Si permanecen en mí…

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uvas-6DOMINGO V DE PASCUA

MAYO 3/2015

En este V Domingo de Pascua tenemos tres textos (Hch 9,26-31; 1Jn 3,18-24 y Jn 15,1-8) que marcan un proceso básico para que la vida de un creyente de frutos, según los criterios del evangelio: creer, permanecer y trabajar.

La vida de cualquier persona está marcada por las decisiones que va tomando a lo largo de su existencia, en cada una de las etapas del desarrollo; es así que todos, sin excepción, decidimos cosas esenciales, como la ropa que más nos gusta y queremos usar, la música que escuchamos, las películas que deseamos ver. Luego, nos enfrentamos a decisiones que van más allá del ámbito individual y entonces elegimos a los que serán nuestros amigos (y a los que no lo serán), cuando nos enamoramos, a la persona que se convertirá en nuestra novia, o novio; decidimos emprender una carrera profesional, un negocio, o un trabajo; decidimos, también, formalizar nuestras relaciones, o encausar el sentido de nuestra vida, y por eso decidimos casarnos, formar una familia, o consagrarnos al ministerio y al servicio de los demás. Algunas de estas decisiones son temporales y pasajeras, pero otras, las más determinantes, son definitivas y de carácter permanente, como el matrimonio, la maternidad y la paternidad, la profesión y la consagración (religiosa o ministerial).

Tales decisiones surgen y se sostienen desde lo que se cree, incluso en un sentido amplio: creer en uno mismo (autoestima, capacidades, ideales, proyectos, metas), creer en los demás (confianza, respeto, apertura) y creer en Dios (fe, esperanza, fidelidad), y sólo así se prolongan en el tiempo, a lo largo de la vida, para siempre; es decir, se hacen permanentes. Además, la permanencia y lo permanente, no se deben entender como un estado estacional de la persona y de pasividad estéril, sino como la conciencia y la convicción de que hay que trabajar y luchar constantemente por ello, pues las decisiones más radicales se han convertido en opción de vida. Lo que ha de permanecer se debe sostener trabajando.

Todo esto, ¿qué relación tiene con la Palabra de Dios? Siguiendo las lecturas de atrás hacia adelante (comenzando por el evangelio de Juan y terminando con el texto de Hechos), descubrimos lo siguiente:

Primero: Creer.

  • Creemos que Jesús es el Señor y que el Padre lo resucitó de entre los muertos. Esto es un presupuesto fundamental para tomar decisiones de fe.
  • A lo largo de esta semana, desde el domingo anterior (IV de Pascua), el evangelio de Juan nos ha presentado todo aquello que define a Jesús y que se convierte en referente para dos cosas, creer y decidirse por él: yo soy el buen pastor (domingo), yo soy la puerta (lunes), mi Padre y yo somos uno (martes), yo he venido al mundo como la luz (miércoles), el que recibe al que yo envío, me recibe a mí (jueves), yo soy el camino, la verdad y la vida (viernes), quien me ve a mí ve al Padre (sábado) y yo soy la vid verdadera (V domingo de Pascua).
  • Cada “yo” y todos en conjunto, representan la certeza y la seguridad de lo que Jesús cree de sí mismo y eso, precisamente, seduce y provoca para que creamos en él. No se puede creer en lo que no es.

Segundo: Permanecer.

  • Cuando alguien nos atrae con su personalidad y nos fascina, genera en nosotros una sana necesidad de estar con ella, o él; entonces tomamos la decisión de entablar una relación que, poco a poco, se va cultivando hasta que se convierta en permanente. Pero sólo será así si como primera cosa, creemos.
  • Juan de la Cruz dice que el proceso de fe de una persona inicia con una decisión fundamental: Sólo Dios se ha de buscar, a lo que el P. Maximiliano Herráiz G. OCD comenta:

… yo “salgo” porque Dios “ha venido” y, en la medida que sea, me ha fascinado, y se me ha “impuesto” como el amor  -la Persona- preferido al que pospongo todo. Un amor, que se me ha manifestado, se convierte en el amor preferencial al que subordino todo otro amor, y a través del cual miro y valoro todo en cada momento de mi proceso de enamorado, peregrino del amor que me provoca “por delante” para tensar, calificar mi respuesta y acelerar mi búsqueda (La unión con Dios, gracia y proyecto, 1991).

  • Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante… (Jn 15, 5).
  • Desde esta perspectiva podemos decir que la permanencia equivale a la fidelidad a la Palabra, según el evangelio, si mis palabras permanecen en ustedes (Jn 15,7) y al cumplimiento del único mandamiento, como lo plantea el mismo Juan en su primera carta, que creamos en la persona de Jesucristo, su Hijo, y nos amemos los unos a los otros (1Jn 3,23).
  • Cuando esto sucede, cuando permanecemos fieles, la respuesta fiel del Padre no se hace esperar: pidan lo que quieran y se les concederá. La gloria de mi Padre consiste en que den mucho fruto y se manifieste así como discípulos míos (Jn 15, 8).
  • La primera lectura lo retoma de la siguiente manera:

Puesto que cumplimos los mandamientos de Dios y hacemos lo que le agrada, ciertamente obtendremos de él todo lo que le pidamos.

  • Es de tal manera esencial la fidelidad que el mismo evangelista destaca la actitud contraria y sus consecuencias: Al que no permanece en mí se le echa fuera, como al sarmiento, y se seca; luego lo recogen, lo arrojan al fuego y arde (v. 6).

Tercero: trabajar.

  • Cuando hacemos opciones a partir de lo que creemos, no se puede permanecer inmóvil, pasivo e indiferente.
  • La primera lectura, de Hechos de los Apóstoles, hace evidente esta afirmación en la persona de Pablo, quien buscando, encontró a Jesús, creyó en él, optó por él y decidió permanecer en él: Desde entonces, vivió con ellos en Jerusalén, iba y venía, predicando abiertamente en el nombre del Señor…
  • Por eso mismo, Juan, en la primera lectura, nos recuerda: Hijos míos: no amemos solamente de palabra, amemos de verdad y con las obras.
  • Trabajar por los demás, por la justicia y por la libertad, desde las propias convicciones y las propias opciones, nos permite tener, como dice Juan, la conciencia tranquila (1Jn 3,19), porque nuestra confianza en Dios es total (3,21).
  • Dicha confianza se concreta en otro gesto de Dios hacia los que le son fieles y permanecen, como el sarmiento, unidos a Él: la presencia del Espíritu.

Quien cumple sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él. En esto conocemos, por el Espíritu que nos ha dado, que él permanece en nosotros (1Jn 3,24); las comunidades cristianas…, progresaban en la fidelidad a Dios y se multiplicaban, animadas por el Espíritu Santo (Hch 9,31).

¿A qué nos lleva todo este panorama?:

  1. A preguntarnos en qué creemos y desde dónde hacemos nuestras opciones.
  2. Darnos cuenta que vivimos en sociedades donde las relaciones, los compromisos y las promesas de fidelidad son, cada vez más, efímeras, temporales y vacías; no hay en ellas, tristemente, un carácter de permanencia. Hoy, los hombres y las mujeres, no sabemos permanecer, no echamos raíces y, por lo mismo, no damos frutos…
  3. Medir y ponderar si nuestras vidas, la de cada una y uno, se rige bajo los criterios le amor evangélico y si nuestra conciencia está tranquila, sin nada que Dios le tenga que reprochar.

Le cumpliré mis promesas al Señor delante de sus fieles. Los pobres comerán hasta saciarse y alabarán al Señor los que lo buscan: su corazón ha de vivir para siempre (Sal 21).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

“Yo soy el buen pastor…”: ¿somos buenos pastores?

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mcc011ABRIL 26/2015

DOMINGO IV DE PASCUA

La Liturgia de la Palabra de este IV domingo de Pascua, nos ofrece tres imágenes a través de los textos del Nuevo Testamento; dos de ellas se refieren a Jesús y una a nosotros en relación con el Padre.

Es así que tenemos, por una parte, las dos imágenes de Jesús:

  1. Piedra angular: Hch 4,8-12 (Primera lectura).
  2. Buen pastor: Jn 10,11-18 (Evangelio).

Y, por otro lado, la imagen que habla de nosotros:

  1. Hijos de Dios: 1Jn 3,1-2 (Segunda lectura).
  • Las imágenes de Jesús:

La piedra y el pastor se convierten en signo y referente de lo que Cristo representa para la comunidad de los cristianos: Él es el fundamento sobre el cual todo se asienta y en el que tiene solidez; es el guía, conocido por todos, porque él conoce a todos, siempre atento y dispuesto a dar la vida por el rebaño.

Por curiosidad: ¿qué es una piedra angular?:

La piedra principal en una construcción, era la “piedra angular de fundamento”. Solía escogerse una que fuera especialmente fuerte para los edificios públicos y los muros de la ciudad. La piedra angular de fundamento se usaba como guía al ir colocando las otras piedras en su lugar, y se alineaba con la ayuda de una plomada. Para que el edificio quedase bien construido, había que ajustar todas las demás piedras con respecto a la piedra angular de fundamento. A veces las piedras angulares de fundamento eran de gran tamaño, y también servían para unir entre sí las diferentes partes de una estructura.

Otra piedra angular importante era la “cabeza del ángulo”. Con esta expresión al parecer se hacía referencia a la piedra más alta y por tanto la que coronaba una estructura. Por medio de ella los dos muros que se juntaban en esa esquina se mantenían unidos en la parte superior, de modo que no se separasen y se derrumbase la estructura.

Con esta aclaración podemos, ahora, ir al contenido y las enseñanzas de los textos.

El texto de Hechos de los apóstoles nos presenta un discurso de Pedro ante las autoridades judías, después de que él y Juan fueran encarcelados y sometidos a juicio por el hecho y el atrevimiento de haber curado a un paralítico en la puerta del Templo (3,1-11) y por insistir en la resurrección de Cristo. Pedro, confiando en la fuerza del Espíritu que se les había concedido, toma la palabra para anunciar y denunciar: Jesús ha resucitado y ustedes lo desecharon como a una piedra inservible (cf. 4,10-11).

Esa piedra, a pesar de todo, se convierte en piedra fundamental, donde todo el edificio humano, no solo la Iglesia, se mantiene en pie; sin ella nada ni nadie puede permanecer de manera definitiva. La ley sostiene las estructuras institucionales, en cambio, Jesús es principio y fundamento de la vida. Las palabras de Pedro hacen evidente una paradoja: lo que es medular y necesario para un pueblo (piedra angular), es desechado por las autoridades, con el fin de mantener indefinidamente, sobre el pueblo, el peso de la ley y de las normas:

Este mismo Jesús es la piedra que ustedes, los constructores, han desechado y que ahora es la piedra angular. Ninguno otro puede salvarnos, porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos (vv. 11-12).

La otra imagen es la del pastor, distinto a otros pastores: yo soy el buen pastor (Jn 10, 11 y 14). Juan detalla, de manera sencilla, las características que definen a Jesús a través de este símbolo: da la vida, no abandona, conoce a los suyos, se interesa por los que están fuera, por los ajenos y alejados de él, su voz convoca y reúne. A los malos pastores, que en este caso son los fariseos, el evangelista los distinguen de Jesús con tres actitudes: el interés (el salario, vv. 12 y 13), la cobardía y el miedo.

Hay algo más que debemos destacar: Juan no sólo define al pastor, establece también quiénes son las ovejas. La tradición cristiana nos ha enseñado que el rebaño de ovejas es el pueblo de Dios, pero el evangelio no se queda sólo en la posibilidad de creer que Dios elige, sin más, a las ovejas; entre el pastor y el rebaño se establece una interacción que supera toda pasividad: ellas conocen al pastor, escuchan su voz y lo siguen. Por otro lado, el redil que marca el límite y la distinción entre el pueblo creyente y el no creyente, se convierte en un espacio de inclusión: Tengo además otras ovejas que no son de este redil y es necesario que las traiga también a ellas. El “redil” permanece, pero se extiende y amplía; es necesario que las ovejas se reúnan en un espacio común en torno al mismo pastor. En estas palabras subyace el alcance universal del evangelio que se debe predicar a todos los hombres y a todos los pueblos.

  • La imagen que habla de nosotros:

La primera carta de Juan (3,1-2), quien en otro momento ha definido a Dios como amor (4,8), nos define como hijos de un Dios que nos ama: Miren cuánto amor nos ha tenido el Padre, pues no sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos.

La paternidad no tiene sentido, no es, si no está en relación con un hijo; de igual modo, no se puede ser hijo si no existe el referente de un padre. La imagen del pastor y las ovejas se fragua en esta relación filial con Dios: hemos sido llamados a ser sus hijos.

Esta carta plantea algo esencial en nuestra vida como seguidores del Señor: Hermanos míos, ahora somos hijos de Dios, pero aún no se manifiesta cómo seremos al final (3,2). A nivel humano, esto es una retrato de nuestro devenir: las mujeres y los hombres vivimos, a diario, una tensión dialéctica y existencial, entre lo que somos y lo que queremos ser. El somos se gesta y aflora en nuestras acciones, nuestras decisiones y nuestras opciones, todas ellas con la doble posibilidad de ser buenas, o malas; el seremos, se construye, poco a poco, en los ideales, las aspiraciones y los proyectos, sabiendo también que pueden ser acertados, o equivocados, dependiendo de cómo vivimos el presente. El futuro de cada persona no es otra cosa que el fruto que se recogerá de lo sembrado en el presente.

  • La enseñanza:

Como primera cosa, debemos descubrir que las imágenes de Jesús, la piedra angular y el pastor, también se extienden a nuestra persona y a nuestra vida:

  • Muchos de nosotros somos, o podemos ser, la piedra fundamental de las realidades a las que pertenecemos y en la que vivimos: de una familia, de una empresa, de la sociedad, de un grupo de amigos o de hermanos, de una escuela, de una comunidad religiosa, de una parroquia, o de una nación.
  • Estamos llamados a mantener en pie nuestra dignidad y a sostener lo que hemos construido juntos. Para nosotros, la piedra angular se convierte en símbolo de responsabilidad y de vida.
  • También somos pastores: de nuestros hijos, de nuestros empleados, de nuestros alumnos, de nuestro cónyuge, de nuestra comunidad a cargo, etc. Depende de nosotros, y de cómo lo asumamos, ser buenos o malos
  • Estamos llamados a convocar, reunir, proteger, cuidar y de abrir nuestros espacios de vida y de convivencia a quien está fuera y necesita pertenecer, ser incluido, rescatado y liberado.

Como segunda cosa, también nosotros debemos dejarnos cuestionar por la denuncia de Pedro, para mirar con claridad de qué lado estamos: ¿de los constructores, o de las piedras?

  • La piedra -dice Pedro- que ustedes, los constructores, han desechado… Los “constructores” son los expertos que deben saber que las buenas piedras no se tiran, pues se pueden convertir en piedras fundamentales.
  • Cuántos de nosotros asumimos que somos expertos (constructores) en política, en moral, en relaciones humanas, en justicia, en educación, en cómo guiar a una comunidad, en economía, en organización, en leyes…, incluso en deportes; en fin, en todo. Y por ello consideramos que tenemos la “autoridad” suficiente para despreciar a los otros, a los que no piensan ni son como nosotros; a los que no coinciden con nuestros parámetros y se convierten en amenaza a nuestras seguridades.
  • Estamos llamados a construir a partir de los criterios del evangelio y no desde los propios criterios: Ningún otro puede salvarnos… (Hch 4, 12).

Por último, la enseñanza se cierra de la siguiente manera:

  • Somos hijos de Dios, y si el mundo no nos reconoce, es porque tampoco lo ha reconocido a él. La pedagogía del evangelio nos ha enseñado que a Dios se le reconoce por medio de nosotros, pues somos sus testigos y somos, además, la morada en la que él habita. Tal vez el mundo ha desechado a Dios de su vida y de su historia porque nosotros no lo hemos considerado como la piedra angular.
  • Sabemos lo que somos, pastores, piedras fundamentales, o constructores; dependiendo de esto, dice al apóstol Juan en su carta, cuando él se manifieste, vamos a ser semejantes a él, porque lo veremos tal cual es (1Jn 3,2).

Bendito el que viene en nombre de Señor… (Sal 117).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

“¿Tienen algo de comer?”

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DOMINGO III DE PASCUA

Nuevamente tenemos tres textos pascuales con los que la Liturgia de la Palabra sigue recuperando y resaltando el acontecimiento de la Resurrección de Cristo: Hch 3,13-15.17-19, 1Jn 2,1-5 y Lc 24,35-48.

Las tres lecturas abordan, desde la mirada de la pascua, un tema común: el perdón de los pecados por Dios Padre a través del Hijo. Con ello, se busca destacar que la muerte en la cruz fue un acontecimiento doloroso, padecido por Cristo, y ofrecido como sacrificio para la salvación de todos, pero que es superado por medio de un gesto bondadoso del Padre: la resurrección del Hijo. Creer que Jesús resucitó, es garantía de que Dios perdona nuestras faltas, porque él se ofreció como víctima de expiación por nuestros pecados, y no sólo por los nuestros, sino por los del mundo entero (1Jn 2,2).

¿Quién es el Dios que perdona? Nos lo dice claramente Lucas en el texto de Hechos de los apóstoles (Primera lectura): El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, (3,13); es decir, el Dios de todos los hombres, de todos los pueblos, de todos los tiempos y de las religiones que lo confiesan como el único y verdadero Dios (Abraham es el padre biológico/teológico de judíos, cristianos y musulmanes). Es el Dios de nuestros padres, y esta afirmación –de nuestros padres- expresa una vivencia: somos una familia, todos somos hermanos, Jesús el primero (Rm 8,29).

Pedro, tomando la palabra, lanza una denuncia: a Jesús, el siervo de Dios, aun siendo hermano, lo hemos entregado a Pilato (cf. 1Jn 2,13), lo hemos rechazado y en ello nos desentendemos del Padre, lo negamos y lo desconocemos… Lo desconocemos porque desconocemos al prójimo, porque nuestra vida, tal vez, no está impregnada ni se rige por el mandamiento del amor, y el amor, como bien lo define Juan, es la única experiencia, humana y divina a la vez, por la que podemos reconocer a Dios: Dios es amor (1Jn 4,8); es el motor y la energía que dinamiza nuestras relaciones con el hermano y es, además, la actitud que define a un creyente: en esto conocerán que son discípulos míos, en que se aman los unos a los otros (Jn 13,35). Esto nos permite entender lo que dice el mismo Juan en su primera carta (segunda lectura):

En esto tenemos una prueba de que conocemos a Dios, en que cumplimos sus mandamientos. El que dice: “yo lo conozco”, pero no cumple sus mandamientos, es un mentiroso y la verdad no está en él. Pero en aquel que cumple su palabra, el amor de Dios ha llegado a su plenitud, y precisamente en esto conocemos que estamos unidos (vv. 3-5).

Es así que Jesús es glorificado por el Dios de nuestros padres (Hch 3,13), porque cumpliendo sus mandamientos, hasta el extremo, el amor en él ha llegado a su plenitud (1Jn 2,5).

¿Qué son los mandamientos?: las normas básicas (10 por lo menos) que un hombre debe observar para ser feliz y vivir en paz con Dios y con su prójimo. Ama a Dios sobre todas las cosas y tu prójimo como a ti mismo (Mt 22,36-40): no lo mates, no le robes, no lo injuries, no cometas actos impuros con su persona, no lo denigres, no lo conviertas en objeto de deseo y discordia, no lo traiciones. Desde esta perspectiva podemos entender que el pecado equivale al no cumplimiento de tales mandamientos; el pecado es una acción que atenta contra Dios y contra la integridad del hermano: respecto de Dios es infidelidad y respecto del hermano es injusticia. La muerte del Hijo en la cruz, además de ser un acto salvífico, es el parámetro que nos marca cómo, en esa muerte, se es infiel a Dios e injusto con los hermanos. Así lo expresó el p. Raniero Cantalamessa en la predicación del Viernes Santo: Jesús agoniza hasta el final del mundo en cada hombre y mujer sometido a sus mismos tormentos. “¡Lo habéis hecho a mí!” (Mt, 25, 40): esta palabra suya, no la ha dicho solo por los que creen en Él; la ha dicho por cada hombre y mujer hambrientos, desnudos, maltratados, encarcelados (abril 3 de 2015). No obstante, el Padre nos perdona a través del Hijo:

Ahora bien, hermanos, yo sé que ustedes han obrado por ignorancia, de la misma manera que sus jefes; pero Dios cumplió así lo que había dicho por boca de los profetas: que su Mesías tenía que padecer. Por lo tanto, arrepiéntanse y conviértanse, para que se les perdonen los pecados (Hch 3,17-19).

Siguiendo esta línea de enseñanzas, el evangelio de Lucas (24,35-48) nos presenta a los discípulos comentando lo sucedido y cómo, poco a poco, comienzan a reconocer a Jesús a través de un gesto muy peculiar en él: partir el pan (24,35). No obstante, sigue habiendo en ellos miedo, dudas, desconfianza y desesperanza. Pero Jesús, nuevamente, irrumpe con el saludo de paz: La paz esté con ustedes (v. 36). El miedo y el desconcierto pesan más que la certeza: sólo ven un fantasma (v. 37). Cuando el amor no ha permeado la vida ni fundamentado la fe, no hay claridad en lo que se cree, en lo que se ve y en lo que se espera. En otra ocasión dijimos que la paz es la confirmación de la presencia viva del resucitado; es la certeza de que los temores deben quedar en el pasado, porque los pecados han sido ya perdonados; cuando hay pecado no hay paz. La paz esté con ustedes… ¿Por qué se espantan? ¿Por qué surgen dudas en su interior? (vv. 36 y 38).

¿Cuáles son las dudas del interior?: la fe en Dios sin los referentes humanos es endeble, pero las relaciones humanas sin la presencia de Dios son estériles. La verdadera fe también surge de la confianza en el hombre; en Jesús confluyen ambas realidades: él es Dios, según el Espíritu, y hombre según la carne (Gal 4,4). Si resulta difícil para los discípulos creer en el Mesías resucitado, entonces hay que acercarles las manos y los pies: Tóquenme y convénzanse (v. 39). Pero como decíamos, a partir de la figura de Tomás, que la fe no nace de los sentidos, Jesús va más allá, a través de ese gesto con el que los discípulos saben, con toda certeza, que es su maestro: sentarse a la mesa (partir el pan). ¿Tienen aquí algo de comer? Le ofrecieron un trozo de pescado asado; él lo tomó y se puso a comer delante de ellos (vv. 41 y 42).

Por último, la conclusión del evangelio confirma el sentido de la muerte y de la resurrección Hijo de Dios respecto a la salvación de todos los hombres y el perdón de los pecados:

Entonces les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras y les dijo: “Está escrito que el Mesías tenía que padecer y había de resucitar de entre los muertos al tercer día, y que en su nombre se había de predicar a todas las naciones, comenzando por Jerusalén, la necesidad de volverse a Dios para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de esto” (vv. 45-48).

¿Quiénes son los testigos? Son aquellos que:

  • Amando al hermano y cumpliendo los mandamientos dan a conocer a Dios.
  • Los que creen sin haber visto.
  • Los que reconocen al Señor en lo cotidiano de la vida: en la mesa, en el abrazo, en el pan.
  • Los que viven en paz y han superado los miedos y las incertidumbres.
  • Los que salen a predicar la necesidad de volverse a Dios…

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

Complemento a las lecturas del domingo II de Pascua.

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COMPLEMENTO TEOLÓGICO A DOS ASPECTO DE LA LITURGIA DE LA PALABRA DEL DOMINGO II DE PASCUA.

  1. El evangelio de Juan (20,19-31).

Un tema que genera controversia, siempre que aparece un texto evangélico que lo contiene (aunque en realidad son tres), es el que ahora encontramos en el evangelio de Juan que la liturgia utiliza para este domingo: a los que perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar (v. 23).

Sólo el evangelio de Mateo, paralelo a este de Juan, lo presenta en dos momentos diferentes: 16,18-19 y 18,18; el primero pertenece a la misión que Jesús encomienda, específicamente, a Pedro como líder de la comunidad, y el segundo, expone la misión de la comunidad respecto del perdón fraterno; existe entre ellos (Mateo y Juan) una diferencia esencial, marcada por los conceptos, o el lenguaje, utilizado:

  • Mateo: atar y desatar.
  • Tanto a Pedro (16,19) como a la comunidad (18,18) les da autoridad para atar y/o desatar.
  • Juan: perdonar y retener, o no perdonar.
  • Es una encomienda dada a los discípulos reunidos después de la resurrección (20,23), incluido Pedro.
  • Antes de dicha encomienda, los discípulos son ungidos con el Espíritu Santo.

Este texto (el de Juan) tiene dos elementos que lo caracterizan de manera particular y que, además, permiten desarrollar una teología diferente, en algunos aspectos, a la que surge del texto ya analizado del evangelio de Mateo. Nos referimos, primero, al contexto pascual en el que está inscrito el texto (después de la resurrección) y, como segunda cosa, a la presencia del Espíritu, que les es donado a los discípulos presentes en el momento de la aparición.

Podemos destacar un tercer elemento que marca una diferencia en la dinámica de ambos textos, (Mt y Jn): mientras que en Mateo hay un mandato de parte de Jesús que recae en la persona de Pedro, en Juna, por el contario, aparece el recurso de las unciones (“reciban el espíritu…”) en función de un envío que recae en el grupo de los discípulos y nos sólo en Pedro, y que marca la continuidad de una misión iniciada en la persona misa de Jesús. En base a estos elementos descubrimos que el texto se integra de tres momentos importantes: 1) envío, 2) unción y 3) misión.

¿Cuál es el sentido de todos estos elementos?:

  1. El envío: <<Como el Padre me envió…>>.

<<La misión de los discípulos es prolongación de la de Jesucristo. Por lo tanto, ellos actúan con su autoridad, “in persona Christi”, por la salvación del mundo, por el perdón de los pecados, adquirido por él (por Jesús) para todos los hombres>>[1]

  1. La unción: <<Reciban el Espíritu>>.

<<Aquello que Mt 18 insinúa hacia el final de su texto (vv. 19-20), para indicar la fuente de la eficacia salvífica de la acción que la iglesia debe cumplir, Juan lo pone al inicio: es de la plenitud del Espíritu de Cristo que surge el poder de perdonar, conferido de inmediato después del envío. /…/ la palabra pneuma sin el artículo sirve para indicar, primariamente, el carácter carismático o espiritual del poder, de la misión, del ministerio que reciben los apóstoles, carácter carismático que es, a su vez, un don del Espíritu de Cristo. Esto significa que el ministerio del perdón instituido por Cristo no es simple o principalmente jurídico y disciplinario, sino un servicio espiritual, cuyo ejercicio debe ser animado interiormente por la docilidad al Espíritu de Cristo>>[2]

  1. La misión: <<A quienes remitan (perdonen…) y a quienes retengan… los pecados>>.

Estas palabras indican la actividad en vista de la cual el Espíritu es conferido a los Apóstoles.

  • “Afiemi” (remitir/perdonar): viene del griego y significa lanzar, arrojar, dejar escapar, absolver, dejar libre, descargar, eximir, liberar de…, etc. Referido al pecado, es uno de los términos técnicos del NT usados para indicar la justificación, el verdadero perdón de los pecados de parte de Dios y el don de la comunión con la vida Divina. Pero nos podemos preguntar si se trata del perdón de los pecados mediante el bautismo…, o si se habla del perdón de los pecados cometidos después del bautismo.
  • “Krateo” (retener): también del griego, esta palabra significa ser fuerte, poderoso, mandar, dominar, dar una orden, apoderarse, coger, vencer, triunfar, etc. Unido al sentido del concepto anterior, estas palabras, etimológicamente, significa “retener”, confirmar, obligar a hacer alguna cosa, puesto que los compromisos bautismales empujan al dinamismo y a la radicalidad en la conducta y en la vida desde la buena nueva. Esto significa que no se reduce a un simple “no perdonar” o “no absolver”, sino a no otorgar (retener) el perdón de las culpas hasta no obtener del pecador un compromiso en vistas a un cambio de vida verdadero y a una enmienda de los pecados cometidos. Esto nos habla de un sentido activo de la reconciliación desde la persona y no desde una determinación externa.[3]

El perdón

Desde la tarde de Pascua, el Resucitado da su Espíritu a sus discípulos, precisamente para el perdón de los pecados: “A quienes les perdonéis los pecados, Dios se los perdonará” (20,22-23). A través de la comunidad de los discípulos va a actualizarse la presencia permanente del Señor; ella será portadora de esta vida nueva. En la última cena (donde Juan no habla de la eucaristía), el gesto del lavatorio de los pies puede indicar igualmente el perdón de los pecados, otorgado por el bautismo y renovado después (13,8-10).[4]

  1. La primera carta de Juan.

A la par del Espíritu, Juan resalta dos características de la condición mesiánica de Jesús: vino al mundo por medio del agua y de la sangre (v. 6). ¿Qué significa?: el agua es el bautismo en el Jordán donde es reconocido como Hijo predilecto (Mt 3,17); la sangre es símbolo de la nueva alianza, sangre que se derrama/ofrece en la cruz para salvación de todos (cf. Mt 26,27). En el v. 7 de la misma carta, Juan añade: Tres son los testigos: el Espíritu, el agua y la sangre, y los tres concuerda. Son los símbolos del mesianismo: la unción, renacer (surgir del agua) y entregar la vida en el cumplimiento de la Voluntad del padre, hasta el final.

Como podemos observar, en los textos de Juan, sea el evangelio o las cartas, el Espíritu es un elemento indispensable, y la razón es sencilla, pero profunda y significativa: la presencia del Espíritu garantiza la continuidad del proyecto a través de la comunidad, que hoy llamamos Iglesia; cada vez que una mujer, o un hombre, es bautizado, es un ungido del mismo modo que los discípulos y queda capacitado para actuar del mismo modo que ellos. Además, en cada bautizado, se hace presente el Señor y se hace eficaz la misión de evangelizar, de ir por el mundo proclamando la Buena Nueva, perdonando, bautizando y haciendo discípulos a todos los hombres que quieran ser seguidores de Cristo.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

[1] Ramos-Regidor, J (1997). El Sacramento de la Penitencia, p. 136.

[2] Id., pp. 136-137.

[3] Cfr. Id., p. 137.

[4] AA.VV. (2000). Itinerario por el Nuevo Testamento, Service Biblique.”Evangile et Vie”, Verbo Divino, Navarra, pp. 113-114.

“Mira mis manos…”

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manos1ABRIL 12/2015

DOMINGO II DE PASCUA, DE LA DIVINA MISERICORDIA.

“Mira mis manos…” (Jn 20,27)

La Liturgia de la Palabra para este día se compone por tres textos del Nuevo Testamento: Hch 4,32-35; 1Jn 5,1-6 y Jn 20,19-31; todos ellos son textos pascuales porque parten, de una u otra manera, de la experiencia del resucitado.

El contexto de la liturgia es la misericordia, pero el tema central, del que surge toda la enseñanza, es el de la fe en el Cristo resucitado: dichosos los que creen sin haber visto… (Jn 20,29); de tal modo, que el evangelio de Juan ocupa el centro de la proclamación, con la persona de Tomás, su proceso como creyente y su profesión de fe. Las dos lecturas epistolares son un complemento y cada una de ellas nos aporta una enseñanza en particular.

  1. El evangelio de Juan (20,19-31).

La estructura del texto contiene varios elementos:

  • Abarca un tiempo de ocho días, que van de la noche de la resurrección (el primero de la semana) hasta la segunda aparición ocho días después, y que encajan perfecto con la celebración la octava de Pascua (vv. 19 y 26).
  • Se pronuncia tres veces el saludo de paz: La paz esté con ustedes (vv. 19, 21 y 26).
  • El don del espíritu y la encomienda de perdonar los pecados (v. 22).
  • La actitud de Tomás y su reacción ante el Señor (vv.27 y 28).
  • La respuesta de Jesús a Tomás, que es para todos nosotros (v. 29).
  • La finalidad de lo que se narra y se escribe en el texto: para qué… (v. 31).

La enseñanza:

Una vez resucitado, Jesús se hace presente (se aparece), porque está vivo (no puede ser de otra manera), a un grupo de discípulos que vive aterrado, con miedo y sin esperanza; llega y saluda diciendo: “La paz esté con ustedes” (v. 19). La paz que ellos ya no tienen, la que han perdido después de lo acontecido, por la fe que se debilita, Jesús la recupera con su presencia, pero sólo se convierte en paz verdadera cuando los discípulos, al ver las manos y el costado, creen: cuando vieron al Señor, se llenaron de alegría (v. 20). No sólo Tomás dudó de que Él había resucitado, también el resto.

Pero Jesús va más allá y reitera: la paz esté con ustedes (v. 21); porque un discípulo suyo es un enviado y tiene que estar en paz consigo mismo para estar en paz con los demás. Por eso, sopla sobre ellos para que reciban el Espíritu Santo (v. 22). El Espíritu es garantía de esa paz, pero es también la fuerza que capacita al hombre para trabajar por el Reino, para perdonar los pecados, o para no perdonarlos. Esta escena es la versión juánica de lo que Lucas narra en el libro de Hechos de los apóstoles sobre Pentecostés.

Después, la figura de Tomás es clave: él no cree porque no ha visto y no ha tocado, como si la fe dependiera de los sentidos. Nuevamente Jesús se hace presente (visible) en medio de ellos, no obstante las puertas cerradas, y saluda por tercera vez: la paz esté con ustedes (v. 26). Allí está Tomás, incrédulo e inseguro, como sus compañeros la vez anterior; también a él, como a los otros, le muestra las manos y el costado para que toque y no siga dudando. Jesús es condescendiente y comprensivo, sabiendo que si a unos les basta con ver para creer, a otros les hace falta tocar; el proceso es distinto, pero al final la confesión de fe es la misma: ¡Señor mío y Dios mío! (v. 28). La respuesta que Jesús da a Tomás, está dirigida también al resto de los discípulos y a todos nosotros: dichosos los que creen sin haber visto (v. 29). Jesús se pronuncia en contra de las idolatrías, de la fe que depende de las imágenes, como la del pueblo hebreo al pie del Sinaí que necesitó de una imagen material para sentirse seguro y “creer” en algo…; creer en Él y en su resurrección depende de una escucha libre de su Palabra y de una fe desnuda. La resurrección no se ve, se cree, y para anunciarla a los demás hay que creerla.

San Juan de la Cruz nos dice que debemos dejarnos invadir por la presencia del Señor, dejarlo entrar en nuestra vida sin condiciones, dudas, o preguntas:

Estése, pues, cerrado sin cuidado y pena, que el que entré a sus discípulos corporalmente, las puertas cerradas, y les dio paz (Jn 20,19-20) sin ellos saber ni pensar que aquello podía ser, ni el cómo podía ser, entrará espiritualmente en el alma, sin que ella sepa ni obre el cómo, teniendo ella las puertas de las potencias, memoria, entendimiento y voluntad, cerradas a todas las aprehensiones, y se las llenará de paz, declinando sobre ella, como el profeta dice, como un río de paz, en que la quitará todos los recelos y sospechas, turbación y tiniebla que le hacían temer que estaba o que iba perdida (Is 48,18). No pierda el cuidado de orar y espere en desnudez y vacío, que no tardará su bien (3S, 3,6).

¿Para qué ha sido narrado el evangelio de esa forma?: para que habiendo escuchado, sin haber tenido que ver, creamos que Jesús es el Mesías, el hijo de Dios, y para que, creyendo, tengamos vida en su nombre (cf. v. 31).

  1. Hechos de los Apóstoles (4,32-35).

Enlazado con la conclusión del evangelio de Juan, el texto de Hechos comienza diciendo: la multitud de los que habían creído (v. 32). Esos que habían creído, después de la Pascua, en el Señor resucitado, sin haber visto, se dan a conocer al resto del pueblo con las siguientes actitudes: pensaban, profesaban y sentían lo mismo (tenían un solo corazón una sola alma, v. 32), poseían en común, nadie tenía necesidades y distribuían sus bienes de manera justa, según lo que cada uno necesitara (vv. 32,34 y 35). Así, los discípulos daban muestras de la resurrección del Señor Jesús (v. 33).

Después de vivir con miedo y encerrados, como narra el evangelio de Juan, la presencia del Cristo vivo los empuja a salir y a dar testimonio de la resurrección trabajando por los demás; para eso les ha dado el Espíritu, para hacer justicia y decir la paz esté con ustedes…

  1. Primera carta de Juan (5,1-6).

Este texto confirma lo que Lucas ha planteado en Hechos de los Apóstoles: Todo el que cree que Jesús es el Mesías, ha nacido de Dios. Todo el que ama a un padre, ama a los hijos de éste. Conocemos que amamos a los hijos de Dios en que amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos, pues el amor de Dios consiste en que cumplamos sus preceptos (vv. 1-3).

Juan siempre presentará esa relación dialéctica ente el amor a Dios y el amor al hermano, de tal modo, que en versículos anteriores lo llevará a afirmar lo siguiente: Si uno dice que ama a Dios mientras odia a su hermano, miente; porque si uno ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Y el mandato que nos dio es que quien ama a Dios ame también a su hermano (4,20-21).

Esto quiere decir que cuando se vive desde la experiencia del resucitado, que ha dado la vida por todos, se vive en función de los demás, de los hijos del Padre. La fe en Jesucristo nos mueve a hacer justicia, como la comunidad primitiva que veía por las necesidades de todos (Hch 5, 35); nuestra fe es la que nos ha dado la victoria sobre el mundo. Porque, ¿quién es el que vence al mundo? Sólo el que cree que Jesús es el Hijo de Dios.

Vencer al mundo significa luchar contra sus estructuras de injusticia y opresión; equivale a decir la paz esté con ustedes, para sacar al hombre de su encierro y ayudarlo a vencer sus miedos. Significa confiar que del Señor resucitado hemos recibido el Espíritu que nos enseña a perdonar y a no perdonar cuando el hermano no está dispuesto a vivir según el evangelio y las exigencias del amor, a corregir, a transformar. Y el Espíritu es el que da testimonio, porque el Espíritu es la verdad (1Jn 5,6). Si se mantienen fieles a mi palabra, serán realmente discípulos míos, conocerán la verdad y la verdad los hará libres (Jn 8,31-32). La resurrección de Jesucristo es símbolo de la verdad y de la libertad en plenitud.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

“No está aquí: ha resucitado…” (Mc 16,6)

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resurrección.ABRIL 5/2015

DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

“No está aquí; ha resucitado…” (Mc 16,6)

La liturgia del Domingo de Resurrección que comienza con la Vigilia Pascual (sábado por la noche), nos abre un panorama, extenso y profundo, en contenidos, gestos y símbolos, que podemos hacer presentes en este orden: la bendición del fuego nuevo y el Cirio, el ingreso de la luz a través de la oscuridad simbólica del templo, en donde profesamos juntos que Cristo es la luz del mundo; el Pregón Pascual, que es el canto, cargado de alegorías, que agradece y alaba la vida y la bondad de Dios. En seguida, la Liturgia de la Palabra, con las siete lecturas del Antiguo Testamento y sus salmos, que nos ofrecen un recorrido, pausado y sustancioso, de la historia de la salvación, iniciando con los relatos de la creación, en donde el hombre es el centro de todo lo creado y el predilecto de Dios (Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza), pasando por la Alianza con Abraham, la liberación de la esclavitud (la Pascua), la renovación de la alianza en el Sinaí, las infidelidades de Israel y el surgimiento de los profetas, como la consciencia del pueblo, con quienes se renueva constantemente la alianza sinaítica y se recupera la libertad; hasta llegar al profeta Ezequiel (séptima lectura) quien nos recuerda una acción novedosa de Dios en la vida de los hombres, para disponerlos en función de lo que está por venir: Les daré un corazón nuevo y les infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de ustedes el corazón de piedra y les daré un corazón de carne (36,26); sólo un corazón nuevo es capaz de recibir la novedad del evangelio.

Sigue, después, el canto de Gloria, que durante la cuaresma permaneció callado, ahora es acompañado por las campanas que anuncian la victoria de la vida sobre la muerte, por las luces que iluminan el recinto y las flores que llenan de viada y alegría el altar. Se proclama el primer texto del Nuevo Testamento, que es la carta de Pablo a los romanos, que nos anuncia: si hemos muerto con Cristo, estamos seguros que también viviremos con él; pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no morirá nunca… (6,9); viene entonces la proclamación solemne del evangelio de Marcos, con la gran noticia: No está aquí; ha resucitado (16,6), y con un mandato fundante para la fe de la comunidad: ¡vayan a decirlo…! (cf. 16,7).

De la Liturgia de la Palabra pasamos a la Liturgia Bautismal, que inicia con las letanías, la bendición del agua y concluye con la renovación de las promesas bautismales, compuesta por las renuncias y por la profesión de fe. Llegamos, finalmente, a la Liturgia Eucarística y a la bendición solemne. El final de esta celebración es un envío hecho a todos los bautizados:

  • Anuncien a todos la alegría del Señor resucitado. Vayan en paz, Aleluya, aleluya.

¿En qué consiste la alegría del Señor resucitado?: no en sólo anunciar, como dice el evangelio de Marcos, que ya no está aquí…, en el sepulcro, entre los muertos. Ahora, por el hecho de saber que ha resucitado, tendremos que gritar: ¡está aquí, y vive entre nosotros!

La Resurrección corrobora una promesa: yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28,20); y ésta permanencia no puede ser si no es estando vivo. La Resurrección tiene que ser anunciada, proclamada, porque es lo que da sentido a la vida de un creyente.

  1. Schilleveecx, aludiendo al texto de Hechos de los apóstoles (2,22-24), dice que la Resurrección es la respuesta que el Padre da al Hijo, es como la recompensa merecida a quien ha cumplido su voluntad.

Así como la Palabra se encarna en el Hijo, la vida también se encarnan y se prefiguran en él (Jn 11, 17-27; 38-44). El proyecto del Padre es un proyecto de vida (los muertos resucitan), porque el Dios de Jesús es un Dios de vivos y no de muertos (Lc 24,5). Por eso mismo, todo lo que se encuentra al paso del Señor tiene que volver a la vida. Ese es el sentido de las curaciones y de los milagros: revitalizar (1Pe 1,3-4).

A partir de ahora, la cruz, como signo de muerte, debe quedar en el olvido; ella es, ciertamente, un signo de redención y de perdón, pero la resurrección es, sin duda, y la salvación en acto. Y si no creemos que Jesús ha resucitado… vana es nuestra fe y nuestra predicación (1Cor 15,14).

La resurrección de Cristo es un absoluto a la libertad, a la justicia, al amor y al perdón; confirma que el hombre es digno, porque es imagen de su creador; y su creador es un Dios de vivos. En ella se confirma el llamado a la existencia y nuestra vocación a la vida; es un compromiso, pues para alcanzarla, para que sea la respuesta del Padre a nuestra entrega, debemos vivir según el evangelio: amando hasta el extremo y buscando, como primera cosa, el reino de Dios y su justicia.

¡Que la alegría del Señor resucitado inunde nuestros corazones!

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

“Cristo, de nuevo crucificado”

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thWP0K5271ABRIL 3/2015

VIERNES SANTO DE LA PASIÓN DEL SEÑOR

¿Qué es lo central en la celebración litúrgica del Viernes Santo? Nos encontramos ante una celebración compleja, a veces densa, que consta de tres partes esenciales: Liturgia de la Palabra (primera parte), Adoración de la Cruz (segunda parte) y Comunión (tercera parte). El Viernes Santo no es sólo para rezar el Via Crucis y adorar la Cruz; es primordial escuchar la Palabra de Dios para entender, desde ella, el sentido de la muerte y el sacrifico de Cristo; para dejarnos cuestionar y ver, con la claridad de la Buena Nueva, los caminos de dolor (los otros viacrucis) que tantos hermanos nuestros padecen a diario, para que los oremos, los caminemos y los llevemos a la plenitud de la Resurrección. Desde la Palabra debemos descubrir que adorar la Cruz no se reduce a besarla con actitud reverente, sino a dejarnos impactar por ella y mirar, con asombro, todas las cruces en las que están clavados los hombres y en las que estamos clavados nosotros mismos. Además, adorarla significa que, probablemente, debamos asumirla como la consecuencia trágica y final que supone el cumplimiento de la Voluntad del Padre.

La Liturgia de la Palabra nos propone tres textos, de lo que podemos obtener las siguientes enseñanzas:

  • Del libro de Isaías (52,13-53,12), que retoma el Cántico del siervo, encontramos algunas imágenes que se convierten en preguntas para la vida:
  • Muchos se horrorizaban al verlo, porque estaba desfigurado su semblante, que no tenía ya aspecto de hombre (52,14): ¿Cuántas situaciones en la vida deshumanizan al hombre, desfiguran su dignidad y de las cuales nos horrorizamos? ¿De cuántas nos hacemos cargo, o de cuántas nos alejamos?
  • No vimos en él ningún aspecto atrayente; despreciado y rechazado por los hombres, varón de dolores, habituado al sufrimiento; como uno del cual se aparta la mirada, despreciado y desestimado (53,2): ¿A cuántos despreciamos, porque no son como nosotros? ¿Cuántas veces apartamos la mirada de la riqueza del corazón del hermano y nos volteamos a ver sólo lo atrayente de otros? Muchos están habituados a sufrir porque así los hemos crucificado.
  • Inicuamente y contra toda justicia se lo llevaron. ¿Quién se preocupó por su suerte? (53,8): ¿Cuántos hermanos nuestros son levantados injustamente, secuestrados, desaparecidos, llevados a la trata y a la explotación? ¿Cuántos son condenados y encarcelados sin proceso y sin defensa? ¿Quién se preocupa por ellos…?
  • De la carta a los hebreos (4,14-16; 5,7-9):
  • Acerquémonos, por lo tanto, con plena confianza al trono de la gracia, para recibir misericordia, hallar la gracia y obtener ayuda en el momento oportuno (4,16): cuando nuestra fe en Dios es verdadera, confiamos en que obtendremos de Él ayuda, gracia y misericordia. Nosotros ¿devolvemos esos dones a los demás dándoles confianza; actuamos con misericordia y ofrecemos ayuda en cualquier momento?
  • A pesar de que era el Hijo, aprendió a obedecer padeciendo (5,8): dos palabras que representan dos actitudes, mismas que en nuestra vida no siempre tienen cabida, obedecer y padecer. Las entendemos como sometimiento, pero no lo son. La obediencia es la capacidad de hacer nuestro y aceptar lo que otro dice, coincidir con él; padecer no es otra cosa que la disposición de caminar, andar un camino que no es el nuestro, sobre todo como fruto de la obediencia. Nosotros, que hemos sido bautizados con el mismo Espíritu de Jesús, ¿estamos dispuestos a obedecer padeciendo?
  • Del evangelio de Juan (18,1-19,42):
  • De esta extensa narración vale la pena rescatar algo que es peculiar en el evangelista Juan: identificar a Jesús por medio de los diferentes “yo soy”, que aquí se hacen presentes, por ejemplo, en el momento en que Jesús es apresado y en el diálogo con Pilato (al menos de manera implícita).
  • Tenemos un precedente en el mismo evangelio: Yo soy el camino, la verdad y la vida (Jn 14, 6), que se conecta con lo que Jesús dice a Pilato y la respuesta de éste: “Yo nací y vine al mundo para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz”. Pilato le dijo: “¿Y qué es la verdad?” (18,37-38).
  • Es una pregunta que nosotros debemos contestar: ¿Qué verdad nos revelan la Cruz y la muerte de Jesús?

Cruz no es ya sólo una palabra o un objeto, es una realidad. Pueblos crucificados – dice Jon Sobrino- es un lenguaje útil y necesario para hablar de la realidad, porque cruz significa muerte, y muerte es aquello a lo que están sometidos de mil maneras pueblos, mujeres, hombres, niños, ancianos, enfermos, migrantes, pobres…

La Cruz de Cristo significó muerte, pero fue superada por la vida a través de la Resurrección, que abre, para todos, las puertas de la esperanza. De tal modo que, como dice el mismo J. Sobrino, la esperanza cristiana no es el optimismo que espera más allá de la muerte, más allá de la injusticia y la opresión, sino que es la esperanza contra la muerte, contra la injusticia y la opresión.

Quedarse en la cruz, adorándola sin más, nos pone ante el riesgo de olvidar la esperanza. Pero la esperanza cristiana, que se sobrepone a la cruz, es una rebelión contra todas las formas de muerte.

¿Qué es lo central en la celebración del Viernes Santo?: que se puede morir obedeciendo y esperando el cumplimiento de una promesa:

Cuando entregue su vida como expiación, verá a sus descendientes, prolongará sus años y por medio de él prosperarán los designios del Señor. Por las fatigas de su alma, verá la luz y se saciará; con sus sufrimientos justificará mi siervo a muchos, cargando con los crímenes de ellos (Is 53,10-11).

El Viernes Santo no es para tener, de nuevo, a Cristo crucificado, sino para hacernos conscientes de cómo seguimos crucificando a Cristo en el hermano, en su sufrimiento, en su soledad…, o en nuestro pecado.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.