“Luz que alumbra a las naciones…”

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FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA

Antes de adentrarnos en la reflexión que surge de la Liturgia de la Palabra, me gustaría iniciar con unos datos históricos, muy sencillos, en torno a esta fiesta: “Esta festividad se remonta al siglo XVII y Benedicto XV (1914-1922) la instituye en el domingo siguiente a la Navidad desde 1921” (Asamblea Eucarística, 28 de diciembre). La idea de fondo es resaltar que, una vez nacido Jesús en Belén se forma una familia, en cuyo seno él crecerá y se desarrollará como hijo y como hombre.

Los textos bíblicos que iluminan el sentido de esta fiesta son: del libro del Génesis para la Primera lectura (15,1-6; 21,1-3), de la carta de Pablo a los hebreos (11,8.11-12.17-19) y el evangelio tomado de Lucas (2,22-40).  En ellos se resaltan dos cosas: una, la figura de Abraham, como hombre de fe y padre de una gran descendencia; dos, la grandeza de Jesús, el Hijos de Dios y el Salvador esperado, atestiguada por dos personajes de fe profunda, Simeón y Ana, y la sencillez del Mesías, que se confía y se enmarca en el contexto de una familia pobre.

Nunca, en la predicación de la Iglesia de los orígenes, surgió la necesidad de hablar y hacer una reflexión en torno a la figura que hoy nosotros conocemos como la sagrada familia. En su momento, Pablo y los evangelistas, resaltaron el origen humano de Jesús por medio de las genealogías, el origen davídico de José (que además tenía la finalidad de justificar la condición mesiánica), la elección de María como la madre de cuyo vientre nacería el salvador; a través de los sucesos cotidianos y ordinarios en la vida de una persona (desobedecer, cuestionar a los mayores, las fiestas, el trabajo, etc.) y la observancia metódica de las leyes judías a las que se sometía todo miembro del pueblo hebreo (los censos, la circuncisión, las purificaciones, las ofrendas, la presentación del primogénito, etc.). Lo que sí era claro, y además motivo de fe, es que todos eran conscientes de pertenecer a una gran familia que, desde la óptica veterotestamentaria, era el pueblo escogido por Yahvé, surgido de la Alianza con Abraham y renovada en el Sinaí y que luego, a partir de la experiencia pascual, la Nueva Alianza, sería el Cuerpo Místico de Cristo, formado por la familia de los bautizados.

La fiesta de la Sagrada Familia está inserta en la Octava de Navidad (así como la Pascua de Resurrección en la Octava de Pascua), celebración que se extiende durante ocho días (del 25 de diciembre al 1° de enero) y que responde a una antigua costumbre judía de festejar los acontecimientos importantes de la vida durante este lapso de tiempo, además de ser una prescripción surgida de la Alianza con Abraham que indicaba el momento en que un hijo varón debía ser circuncidado (signo de la alianza) después del día de su nacimiento y recibir el nombre que llevaría el resto de su vida (Gn 17,10). Lucas, en el caso de Jesús, hace constar el cumplimiento de este mandato por parte de José y María justo al octavo día (2,21) y en seguida nos habla de otro aspecto de la ley de Moisés que se debía observar: la presentación del primogénito y la ofrenda de la purificación de la madre.

Como arriba mencionamos, las lecturas resaltan la figura de Abraham y la centralidad de Jesús, como el Mesías y Salvador esperado. Ambos personajes son signos de pertenencia: Abraham es el padre de muchos, a decir verdad, de dos grandes pueblos a través de los cuales se ha alcanzado la plenitud de esa promesa y esa alianza que Yahvé hace con él, pues de Ismael, hijo de Agar, surge (de acuerdo a algunas tradiciones) el pueblo árabe, y de Isaac el pueblo hebreo, por medio de la descendencia de Jacob. Jesús, no sólo como símbolo de la pertenencia al pueblo de los antepasados, sino “como la luz que ilumina a las naciones y gloria del pueblo, Israel” (Lc 2,32), como el inicio de una nueva alianza y un nuevo pueblo.

Por otra parte, el conjunto de los textos (Génesis, la carta a los hebreos y el evangelio de Lucas) enfatiza dos aspectos del ser de Dios: uno, que siempre ve con misericordia el dolor humano y escucha las súplicas; dos, que atiende las necesidades y cumple sus promesas. Cada uno de los personajes mencionados (Abraham, Sara, María, José, Simeón y Ana) está involucrado, de una u otra manera, con tres problemas que generan crisis, la esterilidad (la negación de una descendencia), la vejez (estar al borde de la muerte y no haber visto cumplidas las promesas de Dios) y la incertidumbre (no saber qué pasará con la propia vida ni qué es lo que Dios quiere de cada uno); a todos ellos Dios los bendice y les permite ser testigos de sus decisiones, de sus promesas y, particularmente, de su misericordia.

Pero, ¿cuál es la enseñanza que podemos obtener de esta fiesta y de estos textos?

  • La familia, como experiencia comunitaria y como institución, vive desde hace muchos años una profunda crisis, eso lo sabemos y lo vivimos. De hecho, la intención del Papa Benedicto XV, al instituir esta fiesta en 1921, tenía como fondo la problemática familiar de la época y de iluminar, desde el evangelio, esta crisis y llevarla a una reflexión que le permitiera encontrar soluciones de fondo.
  • A la par de la crisis familiar, vivimos una crisis en el sentido de la pertenencia: muchos hombres y mujeres, aun cuando nacen y se desarrollan en el seno de una familia, de un grupo o de una sociedad, no experimentan el pertenecer a…, porque no existe identidad para ellos ni respeto a su dignidad; la calle, por ejemplo, se ha convertido en un espacio de vida y de pertenencia, pero sin futuro cierto y sin porvenir. Signos como la circuncisión, el bautizo, poner un nombre, reconocer la primogenitura, aceptar la responsabilidad materno-paterna, o la adopción son expresión de esa pertenencia, que se da y que se recibe.
  • Hemos celebrado la Navidad del Señor y, al igual que Simeón y Ana, somos testigos de que Dios nos ha visitado. Estamos llamados a levantar la voz y anunciar:

“…mis ojos han visto a tu Salvador, al que has preparado para bien de todos los pueblos; luz que alumbra a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel” (Lc 2,30-32).

 Mario A. Hernández Durán. Teólogo.

“Esto les servirá de señal…”

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b1a1c112-cd61-4017-98df-25395b80726fDICIEMBRE 25/2014

“Esto les servirá de señal…”

No para toda la gente la Navidad es “Noche Buena”, ni todas las experiencias, ya sean familiares, comunitarias o sociales, están permeadas por la alegría de la Buena Nueva que anuncia: nos ha nacido el salvador. No podemos generalizar nuestro gozo festivo, creyendo ingenuamente (o insensiblemente) que en todas partes el día de Navidad es un momento de paz, de sosiego y de fraternidad. No es así.

Reconocerlo no significa ser pesimista; antes bien, es un intento por ser realista: muchos somos los que tenemos la oportunidad de disfrutar estas fiestas, pero también hay muchos que no; el hecho de que haya tristeza no significa que no pueda haber gozo, y viceversa.  La verdad de las cosas es que ambas experiencias, el gozo y la tristeza, se dan al mismo tiempo y en el mismo mundo. Lo importante es descubrir en ellas, o a través de ellas, los signos de los tiempos que nos permiten tener los pies sobre la tierra.

A propósito de los signos: es común que los seguidores de Jesús, nos dejemos tocar y cuestionar por aquellas palabras del evangelio de Lucas (12,54-56) en las que se pone en evidencia la incapacidad de no ver lo que realmente nos ubica ante la realidad. ¿Realmente sabemos cuáles son los signos de los tiempos…?

El ángel que se aparece a los pastores les anuncia una gran noticia: “hoy les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor” (Lc 2,11) y, en contra de toda expectativa que tiene la tentación de buscar al Mesías entre los poderosos, les da una señal distinta e inverosímil: “encontrarán al niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre” (Lc 2,12).

Esta navidad hemos tenido muchas señales como esa, distinta e inverosímil, que nos deberían llevar a preguntarnos cómo vivimos la Buena Nueva de la salvación. Por ejemplo: encontrarán a un grupo de mujeres y hombres, envueltos en el dolor y la tristeza por no saber nada de sus hijos, parados sobre la calle, bajo la lluvia y el frío…

Vinieron desde Guerrero a pasar la Nochebuena a las afueras de Los Pinos. Madres y padres de los normalistas de Ayotzinapa desaparecidos desde hace casi tres meses, realizaron un mitin en las inmediaciones de la residencia oficial “porque queremos decirle al presidente Enrique Peña Nieto, que si no hay navidad para nosotros, tampoco para él” (Sánchez Jiménez, A. La Jornada, 25 de diciembre de 2014).

El Papa Francisco, en su homilía de la Noche de Navidad, inicia diciendo: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierras de sombras y una luz les brilló” (Is 9,1). “Un ángel del Señor se les presentó a los pastores: la gloria del Señor los envolvió de claridad” (Lc 2,9). De este modo la liturgia de la santa noche de Navidad nos presenta el nacimiento del Salvador como luz que irrumpe y disipa la más densa oscuridad. La presencia del Señor en medio de su pueblo libera del peso de la derrota y de la tristeza de la esclavitud, e instaura el gozo y la alegría…  Y continúa diciendo: El origen de las tinieblas que envuelven al mundo se pierde en la noche de los tiempos. Pensemos en aquel oscuro momento en que fue cometido el primer crimen de la humanidad, cuando la mano de Caín, cegado por la envidia, hirió de muerte a su hermano Abel (cf. Gn 4,8). También el curso de los siglos ha estado marcado por la violencia, las guerras, el odio, la opresión. Pero Dios, que había puesto su esperanza en el hombre hecho a su imagen y semejanza, aguarda pacientemente. Dios esperaba. Esperó durante tanto tiempo, que quizá en un cierto momento hubiera tenido que renunciar. En cambio, no podía renunciar, no podría negarse a sí mismo (Cf. 2Tm 2,13). Por eso ha seguido esperando con paciencia ante la corrupción de los hombres y de los pueblos. La paciencia de Dios, cómo es difícil entender esto, la paciencia de Dios delante de nosotros…

Delante de nosotros hay dos señales: la paciencia de Dios y el sufrimiento del hermano, ambas esperan que demos respuesta; que entendamos que esa gran luz no brilla si no es a través de las mediaciones humanas. Es decir, nuestro corazón es iluminado por la luz de Cristo y nosotros nos convertimos en luz para los demás.

El periodista antes citado termina su informe con una triste constatación: Quizá fue la lluvia, la fecha o la ubicación del mitin, pero la presencia de simpatizantes fue escasa. Las madres y los padres de los normalistas dieron por concluido el acto a las nueve y veinte de la noche… (La Jornada, 25 de diciembre de 2014).

Ante esto, retomo nuevamente las palabras del Papa Francisco: Y más aún: ¿tenemos el coraje de acoger con ternura las situaciones difíciles y los problemas de quien está a nuestro lado, o bien, preferimos soluciones impersonales, quizá eficaces pero sin el calor del Evangelio? ¡Cuánta necesidad de ternura tiene el mundo de hoy! La paciencia de Dios, la ternura de Dios.

La respuesta del cristiano no puede ser más que aquella que Dios da a nuestra pequeñez. La vida tiene que ser vivida con bondad, con mansedumbre…

Desde Atoyac de Álvarez, Gro.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

Llegó el tiempo de dar a luz…

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nacimiento-de-jesusFIESTA DE NAVIDAD.

Diciembre 24 y 25.

Llegó el tiempo de dar a luz…

La Liturgia de la Palabra para esta fiesta de la Navidad, que bien podemos enmarcar entre los días 24 y 25 de diciembre, es muy abundante. Comienza con un preámbulo justo el 24, en donde se retoma la lectura del segundo libro de Samuel (7,1-5.8-12.14.16), que fue utilizada en la Liturgia del IV Domingo de adviento para enfatizar y justificar la descendencia davídica de Jesús, y se complementa con un texto del evangelio de Lucas (1,67-79), en donde aparece el Cántico de Zacarías, o Benedictus (que se utiliza en el rezo diario de Laudes), con el fin de resaltar varios aspectos de la persona del Mesías esperado: él es el salvador prometido a Abraham, a los profetas y a David (vv. 68-73); “será llamado profeta del Altísimo” (v. 76) y será el “sol que nace de lo alto”, que iluminará las tinieblas y nos guiará por los caminos de la paz (vv. 78-79).

En seguida del día 24, la liturgia del día 25 presenta varias opciones para la celebración: Misa vespertina para la Vigilia de navidad (Is 62,1-5; Sal 88; Hch 13,16-17.22-25 y Mt 1,18-25), Misa de la noche (Is 9,1-3.5-6; Sal 95; Tit 2,11-14 y Lc 2,1-14), Misa de la Aurora (Is 62,11-12; Sal 96; Tit 3,4-7 y Lc 2,15-20) y Misa del día (Is 52,7-10; Sal 97; Heb 1,1-6 y Jn 1,1-18).

Ante este amplio panorama, trataré de centrar la reflexión en torno a los textos de la Liturgia de la Palabra indicados para la Misa de la noche, considerada como la Misa solemne de la fiesta:

  • Tenemos, como primera lectura, al profeta Isaías (9,1-3.5-6), quien es portador de una alegre noticia: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz; sobre los que vivían en tierras de sombras, una luz resplandeció” (v. 1). Tal noticia encaja perfecto con lo que el evangelio de Lucas, de la liturgia del día 24, proclama a través de Zacarías: “Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz” (vv. 78-79).
  • La segunda lectura, de Pablo a Tito (2,11-14), inicia diciendo que “la gracia de Dios se ha manifestado para salvar a todos los hombres…” (v. 11) y nos invita a vivir de manera sobria, justa y fiel “en espera de la gloriosa venida del gran Dios y Salvador, Cristo Jesús, nuestra esperanza” (vv. 12-13). Palabras que resuenan en el canto de Zacarías del evangelio del día 24: “Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo, y ha hecho surgir en favor nuestro un poderoso salvador en la casa de David, su sirvo” (Lc 1,68-69).
  • El evangelio de Lucas (2,1-14), centra la atención en el gran suceso del nacimiento del Mesías. Primero, contextualiza el hecho en la historia, a través del edicto de Cesar Augusto: un censo en la época en que Quirino gobernaba Siria (vv. 1-2) y retomando la línea davídica de la descendencia de José, quien pertenecía a esa casa y esa a la familia y debía empadronarse en Belén, la ciudad de David (vv. 3-5). Segundo, lo ubica en la vida y en la suerte que corre el hombre que pertenece al pueblo sencillo (vv. 6-7): a María le llegó el momento de parir y el niño fue recostado en un pesebre (la pobreza extrema), pues no había para ellos lugar en la posada (lugar en donde están los que pueden pagar). Tercero: el anuncio revelado a los pastores, en el campo, fuera de la ciudad; a ellos es dirigida la buena nueva de la salvación. Aquí, las palabras del profeta Isaías y las del ángel son las mismas: “un niño nos ha nacido…” (Is 9,5), “el Salvador y el Mesías” (Lc 2,11).

Detrás de todo esto hay una gran enseñanza que, mucho me temo, pocas veces alcanzamos a visualizar y a entender; debido a que el tiempo de Navidad se ha reducido a dos cosas: por un lado, la oferta y la demanda, que cubre esa necesidad creada… y provocada, de consumir-comprar-regalar; por otro lado, la imagen del niño Dios (de yeso, de pasta, de madera tallada, de porcelana, de acrílico, etc.), como objeto sagrado indispensable que, una vez bendecida por el cura de la Parroquia, se convierte en la presencia material de Dios en la familia…

Finalmente, y hoy más que nunca, vivimos en sociedades kinestésicas, que aprenden a través de lo que ven y lo que oyen, pero que no han sido capaces (o no lo hemos logrado nosotros) de pasar de la imagen sensorial a lo simbólico; de la expectación a la contemplación.

El nacimiento de Jesús tiene un sentido retrospectivo a partir de la Pascua, es caer en cuenta de que Jesús es el Mesías prometido cuando se le experimenta resucitado; no se puede entender por qué a María la cubre la sombra del Espíritu si no descubrimos que Jesús habla y obra, del modo que lo hizo, porque era consciente de que “el Espíritu del Señor” estaba sobre él (Lc 4,18). De hecho, de la carta de Pablo a Tito, que hoy escuchamos en la liturgia, puede surgir una pregunta: ¿quién es el Dios y Salvador que esperamos y que es nuestra esperanza? (2,13), a la que respondemos: Cristo Jesús, “él se entregó por nosotros para redimirnos de todo pecado y purificarnos, a fin de convertirnos en pueblo suyo, fervorosamente entregado a practicar el bien” (v. 14).

José Ma. Castillo (1990) nos lleva a la siguiente reflexión:

En su carta a los Gálatas, dice el apóstol Pablo: “Cuando se cumplió el plazo envió Dios a su hijo, nacido de mujer, sometido a la ley, para rescatar a los que estaba sometidos a la ley, para que recibiéramos la condición de hijos” (Gal 4,4-5). Con estas palabras Pablo quiere decir que hubo un momento, el momento decisivo, en el que Dios envió a su propio hijo al mundo, nacido como uno de tantos, “nacido de mujer, sometido a la ley”, para realizar la liberación definitiva. Esta liberación se expresa diciendo: “para rescatar a los que estaban sometidos a la ley”. La sumisión a la ley era, según el mismo Pablo, una auténtica esclavitud (Gal 4,1-3). Y de esa esclavitud es de la que vino a liberarnos el mismo hijo de Dios. El proyecto de Dios sigue adelante y alcanza su plenitud. En el Antiguo Testamento, Dios inició su obra de liberación sacando a su pueblo de Egipto… Cuando llega la “plenitud de los tiempos”, Dios realiza la liberación definitiva, rescatando al hombre del sometimiento a la ley religiosa y haciéndolo hijo suyo (Castillo J. Ma. 1990. Teología para comunidades. Col. Biblioteca de Teología 4. Ed. S. Pablo. Sevilla. p.87).

¿Cómo entender tal gesto salvífico de Dios? “Esto les servirá de señal: encontrarán a un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre” (Lc 2,12). Un Dios totalmente humanado, a quien es necesario proteger como a cualquier niño, y totalmente cercano, pues se le encuentra en un lugar desprotegido y ajeno a los privilegios del poder.

Entre la Pascua y la Navidad hay un eje conductor con el que se logra una continuidad, y que encontramos en el símbolo de la luz: la Vigilia Pascual resalta la imagen de Cristo, luz de las naciones, y la celebración de la Navidad nos recuerda dos cosas, primero, que vino una gran luz que ilumina las tinieblas y, segundo, que a María le llegó el tiempo de dar a luz.

Hay para nosotros un cuestionamiento: ¿en qué medida, en cada navidad, damos a luz la Palabra; en qué sentido somos portadores de buenas nuevas? ¿Hemos sido capaces de pasar de la experiencia sensorial a la vivencia profunda del Dios con nosotros?

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

¡Alegrate!

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RAZONES Y REFLEXIONES

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Esta navidad, y todas las navidades, las empresas comerciales, a través de la magia de la mercadotecnia, nos ofrecen un sin fin de productos que sustentan su éxito en las necesidades más recurrentes de la condición humana: ser feliz, estar alegre, amar, relacionarse, consumir, sentirse bien, disfrutar, ser tomado en cuenta, etc.

En México, no se en otros países, comenzamos hace poco a ser “motivados” para compartir con “Paco”, “Pepe”, “Roberto”, “Mariana”, “Lucero” y todo el mundo una bebida refrescante que, por lo demás, es la “chispa de la vida”. Hoy, entrada la Navidad, la propuesta es “hacer feliz a alguien…”. El problema es que dicha bebida (que incluso yo consumo…), sólo te refresca, o te daña el estómago (todo depende), pero por ningún motivo hace feliz a otro, entendiendo en sentido estricto tal resultado existencial.

La última semana del adviento, con la liturgia del cuarto domingo, cierra con el…

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¡Alegrate!

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Esta navidad, y todas las navidades, las empresas comerciales, a través de la magia de la mercadotecnia, nos ofrecen un sin fin de productos que sustentan su éxito en las necesidades más recurrentes de la condición humana: ser feliz, estar alegre, amar, relacionarse, consumir, sentirse bien, disfrutar, ser tomado en cuenta, etc.

En México, no se en otros países, comenzamos hace poco a ser “motivados” para compartir con “Paco”, “Pepe”, “Roberto”, “Mariana”, “Lucero” y todo el mundo una bebida refrescante que, por lo demás, es la “chispa de la vida”. Hoy, entrada la Navidad, la propuesta es “hacer feliz a alguien…”. El problema es que dicha bebida (que incluso yo consumo…), sólo te refresca, o te daña el estómago (todo depende), pero por ningún motivo hace feliz a otro, entendiendo en sentido estricto tal resultado existencial.

La última semana del adviento, con la liturgia del cuarto domingo, cierra con el encuentro definitivo entre Gabriel, el ángel de las buenas nuevas, y Maria, la joven sencilla dispuesta a todo, a través de una frase determinante que, verdaderamente, garantiza la felicidad del hombre: “Alégrate María…”, y no porque le ofrezca una bebida, sino porque hay algo de fondo: “el Señor está contigo“.

No pretendo ser aguafiestas, sino ayudar a que hagamos conciencia de que, a veces, nos conformamos con la salida fácil ante las situaciones que requieren de nosotros un empeño verdadero; dar felicidad no es cosa de compartir bebidas, sino estar dispuestos a abrir la propia vida ante las necesidades del otro. Nuestra presencia, libre y desinteresada, puede ser un motivo de felicidad; un abrazo inesperado, un beso retenido, una sonrisa contenida que se liberan cuando décimos, sinceramente, te amo.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

“Alégrate, llena de gracia…”

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La Anunciacion_Bradi BarthCUARTO DOMINGO DE ADVIENTO

Diciembre 21/2014

<<Alégrate, llena de gracia…>>

Llegamos al último domingo del Adviento y en la Liturgia de la Palabra encontramos que los textos organizan un recorrido que parte de una promesa hecha a David (2Sam 7,1-5.8-12.14.16), habla de un misterio que Dios revela a los hombres (Rm 16,25-27) y concluye diciéndonos que tal misterio es revelado a una mujer sencilla y confiado a ella en su vientre (Lc 1,26-38). Además, la primera lectura avala la descendencia davídica de Jesús a través de José, mencionada en el evangelio de Lucas.

Quiero comenzar tratando, brevemente, el problema de la “descendencia davídica” de Jesús, para entender el significado y el sentido de esta afirmación y cómo repercute en lo que se anuncia. Enseguida, haremos la reflexión de los textos, tratando de descubrir la enseñanza que nos ofrecen.

Originalmente, el término mesías, o ungido, hacía referencia a los hombres elegidos para convertirse en guías, casi siempre temporales, del pueblo hebreo. Es así que tenemos a jueces, profetas, sacerdotes y, particularmente, los reyes de Israel. Más tarde, en la tradición judía, y posteriormente en la tradición cristiana que nace de la predicación primitiva (sobre todo Pablo y luego los evangelios), se albergaba la esperanza en el cumplimiento de una promesa hecha por Dios a su pueblo: el envío del Mesías. Éste tendría que ser el salvador y el libertador definitivo; el garante de la plenitud del pueblo y el defensor. Considerado como el predilecto para ser ungido (por eso mesías) con el Espíritu de Yahvé (la rûah) y ser enviado a transformar, de raíz, las estructuras sociales y religiosas en función de un nuevo reino. A través de él se haría eficaz la presencia de Dios entre su pueblo; el Dios cercano, el Emmanuel (Is 9,1-6). Por eso mismo, el Mesías, será llamado “Hijo del Altísimo”: heredero del trono de David (2Sam 7,16; Jr 23,5).

Desde la óptica cristiana tal heredero es Jesús, y para ello es necesario presuponer el origen davídico como base de su mesianidad (cfr. Fabris, R., 1998). Pablo, en su carta a los romanos (1,1-4) hace dos afirmaciones al respecto: Jesús, el elegido y prometido por medio de los profetas, es el hijo de Dios, primero, según la carne, porque es del linaje de David; segundo, según el Espíritu Santo, porque es el ungido, es decir, Jesucristo.

¿Cómo se ensambla toda esta consciencia mesiánica en la liturgia de la Palabra de este domingo?:

  • Primer momento, David recibe de parte de Yahvé una promesa:

“…yo, el Señor, te hago saber que te daré una dinastía; y cuando tus día se hayan cumplido y descanses para siempre con tus padres, engrandeceré a tu hijo, sangre de tu sangre, y consolidaré tu reino. Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo. Tu casa y tu reino permanecerán para siempre ante mí, y tu trono será estable eternamente” 2Sam 7,14.16).

  • Segundo momento, Pablo nos habla de un misterio que ha sido revelado a los hombres:

“…he predicado a Cristo, conforme a la revelación del misterio, mantenido en secreto durante siglos, y que ahora,…ha quedado manifestado por la Sagrada Escritura…” (Rm 16,25.27).

  • Tercer momento, el misterio es revelado a los sencillos a través de María y se hace realidad gracias a su fe y su respuesta; la promesa hecha a David se cumple ahora:

“Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo… No temas María, porque has hallado gracias ante Dios. Vas a concebir y dar a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor le dará el trono de David, su padre, y él reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin” (Lc 1,28-33).

Este es el panorama que sirve como telón de fondo para la gran celebración de la Natividad de Jesús, quien será encontrado como misterio revelado a los sencillos (los pastores), en la ciudad de David (signo mesiánico) y envuelto en pañales sobre un pesebre (símbolo de su cercanía con el hombre).

Pero, independientemente de todo este análisis exegético y literario de los textos, subyace una enseñanza para nosotros, creyentes del siglo XXI, que nos obliga a no quedarnos sólo con la escena descrita en el texto y cargada, a veces, de una emotividad desbordante y, al mismo tiempo, de una “sacra lejanía” entre eso que se narra y el hoy nuestro. Como en otras ocasiones, es necesario ir más allá.

El culmen de este recorrido que hemos analizado es, indudablemente, el evangelio de Lucas; allí descubrimos a María como sujeto de la revelación y convirtiéndose en el espacio teológico donde convergen lo divino y lo humano, para dar paso a una nueva realidad y a un modo distinto de encontrarse con Dios: la condición humana.

La enseñanza se teje con tres gestos simbólicos:

  1. La Palabra/Voluntad de Dios es dada a conocer a María por medio del ángel.
  2. María escucha esa Palabra que se le revela.
  3. María acepta y pone en práctica dicha Palabra diciendo sí, “cúmplase en mí lo que me has dicho” (Lc 1,38).

Desde aquí se ha definido a María como mujer de fe y modelo de creyente; si es modelo, eso quiere decir que cada uno de nosotros está posibilitado a seguir el mismo ejemplo y, sobre todo, la misma experiencia de Dios. ¿En qué sentido?

El evangelio de Marcos (3,32-35) nos da la respuesta cunado Jesús dice a la gente reunida en torno a él: “Miren, éstos son mi madre y mis hermanos. Porque el que haga la voluntad de Dios, éste es mi hermano, mi hermana y mi madre”. En esta línea, justamente, María es considerada mujer de fe, porque escucha y hace la voluntad del Padre, y también nosotros. Formamos parte de esa familia en la medida que escuchamos y ponemos en práctica la Palabra.

Durante este tiempo de adviento y navidad, constantemente nos preguntamos, haciendo un intento por llegar a una reflexión, si dejamos nacer a Jesús en nuestras vidas y cómo lo hacemos; pero poco, o nada, nos planteamos en qué momento se nos reveló la Palabra, si fuimos conscientes de ello y, sobre todo, si hemos sido capaces de decir sí, que se cumpla en mí lo que me has dicho… También en nosotros, en cada uno, potencialmente, la Palabra de Dios se puede gestar, se puede engendrar y la podemos “parir” (en sentido metafórico); somos medios para darla a luz, permitir que entre en nuestra historia, ponerla en práctica.

La liturgia del cuarto domingo no sólo plasma el recuerdo de un acontecimiento, sino que es, sobre todo, una oportunidad para saber cómo estamos y cuál es nuestra actitud ante la Voluntad de Dios y su Palabra; para descubrir si realmente es significativa y si estamos dispuestos a preparar un espacio en nuestra vida personal dedicado a ella.

El saludo del ángel Gabriel se dirige a nosotros: ¡Alégrate!, no temas, porque has hallado gracia ante el Señor.

Hallar gracia significa que se ha buscado, que se ha trabajado por ella, que se ha intentado desalojar el corazón de tanto escombro y estorbo innecesario para disponerlo y dejarlo libre, de tal modo, que la Palabra se anide como en tierra fértil y pueda dar frutos abundantes. Hallar gracias significa que se ha sido humilde ante Dios y ante los hombres; “Así dice el Señor… Pero en ese pondré mis ojos: en el humilde y en el abatido que se estremece ante mis palabras” (Is 66,2).

Concluyo con estas palabras de Ivone Gebara y Ma. Clara L. Bingemer, de su obra María, mujer profética:

“El anuncio por parte del Señor se reviste siempre de una dimensión extraordinaria dentro de lo ordinario de la existencia, como si todos los anuncios quisieran recordar la irrupción de la trascendencia y de lo maravilloso dentro de los límites de la existencia. Los anuncios entrañan, pues, esa dimensión que afecta a la raíz de lo humano, revela sus posibilidades escondidas y reaviva sus esperanzas de vida. Las anunciaciones tienen que ver siempre con la vida, con la continuidad del pueblo, con la presencia fiel de Dios en medio de él”.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

Diciembre 19/2014.

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REFERENCIAS:

  • Fabris, R. (1998), Jesús de Nazaret. Historia e interpretación. Col. Verdad e Imagen 93. Ed. Sígueme, Salamanca. p. 77.
  • Gebara, I.-L. Bingemer, Ma. C. (1987). María, mujer profética. Col. Cristianismo y Sociedad 11. Ed. Paulinas, Madrid. p. 80.

“No impidan la acción del Espíritu”

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00EspirituSanto1FUEGOTERCER DOMINGO DE ADVIENTO.

Diciembre 1472014

“NO IMPIDAN LA ACCIÓN DEL ESPÍRITU SANTO”

En las lecturas de este tercer domingo de Adviento (Is 61,1-2.10-11; Tes 5,16-24 y Jn 1,6-8.19-28) encontramos un protagonista peculiar e indispensable en la comprensión y en la práctica de la Buena Nueva: el Espíritu. A través de él podremos descubrir que el Adviento también es un tiempo trinitario: allí se conjuntan la Voluntad del Padre que envía y el Hijo que es enviado con la fuerza del Espíritu.

Las dos lecturas antes del evangelio (Isaías y Tesalonicenses) están en función de lo que Juan bautista debe anunciar: “Yo soy la voz que grita en el desierto: enderecen el camino del Señor”  (Jn 1,23); es decir, la llegada del Mesías.

A las preguntas, que en el evangelio de Juan (vv. 20-22) los sacerdotes y los levitas, enviados por los judíos, hacen al bautista (“¿quién eres tú?”, “eres Elías?”, “¿eres el profeta?”, “¿qué dices de ti mismo?”), podríamos agregar una más: ¿cómo es ese Mesías y qué hará? La primera parte del texto de Isaías (61,1-2) nos da la respuesta, que es la misma que Lucas (4,18-19) utiliza y pone en boca de Jesús cuando, a su regreso del desierto, comienza su misión entre los hombres en la sinagoga de Nazaret (justo en la periferia); con esas palabras Jesús se autodefine y define, además, su misión: “El espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido y me ha enviado para anunciar la buena nueva a los pobres, a curar a los de corazón quebrantado, a proclamar el perdón a los cautivos, la libertad a los prisioneros, y a pregonar el año de gracia del Señor”. Así es el Mesías anunciado y eso es lo que hará.

Estos tres domingos son un recorrido que prepara el camino hacia el gran acontecimiento de la Navidad y culminará con el cuarto domingo, con el que se cierra el tiempo del Adviento, y en donde se nos presentará, a través del evangelio de Lucas (1,26-38), el anuncio del ángel a María. En ese momento, el Mesías anunciado por los profetas y por Juan el bautista, se hará realidad en el vientre de la joven de Nazaret, gracias a dos gestos simbólicos: el sí de María, como la aceptación libre de la Voluntad del Padre, y la presencia, nuevamente, del Espíritu que transforma.

La semana anterior dijimos que no podemos permanecer como espectadores pasivos de esa Palabra viva y dinámica que se nos anuncia, sino como actores de la misma. En este sentido, la Liturgia del tercer domingo, más allá de ofrecernos un mensaje, nos tiene una enseñanza para la vida:

En los domingos anteriores aprendimos que hay algunas actitudes que debemos adoptar cuando descubrimos que la escucha de la Palabra nos empuja al compromiso con el hermano, con la sociedad, con uno mismo; en esta línea hemos sido invitados a estar alertas y despiertos (primer domingo) y a ir por delante como mensajeros de buenas nuevas (segundo domingo). Hoy, los textos de Isaías y de Pablo a los tesalonicenses nos hablan de dos maneras (dos actitudes) con las que un creyente debe vivir: según el Espíritu y alegre.

¿Cómo?:

  • Lo primero: vivir según el Espíritu.

El recuerdo constante de nuestro bautismo nos debería llevar a tomar consciencia de que el Espíritu del Señor está sobre nosotros y nos envía…, por la simple y sencilla razón, pero profunda y radical al mismo tiempo, de que nos ha ungido (ser ungido significa que hemos sido elegidos por Dios y marcados con su Espíritu). Es por eso que Pablo nos advierte que no impidamos, “no apaguen”, la acción del Espíritu Santo, ni despreciemos el don de ser profetas (1Tes 5,19).

Sólo quien se permite mirar al interior de sí mismo y escuchar, desde allí, los gritos del Espíritu (Rm 26,8), será capaz de entender que posee una fuerza transformadora e incontenible, y que en cualquier momento de la historia, o en cada acontecimiento de la vida, es enviado a anunciar, liberar y proclamar que el reino de amor y justicia ha llegado.

Para entender cómo es la vida según el Espíritu, Pablo, en la carta a los romanos, lo expresa así: “En efecto, los que se dejan guiar por los bajos instintos tienden a lo bajo; los que se dejan guiar por el Espíritu tienden a lo espiritual. Loa bajos instintos tienden a la muerte, el Espíritu tiende a la vida y a la paz” (8,5-6).

  • Lo segundo: vivir alegre.

La segunda parte del texto de Isaías (vv. 10-11) inicia diciendo “me alegro en el Señor con toda el alma y me lleno de júbilo en mi Dios”; de igual modo en el texto a los tesalonicenses, Pablo comienza con un deseo: “Hermanos: vivan siempre alegres…, pues esto es lo que Dios quiere de ustedes en Cristo Jesús” (vv. 16-18).

El hombre, en este mundo que todo lo da y lo facilita (aunque también nos lo quita y dificulta todo), vive su “alegría” en lo que posee, en lo que adquiere, en lo que es – o aparenta ser – , en lo que ama y en lo que desea, y no hay nada de malo en ello mientras no se geste una dependencia absoluta en las cosas; pero pocas veces se habla de la alegría que produce lo que se cree, o en quien se cree.

La encarnación del Verbo es el cumplimiento de una promesa: Dios está con nosotros y entre nosotros. Es el gesto más vivo del amor del Padre hacia los hombres; reconocerlo en el Hijo que se hace hombre y agradecerlo, es el modo de permanecer junto a él, y él con nosotros. Creer en este misterio produce alegría: “Les he dicho esto para que participen de mi alegría y sean plenamente felices” (Jn 15,11).

Al iniciar esta reflexión dijimos que nos encontraríamos con un peculiar protagonista, el Espíritu. Desde ahora, según el esquema litúrgico, y desde siempre, representará la presencia constante de Dios en la historia de la humanidad; por él, la Palabra de Yahvé se pronuncia en boca de los profetas y, también por él, se engendra el Verbo en el vientre de María.

Creer humildemente nos permite cantar: “Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador, porque puso los ojos en la humildad de su esclava. Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones, porque ha hecho en mí grandes cosas el que todo lo puede. Santo es su nombre, y su misericordia llega de generación en generación a los que lo temen. A los hambrientos los colmó de bienes y a los ricos los despidió sin nada. Acordándose de su misericordia, vino en ayuda de Israel, su siervo” (Lc 146-55, responsorial de la liturgia de este domingo).

“Que el Dios de la paz los santifique a ustedes en todo y que todo su ser, espíritu, alma y cuerpo, se conserve irreprochable hasta la llegada de Nuestro Señor Jesucristo. El que los ha llamado es fiel y cumplirá su promesa” (1Tes 5,24).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.