¡TALITÁ, KUM!

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dar-manoJUNIO 28/2015

DOMINGO 13 DEL TIMEPO ORDINARIO

¡Talitá, kum!

Para este domingo XIII del tiempo ordinario la Liturgia de la Palabra nos propone los siguientes textos: Sab 1,13-15. 2,23-24; 2Cor 8,7-9.13-15 y Mc 5,21-43. Los temas que afloran para la reflexión giran en torno a la muerte, la vida y la fe.

Quiero comenzar con lo siguiente:

Oculta por una terrible soledad, oscura y fría, una mujer moría sola, desahuciada de cualquier posibilidad de vida, aunque fuera mínima. Yacía en medio del tumulto, ahogada por los gritos, por las voces que no dicen nada, por los pasos que no llevan a ningún sitio y por los ruidos que no dejan escuchar. Alzaba la mirada, tratando de ser vista, pero nadie la distinguía: se confundía entre la tierra de un sepulcro, aún abierto, y la sombra de una muerte que no le tocaba morir.

“¿Morir?” -se preguntaba-, “no veo por qué no morir. Pero así, sin esperanza, sin sentido, sin alivio… ¡no vale la pena vivir!” Sólo mueren los que están vivos, pero si la vida es una posibilidad negada, arrebatada, incierta y ajena, la muerte es indigna, es triste, es una condena…

Un caminar distinto pasó a contraflujo de la gente, tropezó con una mano que se aferró sin fuerza, pálida, desangrada. Él, quien quiera que fuera, desconcertado inclinó su rostro: aspiró el fétido aliento de la muerte, que surgía de una boca olvidada, callada sin poder decir nada; pero había una luz en la mirada, dispuesta a rebelarse contra todo y contra todos, con tal de recuperar lo perdido. Ya no importaba lo que ella fuera, sino lo que podría ser si él la escuchaba.

¡Levántate! Se incorporó con el último grito de dignidad, alzó los brazos y se sintió abrazada, comprendida, recibida por un regazo compasivo y misericordioso, del que parecía brotaba la vida en abundancia; una voz humana, divina…, le dijo “tu fe te ha salvado”. Ella cerró los ojos, agradeció la vida y, poco a poco, se fue en paz, curada y dispuesta a morir sin miedos; se había reencontrado con la verdad…

Dios no hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes. Así inicia el texto del libro de la Sabiduría (1,13). Entonces, podemos preguntarnos: ¿Por qué mueren los hombres si Dios no hizo la muerte? La muerte, como tal, es parte de la vida; es el culmen de un proceso biológico y el inicio de una experiencia distinta e indescriptible. Pero matar, o dejar morir, es la muerte que hace el hombre; la que practica de mil maneras sobre el hermano débil y con la que desprecia la vida y aniquila la dignidad.

Hoy, el evangelio de Marcos pone frente a nosotros a dos mujeres, la hemorroisa y la hija de Jairo; ambas están enfermas y se encuentran en el límite marcado entre la vida y la muerte. Una enfermedad incurable, larga, que ha provocado que la vida sea insoportable e indigna; lo único posible en ellas es morir. Pero hay algo aun peor, si la vida ha sido indigna, su muerte será igual: indigna y terrible.

Esa muerte indigna es consecuencia de la ley, de la incomprensión humana y de la indiferencia. ¿Cuántas mujeres, cuántos hombres, mueren en condiciones infrahumanas por no haber protegido la condición humana de sus vidas? Evidentemente, hay muchas muertes así.

Jairo ser rebela contra las instituciones religiosas que sólo ven en la enfermedad de la niña, de su hija, la muerte como consecuencia del pecado; la mujer se rebela también, contra las tradiciones y las costumbres que ven en su enfermedad una causa de impureza amenazante, para sí misma y para los demás, que la excluye y no le da más esperanzas de vida. Jesús se opone, solidario con esas rebeldías, a las autoridades judías y, de manera particular, a los preceptos que han hecho de la fragilidad humana una causa de condena.

Vete en paz y sana de tu enfermedad (5,34): no le otorga la inmortalidad, le permite vivir tranquila y le da la certeza de que morirá dignamente. ¡Talitá, kum!: él despierta a la niña, porque dejarla dormir significa darse por vencido, ya se murió tu hija. ¿Para qué sigues molestando al maestro? (v. 35). Sabe que ella sólo duerme, no ha muerto (v. 39), porque es capaz de mirar, con la mirada bondadosa del Padre, más allá de lo convencional.

Termino con este pequeño párrafo de una homilía del Beato Oscar Romero, alusiva al evangelio de hoy:

Resucitando… curando

En primer lugar, miremos a Cristo como un poder que da la vida: el evangelio de hoy presentándonos a Cristo frente a la niña muerta, tomándola de la mano y devolviéndola a la vida. O también dándole la salud a una mujer que padecía una enfermedad incurable desde hacía 12 años. Es la imagen más bella del poder de la vida en medio de la muerte y de la enfermedad. Junto a esa niña muerta miremos a tantos jóvenes y tantas jóvenes, a tantos hombres, niños, muertos. El imperio de la muerte se pasea sobre la tierra y, sobre todo, en nuestro país donde la muerte violenta ya casi se hizo aire que respiramos; los hospitales con heridos a consecuencia de las violencias o enfermedades naturales, los cementerios llenándose cada vez más de muerte, pero en medio de todo este marco negro: la luz del poder que da la vida: Jesucristo (Julio 1°/1979).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

 

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STA. TERESA DE JESÚS

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teresaavila1JUNIO 29/2015

TERESA DE JESÚS Y EL APÓSTOL PABLO

Este nuevo espacio estará dedicado al pensamiento y la espiritualidad de Sta. Teresa de Jesús, y existen diferentes motivos para hacerlo: uno, estamos celebrando los 500 años de su nacimiento; dos, la espiritualidad carmelitana no está completa sin ella, quien inició la reforma del Carmelo y un movimiento espiritual fecundo y rico; tres, Teresa, junto con Juan de la Cruz, es una maestra de vida, de fe y humanidad.

En el contexto de la fiesta de S. Pedro y S. Pablo, queremos resaltar cómo Teresa aprovechó un texto de la carta del apóstol Pablo a los Gálatas (2,20) y que sirvió de inspiración y raíz para uno de sus más notables poemas: Muero porque no muero (del cual sólo transcribimos unos cuantos párrafos). La santa tenía una peculiar inclinación y preferencia hacia el pensamiento de Pablo, de hecho, en algunos de sus escritos, particularmente el Libro de la Vida, aparecen repetidamente citas de las cartas paulinas, con las que Teresa se identifica y a través de la cuales expresa y plasma su propio pensamiento, sus intuiciones, sus experiencias místicas y, sobre todo, su relación personal con Cristo, a quien ella suele llamar e identificar como mi Amado.

Texto paulino:

Ahora estoy crucificado con Cristo; yo ya no vivo, pero Cristo vive en mí (Gal 2,19-20).

Textos teresianos:

Libro de la Vida (6,9):

…¿Qué es esto, Señor mío? ¿En tan peligrosa vida hemos de vivir? Que escribiendo esto estoy, y me parece que con vuestro favor y por vuestra misericordia podría decir lo que san Pablo – aunque no con esa perfección – que no vivo yo ya, sino que Voz, Criador mío, vivís en mí…

Muero porque no muero (Poema):

Vivo sin vivir en mí / Y tan alta vida espero / Que muero porque no muero.

Vivo ya fuera de mí / después que muero de amor, / porque vivo en el Señor /que me quiso para Sí. / Cuando el corazón le di /puso en él este letrero: / Que muero porque no muero.

Esta divina prisión / del amor con que yo vivo / hace a mi Dios mi cautivo / y libre mi corazón; / y causa en mi tal pasión ver a Dios mi prisionero, / Que muero porque no muero.

¡Ay, qué larga es esta vida, / qué duros estos destierros, / esta cárcel y estos hierros / en que el alma está metida! / sólo esperar la salida / me causa dolor tan fiero, / Que muero porque no muero.

Vida, ¿qué puedo darle yo darle / a mi Dios que vive en mí, / si no es perderte a ti / para mejor a Él gozarle? / Quiero muriendo alcanzarle, / pues a Él sólo es al que quiero, / Que muero porque no muero.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

“Su nombre será Juan…”

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elbautista-icono-1JUNIO 24/2015.

FIESTA DE LA NATIVIDAD DE JUAN BAUTISTA.

“Dime con quién andas y te diré quién eres…”, dice el dicho popular. La historia de Jesús es una historia de relaciones y, lo peculiar en ellas, es que son insólitas, atrevidas y controvertidas. En una palabra, inusuales en un judío conocedor y observante, o medianamente practicante, de la ley.

Para quienes lo observan desde fuera, como simples espectadores que están al acecho del protagonista, el parámetro, o uno de ellos, para emitir un juicio respecto de él es, justamente, el tipo de relaciones que el nazareno entabla con la gente del pueblo (una mala costumbre que hoy en día no ha cambiado mucho…). De tal modo que nos encontramos con expresiones, incluso despectivas, como estas: es un borracho y un comelón, amigo de publicanos y pecadores (Mt 11,19), ¿No no es este el hijo del carpintero…? (Mt 13,55). Padecían el síndrome de Doña Florinda: “no te juntes con esa chusma…”

La primera relación importante que nos reportan los evangelios y que, de una u otra forma, determina el inicio de la vida pública de Jesús y su predicación, es la que tiene que ver con la figura de un profeta extraño y nada recurrente en esos tiempos: que vive en el desierto y viene de allá, predica la llegada de algo nuevo y exige una conversión radical. No pide nada a cambio para sí, no anuncia calamidades ni inoportuna con amenazas baratas. Sólo pide que enderecen el camino respecto de alguien que marcará un rumbo diferente en la vida de Israel. Estamos hablando de Juan,  el bautista.

La figura de Juan, como la de muchos otros personajes en los evangelios (María, el efímero José, Judas Iscariote, Lázaro, Nicodemo, Pilato, la magdalena, etc.), está en función de Jesús. Es decir, en la lógica de los evangelios no existen imágenes autónomas ni personajes independientes, y la del bautista no es la excepción. Debemos reconocer, no obstante, que posee una personalidad propia, fuerza y atracción, porque es un personaje original, aunque su vocación y su misión están inscritas en el contexto de la predicación del Reino.

¿QUIÉN ES JUAN BAUTISTA Y CUÁL ES SU MISIÓN?

Es el profeta. El primero en aparecer, después de muchos siglos sin la presencia de uno, en la comunidad de Israel. Es “el profeta de fuego”, el de la voz que quema con sus oráculos. Convence, por lo que dice y cómo lo dice. No es como los otros, profetas oportunistas, que han aparecido circunstancial y coyunturalmente anunciando calamidades y amenazando al pueblo; ofreciendo el perdón, con tal de que la gente incauta los llene de dádivas y limosnas destinadas, supuestamente, a calmar la “ira Dios” (sus propias necesidades). Esos son los falsos profetas que siempre han sido una “plaga” para el pueblo; los que no poseen el Espíritu de Yahvé y que hablan por propia cuenta en nombre del altísimo.

Sabemos, con los escasos datos de su vida, que era hijo del sacerdote Zacarías y de una mujer estéril llamada Isabel, ambos “de edad avanzadas” (Lc 1,7). Que el nombre, Juan, fue revelado por el ángel Gabriel a Zacarías y que así tendría que llamarse. El evangelio de Lucas nos dice algo más acerca de él: 1,15-17. Nos habla de la vocación-misión del bautista.

Las únicas fuentes bíblicas que recuperan la persona del bautista son: los evangelios sinópticos y el libro de los Hechos. Pero hay una fuente extra-bíblica: Flavio Josefo (Giuseppe Flavio), en su libro “Antigüedades judías”, lo presenta (lo reconoce) como un maestro de piedad y de virtud, e identifica su actividad bautismal, aunque en la línea de las purificaciones rituales del cuerpo.

Como podremos ver, no existe una biografía de Juan como tal, sólo tenemos a la mano los datos necesarios para conocerlo. Lo que da sentido a este personaje es la misión a la que ha sido llamado y que está en función de la llegada del Mesías. De hecho, los evangelistas presentan la figura del bautista anclada a una antigua profecía de Isaías (40,3): Mt 3,3; Mc 1,2-3; Lc 3,4. Juan es un profeta, es el bautista y es el precursor.

  • Profeta: desde el vientre materno será ungido con el Espíritu de Yahvé (Lc 1,15). Condición necesaria en todo profeta que es enviado por parte de Dios a una misión.
  • Bautista: recorriendo toda la región del río Jordán predicaba un bautismo de arrepentimiento para el perdón de los pecados.
  • Precursor: preparaba al pueblo para la llegada de algo nuevo y grandioso, decía: viene uno con más autoridad que yo… (Lc 3,16).

¿Cuál es, en concreto, su misión?:

La conversión por Juan exigida era algo más de lo que nosotros entendemos como cambio de mentalidad. Era un acto consistente en una puesta en marcha, un nuevo éxodo, un alejarse del pasado vivido sin Dios para encaminarse hacia el inminente reino de Dios. Implicaba un movimiento más amplio que una renovación interior de tipo individual; significaba la apertura ya desde entonces de un espacio en la existencia del pueblo para un mundo nuevo suscitado por Dios. Y esto no admitía demoras, porque “ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles; y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego” (Mt 3,10). La urgencia de la conversión por él planteada distinguía su mensaje respecto de las demás expectativas apocalípticas de la época, que desconocían la fecha exacta de la llegada del tiempo final.[1]

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

[1]COSENZA OP, D., Jesús y Juan el Bautista, en “El profeta de Galilea”.

¿Quién es éste…?

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tempestad12JUNIO 21/2015

DOMINGO 12 DEL TIEMPO ORDINARIO

¿Quién es éste…?

La Liturgia de la Palabra nos ofrece, para este Domingo XII de tiempo ordinario, los siguientes textos: Job 38,1.8-11; 2Cor 5,14-17 y Mc 4,35-41. El mensaje y la enseñanza que de ellos surge se canalizan en tres temas: la fe, el simbolismo de  la creación y la centralidad de Jesucristo.

Nos percataremos de la estrecha relación que existe entre el texto de Job y el evangelio de Marcos, ambos comparten la imagen de la tormenta y el mar enfurecido. El evangelio cierra con una pregunta que busca identificar la verdadera naturaleza de Jesús: ¿quién es éste…?; misma que aparece en Job, aunque, por desgracia, la liturgia de este día ha omitido los versículos 2-7 en donde encontramos, no sólo una pregunta, sino una serie de cuestionamientos que ponen a prueba la fe de Job. He aquí el texto faltante:

¿Quién es ese que pone en duda mi providencia con palabras sin sentido? Si eres hombre, demuestra tu valentía: voy a interrogarte y tú responderás. ¿Dónde estabas cuando cimenté la tierra? Dímelo, si es que sabes tanto. ¿Quién señaló sus dimensiones? –si lo sabes-, ¿o quién le aplicó la cinta de medir? ¿Dónde se apoyan sus cimientos, o quién asentó su piedra angular mientras cantaban a coro las estrellas del amanecer y vitoreaban todos los ángeles? (38,2-7).

Cada pregunta dirigida a Job y a los discípulos, se extiende también a nosotros y pone en alerta, tal vez, nuestro dormido proceso de fe, aletargado en la inmovilidad de una esperanza incompleta…, que se alimenta sólo de las dudas y los miedos, sin dar el paso definitivo y traspasar los límites de lo ordinario. Incompleta, porque sólo ve el mar, su furia y su inmensidad, pero no se atreve a confiar que en el fondo está el Dios creador que lo sobrepasa y lo sostiene.

¿Por qué tenían tanto miedo? ¿Aún no tienen fe? (Mc 4,40), pregunta Jesús. El mar enfurecido se convierte en el monstruo que hace evidentes nuestros miedos y su arrogancia nos hace dudar, aún de lo más cierto: Maestro, ¿no te importa que nos hundamos? (v. 38). Hemos olvidado que todo lo creado, los fenómenos, las cosas y los seres vivos tienen un límite en sí mismos, marcado por su principio y su fin propios. El hombre, en cambio, por naturaleza –aunque finita-, tiene la posibilidad de trascenderlos y la capacidad para no vivir aprisionado en ellos. El mar tiene límites, la esperanza no.

El Señor habló: “Yo le puse límites al mar… Hasta aquí llegarás, no más allá. Aquí se romperá la arrogancia de tus olas” (Job 38,11). La contundencia y la claridad de la revelación no dejan lugar a dudas, ¿por qué tener tanto miedo?, el Dios que nos ha creado es misericordioso. Por eso, el Salmo (106,28-31) canta de la siguiente manera:

Clamaron al Señor en el apuro y Él los libró de sus congojas.

Cambió la tempestad en suave brisa y apaciguó las olas.

Se alegraron al ver el mar tranquilo y el Señor los llevó al puerto anhelado.

Den gracias al Señor por los prodigios que su amor por el hombre ha realizado.

 

Vivimos inmersos en una realidad amenazante, aterrados (tirados por tierra) por las olas de violencia, de corrupción, de pobreza, de egoísmo, de guerra; oleajes incontenibles de homicidios, suicidios y ecocidios… Vemos que la sociedad se corrompe y que la humanidad fenece con ella. Nos aferramos a la barca y gritamos ¡Maestro!, ¿no te importa que nos hundamos? (Mc 4,38).

Nos hemos olvidado que él habita entre nosotros (Jn 1,14), está abordo, en la barca, dormido sobre un cojín (Mc 4,38). Pero este sueño no es igual a la indiferencia humana, es signo de que la paz ha venido a nosotros. El mar tiene límites, la fe no. ¿Aún no tienen fe…? (4,40).

Él se despertó, reprendió al viento y dijo al mar: “¡Cállate, enmudece!” Entonces el viento cesó y sobrevino una gran calma (4,39). Resurge, aquí, la pregunta: ¿Quién es éste, a quien hasta el viento y el mar obedecen? (4,41).

La respuesta es difícil, ya que desde los criterios humanos no se puede dar crédito a lo que se ve. En cambio, la fe, sustentada en los criterios del evangelio, nos permite afirmar con Pablo: por eso nosotros ya no juzgamos a nadie con criterios humanos. Si alguna vez hemos juzgado a Cristo con tales criterios, ahora ya no lo hacemos. El que vive según Cristo es una creatura nueva; para él todo lo viejo ha pasado. Ya todo es nuevo.

“Después de la tormenta viene la calma”, dice el dicho popular (que es una apreciación hecha desde la lógica humana), pero la novedad del evangelio nos invita al discernimiento y reconocer, así, la centralidad de Cristo y su mensaje liberador en nuestra vida y en la historia.

Aprendan el ejemplo de la higuera: cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las hojas, saben que está cerca la primavera (Mt 24,32). La primavera, desde los criterios del evangelio, representa la novedad, lo definitivo: Entonces el viento cesó y sobrevino una gran calma…

Quiero terminar retomando unos versículos del libro del Deuteronomio (30,11-14), que tienen una gran riqueza y una enseñanza clara y accesible:

Porque el precepto que yo te mando hoy no es cosa que te exceda ni inalcanzable; no está en el cielo para que se diga: ¿Quién de nosotros subirá al cielo y nos lo traerá y nos lo proclamará para que lo cumplamos?; ni está más allá del mar, para que se diga: ¿Quién de nosotros cruzará el mar y nos lo traerá y nos lo proclamará para que lo cumplamos? El mandamiento está a tu alcance: en tu corazón y en tu boca. Cúmplelo.

Hermanos: El amor de Cristo nos apremia… (2Cor 5,14).

 Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

“Los pájaros somos nosotros. Ustedes la rama…”

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709217058-nido-de-pajaro-nido-brisa-rama-keniaJUNIO 14/2015

DOMINGO 11 DEL TIEMPO ORDINARIO

La Liturgia de la Palabra nos propone, para este domingo XI, las siguientes lecturas: Ez 17,22-24, 2Cor, 5,6-10 y Mc 4,26-34.

Toda enseñanza bíblica se sustenta en una pedagogía que, invariablemente, parte de la vida, de lo cotidiano, y está revestida de una sencillez tal, que permite al hombre de fe comprender, desde allí, la profundidad y la riqueza de la revelación.

Muchos hombres pierden la fe en Dios, o prefieren no creer en él, porque lo han buscado en lugares donde no está, o, porque tal vez, esperan que el encuentro entre ellos, sea un momento exclusivo y extraordinario…; también, porque no han sido capaces de ver en su interior, o de echar una mirada al entorno, en donde Dios sí está, pasa frente a nosotros y nos sale al encuentro. Probablemente se dirán a sí mismos: ¿un árbol…? ¡Qué puede decirme un árbol de cómo es Dios!

Precisamente hoy, la liturgia, nos habla de Dios, del reino y de la fe, usando tres elementos de la naturaleza y de la vida, cercanos al hombre y su cotidianidad: un árbol, sembrar y cosechar, y una semilla de mostaza. Pero, existe un problema que pude restar sentido a lo que se tata de ilustrar: ¿quién de nosotros ha plantado un árbol para verlo crecer, o sembrado una semilla para cosechar después, o visto la majestuosidad de un árbol de mostaza? Supongo que no muchos… Si es el caso, árboles y semillas pueden resultar ajenos a nosotros y no decirnos nada. No obstante, de algún modo forman parte de nuestra vida: vemos árboles, nos sentamos bajo su sombra, o trepamos por sus ramas; comemos el pan que proviene del trigo, o tortillas del maíz, y utilizamos la mostaza procesada como aderezo en nuestros alimentos. Las experiencias que de allí puedan surgir, ¿qué relación tienen con la Palabra de Dios?… es probable que ninguna.

El evangelio de Marcos nos presenta a Jesús explicando que el Reino de Dios es como un árbol de mostaza, tan grande, que los pájaros anidan en sus ramas y se cobijan con su sombra. La imagen de un nido en un árbol nos es familiar, lo que simboliza desde el evangelio va más allá de lo que vemos.

Pongamos un ejemplo:

En la película De dioses y de hombres, que se basa en la historia de los monjes trapenses del monasterio de Nuestra Señora del Atlas, en la comunidad de Tibhirine (Argelia) -quienes fueron secuestrados y asesinados por grupos terroristas islámicos-, encontramos una escena, propia para nuestra reflexión, a la que se le ha dado el título de pájaros y ramas; en ella encontramos un diálogo entre los monjes del monasterio, Christian, Amédeé y Célestine, y una familia de Tibhirine (un anciano y una joven). La sencillez no carece de profundidad y la enseñanza la encontramos en el siguiente extracto:

  • Christian: ¿Cree que el pueblo necesitará protección del ejército? Porque… un día volverán.
  • Amigo anciano: Ah, no, no me hable del ejército, olvide al ejército, ¡es un desastre! No, el ejército no va a venir. Nos protegen ustedes. Porque este pueblo ha crecido con el monasterio…
  • Amédée: Sí, pero… Puede que nosotros nos marchemos pronto.
  • Amigo anciano: ¿Por qué quieren marcharse?
  • Célestine: Somos como pájaros sobre una rama. No sabemos si nos iremos.
  • Amiga: Los pájaros somos nosotros. Y ustedes la rama. Si se van ya no sabremos dónde posarnos.

A la par del evangelio de Marcos, y en sintonía con esta historia, aparece el texto del profeta Ezequiel para iluminarnos:

Esto dice el Señor Dios: “Yo tomaré un renuevo de la copa de un gran cedro, de su más alta rama cortaré un retoño. Lo plantaré en la cima de un monte excelso y sublime… Echará  ramas, dará fruto y se convertirá en un cedro magnífico. En él anidarán toda clase de pájaros y descansarán al abrigo de sus ramas” (Ez 17,22-23).

No podemos pasarnos la vida contemplando árboles tratando de descubrir en ellos el Reino de Dios. Estamos invitados a romper el límite de lo simbólico y adentrarnos en la dimensión del misterio que encierra, sólo así comprenderemos que nosotros, cada una y cada uno, es la tierra donde Dios ha sembrado los renuevos y las semillas que, luego, se han convertido en árboles que extienden sus ramas para dar cobijo y espigas que dan fruto para alimentar al hombre. ¿Cómo se logra esto?: por medio de la fe.

No basta con que Dios actúe, el Reino necesita de la participación humana. Siguiendo lo propuesto por Marcos, podemos ver que es el hombre, el sembrador, que inicia sembrando la semilla, y es, él mismo, quien debe estar presente al momento de la cosecha (4,26-29); entre un acontecimiento y otro se da un proceso de crecimiento que prefigura dos cosas: una, el proceso de fe de un creyente que ha aceptado la palabra de Dios en su vida y, dos, la fuerza vital que posee la semilla del reino de Dios que va creciendo por etapas y en ascenso al cielo (L. A. Schökel).

Tanto Ezequiel como el evangelio de Marcos nos hacen notar que la lógica de Dios es distinta de la humana: todo comienza a partir de algo insignificante: un retoño, una semilla de trigo y una de mostaza, para resaltar con ello la abundancia de la cosecha final (cf. L. A. Schökel).

Estas imágenes –dice L. A. Schökel- plantean la diferencia entre el reino de Dios y los reinos de este mundo. El reino de Dios basa su poder en lo pequeño, en el amor, en la solidaridad, en la misericordia, etc.; es decir, en las ramas que están dispuestas para dar cobijo y refugio a los pájaros, para alimentarlos y verlos crecer.

  • El árbol que ha crecido de la pequeña semilla es el reino de Dios.
  • El reino de Dios ha crecido porque hay cosecha abundante.
  • La cosecha abundante ha permitido sembrar nuevas semillas.
  • Las nuevas semillas han crecido y han dado futo.
  • Han dado fruto porque se sembraron en tierra fértil.
  • La tierra donde crecen la semilla, la espiga y el árbol es el hombre.

Somos la tierra, Señor, que acoge la semilla de tu Palabra, esperando, sin saber cómo, que germine y se convierta en un gran árbol, donde los hombres hagan su nido y descansen bajo su sombra.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

¿Dónde estás? ¿Quién eres?

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hidden-face_10942_990x742JULIO 7/2015.

DOMINGO X DEL TIEMPO ORDINARIO.

¿Dónde estás? ¿Quién eres?

La Liturgia de la Palabra para este décimo domingo del tiempo ordinario nos ofrece tres textos: Gn 3,9-15; 2Cor 4,13-5,1 y Mc 3,20-35. En conjunto, contienen una propuesta común: preguntarnos en qué está centrada nuestra vida, qué le da sentido y qué es lo que realmente buscamos para ser felices; no está planteado de manera explícita, pero se encuentra subyacente en cada versículo y frase que encontramos.

El libro de Génesis nos narra el conocido pasaje de la desobediencia de Adán y Eva, la segunda carta de Pablo a los corintios es un texto denso, cargado de ideas y contenidos, de donde resaltaremos sólo un elemento sobresaliente; por último, el evangelio de Marcos, que cierra el texto con una enseñanza radical, aplicable a todo creyente.

Más allá de intentar ser fieles al sentido de la Escritura, respetando y partiendo de los contextos propios de cada lectura y acotando nuestra reflexión a lo estrictamente literal, estamos invitados a hacer una relectura actualizada, que puede ser reflejo de nuestras vidas y, además, una oportunidad para plantearnos algunas preguntas respecto a nuestra forma de vivir, incluidas la preguntas contenidas en estos textos: ¿Dónde estás?, ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?

Reflexionemos:

En cada uno de nosotros se anida una serie de deseos ocultos, que permean nuestra vida y, en ocasiones, marcan el ritmo de nuestras acciones. Nos referimos, concretamente, a los deseos de poder, de prestigio, de dominio, de riqueza, de poseer, de reconocimiento, de privilegio, de ser más…; no son otra cosa que las múltiples expresiones del egoísmo y la egolatría. Paradójicamente, son “semillas” y también dan fruto, comparten la misma tierra, y a veces el mismo destino, de las buenas semillas. Vivimos en un mundo que abona y motiva esas realidades, pues las ha convertido en un modo de ser y de vivir, y pareciera que el hombre que las consume es un ser “creado a su imagen y semejanza”, fiel a esos “ideales”…

Adán y Eva no desobedecen a Dios del mismo modo que desobedece un niño, eso es ingenuo; ellos, instigados por el maligno, buscan suplantar a Dios y tomar su puesto: se les abrirán los ojos y serán como dioses (Gn 3,5). Pero no pueden, fracasan en su intento y por eso se esconden. Comieron del fruto prohibido… (3,9); todo lo que se hace pasando por alto una prohibición, se oculta para que no se vea.

Pero ¿qué significa comer del fruto prohibido? Primero, decir que fue una manzana, también es ingenuo. Segundo, el hombre come de lo que siembra, alimenta su corazón y su mente de sus deseos (poder, prestigio, dominio, riqueza, etc.); lo prohibido es todo aquello que no debe hacer, porque lo deshumaniza; pero si eso es lo que siembra es, entonces, lo que cosecha. Por ello, el decálogo, aunque ubicado cronológicamente después de esta narración, es contundente con el actuar del hombre: no tengas otros dioses, no te olvides de tu Dios, no mates, no robes, no mientas, no desees, no quites, no denigres, etc., hacerlo, nos hace infelices.

“¿Dónde estás?”: escondido, porque tengo miedo y estoy desnudo (vv. 9 y 10). ¿Miedo?: de la incertidumbre que genera los frutos que recojo. ¿Desnudo?: porque me he dado cuenta que he sido descubierto, nuestro pecado es evidente y nos delata. A todo esto, se agrega algo aún más triste: la irresponsabilidad. Buscamos justificar nuestros actos y atenuar la propia culpa culpando a otros: La mujer que me diste por compañera me ofreció el fruto del árbol y comí… La serpiente me engañó y comí… (vv. 12 y 13).

Adán y Eva son imagen de la condición humana, frágil y efímera, pero son al mismo tiempo un llamado a la consciencia que nos permita tener claro cuál es nuestro papel en la vida y qué buscamos a través de ella.

¿Qué buscamos?, Pablo nos da la respuesta a través del texto a los corintios: Nosotros no ponemos la mirada en lo que se ve, porque lo que se ve es transitorio y lo que no se ve es eterno (2Cor 4,18).

¿Qué tanto confiamos en lo transitorio? ¿Por qué lo hacemos? Dios nos ha puesto como centro de la creación y nos ha dado esta tierra como morada para ser felices, pero hemos olvidado, al igual que Adán y Eva, que se acaba. Por ello, Pablo insiste diciendo: sabemos que, aunque se desmorone esta morada terrena, que nos sirve de habitación, Dios nos tiene preparada en el cielo una morada eterna, no construida por manos humanas 2Cor 5,1).

Somos el centro de la creación, pero Dios es el centro de la vida, de la historia y la razón de ser del creyente; si miramos sólo lo que nuestros deseos anhelan, no seremos capaces de ver más allá de ellos y entonces, muy probablemente, sentiremos miedo.

Por último, el evangelio de Marcos cierra con una enseñanza que se enlaza con lo anterior: estando Jesús sentado con la multitud, le avisaron que lo buscaban afuera, eran su madre y sus hermano, quienes habían llegado y lo mandaron llamar (Mc 3,31).

Sin menoscabo de la sencillez y la humildad de María y de los hermanos de Jesús (quienes eran tan humanos como cada uno de nosotros), también aquí encontramos un reflejo de la condición humana: nos hacemos notar a través del prestigio ajeno. ¿En qué sentido? Pensemos cuántas veces hemos buscado sobresalir ante los demás dependiendo del éxito y la popularidad de en un líder, de en un político, de en un gobernante, de en un empresario, de en un diputado, de en un hombre millonario, de un jefe, de un amigo; pero también a través de la propia condición social, o de la raza, con la que nos hacemos distintos y distantes de aquellos que nos son de los nuestros. Haciendo uso de un cierto “poder”, y evitando mezclarnos con “los otros”, mandamos avisar con alguien que estamos afuera, confiando que nos reconocerá, nos distinguirá y nos privilegiará… Nos paramos ante la vida desde un status que nos aísla y pone a nuestros pies la tentación de ser como dioses.

Nuevamente los deseos ocultos del poder, del dominio, del éxito, del poseer, del ser más que otros…; la debilidad de sólo poner la mirada en lo que se ve. Entonces, el Señor nos centra con una pegunta y provoca que pongamos los pies sobre la tierra: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?” Luego, mirando a los que estaban sentados a su alrededor, dijo: “Éstos son mi madre y mis hermanos: porque el que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre” (3,33-35). Son los que han descubierto el reino más allá de la persona visible de Jesús, en sus palabras y en sus gestos.

El cumplimiento de la voluntad del Padre cambia nuestra condición de esclavos y extraños, por la de hijos y hermanos. Por este mismo proceso debieron pasar la madre y los hermanos de Jesús, hasta sentirse pertenecientes a la misma familia y al mismo proyecto.

Si permitiéramos que la pregunta de Génesis, ¿dónde estás?,  se volviera a pronunciar… ¿qué responderíamos? Hay dos posibilidades:

  1. “Escondido, afuera, porque tengo miedo de entrar a las exigencias de tus enseñanzas y sentarme junto a los demás; porque estoy desnudo, viéndome tal cual soy”.
  2. “Aquí, junto a ti, mirando más allá de lo visible, descubriendo tu voluntad e intentando ponerla en práctica para que me reconozcas como uno de los tuyos”.

¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?… el que cumple la voluntad de mi Padre, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.