EL PAN DE LA VIDA…

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12820527621926gdAGOSTO 2/2015

DOMINGO 18 DEL TIEMPO ORDINARIO

Los textos de la Liturgia de la Palabra para este domingo XVIII, Ex 16,2-4.12-15; Ef 4,17.20-24 y Jn 6,24-35, mantienen la continuidad en torno al tema del pan, la solidaridad y la justicia con el pobre y el hambriento, y el significado de lo que la tradición evangélica, particularmente en Juan, ha denominado como el pan verdadero y el pan de la vida; temática doctrinal que inició el domingo XVI (19 de julio), donde Jesús apareció como un pastor que se preocupa del pueblo abandonado, y que cerrará con el domingo XXII (30 de agosto), en donde se resaltará cómo la maldad del hombre surge de un corazón alimentado por el pecado.

El domingo anterior (XVII), por medio del acontecimiento de la multiplicación de los panes, un hecho profético, se denunciaron las injusticias en contra del pueblo pobre y hambriento, pero se gestaron, al mismo tiempo, actitudes de solidaridad y fraternidad entre la gente. Quedó claro que para Dios lo primero es el hombre y que el culto, las tradiciones y los preceptos pueden esperar, o ser postergados, cuando hay que atender una necesidad tan urgente como el hambre. Insistimos que el mundo produce lo suficiente para que todos coman…, pero sólo será cierto cuando se haga justicia y se viva desde ella.

No obstante este panorama, lleno de esperanza y de novedad, hoy tendremos que hacer una reflexión de frente a una de las facetas de la miseria humana: la dependencia; que, por demás, genera actitudes como el conformismo, el estancamiento, la inactividad y la improductividad. Junto a ello se cuestionará la fe del pueblo y de los individuos, respecto de lo que Dios hace por ellos.

VER

Ricos y pobres, en la mayoría de los países, constituyen las dos caras de una misma realidad: la injusticia social. El análisis que hacía el CELAM en 1978 planteaba el siguiente panorama:

Al analizar más a fondo tal situación, descubrimos que esta pobreza no es una etapa casual, sino el producto de situaciones y estructuras económicas, sociales y políticas, aunque haya también otras causas de la miseria. Estado interno de nuestros países que encuentran en muchos casos su origen y su apoyo en mecanismo que, por encontrarse impregnados, no de un auténtico humanismo, sino de materialismo, producen a nivel internacional, ricos cada vez más ricos a costa de pobres cada vez más pobres. Esta realidad exige, pues, conversión personal y cambios profundos de las estructuras que respondan a legítimas aspiraciones del pueblo hacia una verdadera justicia social; cambios que, o no se han dado o han sido demasiado lentos en la experiencia de América Latina (Puebla 30).

Los ricos, los poderosos, las formas de gobierno que dominan, las estructuras económicas y políticas, conservando un mínimo de conciencia y con el fin de justificar la situación privilegiada en la que se encuentran, han creado instituciones de beneficencia, fundaciones con fines altruistas, proyectos de apoyo al necesitado…, que más allá de solucionar de raíz el problema de la pobreza, lo mantienen en un estado de disminución porcentual lenta, inestable e interminable, provocando además un espejismo engañoso del que sólo se obtiene una situación de dependencia absoluta, por lo que hoy, podemos decir que el amor al prójimo constantemente se confunde con múltiples acciones caritativas (sustentadas en lo gratuito) y con el recurrente asistencialismo, en todas sus formas de expresión…, ricos cada vez más ricos a costa de pobres cada vez más pobres.

 JUZGAR

El libro del Éxodo nos presenta a un pueblo que, tras ser liberado de la esclavitud, murmura contra Moisés y Aarón, porque siente que muere de hambre en el desierto; los israelitas han perdido la fe, la esperanza y dudan de su Dios. La crisis los lleva a reclamar lo prometido y añorar el pasado, a costa de su libertad. El rigor del desierto, la carencia de las mínimas “seguridades” y “comodidades” que dejaron en Egipto parece ser el motivo por el cual revientan en una airada protesta contra sus líderes (L. A. Schökel).

Yahvé libera a su pueblo y siempre tomará postura a favor de él, pero el camino a la libertad requiere de un compromiso constante y de un arduo trabajo personal y comunitario, supone renuncias e incertidumbres, que después se aclararán. La verdadera libertad se construye a partir de ideales y valores adquiridos, asumidos consciente y responsablemente. Pero, bien sabemos, que las incertidumbres generan miedos e inseguridades; entonces, habrá quién nos ofrezca, al precio que sea, el placebo que mitiga y calma ese estado de abandono, provocando, así, una dependencia tal, que la gratuidad de las cosas y la facilidad para adquirirlas serán la raíz de la inmovilidad, el estancamiento y la improductividad: Ojalá hubiéramos muerto a manos del Señor en Egipto, cuando nos sentábamos junto a las ollas de carne y comíamos pan hasta saciarnos (Ex 16,3). Sentados,  esperando la muerte y el pan que sacia, pero que no es fruto ni del trabajo ni de la justicia.

Uno esperaría  –dice Schökel – que la reacción del Señor contra este amotinamiento fuera de ira, pero su respuesta es serena y pacífica: habrá alimento para todos, todos los días; pero no sólo eso, también habrá algunas disposiciones y mandatos para ver si el pueblo los cumple o no (v. 4). Y en efecto, hay por lo menos cuatro mandatos importantes en el contexto del suministro del alimento: 1. Cada uno debía recoger sólo lo que necesitaba para comer (v. 16); justo reparto de los bienes. 2. Nadie debía guardar para el día siguiente (v. 19): contra el acaparamiento, la acumulación de bienes y la concentración en pocas manos. 3. Reservar el día séptimo como día de descanso consagrado al Señor (vv. 23 y 29); previene la deshumanización del ser humano por su exclusiva dedicación al trabajo. 4. Conservar dos litros de maná como testimonio para las generaciones venideras (v. 33).

Hay asombro en el pueblo, saben que deben cambiar su forma de pensar, de ver las cosas y su forma de proceder: ¿Qué es esto?, pues no sabían lo que era. Moisés les dijo: “Este es el pan que el Señor les da por alimento” (v. 15).

El evangelio de Juan (6,24-35) nos narra cómo el pueblo se dirige a Cafarnaum en busca de Jesús y en busca de pan para comer: Yo les aseguro que ustedes no me andan buscando por haber visto señales milagrosas, sino por haber comido de aquellos panes hasta saciarse… (v. 26). Nuevamente el asombro ante el poder, esta vez mal entendido, que provoca en la gente una actitud de conformismo y dependencia; a pesar de las enseñanzas recibidas, no han sido capaces de comprender que el pan no cae del cielo, sino que se multiplica para todos cuando se aprovecha correctamente y se reparte con justicia.

La propuesta de Jesús es concreta y directa: No trabajen por ese alimento que se acaba, sino por el alimento que dura para la vida eterna (v. 27). Es decir, no empeñar la vida en conseguir el pan que se obtiene de manera fácil, recibido gratuitamente en la mano por caridad y altruismo; él quiere que trabajemos y que el pan que se obtenga de ello sea fruto de la justicia y la solidaridad, que dure para la vida eterna (v. 27).

¿Cuál es ese pan?: el pan de Dios que da vida al mundo (v. 33), encarnado en Cristo, el Hijo de Dios: Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre y el que cree en mí no tendrá nunca sed (v. 35).

Además del pan que da sustento a la vida y la nutre, es indispensable, para los creyentes, alimentarse de la Buena Nueva que nutre y sustenta, a su vez, la justicia, la libertad y la solidaridad; este otro pan garantiza la vida eterna, la vida digna de los individuos y el porvenir de los pueblos. La fe en Jesucristo permite que la vida sea fértil y que sus frutos sean perdurables, eternos. Ya recordábamos en otra ocasión lo que el evangelio de Mateo (6,33) nos advierte al respecto: Busquen primero el reino de Dios y su justicia (la vida eterna), y lo demás lo recibirán por añadidura.

ACTUAR

Nuevamente hoy, Pablo, en su carta a los efesios (4,17.20-24), nos da las pautas concretas para actuar conforme a lo propuesto por el evangelio:

Hermanos: Declaro y doy testimonio en el Señor, Dios nuestro, de que no deben ustedes vivir como los paganos, que proceden conforme a lo vano de sus criterios. Eso no es lo que ustedes han aprendido de Cristo; pues ustedes han oído hablar de Él y en Él han sido adoctrinados, conforme a la verdad de Jesús. Él les ha enseñado a todos ustedes a abandonar su antiguo modo de vivir, ese viejo yo, que es corrompido por deseos de placer. Dejen pues que el Espíritu renueve su mente y revístanse del nuevo yo, que fue creado a imagen de Dios, en la justicia y en la santidad de la verdad.

Es una denuncia a todas las estructuras que han hecho dependientes a los hombres y que, más allá de sacarlos de su pobreza, se enriquecen con ella, corrompidos por deseos de placer. Saciar el estómago del hambriento no es hacerle justicia; se trata de darle una vida digna, estable, duradera, donde haya pan para todos, todos los días, obtenido con el trabajo justo y solidario.

Nos encontramos, otra vez, con la pedagogía evangélica de la no dependencia, que nos enseña a ser pro-activos y a no quedarnos, como lo pretendía el pueblo del Éxodo, sentados junto a las ollas, junto a las dádivas, junto a lo fácil, junto a la comodidad improductiva que nos hace dependientes…

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

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DENLES DE COMER…

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hambre-en-el-mundoJULIO 26/2015

DOMINGO 17 DEL TIEMPO ORDINARIO

DÉNLES DE COMER…

La Liturgia de la Palabra de este domingo (2R 4,42-44; Ef 4,1-6 y Jn 6,1-15) centra la atención en una necesidad humana: comer. Nos lleva, además, a una reflexión profunda a partir de una problemática social, que en los últimos años se ha recrudecido y sobre la cual se deben tomar acciones concretas: la pobreza. Tanto el segundo libro de los Reyes como el evangelio de Juan, hacen una propuesta enfocada a despertar y potenciar la conciencia social de una comunidad y de aquellos que son responsables de ella.

VER

Partamos de la realidad: sabemos que un nivel muy alto de niños, mujeres, hombres y ancianos mueren a causa del hambre en el mundo, como consecuencia de la extrema pobreza en la que viven. No es un problema privativo de algunas naciones, se ha convertido ya en una situación de orden global. Al respecto, la FAO advierte que en 2015 se verifica un estado de inseguridad alimentaria, generando una situación de hambre, a tal grado, que la ha definido como sinónimo de desnutrición crónica.

Un estudio realizado por la organización Programa Mundial de Alimentos (wfp.org), nos revela que el mundo produce lo suficiente para alimentar a toda la población mundial de 7 mil millones de personas. Sin embargo, una de cada ocho personas en el planeta va a la cama con hambre cada noche. En algunos países, uno de cada tres niños está bajo de peso. ¿Por qué existe el hambre?…

JUZGAR

El mundo produce lo suficiente para que todos coman…, pero es un hecho que hay hambruna; miles de gentes en el mundo mendigan, incluso los desperdicios de la comida que no consumimos, para llevarse alago a la boca y saciarse…

El segundo libro de los Reyes, que nos presenta la Liturgia de la Palabra, versículos antes del texto propuesto para hoy, dice que el profeta Eliseo se encontraba en Guilgal, pueblo ubicado en una región en donde se pasaba hambre (4,38). Allí, sólo había hierbas del campo, frutos silvestres venenosos y un caldo de harina… (vv. 39-40), equivalente a nada que pudiera saciar el hambre de la gente y mantenerla en pie; un panorama desolador y sin esperanza. Pero sucede algo extraordinario: un hombre venido de Baal-Salisá traía las primicias de su cosecha, que debían ser ofrecidas a Yahvé por medio del profeta; Eliseo, conociendo la realidad, toma una decisión que, incluso, va en contra de los preceptos, pero que pone como primera cosa (tal vez como primicia) las necesidades del pueblo: Dáselos a la gente para que coman (v. 42). Sólo eran veinte panes de cebada y granos tiernos, por lo que surge la duda del criado: ¿Cómo voy a repartir estos panes entre cien hombres? (v. 43).

La tarea de un profeta consiste en mantener la fidelidad a Yahvé y recuperar, constantemente, la fe en Él; demostrar, en los hechos, que sus promesas se cumplen, porque es un Dios misericordioso: …esto dice el Señor: “Comerán todos y sobrará” (v. 43). El mundo produce lo suficiente, el criado repartió los panes a la gente; todos comieron y todavía sobró, como había dicho el Señor (v. 44). La actitud de Eliseo, dice Luis Alonso Schökel, es una respuesta profética a una necesidad extrema, ante la que una sociedad compuesta de acaparadores y codiciosos no puede responder.

 

El evangelio de Juan es una actualización del mismo hecho, en él se confirma que después de tantos siglos (nueve aproximadamente), sigue habiendo pobres que sufren de hambre; ya no son cien, sino cinco mil hombres (Mc 6,44//Jn 6,10).

El domingo anterior vimos cómo la gente, venida de muchos pueblos, siguió a Jesús y se le adelantó para encontrarse con Él a la orilla del lago de Galilea; andaban como ovejas sin pastor (Mc 6,34). Hoy somos testigos de la misericordia de Dios reflejada en los gestos humanos de Jesús: ¿Cómo compraremos pan para que coman éstos? (Jn 6,5). Esta pregunta hecha a Felipe para ponerlo a prueba (v. 6), resuena hoy en la consciencia de todos nosotros: ¿Cómo compraremos pan si el mundo produce lo suficiente para coman todos…? Desde los criterios humanos el balance es el mismo del discípulo: nada es suficiente para que a cada uno toque un pedazo de pan (v. 7). Los criterios del Reino son distintos, se sustentan en la Voluntad de Dios.

También aquí sucede algo extraordinario. Estaba cerca la Pascua (v. 4), la fiesta del Pueblo que celebra la liberación de la esclavitud y recuerda la bondad de su Dios (es por eso que había tanta gente venida de todos los pueblos); en este contexto aparece una muchacho, un joven que representa la novedad, el atrevimiento y la rebeldía contra la ley establecida, con cinco panes de cebada y dos pescados (v. 9), que son, como en el caso de la primera lectura, las primicias para la ofrenda, o para la cena de Pascua, que debía ofrecerse a Yahvé. También aquí hay hierba, pero esta vez no era para mal comer”, sino para sentarse, estar en paz y aguardar el milagro: Díganle a toda la gente que se siente (v. 10). El evangelio de Marcos, por su lado, retoma en Jesús la misma orden de Elías a su criado: Denle ustedes de comer (6,37).

Para Jesús, como para el profeta, el pueblo es lo primero, y la mejor ofrenda que se pueda hacer a Dios es luchar por la justicia: hacer que las primicias de lo trabajado y lo cosechado se compartan y se repartan por igual entre los hombres, para que nadie pasa hambre. Cuando hay justicia hay abundancia; si hay abundancia, hay pan de sobra, que se debe recoger para que no se desperdicie (v. 12), pues hay muchos otros que no han comido.

El amor a Dios presupone el amor al hermano y, tal amor, debe ser activo y fértil, capaz de transformar el rostro de una sociedad egoísta y estéril. En esto radica el milagro de la multiplicación: pan para todos…

ACTUAR

El Papa Francisco, en su Carta Encíclica Laudato Si, recupera unas ideas del Patriarca Ecuménico Bartolomé que son, en sí, una propuesta concreta para tomar postura ante las injusticias que hieren el rostro de la humanidad:

…Bartolomé llamó la atención sobre las raíces éticas y espirituales de los problemas ambientales, que nos invitan a encontrar solución no sólo en la técnica sino en un cambio del ser humano, porque de otro modo afrontamos sólo los síntomas. Nos propuso pasar del consumo al sacrificio, de la avidez a la generosidad, del desprecio a la capacidad de compartir, en una ascesis que “significa aprender a dar, y no simplemente a renunciar. Es un modo de amar, de pasar a poco a poco de lo que yo quiero a lo que necesita el mundo de Dios. Es liberación del miedo, de la avidez, de la dependencia”. Los cristianos, además, estamos llamados a “aceptar el mundo como sacramento de comunión, como modo de compartir con Dios y con el prójimo en una escala global. Es nuestra humilde convicción de que lo divino y lo humano se encuentran en el más pequeño detalle contenido en los vestidos sin costuras de la creación de Dios, hasta en el último grano de polvo de nuestro planeta” (LS 9).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

Vayamos a un sitio tranquilo…

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0048JULIO 19/2015

DOMINGO 16 DEL TIEMPO ORDINARIO

Para este domingo XVI del tiempo ordinario, las lecturas que nos ofrece la Liturgia de la Palabra presentan como tema común la imagen del pastor que se convierte en referente del pueblo olvidado y necesitado; además, como símbolo de unidad entre la gente y los pueblos: Jr 23,1-6; Ef 2,13-18 y Mc 6,30-34.

VER

Hay una realidad latente en nuestras sociedades, en todo el mundo, caracterizada y encarnada en miles de rostros que sufren, y que son víctimas de la desesperanza. Para ellos no hay nada cierto: ni el pan ni la casa ni la tierra. Son desplazados, migrantes y emigrantes, ciudadanos que huyen de las guerras y la persecución; gente despreciada por el color de su piel, por su raza, por su género, por su religión y por sus ideas. La única opción que les queda: escapar de la muerte e ir en busca de mejores oportunidades, de tierras promisorias y de hermanos que los acojan en su casa y reconozcan su dignidad como personas.

El documento de Aparecida reconoce que hay millones de personas concretas que por distintos motivos están en constante movilidad. En América Latina y El Caribe constituyen un hecho nuevo y dramático los emigrantes, desplazados y refugiados sobre todo por causas económicas, políticas y de violencia (n. 411). En concreto, mujeres, niños, hombres y ancianos, de todas las razas y culturas, que vagan por el mundo como ovejas sin pastor (Mc 6,34).

JUZGAR/ILUMINAR

Yahvé, en boca del profeta Jeremías, se lamenta de la irresponsabilidad de los pastores de su pueblo, ¡que dispersan y dejan perecer a las ovejas de mi rebaño! (23,1). Tal actitud será castigada y la confianza puesta en ellos pasará a otros pastores que las apacienten (v. 4), según la voluntad de Dios y a partir de las necesidades reales del pueblo.

Los deseos de todos esos hombres, olvidados por los viejos pastores, configuran ahora el proyecto de Dios: Yo mismo reuniré al resto de mis ovejas de todos los países de donde las habían expulsado y las volveré a traer a sus pastos, para que ahí crezcan y se multipliquen (v. 3). Sólo un Dios cercano, como el nuestro (Dt 4,7), escucha y entiende a los suyos, sabe lo que necesitan y toma postura por ellos.

El profeta habla en nombre de su Dios y anuncia una noticia llena de esperanza: ¡vienen tiempos mejores…! Hará surgir un renuevo del tronco de David: será un rey justo y prudente y hará que en la tierra se observe la ley y la justicia. En sus días será puesto a salvo Judá, Israel habitará confiadamente y a Él lo llamarán con este nombre: El Señor es nuestra justicia (vv. 5-6).

Esos tiempos nuevos y mejores se hacen realidad en la persona de Jesús, el pastor justo y prudente, capaz de comprender el rostro del pueblo y atender a sus necesidades: vio una numerosa multitud que lo estaba esperando y se compadeció de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas (Mc 6,34).

El domingo anterior vimos cómo Jesús envió a sus discípulos, de dos en dos, a curar un pueblo enfermo y poseído por el mal; seguramente abandonado, solo y despreciado. Él, de antemano, sabía lo que necesitaban y estaba dispuesto a acompañarlos y no dejarlos solos. Hoy, Marcos nos informa que los discípulos volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado (6,30). Estar con el pueblo, asistirlo y liberarlo, se convierte ahora en una responsabilidad compartida: no sólo de Jesús, sino de Él y los suyos.

Vemos gente que no sabe a dónde ir ni a quién recurrir, viven atemorizados y espantados, pero cuando descubren la promesa de Yahvé actuando en el Mesías, lo buscan para encontrarse con Él; finalmente, el caminar sin rumbo tiene sentido: La gente los vio irse y los reconoció: entonces de todos los poblados fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron (vv.33-34).

¿Qué sitio?: “un lugar apartado y tranquilo” (vv. 31 y 32). Cuando la vida y su movimiento, donde hay tantos que van y vienen, es tan agobiante que no da tiempo ni para comer (Mc 6, 31), quiere decir que no hay modo de vivir con dignidad, ni siquiera para satisfacer lo esencial, que es llevarse un pan a la boca. Así era la sociedad de Jesús, y así es la nuestra. Jesús deja ver su rostro humano, Él sabe que los trabajadores tienen derecho a descansar y por eso les dice: vengan conmigo a un lugar solitario, para que descansen un poco (v. 31).

Ese lugar, al parecer, es una realidad distinta a la que ellos, y el pueblo, estaban acostumbrados: es un paraje despoblado. Es decir, no es ya el pueblo que depende del Templo y de las tradiciones, de las leyes, de las ofrendas y los holocaustos ligadas a él; no es el pueblo donde unos tienen privilegios y otros no, donde hay diferencias de clases y una marcada división entre ricos y pobres; no es el pueblo que exige la pureza para poder ingresar y pertenecer, y que deja fuera a los impuros por causa del pecado, la enfermedad y la ignorancia. Es un lugar en donde hay que comenzar de cero (apartado y solitario), pero en el que la justicia es garantía de la paz deseada, es un lugar tranquilo. En ese lugar se construirá el nuevo pueblo.

La gente lo sabe, lo ha percibido en las palabras y las acciones del Maestro y de sus compañeros, quieren alcanzarlo y se adelantan inclusive; han sido capaces de descubrir, por sí mismos, el lugar: la tierra de promisión que tanto anhelaban. Cuando Jesús desembarcó, vio una numerosa multitud que lo estaba esperando y se compadeció de ellos… (v. 34). El gesto humano y misericordioso de Jesús va más allá de las necesidades personales (descansar un poco, por ejemplo) y se dispone a servir; Él no es el pastor que deja perecer a las ovejas (Jr 23,1).

Dice Marcos que Jesús se puso a enseñarles muchas cosas (v. 34), pues era necesario, desde allí, instruir al nuevo pueblo según los criterios del evangelio, para que fueran capaces de comprender lo que estaba por venir. Este texto del evangelio se prolonga hasta el v. 44 y nos narra ese gran acontecimiento en el que Jesús da de comer a cinco mil (este será el evangelio del próximo domingo que escucharemos en palabras del evangelista Juan). Sólo en este lugar, apartado, despoblado y solitario, todos podrán comer hasta saciarse, pero este pan tiene que ser fruto de la justicia, de la igualdad y de la solidaridad, es por ello que había que enseñar al pueblo, hacerlo ver lo que la ley no le permitía ver, ni vivir… Es en este lugar tranquilo donde se puede descansar y comer, porque el Señor es nuestra justica (Jr 23,6).

El texto de la carta a los efesios (2,13-18), del apóstol Pablo, representa una síntesis perfecta de todo lo anterior y vale la pena transcribirlo completo:

Hermanos: Ahora, unidos a Cristo Jesús, ustedes, que antes estaban lejos, están cerca, en virtud de la sangre de Cristo. Porque Él es nuestra paz, Él hizo de los judíos y de los no judíos un solo pueblo; Él destruyó, en su propio cuerpo, la barrera que los separaba: el odio. Él abolió la ley, que consistía en mandatos y reglamentos, para crear en sí mismo, de los dos pueblos, un solo hombre nuevo, estableciendo la paz, y para reconciliar a ambos, hechos un solo cuerpo, con Dios, por medio de la cruz, dando muerte en sí mismo al odio. Vino para anunciar la buena nueva de la paz, tanto a ustedes, los que estaban lejos, como los que estaban cerca. Así, unos y otros podemos acercarnos al Padre, por la acción de un mismo Espíritu.

 ACTUAR

Aunque el concepto de pastor siempre esté ligado a la figura ministerial (presbíteros, obispos, el Papa), es necesario que lo convirtamos en una experiencia de todos; nadie, que haya sido bautizado y esté consciente de ello, podrá negar que ha sido llamado, ungido y capacitado para guiar y servir a otros. Quienes somos padres de familia, maestros, líderes, gobernantes, jefes, directores, superiores de una comunidad religiosa, etc., ejercemos, de alguna manera, el oficio de pastor. Pero más allá de estas realidades cotidianas de nuestra vida y más allá de los límites familiares, comunitarios, escolares, empresariales…, existen otras realidades, con otros rostros, que buscan un sitio tranquilo donde puedan comer, descansar y sentirse dignos. Caminan por todas partes y, muchas veces, no saben a dónde ir ni a quién recurrir. Este es también compromiso nuestro, pues hemos sido enviados a predicar la buena nueva a todos los hombres, a ser protagonistas de la transformación de la sociedad y no espectadores.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

“Yo no era profeta…”

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emac3bas2JULIO 12/2015

DOMINGO 15 DEL TIEMPO ORDINARIO

En la Liturgia de la Palabra de este domingo XV del tiempo ordinario, encontramos tres textos que tienen como tema central el envío: Am 7,12-15; Ef 1,3-14 y Mc 6,7-13.

Tanto el profeta Amós como los discípulos de Jesús, aunque en distintos momentos y circunstancias, fueron enviados a predicar el arrepentimiento y la conversión; tenían que adentrarse en una realidad adversa y difícil: un pueblo infiel y pecador, en el caso de Amós, y una sociedad marcada por el mal y la enfermedad, en el caso de los doce. En ambos subyace una misión específica: hacer justicia en favor de los pobres, los olvidados, los oprimidos y los abandonados por los sistemas políticos y las instituciones religiosas. Amós arremete contra los reinos poderosos que pasan por encima de los pequeños, y los empobrecen; los discípulos, por su parte, contra las estructuras inhumanas que ponen en segundo término la dignidad de la persona.

Todos ellos son hombres del pueblo y para el pueblo. Yo no soy profeta ni hijo de profeta, sino pastor y cultivador de higos. El Señor me sacó de junto al rebaño y me dijo: “Ve y profetiza a mi pueblo, Israel” (Am 7,14-15).

Amós era un pastor, cultivaba higos y pasaba gran parte de su tiempo junto a un rebaño. Es decir, era un hombre sencillo que se ganaba la vida como los pobres; en él, precisamente, pone su mirada Yahvé, lo unge con su Espíritu y lo envía a profetizar en su nombre. No obstante su sencillez y su condición, era consciente de la realidad de su pueblo y capaz de escuchar la voz de su Dios:

Les digo sinceramente que todas esas situaciones me revolvieron por dentro. Cuando iba al campo y cuidaba las cabras, me pasaba horas y horas solito, pensando y rezando. No se me iba de la cabeza el recuerdo vivo de nuestro Dios, que sacó a nuestros antepasados de la esclavitud de Egipto. Yahvé hizo de ellos un pueblo libre, fraterno y feliz (2,10). Pero ahora estábamos oprimidos por nuestros propios jefes y por nuestros hermanos en la fe. Esto no me cabía en la cabeza.

No podía quedarme tranquilo ante una situación así. Hasta que un día no pude ya aguantar mi silencio. Sentí la voz de Dios dentro de mí con una gran fuerza (3,3-8; 7,15). Y resonó en mí como el rugido de un león, como algo irresistible. Lo dejé todo y me fui para el reino del norte (Narración en primera persona: Mosconi, L., 2006. Los profetas, hombres de fe y lucha).

También los discípulos son hombres sencillos, pobres y despreciados; ellos pescan, tejen redes, o cobran impuestos. Ya veíamos el domingo anterior cómo la autoridad de Jesús se ponía en entredicho, él era un hombre sencillo, un carpintero venido de Nazaret. A pesar de ello, el Señor los envía de dos en dos para enfrentarse a los espíritus inmundos (Mc 6,7). Los envía sin nada para cuestionar a una sociedad que confía en todo, menos en la misericordia, en la justicia y en el amor.

/…/El maestro no será Jesús, sino la comunidad a donde son enviados. El ir de dos en dos es signo de igualdad y apoyo mutuo. Para que no se sientan superiores a los demás, deben llevar lo estrictamente necesario; por ejemplo una sola túnica, porque llevar dos era signo de riqueza. El testimonio de pobreza, de sencillez, de inserción en la realidad, de respeto a la cultura y de atención a las necesidades del pueblo, debe despertar entre la gente una solidaridad, que garantice el sostenimiento digno de los misioneros. Donde no se manifiesta esta solidaridad, hay que sacudir el polvo de las sandalias, que es lo que hacían los judíos al salir de tierras paganas (Schökel, L. A., comentario a Mc 6,7-13).

 Enseñanza para la vida:

¿Qué significa estar junto al rebaño?: significa estar inserto en la realidad -la propia y la del pueblo-, estar donde se debe estar y haciendo lo que toca hacer; reconocer lo que somos (pastor y recolector de higos), sin pretender ser otra cosa ni ambicionarla (ni profeta, ni hijo de profeta). Desde allí Dios nos hablará al corazón y nos pedirá que transformemos esa realidad a través de la justicia y la verdad.

¿Qué significa ir sin pan, ni dinero, ni morral y con lo estrictamente necesario?: significa renunciar a los excesos, a lo superfluo, a lo innecesario; significa que la pobreza no es impedimento para hablar de libertad y que de ella pueden surgir hombres libres que transformen la sociedad. Es una forma de vida que nos permite poner los pies sobre la tierra (ser humildes) y adentrarnos en una realidad en donde los pueblos han sido despojados de todo, entenderlos y hablar su lenguaje; esta renuncia, además, cuestiona la conciencia del otro y pone a prueba su capacidad para compartir en igualdad de circunstancias (esto es hacer justicia); es, como dice  Schökel, un modo de despertar la solidaridad. Quien no acepte esta propuesta se opondrá…, por eso hay que salir de allí sacudiéndose los zapatos en señal de protesta (Mc 6,11).

Todo hombre tiene derecho al sustento necesario, pero este no se alcanza ni es justo mientras no se erradiquen la maldad y los vicios del mundo, de las estructuras y de las sociedades. Es por ello que debemos sentirnos enviados a expulsar demonios, a curar enfermedades…, a derribar todo aquello que impide la justicia entre los hombres; sólo así surgirá el gozo de compartir y trabajar para que a nadie falte lo necesario.

Pablo, en la carta a los efesios (1,3-14), describe los atributos que caracterizan a un seguidor de Cristo: has sido bendecido con bienes espirituales y celestiales, es santo e irreprochable, es hijo de Dios; ha sido redimido y se le han perdonado los pecados por medio de Cristo y posee los tesoros de la gracias, la sabiduría y la inteligencia para conocer la voluntad de Dios; es heredero con Cristo. Ha sido destinado para glorificar a Dios con su vida y sus acciones, para ello, fu marcado (ungido) con el Espíritu Santo.

Esto último, precisamente, es lo que le da sentido a todo lo anterior: quien ha sido marcado con el Espíritu no puede permanecer quieto, sin hacer nada, o quedarse callado. Cuando hay tal riqueza en el corazón no se ambiciona nada que esté más allá de la justicia; luchar por ella, como primera cosa, es garantía de todo lo demás: Busquen primero el reino de Dios y su justicia, y lo demás lo recibirán por añadidura (Mt 6,33).

El Papa Francisco, en la exhortación apostólica Evangelii Gaudium, nos lleva a la siguiente reflexión:

En la Palabra de Dios aparece permanentemente este dinamismo de “salida” que Dios quiere provocar en los creyentes. Abraham aceptó el llamado a salir hacia una tierra nueva (cf. Gn 12,1-3). Moisés escuchó el llamado de Dios: “Ve, yo te envío” (Ex 3,10), e hizo salir al pueblo hacia la tierra de la promesa (cf. Ex 3,17). A Jeremías le dijo: “Adonde quiera que yo te envíe irás” (Jr 1,7). Hoy, en este “vayan” de Jesús, están presentes los escenarios y los desafíos siempre nuevos de la misión evangelizadora de la Iglesia, y todos somos llamados a esta nueva “salida” misionera. Cada cristiano y cada comunidad discernirá cuál es el camino que el Señor le pide, pero todos somos invitados a aceptar este llamado: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio (EG 20).

Nunca lleves tus mejores pantalones cuando salgas a luchar por la paz y la libertad (Henrik Ibsen).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

¿No viven aquí, entre nosotros, sus hermanos…?

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Brecha-ricos-y-pobres-Libertad-y-ProgresoJULIO 5/2015

DOMINGO 14 DEL TIEMPO ORDIANARIO

La Liturgia de la Palabra para este domingo está integrada por los siguientes textos: Ez 2,2-5; 2Cor 12,7-10 y Mc 6,1-6. Podemos distinguir dos temáticas: por un lado, la dureza del corazón humano para reconocer la voluntad de Dios y, por otro, el actuar de un profeta movido por el Espíritu.

Todos conocemos un dicho popular que dice: “más vale viejo por conocido, que nuevo por conocer”. Este dicho no necesita explicación, puesto que habla por sí mismo; no obstante, sería bueno preguntarnos algunas cosas: ¿Qué es lo viejo? ¿Qué es lo nuevo? ¿Qué actitudes de la persona subyacen en estas palabras?

Lo viejo representa las costumbres y las tradiciones que han echado raíces en la vida de la gente, de los pueblos y de las sociedades, de tal modo, que ya es difícil (casi imposible) cambiarlas, modificarlas, u olvidarlas; son realidades que forman parte de la vida y que ofrecen seguridad a quienes las han hecho parte de sí mismos, de manera individual, o colectiva. Hay, ciertamente, costumbres y tradiciones buenas y ricas para el hombre, ya que con ellas complementa su personalidad y su historia; hay otras, en cambio, que dañan el crecimiento, la madurez y la posibilidad de que una persona se abra a las novedades que le ofrece la vida. Los atavismos son una demostración fehaciente de esa tendencia a quedarse “atado” a lo tradicional y al pasado.

Lo nuevo representa las posibilidades de cambio, de renovación, de crecimiento…, de conversión…

¿Qué tiene que ver lo anterior con lo propuestos en los textos de la liturgia? Hay una relación muy estrecha:

El profeta Ezequiel ha recibido el Espíritu de Yahvé, de igual modo que ha sucedido con el resto de los profetas: el Espíritu entró en mí, hizo que me pusiera en pie… (Ez 2,2). También Jesús ha sido ungido con el mismo Espíritu, y aunque Marcos no lo dice de manera explícita, como lo hace Lucas cuando narra el acontecimiento de la Sinagoga de Nazaret (Lc 4,16): el Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido…, lo hace evidente cuando Jesús se reconoce a sí mismo como profeta: Todos honran a un profeta, menos los de su tierra… (v. 4).

Sabemos que el Espíritu es un don que se recibe no para provecho personal, sino que está en función del cumplimiento de la Voluntad de Dios y de la liberación del pueblo, de los oprimidos, de los enfermos, de los desahuciados; es una fuerza incontenible que empuja a la transformación del hombre y de las comunidades que lo reciben. Es por eso que Ezequiel es enviado a un pueblo rebelde, traidor, testarudo y obstinado… así, te escuchen o no, sabrán que hay un profeta en medio de ellos (Ex 2,3-5).

Jesús es el profeta definitivo en medio de su pueblo, sus palabras y sus acciones son la certeza de que el reino de Dios ha llegado y ha venido a liberarlo; representa una posibilidad de vida nueva, pero exige una conversión radical en cada individuo y en la comunidad entera. Entonces, surgen la duda y el miedo a caminar por rumbos distintos y desconocidos, “más vale viejo por conocido…”: ¿Dónde aprendió este hombre tantas cosas? ¿De dónde le viene esa sabiduría y ese poder para hacer milagros? ¿Qué no es éste el carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿No viven aquí, entre nosotros, sus hermanas? Y estaban desconcertados… (Mc 6, 2-3).

Al respecto, José María Castillo nos ofrece el siguiente análisis de los hechos:

En el reducido ambiente y en la sociedad cerrada de un pequeño pueblo de Galilea del s. I, la familia y la sinagoga eran (tenían que ser) los dos cauces, a través de los cuales, cada individuo que venía a este mundo se socializaba, es decir, se integraba en la sociedad judía de su tiempo. ¿Ocurrió esto en el caso de Jesús? Por lo que cuenta este relato, parece que no. Tanto la familia como la sinagoga, se sorprenden cuando, después de un tiempo seguramente corto, se dan cuenta de que Jesús ya no piensa, ni habla, ni vive como era de esperar en un vecino del pueblo y un hijo de aquella familia.

El hecho es que la conducta de Jesús se vio allí tan “desviada”, que sólo mereció “desprecio”. Y, por supuesto, nadie, ni su familia más íntima, se fió de él. Esto es muy duro en la vida de una persona. Es el precio de la libertad. Sobre todo, la libertad ante las personas a las que uno se siente más vinculado afectivamente. La dolorosa extrañeza de Jesús estaba justificada (La religión de Jesús. Ciclo B. Comentario al Evangelio diario 2014-2015).

Reflexionemos:

Vivimos en una sociedad que sustenta su modernidad en la innovación (tecnológica, industrial, militar, científica, etc.),y  todo en ella (o casi todo) depende de que se tenga lo último y más avanzado; pertenecemos a generaciones modernas, supermodernas e hipermodernas, pero la aceptación y el uso de todas esas novedades no ha logrado que cambiemos de actitud…, sólo cambian las costumbres, y éstas son, precisamente, la fuente de los atavismos, de los egoísmos, de las desconfianzas, de los miedos, de las dudas.

La novedad del evangelio, que surge de la fuerza del Espíritu en la persona de Jesús, no puede penetrar nuestra historia porque somos, también, rebeldes, traidores, testarudos y obstinados; así como Jesús estaba extrañado de la incredulidad de esa gente (v. 6), es probable que hoy se extrañe de la nuestra.

Necesitamos, como Pablo, guardar silencio y ser humildes (poner los pies sobre la tierra), para entender lo que el Señor le dice, a él y nosotros: Te basta mi gracia, porque mi poder se manifiesta en la debilidad” (2Cor 12,9).

La innovación de la que hablamos se ha convertido también en signo de fortaleza, de poder y de seguridad, a tal grado, que las naciones con más recursos son las más poderosas; en sus modelos económicos, políticos y sociales no hay cabida para la debilidad, es decir, para la sencillez, la apertura y la fe (no es que la fe sea débil, sino que permite que el hombre se abandone en las manos de su Dios). El poder ejercido desde esta posición se convierte en baluarte de costumbres añejas, de vicios, de mezquindades y, por lo mismo, va en contra, y se opone, a las novedades del evangelio: ¡Ay de ustedes, letrados y fariseos hipócritas que pagan el impuesto de la menta, del anís y del comino, y descuidan lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe! (Mt 23,23). Se gesta, así, una ideología que cree que ceder es igual a perder, así pensaban los fariseos y las autoridades del Templo.

Ante ese panorama, Pablo insistirá diciendo: Así pues, de buena gana prefiero gloriarme de mis debilidades, para que se manifieste en mí el poder de Cristo. Por eso me alegro de las debilidades, los insultos, las necesidades, las persecuciones y las dificultades que sufro por Cristo, porque cuando soy más débil, soy más fuerte (vv.9-10).

Lo narrado por Marcos en este texto, e incluso lo revelado por Ezequiel, confirma lo que expresaba el viejo Simeón cuando tuvo frente a sí al Mesías: Mira, este niño está colocado de modo que todos en Israel o caigan o se levanten; será signo de contradicción y así se manifestarán claramente los pensamientos de todos (Lc 2,34-35).

¿Qué representa para nosotros Jesús? ¿Estamos dispuestos a hacer de nuestra vida un signo de contradicción? También el Espíritu ha entrado en nosotros, ¿estamos listos para ponernos de pie?

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.