“Bendito el que viene en nombre del Señor”

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ramosMARZO 29/2015

DOMINGO DE RAMOS DE “LA PASIÓN DEL SEÑOR”

Llegamos al final de la Cuaresma y nos adentramos en otro tiempo litúrgico, intenso y rico en simbología, que nos invita a la reflexión, al recuerdo y a la toma de decisiones profundas; son días que, si los vivimos con el corazón bien dispuesto y atentos a la Palabra, abonarán grandes cosas a nuestra vida de fe y a nuestro modo de ser cristianos.  A partir de hoy, y durante toda la semana, el hecho medular será la Pascua, la Resurrección de Jesús; el gran acontecimiento con el que culmina todo este proceso de vida, pasión y muerte. Es así que la Semana Santa es -como ya indicamos- una celebración profunda, solemne y rica en simbolismo, que pone como centro de todo acontecimiento a la Resurrección. Coincide, en tiempo, con la pascua judía, de tal manera que se conserva el significado original de la experiencia de pascua venida desde la tradición del Antiguo Testamento: la Pascua como liberación.

Iniciamos con una celebración muy peculiar: el Domingo de Ramos de la Pasión del Señor. ¿Qué significado tiene esta celebración?

Ante todo, es importante destacar que esta celebración es, por decirlo de un modo coloquial, “dos en una”: la entrada triunfal a Jerusalén (domingo de ramos) y el recuerdo de la pasión. Es por eso que la estructura del ritual marca dos momentos: uno, la conmemoración de la entrada del Señor a la ciudad de Jerusalén, que inicia fuera del templo, con la lectura del evangelio que hace alusión a este hecho y la procesión de los ramos; dos, la misa, celebrada dentro del templo, en donde la lectura de la Pasión del Señor, tomada del evangelio de Marcos (14,1-15,47), cobra centralidad e importancia. Vayamos a los contenidos y el mensaje.

Jesús, para celebrar la pascua, del mismo modo como lo hacían los judíos cada año, subió a Jerusalén acompañado de sus discípulos. La entrada a esta ciudad fue muy singular: Jesús es recibido como rey y aclamado por el pueblo como Mesías. Por esto mismo se le llama entrada triunfal a Jerusalén (Mt 21, 1-11; Mc 11, 1-11; Lc 19, 28-38; Jn 12, 12-19). Este hecho, que desbordó el ánimo de la gente al verlo, provocó en las autoridades (maestros de la ley, fariseos, sacerdotes, etc.) el enojo y la decisión de acabar con Jesús: ¡matarlo!

Es por éste motivo que la Semana Santa se abre con el acontecimiento de la entrada a la ciudad santa: el atrevimiento de Jesús (de entrar como rey y Mesías) da la pauta para que las autoridades procedan según sus planes, ya que buscaban un motivo para apresarlo (cf. Mc 14,1), y desatar, así, un proceso en su contra, mismo que se irá plasmando en la liturgia a lo largo de la semana: aprehensión, juicio, condena y crucifixión (la pasión del Señor).

Dos hechos contrastantes: pasamos de la fiesta y el gozo, a la tragedia y la muerte; mientras que unos reconocen a Jesús como el Mesías libertador, otros sólo ven en él y su predicación, una amenaza contra el orden político-religioso y contra la moral tradicional; los primeros lo reciben con el corazón abierto y agradeciendo la llegada del Reino de justicia y paz: ¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! vestidos de fiesta; los otros, con el corazón duro, lo rechazan y lo aniquilan…

La Liturgia de la Palabra acompaña el evangelio de la Pasión, según Marcos, con dos lecturas significativas y reveladoras: el texto del siervo sufriente de Isaías (50,4-7) y el himno cristológico de la carta de Pablo a los filipenses (2,6-11). Ambas lecturas tienen la finalidad de resaltar la condición humana de Jesús puesta al servicio de la Palabra Dios y de su Reino, llevada hasta el extremo de la humillación y la muerte:

  • El Señor Dios me ha hecho oír sus palabras y yo no he opuesto resistencia ni me he echado para atrás… No aparté mi rostro de los insultos y salivazos (Is. 50,5-6).
  • Cristo Jesús… se anonadó a sí mismo tomando la condición de siervo, y se hizo semejante a los hombres. Así, hecho uno de ellos, se humilló a sí mismo y por obediencia aceptó incluso la muerte, y una muerte de cruz (Fil 2,5-8).

Pero no es esto lo que Dios quiere de sus servidores; lo que les sucede a ellos, es la consecuencia de hablar de un reino de justicia en medio de una sociedad cerrada en sí misma, sorda a la Palabra del Señor y dura de corazón.

No obstante la tragedia con la que cierra el Domingo de Ramos a través de pasión, hay una luz que prefigura la resurrección y que no podemos echar de menos:

Por eso Dios lo exaltó sobre todas las cosas y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre, para que, al nombre de Jesús, todos doblen la rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos, y todos reconozcan públicamente que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre Fil 2,9-11).

¿A qué estamos invitados?

  • Que el domingo de ramos no sea una procesión más en nuestra vida, sino un momento de reflexión, sincero y profundo, que nos lleve a preguntarnos, y decidir, cómo y de qué manera hemos recibido al Señor en nuestras vidas. ¿Quién es él para nosotros?
  • Que el recuerdo de la pasión del Señor, no sólo mueva y saque de nuestro interior los mejores sentimientos, sino que nos haga compasivos, es decir, capaces de padecer con los demás, tomando, también nosotros, la condición de siervo.
  • Que veamos más allá de lo narrado y que, como dice el texto de Isaías, mañana tras mañana, el Señor despierte nuestro oído, para que escuchemos como discípulos (cf. Is 50, 4).

Que el canto de ¡Hosanna!, nos disponga el ánimo para que el día de Pascua, y todos los días de nuestra historia, digamos con alegría: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

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“SE ACERCA LA HORA…” (Jr 31,31)

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trigo.2MARZO 22/2015

DOMINGO 5° DE CUARESMA

“SE ACERCA LA HORA…” (Jr 31,31)

La liturgia de la Palabra de este 5° domingo de cuaresma es un adecuado preámbulo al inicio de la Semana Santa, que arrancará con la celebración litúrgica del Domingo de Ramos. Los tres textos (Jr 31,31-34; Heb 5,7-9 y Jn 12,20-33), cada uno desde su contexto y redacción, recuperan elementos importantes para la vivencia del tiempo que se avecina: alianza, fidelidad, obediencia, conocimiento de Dios, padecimiento, entregar la vida, dar fruto…, para confluir en un aspecto común y central en la fe de un creyente: reconocer, en todo eso, al Señor.

Antes de resaltar los elementos que hemos mencionado, vale la pena recuperar lo planteado en la liturgia del domingo anterior (4° de cuaresma), ya que nos permitirá comprender con claridad lo que hoy, de manera particular, recuerda el texto del profeta Jeremías. El segundo libro de Crónicas ponía en evidencia tres cosas: la infidelidad de Israel, la paciencia y la misericordia de Dios, quien dio al pueblo la oportunidad de convertirse y, por último, el castigo inminente (la deportación), porque ya no había remedio. Así lo recuerda y lo retoma Jeremías: ellos rompieron mi alianza y yo tuve que hacer un escarmiento con ellos (v. 32)

Desde esta realidad, que marca la relación entre Dios e Israel, podremos entender por qué Jeremías comienza diciendo: Se acerca el tiempo, dice el Señor, en que haré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva (31,31).

Siempre hemos tenido la idea de que las alianzas, sobre todo las pactadas con Dios, son de carácter eterno y permanente; de parte de él, sí, pues siempre es fiel a sus promesas, pero de parte del hombre no sucede lo mismo. Sabemos que a lo largo de la historia de Israel, plasmada en el Antiguo Testamente, han tenido lugar varias alianzas con Dios, desde las pactadas con Adán, o con Noé, pasando por Abraham y Moisés, hasta llegar a los profetas. Lo peculiar en todas ellas es que siempre son nuevas…, lo que quiere decir que, más de una vez, ha sido necesario renovar lo que parecía definitivo.

Renovar las alianzas es siempre una iniciativa de Dios que deja ver, además, su forma de ser: compasivo, amoroso, misericordioso; es un Dios que se adapta a los tiempos del hombre, que está abierto y atento a las necesidades recurrentes de sus hijos. Él perdona las culpas y olvida para siempre los pecados. El renovar una alianza responde al proceso natural de renovación del hombre (nunca es el mismo y cada generación es distinta de la otra) al que Dios se remite y no desprecia; no impone ninguna voluntad, simple y sencillamente renueva sus compromisos.

En este texto de Jeremías hay algo peculiar: a diferencia de las otras alianzas que se escribían sobre tablas o se pactaban de palabra, ésta será puesta en lo más profundo de la mente y grabada en el corazón; aunque el pacto sea el mismo, yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo (v. 33), las condiciones cambian, ahora es el hombre -el de todos los tiempos- el espacio material del pacto; lo escrito en un papel se puede olvidar o perder, en cambio, el corazón humano es garantía de permanencia, pues quien vea de frente a un hermano tendrá ante sí la alianza con Dios. De tal modo, que Jeremías concluye de parte de Yahvé, proclamando: Ya nadie tendrá que instruir a su prójimo ni a su hermano, diciéndole: “conoce a Dios”, porque todos me van a conocer, desde el más pequeño hasta el mayor de todos. ¿Cómo?, a través de una acción misericordiosa: cuando yo les perdone sus culpas y olvide para siempre sus pecados (v. 34).

¿Quién no conoce a Dios? Quien no ha experimentado su presencia a través del otro y quien no ha permitido, por lo mismo, que la alianza marque su corazón. El evangelio de Juan inicia narrando la iniciativa de algunos griegosver a Jesús (12,20). Estos hombres, dice Luis A. Schökel, “representan las primicias de la gentilidad; son la vanguardia de la humanidad que viene a Jesús…; pertenecen a los que creen si haber visto” (La Biblia de Nuestro Pueblo, comentario a Lc 12,20). Su corazón los ha llevado a descubrir en Jesús al Dios cercano. El tiempo que se acerca, del que hablaba Jeremías, ahora ha llegado (v. 23) y Jesús lo explica de manera simbólica a través de dos imágenes:

  • Si el grano de trigo sembrado en la tierra no muere, queda infecundo; pero si muere, producirá mucho fruto.
  • El que se ama a sí mismo, se pierde; el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se asegura para la vida eterna.

No son palabras que intenten explicar lo que sucederá con Jesús; todo está en función de lo que los griegos acaban de hacer y que se convierte en una enseñanza para nosotros:

  • El grano de trigo sembrado en la tierra es la alianza grabada en el corazón de cada hombre; si no muere, es decir, si no cede a la iniciativa de Dios, no dará fruto.
  • Amarse a sí mismo es reflejo del egoísmo y la egolatría, equivale a aferrase a la propia vida, perderse es sí mismo; aborrecer, equivale al desprecio de lo anterior, de lo que no es Dios, y caminar libres en busca de él (como los griegos).

Para concretar lo anterior hay una promesa: El que quiera servirme, que me siga, para que donde yo esté, también esté mi servidor. El que me sirve será honrado por mí.

Por último, nos encontramos con el tema de la obediencia, que conlleva entregar la vida; ambas cosas ponen al hombre en una encrucijada y en una situación límite. También Jesús está parado allí: Ahora que tengo miedo (v. 27). La obediencia evangélica no es otra cosa que la total disposición de la persona a la Voluntad del Padre, pero la voluntad del Padre no es que su Hijo (ni nadie) muera, sino que anuncie la Buena Nueva y es en esto, precisamente, donde se entrega la vida. Dar la vida por el reino da miedo y Jesús, según la perspectiva de Pablo en la carta a los hebreos, nos deja una enseñanza: A pesar de que era el Hijo, aprendió a obedecer padeciendo, y llegado a su perfección, se convirtió en la causa de la salvación eterna para todos los que lo obedecen (5,8-9).

¿Quiénes son todos los que lo obedecen?: los que son capaces de encontrar la alianza marcada en su corazón, penetrando sus pensamientos, sus palabras y sus acciones; los que buscan al Señor para verlo, para seguirlo y para dar su vida por el Reino. De ellos, el Padre dirá Lo he glorificado y volveré a glorificarlo (Jn 12,27).

Crea en mí, Señor, un corazón puro, un espíritu nuevo para cumplir tus mandamientos. No me arrojes, Señor, lejos de ti, ni retires de mí tu santo espíritu (Sal 50).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

“El que obra el bien, conforme a la verdad, se acerca a la luz” (Jn 3,21)

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02MARZO 15/2015

DOMINGO 4° DE CUARESMA

En este cuarto domingo de cuaresma el tema que resalta, como en otras ocasiones, es el de la misericordia de Dios; tanto la primera (2Cro 36,14-16.19-23) como la segunda lectura (Ef 2,4-10 y Jn) y el evangelio (Jn 3,14-21), presentan, en diferentes escenas, el rostro bondadoso y misericordioso del Padre a través de tres acciones respecto del hombre: la fidelidad a sus promesas, la salvación de la esclavitud y su amor por medio de Cristo, su Hijo. Contrasta con la actitud contraria del pueblo y de los creyentes: la infidelidad, el olvido de la alianza y el pecado.

El domingo anterior (3° de cuaresma) encontramos, en la primera lectura tomada del libro del Éxodo (20,1-17), la promulgación de los preceptos (el decálogo) que Dios daba a su pueblo para mantener una relación sana y cordial con Él y con los hermanos; ley que es signo de la salvación y del amor compartido de Dios. Vimos cómo esta ley conlleva y supone un compromiso que Yahvé y los suyos adquieren ente sí: primero, el reconocimiento de Dios como él único y verdadero Dios (Tú será mi pueblo y yo seré tu Dios); segundo, la fidelidad que es recompensada con abundancia y bendiciones por generaciones. Hoy, con ese telón de fondo, el segundo libro de las Crónicas nos narra cómo todos los sumos sacerdotes y el pueblo multiplicaron sus infidelidades, practicando todas las abominables costumbres de los paganos, y mancharon la casa del Señor, que él les había consagrado en Jerusalén (36,14). ¿El motivo?: una falta grave al primer mandamiento, que la Liturgia de la Palabra omite del texto, pero que vale la pena escuchar: Cuando Sedecías subió al trono tenía veintiún años y reinó en Jerusalén once años. Hizo lo que el Señor, su Dios, reprueba; no se humilló ante el profeta Jeremías, que le hablaba en nombre de Dios. Además, se rebeló contra el rey Nabucodonosor, que le había tomado juramente de fidelidad. Se puso terco y se negó por completo a convertirse al Señor, Dios de Israel (vv. 11-13). La infidelidad del rey se extiende a la infidelidad del pueblo, que se traduce en una idolatría absoluta que suplanta a Dios.

No obstante, Dios, a través de mensajeros, los invita a la conversión; hace ver, una vez más, su bondad, su misericordia y su paciencia: porque sentía compasión de su pueblo y quería preservar su santuario (v. 15). El pueblo y el santuario (el Templo) son símbolo de la presencia y de la cercanía de ese Dios que se muestra siempre paternal y amoroso; a cambio, recibe una respuesta de burla y desprecio de parte de su pueblo, no escuchando a los mensajeros y manchando el Templo. Ya no hubo remedio (v. 16) y fueron castigados con la deportación, por setenta años, hasta que el país haya pagado los sábados perdidos… (v. 21). Lo que el pueblo no fue capaz de cumplir en libertad, lo tendrá que hacer en la esclavitud; el día consagrado al Señor tendrá que observarse, cumplirse y cuidarse aún fuera de la propia tierra, porque allí también, el Señor, es su Dios. Es por eso que el Templo es incendiado y destruido, para que Israel se reencuentre con su Dios en Babilonia, lejos de su tierra. Cuando esto sucede, cuando el pueblo redescubre la misericordia de Yahvé, por medio de Ciro, rey de Persia, una casa es edificada en Jerusalén, una nueva morada para Dios y, en consecuencia, todo aquél que pertenezca a este pueblo, que parta hacia allá, y que su Dios lo acompañe (v. 23).

Dios nos acompaña. ¿Cómo se traduce este gesto desde la perspectiva del Nuevo Testamento?: Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3, 16), a lo que Pablo, en la carta a los efesios, añade, la misericordia y el amor de Dios son muy grandes; porque estábamos muertos por nuestros pecados y él nos dio la vida con Cristo y en Cristo (2,4-5).

El Dios que nos acompaña, es el mismo Dios cercano del que nos habla el Antiguo Testamento (cf. Dt 4,7), que puso su morada en el Santuario en medio de su pueblo y que hoy, en su Palabra hecha hombre, habita entre nosotros (Jn 1,14). El que cree en él no será condenado; pero el que no cree ya está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios (Jn 3,18). Cabe la posibilidad de no aprovechar esa cercanía y de no escuchar su palabra y, del mismo modo que Israel optó por burlarse y despreciar a su Dios, los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas (v. 19).

Nuevamente nos podemos sentir interpelados por la Palabra: vivimos cargando situaciones generadas por nosotros mismos y nuestra colaboración, que se hacen evidente en las estructuras de injusticia y corrupción, en la violencia y el crimen organizado, en el desprecio por el hermano y el atropello de su dignidad y de su vida; es evidente también en el culto al poder, al bienestar sin medida y al consumo desequilibrado… Nos hemos olvidado, como dice Pablo, que somos hechura de Dios, creados por medio de Cristo Jesús, para hacer el bien que Dios ha dispuesto que hagamos (2,10). ¿Cuál bien?: el que obra el bien conforme a la verdad, se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios (Jn 3,21).

Así, en todos los tiempos, Dios muestra, por medio de Cristo Jesús, la incomparable riqueza de su gracia y de su bondad para con nosotros (Ef 2,7).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

“No conviertan en mercado la casa de mi Padre”

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Trata-de-MenoresMARZO 8/2015

DOMINGO 3° DE CUARESMA

Para este tercer domingo de cuaresma tenemos tres lecturas (Ex 20,1-17; 1Cor 1,22-25 y Jn 2,13-25) con una fuerte carga de simbología y de intensidad teológica; cada texto ofrece una temática en particular, la ley de Dios (Éxodo), la locura de Dios (Primera de corintios) y el celo por Dios (evangelio de Juan), que, en el conjunto de la liturgia de la Palabra, confluyen en un mensaje común: la centralidad del hombre.

Hagamos un análisis de cada uno para resaltar, después, la enseñanza que nos ofrecen:

La ley de Dios (Ex 20,1-17)

El domingo anterior, a través de la narración del sacrificio que Yahvé pedía a Abraham Gn 22,2), vimos cómo el patriarca tuvo la necesidad de redescubrir que Dios es único y que se muestra celoso cuando el creyente, el hombre de fe, invierte su tiempo y su vida en otras cosas, o en otros amores (en las idolatrías), olvidándose de Él. Isaac no fue sacrificado porque el Dios que se reveló a Abraham (Gn 12,1-3) no quiere la muerte de los nuestros, sino que compartamos con Él el amor que sentimos por ellos, obteniendo como recompensa una vida plena, por siempre y la promesa de una descendencia sin fin; nos pide sacri-ficarlos que, decíamos, equivale a con-sagrárselos. Recordamos, también, que la alianza establecida con Abraham (Gn 17,7), seré tu Dios y el de tus descendiente, es la raíz de todas las alianzas posteriores y la base del primer mandamiento de la Ley Mosaica. Hoy, el texto del libro del Éxodo, nos abre ese panorama de la ley de Dios advertido en la narración del texto de Génesis.

Nos encontramos delante de una ley que no surge de manera fortuita, sino que tiene como fondo una acción de Dios en la historia del pueblo: la salvación de la esclavitud; la reacción no puede ser otra que reconocer (agradecer) que Yahvé es el único y verdadero Dios: Yo soy el Señor, tu Dios, que te sacó de la tierra de Egipto y de la esclavitud (Ex 20,2). Es por eso que hay una serie de preceptos claros y precisos para que los israelitas no olviden esta verdad de fe ni en lo que dicen ni en lo que piensan ni en lo que hacen. Dios sabe que el hombre creyente es frágil, indeciso a veces y vulnerable; propicio a cometer dos olvidos: olvidarse del amor a Dios, que es la raíz de la infidelidad, y olvidarse del amor al hermano, que es la raíz de la esclavitud (de las múltiples esclavitudes). El decálogo está estructurado en dos partes: en la primera (los tres mandamientos iniciales) están las normas religiosas para que el hombre tenga una sana relación con Dios, que se cifran en el reconocimiento de Dios como único, el respeto por su nombre y la santificación del sábado, como día del Señor; el cumplimiento y la observancia de estos mandatos garantiza la fidelidad, como la exigencia que Dios pide a los suyos. En la segunda (los siete mandamientos restantes), están las normas éticas para que el hombre mantenga una relación sana y cordial con sus semejantes, expresadas de manera sencilla (no matarás, no robarás, no mentirás, etc.), pero con una fuerte carga social y humana que busca mantener la justicia, el respeto y la libertad de la persona, quien quiera que sea, evitando así la esclavitud, el abuso de poder y el dominio innecesario.

Podríamos decir que el decálogo es la ley del amor compartido ya que en ella misma encontramos las normas que cuidan el respeto por Dios y las que orientan el respeto por el hermano. Jesús, a la pregunta de un doctor de la ley (Mt 22,34-39) en torno al mandamiento más grande, responde que no hay dos mandatos distintos, ni uno más grande que otro: ¿cuál es el precepto más importante en la ley?…Amarás al señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente (Dt 6,5). Este es el precepto más importante; pero el segundo es equivalente: Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Lv 19,18).

Cuando San Juan de la Cruz explica el provecho que una persona de fe obtiene cuando no pone su gozo en los bienes naturales, que serían los bienes materiales y las idolatrías, dice que entonces, esa persona, estará dispuesta, capacitada, para tres cosas: ser humilde (realista) consigo misma, amar a Dios y amar al prójimo. “…porque entonces  – dice Juan de la Cruz – cuanto más crece este amor, tanto más crece el de Dios, y cuanto más el de Dios, tanto más este del prójimo; porque de lo que es en Dios es una misma la razón y una misma la causa” (3S 23,1). Amor a Dios y amor al prójimo son para el autor una misma cosa. Y tienen por consiguiente la misma dinámica de crecimiento y degradación. Cuando habla de uno, se entienden los dos (Federico Ruiz Salvador OCD).

La locura de Dios (1Cor 1,22-25)

La locura es un desajuste mental y emocional que provoca en la persona otros desajustes: sociales, morales, religiosos y relacionales. Es decir, un loco vive y actúa fuera de las normas convencionales de convivencia y de comportamiento, por lo que es rechazado y relegado por su comunidad, o su familia. Viendo así las cosas, es inaudito pensar, como lo dice Pablo, que Dios esté “loco” y que todo lo que hace es una “locura”.

La imagen que de Jesús, y de sus discípulos, tenían algunos sectores políticos y religiosos de la sociedad judía era, precisamente, la de un loco desadaptado y rebelde, pues era un comelón y bebedor, amigo de recaudadores de impuestos y pecadores (cf. Mt 11,19); sólo un loco como él creía que la revelación se daba a conocer a los sencillos e ignorantes y no a los sabios (Mt 11,25). Morir crucificado era el peor castigo impuesto a un hombre, sobre todo si se le consideraba  traidor y contrario a la ley.  Pero, creer que ese hombre muerto en la cruz es el Mesías, es la peor de las locuras…, la locura de Dios (1Cor 1,25).

Este es el principio que da sentido a la predicación de Pablo, nosotros predicamos a Cristo crucificado, que es escándalo para los judíos y locura para los paganos (v. 23), sin olvidar nunca que vana es nuestra fe y nuestra predicación si no creemos que Jesús resucitó (1Cor 15,14); es la señal milagrosa y la sabiduría que unos exigen o que otros buscan.

¿En dónde encontramos aquí la centralidad del hombre?: en la locura. Porque los “locos” son todos los marginados, los que viven (o mueren) en situación de calle, de prostitución, de adicción, de pobreza, de enfermedad… La misma carta a los corintios, versículos más adelante, lo deja claro: Dios ha elegido los locos del mundo para humillar a los sabios, Dios ha elegido a los débiles del mundo para humillar a los fuertes, Dios ha elegido a gente sin  importancia, a los despreciados del mundo y a los que no valen algo (vv. 27-28).

Porque la locura de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que la fuerza de los hombres (v. 25).

El celo por Dios (Jn 2,13-25)

Lo que narra el evangelio de Juan, la expulsión de vendedores y cambistas del Templo, no es otra cosa más que una locura de parte de Jesús. Se atreve contra la simbología y la sacralidad del Templo poniendo en entre dicho dos aspectos: por un lado, las tradiciones, los ritos y las costumbres (o malas costumbres) en torno las celebraciones en el recinto sagrado canalizadas en vender, cambiar y ofrecer; por otro lado, la centralidad del Templo, como lugar donde mora Dios y símbolo de la identidad judía, es relativizada cuando él antepone su propia persona, su cuerpo, como el templo verdadero.

Lo que acontece en ese momento, y que Jesús ve, es una contradicción en el cumplimiento de la ley y un síntoma de infidelidad. ¿En qué sentido?: la primera lectura nos presentó los preceptos con los que el pueblo podrá mantener, en fidelidad, su relación con Dios. Ahora encontramos que más que amar a Dios sobre todas las cosas, lo primero que el pueblo encuentra y a lo cual accede son vendedores de animales y cambistas de monedas; el encuentro con Dios, libre y directo, no es real. Más allá de no jurar, o usar, el nombre de Dios en vano, encontramos una vendimia en nombre de Dios, o justificada bajo su nombre. Por último, santificar el sábado, dedicado en su totalidad a la escucha de la Palabra, a comer la cena con la familia y a la oración, se confunde en el cumplimiento vertiginoso de sacrificios y holocaustos, olvidando las palabras de los antiguos profetas:

Porque quiero amor, no sacrificios; conocimiento de Dios más que holocaustos (Os 6,6).

Estoy harto de holocaustos de carneros, de grasas de animales cebados; la sangre de novillos, corderos y chivos no me agrada… Sus manos están llenas de sangre. Lávense, purifíquense, aparten de mi vista sus malas acciones. Cesen de obrar mal, aprendan a obrar bien; busquen el derecho, socorran al oprimido; defiendan al huérfano, protejan a la viuda (Is 1,11.15-16).

Por si fuera poco, y en sintonía con lo que dice el profeta Isaías, las acciones de comercio y de cambio llevadas a cabo en el Templo, atentan contra el prójimo y contra los preceptos del decálogo, pues en ello se roba, se miente, se mata…, no conviertan en mercado la casa de mi Padre (Jn 2,16).

La reacción de Jesús es como la narra Juan: el celo de tu casa me devora (v.17//Sal 69,9) y el celo por el hombre también. Lo primero es amar a Dios y lo equivalente es amar al prójimo (Mt 22,34-39). El Templo, la casa, es una versión magnificada de la tienda del encuentro que albergaba el Arca de la Alianza (Ex 33,7) y donde se propiciaba un espacio de reunión (de encuentro) entre Dios y el hombre, allí el Señor hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con un amigo (Ex 33,11). En ese Templo, del que Jesús echa a los vendedores y los cambistas, no había espacio para el trato amoroso y amistoso con Dios, pues las autoridades judías violentaron su razón de ser. Aquí, entonces, la centralidad del hombre respecto del Templo.

Una enseñanza para nuestra vida:

¿No saben que son santuario de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes? Si alguien destruye el santuario de Dios, Dios lo destruirá a él, porque el santuario de Dios, que son ustedes, es sagrado (1Cor 3,16).

  • ¿Qué es lo central en nuestras vidas?
  • ¿Quién ha dejado de serlo?
  • ¿Nos vendemos y sacrificamos, sin sentido, nuestra vida? ¿La cambiamos por cualquier moneda, al precio que sea?
  • María Eugenia de Jesús decía que es una locura no ser lo que se es con la mayor plenitud posible”.
  • Nuestra vida… ¿es una locura, o una mediocridad?
  • Si es una locura, ¿Cuántos templos, cuántos hombres, mujeres, niños, ancianos, enfermos, esclavos, presos… estamos dispuestos a liberar del comercio, de la trata, de la corrupción, de la mentira, de la muerte?

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.