“Enseña con autoridad…”

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034° DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

1 DE FEBRERO DE 2015

En este cuarto domingo del Tiempo Ordinario nos encontramos con una Liturgia de la Palabra que bien se puede separar en dos bloques, que representan, a su vez, dos distintas temáticas de reflexión: el primero está compuesto por el texto de libro del Deuteronomio (18,15-20), correspondiente a la primera lectura, y por el texto del evangelio de Marcos  (1,21-28); en ambos, el tema central es el descubrimiento del poder de Dios a través de sus elegidos, de los hombres que Él ha ungido con su espíritu. El segundo, comprende únicamente el texto de la primera carta de Pablo a los corintios (7,32-35) y que es continuación de la misma carta escuchada el domingo anterior (3° del Tiempo Ordinario); el tema tratado es, en mi opinión, difícil de compaginar con los otros textos, por eso mismo lo abordaremos por separado, en otro espacio. Por ahora nos enfocaremos sólo en los textos de lo que hemos identificado como primer bloque.

El primer bloque:

Creer en Dios y tener fe en Él es un proceso existencial en la vida de los creyentes, que transforma sus vidas y orienta, de muchas maneras, su comportamiento; a través de los siglos, los hombres de todas las culturas (sin excepción) y de todas las religiones, se han enfrentado a la necesidad de creer en una divinidad, en un dios, y a la posibilidad de no creer en él. Ambas experiencias –creer y no creer- se profesan, se hacen públicas, se ocultan en la discreción o en el cinismo; a veces se gritan, o se niegan para evitar el engorroso trabajo de dar “razones de nuestra fe”. Como quiera que sea, los hombres de todos los tiempos han sido creyentes y no creyentes de cualquier realidad divina, misteriosa y sagrada que llene el vacío inconmensurable entre el aquí y el más allá. Pero, cuando ese dios en el que se cree desde aquí, irrumpe en la historia e implica una pregunta y su consecuente respuesta, o una decisión, el hombre de fe entra en pánico. Dios nos da miedo; los compromisos con él son da rices profundas y de retos inimaginables (arrancar, derribar, construir, sembrar, etc.).

En el Horeb, el pueblo hebreo pide no “volver a oír la voz del Señor” ni ver el gran fuego que los cubre y los protege, porque no quieren morir (Dt 18,16). La voz y el fuego son símbolos de la presencia de Dios y a través de ellos se deja ver; tal evidencia atemoriza al pueblo, pues saben que “nadie puede ver el rostro de Dios y quedar con vida” (Ex 33,20). No obstante los deseos del hombre y sus temores, el proyecto de Dios debe seguir y darse a conocer, ahora al “modo del hombre” (S. Agustín), desde él mismo: “El Señor Dios hará surgir en medio de ustedes, entre sus hermanos, un profeta como yo. A él lo escucharán” (vv. 15 y 18). A aquellos que no lo escuchen, o que digan de parte de Dios cosas que no son su voluntad y que se pronuncien en favor de otras divinidades, se les pedirán cuentas al final (vv.19 y 20). No es un castigo ni una intransigencia de Dios, es la consecuencia del miedo que paraliza a la persona y la hace mediocre; el miedo que oscurece la mirada y no permite ver en Dios más que una amenaza. El profeta es un hermano escogido para hablar de Dios a nivel humano, para devolver la confianza en Él y descubrirlo desde otra perspectiva: no desde la lejanía, donde es inalcanzable e “inofensivo”, sino desde el aquí, desde la cercanía, donde su voz resuena clara y comprometida con la salvación de su pueblo, y comprometedora con el hermano.

En Cafarnaúm, en la sinagoga, un hombre poseído reacciona ante la presencia de Jesús, el ungido por Dios para dar a conocer el reino de amor y libertad. También él tiene miedo, ¿”has venido a acabar con nosotros”? (Mc 1,24), no porque represente una amenaza, sino porque se confirma que el reinado de Dios ha llegado y nada puede estar por encima de él: “¡Cállate y sal de él!” (v. 25). El profeta de Nazaret es el hermano que habla de Dios con lenguaje humano y lo hace cercano. Quienes lo ven y son testigos de lo que hace, tienen miedo también: “¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es ésta?” (v. 27), pero son capaces de ver todo desde otra perspectiva y recuperar la confianza perdida en un Dios que parecía lejano: “enseña con autoridad y los espíritus inmundos lo obedecen” (vv. 21 y 27); su voz resuena clara y comprometida con la salvación. Todos quedan asombrados porque las promesas hechas desde antiguo se cumplen y se palpan en las palabras de Jesús y en las cosas que hace.

¿Cuál es la enseñanza?:

  • Hoy debemos luchar contra las imágenes dulcificadas de Dios, las que no mueven a nada ni comprometen, las que son fruto de las sociedades del bienestar y de la comodidad; también contra las que “dan miedo” porque presentan a un Dios ajeno a la vida, lejano y que, al parecer, “su voluntad” es castigar al hombre con toda clase de pruebas.
  • Estamos invitados a redescubirir al Dios cercano, que se hace accesible por medio del hombre y nos habla con el lenguaje humano, para que lo escuchemos. Pero saber también que su cercanía, su presencia, es una fuerza en constante movimiento que transforma todo a su paso, para bien de su pueblo.
  • Entender que el reino de Dios es para la libertad y que ésta no se alcanza si no es luchando contra todo aquello (ideologías, políticas, poderes, estructuras sociales, religiones, etc.) que somete al hombre.
  • Tenemos, además, un reto: ser portadores convencidos de la Buena Nueva, de tal modo que cuando nos escuchen hablar, la gente diga “enseña con autoridad…”

“Puede que alguno piense: ‘No tengo ninguna preparación especial, ¿cómo puedo ir y anunciar el evangelio?’. Querido amigo, tu miedo no se diferencia mucho del de Jeremías, un joven como ustedes, cuando fue llamado por Dios para ser profeta. No tengan miedo. Cuando vamos a anunciar a Cristo, es él mismo el que va por delante y nos guía. Al enviar a sus discípulos en misión, ha prometido: ‘Yo estoy con ustedes todos los días’. Y esto es verdad también para nosotros. Jesús no nos deja solos, nunca les deja solos. Les acompaña siempre” (Papa Francisco, Copacabana).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

 

 

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“SE HA CUMPLIDO EL TIEMPO…”

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picENERO 25 DE 2015

DOMINGO 3° DEL TIEMPO ORDINARIO

“Se ha cumplido el tiempo…”

Este tercer domingo ordinario nos ofrece, a través de la Liturgia de la Palabra, dos temas de reflexión: el seguimiento y el cumplimiento de las promesas de Dios. Son presentados por medio de un recorrido que comienza con la figura de Jonás (Jon 3,1-5.10), pasa por algunos consejos dados por Pablo a la comunidad de Corinto (1Cor 7,29-31) y culmina con el llamado que Jesús hace a los pescadores del lago de Galilea (Mc 1,14-20). Hay, en la trama de los textos, un juego dialéctico entre Dios que llama y promete la salvación, y el hombre que responde en el cumplimiento de la voluntad y el  seguimiento. Veamos qué nos ofrece la Palabra de Dios.

La primera lectura (Jon 3,1-5.10) nos dice cómo Jonás, después de escuchar la Palabra de Dios (de entender su Voluntad), debe levantarse, caminar y dirigirse a la gran ciudad de Nínive con una misión: lograr que el pueblo se haga consciente de la mala vida (v. 10) que está llevando. La enorme ciudad (“hacían falta tres días para recorrerla”, v. 3), con todo lo que supone una lugar con esas dimensiones, representa una gran distracción para sus habitantes; simboliza la infidelidad a Dios y el deterioro de la vida del hombre, por eso, debe ser destruida. Dios da un plazo: cuarenta días (v. 4).

Los cuarenta días, o años, en la Sagrada Escritura representan un tiempo de prueba, de penitencia, de conversión y, sobretodo, de espera en la misericordia de Dios. En este caso, los ninivitas escucharon la voz de Jonás y “creyeron en Dios” (v. 5). Dios, por su parte, mira con bondad y cambia de parecer (v. 10) retirando el castigo.

La segunda lectura (1Cor 7,29-31) nos presenta a Pablo dando un consejo a la comunidad de los creyentes de Corinto, respecto del modo de vivir (casados o no) en función del “poco tiempo que queda…” (v. 29). En tiempos de la predicación de paulina, particularmente en el pensamiento del propio Pablo, se había extendido la idea, o convicción, de que en cualquier momento Jesucristo vendría por segunda vez para dar cumplimiento total a las promesas de salvación y/o condenación; hecho fundamentado en las palabras de Jesús, plasmadas por Mateo (“Les aseguro: hay algunos de los que están aquí que no morirán antes de ver al Hijo del Hombre, venir en su reino”: 16,28) y Marcos (“les aseguro que no pasará esta generación hasta que suceda todo eso”: 13,30) en sus evangelios. Sabemos que las cosas no fueron así.

No obstante, hay un significado profundo en todo ello: la esperanza en una promesa exigía que la vida de los creyentes fuera recta, fiel, honesta y ordenada según los criterios de la Buena Nueva de salvación. En esta narración también aparece una gran ciudad, Corinto, “centro de cultura, de civilidad, de deporte, (1 Cor 9,24s), de comercio, de riqueza, de moralidad e inmoralidad…” (Piccolo Dizionario Biblico) y Pablo advierte en sus habitantes una vida laxa y una fe vulnerable, condicionadas por el ritmo de la ciudad. Pablo no pide de ellos la conversión sino la determinación de ser, con entereza y voluntad firme, lo que cada uno ha decidido ser. Propone tomar acciones desde lo cotidiano en una ascesis que parece contradictoria: vivir siendo lo que se es como si no lo fuera. Estos versículos, como algunos otros en los escritos de Pablo, han generado confusiones, contradicciones y malos entendidos, debido a que da la impresión que la intencionalidad, por  la premura del tiempo, es que los seguidores de Jesús opten o por el celibato, o por la continencia; además de la abstinencia, la austeridad,  el sacrificio y la discreción: “los casados vivan como si no le estuvieran; los que sufren como si nos sufrieran; los que están alegres, como si no se alegraran …” (vv. 29-31). En realidad, lo que Pablo tiene en mente es la banalidad de las costumbres y la finitud de la vida que no dejan crecer a la persona y llevarla a su plenitud y madurez, por eso termina diciendo “porque este mundo que vemos es pasajero”.

Por último, el evangelio. La liturgia retoma en Marcos (1,14-20) el mismo tema que se nos propuso la semana anterior: el llamado/elección de los primeros discípulos, después del bautizo en el Jordán y la muerte de Juan el Bautista. Aquí vemos cómo Jesús elige desde lo cotidiano: son unos hombres echando sus redes al lago, o reparándolas; están trabajando para mantener y sustentar su vida. De lo cotidiano, una vez que ellos deciden seguirlo, los lleva a lo extraordinario y les propones ser “pescadores de hombres” (v. 17). No aparece la imagen de las ciudades que absorbe la vida de los hombres, pero sí el trabajo que representa, tal vez, las ataduras con las que se someten, o son sometidos, a las estructuras de los sistemas económico y políticos del momento. En vez de esto, se pone en evidencia una promesa que libera de lo anterior y cambia la perspectiva: “Se ha cumplido el tiempo y el Reino de Dios ya está cerca” (v. 15) Es por eso que los pescadores “inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron” (v. 18).

¿Cuál es la enseñanza?

  • Nínive, Corinto y las redes representan los apegos que provocan las infidelidades del hombre y su desentendimiento, o distracción, del Reino.
  • Pablo, a la par de esto, ve en el matrimonio, en el sufrimiento, en la alegría, en las posesiones (lo que se compra) y en lo que se disfruta un reflejo del mundo pasajero y de las vanidades (también el sufrimiento es una vanidad cuando se convierte en un medio de autocompasión, de manipulación o de dependencia). En el fondo hay un enfoque distinto, que consiste en vivir conforme a las promesas del Reino prometido y esperado por segunda vez.
  • Los ninivitas escucharon a Jonás, creyeron en Dios y se convirtieron. Jesús cambia la perspectiva: ahora es primordial convertirse para creer en El evangelio; es decir, quien es llamado y se levanta para seguirlo, debe estar dispuesta a cambiar su forma de pensar, de actuar y de vivir, incluso yendo contra las costumbres y las tradiciones (“dejaron en la barca a su padre con los trabajadores”), para tomar parte en la alegría del Reino.
  • Por último, el Reino de Dios no despersonaliza ni aniquila a nadie, acoge con misericordia a quien escucha y cree: Nínive no fue destruida y los ninivitas no dejaron de ser ninivitas; los corintios siguieron casados, solteros, alegres, siguieron sintiendo dolor y disfrutando del mundo, pero de un modo distinto: no según la lógica del hombre y la sociedad, sino desde las exigencias del Reino. Los pescadores de Galilea, lo sabemos con bien, siguieron pescando en el lago, pero ahora, al lado de Jesús, se convirtieron también en pescadores de hombres.

Vivimos en un mundo sutilmente seductor y corremos el riesgo de creer que es compatible con el Reino de Dios, o que está en su lugar. Como seguidores del Señor nos es exigida la conversión, el cambio de mentalidad y de las actitudes, pero la conversión no comienza por la negación de todo sino por la renuncia de algo; dejar de creer en lo efímero y creer en el Evangelio. Se ha cumplido el tiempo…

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

¡Lo hemos encontrado…!

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encontrarENERO 18/2015

2° DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Las lecturas para este domingo, 1Sam 3,3-10.19; 1Cor 6,13-15.17-20 y Jn 1,35-42 nos ofrecen dos temáticas de reflexión: el encuentro con Dios/Jesús y la presencia del Espíritu en el hombre. Además, logran la continuidad litúrgica, de la que hablamos la semana pasada, entre lo vivido el domingo anterior (Fiesta del Bautismo del Señor) y el camino a través del tiempo ordinario antes de la Cuaresma.

El texto del primer libro de Samuel nos habla de un joven que se iniciaba en la experiencia de Dios mediante el servicio al Templo, bajo la guía espiritual del sacerdote Elí. Su poca experiencia no le permitía distinguir la voz de Dios, de entre las demás voces, cuando Él lo llama y pronuncia su nombre. Aún no conocía Samuel al Señor, pues la palabra del Señor no le había sido revelada (3,7). Pero la sabiduría y la experiencia de Elí cambian el rumbo de la vida del joven; él, le enseña tres cosas: uno, guarda silencio y escucha, es Dios quien llama; dos, responde y dispón tu vida ante el Señor, diciendo habla, aquí estoy; tres, después de haber respondido vendrá el compromiso con Él.

Esta es la historia de un encuentro con Dios, similar a muchos de los encuentros que tenemos con Él a través de los acontecimientos de la vida y, sobre todo, a través del hermano. Es probable que, como Samuel, no seamos capaces, todavía, de identificar la voz de Dios en medio de otras voces. Si así es, hay tres pasos a seguir: hacer un silencio profundo y atento, responder sin miedo y disponer la vida en espera del compromiso con el hermano, porque Dios llama.

De la experiencia de Samuel y de su encuentro con Dios, pasamos a otro encuentro, que genera también una experiencia: el de los discípulos de Juan, el de Andrés y de Simón. Ellos, bajo la guía espiritual del bautista, se iniciaban en el compromiso con el Reino anunciado por él. Como Elí a Samuel, Juan les ayuda a reconocer al Señor cuando pasaba delante de ellos: Éste es el cordero de Dios”, título con el que Marcos (1,11) identifica a Jesús cuando es ungido por el Espíritu después de ser bautizado en las aguas del Jordán (Liturgia de la Palabra en la solemnidad del “Bautismo del Señor”).

“Los discípulos, al oírlo hablar así…” (Jn 1,37) respondieron y dispusieron su vida tomando la decisión de seguirlo – actitud de búsqueda -, previendo, tal vez, que habría un compromiso, ¿Qué buscan?”. A partir de ahora, ya no serán Elí o Juan los guías, y servir al Templo (como Samuel), no será el medio para encontrarse con Dios; por eso, la pregunta ¿dónde vives?” (v. 38) viene seguida de una respuesta retadora, “vengan y vean” (v. 39), que pone en tensión, aún más, la disposición de los seguidores, pues ese lugar puede ser cualquier sitio. “Vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día” (v. 39), como diciendo “aquí estoy” (1Sam 3,16).

Este encuentro da como primer resultado un testimonio fecundo y fértil; “los discípulos – dice Schökel -, recién llamados, llaman a su vez a otros mediante su testimonio de fe mesiánica. La fe en Jesús contagia, no puede confinarse ni encerrarse” (La Biblia de Nuestro Pueblo).

Esta fe no se puede ni confinar ni encerrar porque es el Espíritu quien nos mueve. Pablo, en el texto de la primera carta a los corintios, nos lo deja claro: ¿O es que no saben ustedes que su cuerpo es templo del Espíritu Santo, que han recibido de Dios y habita en ustedes?” (6,19). Recibir el Espíritu significa que hemos sido ungidos, del mismo modo que Jesús, y nos capacita para dar testimonio del Reino y proclamar la Buena Nueva de salvación. Andrés, por ejemplo, no puede evitar ir con su hermano Simón a decirle hemos encontrado al Mesías (Jn 1,41) y, además, lo llevó delante de él. Aquí el otro encuentro: fijando en él la mirada, le dijo: <<Tú eres Simón, hijo de Juan>>…” (Jn 1,42). Andrés quedó marcado por ese encuentro seductor y desea que otros vivan la misma experiencia. Por otro lado, la imagen del cuerpo como templo encierra un simbolismo extraordinario: nuevamente encontramos la convicción de que los encuentros con el Señor ya no tienen lugar en los templos tradicionales, en su lugar, aun cuando pueda ser cualquier sitio, es la persona, transformada por el Espíritu en recinto sagrado, el espacio preferido por Dios.

¿Cuál es la enseñanza para nosotros hoy? Después del tiempo de Navidad, de la manifestación del Señor y de haberlo reconocido en las aguas de nuestro propio bautismo, ¿podemos decir a los demás que hemos encontrado al Mesías?

Guarda silencio y escucha, responde y dispón tu vida diciendo, aquí estoy. Tu cuerpo, que es templo del Espíritu Santo, no está destinado para fornicar (1Cor 6,13), es decir, para usarlo como espacio de adulterio e infidelidad, sino para servir al Señor ¿No saben ustedes que sus cuerpos son miembros de cristo? Y el que se une al Señor, se hace un solo espíritu con Él (6,13.15 y 17).

 Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

“Que haga brillar la justicia sobre las naciones…”

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the_baptism_of_the_christ_21EL BAUTISMO DEL SEÑOR

ENERO 11/2014

Con la fiesta del Bautismo del Señor llegamos al final del Tiempo de Navidad y al comienzo del primero bloque litúrgico del Tiempo Ordinario para este año -que será muy corto- antes del Tiempo de Cuaresma (el 18 de febrero con la celebración del Miércoles de Ceniza).

Para la Liturgia de la Palabra de este domingo tenemos un texto de Isaías (42,1-4.6-7), para la Primera Lectura; un texto del libro de los Hechos de los Apóstoles (10,34-38), para la segunda lectura y el evangelio, tomado de Marcos (1,6-11). Los tres textos tiene el propósito de resaltar el acontecimiento bautismal de Jesús en el Jordán, destacando la elección, la unción y la misión encomendada a él de parte del Padre.

Esta fiesta tiene una intencionalidad clara y precisa: por una parte, ayudar a vivir de mejor manera los tiempos litúrgicos que están por transcurrir, dándoles sentido, y por otra, nos deja una enseñanza profunda para la vida de los bautizados, poniendo en claro el simbolismo bautismal en la persona de Jesús y en su gesto, humilde y sencillo, de acercarse a Juan para ser bañado en las aguas que marcan y cambian el rumbo de su vida.

¿Cómo nos ayuda a vivir los tiempos litúrgicos?

Entre un tiempo litúrgico y otro debe existir una secuencia lógica y coherente, y el cambio entre ellos se marca con momentos clave de la vida de Jesús. Por ejemplo, el Adviento es un tiempo que prepara la Navidad e inicia con los textos, según sea el ciclo litúrgico, del anuncio de la venida del reino en donde aparecen, ya sea Jesús mismo o Juan bautista, advirtiendo que se deben preparar los caminos y convertirse para que el reino de Dios llegue. El reino llega a través del acontecimiento de la encarnación, que es la Navidad, narrado particularmente por Lucas; no todo termina allí, en seguida vienen las epifanías (a los pastores, a los magos, a Simeón y Ana) que tienen la finalidad de confirmar que el reino ha llegado en la persona de Jesús y que es necesario darlo a conocer. Otra función de los textos en este tiempo, es evidenciar la condición humana de Jesús y el cumplimiento de los procesos naturales en la vida de un hombre común de su tiempo y su contexto: ser parido por una mujer, protegerlo con pañales, ponerle nombre, circuncidarlo, presentarlo al Templo como primogénito, etc. Finalmente viene la fiesta del bautismo, con la que se cierra un ciclo para abrir otro, como partes de un todo complementario; aquí vemos a Jesús que se acerca a pedir el “bautizo de Juan” en las aguas del Jordán, además, los evangelistas nos narran cómo en ese momento recibe del Padre el Espíritu que lo confirma como el Mesías, el hijo predilecto, y listo para iniciar su misión. Del niño recostado en un pesebre, indefenso y vulnerable, ahora nos encontramos con el Jesús adulto, iniciando un camino distinto y dispuesto a cumplir las exigencias del reino. Esta imagen del Hijo que inicia su vida de madurez cumpliendo la Voluntad del Padre hasta las últimas consecuencias, es la que prepara el proceso hacia la Cuaresma y la Pascua.

Desde esta perspectiva, la liturgia nos ayuda a dar el paso que nos centra y nos ubica en la adultez de la fe y estar a la altura de Cristo, como dice Pablo en su carta a los efesios (4,15). Es un hecho que la Navidad es un tiempo en el que afloran de la persona sentimientos, gozos, nostalgia, ternura, etc., de frente a la imagen de Jesús niño, corriendo el riesgo de quedarnos extasiados en eso y olvidar, como casi siempre sucede, que es un tiempo especial dedicado a recordar el misterio de la encarnación, a darnos cuenta de que Dios se hizo hombre, que su reino de justicia, de paz, de misericordia, de amor profundo y de libertad es ahora parte de nuestra historia; que es una oportunidad para cambiar el rumbo de la vida (personal y social) y una propuesta abierta a todos los hombres de buena voluntad.

 ¿Cuál es la enseñanza?

El bautismo que practicaba Juan con la gente que a él se acercaba y con sus discípulos, era un bautismo de arrepentimiento y de conversión, quien accedía a él estaba dispuesto a cambiar su forma de vivir y de comportarse con los demás e iniciar una camino distinto, basado en la fidelidad a Dios y en el compromiso con su reino; es un bautismo que precede algo distinto y determinante: otro bautismo, pero éste con Espíritu Santo Mc 1,8), ofrecido por Jesús.

La pregunta es ¿por qué Jesús, con mayor autoridad (Mc 1,7) y que traería un bautismo con Espíritu, se hizo bautizar por Juan en las aguas del río? En esto hay algo revelador, que nos implica a todos:

  • Más allá de ser Hijo de Dios, Jesús era un hombre común (“verdadero Dios y verdadero hombre”) y se comportaba como tal. El pueblo hebreo esperaba la llegada del reino anunciado por Juan, Jesús también. Como sabemos, la condición primordial para que esos sucediera, era la conversión, y el símbolo con el que se expresaba esa decisión de cambio era, justamente, la inmersión en el Jordán; quien aceptaba, se bautizaba.
  • Jesús asume (acepta) la llegada del reino en su persona; como hombre debe también asumir las exigencias que eso implica: convertirse, cambiar de rumbo, iniciar caminos nuevos… Pero eso va con Juan y le pide ser bautizado.
  • Podemos decir que hacerse bautizar con agua es la respuesta que el hombre da al llamado que Dios le hace; es el gesto que expresa la disponibilidad total de la persona ante las exigencias del reino. Entonces, viene la respuesta de Dios, simbolizada en los cielos que se abren y el Espíritu que baja, como don y como unción que cambia la condición humana en condición divina haciéndolo hijo predilecto (Mc 1,11). Es como nacer de nuevo, le decía Jesús a Nicodemo (Jn 3,5).

Dice Rinaldo Fabris (1998) “…que hay que tener presente que el bautismo recibido de Juan en el Jordán representa un giro decisivo en la trayectoria histórica de Jesús. De hecho, antes del bautismo, él vive y trabaja en Nazaret, sin distinguirse de sus demás paisanos y parientes ni por su compromiso religioso ni por algún gesto de carácter público extraordinario. Después del bautismo recibido de Juan, abandona ese estilo de vida privada y comienza una actividad pública de un fuerte compromiso religioso. El bautismo representa esta línea divisoria entre las dos formas de vida de Jesús, entre el carpintero de Nazaret y el profeta de Galilea que comienza a anunciar el reino de Dios”

Esta línea divisoria de la que habla R. Fabris está representada en lo que dice Pedro a través del texto de Hechos: “Ya saben ustedes lo sucedido en toda Judea, que tuvo principio en Galilea, después del bautismo predicado por Juan: cómo Dios ungió con el poder del Espíritu Santo a Jesús de Nazaret y cómo éste pasó haciendo el bien, sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (10,38-38).

¿Qué es nuestro bautismo?: sólo el sacramento con el que hemos sido agregados a la familia de Dios, sin implicaciones ni consecuencias, o la línea divisoria que marca un antes y un después en nuestra forma de vivir, de pensar, de actuar y de relacionarnos con el otro; lo consideramos como el cumplimiento cabal de un precepto, o como el momento determinante que nos ha hecho nacer a una vida nueva.

Si nuestro bautismo representa la decisión de convertirse, entonces Dios dirá de cada una y de cada uno de nosotros: “Miren a mi siervo, a quien sostengo; a mi elegido, en quien tengo mis complacencias. En él he puesto mi espíritu para que haga brillas la justicia sobre las naciones…” (Is 42,1).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

“Hemos visto su estrella…”

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pintura romanicaFIESTA DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR.

ENERO 4/2015

“HEMOS VISTO SU ESTRELLA…”

Una de las fiestas más populares dentro del contexto de la Navidad es, precisamente, esta de la Epifanía, o Manifestación del Señor, y que para mucha gente es conocida y celebrada como “día de reyes”, haciendo alusión a los magos de oriente de quienes habla el evangelio de Mateo (2,1-12). La Liturgia de la Palabra para este domingo, además del texto evangélico que ya hemos mencionado, se complementa con un texto del profeta Isaías (60,1-6) y uno más de la carta de Pablo a los efesios (3,2-3.5-6), entre ellos se mantendrá el tema de la manifestación como el sustento que da sentido a esta celebración.

Esta celebración nos recuerda cómo Dios se manifestó a los hombres a través de su Hijo, hecho hombre en el vientre de María. Dicha manifestación, retomada en este día a través de la experiencia vivida por los magos de oriente, no es un hecho aislado, ni un acontecimiento que se verifica en un día distinto; es parte de un todo, de una gran manifestación, que comienza con lo revelado a María y a José por el ángel, lo anunciado a los pastores el día del nacimiento y lo que ellos y los magos vieron con sus propios ojos al entrar al lugar donde se encontraba el niño recostado en el pesebre y envuelto en pañales junto a su madre.

Es probable que en la vida de cada persona haya habido, de cualquier manera, alguna “manifestación” que le permitiera conocer realidades desconocidas, hasta ese momento, para ella; no necesariamente un hecho sobrenatural, sino un suceso cotidiano que, de tal suerte, provocaría un cambio en los rumbos de la vida y la ampliación en los horizontes respecto de sí mismo, de los otros y de la realidad. Por ejemplo, el encuentro fortuito con la mujer, o el hombre, que se convertirá en el amor verdadero y definitivo; la noticia de un embarazo o, también así lo consideramos, la manifestación de alguna enfermedad, la separación de una pareja y la muerte. En pocas palabras, estamos acostumbrados, lo aceptemos o no, a ver y a buscar en los acontecimientos de la vida luces, respuestas, constataciones… de lo que nos es difícil entender o aceptar.

La palabra epifanía significa manifestación, darse a conocer…; es una explicación sencilla que nos ayuda entender fácilmente el sentido de este acontecimiento narrado por Mateo, tomando en cuenta que no es el único en la Sagrada Escritura. Los textos bíblicos están permeados y animados de múltiples epifanías con la que Dios se da a conocer, o revela su voluntad; pensemos en las experiencias de Adán, de Caín, de Abraham, de Moisés, de Elías, o de Pedro y Santiago en el Monte Tabor, a todos ellos Dios se les manifiesta y, además de darles una misión, les permite ver misterios y realidades insospechadas. Este referente nos permite entender algo más: la palabra en sí, epi-fanía, no es una manifestación cualquiera (“fanía”/”fainein”), sino algo que se da a conocer por encima (“epi”) de todo, incluso de lo ya conocido; es por eso que siempre se dan en un monte, en un lugar elevado, o por medio de una estrella.

Con este presupuesto, las lecturas, respecto de la epifanía, nos llevan a dos cosas: primero, las actitudes que nos permiten descubrir a Dios cuando se manifiesta; segundo, la enseñanza que hay para nuestra vida.

  • Las actitudes: levantar los ojos y mirar alrededor (Is 60,4); vimos surgir la estrella y hemos venido… (Mt 2,2); llenarse de inmensa alegría (Is 60,5; Mt 2,10); ofrecer… (Mt 2,11); regresar por otro camino (Mt 2,12).
  • La enseñanza: el texto de Isaías comienza con una imagen que retrata la realidad de nuestro mundo y nuestra sociedad hoy, “las tinieblas cubren la tierra y espesa niebla envuelve a los pueblos” (60,2), y el evangelio de Mateo pone a Herodes como símbolo del poder que somete y no permite que sea posible otra forma de gobernar y de vivir; una imagen que también coincide con la realidad política de nuestros pueblos. Ambas cosas, las tinieblas y el poder, pueden provocar un miedo en el hombre, de tal manera, que viva humillado y sometido a ello y no sea capaz de ver más de la tierra sobre la que “descansa” su rostro; una humanidad que vive aterrada (“rostro en tierra”).

Ante la desesperanza surgen los signos de esperanza: “sobre ti resplandece el Señor y en ti se manifiesta su gloria” (Is 60,2); “vimos surgir una estrella” (Mt 2,2), “vieron al niño con su madre…” (2,11). Cuando esto sucede, cuando el Señor se nos manifiesta ante las adversidades, no hay más que una mirada contemplativa que permita levantar los ojos y mirar alrededor, para descubrir que por encima (epi-fanía) de la oscuridad, del horror, del desaliento y de lo ordinario hay una luz que resplandece y nos aclara el horizonte.

Sólo cuando seamos capaces de seguir una estrella (poner atención a las luces que nunca vemos), buscar y entrar en lugares inusuales (la casa pobre, el barrio de periferia, la alcantarilla de la calle, la cárcel, el hospital… el corazón del hermano), encontraremos “al niño en brazos de su madre”. Entonces, una inmensa alegría transformará nuestros corazones, las tinieblas de nuestra vida y nuestros propios “Herodes” tendrán que ser superados, ya que por encima de ellos (epi-fanía) está el Señor; el miedo que nos sometía se acabará, seremos libres y generosos (abriremos nuestros tesoros). Entenderemos que el único camino cierto es el Señor, “yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6); por eso, regresaremos a nuestra tierra (nuestro contexto, nuestra realidad, nuestros orígenes…) por ese “otro camino”.

Algo más: la Epifanía no sólo es manifestación del Señor, es también manifestación de la humanidad. ¿En qué sentido?: las tres lecturas nos dan elementos para descubrir que Dios se da a conocer a todos los pueblos. Isaías dice que hacia Jerusalén (morada de Dios) “caminarán los pueblos a tu luz y los reyes al resplandor de tu aurora… todos se reúnen y vienen a ti…” (60,3-4); los magos de oriente del evangelio de Mateo que, según la tradición, representan al resto de la humanidad, más allá del pueblo hebreo, que está en búsqueda de la verdad y camina a su encuentro, llegan a Jerusalén (morada de Dios) guiados por una luz. Por último, Pablo en su carta a los efesios (3,2-3.5-6) recoge todos estos elementos y nos revela una noticia de dimensiones universales:

“Hermanos, han oído hablar de la distribución de la gracia de Dios, que se me ha confiado en favor de ustedes. Por revelación se me dio a conocer este misterio, que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, pero que ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas, es decir, que por el Evangelio también los paganos son coherederos de la misma herencia, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la misma promesa en Jesucristo”

Podríamos decir, en realidad, que el día de Epifanía es para nosotros el verdadero día del amor, la amistad y la fraternidad, porque el Señor se nos ha manifestado y nos ha congregado a todos en su casa.

Mario  A. Hernández Durán, Teólogo.