Isaac: las idolatrías que debemos sacrificar…

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pi4MARZO 1/2015

DOMINGO 2° DE CUARESMA

Isaac: las idolatrías que debemos sacrificar…

Las mujeres y los hombres siempre tenemos alguien (o algunos) en quien dejamos caer, literalmente, nuestros afectos, sentimientos, deseos, ideales, proyectos, sueños…, en fin, prácticamente nuestra vida entera; damos la vida por esa persona, nos desvivimos.

Humanamente hablando, es un proceso normal que se verifica a diario y en toda relación; triste sería la vida de un individuo (aunque los hay) que no tenga la oportunidad de ser arrebatado por una pasión, por un amor o por un ideal. Si fuera el caso, estaríamos ante la expresión radical y extrema del egocentrismo y la egolatría. Si el egoísmo es el ensimismamiento a ultranza de la persona, dar la vida puede llevarnos también a un extremo peligros: la extroversión total y sin medida de la propia personalidad, volcada incondicional e inconscientemente en otro; enajenada, entregada, perdida. Nos encontramos ante la expresión, también radical y extrema, de la idolatría.

Dos de las lecturas de este domingo (Gn 22,1-2.9-13.15-18 y Mc 9,2-10) nos presentan esa lucha interior del hombre entre la coherencia de vida y la duda, la perplejidad, el culto a los ídolos producido por el asombro y la irracionalidad, las decisiones que se toman sin pensar, etc.; nos hablan del desequilibrio que existe cuando se cree de fondo, o cuando sólo se cree de modo primario, sin más.

Tenemos dos figuras centrales, Abraham y Jesús, y por medio de ellos Dios se manifiesta y da a conocer su Voluntad; atrae la atención del creyente hacia él y lo ubica ante la realidad…

Sara, estéril y vieja, favorecida por Yahvé, concibe un hijo del ya viejo Abraham (cien años tenía, cf. Gn 21,5): Isaac. Con este acontecimiento milagroso sus vidas cambiaron radicalmente. Imaginemos lo que significa, para una pareja como ellos, tener el hijo tan deseado y esperado toda la vida. Desde la mentalidad hebrea, tener hijos, o no tenerlos, es un asunto de dignidad y de favor de Dios que determina el destino de un hombre y su reputación. Es probable que Abraham, particularmente él, haya desbordado toda su vida, su atención y sus fuerzas en Isaac, su hijo, de tal modo, que se habría desentendido de Dios y olvidado de sus favores; la fidelidad a la alianza pactada con él y con Sara (Gn 17) se estaría diluyendo en una actitud “idolátrica” respecto del hijo. Por eso, Yahvé lo busca y llama su atención pronunciando enérgicamente su nombre: “¡Abraham, Abraham!”. ÉL respondió: “Aquí estoy”. Este “aquí estoy” es la reacción de quien se ve sorprendido y se hace consciente de la presencia de Dios y de su llamado. La alianza establecida es sencilla pero categórica: seré tu Dios y el de tus descendientes (Gn 17,7). Aquí está la raíz de todas las alianzas posteriores y la base del primer mandamiento de la Ley Mosaica: Yo soy el Señor, tu Dios… No tendrás otros dioses aparte de mí. No te harás una imagen, figura alguna de lo que hay arriba en el cielo, abajo en la tierra o en el agua bajo tierra. No te postrarás ante ellos, ni les darás culto; porque yo el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso: castiga la culpa de los padres en los hijos, nietos y bisnietos cunado me aborrecen; pero actúo con lealtad por mil generaciones cunado me aman y guardan mis preceptos (Gn 20, 1-6). Es, por lo tanto, una ley incuestionable.

En la vida de un hombre creyente, como Abraham, no caben las disyuntivas entre el amor a Dios y el amor a una criatura, como a Isaac por ejemplo, que lo pueda distraer de sus compromisos de fe. Él, Abraham, destinado a ser padre de una descendencia numerosa (Gn 15,5), no pude dejar todo en un apego que sólo alimenta su satisfacción personal y limpia su honra. Es por eso que Yahvé pone en evidencia la realidad anímica del patriarca en ese momento y el estado de su relación con Él cuando le dice: toma a tu hijo único, Isaac, a quien tanto amas, seguido de una terrible orden: ofrécemelo en sacrificio. En otras palabras: el tiempo que dedicas a tu hijo, a quien tanto amas, es más que el dedicado a mí, conságramelo.

Desde la mirada y el sentir de una cultura como la nuestra, que aboga constantemente por el derecho a la vida, por la no violencia y que repudia el maltrato humano, sacrificio es un concepto que nos remite a una acción inaceptable y despreciable, porque la única imagen que tenemos de eso es la de un ser vivo (humano o animal) puesto sobre un altar atizado por el fuego que consume, esperando el golpe que lo desangre y le quite la vida. No obstante, hay otra visión, distinta, del mismo hecho: sacri-ficar también significa hacer sacro, consagrar (cum-sacrare significa hacer sagrado con…).

Entonces, ¿qué es lo que Yahvé pide en concreto a Abraham? Que el amor apasionado que profesa por su hijo único sea un amor compartido con Él; ofrécemelo en sacrificio, conságralo a mí. En el gesto obediente de este viejo, que ve cómo su gran ilusión y su gran amor están a punto de acabar, hay humildad, ingenuidad, inocencia, tristeza y, tal vez resignación; sin mucho pensarlo, hace lo que su Dios le indica y cumple a cabalidad los ritos del sacrificio, lejos de su casa: en el monte (lugar privilegiado para el encuentro con Dios) que le fue indicado construye un altar, acomoda la leña, ata a la víctima, la pone sobre el altar y la leña y prepara el cuchillo para degollar (cf. Gn 22,9-10). Nuevamente encontramos a Abraham ensimismado en su hijo y en su dolor, ha tocado tierra y llegado al límite, sólo queda la esperanza que nace de la fe en Dios. Resuena, otra vez, la voz que llama la atención: ¡Abraham, Abraham! y la respuesta no se hace esperar: Aquí estoy (v. 11), donde tú me pediste, a solas, mi hijo y yo contigo…

Ya veo que temes a Dios (v. 12). El temor no es, desde la perspectiva bíblica, un miedo a Dios, sino respeto; respetar, entonces, es una actitud de la persona que pone su vida en relación a Dios (respecto a…). Cuando esto sucede, como ahora con Abraham, la misericordia divina se pone en acto, según la promesa contenida en el primer mandamiento del decálogo: actúo con lealtad por mil generaciones cunado me aman y guardan mis preceptos (Gn 20,6). Ya veo que temes al Señor, no descargues la mano contra tu hijo…, casi como diciendo has sido capaz de compartir tu amor por él conmigo.

Por otro lado, en el evangelio de Marcos (9,2-10) encontramos a Pedro, Santiago y Juan absortos y asombrados por lo que ven: Jesús envuelto en una luz resplandeciente, cegadora, y con él a Elías y Moisés, figuras bíblicas a través de las cuales el pueblo pacta con Yahvé y lo reconoce como el único Dios.

Pedro, del mismo modo que Abraham embelesado con su hijo, se deja llevar por la satisfacción del momento, que lo distrae de lo que en realidad sucede: ¡qué a gusto estamos aquí! (v. 5). Es por eso que una nube los cubre, para que no vean nada y concentren su atención en la voz que habla: “Este es mi hijo amado, escúchenlo” (v. 7).

¿Qué podemos aprender de todo esto?: si, por el hecho de ser creyentes, afirmamos que Dios es el centro de nuestra vida y que de Él hemos recibido todos lo que tenemos y lo que somos, habría que analizar el tiempo real que le dedicamos para agradecerlo y si nuestras relaciones, con quien sea, más allá de ser un espacio de encuentro con Él, son un distractor que nos quita la posibilidad de escuchar su voz. Estamos invitados a descubrir si nuestro amor por los hijos, por la esposa o el esposo, por los amigos, por la familia, se ha convertido en una pasión egoísta, o es un amor compartido con Dios. ¿Qué nos hace verdaderamente felices?: lo que nos asombra y deslumbra, lo que nos da una felicidad momentánea (qué bien se está aquí), o la confianza en un Dios que valora nuestra vida y respeta la de los nuestros, que nos pide consagrarlos (sacri-ficarlos), pero no matarlos. Creemos en un Padre que nos pide compartir lo que tenemos con los pobres y necesitados, o tenemos miedo de un “dios” que nos puede quitar todo y dejarnos sin nada…

La carta de Pablo a los romanos (8,31-34), que también escuchamos este domingo, nos da una respuesta clara y reveladora:

Hermanos: Si Dios está a nuestro favor, ¿quién estará en contra nuestra? El que no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no va a estar dispuesto a dárnoslo todo, junto con su Hijo?

¿Qué idolatrías estamos dispuestos a sacrificar?

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

“Vivir con una buena conciencia” (cf. 1Pe 3,21)

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cncienciaFEBRERO 22/2015

DOMINGO 1° DE CUARESMA

“Vivir con una buena consciencia” (cf. 1Pe 3,21)

Esta es una frase que encontramos en el texto de la primera carta de Pedro que, junto con el de Génesis (9,8-15) y el del evangelio de Marcos (1,12-15), forma parte de la Liturgia de la Palabra de este domingo primero de Cuaresma.

Sabemos que el tiempo cuaresmal marca un camino, o proceso, de conversión y preparación hacia la Pascua; en el trayecto nos encontraremos con algunas acciones que debemos llevar a cabo, como parte de las exigencias propias de este ambiente litúrgico de penitencia y austeridad: convertirse, arrepentirse, purificar el corazón, ayunar, practicar la abstinencia, escuchar la voz de Dios y ser fieles a Él, creer de verdad, pedir perdón y perdonar. Algunos de estos elementos los encontramos, de manera clara y precisa, en las tres lecturas del día. Por ejemplo, el agua que purifica y regenera al hombre, como signo del bautismo, aparece en Génesis y en la primera carta de Pedro; la fidelidad a Dios, de la que surge una Alianza, en Génesis; la exhortación a convertirse y creer, en el evangelio de Marcos. Son temas que requieren de una reflexión especial y que, con toda seguridad, teólogos, liturgistas, pastoralistas, exégetas y todos los presbíteros y diáconos que celebren la Eucaristía de este domingo, lo harán con amplitud y profundidad. Yo centraré mi reflexión en el aspecto de la consciencia que retoma Pedro.

La consciencia es un estado, o una condición psicológica, de la persona que la mantiene en contacto y en relación constante consigo misma y con el entorno; permite al individuo percibirse a sí mismo, al otro y la realidad en la que vive. En esta línea, vemos cómo las exigencias de la Cuaresma requieren del creyente plena  consciencia de su realidad (la propia y la contextual), porque, ¿cómo se puede llegar al arrepentimiento y la conversión si no se es consciente del mal y del pecado en el que se vive?

El llamado que Jesús hace: conviértanse y crean en el Evangelio (Mc 1,15), es el mismo llamado que los profetas lanzaban al pueblo de parte de Yahvé, cuando se exigía un cambio de vida en vistas a la salvación. Es, en realidad, un grito que despierta al hombre de su letargo y lo hace entrar en consciencia. Ellos, los profetas, son -dice el P. Virgilio Pasqueto-  la consciencia crítica de la sociedad; el despertar ante las adversidades y las injusticias.

No por nada el evangelio con el que se inicia cada año la Cuaresma (Mt 6,1-6.16-18), en el miércoles de ceniza, es un llamado a la consciencia, a caer en cuenta de las exigencias que este tiempo de conversión nos pide. Las obras de piedad (6,1) que practiquemos: dar limosna (6,2), hacer oración (6,5) y ayunar (6,16), pierden su valor y su alcance cuando se hacen públicas, pues así, sólo sirven para presumir y quedar bien ante los demás. En cambio, la pedagogía evangélica nos enseña lo mejor, lo más conveniente: hacerlas en secreto; es decir, en consciencia, no como un arrebato impulsivo de hacer por hacer, sino como un acto maduro, sencillo y eficaz.

La consciencia nos lleva a la discreción (que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha; entra en tu cuarto y cierra la puerta; perfúmate la cabeza y lávate la cara), la discreción a la humildad (tener los pies sobre la tierra) y la humildad a andar en verdad, como decía Teresa de Jesús (Moradas 10,7). Tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará (Mt 6,4.6.18), ésta es la verdad: sólo quien es capaza de entrar en sí mismo, cerrando la puerta a todo lo que nos pierde, nos angustia, nos atemoriza, nos somete y nos hace inconscientes, descubrirá la recompensa que se recibe del amor de Dios y del hermano, cuando nos hacemos conscientes de su presencia, cuando somos humildes ante ellos.

El texto del Génesis (9,8-15) nos habla del arco iris como símbolo de la alianza que Yahvé establece con Noé y su descendencia (v. 13) después del diluvio. El arco iris es un fenómeno natural que sólo sucede bajo ciertas circunstancias (humedad y luz solar al mismo tiempo); no siempre ni todos los días. Pero cuando aparece y los hombres lo pueden ver, entonces recuerdan, se hacen conscientes, de que Dios pactó con ellos una alianza de salvación. El fin del diluvio está marcado por los colores de ese arco que sube desde la tierra húmeda, transformada por las aguas, hasta el cielo iluminado por el sol, donde Dios habita.

Es por eso que Pedro se anima a decir: Aquella agua era figura del bautismo, que ahora los salva a ustedes y que no consiste en quitar la inmundicia corporal, sino en el compromiso de vivir con una buena consciencia ante Dios (1Pe 3,21). Esta buena consciencia equivale a recordar que se ha cumplido el tiempo y el Reino de Dios ya está cerca (Mc 1,15); equivale también a no olvidar que…

Los pueblos de América Latina y El Caribe, los pueblos del mundo, viven hoy una realidad marcada por grandes cambios que afectan profundamente sus vidas. Como discípulos de Jesucristo nos sentimos interpelados a discernir los “signos de los tiempos”, a la luz del Espíritu Santo, para ponernos al servicio del reino, anunciado por Jesús, que vino para que todos tengan vida y “para que la tengan en plenitud” (Jn 10,10) (Aparecida 33).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

“Todavía es tiempo…”, entra y cierra la puerta

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th_father_songashjdkFEBRERO 18/2015

MIÉRCOLES DE CENIZA

“Todavía es tiempo…, entra y cierra la puerta (cf. Joel  2,12 y Mt 6, 6).

¡Todavía es tiempo! Así comienza el texto de profeta Joel que escucharemos en la liturgia de la Palabra de este miércoles de ceniza.

Tiempo… ¿de qué, o para qué? Si lo que justamente necesitamos en nuestro vivir cotidiano, para cumplir a medias, o de prisa, nuestras obligaciones y nuestras cosas personales, es tiempo. Uno de tantos males en las sociedades modernas y tecnificadas es, precisamente, la falta de tiempo: para el cónyuge, para los hijos, para la familia, para los amigos, para descansar, para divertirse, para comer bien, para sí mismo y para Dios.

Estamos organizados en base a horarios o rutinas, que cubren las 24 horas con las que cuenta un día y, a veces, se sobrepasa. En realidad, el tiempo allí está, pero no es suficiente y, además, es de mala calidad; el buen tiempo, el de calidad, es hoy un suplemento a nuestras actividades, que se hace efectivo a través de medios efímeros y poco humanos. Por ejemplo, una pareja sólo coincide en tiempo y espacio en la misma cama y durante la noche; padres e hijos “contactan”, virtualmente, en el WhatsApp; el grupo de amigos se “encuentra”, a diario, en los espacios del Facebook; nuestra mejor opinión, o apoyo, ante los problemas de los conocidos o del mundo, equivale a un clic en “me gusta”, o un “retweet”; nuestro estado de ánimo y los sentimientos se exponen en “el muro”, pero no dejamos ver lágrimas, sonrisas, suspiros, guiños, o gestos reales… un emoticón ¿lo dice todo?; el mejor lugar para tener y recordar a los que amamos, ya no es el corazón, sino el buzón (incluido el de “no deseados”) y lo peor, es que no siempre lo revisamos…

Aun así, y a pesar de ello,…todavía es tiempo de entrar en ti mismo, en tu cuarto, en tu casa, en tu ofician… y escuchar la voz de los tuyos, ponerles atención, darles un beso y un abrazo, ofrecerles disculpas y perdonarlos; todavía es tiempo de amar presencialmente y en acto, de limpiar una lágrima o calmar el llanto, de escuchar un suspiro y decir, a boca llena, ¡me gustas!, ¡te quiero! Todavía es tiempo de abrazar con fuerza, de extender la mano y besar sin miedos…

Cuando hagas esto, en cualquier momento, tu esposa, tu esposo, tus hijos, tu hermano, tu abuela, tus amigos, tu vecino, tu gente…, tu Padre, que están allí, en lo secreto, te recompensarán.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

“Si tú quieres…”

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vih15 DE FEBRERO/2015

6° DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

“Si tú quieres…”

Este domingo 6° es el último del tiempo ordinario, antes del inicio de la Cuaresma, que comenzará el próximo miércoles 18 de febrero. Para la Liturgia de la Palabra tenemos los siguientes textos: Lv 13,1-2.44-46, 1Cor 10,31-11,1 y Mc 1,40-45.

La primera lectura, tomada del libro del Levítico, junto con el evangelio de Marcos, nos presentan dos formas, distintas y contrarias entre sí, de interpretar la Voluntad de Dios y practicarla, ya sea por medio de “la ley” (aplicándola y cumpliéndola), o a través de la misericordia y la compasión. En ello, va reflejado el modo de actuar y de comportarnos con el hermano necesitado y marcado por alguna desgracia.

En ambos textos aparece como sujeto central el leproso, en torno al cual se generan todo tipo de reacciones, relaciones, acciones y decisiones. La lepra es un mal que lacera y deteriora la salud de una persona y su integridad física; se “contagia” y provoca impureza. Entonces, surgen los leprosarios como espacios de aislamiento y abandono. Da miedo, y ante tal realidad se toman dos decisiones: una, aislar a los leprosos y, dos, alejarse de ellos. Unos quedan en el olvido, los otros, simplemente, los olvidan. En el fondo de todo esto, ¿qué se olvida?: que la lepra es curable, que el leproso es un ser humano, que atender las necesidades del hermano en desagracia es una prioridad en relación a otras cosas; que es un enfermedad y no un situación de la persona que se deba condenar, que el aislamiento, en casos de salud como éste, es una medida de precaución para salvaguardar al resto de la comunidad, pero no para que la comunidad se sienta cómoda y segura sin los enfermos. Cuando el olvido se convierte en norma de viada y de convivencia se van gestando, poco a poco, los sistemas y las estructuras de marginación social.

Estamos ante un conflicto: El que haya sido declarado enfermo de lepra, traerá la ropa descocida, la cabeza descubierta, se cubrirá la boca e irá gritando: “¡Estoy contaminado! ¡Soy impuro!” (Lv 13,45). Esta ley levítica proviene de un mandato de Dios confiado en la autoridad de Moisés y de Aarón (Lv 13,1) y, siendo así, no se puede poner en duda su validez. Tal conflicto se podría atenuar si cayéramos en cuenta que se trata de una norma temporal, que está en función de proteger al resto del pueblo; el mismo texto nos lo dice: Mientras le dure la lepra, seguirá impuro y vivirá solo, fuera del campamento (v. 46). Aplica mientras dure la lepra, después no. Esta es una puntualización que, desgraciadamente, se olvida, por la razón que sea: el aspecto de un leproso impresiona, es desagradable, preferible no verlo; aun cuando haya cura, ésta es larga y tediosa, pero si no se atiende a tiempo… ya no hay remedio, es irreversible; entre más leprosos más riesgos, y si los riesgos se pueden mantener lejanos, mucho mejor; la impureza es una situación que pone en entredicho la integridad de un individuo, sobre todo si es un fiel observante de la ley; un leproso es impuro y cabe la posibilidad de que contamine con su impureza a los que “están puros”, no vale la pena hacer el intento de acercarse a él, etc.

Ahora bien, si esto se convierte en una epidemia, quiere decir que siempre habrá leprosos y, por lo tanto, marginación. Existe una “ley divina” que, al parecer, sustenta tales consecuencias y tales actitudes. Sabemos que el Levítico es un libro que detalla las leyes que el pueblo debe observar en el cumplimiento del culto y los rituales; es un libro sagrado que cobra fuerza entre el pueblo judío, ya que es uno de los pilares que sostienen la estructura del Pentateuco, la Torá, el símbolo sagrado de la ley mosaica, la ley de Yahvé. El conflicto no se supera, antes bien se complica, pues pasamos de una marginación social a una marginación religiosa; no la una por la otra, sino juntas, de tal manera que sobre el leproso pesa una doble marginación…

Esta ley, como toda ley, tiene la finalidad de normar las relaciones humanas, de proteger los derechos de la gente, garantizar la justicia y mantener la felicidad del hombre. La ley del Señor es perfecta: devuelve el aliento; el precepto del Señor es verdadero: da sabiduría al ignorante; los mandatos del Señor son rectos: alegran el corazón; la instrucción del Señor es clara: da luz a los ojos (Sal 19,8-9). Así es la ley de Dios y no puede ser de otra manera. El problema es cuando el hombre se la apropia, la interpreta con sus criterios y la convierte en un medio de dominio y humillación; cuando justifica con ella, en nombre de Dios, sus actos y sus decisiones. Se convierte, entonces, en un fardo pesado sobre la vida del pueblo (Mt 23,4) que, más allá de liberar, subyuga y oprime.

En contraste, aflora la enseñanza del evangelio, que viene a abolir las antiguas leyes y dar sentido a la Voluntad del Padre. Se acercó a Jesús un leproso para suplicarle de rodillas. Un hombre marginado (leproso) y humillado (de rodillas) por la ley. Lo que narra Marcos aquí, se convierte en un acontecimiento emblemático: un leproso se rebela contra el sistema religioso-social que lo mantiene alejado por ser impuro, se acerca violando las prescripciones, pues sabe que Jesús es un hombre que está por encima de la ley (Mt 12,6).

La ley no quiere curarme, pero “si tú quieres, puedes curarme” (Mc 1,40). Palabras que retan y que, desde la fe, esperan el advenimiento de lo nuevo, de un cambio en la forma de pensar y de actuar con los oprimidos. La respuesta de Jesús es también una rebeldía contra las mismas prescripciones religiosas que prohíben la cercanía y el contacto con lo impuro: se compadeció; es decir, bajó hasta la miseria de ese leproso, entendió su dolor e hizo suyo su padecimiento (es en este sentido que Lucas presenta la bondad de Dios en la figura del buen samaritano, cf. Lc 10,33). Acercó, él mismo, lo divino a lo humano en un gesto inadmisible desde la óptica del cumplimiento: extendió la mano y lo tocó. Después, en sus palabras, deja ver lo que el Padre quiere para el hombre: ¡sana! De inmediato se le quitó la lepra y quedó limpio (v. 42). Dios quiere hombres libres, sin ataduras.

Por otro lado, así como la ley, mal entendida, puede marginar al hombre, también tiene la capacidad y la obligación de reivindicarlo y reintegrarlo a la vida del pueblo. Es por eso que lo envía con el sacerdote (v. 44) para que cumpla la ofrenda ritual (prescrita por Moisés en el Levítico) de purificación y que haga constar que ya no es un leproso (Lv 14,3).

¿Cómo bajamos esto a nuestra propia vida?

Hay que comenzar preguntándonos: ¿cuáles son las “lepras” de nuestro mundo…?: el VIH Sida, el Ébola, la homosexualidad, la adolescente embarazada, el alcoholismo, la migración, la vejez, el desempleo, la cárcel, el divorcio, la unión libre…, etc. Habrá que preguntarse también ¿cuántas de nuestras reglas de moralidad, de religiosidad, de civilidad…, marginan y desprecian a quien no se adecua a ellas? La carta de Pablo a los corintios (10,31-11,1) nos puede llevar a una reflexión importante y a tomar postura: dice que todo lo que hagamos, cualquier cosa, ¡que sea haga para gloria de Dios! y que no demos motivo de escándalo (vv. 31 y 32). ¿Qué es más escandaloso?: ser homosexual y estar contaminado de sida, estar embarazada a los 14 años, vivir en unión libre con la mujer que amas, tener un familiar alcohólico…, o pasar de largo ante estas realidades humanas y no hacer nada por cambiarlas (Lc 10,31-32). Desde la perspectiva del evangelio, lo segundo: Apártense de mí, malditos, vayan al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me dieron de comer, tuve sed y no me dieron de beber, era emigrante y no me recibieron, estaba desnudo y no me vistieron, estaba enfermo y encarcelado y no me visitaron (Mt 25,41-43).

Sean, pues, imitadores míos  -dice Pablo-, como yo los soy de Cristo (1Cor 11,1).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

¿Cuándo será de día?

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mendigos5° DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

8 DE FEBRERO DE 2015

¿Cuándo será de día?

Las lecturas para este 5° domingo son las siguientes: Job 7,1-4.6-7; 1Cor 9,16-19.21-23 y Mc 1,29-39, en todas ellas hay un aspecto sobresaliente para la vida del creyente: la confianza en Dios y la gratuidad de la persona, con la que actúa delante de Dios, ante las exigencias del Reino y, por supuesto, ante de los demás. Confianza y gratuidad van de la mano.

En el fluir de los textos (sin respetar el orden litúrgico con el que se acomodan las lecturas) podemos descubrir el proceso de crecimiento del creyente que ha descubierto a un Dios justo y misericordioso. Comienza con la experiencia de la duda y la desconfianza que, al parecer, hacen languidecer la fe de Job, como la de cualquier hombre; en seguida el evangelio, donde aparecen diferentes grupos de gente que han visto y escuchado la bondad de Dios en la persona de Jesús, y lo buscan, con la certeza de que en él recuperarán la confianza perdida. Por último, Pablo, quien también ha descubierto a ese Dios bondadoso y, en respuesta, dedica su vida, gratuitamente, a anunciar y dar a conocer la riqueza del evangelio, y dar testimonio de la fe en Dios.

Primer paso: la duda

  • En la primera lectura (Job 7,1-4.6-7), como indicamos, nos encontramos con Job; un hombre como nosotros, en quien se encarnan las experiencias humanas más profundas y radicales que un creyente pueda soportar y asumir, como pruebas de su integridad y su entereza: sufrimiento, desesperación, dudas de la fe en Dios, desconfianza en sí mismo, abandono, soledad, descalificaciones, atropello de la dignidad. A través de estas realidades adversas a la dignidad y a la condición de una persona, Job se hace consciente de su propia realidad: “mi vida es un soplo” (v.7); se mira a sí mismo como militar (súbdito que obedece bajo el mando de la autoridad), como jornalero y como esclavo, porque en el quehacer de todos ellos aqueja la incertidumbre, la sumisión y la falta de libertad, “suspira en vano por la sombra… y se queda aguardando su salario” (v. 2), y la muerte los asecha; por eso se lamenta diciendo “me han tocado en suerte meses de infortunio” (v. 3). No obstante la desventura, surge del corazón humillado una pregunta, con un dejo de esperanza: “¿cuándo será de día?” (v. 4). Siempre será de día; la noche terminará cuando el sol, al amanecer, nos ilumine con su luz.

Segundo paso: el descubrimiento

  • El evangelio de Marcos (1,29-39) nos presenta el desarrollo de una de tantas jornadas en la vida de Jesús: la mañana -después de estar en la sinagoga-, el atardecer, la noche, la madrugada y, nuevamente, el amanecer. En cada momento hay un acto revelador: el reino ha llegado y Dios devuelve la esperanza a los olvidados y desahuciados por la ley y por los sistemas sociales de la época. Mujeres y hombres postrados y sometidos por la enfermedad, al borde de la muerte y poseídos por los demonios son curados y liberados; ellos, como Job, perciben su vida como un soplo y se hacen, tal vez, la misma pregunta: ¿cuándo será de día…? Siempre es de día, por eso, “al atardecer, cuando el sol se ponía…, todo el pueblo se apiñó junto a la puerta” (v. 32). La noche estaba cerca, la oscuridad amenazaba, por ello, urgía entrar en esa casa, tras la puerta había una luz que no se extinguiría… Pero la noche llegó, es inevitable, entonces Jesús sale a orar para irradiar la bondad del Padre e iluminar la desesperanza de la gente que lo anda buscando (v. 37). Nuevamente, la noche termina cuando el sol, al amanecer, nos ilumina con su luz: “vamos a los pueblos cercanos para predicar también allá el Evangelio”. La confianza de la gente, que nace de la fe desnuda, se encuentra con la gratuidad de Dios: “pues para eso he venido” (v. 38).

Tercer paso: la decisión

  • Aunque, técnicamente hablando, esta sea la segunda lectura (1Cor 9,16-19.21-23), la interpretación teológica del texto nos obliga a ponerlo aquí, después del evangelio, ya que la experiencia de fe de Pablo surge de la Pascua. Su vida comienza con una búsqueda de sentido, persiguiendo todo lo que amenazaba sus propias convicciones; en el camino es sometido, como Job, a una prueba radical y a vivir la experiencia de una noche oscura y profunda: “Saulo se levantó del suelo y, al abrir los ojos, no veía. Lo tomaron de la mano y lo hicieron entrar en Damasco, donde estuvo tres días, ciego, sin comer ni beber” (Hch 9,8-9). Ahora, asume la predicación del evangelio como una obligación (v. 16) que, incluso, está por encima de su propia iniciativa; él sabe que es la misión que se le ha confiado (v. 17). Él también se encontró con la gratuidad (gracia) de Dios y, gratuitamente, se entrega a la predicación del Evangelio (v. 18). También Pablo, durante el tiempo de prueba, se hizo la misma pregunta de quienes buscan las puertas de la esperanza: ¿cuándo será de día? Una vez más, la noche termina cuando el sol ilumina: “Saulo, hermano, me envía el Señor Jesús…, para que recobres la vista y te llenes del Espíritu Santo…, recobró la vista… Muy pronto se puso a proclamar en las sinagogas que Jesús era el Hijo de Dios” (Hch 9,17-20). Pablo dispuso su vida al servicio de quienes estaban buscando: “Aunque no estoy sujeto a nadie, me he convertido en esclavo de todos, para ganarlos a todos. Con los débiles me hice débil, para ganar a los débiles. Me he hecho todo a todos, a fin de ganarlos a todos. Todo lo hago por el Evangelio, para participar yo también de sus bienes” (vv. 19.22 y 23).

Una reflexión final, tomada del libro Hablar de Dios desde el sufrimiento del inocente. Una reflexión sobre el libro de Job, de Gustavo Gutiérrez (1986):

“¿De qué manera hablar de un Dios que se revela como amor en una realidad marcada por la pobreza y la opresión? ¿Cómo anunciar el Dios de la vida a personas que sufren una muerte prematura e injusta? ¿Cómo reconocer el don de su amor y de su justicia desde el sufrimiento del inocente? ¿Con qué lenguaje decir a los que no son considerados personas que son hijas e hijos de Dios?…

Un texto del obispo africano Desmond Tutu es expresivo al respecto: ‘La teología de la liberación, más que cualquier otro tipo de teología, surge del crisol de la angustia y los sufrimientos humanos. Surge porque el pueblo grita: Señor ¿hasta cuándo? Oh Dios ¿pero por qué? (…). Toda la teología de la liberación proviene del esfuerzo por dar sentido al sufrimiento humano cuando aquellos que sufren son víctimas de una opresión y explotación organizada, cunado son mutilados y tratados como seres inferiores a lo que son: personas humanas, creadas a imagen del Dios trino, redimidas por un solo Salvador Jesucristo y santificadas por el Espíritu santo…’

En efecto, el sufrimiento humano, el compromiso con él, las preguntas que de ahí surgen sobre Dios son un punto de partida y un tema central para la teología de la liberación…”, para toda teología y para toda decisión personal o comunitaria que, animada por el Evangelio, busca el amanecer y la esperanza en Dios.

 Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

“Les digo todo esto para bien de ustedes”

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gente-feliz4° DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

FEBRERO 1/2015

“Yo quisiera que vivieran sin preocupaciones…”

El segundo bloque:

La segunda lectura de este cuarto domingo, tomada de la primera carta de Pablo a los corintios (7,32-35) y que completa el tema iniciado en el texto de la misma carta leído el domingo anterior (25 de enero), requiere de una atención especial y ser tratado aparte, como lo habíamos indicado, respecto de los otros dos textos de la liturgia de la Palabra (Dt 18,15-20 y Mc 1,21-28).

El tema de fondo en este segmento de la carta a los corintios es una reflexión escatológica que Pablo hace en torno al estado matrimonial y al estado célibe (o virginidad), en el que vivían, o pretendían vivir, algunos de los creyentes de la comunidad de Corinto. Es escatológica porque surge de la convicción de que los últimos tiempos, los de la manifestación definitiva del Mesías, de la llamada Parusía o segunda venida, estaban por llegar de manera inminente; de hecho, el mismo Pablo dice “queda poco tiempo” (7,29), después de haberlo recordado antes, en la misma carta, dos ocasiones (1,7 y 4,5). Tal concepción exigía una preparación adecuada para ese momento y, por lo mismo, una forma de vida dedicada a la purificación, la penitencia y la coherencia en la forma de actuar; desde el enfoque paulino los creyentes debían estar listos para cuando eso sucediera y, aunque no se pudiera asegurar ni el día ni la hora, ya no había tiempo para hacer otros planes de vida: “que el hombre se quede como está…” (7,26)

Luis A. Schökel nos ofrece un análisis que puede ayudar, tal vez, a la mejor comprensión de lo que Pablo escribe y aconseja: en la carta es evidente una pregunta “a la que el Apóstol Pablo intenta dar una respuesta: ¿matrimonio o celibato, qué es lo mejor?” Al parecer, era una inquietud surgida entre los corintios jóvenes aún no casados y que habían tomado la decisión de hacerse seguidores y precursores del Señor y de su evangelio, o por lo menos de formar parte del grupo de los bautizados, e influidos por tradiciones culturales y religiosas no cristianas ni judías del momento en torno al celibato, pero que no encontramos en otras comunidades. Es una situación moral propia de Corinto, abordada por Pablo en este caso particular. De hecho, ésta problemática no aparece en ninguna otra de sus cartas, excepto el tema del trato del marido respecto de su mujer en Ef 5,22.33, o el de las viudas en 1Tim 5,11-14. En el fondo yace el deseo misionero de predicar la Buena Nueva y el modo más adecuado de hacerlo. “El apóstol  -dice Schökel- parece sentirse como perplejo ante la respuesta que dar. Por eso comienza diciendo que no tiene mandato del Señor sobre el tema (7,25). Sólo puede ofrecer un consejo. Eso sí, basado en la experiencia de su misión apostólica y como hombre de fiar que es, por la misericordia de Dios. Más adelante dirá que también él tiene el Espíritu del Señor. Se trata pues de un consejo apostólico orientado a la misión. Supuesta la posible existencia de ese carisma del celibato misionero (7,7) en los jóvenes en cuestión, Pablo les dice que entre dos bienes a elegir, matrimonio o celibato, para ellos es mejor el celibato. Apoya este consejo, en primero lugar, en las tribulaciones que le estaba acarreando su dedicación total al Evangelio y que antes mencionó (4,11-13). ¿Será compatible esto con las necesarias preocupaciones que exige la vida matrimonial?” (La Biblia de Nuestro Pueblo, comentario a pie de página).

En esta primera carta a la comunidad de Corinto aparecen varias situaciones que Pablo debe tomar en mano, porque el tiempo apremia, para amonestar, corregir y orientar, tales como las discordias (1,10-17), la inmadurez (3,1-21), el ministerio mal entendido (4,1-21), el caso del incestuoso (5, 1-13), los pleitos entre los cristianos por la pertenencia a los líderes (6,1-12), la fornicación (6,12-20), la controversia entre matrimonio, celibato y virginidad (7,1-16; 25-40), la cuestión de cambiar de condición de vida o no (7,17-24), los sacrificios a los ídolos (8,1-13), la idolatría y las comidas idolátricas (10,1-33), el uso del velo por las mujeres (11,1-16) y el modo equivocado de proceder con el que se han desvirtuado las reuniones para “comer la cena del Señor” (11,17-34). Todo enmarcado en el ambiente de esa gran ciudad que se había convertido en un verdadero reto para la predicación y la misión paulina. Dice Schökel que “pocas comunidades cristianas del tiempo de Pablo las conocemos tan bien como la comunidad de Corinto: sus problemas de convivencia entre ricos y pobres, los fallos graves y públicos de algunos de sus miembros, la tentación constante de dejarse arrastrar por las costumbres de una sociedad decadente y bastante corrompida, es decir, toda aquella fragilidad humana en la que podemos ver reflejada nuestra fragilidad…” (La Biblia de Nuestro Pueblo, Introducción a la primera carta a los corintios). Justo en este ambiente es donde surge la discusión sobre las opciones y los posibles cambios de vida, a los que Pablo dará su mejor respuesta, no sin antes, como ya señalamos, corregir las desviaciones doctrinales y morales y amonestar la conducta de los corintios, teniendo siempre presente el tiempo que estaba por llegar.

¿Qué es lo que da sentido a la postura de Pablo?: la predicación del Evangelio. Pero, para que se lleve a cabo de manera adecuada y pronta, no importando quién lo haga (ya sea una persona casada, soltera, viuda, o célibe), es indispensable que viva “sin preocupaciones” (7,32), puesto que una tarea de tal magnitud requiere de una donación plena y absoluta. Para Pablo, una cosa es vivir el evangelio según “la condición que le asignó el Señor, tal como vivía cuando lo llamó Dios” (7,17), y otra muy distinta predicar el evangelio, (donde encaja la opción por la vida célibe), en la que se encarnan muchas exigencias: “Hasta el momento presente pasamos hambre y sed, vamos medio desnudos, nos tratan a golpes, no tenemos domicilio fijo, nos fatigamos trabajando con nuestras manos…” (4,10-12).

Vivir el evangelio desde un estado de vida específico, es un carisma, predicarlo también; uno es testimonial, el otro es misional. Ambos son un compromiso con el Reino… “Les digo todo esto para bien de ustedes. Se lo digo, no para ponerles una trampa, sino para que su dedicación al Señor sea digan y constante, sin distracciones” (7,35), porque “queda poco tiempo” (v. 29).

¿Qué enseñanza hay para nosotros?:

“El contexto social en el que viven los corintios es casi el reflejo exacto del contexto de gran parte de nuestras comunidades: los suburbios pobres de las grandes ciudades, el desarraigo de emigrantes en busca de trabajo, la convivencia con personas de culturas y creencias diferentes, la seducción casi irresistible que ejerce un medio ambiente con valores anticristianos como el poder, la indiferencia y el sexo, lo duro que es luchar contra corriente. Por eso, los consejos, amonestaciones y la palabra evangélica de Pablo, resuena hoy en nuestros oídos con la misma actualidad, urgencia y, sobre todo, con el mismo poder transformador del Espíritu que hace dos mil años” (Schökel, L. A., La Biblia de Nuestro Pueblo, Introducción a la primera carta a los corintios).

 Mario A. Hernández Durán, Teólogo.