a Jesús, en la limpieza de las vida humanas (que son templos), que han sido invadidas por los mercaderes, los cambistas, los usureros, los secuestradores, los embaucadores, la mercadotecnia, los homicidas, los tratantes de blancas y de niños, los padrotes, los gobiernos irresponsables…

La carta a los corintios es muy clara al respecto: “¿No saben acaso ustedes que son templo de Dios y que el espíritu de Dios habita en ustedes? Quien destruye el templo de Dios, será destruido por Dios, porque el templo de Dios es santo y ustedes son ese templo” (3,16-17).

Respetar el templo equivale a respetar la vida del hombre y defenderla es el celo por esta casa que nos invade (Jn 2,17//Sal 69,9) y nos mueva a luchar por ella.

¿Cuántos templos, cuántos hombres, han sido masacrados y destruidos por la irresponsabilidad de los que buscan sólo su bien propio? Decía Monseñor Romero que “todas las vidas son sagradas, y el asesinato es asesinato, no importa cuál sea su motivo o finalidad. La violencia es indigna al hombre” (Homilía del 7 de octubre de 1979).

“Para Monseñor Romero, el derecho a la vida es un derecho universal (pertinente a todo ser humano todo el tiempo y de todos los lugares), inalienable (respetar la vida es un deber radical, sin permitir abdicación alguna, ni componendas), inviolable (ningún poder humano debe suprimir o mermar el derecho a la vida. Es un derecho rígido, mayor que cualquier ley humana, porque la ley, las autoridades, pasarán, pero el ser humano se queda, y las leyes y las autoridades son para servir a los seres humanos” (Marciano Vidal y Thomas Greenam, El pensamiento teológico-pastoral en las homilías de Monseñor Romero).

 Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

Reflexión dominical

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Juicio-final-san-apollinaire-el-nuevoLOS FIELES DIFUNTOS

Domingo 2 de noviembre/2014

La liturgia de la Palabra de este domingo se estructura con las siguientes lecturas: Sab 3,1-9; 1Jn 3,14-16 y Mt 25,31-46; los tres textos iluminan la fiesta litúrgica de los fieles difuntos. La temática es la muerte, vista desde dos perspectivas: primero, como la victoria de los justos y como el paso a la vida por siempre; segundo, como el hecho, o el argumento, con el que se juzgan las injusticias.

La comprensión de la muerte en la espiritualidad juedeo-cristiana no tiene el sentido de fatalidad que algunos ven en ella, como un terrible final para el hombre sin visión de eternidad. Por el contrario, la muerte es el momento definitivo en el que se verán cumplidas las promesas hechas por Dios, es encuentro con el Padre y es el crisol a través del cual la vida que fenece se transforma en vida eterna.

El libro de la Sabiduría concluye diciendo que “los que confían en el Señor comprenderán la verdad y los que son fieles a su amor permanecerán a su lado, porque Dios ama a sus elegidos y cuida de ellos” (v. 9). Esta promesa se cumple en Jesucristo y la encontramos plasmada en el evangelio de Mateo: “Vengan, benditos de mi Padre; tomen posesión del Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo…”  (v. 34).

El evangelio marca el mensaje central de la liturgia con el juicio de las naciones:

En aquél tiempo Jesús dijo a sus discípulos: “Cuando venga el Hijo del hombre, rodeado de su gloria, acompañado de todos sus ángeles se sentará en su trono de gloria. Entonces serán congregadas ante él todas las naciones, y él apartará a los unos de los otros, como aparta el pastor a las ovejas de lo cabritos, y pondrá a las ovejas a su derecha y a los cabritos a su izquierda…” (Mt 25,31-33).

Como sabemos, el juicio gira en torno a lo que hacemos por el hermano y a lo que dejamos de hacer por él, y en eso radica el ser separado, glorificado o condenado. Pareciera que hay un desconcierto en los que son juzgados, provocado por el planteamiento que hace Jesús en primera persona de los servicios recibidos: estuve hambriento y sediento, fui forastero, estuve desnudo, enfermo y encarcelado. De tal modo, que es necesario preguntar ¿cuándo hicimos, o no hicimos, eso contigo? La respuesta, siempre en la línea del amor evangélico, es clara y contundente: “Yo les aseguro que, cuando lo hicieron, o cuando no lo hicieron, con el más insignificante de mis hermanos, conmigo lo hicieron, o tampoco lo hicieron conmigo” (vv. 40 y 45).

¿Qué enseñanzas obtenemos de los textos?:

Primero:

  • El modo como haya vivido cada persona y la calidad de sus relaciones con el hermano, será lo que determine la sentencia del juicio al que se someta al final de su vida.
  • Dice Luis A. Schökel que “los que son recibidos en el reino son los que tuvieron amor misericordioso con el prójimo”. Es decir, el que haya sido capaz de descubrir las necesidades reales del hermano necesitado, es aquél que ha logrado meterse en su corazón; eso significa misericordia: “miser”, meterse o mezclarse y “cordia”, corazón.
  • El amor al prójimo está al mismo nivel que el amor al hermano. “Si uno dice que ama a Dios mientras odia a su hermano, miente…” (1Jn 4,20).
  • Todo esto está en sintonía con lo que nos propone la primera lectura, del libro de la Sabiduría: “Después de breves sufrimientos recibirán una abundante recompensa, pues Dios los puso a prueba y los halló dignos de sí… En el día del juicio brillarán los justos como chispas que se propagan en un cañaveral” (3,5.7).

Segundo:

  • La insensibilidad y la irresponsabilidad ante la vida y las necesidades más urgentes del hombre, provoca, en muchos casos, la muerte del hermano. Para ellos, los inmisericordes, habrá una condena: “apártense de mí, malditos; vayan al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles…” (v. 41).
  • También la muerte, desde la perspectiva judeo-cristiana, tiene eternidad: para los justos, la vida eterna; para los injustos, el fuego eterno.
  • Entonces, la muerte del hermano, por homicidio, por abandono, por olvido, por omisión, por lo que sea…, se convierte en el argumento más radical para sentenciar a quien se ha desentendido de sus responsabilidades. Así lo plantea la segunda lectura, tomada de la Primera carta de Juan: “Hermanos, nosotros estamos seguros de haber pasado de la muerte a la vida, porque amamos a nuestros hermanos. El que no ama permanece en la muerte. El que odia a su hermano es un homicida y bien saben ustedes que ningún homicida tiene la vida eterna…” (3,14.15).

Tercero:

  • Hoy, ante la realidad de muerte que vive el mundo y nuestra nación, estamos invitados a ser nosotros quienes juzguemos a las naciones, a los gobiernos, a las instituciones y a los individuos.
  • El amor es un compromiso y, como tal, nos obliga a tomar postura y a pronunciarnos ante ello.
  • La carta de Juan nos da la pauta: “Conocemos lo que es el amor, en que Cristo dio su vida por nosotros. Así también debemos nosotros dar la vida por nuestros hermanos” (v. 16).

¿Quiénes son los fieles difuntos?: todos aquellos que, en vida, han sido fieles a la voluntad del Padre y han vivido según el nuevo mandamiento: “Amanse los unos a los otros…” (Jn 15,11).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

Ser santo: trabajar por la paz.

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protesta por la pazFIESTA DE TODOS LOS SANTOS

Noviembre 1/2014

Pablo apóstol, al iniciar o terminar algunas de sus cartas, saluda y se despide de los miembros de las comunidades dándoles el título de los santos o los consagrado.

La santidad, más allá de ser sólo un concepto, era una forma de ser y de vivir en las primeras comunidades cristianas; partía de la convicción de que ser santos era la vocación a la que todos habían sido llamados, la conversión era la respuesta a ese llamado y el bautismo con agua, la imposición de manos y el crisma eran la consagración de la persona. Cum-sacro (consagro) era todo aquello, particularmente un individuo, que, después de recibir la bendición, comenzaba a formar parte del ámbito sagrado. En otras palabras, pertenecía a Dios y a la familia de los santos.

Esta condición de vida quedaba marcada, o sellada, con el Espíritu Santo que recibían los creyentes a través de la consagración bautismal: “Arrepiéntanse y háganse bautizar invocando el nombre de Jesucristo, para que se les perdonen los pecados, y así recibirán el don del Espíritu Santo” (Hch 2,38). Pablo, por su parte, en la carta a los Efesios (1,13), dice: “…también ustedes, al escuchar el mensaje de la verdad, creyeron en él y fueron marcados con el sello del Espíritu Santo prometido, quien es garantía de nuestra herencia”.

La santidad no se entendía como un privilegio a futuro concedido sólo a unos cuantos (como ahora lo entendemos), sino como una vida marcada por el evangelio y puesta en práctica en lo cotidiano; una vida llena de retos y de luchas, pero nunca de privilegios.

Así lo plantea el evangelio de la liturgia de hoy (Mt 5,1-12), en la fiesta de todos los santos:

“Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. Dichosos los que lloran, porque serán consolados. Dichosos los sufridos, porque heredarán la tierra. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque se les llamará hijos de Dios. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.

Dichosos serán ustedes cuando los injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes por causa mía. Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos”

En todo esto, hay una enseñanza muy clara para nosotros: no sólo es un día para recordar a todos aquellos, hombres y mujeres, que consagrando su vida a Dios alcanzaron la distinción de santos, por sus méritos y a través de una acción eclesial llamada canonización; es una oportunidad para recordar que cada una y cada uno de nosotros, quienes hemos sido bautizados, somos ya santos, y que la santidad no es un ideal sino una responsabilidad.

Hoy vivimos realidades que nos cuestionan y se convierten en dimensiones propicias para poner en acto nuestros compromisos como bautizados que, según el evangelio de Mateo, equivalen a trabajar por la paz y ser perseguidos por causa de la justicia.

“A todos los que Dios amó y llamó a ser consagrados…: gracia y paz a ustedes de parte de Dios nuestro Padre y del señor Jesucristo” (Rm 1,7).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.