¿Qué quieres que haga por ti?

Estándar

imagesOCTUBRE 25 DE 2015

DOMINGO 30 DEL TIEMPO ORDINARIO

Este domingo centraremos nuestra atención y, por lo mismo, nuestra reflexión sólo en el evangelio (Mc 10,46-52), rescatando el sentido profundo de lo que significa no ver y recuperar la vista, en Jesús y sus enseñanzas.

VER

Hace unos días, el presidente de la República, afirmando y confirmando que no se privatizará una de nuestras instituciones públicas, decía enfático: “Que nadie pretenda confundir o engañar a la población…” ¿Cuántas veces hemos escuchado estas mismas palabras en boca de líderes, gobernantes, presidentes, secretarios? ¿Qué realidades pretenden ocultar en su discurso? ¿Quién engaña a quién?

Tales palabras, con el obvio complemento que las sacraliza (“no se privatiza”), fueron elogiadas con un aplauso que irrumpió, obligado o voluntarioso, en un ambiente donde se magnificaban el progreso, el logro, la victoria, el porvenir garantizado para todos… Pero sólo narrado; irreal e invisible a la vista de todos. Una escena que ponen en acto  aquella visión profética plasmada por Mateo: un ciego que guía a otro ciego (15,14).

Todo discurso demagógico crea imágenes, atractivas por cierto, a través del lenguaje: se apropia de las palabras que la gente espera escuchar, se adentra en las esperanzas del pueblo y se presenta como la solución que debía llegar. El oportunismo hace de la oratoria un paliativo que surte efecto de manera momentánea, una vez pasado el furor, todo se diluye en las redes de la realidad que nuca se quiso ver ni afrontar verdaderamente.

Nuestro entorno está recargado de imágenes (comerciales, políticas, religiosas, morales, lingüísticas, etc.), a tal grado, que no se puede apreciar la realidad tal cual es; por otro lado – como lo plantea Mardones – la imagen, cada vez más, es suplantadora de la realidad, de tal modo que, así como hay una sociedad de la imagen, hay una realidad virtual. Lo virtual es lo aparente, lo que “se ve” pero no existe.

Eso quiere decir que vivimos inmersos en una ceguera colectiva, crónica y severa, que está provocando una disfunción en las relaciones con nosotros mismos, con el mundo, con los demás y con Dios. Además, genera angustia y desesperación, ya que, finalmente y por desgracia, descubrimos que “lo que sí vemos, no existe” y “lo que existe, no se ve”. Fincamos nuestras expectativas en cosas efímeras e inciertas.

JUZGAR

Esta ceguera que hoy vivimos no es privativa de una época, como la nuestra, o de una cultura, o de un contexto determinado; también Jesús se enfrentó a una condición humana marcada por la misma realidad social (no ver) de su momento. Al respecto, Marcos nos ha presentado ese panorama, a lo largo de estos días, por medio de tres escenas, o mementos significativos: primero -hace dos domingos-, la imposibilidad de ver más allá de las riquezas, plasmada en la persona del hombre rico (10,17-22); después -el domingo pasado-, la imposibilidad de ver más allá del poder y los privilegios, expresada en las pretensiones de Juan y Santiago (10,35-37) y, hoy, de un modo contrastante, la otra mirada, la que representa la posibilidad de ver más allá de la ceguera, encarnada en Bartimeo, quien fue capaz de reconocer en Jesús al Hijo de David, al Mesías esperado (10, 47). En cada escena hay un deseo que pone en evidencia lo que hay en el corazón y en la mirada de los personajes: la primera, deja ver la falsa humildad del hombre rico; la segunda, refleja la ambición de poder en los hijos de Zebedeo, y la tercera, el deseo de ver… Ésta última marca un cambio en la perspectiva: un hombre ciego, abandonado al borde del camino (excluido), grita pidiendo compasión; un sector del pueblo quiere apagar su voz, no les interesa lo que le sucede y es irrelevante para ellos: Muchos lo reprimían para que se callara (10,48). Pero la insistencia simboliza la fuerza que brota en la lucha por la libertad y la firme decisión de sobreponerse a la opresión. Para Jesús eso es significativo y relevante, hay ante él un hombre que cree sin haber visto, por eso se detiene.

En seguida, un mandato, un envío incluyente que involucra a los suyos: Llámenlo (v. 49). La comunidad anima, incorpora y orienta: El ciego tiró su manto; de un salto se puso en pie y se acercó a Jesús. Una actitud que contrasta con la del rico, quien no fue capaz de renunciar a todas sus riquezas, mientras éste deja todo lo que tiene, o lo que le queda, y renuncia a ello: el manto, más allá de ser una “riqueza”, representa la permanencia en la piedad judía -dice Giuseppe Barbaglio-, o una vieja vida que se deja atrás -como lo plantea Schökel-. Dispuesto, incondicional y sin prejuicios se acerca a Jesús: ¿Qué quieres que haga por ti? Maestro, que pueda ver (10,51).

El evangelio de Marcos, en estos tres momentos, nos arroja una enseñanza que tiene como referente la condición humana; a través de ella podemos ver cuáles eran las expectativas que el hombre rico, Santiago, Juna y Bartimeo tenían respecto de Jesús y del Reino. Cada uno veía, o no veía, el panorama de manera distinta y dependía de sus necesidades personales, de sus intereses y de sus deseos más profundos, a veces ofuscados. Pero el culmen de la enseñanza está en el ciego y en su actitud; a través de él se rompen todos los paradigmas de la fe y se concretan, de manera fehaciente, el modo de buscar, de atender a un llamado, de responder, de estar dispuesto y de seguir.

¿Quién deseará un salvador si no siente la necesidad de ser salvado? ¿Quién buscará un libertador si no experimenta la urgencia de ser liberado? ¿Quién emprenderá un camino si no aspira a una meta anhelada?

La expectativa es la experiencia interior que nos lleva a luchar por el cambio y el progreso en las diversas situaciones de la vida. La expectativa más profunda se refiere al sentido y la meta última de la existencia personal y social. La expectativa es el fundamento y el motor de todo intento de superación (José L. Pérez A.).

Bartimeo alcanza sus expectativas que son, al parecer, las mismas de Jesús respecto del hombre: Vete; tu fe te ha salvado. Al momento recobró la vista y comenzó a seguirlo por el camino (v. 52). Recobrar la vista, ver lo que no se veía, es un signo de salvación, pues sólo así se tiene claridad de qué camino tomar y a quién se debe seguir.

ACTUAR

El ciego, que desde la perspectiva de Marcos, representa al pueblo olvidado y oprimido, no permitió que nadie lo confundiera y lo engañara. En el momento que descubrió la cercanía del Mesías alzó la voz y gritó hasta ser escuchado. Su ceguera no fue impedimento, era la sociedad quien le impedía no sólo ver, sino hablar, pronunciarse, hacerse sentir…

Todos hemos sido llamados y nos hemos acercado; a cada uno, tal vez, se ha dirigido la misma pregunta que a Bartimeo: ¿Qué quieres que haga por ti? Si la respuesta es ver, entonces debemos hurgar en nuestro corazón para reconocer nuestras cegueras, nuestras indiferencias y nuestro desinterés por nosotros mismos y por los demás.

¿Cuáles son nuestras expectativas? ¿Qué buscamos en Jesús? ¿Somos los ciegos que necesitan ver, o somos parte de la sociedad que provoca la ceguera en la que vivimos?

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

Anuncios

Un comentario en “¿Qué quieres que haga por ti?

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s