EL QUE NO ESTÁ CONTRA NOSOTROS, ESTÁ CON NOSOTROS…

Estándar

thFOKEO2DQ27 DE JUNIO/2015

DOMINGO 26 DEL TIEMPO ORDINARIO

El conjunto de las lecturas de este domingo desarrolla dos temas: por un lado, habla de la acción del Espíritu en aquellos que han sido elegidos por Dios y, por otro, pone en evidencia cómo es la vida de una persona que se ha entregado al egoísmo y cómo su modo de actuar contrasta con las acciones que nacen del Espíritu. En este sentido, la primera lectura, del libro de los Números, está en total sintonía con la primera parte del evangelio de Marcos (del versículo 38 al versículo 41); por su parte, la carta de Santiago es un reflejo de las advertencias que plantea la segunda parte del mismo evangelio (del versículo 45 al versículo 48).

VER

No siempre el éxito del otro es causa de gozo y alegría para algunos; más allá de ser una oportunidad para aprender y crecer juntos, o de ver en ello una luz de esperanza que, incluso, se puede convertir en una acción benéfica, es el pretexto perfecto para despreciarlo, descalificarlo y señalarlo. Pareciera que ser exitoso convierrte a la gente en seres extraños que dejan de pertenecer, según nuestros criterios obtusos, a nuestro nivel y a nuestro contexto. Entonces, los excluimos.

Pero también el éxito que alcanzamos, por nosotros mismos, o gracias a otros, a veces se acompaña de privilegios adquiridos y de beneficios exclusivos (como ya lo hemos comentado en domingos anteriores), haciendo de ese status y de esas relaciones un gueto, que se convierte en el motivo perfecto para rechazar al que no comparte metas, o ideales, con nosotros. Surgen así las clases sociales, las clases empresariales, las clases de intelectuales, etc. Entonces, los excluimos también a ellos.

El descrédito de lo que otros son y hacen, se ha convertido en una práctica común en las sociedades; es recurrente no creer que otros puedan creer como yo, o asumir, por ejemplo, que no pueden hacer, o no están capacitados, para hacer lo que yo hago; no aceptamos que las buenas acciones, los gestos altruistas, o las decisiones radicales llevadas a cabo por otros distintos a mí, tengan el mismo valor, o puedan ser mejores, que mis acciones, mis gestos y mis decisiones…

El bien y la bondad no son exclusivos de nadie; pero los hemos “institucionalizado”, a tal grado, que nos hemos apropiado de ellos, los “concedemos”  de manera exclusiva, o los negamos…

JUZGAR

El libro de los Números nos cuenta cómo el espíritu que Moisés recibió de Yahvé debía ser compartido con los setenta ancianos para que juntos profetizaran al pueblo (11,25); nos dice también que a dos hombres más, Eldad y Medad, les fue concedido el mismo espíritu y se pusieron a profetizar también ellos (v. 26). Moisés fue avisado de tal situación. Por otro lado, en el evangelio de Marcos encontramos una escena semejante: Juan informa a Jesús de que han visto a uno expulsando demonios en su nombre (v.38), es decir, a ese tale, se le ha concedido también el espíritu de Jesús, el mismo que ha sido compartido con los doce discípulos. En ambos casos se verifica la misma reacción de parte de los que se consideran poseedores únicos de ese don: prohibirlo. La razón es muy sencilla, pero reveladora: no es de los nuestros (Mc 9,38). Josué increpa a Moisés exigiendo que se los prohíba (Num 11,28) y Juan tomó, inclusive, la decisión por sí mismo: se lo prohibimos (v. 38).

Tanto en Josué como en Juan se manifiesta una escaza visión de los acontecimientos, no sólo de lo que está sucediendo en ese momento, sino de lo que han vivido y experimentado tiempo atrás; tal vez el poder y la posición cómoda que han querido asumir por su cercanía con Moisés y con Jesús, los ha llevado a malinterpretar la misión de ambos: el libertador y el Mesías no vinieron a repartir poder, sino a liberar a todos los hombres de sus ataduras, por medio de la Palabra y a través del Espíritu de Yahvé.

No son de los nuestros, es la última expresión del desprecio, el rechazo y la exclusión; es la puerta que se cierra para no dejar entrar, definitivamente, las infinitas oportunidades de novedad y de cambio a través del otro. Ante ello, Moisés tiene una respuesta un tanto sutil: ¿crees que voy a ponerme celoso? (Num 11,29). Jesús, en cambio es claro y contundente: No se lo prohíban (Mc 9,39). No importando el modo, las respuestas llevan a lo mismo: la acción del Espíritu no está supeditada a los caprichos del hombre, no tiene límites y es para el bien común. Eldad y Medad representan a la gente de la que Moisés espera algo: Ojalá que todo el pueblo de Dios fuera profeta y descendiera sobre todos ellos el espíritu del Señor (Num 11,29). Y aquél al que vieron expulsando demonios en nombre de Jesús, corresponde a esta misma categoría de creyentes que, entendiendo el mensaje y haciendo suyas la Palabra de Dios, se han atrevido a ir más allá que el resto: porque no hay ninguno que haga milagros en mi nombre, que luego sea capaz de hablar mal de mí; además, Jesús echa por tierra la afirmación de Juan, yendo del “no son de los nuestros” a decir todo aquel que no está contra nosotros, está a nuestro favor (Mc 9,40).

A partir del evangelio se va gestando un yo colectivo, que rompe con todo individualismo y con todas las formas del egoísmo; este “nosotros” es como la “nostredad”, o “nostridad”, de la que hablaba Ortega y Gasset, con la que explicaba la experiencia relacional que se da a través del encuentro, interpersonal, de dos o más individuos. En otras palabras, la nostridad es la vivencia del nosotros, y es el paso que se ha dado de la conciencia del yo y del otro, a la conciencia del “yo colectivo”, o “plural”, y los otros: tú y yo; los otros y yo.

Dice Luis Alonso Schökel que la universalidad del Evangelio no se refiere sólo a los destinatarios, sino también a los agentes. Los discípulos de Jesús deberíamos incluso propiciar alianzas o proyectos comunes con quienes, siendo de otras religiones o con quienes no profesan ninguna, dedican su vida al servicio de la humanidad. Hacer el bien es un evangelio universal (La Biblia de Nuestro Pueblo, comentario a Mc 9,38-41).

El versículo 41 marca el cumplimiento del proyecto evangélico y resume en una sola acción lo que Mateo expone en el texto del juicio a las naciones 25,31-46): Todo aquél que les dé de beber un vaso de agua por el hecho de que son de Cristo, les aseguro que no se quedará sin recompensa. El evangelio es una forma de vida y se ha propuesto a todos los hombres, por eso, quien la quiera hacer suya, no importando raza, religión, género o posición, recibirá el reconocimiento de los hombres y de Dios. Por el contrario, siguiendo aún el juicio de las naciones, en el versículo 42, Jesús advierte que quien va en contra de las propuestas evangélicas acaba siendo un escándalo, sobre todo para la gente sencilla, la es capaz de reconocer lo que se hace por ella y comparte, incluso, lo poco que tiene (un vaso de agua).

En los versículos siguientes (42-48) encontramos lo que un creyente debe evitar, los actos a los que debe renunciar, una vez que su vida se ha impregnado del Espíritu de Dios y de su Palabra. La mano, el pie y el ojo representan lo que hacemos con el otro, los caminos por donde lo llevamos y el modo como lo vemos y lo juzgamos. Más vale – dice Jesús – entrar manco, cojo o tuerto en el Reino de Dios que llegar completos al lugar de castigo. Pero debemos ir más allá de la letra: el evangelio no pide que nos mutilemos, pide que orientemos de manera distinta nuestra vida, arrancando de ella (cortar) los vicios, el pecado, las envidias, la corrupción, los pensamientos negativos…, es decir, todo aquello que nace de nuestras guerras internas (como lo decíamos el domingo anterior) y no permite que vivamos en paz. De lo contrario, resonarán en nosotros, como un grito desgarrador, las palabras de la carta de Santiago (5,1-6):

Lloren y laméntense, ustedes, los ricos, por las desgracias que les esperan. Sus riquezas se han corrompido; la polilla se ha comido sus vestidos; enmohecidos están su oro y su plata, y ese moho será una prueba contra ustedes y consumirán sus carnes, como el fuego. Con esto ustedes han atesorado un castigo para los últimos días. El salario que ustedes han defraudado a los trabajadores que segaron sus campos está clamando contra ustedes; sus gritos han llegado hasta oídos del Señor de los ejércitos. Han vivido ustedes en este mundo entregados al lujo y al placer, engordando como reses para el día de la matanza. Han condenado a los inocentes y los han matado, porque no podían defenderse.

ACTUAR

En el capítulo sexto de la encíclica Laudato sí, el papa Francisco nos propone lo siguiente y que puede ser un buen punto de partida para una vida común distinta:

Muchas cosas tienen que reorientar su rumbo, pero ante todo la humanidad necesita cambiar. Hace falta la conciencia de un origen común, de una pertenencia mutua y de un futuro compartido por todos. Esa conciencia básica permitirá el desarrollo de nuevas convicciones, desafíos y formas de vida. Se destaca así un gran desafío cultural, espiritual y educativo que supondrá largos procesos de regeneración (LS 202).

Ojalá que todo el pueblo de Dios fuera profeta y descendiera sobre todos ellos el espíritu del Señor (Num 11,29).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

Anuncios

¿Quién es el primero de todos?: el que sirve y se hace como niño…

Estándar

3923185424_36fe4a8306_zSEPTIEMBRE 20/2015

DOMINGO 25 DEL TIEMPO ORDINARIO

La Liturgia de la Palabra nos ofrece tres lecturas que conforman un bloque único, abordan la misma temática y retoman, como en el domingo anterior, algunas actitudes humanas como punto de partida para ofrecer sus enseñanzas. Los textos pertenecen al Libro de la Sabiduría (2,12.17-20) para la primera lectura, a la carta del apóstol Santiago (3,16-4,3) para la segunda lectura y al evangelio de Marcos (9,30-37). El tema de fono es la ambición y la actitud que se resalta en las lecturas es la envidia.

VER

Está por demás decir que nuestro mundo se desmorona a causa de las luchas de poder entre aquellos que ostentan y ejercen la autoridad, otorgada a través de instancias lícitas y democráticas, o tomada de manera ilegal, por la coacción, las amenazas, la corrupción y la violencia. Algunos conflictos son luchas internas que generan guerras civiles y la muerte entre hermanos y connacionales; otros son conflictos que sobrepasan las fronteras, guerras entre naciones, animadas por la ambición, los fundamentalismos religiosos, las ideologías políticas y la necesidad del dominio y el protagonismo internacional. Pero también hay conflictos en las familias, en las empresas, en las instituciones y en las pequeñas comunidades, provocados, de igual manera, por la envidia y la ambición; allí, todo se rige por una lógica de competencia, donde el más fuerte predomina sobre el más débil.

Vemos entonces que las consecuencias, ya sea a nivel internacional o a nivel local y familiar, siempre conllevan el deterioro de las relaciones fraternas, el atropello de la dignidad humana y la ignominia de la vida en general. Podemos enlistar una serie de actos que, a lo largo de la historia han dado como resultado desgracias sociales inimaginables e irreparables, clasificados como homicidios, genocidios, holocaustos, ecocidios, matanzas sistemáticas, desapariciones, atentados, encarcelamientos…

En nuestro pasado histórico y en nuestra consciencia presente afloran, a modo de reclamo, nombres, fechas, lugares, acontecimientos: Hitler, Auschwitz, Vietnam, 1968, Ruanda, Múnich, Albania, Palestina, Sadam Husein, Pinochet, Franco, 11 de septiembre, Juárez, Guerra del Golfo, Ayotzinapa, Tlatlaya, Siria… y tantos más, como símbolo fehaciente de la incontenible lucha, por demás incomprensible, del hombre por hombre.

JUZGAR

Hermanos míos: Donde hay envidias y rivalidades, ahí hay desorden y toda clase de obras malas (Sant 3,16). Así comienza el texto de la carta de Santiago que hoy escuchamos y que cobra un gran nivel de actualidad por la verdad que encierra; la sencillez de estas palabras y la advertencia que resuena en ellas reflejan el origen de las grandes catástrofes humanas. ¿De dónde vienen las luchas y los conflictos entre ustedes? ¿No es, acaso, de las malas pasiones, que siempre están en guerra dentro de ustedes? Ustedes codician lo que no pueden tener y acaban asesinando. Ambicionan algo que no pueden alcanzar, y entonces combaten y hacen la guerra (4,1-2).

Para ahondar en esta reflexión, vale la pena considerar la siguiente pregunta como medular, si es que estamos dispuestos a discernir de dónde provienen nuestros males: ¿No es, acaso, de las malas pasiones, que siempre están en guerra dentro de ustedes? (v. 1). Hay, en nuestro interior, una guerra original que es el origen de todas las guerras… Por eso, el evangelio de Mateo nos recuerda aquella advertencia hecha por Jesús al respecto: No contamina al hombre lo que entra por la boca, sino lo que sale de ella… (15,11); de su interior, de los malestares del corazón.

¿Por qué sucede esto? ¿Qué falta en nuestro interior? ¿Qué debemos hacer? El mismo Santiago nos da la pauta para responder a estas preguntas: …los que tienen la sabiduría que viene de Dios son puros, ante todo. Además, son amantes de la paz, comprensivos, dóciles, están llenos de misericordia y de buenos frutos, son imparciales y sinceros (v. 17). Esta es la sabiduría que se debate con la “sabiduría del hombre”, que también nace del interior pero que se alimenta de la corrupción y del pecado. Así nos lo demuestra el libro de la Sabiduría: por un lado, están los malvados con sus planes, tendiendo trampas al hombre justo, les molesta que los confronte y, por otro lado, saben ellos mismos que la sabiduría de Dios lo sostiene e intentan comprobar que eso sea verdad. Si el justo es Hijo de Dios, Él lo ayudará y lo librará de las manos de sus enemigos. Sometámoslo a la humillación y a la tortura, para conocer su temple y su valor (2,18-19).

Es decir, debemos caer en cuenta, y aceptar, que, hoy por hoy, la sabiduría divina no es parte de nuestros planes; falta en nosotros aquello que da sentido a la historia pasada, al presente que nos define y al futuro, sobre el cual proyectaremos y pondremos en práctica la fuerza que nace de nuestro interior. De lo contrario, andaremos como los discípulos: sin entender y con miedo a saber de qué se trata (cf. Mc. 9,32). En cambio, Jesús que ha vivido entregado al cumplimiento de la voluntad del Padre, sustentando su mensaje en esa sabiduría, tiene la certeza de que por ello y a pesar de todo, recibirá una recompensa invaluable: El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; le darán muerte y, tres días después de muerto, resucitará (Mc. 9,31).

Cuando no alcanzamos a comprender lo que sucede, porque tenemos el corazón y la mente ofuscados, y el miedo nos bloquea el entendimiento, no seremos capaces de romper el velo que nos impide ver más allá; entonces, nos olvidaremos de la realidad,…y de Dios, y volcaremos nuestra atención en intereses efímeros, dando importancia a lo que en verdad no la tiene: ¿De qué discutían por el camino? Pero ellos se quedaron callados, porque en el camino habían discutido sobre quién de ellos era el más importante… (Mc 9,33-34). Pareciera como si Jesús preguntara a los discípulos, y nos preguntara a nosotros: ¿qué guerras traen dentro de ustedes?

Miedo a comprometerse, miedo a definirse, miedo a equivocarse, miedo a dar la cara, miedo a tener que actuar, miedo a cerrarse opciones, miedo a ser uno mismo. El miedo ciega los canales del discernimiento, inmoviliza el mecanismo de las decisiones. Quien teme, no elige bien, no puede elegir bien. Bajo la influencia del miedo, la mirada, el pulso, el equilibrio dejan de ser lo que deberían ser y de obrar como deberían obrar. El ambiente se turba y la elección se frustra. Quizá la facultad más importante para elegir bien sea el valor, y quizá nuestras decisiones no sean tan felices porque nos falta valor al tomarlas. Valor para entregarse a una causa, valor para equivocarse (que es la mejor garantía de no equivocarse), valor para escoger, valor para vivir. El miedo paraliza el alma. Y al contario, el valor de escoger con decisión y claridad es lo que marca al hombre como tal y le da su dignidad y su personalidad. No hay mejor escuela para hacerse hombre que el saber escoger (Carlos G. Vallés, SJ. Saber escoger. El arte del discernimiento).

No está todo perdido. Las guerras internas en el corazón del hombre y la confusión en la que vive sólo se libran si estamos dispuestos a aceptar dos propuestas que ponen a prueba nuestra condición: servir y hacerse como niño. Según los criterios humanos, esto puede verse como una humillación y una afrenta, ya que servir es de esclavos y ser como un niño significaría ingenuidad, inutilidad, insignificancia, vulnerabilidad… Desde la perspectiva del evangelio el sentido va por otro lado.

El servicio es el único modo de romper con las predisposiciones y los juicios a priori, puesto que nos enfrenta a la realidad desde abajo, a ras de suelo, en actitud de humildad (tener los pies sobre la tierra) y de espera; en el servicio se empieza desde cero y los hombres se encuentran en situación de iguales, a tal grado, que se nulifican las aspiraciones ambiciosas y las rivalidades. El niño, que muy probablemente estaba al servicio de la casa (un criado) y que Jesús pone en medio de los discípulos, se convierte en el parámetro, no sólo del servicio, sino del modo de vivir según el evangelio: hay que abrazarlo para comprenderlo. Esta breve lección cambia la perspectiva con la que se mira el mundo, ya que el discipulado no se caracteriza por ocupar los primeros puestos y ver la realidad desde arriba; se trata de abajarse, de dejar a un lado los privilegios y acercar (abrazar) la realidad a la propia vida, porque sólo así se podrá descubrir al pobre como el lugar teológico donde se esconde la sabiduría de Dios: El que recibe en mi nombre a uno de estos pequeños, a mí me recibe. Y el que me recibe a mí, no me recibe a mí, sino al que me ha enviado” (Mc 9,37).

Si hacemos un recuento de lo propuesto en los domingos anteriores, veremos cómo la Liturgia de la Palabra nos ha marcado un camino que, seguramente, nos acerca a nuestro más profundo centro: primero la pregunta respecto a quién debemos seguir y cómo hacerlo (Domingo 21); luego, recordamos la cercanía de Dios y la necesidad de escuchar sus mandatos (Domingo 22), en seguida, el sentido de escuchar y hablar, contrario a la ceguera y la tartamudez que nos impiden ver la realidad y denunciar las injusticias (Domingo 23) y, por último, la lucha que implica para el hombre de fe vivir desde las apariencias, o desde la verdad (Domingo 24). Hoy podemos sintetizar la enseñanza en dos versículos, uno del evangelio de Marcos y otro de la carta de Santiago:

  • Si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos (Mc 9,35).
  • Los pacíficos siembran la paz y cosechan frutos de justicia (Sant 3,18).

ACTUAR

Todos tenemos sueños, aspiraciones, ideales, metas por alcanzar; es parte de la condición humana imaginar su futuro y vivir construyéndolo, pero debe hacerlo según su naturaleza y en armonía con los demás hombres, que también sueñan, aspiran, imaginan y tienen ideales. Ante esto, resulta categórico no confundir los sueños de la humanidad con las ambiciones de algunos individuos.

La creación del hombre, hecha en semejanza con Dios (Gn 1,26), otorga a la humanidad la primacía en relación con las demás creaturas. Tal primacía es el sustento de la dignidad que el Dios creador le ha dado, es el reflejo de la bondad divina, pero no puede ser confundida con un privilegio, con una ambición de poder y dominio absoluto; no es el deseo de ocupar el primer puesto en razón de un “derecho divino”.

Estamos invitados a reencontrarnos con la sabiduría de Dios en otros canales, por diferentes derroteros y con un corazón dispuesto a deshacirse de todo aquello que provoca en él las guerras que traemos dentro.

El centro del alma -dice S. Juan de la Cruz- es Dios, al cual, cuando ella hubiere llegado según toda la capacidad de su ser y según la fuerza de su operación e inclinación, habrá llegado al último y más profundo centro suyo en Dios, que será cunado con todas sus fuerzas entienda y ame y goce a Dios…

Cuando esto suceda, cuando nos hayamos reencontrado a solas con Dios solo y Él se convierta en nuestro centro, sabremos entonces que el hombre, cualquier hombre, está al centro de la creación, dándole sentido y plenitud, y que él mismo es el vehículo de humanización de todo lo creado. Cuando nuestra mente y nuestro corazón estén libres de rivalidades y de envidias, podremos ver con claridad al niño que está en medio de nosotros, y abrazarlo, y así, comprenderemos, como dice Gustavo Gutiérrez que convertirse es saber y experimentar que, contrariamente a las leyes del mundo de la física, sólo se está de pie, según el evangelio, cuando nuestro eje de gravedad pasa fuera de nosotros (Teología de la Liberación. Perspectivas).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

Ustedes… ¿Quién dicen que soy?

Estándar

mascarasSEPTIEMBRE 13/2015

DOMINGO 24 DEL TIEMPO ORDINARIO

La Liturgia de la Palabra, integrada por un texto del profeta Isaías (50,5-9), uno de la carta de Santiago (2,14-18) y el evangelio de Marcos (8,27-35), nos presenta una sincronía tal que nos ayuda a entender con claridad cuáles son las consecuencias inevitables de quien ha escuchado la Palabra de Dios, la ha puesto en práctica sin regateos y, además, ha dado razón de su fe.

VER

No podemos negar que, muchos de nosotros, vivimos inmersos y, a veces condicionados, por una costumbre social que, cada vez más, se ha convertido en una forma de ser, aceptada y asumida, por los individuos; nos referimos a la apariencia. La gente es y vive aparentando su personalidad, sus ideas, su religión, sus “buenas obras”, su posesiones (lo que posee materialmente), sus sentimientos, sus preferencias, sus éxitos… y con ello oculta sus fracasos, sus decepciones, sus miedos, sus incapacidades, sus desilusiones… en fin, su yo verdadero.

El mundo mediático y el comercio (el consumo) constantemente nos abren la posibilidad para que esto se haga realidad; podemos percatarnos cómo en cada producto que se oferta, en cada discurso con el que se vende una idea e, incluso, en la estructura moral de las religiones, se diseña una estrategia dirigida a influir e impactar en los procesos de desarrollo y conformación de la personalidad. La búsqueda de identidad y pertenencia son un paradigma para la persona que se debate en su intento por definir su yo; camino arduo y complicado que exige claridad, entrega, dedicación, tiempo y libertad. Pero esto último -tiempo y libertad- es lo que menos interesa en este mundo acelerado y, entre la prisa y la vulnerabilidad de la gente, se desestima la pregunta que nos lleva a saber quién soy, tomando un lugar privilegiado la pre-ocupación por el qué dirán… Es aquí donde entra en juego y se hace acto la dicotómica batalla entre la realidad y la apariencia: “soy totalmente Palacio”, “Liverpool es parte de mi vida”, “es un lujo… pero creo que lo valgo”, “la entrada al éxito siempre está en construcción” (Jhonnie Walker), “de día expone, de noche enseña. La mezcla eres tú” (Torres 10)… ¡Ponte, compra, consume…!

Hay un miedo latente a ser, que nos obliga (por desgracia nos obliga) a refugiarnos en el pertrecho del parecer y el aparentar; vivimos detrás de un muro que sólo muestra la fachada externa, de tal manera, que ya no preguntamos ¿quién dice la gente que soy yo?, sino ¿qué ve la gente que soy yo?

JUZGAR

La superficialidad del individuo y de la sociedad está determinada por la vaciedad y por la ausencia del Espíritu en la vida y en la historia cotidianas; la negación de Dios equivale, de alguna manera, al desconocimiento del yo profundo, porque no hemos permitido que Dios ponga su morada en nuestros corazones; el muro exterior se lo impide…

Ante esta realidad, la pedagogía de la Revelación nos ofrece una enseñanza, personificada en la actitud dispuesta del profeta Isaías: El Señor Dios me ha hecho oír sus palabras y yo no he puesto resistencia, ni me he echado para atrás (50,5).

En contrapartida al hombre que niega a Dios, se manifiesta un Dios presente que hace oír sus palabras, como el acto creador del que surge un hombre que escucha, que permite que ese Dios haga presencia en él, sin poner resistencias ni echarse para atrás. Cuando esto sucede, cuando el individuo ha interiorizado la presencia divina y ha hecho de sus palabras la fuente que alimenta su vida, se hace consciente de su propia persona y de las consecuencias que eso supone ante un pueblo sin identidad, sin sentido de la existencia, amargado por la envidia y cuestionado por la verdad. Un hombre así, será golpeado, humillado y despreciado (v. 6). Por supuesto, el final de este proceso, así planteado, es desalentador, pues pareciera que Dios se aprovecha de la condición humana para descargar en ella toda la maldad del mundo. Pero no es así…

Dios inunda la vida de quien percibe su presencia, la plenifica, la transforma y abona en la construcción de la personalidad; quien vive esa experiencia, alcanza una identidad propia, fuerte y sólida, un rostro (prósopon) duro como roca, de tal suerte, que no le avergüenza: ¿Quién luchará contra mí? ¿Quién es mi adversario? ¿Quién me acusa? Que se me enfrente. El Señor es mi ayuda, ¿quién se atreverá a condenarme? (vv. 8 y 9). La certeza de saber quién soy se proclama diciendo el Señor me ayuda, por eso no quedaré confundido (v. 7).

El texto de Isaías se ve reflejado en la narración del evangelio de Marcos (8,27-35). Comenzando por la identidad de Jesús, ¿quién dicen que soy? (vv. 27 y 29), nos va llevando hasta constatar cómo el sufrimiento es una forma posible de enfrentar la vida, sobre todo de quien se ha dejado transformar y guiar por la voluntad de Yahvé, y le ha sido fiel: se puso a explicarles que era necesario que el Hijo del hombre padeciera mucho, que fuera rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que fuera entregado a la muerte… (v. 31). Debe quedar claro que el sufrimiento, como tal, no es ni representa la voluntad de Dios, ésta, más bien, se descubre a través de tres componentes de la vocación del hombre, a la que, como dice Pablo, hemos sido llamados: la santidad, la libertad y la felicidad. Los exhorto a vivir de acuerdo con la vocación que han recibido. Sean humildes y amables, tengan paciencia y sopórtense uno a otros con amor, esfuércense por mantener la unidad del espíritu con el vínculo de la paz (Ef 4,1-3). Dar respuesta a ese llamado no es cosa fácil.

En Jesús no hay falsedad ni apariencia alguna, su personalidad, marcada por la presencia del Espíritu de Yahvé, es tan clara y transparente, tan evidente y presencial, que se puede identificar sin dificultad; el pueblo lo ha sabido reconocer: ¿quién dice la gente que soy yo? (v. 27), y los discípulos también se suman a ese reconocimiento, lo tienen, por decirlo de alguna manera, “codificado”: Algunos dicen que eres Juan Bautista, otros que Elías y otros, que alguno de los profetas (v. 28). Pareciera, tal vez, que hay una confusión al decir que es Elías, Juan o un profeta, y no precisamente que es Jesús; sin embargo, es una revelación, pues están reconociendo en él la acción del Espíritu que se ha manifestado en la historia de Israel a través de los profetas. La gente ha dado un paso importante, más no definitivo ni suficiente: comienza a ver, aunque difusamente, la personalidad mesiánica de Jesús, intentando distinguirlo de la persona del carpintero de Nazaret, hijo de María y de José; no ven la apariencia sino el fondo de su ser.

En seguida, la pregunta se personaliza y es más directa: Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?… (v. 29). Aquí, no puede haber error ni duda, pues los discípulos han caminado con el Señor y han experimentado no sólo su presencia sino, sobre todo, la riqueza y la fuerza de su palabra; aun cuando sepan lo que el pueblo dice, ellos saben más que el pueblo, han sido elegidos como los amigos a quienes Jesús da a conocer todo lo que ha escuchado de su Padre (Jn 15,15). La respuesta de Pedro, que es la de los discípulos, es clara y precisa: Tú eres el Mesías (v. 29). Es una confesión de fe que, aparentemente, se ha liberado de las opiniones ajenas, de lo que otros dicen, y hunde sus raíces en las convicciones profundas de quien no ha puesto resistencias ni se ha echado para atrás.

No obstante, aflora una duda existencial, alimentada, sin ser consciente de ello, por la fascinación de lo aparente: después de que Jesús explica lo que sucederá con él, el mismo Pedro, quien se ha pronunciado desde su fe, ahora se descubre aterrado, se lo llevó aparte y trataba de disuadirlo (v. 32). “¿A qué tipo de Mesías se refiere Pedro?”, se pregunta Luis A. Schökel. “Jesús -continúa el mismo Schökel- comienza a desvelar su identidad mesiánica. Pedro, con su concepción propia que excluye un Mesías sufriente, intenta obstaculizar el camino de Jesús. Por eso es llamado Satanás, porque actúa como el Tentador (cf. 1,12; Mt4,1-11). Jesús aprovecha para advertir a sus seguidores de las exigencias que implica seguir su mismo camino. Estas son: compartir el camino de su pasión, dar la vida por la causa del reino, optar por la vida antes que por el egoísmo del mundo y sentirse orgulloso de Jesús y de su Palabra” (Comentario a Mc 8,31-33, La Biblia de Nuestro Pueblo).

Para muchos de nosotros, como para Pedro, el éxito de un líder va acompañado de privilegios e inmunidad, de donde esperamos obtener beneficios exclusivos. ¡Apártate de mí, Satanás! Porque tú no juzgas según Dios, sino según los hombres (v. 33).

Sucede, entonces, algo significativo: llama a la multitud (los que sólo tienen alguna idea sobre él, su persona y su misión) y a los discípulos (los que han confesado que es el Mesías), a ambos les dice contundente: El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que cargue su cruz y que me siga. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará (v. 35).

Para tener claridad respecto de lo que Jesús quiere decir aquí, me permito citar los versículos que la liturgia ha omitido y que son concluyentes:

¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su vida?, ¿qué precio pagará el hombre por su vida? Si uno se avergüenza de mí y de mis palabras ante esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del hombre se avergonzará de él… (vv. 36-38).

¿Cuál es el precio de la vida? Desde la óptica de Marcos hay un juicio de valor entre dos opciones: uno, perder la vida por el evangelio, y dos, ganar todo el mundo. La primera es más exigente y comprometedora, comienza por una decisión personal (quien quiera venir conmigo), seguida de la renuncia a sí mismo y de la consideración de cargar la cruz hasta perder la vida (v. 34); es claramente menos llamativa que la segunda, pues pareciera que la negación equivale a una incomprensible despersonalización que culmina con la muerte. Pero no es así: el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará (v. 35), recordando lo que dice el texto del profeta Isaías: el Señor me ayuda, por eso no quedaré confundido (50,7).

La segunda opción no representa dificultad alguna para la persona, aunque sí beneficios aparentes: ganar todo el mundo (ambición), para “asegurarse”, así, la salvación; es llamativa por la magnitud de lo que está en juego (todo el mundo), aunque incierta: pues el que quiera salvar su vida -de esta manera- la perderá (v. 35). El mundo es la realidad que devora al hombre y que Jesús describe, en los versículos que hemos recuperado, como generación adúltera y pecadora (v. 38), donde lo único posible es perderse sin identidad propia; vivir bajo las apariencias para ocultar la vergüenza que provoca, en algunos, creer en Jesús.

La carta del apóstol Santiago nos plantea una disyuntiva entre la fe y las obras, entre lo que creemos y lo que hacemos en coherencia con ello. Nos pone de frente a la realidad desde una perspectiva que busca hacernos ver cómo, a través de la justicia, pueden mitigarse los dolores y los sufrimientos de los pobres y abandonados.

Isaías y Marcos nos advierten de la suerte que corre el hombre que se deja permear por la Palabra de Yahvé y que decide cumplir su voluntad sin avergonzarse de ella, sin miedo y sin regateos; la misión de un hombre así es cuestionar las estructuras injustas e ir en contra de ellas; significa plantarse de manera distinta ante las sociedades adúlteras y pecadoras. Desde la perspectiva de Santiago (2,14-18), la calidad de la fe se mide a partir de las acciones que uno lleva a cabo en la vida a favor del hermano: ¿de qué le sirve a uno decir que tiene fe, si no lo demuestra con obras? ¿A caso podrá salvarlo esa fe? (v. 14).

Santiago nos lleva a un cambio de paradigmas: si bien Isaías y Marcos, como ya apuntamos, nos hablan de las terribles consecuencias que supone entregar la vida por el Reino de Dios y por el Evangelio, ahora es claro que los hombres de fe son llamados a liberar a los pobres de las terribles injusticias. El versículo 13 del mismo capítulo (que no aparece en el texto de la Liturgia de hoy), es el preámbulo que da sentido a este factor complementario entre fe y obras: Será despiadado el juicio del que no tuvo misericordia, pero los misericordiosos no tienen por qué temer al juicio. Además, con este presupuesto se puede comprender de mejor manera la conclusión del texto de Isaías (50,9): Cercano está de mí el que me hace justicia, ¿quién luchará contra mí? ¿Quién es mi adversario? ¿Quién me acusa? Que se me enfrente. El Señor me ayuda, ¿quién se atreverá a condenarme?

ACTUAR

Las apariencias son un lastre para la vida de fe, son una farsa con la que se alcanza la aceptación aparente de una sociedad vacía, superficial e igualmente falsa. Son, en conjunto, el tentador del que nos habla Marcos y que busca apartarnos de la realidad para mostrarnos una seguridad ilusoria, haciéndonos creer que la fe es una especie de conquista con la que se logra poseer, o dominar, el mundo. Lo aparente es la cápsula con la que se disfraza el egoísmo y se alimenta una vida inmisericorde (un corazón cerrado en sí mismo).

Concluyo con estas palabras de Luis A. Schökel:

La misericordia (2,13) se concreta a través de las obras; pero en este caso no se trata de las “obras de la ley”, en la línea de la teología paulina (Rm 3,20.27.28; Gal 2,16; 3,2.5.10), sino de las obras de misericordia con los más pobres y necesitados.

Si bien a Santiago parece preocuparle cierto abuso sobre la interpretación paulina de la justificación por la fe (Rm 3,28; Gal 2,16), su preocupación mayor sigue siendo la realidad de muchos cristianos que se jactan de ser hombres y mujeres de fe, pero de una fe vacía, estéril y pasiva que no genera compromisos de misericordia…

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

“Ojos que no ven…”

Estándar

01-artistas-homenaje-alanSEPTIEMBRE 6/2015

DOMINGO 23 DEL TIEMPO ORDIANRIO

En este domingo 23 del Tiempo Ordinario, la Liturgia de la Palabra nos ofrece un tema de reflexión a partir de los límites propios de la condición humana, como la ceguera y la tartamudez, que deben transformarse en situaciones a través de las cuales el hombre logre escuchar y hablar. Así lo encontraremos en la primera lectura, tomada del profeta Isaías (35,4-7) y en el evangelio de Marcos (7,31-37). La segunda lectura, de la carta de Santiago (2,1-5), con su sentido social, nos ayudará a entender qué es lo que un seguidor del Señor Jesucristo debe ver y decir (anunciar y denunciar) a partir de los criterios del evangelio.

VER

Miles de personas huyen de la violencia y la incomprensión que el poder, el gobierno y los grupos extremistas han mostrado ante la realidad y las necesidades de su propia gente, del pueblo de Siria. Buscan refugio en otras naciones y se aventuran, del modo que sea, con tal de alcanzar la paz deseada, valiéndose sólo de la esperanza y movidos por el miedo. Para ellos, es incierto lo que encontrarán, como es incierto lo que tienen, o lo que no tienen; su presente, con el que arrastran el pasado que han dejado (incluso físicamente) es el rostro del dolor, del hambre, de la pobreza, de la desesperación y de la muerte…

¿Qué les queda por hacer?: nada más que caminar, trepar en un barco, traspasar una frontera, enfrentar -por si fuera poco- la furia del mar y tener la sensación, constante y amenazante, de que están al borde de la muerte. ¡Qué paradoja tan terrible!: huir de la muerte para reencontrarse con ella.

En éstos últimos días hemos “visto” la imagen del cuerpo sin vida de un niño sirio en costas turcas, que exhibe el drama migratorio en Europa. El pequeño, de 3 años, y su hermano, de 5, huían de la guerra civil en Siria y la violencia del Estado Islámico. Ayer se sumaron a los más de 2,500 muertos en el Mediterráneo (Reforma, 03/09/15). Estamos ante una crisis humanitaria de alcance mundial, ante un fracaso…

¿Qué viven ellos que nosotros no alcanzamos a ver? ¿Qué voces gritan e intentan decirnos algo… y no entendemos, o no escuchamos?

JUZGAR

El texto de Isaías comienza proclamando: Esto dice el Señor: “Digan a los de corazón apocado”: ‘¡Ánimo! No teman. He aquí que su Dios, vengador y justiciero, viene ya para salvarlos’…” (35,4). Los profetas del antiguo Israel eran también portadores de buenas noticias de parte de Yahvé; los oráculos, las advertencias y los avisos que pronunciaban con su boca, tenían la validez y el peso de la misma Palabra de Dios, porque a través de ellos se hacía cercana y accesible al hombre la voluntad divina. El domingo anterior recordamos, con el texto del Deuteronomio (Dt 4,1.7-8), cómo el Dios de Israel es un Dios cercano, que escucha y responde a su pueblo. Hoy podemos confirmar esa presencia amorosa de un Dios que es Padre y sabe lo que sus hijos necesitan.

Las palabras de este primer versículo que hemos citado (4), van dirigidas a los que sufren, a los que tienen miedo y a los de corazón acobardado, el siguiente versículo (5), dentro del mismo mensaje, se dirige a otro sector de la población: los sordos y los ciegos. Obviamente, nuestra imaginación nos llevará a pensar en los hombres marcados por esa discapacidad, pero siempre hay que ver más allá… Esos “sordos” y esos “ciegos” son también aquellos que no ven la realidad ni escuchan la voz de auxilio de sus hermanos: Se iluminarán entonces los ojos de los ciegos y los oídos de los sordos se abrirán. Podremos descubrir, entonces, que la Palabra de Dios, a través de la acción profética, ejerce una doble misión respecto del hombre: la liberación para unos y la conversión para otros.

El evangelio de Marcos (7,31-37) no hace más que poner en la escena de la vida la misma realidad a la que se refiere Isaías, haciendo evidentes las promesas de Yahvé a través de la acción mesiánica de Jesús. La novedad del Evangelio – dice Luis A. Schökel – continúa en territorio extranjero, esta vez en la Decápolis. El sordomudo simboliza la actitud cerrada del mundo pagano frente al proyecto de Dios: sordo para escucharlo y tartamudo para proclamarlo. La sanación del sordomudo ratifica la actitud de los paganos que poco a poco abren sus oídos a la Palabra de Dios (La Biblia de Nuestro Pueblo, comentario a mc 7,31-37).

Encontramos en el texto varios elementos importantes:

  • Los que llevan al hombre y suplican que Jesús le imponga las manos (v. 32), son aquellos que han visto la realidad, la entienden y la toman en sus manos para transformarla; además, su fe les permite ver lo que el sordomudo ni ve ni entiende.
  • Lo primero que hace Jesús es apartarlo de la gente; lo aleja del contexto que provoca y sostiene su incapacidad.
  • Los dedos y la saliva que tocan al sordomudo representan varias cosas en conjunto: a) la cercanía de Dios a la miseria humana; b) un Dios condescendiente que está de frente al hombre; c) la Palabra de Dios, encarnada en Jesús, toca los oídos para ser escuchada y la lengua para ser rehabilitada.
  • Suspirar (soplar el espíritu) equivale al soplo creador con el que Dios da vida a la imagen inerte de arcilla (Gn 2,7); ungir al hombre con el Espíritu de Yahvé.

No hablar ni oír es lo mismo que vivir encerrado en sí mismo, por eso Jesús, mirando al cielo, suspiró y le dijo: “¡Effetá!” (v. 34). Abrir, liberar, romper ataduras, escuchar con claridad, hablar sin miedo, dar paso a una vida nueva: saltará como un venado el cojo y la lengua del mudo cantará. Brotarán aguas en el desierto y correrán torrentes en la estepa. El páramo se convertirá en estanque y la tierra seca, en manantial (Is 35,6-7).

Por último, la carta del apóstol Santiago (2,1-5), con toda su carga de sentido social y de justicia, nos presenta una analogía, familiar para nosotros, a través de una reunión, una fiesta: un banquete (el reino de Dios es como un banquete), en el que están convidados ricos y pobres, al que llegan y entran al mismo tiempo (v. 2). Ante ello, Santiago nos advierte: Puesto que ustedes tienen fe en nuestro Señor Jesucristo glorificado, no tengan favoritismos (v. 1).

¿Por qué la advertencia? El mundo es, como dice el Papa Francisco, nuestra casa común (LS 13) y en ella habitamos porque hemos sido invitados, todos por igual. El problema es que la reunión, el banquete, se ha tornado en un debate, fratricida y sangriento, por la primacía del poder; ricos con anillos de oro luchan entre sí por los primeros lugares, mientras los pobres andrajosos se quedan sin nada, sentados en el suelo (v. 3). Entonces, el hombre, cegado por la opulencia (el traje elegante…) fija su mirada en eso: ¿No es esto tener favoritismos y juzgar con criterios torcidos? (v. 4).

Los migrantes sirios han tenido que salir de su propia casa y, por desgracia, no son recibidos en la casa del hermano; están sentados en el suelo, humillados, o muertos en las playas de un mar ajeno…

Queridos hermanos, ¿acaso no ha elegido Dios a los pobres de este mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino que prometió a los que lo aman? (v. 5). Ellos, los pobres, son la causa de Dios, y deben ser nuestra causa.

ACTUAR

Dice el dicho popular que “ojos que no ven, corazón que no siente…”, que no se compadece, que no se conmueve, que no se pronuncia ni toma postura, que no se entrega ni está dispuesto a dar la vida. Sólo un corazón muerto, frío e indiferente puede pertenecer a una sociedad ciega.

Hoy, ante esta realidad dura, inhumana y marcada por la crueldad, estamos llamados a muchas cosas:

  • A gritar, como Isaías, el anuncio de la buena nueva: ¡Ánimo! No teman, ya estamos aquí para salvarlos.
  • A tomar de la mano a los ciegos de nuestra sociedad, llevarlos ante el Señor para pedirle que les abra los oídos y les devuelva el habla, la cordura, la prudencia, la sabiduría…
  • Pero también estamos llamados a reconocer que somos ciegos y mudos; por eso, nuestro corazón no siente…
  • A no juzgar con criterios torcidos, que nos ciegan también, mientras el pobre está sentado en el suelo.

Me tomo la libertad, la de los hijos de Dios, de citar el Noble Corán, como un tributo al pueblo sirio y un gesto fraterno, desde mi corazón, por los dos pequeños hermanos, Aylan y Galip, que perdieron la vida en las costas de Turquía:

En el nombre de Allah, el Misericordioso, el Compasivo…, dales la buena noticia a los que creen y practican las acciones de bien, de que tendrán jardines por cuyo suelo corren los ríos (Sura 2,25).

¡Ánimo! No teman… Brotarán aguas en el desierto y correrán torrentes en la estepa. El páramo se convertirá en estanque y la tierra seca en manantial (Is 35,4 y 7).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.