¿En qué Dios creemos…?

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Foco-a19534497MAYO 31/2015

TIEMPO ORDINARIO: La Santísima Trinidad

Una vez terminado el tiempo de Pascua nos reencontramos con el tiempo ordinario, en la segunda etapa, que es la más larga, ya que terminará con el inicio del Adviento el 29 de noviembre. Abrimos con un domingo de solemnidad dedicado a la Santísima Trinidad, en la que se conjunta toda la experiencia pascual, culminada en Pentecostés, que ha retomado lo propio de cada una de las personas: el Padre que entrega a su Hijo por amor y nos ofrece la salvación a través de él; el Hijo que vive cumpliendo la Voluntad del Padre, hasta el extremo de la muerte en cruz, de quien recibimos el mandato del amor, como forma de vida y la promesa del Espíritu, y éste, viniendo del Padre y del Hijo, nos transforma con su fuego y hace morada en nuestros corazones.

La Liturgia de la Palabra para este día se compone de tres textos que integran un panorama trinitario, recuperando la figura y la centralidad del Dios creador y liberador en el Antiguo Testamento (Dt 4,32-34.39-40), la presencia del Espíritu en la vida del creyente y en el testimonio de fe en una sintonía trinitaria (Rm 8,14-17) y la misión de los seguidores de Jesús, fundamentada en la estructura y la experiencia bautismal en nombre del Dios trino (Mt 28,16-20).

El texto del Deuteronomio, por medio de Moisés, plantea una serie de preguntas con las que busca recuperar la conciencia del Pueblo respecto del Dios en el que cree; preguntas que hoy podríamos sintetizar en una, dirigida a nosotros: ¿en qué Dios creemos? No es aventurado adelantar las posibles respuestas: “en un Dios bueno”, “en un Dios que hace justicia”, “en el único Dios”, “en un Dios que está cerca y me escucha”, “en un Dios que me da todo”, “un Dios que es como un amigo…”; aunque también están las respuestas que denotan decepción: “un Dios injusto”, “un Dios lejano”, “un Dios que no escucha y se olvida de nosotros”, “un Dios que permite el mal”, “un Dios que favorece a unos cuantos”, “¿dónde está Dios?”, etc. Cada una de estas respuestas, y muchas otras que pudiera haber, surgen de los presupuestos humanos y de las necesidades cotidianas de la vida, pero, de manera particular, del deseo, o la negación, de Dios.

¿En qué Dios creemos?…, más que dar una respuesta, la que sea, estamos invitados a escudriñar nuestra experiencia, a pronunciar el nombre de Dios como profesión de fe y a decir que creemos porque  ha sido  Él quien ha venido a buscarnos. ¿Hubo algún dios que haya ido a buscarse un pueblo en medio de oro pueblo…? (Dt 4,34); nos ha elegido como suyos y nos ha enamorado.

Ese mismo Dios ha permitido que su Espíritu nos guíe y nos cualifique como hijos suyos, para que lo reconozcamos como Padre; además, es el mismo Espíritu que ha actuado a tevés de Cristo, de tal  modo que, al ser la misma inspiración, nos convertimos en coherederos y en hijos libres. Los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios… (Rm, 8,14).

Por último, creer en este Dios que es uno y tres a la vez, requiere de nosotros cambios y renuncias; desalojar nuestra mente, nuestro corazón y nuestros pensamientos de todo aquello que no nos permite ver con claridad su rostro, que nos confunde y ofusca nuestra experiencia. Por eso, la indicación hecha a los discípulos es también para nosotros: salir de la ciudad (Jerusalén), de las tradiciones, del cumplimiento de la ley sin sentido e ir a Galilea, a las periferias, a las afueras de las seguridades y subir al monte, alejarse de lo cotidiano, buscar las alturas donde se encuentra Dios (Mt 28,16). Allí, delante del Hijo, recibiremos la misión: enseñar y hacer discípulos en nombre del Dios que es Padre, Hijo y Espíritu (Mt 28,19); con la certeza que conlleva una promesa de amor: Yo estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo (Mt 28,20).

El cuento que en seguida comparto es una propuesta muy sencilla, que nos invita desinstalarnos de nuestras teorías e ir a encontrarnos con ese Dios cercano y bondadoso en lo cotidiano:

El pequeño Oscar se acercó a su mamá para decirle: “En el catecismo me dijeron que Dios es uno y tres al mismo tiempo, pero no puedo entenderlo, ¿podrías ayudarme?”. Su mamá se quedó pensativa. Mientras buscaba cómo responder a su hijo, llegó Don Teo, el padre de familia. Oscar y su mamá lo saludaron y le dijeron lo que estaban tratando de entender. Él se unió al grupo y juntos trataron de comprender de manera sencilla el dogma de la Santísima Trinidad, pero no era nada fácil. La luz del sol fue disminuyendo.

Don Teo encendió una lámpara para iluminar la sala. De pronto, uno de los focos se fundió y él fue de inmediato a buscar uno nuevo. Mientras tanto, seguía pensando en cómo explicar el dogma de la Trinidad. Justo cuando regresaba a la sala, le vino una idea. “¡Ya lo tengo! ¡Ya sé cómo ayudar al niño para que comprenda la Trinidad!”. Luego se acercó a Oscar y le preguntó: “¿Qué tengo en mi mano?”. El pequeño le contestó: “Un foco”. El padre movió la cabeza en señal de afirmación. Luego le pidió al pequeño que no perdiera de vista el foco. Lo colocó en el lugar del que se había fundido y después, como si fuera el presentador de un teatro, gritó: “¡Tenemos un foco!”.

La mamá y el niño se miraron mutuamente porque no comprendían lo que estaba sucediendo. Mientras tanto, Don Teo caminó hacia el interruptor de luz y encendió el foco. Luego pidió aplausos. Oscar pensó que su papá se había vuelto loco y le dijo: “Estábamos hablando de la Trinidad y tú te pones a hablar de focos, ¿Qué relación hay entre este foco y la Trinidad? Don Teo cargó en sus brazos al niño y le pidió que pusiera su pequeña mano cerca del foco encendido para que sintiera su calor. Después le dijo: “No soy muy bueno para explicar el catecismo, pero creo que el foco me podrá ayudar. Tenemos un solo Dios en tres personas distintas. Es algo así como este foco, que es uno, pero al mismo tiempo es fuente de luz y de calor”. Oscar le pidió que fuera más claro. 

Don Teo le dijo: “Dios Padre es como el foco que origina la luz y el calor. Dios Hijo es como la luz que surge del foco. Es distinta al foco, pero llega a todos los rincones”. Oscar entendió que el Hijo de Dios es como la luz del Padre que se da a conocer al mundo. Don Teo continuó: “Con tu mano sentiste el calor que surge del foco. El calor tampoco es el foco, ni su luz. Es algo distinto que surge del foco y de la luz. El calor es como el Espíritu Santo que procede de Dios Padre y de Dios Hijo”.

Oscar se quedó un poco pensativo, pero luego dijo: “el foco no es la luz ni el calor. La luz no es el foco ni el calor. El calor no es el foco ni la luz. Son tres cosas distintas, pero al mismo tiempo están unidas”. El niño y la mamá se quedaron con la boca abierta por la explicación de Don Teo y tuvieron que reconocer que se había esforzado por ayudarles a comprender. Entonces los dos juntos aplaudieron y le dijeron: “¡Ahora sí que se te prendió el foco!” (http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=0&a=56).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

“Reciban el Espíritu…”

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RAZONES Y REFLEXIONES

pentecosteMAYO 24/2015

DOMINGO DE PENTECOSTÉS

“Reciban el Espíritu…”

Estamos cerrando el tiempo de Pascua y la cincuentena pascual llega a su fin con la fiesta de Pentecostés. Por eso, la Liturgia de la Palabra centra toda su atención en tal acontecimiento y nos ofrece tres textos alusivos: la primera lectura de Hechos de los apóstoles (2,1-11), la segunda lectura de la primera carta de Pablo a los corintios (23,3-7.12-13) y el evangelio de Juan (20,19-23); además, la liturgia se complementa con la Secuencia, himno poético del siglo XI, que resalta los dones del Espíritu.

Sabemos que la irrupción del Espíritu en la comunidad apostólica, antes de ser un acontecimiento, es una promesa hecha por Jesús a los suyos; así lo encontramos en varios pasajes de los evangelios, particularmente en Juan: Si me aman, cumplirán mis mandamientos; y yo pediré al Padre que les envíe otro Defensor que esté siempre con…

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Los siete dones, una inteligencia espiritual

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RAZONES Y REFLEXIONES

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PENTECOSTÉS: LOS SIETE DONES, UNA INTELIGENCIA ESPIRITUAL.

Estamos a unos cuantos días de terminar el tiempo litúrgico de la Cincuentena Pascual, que culminará el próximo domingo 24 de mayo con la solemnidad de Pentecostés. Son días que bien nos pueden servir para adentrarnos en el significado de los siete dones del Espíritu, haciendo una reflexión y descubrir en ellos, criterios de vida y de compromiso para los bautizados.

Mucho hablamos de los Siete Dones, pero poco sabemos de su origen bíblico y de su historia; pareciera que son parte de un catálogo que alguien, en nombre de Dios, nos ofrece para nuestro bienestar espiritual. Influye en esto nuestro concepto de “don”, que entendemos de muchos modos: un regalo, una donación, algo a elegir, o, incluso, lo que se puede cambiar por otra cosa; los concebimos desde una determinada idea de “gratuidad”: la del mercado moderno, que nos ofrece “más…

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Los siete dones, una inteligencia espiritual

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45-pentecostes-2009-120-x-85-cmMAYO/2015

PENTECOSTÉS: LOS SIETE DONES, UNA INTELIGENCIA ESPIRITUAL.

Estamos a unos cuantos días de terminar el tiempo litúrgico de la Cincuentena Pascual, que culminará el próximo domingo 24 de mayo con la solemnidad de Pentecostés. Son días que bien nos pueden servir para adentrarnos en el significado de los siete dones del Espíritu, haciendo una reflexión y descubrir en ellos, criterios de vida y de compromiso para los bautizados.

Mucho hablamos de los Siete Dones, pero poco sabemos de su origen bíblico y de su historia; pareciera que son parte de un catálogo que alguien, en nombre de Dios, nos ofrece para nuestro bienestar espiritual. Influye en esto nuestro concepto de “don”, que entendemos de muchos modos: un regalo, una donación, algo a elegir, o, incluso, lo que se puede cambiar por otra cosa; los concebimos desde una determinada idea de “gratuidad”: la del mercado moderno, que nos ofrece “más por el mismo precio”, “lo mismo, pero más barato”, “lleve dos y pague uno”, “en la compra de…, recibirá gratis…”, “si no le ofrecen una recarga, su compra es gratis”, etc.

La Gracia, que es la gratuidad de Dios, no entra en esta concepción de “lo gratis”, sino en una experiencia que va más allá del intercambio: es la presencia gratuita, sin condiciones, de Dios en el hombre y que se culmina con la gratuita disponibilidad de la persona, con la actitud agradecida por esa presencia.

Por otro lado, los dones no son un elemento aislado de la reflexión teológica, de la tradición cristiana, o de la piedad popular; son un elemento constitutivo de la condición profética y, por lo mismo, de la imagen mesiánica. Se reciben, se imprimen, en la persona elegida por medio de la unción; con ellos queda marcado el carácter, definitivo e imborrable, de un profeta.

La fuente bíblica de los dones es un texto mesiánico del Antiguo Testamento, tomado del libro del profeta Isaías (11,1-2):

Saldrá un renuevo del tronco de Jesé, un tallo brotará de sus raíces. Reposará sobre él el Espíritu de Yahvé: espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de ciencia y de piedad. Y lo llenará el espíritu de temor de Dios.

De aquí los siete dones: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Cada uno ejerce una acción en la vida del creyente que ha sido ungido; la unción, nuestro caso, corresponde al sacramento bautismal. Pero… ¿cuál es esa acción y qué significado tiene para nosotros?:

  1. Sabiduría: la capacidad de descubrir el sentido profundo de la vida y de las cosas que nos rodean; saber lo que decimos y tomar decisiones acertadas con lo que sabemos. No se trata de “saber más” sino de utilizar para bien, el propio y el de los demás, lo que sabemos.
  2. Inteligencia: observar, entender lo que sucede, no olvidar y dar a cada cosa el lugar que le corresponde. Razonar lo que decimos y pensamos; distinguir y seleccionar lo que nos conviene. Una persona inteligente es asertiva, objetiva y precisa.
  3. Consejo: tener la capacidad y la voluntad de escuchar, de dialogar, de decidir juntos, de consensar; también de alentar, orientar, decir algo al otro.
  4. Fortaleza: permanecer, mantenerse firme, dar la vida.
  5. Ciencia: distinguir, conocer, fundamentar; no quedarse en la mediocridad ni en lo convencional de las ideas o las costumbres. Implica ir más allá.
  6. Piedad: compasión por los demás, respeto por ellos y por Dios. Es la expresión de la actitud religiosa convencida y madura, que supera el “pietismo”.
  7. Temor de Dios: no es miedo a Dios, sino decidir serle fiel, sabiendo, temiendo, que la infidelidad es ausencia, lejanía, olvido, llanto y desesperación.

Los dones se reciben juntos y se viven así, porque están en función del cumplimiento de la voluntad de Dios y del discernimiento de los signos de los tiempos. Los dones, juntos, no son realidades ajenas a la condición humana, la abarcan en su totalidad; cada uno corresponde a un aspecto de la naturaleza del hombre, que a lo largo de su vida desarrolla y potencia; por eso se le ha definido como homo sapiens, homo ludens, homo faber, homo loquens, homo potens… (Inteligente, lúdico, creativo, que habla y se comunica, fuerte, sabio…). El Espíritu (la ruah) es la fuerza que transforma esa condición humana, la penetra y la consagra; la pone en función del mensaje de Dios. Son dones que ya poseemos, el Espíritu los plenifica, de tal modo, que el hombre se abre a la realidad y la transforma.

Podríamos decir, tal vez, que la presencia del Espíritu en la vida de una persona, con sus dones y carismas, es la Inteligencia Espiritual de la que habla Francesc Torralba: Es una modalidad de inteligencia que también se denomina existencial o trascendente. Completa el mapa de las inteligencias múltiples que desarrolló, hace más de dos decenios, Howard Gardner. Nos referimos a una inteligencia que nos faculta para preguntar por el sentido de la existencia, para tomar distancia de la realidad, para elaborar proyectos de vida, para trascender la materialidad, para interpretar símbolos y comprender sabidurías de vida. El ser humano es capaz de un conjunto de actividades que se no explican sin referirse a este tipo de inteligencia. Es especialmente cultivada en los grandes maestros espirituales, en los filósofos y artistas, también en los creadores.

“A cada uno se le ha dado una manifestación particular del Espíritu con vistas a la utilidad común” (1Cor 12,7). Todo cristiano es un “carismático”, si reconoce y acoge el don de Dios; la fantasía del Espíritu es inagotable y su obra es incansable. Ningún bautizado tiene derecho al desempleo, ya que cada uno por su parte está dotado de carismas que ha de vivir en el servicio y en la comunión… (Bruno Forte).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

“Reciban el Espíritu…”

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pentecosteMAYO 24/2015

DOMINGO DE PENTECOSTÉS

“Reciban el Espíritu…”

Estamos cerrando el tiempo de Pascua y la cincuentena pascual llega a su fin con la fiesta de Pentecostés. Por eso, la Liturgia de la Palabra centra toda su atención en tal acontecimiento y nos ofrece tres textos alusivos: la primera lectura de Hechos de los apóstoles (2,1-11), la segunda lectura de la primera carta de Pablo a los corintios (23,3-7.12-13) y el evangelio de Juan (20,19-23); además, la liturgia se complementa con la Secuencia, himno poético del siglo XI, que resalta los dones del Espíritu.

Sabemos que la irrupción del Espíritu en la comunidad apostólica, antes de ser un acontecimiento, es una promesa hecha por Jesús a los suyos; así lo encontramos en varios pasajes de los evangelios, particularmente en Juan: Si me aman, cumplirán mis mandamientos; y yo pediré al Padre que les envíe otro Defensor que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la verdad… (14,15-17). Pero esto no indica que sólo a partir de dicha promesa el Espíritu se haya hecho presente, él siempre ha estado; es la presencia constante de Dios en la historia humana.

Lo encontramos desde el principio, cuando la tierra no tenía forma y las tinieblas cubrían el abismo, el soplo creador de Yahvé, el Espíritu, aleteaba sobre el caos (Gn 1, 2). Luego en los patriarcas, en Moisés, en los ancianos y en Josué, que acompañan el caminar del pueblo hebreo hasta llegar a la tierra prometida. Ya establecidos, Yahvé dará su Espíritu a los jueces para que guíen a su pueblo, después a los reyes, que son ungidos con el mismo Espíritu para gobernar al pueblo elegido; enseguida a los profetas, que se convertirán en los portavoces de Dios, hombres del Espíritu que lucharán por rescatar a Israel de sus infidelidades y renovar, constantemente, la Alianza con Yahvé. Finalmente, Jesús. A través del él, el Espíritu sigue un proceso muy peculiar: inicia cuando se hace presente en María, quien es ungida para ser madre del Emanuel y engendrar, así, al Hijo de Dios; una vez que Jesús llega a la madurez de los elegidos, es bautizado en el Jordán y el Espíritu baja sobre él, indicando que es el Hijo predilecto. EL mismo Espíritu lo conduce al desierto y lo sostiene en la prueba, lo guía de vuelta al pueblo y en la Sinagoga de Nazaret, un texto del profeta Isaías, confirma que él es el Mesías, el elegido: el Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la Buena Nueva… (Lc 4, 18). El proyecto planteado en ese texto se va cumpliendo a cabalidad a lo largo de su vida pública, siempre acompañado del Espíritu de Yahvé: curar enfermos, dar la vista a los ciegos, liberar a los cautivos por el pecado y la opresión, resucitar a los muertos…, en fin, transformar y redignificar la condición del hombre. En el último momento de su vida, cuando crucificado pone todo en manos del Padre, expira; es decir, deja salir al Espíritu para entregarlo a sus seguidores. Es necesario que yo me vaya (Jn 16,7), para que el Espíritu venga. Así es como se gesta el acontecimiento de Pentecostés, dando lugar a una nueva etapa: el tiempo de la Iglesia.

  • La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”. Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo”… (Jn 20,22-23).
  • Entonces aparecieron lenguas de fuego, que se distribuyeron y se posaron sobre ellos; se llenaron del Espíritu Santo y empezaron a hablar en otros idiomas, según el Espíritu los inducía a expresarse (Hch 2, 3-4).

Como podemos ver, el Espíritu es una fuerza transformadora que mueve y recrea, está en función del envío y del anuncio; de hecho, quien lo recibe no puede permanecer callado y sin hacer nada, pues ha sido elegido para ir y proclamar.

Pentecostés, tomando en cuenta que es un momento de envío, es un acontecimiento profético y universal a la vez. Es profético porque los discípulos, por la fuerza del Espíritu que los acaba de ungir, pueden hablar del Reino en cualquier lengua y lograr que el mensaje llegue a todos; es universal porque allí se encontraba gente venida de todo el mundo (Hch 2,4-5).

El Espíritu, con sus dones y carismas, no se recibe como un don para quedárselo, o como una bendición para ser distinguido; se recibe, sobre todo, para ser enviado, para actuar, para unificar, para dar testimonio, para tener la fuerza necesaria en la lucha contra las adversidades de la vida, de la historia y del sin sentido. Se recibe para el bien común.

La carta de Pablo a los corintios (23,3-7.12-13) expresa, de manera clara y contundente, lo que para nosotros significa hoy este acontecimiento, en función de la misión que también se nos ha encomendado:

Hermanos: Nadie puede llamar a Jesús “Señor”, si no es bajo la acción del Espíritu Santo.

Hay diferentes dones, pero el Espíritu es el mismo. Hay diferentes servicios, pero el Señor es el mismo. Hay diferentes actividades, pero Dios, que hace todo en todos, es el mismo. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común. Porque así como el cuerpo es uno y tiene muchos miembros y todos ellos, a pesar de ser muchos, forman un solo cuerpo, así también es Cristo. Porque todos nosotros, seamos judíos o no judíos, esclavos o libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo, y a todos se nos ha dado a beber del mismo Espíritu.

Mario A. Hernández Durán. Teólogo.

¿Qué haremos sin ti…?

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horizonteMAYO 17/2015

LA ASCENCIÓN DEL SEÑOR

¿Qué haremos sin ti…?

Nos encontramos en el penúltimo domingo del tiempo de Pascua, con la solemnidad de La Ascensión del Señor, antes de la fiesta de Pentecostés. La Liturgia de la Palabra centra, obviamente, la atención en este acontecimiento que forma parte del misterio de la resurrección del Señor; los textos son todos del Nuevo Testamento: Hch 1,1-11; Ef 4,1-13 y Mc 16,15-20.

Podríamos decir que la palabra ascensión es fácil de definir (subir, ascender), pero difícil de comprender, sobre todo desde el contexto pascual en el que la presentan los textos bíblicos. Resulta sencillo imaginar y representar, gráficamente, cómo Jesús subió al cielo, pero entender el sentido y la razón de este misterio nos complica la vida…, a tal grado, que hemos preferido quedarnos con la imagen de un Jesús glorioso, resucitado, que sube de manera espectacular al cielo, con la mirada perdida en las alturas y suspendido en el aire… hasta desaparecer de nuestra vista. Insisto, nos quedamos con la imagen, no con la experiencia de la ascensión.

La Ascensión es un hecho que ejerce una doble repercusión: está en función de la resurrección de Cristo y, también, en función de la misión encomendada a los discípulos y a los seguidores del Señor. Desde esta perspectiva podemos hablar de una pedagogía de la no-dependencia ofrecida a nosotros desde la revelación evangélica. Partamos de lo que la vida nos ofrece en lo cotidiano para explicarlo.

Pensemos cuántas veces hemos utilizado la siguiente expresión para hablar de nuestros sentimientos y nuestro estado de ánimo: ¿Qué voy a hacer sin ti? Recurrimos a ella cuando alguien cercano y querido se muere, cuando un hijo se va de la casa, o cuando los padres, por la razón que sea, se ausentan del hogar; lo decimos cuando se rompen las relaciones de pareja (novios o esposos), cuando un compañero de trabajo deja el puesto, o cuando alguien importante marcaba la diferencia en un grupo de amigos, en una comunidad, o en un proyecto, y decide irse… Es una expresión muy humana y comprensible, porque estamos hechos para vivir con otro; no obstante, subyace en ella un factor de dependencia (o codependencia)… afectiva, económica, laboral, etc. y que, a veces, impide que la persona crezca, madure y se haga independiente. Hay, ciertamente, tiempos para vivir con y desde el otro, pero llega el momento (debe llegar) de cortar el cordón umbilical para surgir, libres, a la vida fuera de “los vientres maternos”. Hagamos una aclaración pertinente: una cosa es emprender el camino cuando se debe (porque hay que irse), y otra muy distinta, interrumpir el caminar que habíamos decidido hacer, sobre todo con alguien más, por aburrimiento, por decepción, por malas decisiones, por irresponsabilidad, por apatía… y que repercute negativamente en el amigo, en el cónyuge, en el hijo, en los padres… ¿Por qué te vas?

Esto por un lado. Por otro, la ascensión, que es un subir a…, nos ayuda a entender un aspecto que olvidamos tomar en cuenta cuando las ausencias nos angustian, a tal grado, que sólo vemos nuestro pesar: ¡qué voy a hacer si ti!

¿Qué es eso que no vemos?: cuando una persona se va, aun si muriera, no desaparece de nuestra vida, simple y sencillamente, ocupa otro lugar, se mueve hacia algo mejor. Por alguna razón usamos la palabra ascender para indicar que alguien fue promovido en el trabajo, que alcanzó un mejor puesto, que sus éxitos lo han llevado más arriba, que ha decidido cambiar su estado de vida, etc. La ascensión, vista de esta manera, es un reconocimiento, pero también una responsabilidad que repercute y beneficia a los demás. Hagamos otra aclaración pertinente: una cosa es el ascenso entendido y asumido como oportunidad y como servicio, y otra muy distinta cuando alguien se empodera con lo alcanzado por medio de él y, desde allí, somete, domina, oprime y denigra a la persona.

La liturgia de este domingo nos traza un camino muy claro respecto de todo lo anterior:

1. El evangelio (Mc 16,15-20):

  • Antes de partir, Jesús se aparece a los once y les confía una misión: Vayan a todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda criatura (v. 15).
  • Dicho esto, subió al cielo y está sentado a la derecha de Dios (v. 19).

Jesús termina su misión en la tierra, ha formado una comunidad para que viva según sus enseñanzas y para que lleve a todos hombres la Buna Nueva. El tiempo del Hijo termina y es necesario que regrese a la casa del Padre para dar paso al tiempo de los seguidores. Su presencia física puede generar una dependencia, por eso se va; la Nueva Alianza se fundamenta y se vive a través del memorial y en la acción de compartir el pan: hagan esto en memoria mía (1Cor 11,24).

2. El libro de Hechos de los Apóstoles (1,1-11):

  • Lucas ofrece a Teófilo una síntesis de todo lo que Jesús hizo y enseñó (v. 1ss).
  • Nos recuerda que el Señor hizo una promesa a sus discípulos: el envío del Espíritu (vv. 5 y 8)
  • Dicho esto, se fue elevando a la vista de ellos, hasta que una nube lo ocultó a sus ojos (v. 9).
  • Termina con una llamada de atención para que los discípulos pongan los pies sobre la tierra y dejen de preguntarse ¿qué haremos sin ti?: Galileos, ¿qué hacen allí parados, mirando al cielo? (v. 11).

Nuevamente, como en el evangelio, Jesús tiene que irse y dar oportunidad a que se cumplan las promesas: les conviene que yo me vaya. Si no me voy, no vendrá a ustedes el Defensor (el Espíritu), pero si me voy, lo enviaré a ustedes (Jn 16,7). La acción del Espíritu se hace evidente, se encarna, a través del hombre, que se convierte en su morada; este Espíritu está en función de las misiones: la del Hijo ha terminado, pero comienza, como decíamos, la de los seguidores, que ahora serán asistidos y acompañados por él. Para trabajar por el Reino es necesario dejar de mirar al cielo, no depender de las ausencias ni de los ausentes, sino mirar el mundo, adentrarse en la realidad, caminar con el hermano, voltear a ver al desposeído y al olvidado. Ese mismo Jesús que los ha dejado para subir al cielo, volverá como lo han visto alejarse (v. 11). Pero ya ha vuelto, en cada hombre o mujer, niño o anciano, desposeído o enfermo, que encontramos al paso de la vida…, es por eso, insistimos, que hay que dejar de mirar al cielo. Jesús asciende para ocupar otro lugar, el que le corresponde según su condición, y desde allí nos enviará lo que necesitamos. La fiesta de Pentecostés es la confirmación de esa promesa.

3. La carta de Pablo a los Efesios (4,1-13):

  • Pablo hace una exhortación: lleven una vida digna del llamamiento que han recibido (v. 4).
  • En esta línea, dejar de mirar al cielo equivale a ser humildes (poner los pies sobre la tierra), amables, compasivos, a soportarse con amor y a esforzarse por vivir unidos (vv. 2-3). Es decir, vivir en referencia del otro.
  • Además, el apóstol ubica nuestra forma de creer y de vivir, el referente es un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que reina sobre todos, actúa a través de todos y vive en todos (vv. 4-6).
  • El Señor, dice Pablo, subió a las alturas, llevó consigo a los cautivo y dio dones a los hombres (v. 8), la ascensión es la glorificación del Hijo, y en ella nos ha glorificado.

Jesús, el Señor, no está aquí y no dependemos ya de su presencia, por eso cada uno de nosotros ha recibido la gracia en la medida en que Cristo se la ha dado. ¿Para qué?: para que cada uno trabaje por el reino y en favor del hombre.

Él fue quien concedió a unos ser apóstoles; a otros, ser profetas; a otros, ser evangelizadores; a otros, ser pastores y maestros. Y esto, para capacitar a los fieles, a fin de que, desempeñando debidamente su tarea, construya el cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a estar unidos en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, y lleguemos a ser hombres perfectos, que alcancemos en todas sus dimensiones la plenitud de Cristo (vv. 11-13).

La ascensión, decíamos, está en función de la resurrección y de la misión encomendada a los discípulos y a los seguidores. Primero, porque a través de ella se propicia una no-dependencia, en el sentido que es necesario que Cristo se vaya para que los discípulos pongan en práctica, por sí mismos (asistidos por el Espíritu) su misión y su valía de seguidores. Segundo, la ascensión es una consecuencia de la madurez del hombre: sólo quien ha alcanzado la perfección es digno de ser glorificado (ascendido). Por tal motivo, Pablo nos dice que lleguemos a ser hombres perfectos, que alcancemos en todas sus dimensiones la plenitud de Cristo.

¿Qué haremos sin ti?: No lamentarnos de que ya no estás, sino entender que te has ido, a la derecha del Padre, para asumir que vale la pena vivir como tú lo has hecho, hasta el límite de la entrega. Descubrirte en la fracción del pan, como los hombres de Emaús, y regresar, solos, a anunciar que estás vivo. No esperarte mirando al cielo, sino encontrarte en cada hombre que sufre, que llora, que muere…, pero también en el que ríe, en el que goza y en el que ama profundamente.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

“Bendita la luz de tu mirada…”

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DÍA DE LAS MADRES

“Bendita la luz de tu mirada…”

Una canción de Juan Luis Guerra y Maná, muy conocida, repite un estribillo que dice: bendita la luz de tu mirada… Hay, ciertamente, miradas que son benditas, que iluminan y nos permiten ver con claridad el camino de la vida. Así es, sin duda, la mirada materna.

Ellas, las mamás, ven más allá de lo inimaginable; seguramente, cerrando sus ojos, nos imaginaron dentro del vientre. Alcanzan a ver más allá de lo posible y se adelantan a los hechos; pueden narrarnos el pasado y prever nuestro futuro. Su mirada es capaz de adentrarse en el fondo de los sentimientos, del sufrimiento y del gozo; percibe las buenas y las malas intenciones y nos hacen ver lo que nos conviene.

Nos miran con ternura cuando dormimos y con asombro cuando crecemos; mantienen la mirada despierta y alerta esperando nuestro regreso; vigilan nuestros pasos y observan atentas nuestras decisiones.

Cierran los ojos para dejarnos ir, pero nunca perderán de vista el camino que hemos tomado. Contemplan orgullosas nuestra libertad.

La misma canción antes citada comienza diciendo:

Bendito el lugar y el motivo de estar ahí, bendita la coincidencia. Bendito el reloj que nos puso puntual ahí, bendita sea tu presencia. Bendito Dios por encontrarnos en el camino y de quitarme esta soledad de mí destino. 

Son las palabras de un hombre enamorado, pero bien podrían ser las de una madre agradeciendo la presencia de un hijo. Cuando una mujer decide ser madre, decide comenzar un camino en compañía de otro; una historia compartida y entregada, por amor, a dar vida.

El evangelio de este domingo (Jn 15,12-17) nos presenta el amor como ley y la amistad como expresión y práctica de ese amor: Nadie tiene amor más grande a sus amigos que el que da la vida por ellos. La maternidad, además de ser un signo de fecundidad, es una expresión de amor.

Los amigos, desde la amplia visión del evangelio, no se reducen a los “cuates”, o a los “compañeros de ocasión”, sino a todos aquellos que nosotros elegimos como parte de nuestra historia personal y con quienes, a través de una relación amistosa (profunda, respetuosa, entregada, compartida), hacemos factible el amor de unos por otros. La maternidad es la expresión más vívida, plena y contundente de lo que significa dar la vida por ellos.

Feliz día a todas las mamás: Bendita la luz de sus miradas…

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.