Alcanzar la vida eterna…

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thW5GUO9VZOCTUBRE 11/2015

DOMINGO 28 DEL TIEMPO ORDINARIO

La Liturgia de la Palabra para este domingo 28, nos ofrece tres textos que presentan una disyuntiva en la vida del hombre: optar por la sabiduría de Dios, u optar por una vida marcada por los criterios humanos y una “sabiduría” a ese nivel. La primera lectura está tomada del libro de la Sabiduría (7,7-11), la segunda lectura de la carta de Pablo a los hebreos (4,12-13) y el evangelio es de Marcos (10,17-30).

VER

Salta a mi conciencia un hecho indignante para muchos, sobre todo para aquellos que menos tienen a causa de una pobreza injusta, injustificada y extrema… Me refiero a lo que, recientemente (uno o dos meses atrás), sucedió en las esferas políticas de la nación: el rechazo absoluto a una iniciativa que proponía, sin más, la reducción de sueldos a funcionarios públicos (diputados y senadores), secretarios de estado y al mismo presidente de la república. Uno de los argumentos con el que se valida tal atrevimiento es el que pone en evidencia los excesos, de parte de funcionarios, en lujos exclusivos (autos, teléfonos celulares, comidas, etc.), innecesarios y superfluos para un servidor público.

“No podemos tolerar que haya dispendio de recursos públicos que, por el bien de todos, deberían destinarse a cubrir las enormes carencias de la gente”, por ello “consideramos que el tema debe discutirse con la urgencia que la situación del país exige” (Jesús Zambrano).

Pero no sólo en el ámbito político, también a nivel social, en las relaciones de unos con otros, se palpa una postura de indiferencia y cerrazón ante las necesidades urgentes de tantos pobres, enfermos, abandonados, desahuciados…, alimentada por una seguridad (incierta) que genera la riqueza desmedida, el acaparamiento, el empoderamiento y el establecimiento en el confort de los lujos, del buen vivir, del tener más y de una moral que se mide sólo por lo que “se cumple” y no por lo que se está dispuesto a cambiar.

También en la convivencia familiar, o en la experiencia comunitaria, podemos ver el distanciamiento entre hermanos, entre padres e hijos, entre amigos, entre esposos…, debido a las absurdas diferencias que se marcan a partir de las dicotomías ordinarias entre logros y fracasos, buen y malo, justo e injusto, mío y tuyo, perfecto e imperfecto, etc.

Unos y otros, desde donde estemos, buscamos el reconocimiento de los demás, la aprobación de nuestros actos y exigimos, además, el “respeto” de lo que es nuestro y de lo que somos; en ello subyace una necesidad de perfección y exclusividad (es decir, yo “soy” cuando excluyo al otro). Es evidente lo que hacemos (y lo que dejamos de hacer…) y nos preguntamos a nosotros mismo qué más nos hace falta para alcanzar ese nivel de perfección tan deseado, esperando que alguien nos diga, o responda a nuestra pregunta, “eres perfecto…” Según los criterios, humanos la perfección es, tristemente, cuantitativa… Alcanzarla, no importando los medios, nos “da la certeza” de haber ganado la vida eterna.

JUZGAR

El evangelio de Marcos comienza narrando cómo un hombre, acercándose a Jesús y arrodillándose ante Él, le preguntó: “Maestro Bueno, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?”. La pregunta denota, como bien lo dice Luis A. Schökel, esa tendencia humana de “acumular”: riquezas, prestigio, honor, reconocimientos, etc.; mezclado con una falsa humildad que nos lleva al recurso de los formalismos. Este único versículo (17), nos revela tres cosas propias de una actitud con doblez: uno, tratar al otro de manera cordial (“maestro bueno”) esperando de él una reacción similar; dos, adoptar una actitud de “humildad” (se arrodilló), esperando que el otro la sepa apreciar y nos reincorpore; tres, hacer una pregunta (¿inteligente?) que refleje un interés en algo supremo (“alcanzar la vida eterna”), esperando impactar y provocar admiración.

Contario a lo previsto por ese hombre, Jesús dispone una pregunta (no una respuesta inmediata), con la que se ubica a sí mismo e invita a su interlocutor a bajar el nivel de sus pretensiones: ¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios (v. 18). Es decir, ni tú ni yo, al nivel de lo humano, debemos ostentar la bondad como un calificativo que sólo pertenece a Dios; nosotros estamos llamados a la bondad haciendo el bien y no a pretenderlo  como un privilegio. Por eso mismo, sin dar respuesta aún, le hace ver lo que sabe de antemano: observar y cumplir los mandamientos son, en sí, un medio eficaz para hacer el bien; verdad indiscutible que el mismo hombre confirma: “Maestro, todo eso lo he cumplido desde muy joven” (v. 20). Pero Dios, desde la perspectiva de la Buena Nueva, no quiere que seamos buenos para satisfacción propia, cumpliendo únicamente la ley, eso no es suficiente. Él quiere que hagamos justicia.

Jesús lo miró con amor…, gesto, que más allá del sentimentalismo que en ocasiones nos invade, refleja la mirada que, desde el evangelio, propone el amor como la nueva ley, como el filtro por el que pasa toda la vida y la transforma en justica: Sólo una cosa te falta: Ve y vende lo que tienes, da el dinero a los pobres y así tendrás un tesoro en los cielos. Después, ven y sígueme (v. 21). Al igual que en el versículo 17, encontramos también aquí tres aspectos esenciales para comprender lo que sucede: uno, el hombre se ha esmerado por cumplir toda la ley y no ha sido capaz de descubrir, por sí mismo, lo único que realmente le hace falta: ver con amor; dos, vender lo que tiene y dar el dinero a los pobres equivale, sin lugar a dudas, a hacer justicia y vivir con los demás en igualdad de condiciones, con la posibilidad de construir un nuevo tesoro: el cielo; tres, aparece implícita la respuesta a la pregunta que abre el diálogo: ven y sígueme.

La vida eterna es el culmen de un caminar haciendo justicia, a través del seguimiento de Jesús; para ello, es necesaria la renuncia de todo aquello que mantiene en pie las estructuras de poder, de riqueza excesiva, de acaparamiento de los bienes que son de todos; exige mirar con amor más allá de la ley. Pero si esto es demasiado para quien depende absolutamente de lo que tiene, dará media vuelta y ser irá triste y apesadumbrado (v. 22).

Al joven rico lo distingue el verbo “acumular”: riqueza, prestigio, méritos por cumplir los mandamientos, etc. Jesús le propone pasarse al verbo “compartir”: su vida con Jesús (discipulado) y su riqueza con los pobres. En aquellos tiempos la riqueza se consideraba un signo del favor divino. Jesús, siguiendo la línea profética (Is 3,14s; 5,8; Am 2,6-7; 4,1; Miq 3,1-4), sabe que los pobres y los ricos no son fruto de la voluntad de Dios, sino de la acumulación de unos pocos que empobrecen a la mayoría. La riqueza es un obstáculo para el reino. El joven rico, aunque se esfuerza como persona en ser bueno, su riqueza lo convierte en constructor de una sociedad injusta, y no del reino de Dios, que busca hacer de esta tierra un espejo del cielo donde la justicia, el amor y la paz alcanzan para todos… (Schökel, L. A., La Biblia de Nuestro Pueblo, comentario a Mc 10, 17-30).

¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios! (v. 24), si sus criterios de acción y de razonamiento son los del hombre. Sólo una actitud de humildad y de apertura ante Dios, les permitirá asumir como suyas las palabras del libro de la Sabiduría: Supliqué y se me concedió la prudencia; invoqué y vino sobre mí el espíritu de la sabiduría. La preferí a los cetros y a los tronos, y en comparación con ella tuve en nada la riqueza (7,7-8).

Retomando la actitud del hombre que nos presenta Marcos, podemos descubrir cómo, en su tristeza, hay un convencimiento derrotista de que Jesús le propone algo imposible (vender todo…); él, como los discípulos, no comprende quién puede salvarse así… (v. 26). Es imposible para los hombres, más no para Dios. Para Dios toso es posible (v. 27). Este joven simplemente se fue…, no se dio la oportunidad de saber cuál era la recompensa otorgada a quienes dejan todo:

Nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o padre o madre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, dejará de recibir, en esta vida, el ciento por uno en casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y tierras, junto con persecuciones, y en el otro mundo, la vida eterna (vv. 29 y 30).

La mirada amorosa de Jesús es penetrante y deja al descubierto el corazón del hombre, no para juzgarlo sino para transformarlo; en ella se refleja la sabiduría divina que sobrepasa los criterios humanos y se hace cercana al creyente por medio de la Palabra:

La Palabra de Dios es viva, eficaz y más penetrante que una espada de dos filos. Llega hasta lo más íntimo del alma, hasta la médula de los huesos y descubre los pensamientos e intenciones del corazón. Toda creatura es transparente para ella. Todo queda al desnudo y al descubierto ante los ojos de aquel a quien debemos rendir cuentas (Heb 4,12-13).

ACTUAR

¿Qué hacer? Hay muchas posibilidades, aunque una es indispensable: comenzar por hacer un verdadero discernimiento de nuestra vida, como primera cosa, y luego de nuestra realidad; descubrir, mirando con amor, qué nos detiene y nos impide dar el paso definitivo. Estamos inmersos en una sociedad con estructuras que nos envuelven y nos ahogan, sólo siendo consciente de ello podremos liberarnos.

El Papa Francisco, en Laudato sí (203 y 204), nos invita a la siguiente reflexión, que bien puede ser el punto de partida de una verdadera acción transformadora:

Dado que el mercado tiende a crear un mercado consumista compulsivo para colocar sus productos, las personas terminan sumergidas en la vorágine de las compras y los gastos innecesarios… Ocurre los que ya señalaba Romano Guardini: el ser humano “acepta los objetos y las formas de vida, tal como le son impuestos por la planificación y por los productos fabricados en serie y, después de todo, actúa así con el sentimiento de que no es lo racional y lo acertado”…

Si tal tipo de sujeto es el que tiende a predominar en una sociedad, las normas serán respetadas en la medida en que no contradigan las propias…

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

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