“Un Dios cercano…”

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amor-donde-seaAGOSTO 30/2015
DOMINGO 22 DEL TIEMPO ORDINARIO

Con la Liturgia de la Palabra de este domingo retomamos el evangelio de Marcos (según el Ciclo B) y se cierra, aunque siguiendo un proceso de continuidad, el tema del Pan de Vida. Las tres lecturas (Dt 4,1-2.6-8; Sant 1,17-18.21-22.27 y Mc 7,1-8.15-15.21-23) trazan una línea de reflexión en torno a los mandatos de Dios, el modo cómo los vive y los entiende el hombre y lo que en realidad representan desde lo propuesto por Dios.

VER
Una de las causas que provoca la inestabilidad emocional, la falta de límites claros, la inadaptación social y las tendencias a la rebeldía y la violencia es, sin lugar a dudas, en muchos casos, la ausencia de los padres en la vida cotidiana y en los procesos de aprendizaje de sus hijos. Nos referimos a una presencia física, casi inexistente, que implica varias dimensiones de la condición paterno-materna: adoptiva (acepar a los hijos), afectiva (amar a los hijos) y psicológica (reconocer a los hijos), que supone, además, la calidad del tiempo (humana y fraternal) que se dedica a ellos. Esto aplica tanto en las relaciones de los padres de familia con hijos propios, como en las relaciones entre padres e hijos adoptivos.

La ausencia, por la razón que sea, impide a un genitor ver, conocer, escuchar, entender todo lo que sucede en la vida y la realidad de un hijo; además, desacredita la autoridad que pueda tener respecto de él: las normas, las reglas, la moral, los principios y la educación se diluyen en la incertidumbre y la inconsistencia.

La presencia, en contraposición de la ausencia, se convierte en el encuentro de dos personas donde se gesta una experiencia: la cercanía. Ésta se cumple a cabalidad cuando coinciden, no sólo en tiempo y espacio, sino en el deseo de afecto, cariño y reconocimiento, dos actitudes propias de la persona: ofrecer la cercanía (acercarse) y aceptarla (disponerse). Podríamos decir que la cercanía es el gesto humano más sencillo, aún sin la mediación de palabras, con el que se hacen evidentes los valores y los sentimientos más profundos del ser humano: la confianza, el amor, la libertad, la justicia, la comprensión, la misericordia, la compasión…

Todo este panorama es válido en cualquier relación donde haya un sujeto que ejerce la autoridad y otro que la acepta y la reconoce. Es así que, no sólo tenemos hijos con padres ausentes, sino pueblos con autoridades ausentes, lejanas y ajenas a su realidad y a sus necesidades.
¿Qué nos enseña la palabra de Dios al respecto?

JUZGAR
El libro del Deuteronomio nos revela un deseo de Yahvé: por un lado, darse a conocer a Israel y, por otro, lo que él espera del pueblo cuando éste reciba y acoja sus mandatos; para que esto suceda, es necesario que haya un momento de silencio y de quietud. Viene, entonces, la exhortación de Moisés para que Israel se detenga y preste atención: ¡Escucha!

La idea central en el texto, que da sentido a la revelación, es el modo cómo Moisés presenta a Yahvé: un Dios cercano. …¿cuál otra nación hay tan grande que tenga dioses tan cercanos como lo está nuestro Dios, siempre que lo invocamos?, ¿cuál es la gran nación cuyos mandatos y preceptos sean tan justos como toda esta ley que ahora les doy? (Dt 4,1.7-8).

Cuando hay una presencia amorosa se experimenta la cercanía de Dios, y sólo allí, en esa experiencia, es posible entender y aceptar los designios, los mandatos y los preceptos que permiten al hombre ser feliz, vivir y tomar posesión de la tierra prometida (v. 1). No son leyes que se imponen, son mandamientos diseñados de acuerdo a la condición humana y sus necesidades; son justos, y el simple hecho de cumplirlos otorga al pueblo la sabiduría y la prudencia que lo caracterizará en su actuar delante de los otros pueblos. En verdad esta gran nación es un pueblo sabio y prudente (v. 6).

El evangelio de Marcos nos pone de frente a la realidad humana, que no reconoce en la cercanía de Dios la posibilidad de alcanzar un vida plena, feliz y cimentada sobre la solidez de la justicia. Dios permanece fiel a sus promesas y a su revelación, siempre cercano y presente; es el hombre quien se aleja de él, se ausenta y se olvida de las enseñanzas que le han dado sentido a su historia. Está centrado en sí mismo y no quiere ver más allá: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. Es inútil el culto que me rinden, porque enseñan doctrinas que nos son sino preceptos humanos… (Mc 7,6).

¡Cuántas cercanías nos resultan incómodas y las rechazamos!: porque nos cuestionan, porque nos llaman a la conciencia, porque nos reclaman justicia y respeto, o porque ponen a prueba nuestra capacidad de amar. Actuando así, hacemos de la ausencia un modo de vida, que es irresponsable y ajeno a la vida de los otros, incluso de los propios hijos.

Dice el Papa Francisco en la encíclica Laudato sí: Cuando el ser humano se coloca a sí mismo en el centro, termina dando prioridad absoluta a sus conveniencias circunstanciales, y todo lo demás se vuelve relativo. Por eso no debería llamar la atención que, junto a la omnipresencia del paradigma tecnocrático y la adoración del poder humano sin límites, se desarrolle en los sujetos este relativismo donde todo se vuelve irrelevante si no sirve a los propios intereses inmediatos (122). Palabras que van en sintonía con el reclamo que Marcos pone en boca de Jesús: ustedes dejan a un lado el mandamiento de Dios, para aferrarse a las tradiciones de los hombres (v. 9).

El apóstol Santiago, en su carta, confirma que la presencia de Dios es cercanía transformadora: Todo beneficio y todo don perfecto vienen de lo alto, del creador de la luz, en quien no hay cambios ni sombras… Acepten dócilmente la palabra que ha sido sembrada en ustedes y es capaz de salvarlos (Sant 1, 17.21).

ACTUAR
La presencia, decíamos, genera una experiencia de cercanía, de Dios al hombre y del hombre a Dios; pero también nos invita a propiciar una experiencia más: la cercanía con el hermano.

Santiago nos da la pauta en el actuar: La religión pura e intachable a los ojos de Dios Padre, consiste en visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y en guardarse de este mundo corrompido (v. 27). Tal enseñanza tiene su fuente en el evangelio que, retomando los preceptos de la antigua alianza, exige momentos de silencio y tranquilidad: ¡Escucha!

Escúchenme todos y entiéndanme. Nada que entra de fuera puede manchar al hombre; lo que sí lo mancha es lo que sale de dentro; porque del corazón del hombre salen las intenciones malas, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, las codicias, las injusticias, los fraudes, el desenfreno, las envidias, la difamación, el orgullo y la frivolidad. Todas estas maldades salen de dentro y manchan al hombre (Mc 7,14-15.21-23).

Todas estas maldades son, precisamente, síntomas de la inestabilidad emocional, de la falta de límites claros, de la inadaptación social y de las tendencias a la rebeldía y la violencia…

Al respecto decía Monseñor Romero: Por eso, cuando Cristo habla de todos estos vacíos (de todas estas ausencias), nos señala todavía una cosa más horrorosa; es el corazón podrido… (Homilía del 2 de septiembre de 1979).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

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¿A quién iremos…?

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4-claves-para-saber-si-aceptar-o-rechazar-una-oferta-de-trabajoAGOSTO 23/2015

DOMINGO 21 DEL TIEMPO ORDINARIO

Como ya lo habíamos indicado, éste será el penúltimo domingo en que las lecturas aborden el tema del pan de vida, para ello, la Liturgia de la Palabra nos ofrece las siguientes lecturas: Jos 24,1-2.15-17.18b.; Ef 5,21-32 y Jn 6, 55.60-69.

Por otro lado, y complementando el tema, hoy las lecturas resaltan dos aspectos importantes en la vida de los creyentes: la fidelidad y el seguimiento como expresión de esa fidelidad.

VER

Los individuos siempre hemos necesitado referentes humanos, líderes que nos guíen y nos inspiren; a través de ellos se gesta, de alguna manera, el sentido de pertenencia y la certeza que supera las incertidumbres de la vida. Es un hecho indiscutible.

Esta necesidad del hombre se convierte en tierra fértil, donde líderes de todo tipo y con cualquier ideología, han echado las semillas de sus propuestas esperando recoger frutos: seguidores fieles, o adeptos coyunturales. Es así que tenemos grandes figuras que, movilizando pueblos enteros con sus convicciones sólidas, han cambiado el curso de la historia, siempre con el objetivo de transformar la realidad; algunos lo han hecho en función del pueblo y para su bien, otros, por desgracia, para bien propio y buscando la consolidación de sus proyectos personales. Les llamamos líderes positivos y líderes negativos.

Es un hecho que hoy -¡debemos decirlo!-, somos, unos más que otros, víctimas del oportunismo y del populismo del que viven “falsos líderes”, ya sean políticos, religiosos o de tinte social (activistas, promotores de derechos, ecologistas, etc.) que enarbolan sus propuestas sobre troncos secos y las siembran en las erosionadas tierras de la realidad humana que, sin lugar a dudas, tiene sed y necesita agua, a tal grado, que se entrega generosa a cualquier postor. Los verdaderos líderes viven en el pueblo y comparten con él sus gozos, sus alegrías, su desdicha; pero también su destino. No proponen cosas extraordinarias, por el contrario, ayudan al pueblo a recordar que posee una gran riqueza…, que deben beber de su propio pozo.

Conocemos infinidad de historias que nos demuestran cómo los hombres y los pueblos se han visto en la disyuntiva de optar por un líder o por otro, no importando si es el guía indicado para salir de una crisis y alcanzar el desarrollo; cuando se está al límite y se vive al borde de la muerte, se elige a quien resuelva en lo inmediato, sin pensar en el futuro, sin discernir. En este sentido, la Periodista nicaragüense, María Lourdes Pallais, haciendo un análisis de las elecciones de 1990 en Nicaragua, dijo: En los amargos análisis post-electorales, la mayoría sandinista, resentida, aseguraba que el pueblo había «traicionado» al sandinismo, y que la gente había votado «con el estómago y no con la cabeza»…

(http://nuso.org/media/articles/downloads/2097_1.pdf).

Votar con el estómago equivale, tal vez, a “estar conscientes” del hambre, de la miseria, del sufrimiento, de la desesperación…; equivale a tomar decisiones por lo que se siente y no por lo que se piensa. Equivale, sin lugar a dudas, a la inconsciencia, a la ignorancia y a la imprudencia de la que hablamos el domingo pasado.

JUZGAR

Las tribus de Israel, en su largo camino hacia la libertad, fueron guiadas por líderes ungidos con el Espíritu de Yahvé. A pesar de las dudas y las vicisitudes, el pueblo sabía que sólo podría confiar en su Dios y en los hombres puestos al frente de él para alcanzar la tierra prometida, el lugar donde manaba leche y miel, es decir, abundancia y prosperidad. No obstante, siempre fue necesario probar el talante de la fidelidad de Israel al Dios liberador; es por eso que Josué convocó en Siquem a todas las tribus de Israel y reunió a los ancianos, a los jueces, a los jefes y a los escribas. Cuando todos estuvieron en presencia del Señor, Josué le dijo al pueblo: “Si no les agrada servir al Señor, digan aquí y ahora a quien quieren servir…” (Jos 24,1). Ante ellos se abría, al parecer, un tentador panorama de opciones: pueblos poderosos y sus dioses (la riqueza sin límites y la idolatría), pero el pueblo, testigo del poder de su Dios, responde: Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a otros dioses, porque el Señor es nuestro Dios (vv. 16-17). Esta fe inquebrantable se traduce en fidelidad incondicional, que se ha fraguado con el tiempo a través del sufrimiento y las incertidumbres, dando como resultado, precisamente, la constatación de que Israel tomó la decisión correcta y de que las promesas hechas por Yahvé se cumplirán.

El evangelio de Juan (6,55.60-69) nos narra cómo muchos discípulos (v. 66) abandonaron a Jesús, porque estaban decepcionados de lo que el maestro proponía y que, evidentemente, no coincidía con sus expectativas. La situación político-religiosa de Israel en ese momento, difícil y compleja para los más pobres, requería de líderes carismáticos que se sobrepusieran a las autoridades y recuperaran el protagonismo del pueblo, no importando los medios, incluida una revuelta.

Andaban como ovejas sin pastor (Mc 6,34) y Jesús se compadeció de ellos, les enseñó muchas cosas de los misterios del reino y les dio de comer; sabemos que detrás de esas acciones y de ese gesto había un mensaje y una enseñanza: repartir el pan de manera justa y hacer justicia al oprimido. Entonces, mucha gente comenzó a seguirlo, no tanto por lo que escucharon, sino por lo que comieron: Les aseguro que no me buscan por las señales que han visto, sino porque se han hartado de pan (Jn 6,26).

El problema es que la situación de hambre continúa y Jesús ya no les da de comer, sino que se ofrece a sí mismo como alimento, mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida (v. 6). Es una propuesta, como ya habíamos dicho, para que el hombre se alimente de sus palabras y de su evangelio; para que se nutra de esa buena nueva y pueda mirar, así, la vida de manera distinta, incluso, descubrir a través del crisol del amor cómo se reparte el pan entre todos. Este modo de hablar es intolerable, ¿quién puede admitir eso? (v. 60).

Cuando se hacen opciones con el estómago, se corre el riesgo de ser visceral, impulsivo, superfluo, imprudente y, como los hombres de esta narración, sólo tolerantes. La tolerancia es una actitud mediocre con la que se “aceptan” las cosas, las ideas y a los otros, sin un compromiso real, siempre bajo sospecha y con descontento; por eso miso consideraban que las palabras del maestro eran intolerables. Se echaron para atrás y ya no querían andar con él (v. 66), porque no fueron capaces de ver más allá: la carne de Jesús es verdadera comida y su sangre verdadera bebida porque es el Espíritu quien le da vida (v. 63); no se trataba de comer la carne como tal (de comerse literalmente a Jesús), puesto que la carne para nada aprovecha (v. 63), sino dejarse guiar por el Espíritu de Dios encarnado, hecho hombre, en el hijo del carpintero de Nazaret.

Pablo, en la carta a los efesios (5,21-32), nos da una pauta basada en la sencillez de la experiencia matrimonial: una pareja que se ama, esposa y esposo, es un signo de fidelidad, de entrega mutua y de liderazgo compartido que se abre al otro y lo acepta, el que ama a su esposa se ama a sí mismo, pues nadie jamás ha odiado su propio cuerpo, sino que le da alimento y calor (vv. 28-29); el alimento es el pan y el calor es el Espíritu. Este gran misterio, yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia (v. 32).

ACTUAR

Sólo resta dejarnos interpelar:

¿También ustedes quieren dejarme?… Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios (Jn 6, 67-69).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

Coman y beban…

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48ordinarioB19JUNIO 16/2015

DOMINGO 20 DEL TIEMPO ORDINARIO

Continuamos con los textos que refuerzan e iluminan el tema del pan de vida, hoy, la Liturgia de Palabra nos ofrece, particularmente, dos textos complementarios: Prov 9,1-6 y Jn 5,51-58; además del texto del apóstol Pablo en su carta a los efesios (5,15-20).

VER

Hemos visto que uno de los grandes problemas que enfrenta la humanidad es el hambre y la injusta distribución de los recursos; pero no sólo el hambre, hay otras problemáticas que laceran la dignidad de la persona y coartan su posibilidad de crecimiento y de integración plena en la sociedad: pobreza, migración, violencia, marginación, corrupción… Así, de entre todo eso, podemos identificar también la ignorancia, la superficialidad y la vaciedad espiritual de mucha gente, como la raíz de actitudes negativas que son, precisamente, la fuente de todos los problemas reconocidos: el egoísmo, la indiferencia, el desinterés, la irresponsabilidad… Cuando la inteligencia y la voluntad no se nutren de bondad, misericordia y compasión, tenemos como resultado personalidades débiles, inestables y moribundas, de las que sólo surge, de su corazón vacío, muerte y desolación.

Nuestra dinámica de vida (relaciones, observancia de leyes y normas, respeto, etc.), sobre todo en las grandes urbes, se rige, desafortunadamente, por la imprudencia, entendida como una falta de conciencia y una carencia de cierta sabiduría básica que ayudaría a los individuos a mantener una convivencia sana y equilibrada.

La prudencia, que no debe entenderse como la cualidad de quedarse callado ante las situaciones difíciles e incómodas y mostrarse “educado” ante ellas (esto es una verdadera imprudencia), es la capacidad de actuar, pensar y hablar conforme a la verdad, y de ver más allá de lo que se ve a simple vista, adelantándose a los hechos; una persona prudente es experta, conocedora y cauta. La prudencia es un equivalente de sabiduría, la imprudencia es, por tanto, una consecuencia de la ignorancia.

JUZGAR

El texto del libro de los Proverbios que hoy escucharemos, termina con una expresión enérgica (v. 6): Dejen su ignorancia y vivirán; avancen por el camino de la prudencia. 

Los libros sapienciales, como Proverbios por ejemplo, hablan de la sabiduría como un símbolo del Espíritu de Yahvé; la sabiduría es Dios mismo. La presentan como una persona que actúa, dice cosas, toma decisiones y se propone a sí misma como referente y modelo de vida. En este pequeño texto aparece preparando un banquete en el que ha dispuesto, para el que quiera participar, vino y pan, con el pretexto de inaugurar y abrir las puertas de la casa que se ha construido (v. 1); los invitados a comer son, al parecer, los sencillos (inexperto) y los carentes de juicio (v. 4).

La casa nueva (figura del Templo) representa, tal vez, un lugar de acogida que antes no existía; un espacio seguro, con límites claros (es una casa) y con la libertad de saber que se es bienvenido. Dentro en ella, se reúne la familia para descansar, dialogar, instruir y prepararse para la vida; allí se disponen y se comparten los alimento que habrán de nutrir a sus miembros y mantenerlos en pie.

El pan y el vino son el símbolo del alimento que nutre (pan) y que propicia el encuentro fraterno (vino); ambos, desde la perspectiva bíblica, son indispensables para la convivencia comunitaria y para el crecimiento de los individuos. Pero el texto contiene una enseñanza que nos obliga a ir más allá (ser prudentes): en la materialidad del pan y del vino está simbolizado un alimento distinto y que es producto de la Palabra y la Sabiduría divinas; no se aprecia sensorialmente, pero se puede comer y repercute en el crecimiento espiritual y humano de quien lo entiende como alimento y decide nutrirse con él. Vengan a comer del mi pan y del vino que he preparado. Dejen su ignorancia y vivirán; avancen por el camino de la prudencia (v. 6).

Comer, de éste pan y de éste vino, es en realidad una propuesta, en la que se invita al pueblo a ver la realidad con otra mirada y a comportarse de otra manera, lo cual, sólo se logra superando la ignorancia y la imprudencia a través de la sabiduría de Dios.

Desde aquí podemos leer el evangelio de Juan cuando dice Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre (6,51). Igual que en el texto de Proverbios, aquí se habla de un pan que da la vida. Pero éste es un pan vivo en el que está simbolizada la persona de Cristo, y él, que proviene de Dios (v. 57), es sabiduría de Dios y es promesa de vida eterna.

También aquí hay una reiterada invitación a comerlo (vv. 51, 53, 54,56 y 58), formulada en primera persona, en modo imperativo: coman mi carne y beban mi sangre. Tal afirmación genera un problema de moral y de ética religiosa, debido a que tanto el pan como el vino se materializan en la carne (cuerpo) y la sangre de Cristo, de tal modo, que ahora los creyentes y los seguidores del Señor pareciera que asumimos la condición de “antropófagos”: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? (v. 52), decían los judíos. Los detractores del cristianismo han utilizado esta imagen para acusarnos de “canibalismo”, dado que es evidente, desde su perspectiva y según el texto de Juan, que nosotros comemos carne humana y luego nos tomamos la sangre, pero esta es una afirmación barata, oportunista y superficial (literal); es imprudente. Siempre hay que ver más allá…

Comer/beber, estrictamente hablando, es una acción propia de los seres vivos (carnívoros y herbívoros), por medio de la cual consumimos los productos que nos alimentan (nutritivos y no nutritivos), los procesamos (masticamos) y los transformamos (digerimos) para nutrir nuestro organismo. En los giros de nuestro lenguaje existe un uso metafórico de dicha acción, y es así que decimos, por ejemplo: los adolescente se quieren comer el mundo a mordidas, o que leyendo un texto nos hemos comido las palabras; cuando vemos un niño que nos enternece, o una mujer que nos apasiona, nos lo queremos comer…; decimos también que la gente que lee mucho se come los libros, o que el distraído que se creyó un engaño: ¡se lo comió! En fin, nadie come libros, papeles, o gentes; nos alimentamos de ideas, de propuestas, de palabras, de gestos, de buenos deseos.

Dijimos que Proverbios nos habla más de una propuesta que de una acción fisiológica. También Jesús: su cuerpo clavado en la cruz y su sangre derramada, como signos de salvación, son una propuesta de vida; un pan y un vino, nuevos, que son producto de la Palabra del evangelio y del Espíritu prometido en nuestros corazones. Comerlo y beberlo significa, metafóricamente hablando, aceptarlo, nutrirnos con la Buena Nueva para que nuestra vida se transforme: Este es el pan que ha bajado del cielo; no es como el maná que comieron sus padres, pues murieron. El que come de este pan vivirá para siempre (v. 58).

ACTUAR

La carta a los efesios (5,15-20) nos propone tres acciones:

  1. No comportarse como insensatos (necios), sino como prudentes (v. 15).
  1. No ser irreflexivos, sino tratar de entender cuál es la voluntad de Dios (v. 17).
  1. Llenarse del Espíritu Santo (v. 18).

Esto se logra cuando nos alimentamos del evangelio; cuando, al escucharlo, leerlo y reflexionarlo, nos “comemos” al Señor que nutre nuestra voluntad y nuestro entendimiento. La Eucaristía, más allá de la hostia y el vino consagrados que representan la presencia de Cristo, es una propuesta que cambia los paradigmas de la convivencia social y de las relaciones interpersonales: sentarse en la misma mesa (fraternidad), comer del mismo pan (hacer justicia), lavarse los pies unos a otros (servicio) y amarse hasta dar la vida pro el hermano (ley), son el alimento que supera la imprudencia y nos nutre de la sabiduría divina que nos convierte en hombres buenos y misericordiosos.

Decía el profeta Jeremías (15,16): Cuando encontraba palabras tuyas las devoraba; tu palabra era mi gozo y la alegría de mi corazón, porque tu nombre fue pronunciado sobre mí, ¡Señor, Dios de los ejércitos!

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

“Levántate y come…”

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en-el-camino-1111AGOSTO 9/2015

DOMINGO 19 DEL TIEMPO ORDINARIO

La Liturgia de la palabra de este domingo 9 de agosto (XIX del Tiempo Ordinario) es, como lo indicamos el domingo anterior, continuidad del tema del pan de vida. Los contenidos de los textos, particularmente de la primera lectura (1Re 19,4-8) y del evangelio (Jn 6,41-51) están en sintonía entre sí con dicha temática y el texto de la segunda lectura (Ef 4,30-5,2) resalta la centralidad de Cristo y la riqueza de una vida caracterizada por la acción del Espíritu.

El pan del que se habla aquí está en función de una misión y del cumplimiento de la voluntad de Dios. Es importante entender que los hombres que han sido elegidos como profetas y como promotores del mensaje divino deben alimentarse para soportar las adversidades, los largos caminos, las inclemencias y el peso que representa ser portavoz de Yahvé; en una palabra, ellos deben estar vivos.

VER

La pobreza exige, dijo mi abuelo, reflexionando en su decisión de migrar a los Estados Unidos (Janet Martínez).

Un día, en el pueblo instalaron un negocio grande; presenté mi solicitud, pensé que era la oportunidad de mi  vida, pues tenía conocimiento y experiencia, pero me negaron esa opción por no tener el nivel académico que requerían. Pero insistí; insistí tanto que me pusieron a prueba por dos semanas. Puse todo mi interés y dio resultado porque me contrataron. Me sentí muy feliz, miraba nuevos horizontes y el sueldo sería mejor. Así comencé, como dicen, desde abajo. Para 1979 ya era cajera y en 1980 yo era administradora de dicho negocio. En cuanto a mi vida personal, intenté darme una segunda oportunidad. En 1976 nació mi hija Graciela y en 1985 nació Joel. Durante este trayecto el sindicato local había tomado la decisión de implementar un patronato a dicho negocio. Desde un principio el señor presidente y su secretario no me fueron nada agradables. Había algo en su actitud; yo tenía un raro presentimiento, y no estaba equivocada porque un día don Rafael, el presidente, llegó muy amable y dijo:

  • Alma, necesito hablar con usted, por favor, subamos a su oficina.

Así que yo caminé delante de él y cuando subíamos por las escaleras ese hombre intentó besarme a fuerza. Él era un hombre fuerte y alto pero yo estaba dos escalones arriba, me sentí ofendida, y le crucé la cara con dos bofetadas. Él me tomó con fuerza por los hombros y me sacudió como muñeco de trapo; vociferaba y maldecía:

  • Estúpida –me dijo–, hasta hoy ninguna perra me ha despreciado; te juro, negociante de pacotilla, que me las vas a pagar; así de paso me cobraré también las que tu padre me debe. Ese viejo imbécil me puso en ridículo públicamente, siempre se las ha dado de politiquillo importante pero vale mierda. Como quiera que sea, era mi padre y nunca le guardé rencor, así que respondí sin temor alguno:
  • Mi padre es un hombre honesto y respetado en todo el pueblo en cambio usted… usted no goza de muy buena reputación. Levantó su mano derecha, como para pegarme, pero quedó suspendida en el aire…

En abril de 1986 me llamaron a las oficinas centrales en la capital de México. El coordinador, licenciado Leonardo Manrique, estaba con un grupo de personas y me dijo:

  • Alma, la hicimos venir porque tenemos listos los resultados de la auditoría, y es de vital importancia que me responda ¿sabe usted porqué hay números rojos en su inventario? Sorprendida contesté:
  • No, señor. Tengo seis años en la administración y nunca he tenido problemas.

Enfático, respondió como sentenciando:

  • Lo siento, Alma, nosotros tenemos un compromiso y usted debe responder por esto. O nos restaura los cinco millones de pesos faltantes, o nos indica quién o quiénes son los responsables de esto. Porque de lo contrario nos veremos en la necesidad de denunciar este caso y usted responderá ante las autoridades competentes. Estupefacta sentí que la tierra se abría bajo mis pies, un tanto turbada contesté:
  • Señor Manrique, esto no puede estarme sucediendo a mí; me dediqué totalmente a cumplir con mi trabajo, es más, ni siquiera tomé mis vacaciones del año pasado, ni siquiera me las han pagado.
  • No lo sabía –contestó, pero de cualquier modo esto es muy grave.

Yo agregué con vehemencia:

  • Entiendo que ustedes tienen que cumplir con su deber, pero, ¿qué va a pasar con mi familia? ¿mis hijos?

Y no hubo respuestas, sólo se limitó a decir:

  • Bueno, esta reunión se da por terminada. En un par de semanas el contador Olivares pasará a su oficina para revisar otros documentos…

Lloré, lloré y clamé a Dios sin encontrar consuelo. Así que esa noche regresé a casa extenuada, sin poder poner en orden mis pensamientos. Cuando llegué a casa ya era entrada la noche, mi madre estaba inquieta y, preocupada, me interrogó:

  • Hija, es muy tarde, ¿qué sucedió?
  • Mamá, no se preocupe estoy bien.
  • ¿Entonces, te caliento la cena?
  • No mami, no tengo hambre –contesté.

Me miró profundamente y agregó:

  • ¿Es muy grave, verdad? ¡Contéstame, hija, por favor!

Me sentí descubierta y contesté:

  • Sí, mamá, sí es algo grave.

Ella se acercó hacia mí y me abrazó llorando mientras decía:

  • ¿Qué va a pasar hija?
  • No lo sé, mamá, no lo sé.
  • Hija, antes que nos vayamos a dormir tengo algo que decirte: doña Martha y su hija María dicen haber visto, hace unas tres semanas, descargar unas cajas de mercancía en la casa de Elsa, la hija de don Rafael, y además era la camioneta de la tienda.
  • ¿Pero cómo? ¡Eso no puede ser! ¿Saben quién manejaba?
  • Sí –dijo mi madre–, el chofer que despediste el año pasado.
  • ¿Faustino?
  • Sí, ellas lo vieron bien, si son vecinas de Elsa.

Entonces, pensé, eso quiere decir que tienen copias de las llaves de la camioneta y obviamente pueden tener llaves de la tienda.

  • Dios mío, mamá, ¿qué hago?

Ella contestó:

  • Bueno, creo que tienes enemigos en casa.

Como si llevara pesadas cadenas fui a mi trabajo, sentía que todo mundo me miraba, ni siquiera podía concentrarme y, como maldición, don Rafael y don Enrique se presentaron intempestivamente en mi oficina; con risa sarcástica sentenció don Rafael:

  • ¿Y qué, Almita, cómo le fue con lo de la auditoria?
  • Sí –dijo don Enrique–, chance y se merezca unas vacaciones en Acapulco, ¿verdad, Rafa?

Me tragué la rabia y me limité a decir:

  • Lo único que sé es que en dos semanas vendrá el contador Olivares.
  • Bueno, hay que estar pendientes, vámonos, compa.

Al regreso a casa le conté a mi madre lo sucedido. Mi madre tenía diabetes muy avanzada, temía por ella. Pero cuando hablamos ella apretó mis manos y me dijo llorando amargamente:

  • Mi hijita, creo que sólo hay un camino.
  • ¿Un camino?
  • Sí, que te tienes que ir. Irte de aquí, del pueblo, del país… (Testimonio de Alma Rivas).

(http://www.barriozona.com/historias_migrantes_el_sueno_equivocado.html)

 Historias como esta, hay muchas, interminables como la pobreza en la que tanta gente vive y muere; para la gran mayoría de ellos la única esperanza, por demás incierta, es la huida, la búsqueda de tierras nuevas, lejanas y extrañas, en donde puedan encontrar, quizá, mejores oportunidades de vida.

JUZGAR

Los versículos 1 a 3 del capítulo 19 en el primer libro de los Reyes, que no están incluidos en el texto que hoy leemos, narran lo siguiente:

Ajab contó a Jezabel lo que Elías había hecho, cómo había pasado a cuchillo a los profetas. Entonces Jezabel mandó a Elías este recado:Que los dioses me castiguen si mañana a estas horas no hago contigo lo mismo que has hecho tú con cualquiera de ellos”.

Elías temió y emprendió la marcha para salvar la vida…

El profeta se dirigió al desierto, cansado y agotado por un día de camino, sin esperanza, sintió deseos de morir; se dio por vencido y sin valía gritó desesperado: Basta ya, Señor. Quítame la vida, pues yo no valgo más que mis padres. Se recostó y se quedó dormido, como el último acto, digno y libre, que una persona abandonada a su suerte puede hacer, antes de la fatal muerte en la soledad (v. 4).

Elías representa al pueblo que huye amenazado, al igual que los migrantes, y para quien el único camino es el desierto, que puede significar el final de la vida, o convertirse en el principio de una nueva experiencia; pero también, en él se encarna la consciencia crítica del mismo pueblo: es un profeta ungido con el Espíritu de Yahvé y no puede perecer, su misión es denunciar injusticia e infidelidad y, sobre todo, recordar que Dios es el único y verdadero Dios, en quien se puede confiar, porque es misericordioso.

La migración de hombres y mujeres es, en sí, una denuncia abierta y pública, porque en ella se hace evidente la injusticia social y la corrupción del poder político; es un acto profético porque se gesta en el seno de las sociedades corrompidas y grita en el desierto. Es, además, un acto de fe, porque el caminar incierto se pone en manos de Dios, esperando de él bendiciones abundantes; la muerte es una posibilidad, ya que la vida se pone en riesgo.

Pero un ángel del Señor llegó a despertarlo y le dijo: “Levántate y come”. Había allí pan y agua, el sustento necesario y básico para recuperar las fuerzas y reanimar la vida, de tal manera, que con la fuerza de aquel alimento, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios.

La marcha de Elías a través del desierto -dice Luis A. Schökel- no es tanto un desplazamiento a través de una geografía cuanto un símbolo de la existencia humana, que pasa por una serie de altibajos, bien reflejados en las actitudes y sentimientos que se suceden en el ánimo de Elías a lo largo del camino: miedo, tedio, hastío, hambre, desesperación, conciencia de culpabilidad y al final, fortalecido con el alimento y la bebida, el caminar ilusionado y decidido hasta el monte donde Dios se le va a mostrar.

Ese pan es Dios mismo, quien alimenta el espíritu humano y lo fortalece; los nutrientes son los criterios nuevos con los que ve de manera distinta la vida y la realidad que lo rodea, y le permiten, además, caminar no sólo un día, sino los necesarios para alcanzar la libertad y la plenitud en la cercanía de Dios, el monte Horeb (v. 8). Desde aquí podemos leer las palabras de Jesús: Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo (Jn 6,41). El que cree en mí, tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida (vv. 47 y 48).

Decíamos el domingo pasado que además del pan que da sustento a la vida y la nutre, es indispensable, para los creyentes, alimentarse de la Buena Nueva que nutre y sustenta, a su vez, la justicia, la libertad y la solidaridad. Este otro pan es el que garantiza la vida eterna, entendida no como el futuro sin fin que nos espera después de la muerte, sino en términos de una transformación radical de la vida presente, logrando que sea digna para todos los hombres y que el porvenir de los pueblos y sus proyectos sean promisorios. Por ello, el texto de Juan, para este domingo, concluye enfático: Y el pan que yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida (v. 51).

¿Qué significa que tenga vida?: que no desista ante las adversidades y decida, como Elías, quedarse dormido, desentendiéndose de la vida y desconectarse de la realidad. Un profeta ha recibido el Espíritu de Yahvé, también un bautizado, y es por eso que Pablo, en su carta a los efesios, nos pide: No le causen tristeza al Espíritu santo, con el que Dios los ha marcado para el día de la liberación final (4,30). Este pan, como el que llevó el ángel al profeta de parte de Dios, provoca que la vida se redimensione y el hombre se ponga en movimiento, buscando aquel lugar de plenitud que está más allá del desierto.

ACTUAR

Dice Juan, en el evangelio, que los judíos murmuraban contra Jesús (6,41) y ser preguntaban, con envidia y desprecio: ¿No es éste, Jesús, el hijo de José? ¿Acaso no conocemos a su padre y a su madre? (v. 42). Así, justamente, opinamos y murmuramos de todos aquellos que proponen alternativas de vida mejor, de los que luchan por los derechos del hombre, por su dignidad y su libertad; de los que denuncian las injusticias y se atreven a compartir su vida y su pan con los migrantes, con los pobres, con la gente en situación de calle y de prostitución, con los ancianos abandonados, con las viudas y las madres solteras; con los presos y los desahuciados…

No murmuremos, dejémonos asombrar por el Padre (Jn 6,44) que es misericordioso, bueno, justo, cercano; que no quiere que muramos de hambre en el desierto (cualquier desierto) y se ofrece como pan de vida eterna.

Si hemos sido marcados con el Espíritu, como dice Pablo, entonces destierren de ustedes la aspereza, la ira, la indignación, los insultos, las maledicencias y toda clase de maldad… (Ef 4,31). La maldad es como el malestar provocado por una mala alimentación, pero cuando nos alimentamos con el pan de la vida hay bondad en nuestros corazones, en nuestros pensamientos y en nuestros actos.

No nos durmamos, Pide el Papa Francisco:

Quisiera advertir que no suele haber conciencia clara de los problemas que afectan particularmente a los excluidos. Ellos son la mayor parte del planeta, miles de millones de personas. Hoy están presentes en los debates políticos y económicos internacionales, pero frecuentemente parece que sus problemas se plantean como un apéndice, como una cuestión que se añade casi por obligación o de manera periférica, si es que no se les considera un mero daño colateral. De hecho, a la hora de la actuación concreta, quedan frecuentemente en el último lugar. Ello se debe en parte a que muchos profesionales, formadores de opinión, medios de comunicación y centros de poder están ubicados lejos de ellos, en áreas urbanas aisladas, sin tomar contacto directo con sus problemas… (Laudato sí, 49).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.