¿Qué quieres que haga por ti?

Estándar

imagesOCTUBRE 25 DE 2015

DOMINGO 30 DEL TIEMPO ORDINARIO

Este domingo centraremos nuestra atención y, por lo mismo, nuestra reflexión sólo en el evangelio (Mc 10,46-52), rescatando el sentido profundo de lo que significa no ver y recuperar la vista, en Jesús y sus enseñanzas.

VER

Hace unos días, el presidente de la República, afirmando y confirmando que no se privatizará una de nuestras instituciones públicas, decía enfático: “Que nadie pretenda confundir o engañar a la población…” ¿Cuántas veces hemos escuchado estas mismas palabras en boca de líderes, gobernantes, presidentes, secretarios? ¿Qué realidades pretenden ocultar en su discurso? ¿Quién engaña a quién?

Tales palabras, con el obvio complemento que las sacraliza (“no se privatiza”), fueron elogiadas con un aplauso que irrumpió, obligado o voluntarioso, en un ambiente donde se magnificaban el progreso, el logro, la victoria, el porvenir garantizado para todos… Pero sólo narrado; irreal e invisible a la vista de todos. Una escena que ponen en acto  aquella visión profética plasmada por Mateo: un ciego que guía a otro ciego (15,14).

Todo discurso demagógico crea imágenes, atractivas por cierto, a través del lenguaje: se apropia de las palabras que la gente espera escuchar, se adentra en las esperanzas del pueblo y se presenta como la solución que debía llegar. El oportunismo hace de la oratoria un paliativo que surte efecto de manera momentánea, una vez pasado el furor, todo se diluye en las redes de la realidad que nuca se quiso ver ni afrontar verdaderamente.

Nuestro entorno está recargado de imágenes (comerciales, políticas, religiosas, morales, lingüísticas, etc.), a tal grado, que no se puede apreciar la realidad tal cual es; por otro lado – como lo plantea Mardones – la imagen, cada vez más, es suplantadora de la realidad, de tal modo que, así como hay una sociedad de la imagen, hay una realidad virtual. Lo virtual es lo aparente, lo que “se ve” pero no existe.

Eso quiere decir que vivimos inmersos en una ceguera colectiva, crónica y severa, que está provocando una disfunción en las relaciones con nosotros mismos, con el mundo, con los demás y con Dios. Además, genera angustia y desesperación, ya que, finalmente y por desgracia, descubrimos que “lo que sí vemos, no existe” y “lo que existe, no se ve”. Fincamos nuestras expectativas en cosas efímeras e inciertas.

JUZGAR

Esta ceguera que hoy vivimos no es privativa de una época, como la nuestra, o de una cultura, o de un contexto determinado; también Jesús se enfrentó a una condición humana marcada por la misma realidad social (no ver) de su momento. Al respecto, Marcos nos ha presentado ese panorama, a lo largo de estos días, por medio de tres escenas, o mementos significativos: primero -hace dos domingos-, la imposibilidad de ver más allá de las riquezas, plasmada en la persona del hombre rico (10,17-22); después -el domingo pasado-, la imposibilidad de ver más allá del poder y los privilegios, expresada en las pretensiones de Juan y Santiago (10,35-37) y, hoy, de un modo contrastante, la otra mirada, la que representa la posibilidad de ver más allá de la ceguera, encarnada en Bartimeo, quien fue capaz de reconocer en Jesús al Hijo de David, al Mesías esperado (10, 47). En cada escena hay un deseo que pone en evidencia lo que hay en el corazón y en la mirada de los personajes: la primera, deja ver la falsa humildad del hombre rico; la segunda, refleja la ambición de poder en los hijos de Zebedeo, y la tercera, el deseo de ver… Ésta última marca un cambio en la perspectiva: un hombre ciego, abandonado al borde del camino (excluido), grita pidiendo compasión; un sector del pueblo quiere apagar su voz, no les interesa lo que le sucede y es irrelevante para ellos: Muchos lo reprimían para que se callara (10,48). Pero la insistencia simboliza la fuerza que brota en la lucha por la libertad y la firme decisión de sobreponerse a la opresión. Para Jesús eso es significativo y relevante, hay ante él un hombre que cree sin haber visto, por eso se detiene.

En seguida, un mandato, un envío incluyente que involucra a los suyos: Llámenlo (v. 49). La comunidad anima, incorpora y orienta: El ciego tiró su manto; de un salto se puso en pie y se acercó a Jesús. Una actitud que contrasta con la del rico, quien no fue capaz de renunciar a todas sus riquezas, mientras éste deja todo lo que tiene, o lo que le queda, y renuncia a ello: el manto, más allá de ser una “riqueza”, representa la permanencia en la piedad judía -dice Giuseppe Barbaglio-, o una vieja vida que se deja atrás -como lo plantea Schökel-. Dispuesto, incondicional y sin prejuicios se acerca a Jesús: ¿Qué quieres que haga por ti? Maestro, que pueda ver (10,51).

El evangelio de Marcos, en estos tres momentos, nos arroja una enseñanza que tiene como referente la condición humana; a través de ella podemos ver cuáles eran las expectativas que el hombre rico, Santiago, Juna y Bartimeo tenían respecto de Jesús y del Reino. Cada uno veía, o no veía, el panorama de manera distinta y dependía de sus necesidades personales, de sus intereses y de sus deseos más profundos, a veces ofuscados. Pero el culmen de la enseñanza está en el ciego y en su actitud; a través de él se rompen todos los paradigmas de la fe y se concretan, de manera fehaciente, el modo de buscar, de atender a un llamado, de responder, de estar dispuesto y de seguir.

¿Quién deseará un salvador si no siente la necesidad de ser salvado? ¿Quién buscará un libertador si no experimenta la urgencia de ser liberado? ¿Quién emprenderá un camino si no aspira a una meta anhelada?

La expectativa es la experiencia interior que nos lleva a luchar por el cambio y el progreso en las diversas situaciones de la vida. La expectativa más profunda se refiere al sentido y la meta última de la existencia personal y social. La expectativa es el fundamento y el motor de todo intento de superación (José L. Pérez A.).

Bartimeo alcanza sus expectativas que son, al parecer, las mismas de Jesús respecto del hombre: Vete; tu fe te ha salvado. Al momento recobró la vista y comenzó a seguirlo por el camino (v. 52). Recobrar la vista, ver lo que no se veía, es un signo de salvación, pues sólo así se tiene claridad de qué camino tomar y a quién se debe seguir.

ACTUAR

El ciego, que desde la perspectiva de Marcos, representa al pueblo olvidado y oprimido, no permitió que nadie lo confundiera y lo engañara. En el momento que descubrió la cercanía del Mesías alzó la voz y gritó hasta ser escuchado. Su ceguera no fue impedimento, era la sociedad quien le impedía no sólo ver, sino hablar, pronunciarse, hacerse sentir…

Todos hemos sido llamados y nos hemos acercado; a cada uno, tal vez, se ha dirigido la misma pregunta que a Bartimeo: ¿Qué quieres que haga por ti? Si la respuesta es ver, entonces debemos hurgar en nuestro corazón para reconocer nuestras cegueras, nuestras indiferencias y nuestro desinterés por nosotros mismos y por los demás.

¿Cuáles son nuestras expectativas? ¿Qué buscamos en Jesús? ¿Somos los ciegos que necesitan ver, o somos parte de la sociedad que provoca la ceguera en la que vivimos?

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

El que quiera ser grande, que sea el servidor…

Estándar

thOCTUBRE 18/2015

DOMINGO 29 DEL TIEMPO ORDINARIO

Este domingo la Liturgia de la Palabra se enmarca en el contexto misionero y de manera particular en el DOMUND (Domingo Mundial de las Misiones), o Jornada Mundial de las Misiones. Para ello, se nos ofrecen tres textos (Is 60,1-6; Heb 4,14-16; 5,7-9 y Mc 10, 35-45) que dejan claro, al menos implícitamente, que en el trabajo misionero deben considerarse dos cosas esenciales: primero, que es un servicio; segundo, que al centro está la predicación de Jesucristo resucitado.

VER

Desde hace muchos años hemos pasado de mantener un concepto de misión vertical, a una experiencia horizontal del trabajo misionero, que se asemeja más a la propuesta universal del mensaje evangélico: vayan por todo el mundo. En este modelo se contempla una acción comunitaria, eclesial, en la que van incluidos todos los bautizados. El otro modelo, el primero al que nos hemos referido, concebía (o concibe aun…) un trabajo, más que misionero y evangelizador, de cristianización sistemática, que se ejecutaba de arriba hacia abajo (por eso vertical) y desde una autoridad clerical a veces mal entendida.

Aun cuando exista esa noción de renovación, que nos debería empujar hacia nuevos horizontes y a retos con mayor exigencia, seguimos manteniendo esa parquedad misionera que se contabiliza en lo que damos (incluso de buena voluntad), en lo que ofrecemos, en los tiempos que dedicamos para “ir de misiones” y, sobre todo, en los sentimientos de “compasión” y de “conmoción interna” que afloran de nuestro interior para alimentar la satisfacción personal. En muchos casos hasta aquí se queda todo, sin trascender ni permear el resto de la vida.

Los católicos nos hemos acostumbrado a mantener prácticas que sólo responden a momentos circunstanciales y que, incluso, son eventos coyunturales; dedicamos tiempos específicos, que se catalogan como “jornadas” (una jornada equivale a un día de trabajo), a la oración, a la unidad de los cristianos, a la paz, a la juventud… y a las misiones, entre otras cosas. Aunque la intención de todo esto sea generar una concientización en la gente y, sobre todo, producir un cambio en las actitudes y en los comportamientos, en vistas de una posible transformación de la sociedad, pareciera que sólo hay pequeños destellos que luego se apagan, donde se alcanzan a ver (no siempre) las pistas, pero no el camino para comenzar a andar. La fe, impasible, se muestra como un “cumplido” hacia Dios, pero no como la fuerza que es capaz de mover montañas (Mt 21,21).

No pretendemos ser pesimistas. Reconocemos, además, que existen muchos católicos activos, comprometidos con el evangelio y que van por el mundo entregando su vida, su tiempo, sus capacidades, su alegría; comparten su esperanza y contagian su optimismo por la vida, por la paz y por la justicia, luchando por ellas y agregando fuerzas y voluntades para construir un mundo distinto. Pero hemos tenido que caer en cuenta de esa realidad adversa, pobre y sin fondo, porque las lecturas de hoy, de manera particular el evangelio de Marcos, nos cuestionan respecto de dos actitudes que, más allá de abonar por el reino, se quedan en la esterilidad de las preocupaciones y las ambiciones humanas.

JUZGAR

Nuevamente nos encontramos con esa palpitante preocupación de los hombres por ocupar los primeros puestos, ser los protagonistas en todo lo que acontece y ganar una posición de autoridad que les garantice, tal vez, el honor, la exclusividad y ejercer una autoridad que los ponga sobre los otros, misma que no sirve más que para dominar: “Maestro, queremos que nos concedas lo que vamos a pedirte”. Él les dijo: “¿Qué es lo que desean?” Le respondieron: “Concede que nos sentemos uno a tu derecha y otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria” (Mc 10, 35-37).

Estos dos hermanos, Santiago y Juan, proyectan esa incapacidad humana de no estar siempre atentos a lo que sucede en nuestro entorno; una inconsciencia que nos lleva, en ocasiones, a la irresponsabilidad, a la imprudencia y a la indiferencia. Tal parece que ninguno de ellos fue capaz de escuchar las enseñanzas de su Maestro, ni mucho menos de hacer un discernimiento después de haber visto… Recordemos que la liturgia del domingo 20 de septiembre (25 del Tiempo Ordinario) nos presentaba una escena parecida, en la que los discípulos discutían por el camino sobre quién de ellos sería el primero, o el más importante (Mc 9,33-34). Jesús tiene un recurso didáctico para contrarrestar tal postura: recurre, por lo menos en dos ocasiones (9,37 y 10,14), antes de este evento, a la realidad de los niños, y hacia ella remite la atención de sus discípulos, advirtiéndoles que quien no se hace como un niño no podrá entrar en el Reino de Dios.

La inesperada petición de los discípulos (inesperada porque, según la lógica del evangelio, lo que se espera es el compromiso incondicional, no el privilegio), provoca una respuesta irónica de parte de Jesús: No saben lo que piden… (v. 38); ellos ven la gloria como el anhelo del hombre, Jesús la contempla como la recompensa que el Padre da a aquellos que entregan la vida por el reino, dejándoles claro que “eso de los lugares” no depende de él, no me toca a mí concederlo (v. 40). A esto, agrega una pregunta inquisitiva: ¿Podrán pasar la prueba? (v. 38), lo hace porque -dice Schökel- buscan intereses personales por encima de los demás, porque tergiversan el seguimiento de Jesús, que es ante todo una opción de vida y no un trampolín para obtener privilegios, y porque  el camino de la gloria es el camino de la cruz. La copa (o la prueba) es símbolo del sufrimiento (Mc 14,36) y el bautismo, símbolo de la inmersión (“sumergir”) en la pasión y muerte de Jesús (Rm 6,3).

En seguida hay una lección, ya no sólo para los dos hijos de Zebedeo, sino para los doce, para todos nosotros, de cómo debe ser entendido el poder (si es que se tiene) y cómo se debe concebir el servicio:

Ya saben que los jefes de las naciones los gobiernan como si fueran sus dueños y los poderosos las oprimen. Pero no debe ser así entre ustedes. Al contrario: el que quiera ser grande entre ustedes que sea su servidor, y el que quiera ser el primero, que sea el esclavo de todos, así como el Hijo del hombre, que no ha venido a que lo sirvan, sino a servir y a dar su vida por la redención de todos (vv. 42-45).

En pocas palabras, estamos llamados a servir y dar la vida. En esta línea de ideas, el Papa Francisco en su mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones de este año, nos dice que la misión no es proselitismo o mera estrategia; la misión es parte de la “gramática” de la fe, es algo imprescindible para aquellos que escuchan la voz del Espíritu que susurra “ven” y “ve”. Quien sigue a Cristo se convierte necesariamente en misionero, y sabe que Jesús “camina con él, habla con él, respira con él. Percibe a Jesús vivo con él en medio de la tarea misionera (EG 266). La misión es una pasión por Jesús pero, al mismo tiempo, es una pasión por su pueblo

Esta doble pasión es la que debe romper con todos los paradigmas de la fe y ahuyentar todas aquellas pasiones desordenadas que inquietan el corazón del hombre y no le permiten ver más allá de sus propios intereses. Decíamos al inicio que los textos nos ayudarían a entender el sentido del servicio y a comprender la centralidad de Jesucristo en la vida de un creyente, sobre todo cuando se convierte en actor misionero. Dicha centralidad queda claramente remarcada en la carta a los hebreos (4,14-16; 5,7.9):

Hermanos: Jesús, el Hijo de Dios, es nuestro sumo sacerdote, que ha entrado en el cielo. Mantengamos firme la profesión de nuestra fe. En efecto, no tenemos un sumo sacerdote que no sea capaz de compadecerse de nuestros sufrimientos, puesto que él mismo ha pasado por las mismas pruebas que nosotros, excepto el pecado.

Acerquémonos, por tanto, con plena confianza al trono de la gracia, para recibir misericordia, hallar la gracia y obtener ayuda en el momento oportuno.

ACTUAR

Tal vez podríamos dejarnos cuestionar por la misma pregunta que Jesús hizo a Santiago y Juan, para que, en un sencillo y honesto discernimiento, tratemos de responder y ubicar nuestra postura en el trabajo por la extensión del Reino:

  • ¿Podrán pasar la prueba? (v. 38).

La respuesta posible debe partir de una certeza, expresada por Pablo en su carta a los hebreos: él mismo ha pasado por las mismas pruebas que nosotros (14,15). Con esto estamos invitados a recordad algo que Ignacio de Loyola, desde la perspectiva de Job (7,1) pudo descubrir en su entrega incondicional por el evangelio: Militia est vita hominis super terram, que se traduce: para los hombres sobre la tierra, la vida es una lucha, un servicio de soldado.

¿Qué sentido tiene tanta prueba y tanta lucha? Cuando un misionero camina, se adentra y se empeña en el trabajo por anunciar la Buena Nueva, resonarán en su corazón las palabras de un pueblo que canta con el Salmo 118 (v. 26): Bendito el que viene en el nombre del Señor. Entonces él, o ella, o ellos…, cada misionero, proclamará para el pueblo que lo recibe, las mismas palabras del profeta Isaías (60,1-3):

Levántate y resplandece, Jerusalén, porque ha llegado tu luz y la gloria del Señor alborea sobre ti. Mira: las tinieblas cubren la tierra y espesa niebla envuelve a los pueblos; pero sobre ti resplandece el Señor y en ti se manifiesta su gloria.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

El castillo interior…

Estándar

th03TRZ8AQOCTUBRE 15/2015

STA. TERESA DE JESÚS

No podemos pasar por alto este día, tan importante para el Carmelo Teresiano, sin decir alguna palabra desde este sitio en torno a la figura, la doctrina y el pensamiento de Teresa de Jesús. Hoy se concluyen las celebraciones del V centenario de su nacimiento y, con toda seguridad, han aflorado reflexiones, mesas de estudio, relecturas de su doctrina, etc. que permitirán, no sólo a los frailes y las monjas carmelitas, sino a todos aquellos que son admiradores y seguidores de la santa, tener referentes doctrinales actualizados para una mejor comprensión y vivencia de la experiencia con Dios a través del trato amistoso con Él.

La propuesta doctrinal de Teresa es tan rica y abundante, a tal grado, que podríamos aprovecharla para sumergirnos en una gozosa reflexión espiritual. Por ahora, un aspecto de la misma será suficiente para disfrutar y descubrir la abundancia del Espíritu, sacando aguas del pozo con nuestros propios arcabuces, dejándonos guiar de la mano de Teresa.

Tomaremos como referente y punto de partida para esta sencilla reflexión lo que la santa propone en su libro de Las Moradas, de manera particular las primeras moradas. Como bien sabemos, ha sido un tema muy explotado y estudiado desde diversos puntos de vista, no obstante, usaremos como fuente referencial la introducción que el p. Maximiliano Herraiz G. OCD, hizo a Las Moradas justo en el año 1981, cuando se celebraba entonces el IV centenario de la muerte de Teresa de Ávila. Para ello tomaremos en cuanta lo que el mismo p. Herraiz destaca como características esencial en la estructura de las moradas, haciéndonos ver que en todas ellas subyacen tres elementos doctrinales: Dios, el hombre y la oración; logrando a así una peculiar visión teológico-antropológica de la espiritualidad y de la experiencia de Dios.

No pretendemos abordar cada uno de esos elementos, ni mucho menos ahondar en las siete moradas; nos centraremos, como hemos dicho antes, sólo en las primeras moradas y, de ellas, únicamente en el aspecto que se refiere al hombre.

¿Qué entendemos nosotros por castillo interior? ¿Qué quiso darnos a entender la santa con la idea del castillo interior?

Teresa comienza explicando:

Estando hoy suplicando a nuestro Señor hablase por mí, porque yo no atinaba a cosa que decir ni cómo comenzar a cumplir esta obediencia, se me ofreció lo que ahora diré, para comenzar con algún fundamento: que es considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal, adonde hay muchos aposentos(1M 1,1).

El alma es el hombre, y ese mismo hombre es la morada (el castillo) donde Dios habita. Teresa comienza su experiencia desde abajo: mirándose a sí misma, descubre en la condición humana el lugar teológico donde Dios se manifiesta plenamente; la experiencia mística es posterior, es el fruto de este descubrimiento esencial, lo primero, es la contemplación de la realidad humana, vista a través del Espíritu, que el Señor ofrece como inspiración. Cuando las cosas se miran así, y desde esa perspectiva, no hay más que reconocer la hermosura y dignidad de nuestras almas… (Prefacio a las primeras moradas).

El p. Maximiliano nos ofrece el siguiente análisis del pensamiento teresiano:

Visión grandiosa, exaltada. “Un castillo todo de una diamante y muy claro cristal, adonde hay muchos aposentos, “un paraíso”. Visión positiva. Buena pedagoga, Teresa empieza por aquí. Habla de “su gran dignidad, hermosura y capacidad”, “perla oriental, árbol de vida que está plantado en las mismas aguas vivas de la vida, que es Dios”. La grandeza máxima del hombre, su riqueza es que “puede tener conversación no menos que con Dios”. Dimensión teológica: abierto a Dios… (Herraiz, M. OCD. 1981. Introducción a las Moradas de Santa Teresa).

Así como para descubrir las riquezas que esconde un castillo es necesaria una puerta, para adentrarse en la riqueza interior de la persona, la santa advierte que sólo hay una muy peculiar, pero que, de igual manera, es parte de la misma naturaleza humana: …la puerta para entrar en este castillo es la oración (1M1,7).

La oración es una experiencia que surge del corazón del hombre en relación con su Dios, por eso, ella la considera como un tratar de amistad…, con quien sabemos nos ama (V 8,5). Vista así la oración, podemos decir que es el tiempo que yo me concedo para estar con Dios; la puerta por donde le dejo entrar.

La mayor riqueza del hombre -dice Herraiz-, según Teresa, es el privilegio de conversar con Dios, dialogar con él como con un amigo, y eso, precisamente, resalta la hermosura y dignidad de nuestras almas.

El hombre es la morada de Dios y en él mismo está la posibilidad de abrir la puerta.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

Alcanzar la vida eterna…

Estándar

thW5GUO9VZOCTUBRE 11/2015

DOMINGO 28 DEL TIEMPO ORDINARIO

La Liturgia de la Palabra para este domingo 28, nos ofrece tres textos que presentan una disyuntiva en la vida del hombre: optar por la sabiduría de Dios, u optar por una vida marcada por los criterios humanos y una “sabiduría” a ese nivel. La primera lectura está tomada del libro de la Sabiduría (7,7-11), la segunda lectura de la carta de Pablo a los hebreos (4,12-13) y el evangelio es de Marcos (10,17-30).

VER

Salta a mi conciencia un hecho indignante para muchos, sobre todo para aquellos que menos tienen a causa de una pobreza injusta, injustificada y extrema… Me refiero a lo que, recientemente (uno o dos meses atrás), sucedió en las esferas políticas de la nación: el rechazo absoluto a una iniciativa que proponía, sin más, la reducción de sueldos a funcionarios públicos (diputados y senadores), secretarios de estado y al mismo presidente de la república. Uno de los argumentos con el que se valida tal atrevimiento es el que pone en evidencia los excesos, de parte de funcionarios, en lujos exclusivos (autos, teléfonos celulares, comidas, etc.), innecesarios y superfluos para un servidor público.

“No podemos tolerar que haya dispendio de recursos públicos que, por el bien de todos, deberían destinarse a cubrir las enormes carencias de la gente”, por ello “consideramos que el tema debe discutirse con la urgencia que la situación del país exige” (Jesús Zambrano).

Pero no sólo en el ámbito político, también a nivel social, en las relaciones de unos con otros, se palpa una postura de indiferencia y cerrazón ante las necesidades urgentes de tantos pobres, enfermos, abandonados, desahuciados…, alimentada por una seguridad (incierta) que genera la riqueza desmedida, el acaparamiento, el empoderamiento y el establecimiento en el confort de los lujos, del buen vivir, del tener más y de una moral que se mide sólo por lo que “se cumple” y no por lo que se está dispuesto a cambiar.

También en la convivencia familiar, o en la experiencia comunitaria, podemos ver el distanciamiento entre hermanos, entre padres e hijos, entre amigos, entre esposos…, debido a las absurdas diferencias que se marcan a partir de las dicotomías ordinarias entre logros y fracasos, buen y malo, justo e injusto, mío y tuyo, perfecto e imperfecto, etc.

Unos y otros, desde donde estemos, buscamos el reconocimiento de los demás, la aprobación de nuestros actos y exigimos, además, el “respeto” de lo que es nuestro y de lo que somos; en ello subyace una necesidad de perfección y exclusividad (es decir, yo “soy” cuando excluyo al otro). Es evidente lo que hacemos (y lo que dejamos de hacer…) y nos preguntamos a nosotros mismo qué más nos hace falta para alcanzar ese nivel de perfección tan deseado, esperando que alguien nos diga, o responda a nuestra pregunta, “eres perfecto…” Según los criterios, humanos la perfección es, tristemente, cuantitativa… Alcanzarla, no importando los medios, nos “da la certeza” de haber ganado la vida eterna.

JUZGAR

El evangelio de Marcos comienza narrando cómo un hombre, acercándose a Jesús y arrodillándose ante Él, le preguntó: “Maestro Bueno, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?”. La pregunta denota, como bien lo dice Luis A. Schökel, esa tendencia humana de “acumular”: riquezas, prestigio, honor, reconocimientos, etc.; mezclado con una falsa humildad que nos lleva al recurso de los formalismos. Este único versículo (17), nos revela tres cosas propias de una actitud con doblez: uno, tratar al otro de manera cordial (“maestro bueno”) esperando de él una reacción similar; dos, adoptar una actitud de “humildad” (se arrodilló), esperando que el otro la sepa apreciar y nos reincorpore; tres, hacer una pregunta (¿inteligente?) que refleje un interés en algo supremo (“alcanzar la vida eterna”), esperando impactar y provocar admiración.

Contario a lo previsto por ese hombre, Jesús dispone una pregunta (no una respuesta inmediata), con la que se ubica a sí mismo e invita a su interlocutor a bajar el nivel de sus pretensiones: ¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios (v. 18). Es decir, ni tú ni yo, al nivel de lo humano, debemos ostentar la bondad como un calificativo que sólo pertenece a Dios; nosotros estamos llamados a la bondad haciendo el bien y no a pretenderlo  como un privilegio. Por eso mismo, sin dar respuesta aún, le hace ver lo que sabe de antemano: observar y cumplir los mandamientos son, en sí, un medio eficaz para hacer el bien; verdad indiscutible que el mismo hombre confirma: “Maestro, todo eso lo he cumplido desde muy joven” (v. 20). Pero Dios, desde la perspectiva de la Buena Nueva, no quiere que seamos buenos para satisfacción propia, cumpliendo únicamente la ley, eso no es suficiente. Él quiere que hagamos justicia.

Jesús lo miró con amor…, gesto, que más allá del sentimentalismo que en ocasiones nos invade, refleja la mirada que, desde el evangelio, propone el amor como la nueva ley, como el filtro por el que pasa toda la vida y la transforma en justica: Sólo una cosa te falta: Ve y vende lo que tienes, da el dinero a los pobres y así tendrás un tesoro en los cielos. Después, ven y sígueme (v. 21). Al igual que en el versículo 17, encontramos también aquí tres aspectos esenciales para comprender lo que sucede: uno, el hombre se ha esmerado por cumplir toda la ley y no ha sido capaz de descubrir, por sí mismo, lo único que realmente le hace falta: ver con amor; dos, vender lo que tiene y dar el dinero a los pobres equivale, sin lugar a dudas, a hacer justicia y vivir con los demás en igualdad de condiciones, con la posibilidad de construir un nuevo tesoro: el cielo; tres, aparece implícita la respuesta a la pregunta que abre el diálogo: ven y sígueme.

La vida eterna es el culmen de un caminar haciendo justicia, a través del seguimiento de Jesús; para ello, es necesaria la renuncia de todo aquello que mantiene en pie las estructuras de poder, de riqueza excesiva, de acaparamiento de los bienes que son de todos; exige mirar con amor más allá de la ley. Pero si esto es demasiado para quien depende absolutamente de lo que tiene, dará media vuelta y ser irá triste y apesadumbrado (v. 22).

Al joven rico lo distingue el verbo “acumular”: riqueza, prestigio, méritos por cumplir los mandamientos, etc. Jesús le propone pasarse al verbo “compartir”: su vida con Jesús (discipulado) y su riqueza con los pobres. En aquellos tiempos la riqueza se consideraba un signo del favor divino. Jesús, siguiendo la línea profética (Is 3,14s; 5,8; Am 2,6-7; 4,1; Miq 3,1-4), sabe que los pobres y los ricos no son fruto de la voluntad de Dios, sino de la acumulación de unos pocos que empobrecen a la mayoría. La riqueza es un obstáculo para el reino. El joven rico, aunque se esfuerza como persona en ser bueno, su riqueza lo convierte en constructor de una sociedad injusta, y no del reino de Dios, que busca hacer de esta tierra un espejo del cielo donde la justicia, el amor y la paz alcanzan para todos… (Schökel, L. A., La Biblia de Nuestro Pueblo, comentario a Mc 10, 17-30).

¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios! (v. 24), si sus criterios de acción y de razonamiento son los del hombre. Sólo una actitud de humildad y de apertura ante Dios, les permitirá asumir como suyas las palabras del libro de la Sabiduría: Supliqué y se me concedió la prudencia; invoqué y vino sobre mí el espíritu de la sabiduría. La preferí a los cetros y a los tronos, y en comparación con ella tuve en nada la riqueza (7,7-8).

Retomando la actitud del hombre que nos presenta Marcos, podemos descubrir cómo, en su tristeza, hay un convencimiento derrotista de que Jesús le propone algo imposible (vender todo…); él, como los discípulos, no comprende quién puede salvarse así… (v. 26). Es imposible para los hombres, más no para Dios. Para Dios toso es posible (v. 27). Este joven simplemente se fue…, no se dio la oportunidad de saber cuál era la recompensa otorgada a quienes dejan todo:

Nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o padre o madre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, dejará de recibir, en esta vida, el ciento por uno en casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y tierras, junto con persecuciones, y en el otro mundo, la vida eterna (vv. 29 y 30).

La mirada amorosa de Jesús es penetrante y deja al descubierto el corazón del hombre, no para juzgarlo sino para transformarlo; en ella se refleja la sabiduría divina que sobrepasa los criterios humanos y se hace cercana al creyente por medio de la Palabra:

La Palabra de Dios es viva, eficaz y más penetrante que una espada de dos filos. Llega hasta lo más íntimo del alma, hasta la médula de los huesos y descubre los pensamientos e intenciones del corazón. Toda creatura es transparente para ella. Todo queda al desnudo y al descubierto ante los ojos de aquel a quien debemos rendir cuentas (Heb 4,12-13).

ACTUAR

¿Qué hacer? Hay muchas posibilidades, aunque una es indispensable: comenzar por hacer un verdadero discernimiento de nuestra vida, como primera cosa, y luego de nuestra realidad; descubrir, mirando con amor, qué nos detiene y nos impide dar el paso definitivo. Estamos inmersos en una sociedad con estructuras que nos envuelven y nos ahogan, sólo siendo consciente de ello podremos liberarnos.

El Papa Francisco, en Laudato sí (203 y 204), nos invita a la siguiente reflexión, que bien puede ser el punto de partida de una verdadera acción transformadora:

Dado que el mercado tiende a crear un mercado consumista compulsivo para colocar sus productos, las personas terminan sumergidas en la vorágine de las compras y los gastos innecesarios… Ocurre los que ya señalaba Romano Guardini: el ser humano “acepta los objetos y las formas de vida, tal como le son impuestos por la planificación y por los productos fabricados en serie y, después de todo, actúa así con el sentimiento de que no es lo racional y lo acertado”…

Si tal tipo de sujeto es el que tiende a predominar en una sociedad, las normas serán respetadas en la medida en que no contradigan las propias…

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

Ya no son dos, sino una sola cosa

Estándar

Pareja-UnidaOCTUBRE 4/2015

DOMINGO 27 DE TIEMPO ORDINARIO

La Liturgia de la Palabra de este domingo centra la atención en torno al tema de la unión de la pareja y del divorcio, y lo hace desde dos textos en concreto: Gn 2,18-24 y Mc 10,2-16. Dado los contenidos que el tema nos ofrece, dedicaremos la reflexión únicamente a partir de ambos textos.

VER

¿Cuántas de las decisiones que tomamos en la vida tienen, en realidad, un origen profundo y un fundamento? ¿De dónde parten, cuál es su raíz? Podemos hablar de las muchas decisiones que tomamos, con las cuales orientamos el futuro que deseamos alcanzar y marcamos, así, el ritmo y la calidad de nuestro porvenir; cada una de ellas representa (o así debería serlo) un proyecto de vida, un proceso que inicia en algún momento y tiene un objetivo, una meta.

Hombres y mujeres, por ejemplo, se casan para formar una pareja y/o una familia; es una práctica común, una tradición milenaria, una costumbre…, que se convierte en el referente de cómo los ideales de la humanidad se concretan y se convierten en experiencias de entrega, de amor, de encuentro, de armonía, de pertenencia, de identidad, de permanencia y de eternidad.

No obstante, hoy podemos hablar de una realidad distinta, que nos lanza retos y obliga a que nos desinstalemos de lo que, sólo unas décadas atrás, se concebía de un modo determinado y respondía a una forma de pensar, de creer y de vivir cobijados en un código ético y una moral incuestionables, dentro del ámbito religioso y fuera de él. Es así que en el devenir cotidiano vemos cómo las parejas acceden al matrimonio, ya sea sacramental o civil, como un medio, a veces coyuntural, para “formalizar” su relación, por tiempo indefinido (que puede ser breve), dando la impresión de que únicamente están buscando satisfacer sus deseos, más que complementarlos. Pero estas también son decisiones, y son válidas, aunque no estemos de acuerdo con ellas.

No todos ni siempre. Otras parejas se unen para vivir juntos, por toda la vida, hasta que la muerte los separe…; fundamentan su decisión en el amor que nace del enamoramiento, en la fidelidad y en la entrega libre del uno para el otro; construyen, día con día, un hogar que va adquiriendo sentido y significado con la integración de otras decisiones, como tener hijos, o no tenerlos; adquirir compromisos sociales y laborales, iniciar un negocio, viajar, ahorrar, estudiar, etc. Algunas de estas parejas, paradójicamente, no han contemplado la unión matrimonial, por medio del sacramento, como una forma de vida (el matrimonio civil es otra cosa, tomando en cuenta los aspectos legales que protegen los derechos y las obligaciones de los cónyuges), pero viven siendo testimonio de coherencia y responsabilidad. Esto no excluye, obviamente, a quienes viven el sacramento como una expresión de su fe y lo convierten en una experiencia a lo largo de toda su vida.

La pregunta es, como decíamos al inicio, ¿cuál es la raíz de nuestras decisiones?: Una planta sin raíces puede, tal vez, sobrevivir un tiempo determinado si sumergimos su tallo en el agua, pero la falta de raíces no le dará larga vida…

JUZGAR

La decisión por el matrimonio, o la vida en pareja, hunde sus raíces en un aspecto esencial de la condición humana: no es bueno que el hombre esté solo (Gn 2,18). Es decir, la tendencia natural a socializar, a estar con otro. Ésta se canaliza a través de las relaciones que entablamos con nuestros semejantes, y no podemos no hacerlo; dichas relaciones se concretan de diversas maneras: a través de la amistad, la fraternidad, el noviazgo, las relaciones laborales, vivir en comunidad, etc., sabiendo que una de ellas es, precisamente, la opción matrimonial.

Para llegar a ello y para entenderlo, es necesario hacer un proceso de concientización, con el cual el hombre pueda ubicar su lugar en la creación y de frente a las demás creaturas. En este sentido, el libro del Génesis nos deja una enseñanza significativa al respecto: el hombre que Dios concibe no es un ser solitario, o aislado, sino que está hecho para vivir acompañado y acompañando; las bestias, las aves y el hombre provienen de la misma tierra, comparten igualdad, en cuanto al origen, e identidad, en cuanto al lugar al que pertenecen (2,7 y 19: ambos son modelados con la arcilla que se obtiene del suelo terrenal), pero es al hombre a quien se le otorga el privilegio de llamarlas a la existencia dándoles nombre (vv. 19-20), haciendo de él un cocreador, confirmando así lo que el mismo Génesis afirma en el primer relato creacional: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza (1,26). No obstante esta natural igualdad, no encontró entre ellas ninguna semejante a él (2,20), ninguna que lo ayudara (v. 18). Es importante destacar que el escritor sagrado menciona dos veces, al menos en este texto, que el hombre necesita ayuda (vv. 18 y 20). ¿Ayuda para qué?: para no estar solo, para alcanzar la plenitud, para vivir la experiencia de la entrega, para descubrir la diferencia y la diversidad… La ayuda requerida, cuando se recibe y se acepta con apertura y sencillez, desmantela en el hombre las estructuras del orgullo, de la cerrazón y del egoísmo; lo lleva a actuar con humildad y a reconocer que hay en él alguna carencia que sólo puede ser superada con la presencia de otro. El ser complementario, la compañía que rompe con la soledad del individuo, debe surgir del mismo hombre, ya no de la tierra sino de la naturaleza humana. Es por eso que Dios hace entrar en un profundo sueño a Adán, para sustraerlo de la realidad a la que hasta ahora pertenecía y hacerlo regresar (despertar) de manera distinta; de su cuerpo transformado, herido como de parto, surge el complemento necesario, la ayuda adecuada que permite integrar y conformar el género humano en su plenitud de varón y hembra: Ésta sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Ésta será llamada mujer, porque ha sido formada del hombre (v. 23).

Para que otra/otro, forme parte de mi vida es necesario que yo ceda algo de mí en ella, o en él (una costilla), y reconocer, en ese gesto, que es el amor el origen de una relación que nos transforma, pasando de ser un individuo solitario a un compañero, una ayuda, una creatura semejante.

El amor debe ser la raíz de nuestras decisiones, el sentido de las mismas y la razón que mantiene y anima el caminar, hasta alcanzar la meta deseada. Cuando no es así, cuando son otros los motivos que alimentan y sostienen una relación que se ha instaurado a través de la consagración matrimonial, surgen las dudas, las incertidumbres y la pregunta: ¿le es lícito a un hombre divorciarse de su esposa? (Mc 10,2). Hay una respuesta que pone sus argumentos en los criterios humanos (una carta de divorcio, v. 4), pero hay otra que se remite al origen mismo del hombre y que está en estrecha relación con los criterios divinos: desde el principio, al crearlos, Dios los hizo hombre y mujer (v. 6). Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su esposa y serán los dos una sola cosa (v. 7-8).

¿Qué haya en el fondo de este debate entre Jesús y los fariseos? Luis A. Schökel plantea el siguiente análisis:

A los fariseos no les interesa la posición de Jesús frente al matrimonio, sino su interpretación de Dt 24,1 en torno al divorcio. Según la legislación judía sólo el hombre tenía derecho a pedir el divorcio, por infidelidad, según la escuela de Rabí Shamai, o por cualquier cosa que pueda desagradar al marido, dejar quemar la comida, por ejemplo, según la escuela de Rabí Hillel. Jesús, aludiendo a Moisés, enseña que la Palabra de Dios debe interpretarse de acuerdo a la realidad del momento, pero sin olvidar que hay claves hermenéuticas puestas por Dios que no cambian; por ejemplo, la igualdad del hombre y la mujer (cfr. Gn 1,27), y el amor, fundamento de toda unión matrimonial. Jesús insiste en la fidelidad al pacto de amor. El matrimonio es un proyecto de amor que implica igualdad en derechos, dignidad y obligaciones, y excluye, por tanto, toda relación de dominio. Mientras hay amor, hay matrimonio y habrá corazón para soñar y para perdonar.

Es categórico el significado que, desde Génesis, tiene el hecho de que sea el hombre quien da parte de sí (una costilla) para que se logre la relación adecuada, la que es ayuda para la vida, y deje clara la semejanza existente entre uno y otro, en contraposición a la postura farisaica que concede sólo al hombre el derecho de repudiar a su mujer. Para Jesús es incuestionable: ambos son una sola cosa (Mc 10,8), tanto así, que si el divorcio se contempla como el medio para repudiar al cónyuge y casarse con otra, u otro, bajo cualquier pretexto, se comete adulterio (Mc 10,11-12). Todo esto es la consecuencia de un mal entendido y de un proceso viciado, que desvirtúa la relación matrimonial tal como la concibe la espiritualidad judeocristiana. ¿En qué sentido?: decíamos que el amor y la mutua donación son el principio fundante en la unión de una pareja; descubrir la igualdad y la semejanza de uno respecto del otro permite reconocer y respetar la dignidad inherente en la naturaleza humana, de la que se gesta la unión de dos distintos para convertirse en una sola cosa. En cambio, cuando el interés primero es la institución del matrimonio (porque obliga, porque toca, por cumplido social, por tradición, por escrúpulos morales, etc.), ya sea por medio del sacramento, o de una ceremonia según la religión que se profese, quede, entonces, en segundo término la experiencia del amor y la donación en la que hunde sus raíces tal decisión. Siendo así, es factible el repudio y posible el divorcio.

Surge ahora una pregunta inevitable: ¿por qué entonces el divorcio? Es un hecho ineludible que, a diario, muchas parejas se separan, se dejan, se divorcian; el matrimonio no funciona, no perdura, no es opción ni proyecto de vida. Es, sin lugar a dudas, una realidad latente respecto de la cual la Iglesia tiene una palabra y una postura… ¿sabemos cuál?

Sin pretender abundar en la legislación eclesial, me permito sólo retomar una idea fundamental que el Código del Derecho Canónico (CDC), en sintonía con lo arriba expuesto, propone para abonar en la comprensión del sentido y la razón de ser del matrimonio:

  • Las propiedades esenciales del matrimonio son la unidad y la indisolubilidad (c. 1056).
  • El matrimonio lo produce el consentimiento de las partes… (c. 1057,1).
  • El consentimiento matrimonial es el acto de la voluntad, por el cual el varón y la mujer se entregan y aceptan mutuamente en alianza irrevocable para construir el matrimonio (c. 1057,2).

Unidad, indisolubilidad, consentimiento (un mismo sentir), voluntad, entrega mutua, alianza, son los elementos implícitos en las palabras que el evangelio de Marcos pone en boca de Jesús: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su esposa y serán los dos una sola cosa. De modo que ya no son dos, sino una sola cosa… La enseñanza de la Iglesia, alimentándose de esta fuente, dice que la unión matrimonial es indisoluble, ya que ha sido un acto consciente de dos seres que se aman. No obstante, cuando la dignidad y la vida de una persona (de cualquiera de los cónyuges) estén en riesgo a causa de la violencia, la infidelidad, el engaño, el abandono, etc., aun cuando haya sido un proyecto de vida nacido del amor, se abre la opción justa de la separación. Así lo expresa el magisterio a través del CDC, diciendo que los cónyuges tienen el deber y el derecho de mantener la convivencia conyugal, a no ser que les excuse una causa legítima (c. 1151). Si uno de los cónyuges pone en grave peligro espiritual o corporal (incluso psicológico) al otro o a la prole, o de otro modo hace demasiada dura la vida en común, proporciona al otro un motivo legítimo para separarse… (c. 1153).

Por último, destacamos tres elementos más:

  • Uno: dejar padre y madre significa el rompimiento con tradiciones, costumbres y familia para entregarse libremente a otro ser y a un nuevo proyecto; supone la renuncia de lo que es propio, a nivel personal, para construir ahora un porvenir en pareja. En muchos momentos de la revelación encontramos la misma exigencia, por ejemplo, Abran debe dejar su patria y su casa para seguir a Yahvé (Gn 12,1-4), o el discipulado que plantea Jesús, implica renuncias en el seguimiento (Mt 10,38; Mc 8,34; Lc 9,23). Todo en función del proyecto del reino.
  • Dos: lo que Dios unió que no lo separe el hombre (Mc 10,9), no está en función de lo que se ha ratificado en la bendición matrimonial, por medio de un ministro y por el consentimiento de la pareja que se casa, sino en función de lo que el mismo Génesis narra: desde el principio, al crearlos, Dios los hizo hombre y mujer (Mc 10,6). Nos advierte, ante todo, respecto de la tendencia del hombre a violentar la naturaleza humana, con la que disgrega y disocia las experiencias de comunión, de fraternidad y de unión propias de la convivencia entre semejantes.
  • Tres: el que no recibe el reino de Dios como un niño, no entrará en él (Mc 10,15). La liturgia agrega los versículos 13 a 16, aunque forman parte de otro bloque dentro del mismo capítulo, y tienen la función de contrastar lo que ha sucedido en el bloque anterior: mientras los fariseos se preocupan por el cumplimiento de la ley a cabalidad y por condenar a quien no lo hace, Jesús, además de ubicar los argumentos de esa misma ley en la revelación y en la voluntad de Dios, nos remite hacia una actitud diferente, con la que se puede entrar, con toda seguridad, al reino: ser como niños.

ACTUAR

Este tema, tan rico y complejo, nos puede llevar a hacia muchos rumbos y líneas de acción; lo primero y más importante es descubrir la amplitud de la Palabra de Dios y darnos cuenta que en cada enseñanza, en cada texto revelado, existe un visión del hombre y de la vida que no se acota solamente a lo que leemos allí, sino que hay que ver más allá, siempre más allá. No se trata de saber qué dijo Dios en el pasado a su pueblo, sino qué nos dice hoy a través de eso que se ha revelado.

Quisiera terminar proponiendo un extracto de la homilía del Papa Francisco, que alude a los mismos textos del domingo 4 de octubre y con la que inicia el Sínodo de los Obispos, que tiene como tema de reflexión a la familia y su realidad social.

La soledad

Adán, como leemos en la primera lectura, vivía en el Paraíso,  ponía los nombres a las demás creaturas, ejerciendo un dominio que demuestra su indiscutible e incomparable superioridad, pero aun así se sentía solo, porque «no encontraba ninguno como él que lo ayudase» (Gn 2,20) y experimentaba la soledad.

La soledad, el drama que aún aflige a muchos hombres y mujeres. Pienso en los ancianos abandonados incluso por sus seres queridos y sus propios hijos; en los viudos y viudas; en tantos hombres y mujeres dejados por su propia esposa y por su propio marido; en tantas personas que de hecho se sienten solas, no comprendidas y no escuchadas; en los emigrantes y los refugiados que huyen de la guerra y la persecución; y en tantos jóvenes víctimas de la cultura del consumo, del usar y tirar, y de la cultura del descarte.

Hoy se vive la paradoja de un mundo globalizado en el que vemos tantas casas de lujo y edificios de gran altura, pero cada vez menos calor de hogar y de familia; muchos proyectos ambiciosos, pero poco tiempo para vivir lo que se ha logrado; tantos medios sofisticados de diversión, pero cada vez más un profundo vacío en el corazón; muchos placeres, pero poco amor; tanta libertad, pero poca autonomía… Son cada vez más las personas que se sienten solas, y las que se encierran en el egoísmo, en la melancolía, en la violencia destructiva y en la esclavitud del placer y del dios dinero.

Hoy vivimos en cierto sentido la misma experiencia de Adán: tanto poder acompañado de tanta soledad y vulnerabilidad; y la familia es su imagen. Cada vez menos seriedad en llevar adelante una relación sólida y fecunda de amor: en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, en las buenas y en la mala suerte. El amor duradero, fiel, recto, estable, fértil es cada vez más objeto de burla y considerado como algo anticuado. Parecería que las sociedades más avanzadas son precisamente las que tienen el porcentaje más bajo de tasa de natalidad y el mayor promedio de abortos, de divorcios, de suicidios y de contaminación ambiental y social.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.