“Se acercan los días, dice el Señor…” (Jr 33,14)

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amanecerNOVIEMBRE 29/2015

PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO

Iniciamos el Adviento y la Liturgia nos ofrece hoy tres textos (Jr 33,14-16; 1Tes 3,12-4,2 y Lc 21,25-28.34-36) con los que orienta y prepara la venida del Señor, y dejar entrar, en nuestra vida, al Dios que se hace hombre y pone su morada entre nosotros.

VER

Vemos a tanta gente que vive en el fracaso, por el simple hecho de que, en algún momento, dejó pasar las mejores oportunidades para alcanzar el éxito; individuos que no se han dado cuenta que, más allá de su nariz, suceden muchas otras cosas. Otros se lamentan por lo que ahora viven, cayendo en cuenta que lo pudieron haber evitado… pero el tiempo ya pasó y las catástrofes (financieras, familiares, ecológicas, políticas, etc.) son inminentes, ya no hay nada qué hacer.

El entorno se vuelve amenazador y el mal presagio se mueve como una nube negra que nos cubre, dejando a su paso desilusiones, tristeza, frialdad, indiferencia, soledad… Todo esto, como ya decíamos en domingos anteriores, genera miedo y desesperanza. No vemos la luz ni hay claridad, pareciera que todo está llegando a su fin y nada hay, tampoco nadie, que lo pueda rescatar del abismo, para renovarlo y relanzarlo a la vida.

Las adversidades y los problemas que nos provocan dolor y temor, nos obligan ahora a ser consciente de cómo hemos sido sordos a la voz de la vida, ciegos a los signos de los tiempos e insensibles a las necesidades del género humano; de nada nos ha servido el testimonio de la historia ni los oráculos de los profetas, de los mártires, de las víctimas inocentes, de los santos y de los que se han atrevido a decir ¡basta ya! De manera irresponsable descuidamos lo que el Dios creador puso en nuestras manos. Todo se viene abajo, se desmorona, se desintegra, pierde sentido y se diluye en el pasado… Pero hoy, nosotros mismos lo estamos destrozando.

JUZGAR

Habrá señales prodigiosas en el sol, en la luna y en las estrellas. En la tierra, las naciones se llenarán de angustia y de miedo por el estruendo del mar; la gente se morirá de terror y de angustiosa espera por las cosas que vendrán sobre el mundo, pues hasta las estrellas se bambolearán (Lc  21,25-26).

Con una mirada retrospectiva podemos ver cómo Lucas presenta una radiografía detallada de nuestra realidad, como si en ese momento él predijera lo que hoy presenciamos. Pero no es así, el lenguaje y el estilo apocalíptico que el evangelista adopta en estos versículos no tienen la más mínima intención de predecir el futuro de la humanidad. Él escribe desde la historia humana y desde allí tenemos que releer el mensaje para comprenderlo. No importando si es la historia pasada o la presente, Lucas quiere que distingamos lo que sucede cuando en la vida de los hombres Dios está ausente y cómo esta se transforma cuando irrumpe, en ella, el Hijo del hombre, el Mesías liberador.

Los creyentes de las comunidades cristianas del siglo I, como los creyentes del siglo IV, o del siglo VII, o del siglo XXI, han vivido y experimentado adversidades que encajan perfecto en las palabras de Lucas, pero en ningún caso el mundo ha dejado de existir; no así el hombre. Las decisiones que tomamos desde el libre albedrío conllevan, incluso, consecuencias negativas, como la muerte causada por guerras y desastres, pues todo dependerá de cómo esté orientada esa libertad y de qué se alimente el espíritu del hombre. Matar, robar, mentir, denigrar,  deshonrar, codiciar, despreciar… al hermano, son el reflejo de un corazón vacío y muerto dentro del hombre; la tierra erosionada, los bosques devastados, las plantas estériles, los mares contaminados, los ecosistemas alterados, el medio ambiente trastornado son, en conjunto, la terrible consecuencia del actuar humano, preocupado por satisfacerse a sí mismo, olvidando al Dios creador, enamorado de sus creaturas.

El Adviento representa la oportunidad para detenernos y mirar hacia atrás; es el tiempo oportuno para preguntarnos si queremos seguir viviendo así, o deseamos cambiar. Las señales prodigiosas a las que se refiere Lucas no son otra cosa que los signos de los tiempos, los de cada tiempo y circunstancia, que debemos leer y, además, saberlos leer con el lenguaje de la propia historia. Es el tiempo para abrir paso a lo que está por venir y disponer la vida para ello; por eso, Jesús nos advierte:

Estén alerta, para que los vicios, la embriaguez y las preocupaciones de esta vida no entorpezcan su mente y aquél día los sorprenda desprevenidos; porque caerá de repente como una trampa sobre todos los habitantes de la tierra (21,34-35).

Sólo una mente sumida en los vicios, adormecida en la embriaguez y deprimida por las preocupaciones de la vida no podrá abrir su entendimiento a la novedad del evangelio, y se quedará instalada y atrapada en su torpeza. Al respecto, Carlos G. Vallés, SJ, nos ofrece una visión desde lo ordinario de la vida:

Cuando la mente se opone ciegamente a una situación, bloquea todos los sistemas de pensar, ver y entender en el alma, y hace imposible encontrar una solución. En cambio, cuando la mente se enfrenta a la temida calamidad, la contempla y la acepta y llega a resignarse ante ella, entonces pierde su rigidez, abre ventanas, mantiene realidades y despeja el camino para la salida. Ese proceso psicológico es acompañado y reforzado por la gracia de Dios y las bendiciones que acogen a la generosidad de la persona que llega a pedir en oración lo que más teme. Al pedir, acepta; y al aceptar, pierde el miedo. Y al perder el miedo, se prepara para la tranquilidad y el equilibrio, que son clima esencial de toda elección ecuánime. El temor siempre ha sido mal consejero  (Saber escoger. El arte del discernimiento).

No estar preparados es, precisamente, la trampa de la que habla Lucas, pues cuando llegue el Hijo del hombre en una nube, con gran poder y majestad, no podrán zafarse de su torpeza y vivirán angustiados y con miedo.

El deseo que Pablo expresa a la comunidad de Tesalónica en su primera carta (3,12-4,2), es para nosotros hoy una pauta en el caminar hacia la novedad del adviento:

Que el Señor los llene y los haga rebosar de un amor mutuo y hacia todos los demás, como el que yo les tengo a ustedes, para que él conserve sus corazones irreprochables en la santidad ante Dios, nuestro Padre, hasta el día en que venga nuestro Señor Jesús, en compañía de todos sus santos. Por lo demás, hermanos, les rogamos y los exhortamos en el nombre del Señor Jesús a que vivan como conviene…

ACTUAR

Vivimos en estado de depresión y el adviento nos propone preparar los caminos y convertirnos, para dejar que el Reino de Dios entre en nuestras vidas y transforme nuestra historia. Nuevamente, Vallés nos advierte:

Un estado de depresión no es el momento de tomar decisiones. La oscuridad no es el momento de cambiar de rumbo en la selva. Si dudas, detente y espera, pero no cambies de dirección en la niebla. Espera a la mañana, a la luz del sol y al cielo abierto y a la visibilidad hasta el horizonte. Entonces cambia el rumbo, si así has de hacerlo; pero no ahora, no bajo la noche, no entre nubes, no en desolación.

Y la claridad del evangelio nos da esperanza:

Velen, pues, y hagan oración continuamente, para que puedan escapar de todo lo que ha de suceder y comparecer seguros ante el Hijo del hombre (Lc 21,36).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

 

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¿Con que tú eres rey?

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pantocratorNOVIEMBRE 22/2015

NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO

Con esta solemnidad terminamos el tiempo ordinario (el último que corresponde a este año) para dar paso, como indicamos el domingo anterior, al tiempo del Adviento, con el que se inicia el nuevo año litúrgico (2016) y el ciclo dominical C, dedicado al evangelio de Lucas.

Nuevamente, dos de las lecturas (Dn 7,13-14 y Ap 1,5-8) tienen ese carácter apocalíptico con el que nos encontramos el pasado domingo, aunque esta vez, no en función de revelar el simbolismo de las catástrofes y los castigos, sino de resaltar la figura de Jesucristo, como el Hijo de hombre, que viene de parte de Dios a redimir a su pueblo. Además, el evangelio de Juan (18,33-37), siguiendo la misma línea temática, pone en evidencia, ante Pilato, la centralidad de Jesús como rey, y hace contrastar su reino, que no es de este mundo, con los reinos mundanos, efímeros e inciertos.

VER

¿Qué reinados, o qué poderes, gobiernan y dominan nuestra vida y nuestra historia? Es un hecho que existen varias estructuras (económicas, políticas, partidistas, religiosas, ideológicas, sociológicas…) que, querámoslo o no, sostienen todo el entramado de nuestra realidad, personal y colectiva, y no podemos, por más que lo deseemos y lo intentemos, separarnos de ellas, hacernos independientes. Desde la visión aristotélica sabemos que en todo individuo se traba una lucha constante de los aspectos que son sustanciales a su naturaleza con aquellos que son accidentales. Es decir, de su esencia social (animal social, zoo politikón), por ejemplo, afloran todas sus relaciones, no importando de qué tipo sean; surgen de su naturaleza y nos la puede evitar. No es fácil concebir al hombre totalmente aisaldo. Pero hay aspectos accidentales que, aunque no modifiquen su esencia, la pueden trastornar o reorientar; por ejemplo, seguir un régimen dietético para bajar de peso, decidir qué ropa se usa, a qué partido se quiere pertenecer; cambiar de religión, de nacionalidad, de residencia e, incluso, de pareja. En todo hombre hay, dice Aristóteles, aspectos permanentes y aspectos contingentes.

Volviendo a la pregunta con la que iniciamos, y tratando de dar respuesta, se abre ante nosotros un panorama asombroso: es basta y variada la oferta de reinos y poderes que nos pueden dominar (ya sea por voluntad propia o por coacción), o que nos pueden liberar; según sea el caso, van condicionando, modificando, enriqueciendo, desvirtuando, complementando…, poco a poco, el actuar del hombre que se hace evidente, la mayoría de las veces, en lo contingente. Somos seres hechos para el cambio y para la acción, por lo que somos capaces de adaptarnos y de transformar nuestro entorno, pero todo ello, animado por nuestra innata necesidad de socializar: nada de lo que hagamos, pensemos o decidamos, es a título propio (estrictamente hablando), siempre tiene una repercusión social, relacional, o comunitaria. Es por esta razón, en especial, que los hombres buscamos pertenecer e identificarnos; buscamos referentes que garanticen el logro de nuestros deseos y realidades ajenas a nosotros, accidentales, en las que se canalicen.

Cuando somos testigos de todo lo que sucede en el mundo nos preguntamos: ¿por qué suceden estas cosas? El mal y el bien que vemos surgen, ambos, del corazón del hombre, y para entender lo que hay en ese corazón será necesario saber en dónde tiene puesta su mirada.

JUZGAR

La pregunta que nos hemos planteado, ¿Qué reinados, o qué poderes, gobiernan y dominan nuestra vida y nuestra historia?, se asemeja, al menos en la intención de fondo, a las preguntas que Pilato hace a Jesús: ¿Eres tú el rey de los judíos?, ¿A caso soy yo judío?, ¿Qué has hecho?, ¿Con que tú eres rey? (Jn 18,33.35.37).

Este texto del evangelio de Juan tiene toda la intención de resaltar el carácter real de Jesús y la centralidad que cobra su persona y su misión en la vida del pueblo judío en ese momento. Marca, además, un evidente contraste entre dos formas de gobernar: por un lado, el poder cerrado y justificado en sí mismo y que no tiene la peculiaridad de ser para el pueblo, representado en la figura de Pilato (Roma) y en los sumos sacerdotes (El Templo); por otro lado, un reino que no es de este mundo (v. 36), encarnado en Jesús, y que tiene como objetivo primordial la liberación de los pobre y oprimidos.

Nos encontramos ante un evento público que tiene la finalidad explicita de condenar y dar por terminada la labor de Jesús y su predicación, y con ello, acabar de tajo con todo un movimiento de rebeldía (o de renovación) que se había gestando en torno al Nazareno y su grupo de seguidores. Por lo visto, Jesús se había convertido en el nuevo referente de interpretación y relectura de los profetas, de las Escrituras, del Mesías y de la misma ley, algo inaudito e inaceptable para una estructura que era, también ella, desde antiguo, referente de la vida del pueblo y del modo de entender la ley.

Cada una de las preguntas que Juan presenta en este texto tienen una razón de ser y convergen, todas ellas, en la figura de Jesús como rey y juez de los hombres. ¿En qué sentido?:

  • ¿Eres tú el rey de los judíos?: Pilato quiere saber si Jesús es hora el nuevo rey del pueblo, en torno al cual gira la vida y toma otro sentido. Esto, porque hay un conflicto evidente y una crisis: él ha sido declarado rey (baste recordar la entrada triunfal a Jerusalén) y las autoridades lo desconocen como tal. Al parecer, el pueblo necesita de un rey… ¿a quién?
  • ¿A caso soy judío?: También Pilato tiene un “rey”, un emperador en Roma, que es su referente y a quien rinde obediencia, por tanto, él se deslinda no sólo de las consecuencias que supone reconocer a Jesús como rey, sino también el de aceptarlo. Comprende las palabras del mismo Jesús: nadie puede servir a dos amos (Mt 6,24), y en la práctica debe decidirse por uno sólo… ¿por quién?
  • ¿Qué es lo que has hecho?: los reyes, en general, son reconocido por lo que hacen: victorias, conquistas, guerras, riquezas, construcciones magníficas, beneficios para el pueblo… En esta única pregunta queda implícito para Pilato lo que Jesús ha hecho: resucitar muertos, curar enfermos, liberar endemoniados, perdonar a los pecadores, acoger a los despreciados, compartir la mesa con gente indeseable. Todo eso es inusual en la lógica de un reino mundano, incluido el propio; la pregunta, entonces, más que tener la intención de conocer y aclarar, es persuasiva e inquisitoria, tratando de que Jesús sea consciente de cómo lo que ha hecho, incomprensible desde los criterios del hombre, ha provocado revuelo, confusión y conflicto. Por eso la respuesta: Mi reino no es de este mundo… ¿Qué debía hacer?
  • ¿Con que tú eres rey?: si el reino no es de este mundo, es un reino dudoso, absurdo, como absurdo resulta ser rey bajo esas condiciones. Juan transforma la pregunta de Pilato en una afirmación categórica desde la mirada de Jesús: Tú lo has dicho. Soy rey (v. 37); su conflicto moral queda resuelto, ya que reconocer a Jesús como rey implica, para él, ver más allá de los límites del imperio, de las instituciones y de la ley… ¿eres tú?

Por desgracia, como en otras ocasiones, las decisiones de los liturgistas han dejado fuera el último versículo (38) de este texto, que contiene una pregunta más y que da sentido a la conclusión del pequeño discurso de Jesús, además de lograr que la posible respuesta sea, en realidad, la apertura hacia un amplio panorama: ¿Qué es la verdad?

El reino que no es de este mundo y que está a punto de fenecer, es encabezado por un rey que se revela como la única verdad (Yo soy el camino, la verdad y la vida, Jn 14,6):

Yo soy rey. Yo nací y vine al mundo para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz (Jn 18,37).

Pero ese rey, Hijo de hombre, procesado ante Pilato, es vulnerable y todo lo que ha hecho es un fracaso, a tal grado, que deja de ser el referente del pueblo, que se une a los sumos sacerdotes para entregarlo (Jn 18, 35). El conflicto moral del pueblo (dejar todo por el reino) se convierte en una crisis social y política que desemboca en una muerte injusta, instigada por las autoridades judías, poniendo como referente nuevamente al Templo, y motivada por la inmediatez (comer, ser el primero, sentarse en lo mejores puestos, acumular riquezas, dar de lo que sobra…) y no por el discernimiento: Todo el que es de la verdad, escucha mi voz (v. 37).

Los tres textos de este domingo nos ofrecen, cada uno por su lado, las características del rey que tiene un reino que no es de este mundo:

  • El profeta Daniel (7,13-14) dice que es semejante a un hombre (un rey humano, no divino), quien recibe la soberanía, la gloria y el reino y tendrá a su servicio a los pueblos y naciones de tolas las lenguas.
  • El libro del Apocalipsis (1,5-8) lo describe como testigo fiel, primogénito, soberano de los reyes y que nos amó dando su sangre por nuestra salvación. Es principio y fin de todo: el Alfa y la Omega.
  • El evangelio de Juna (18,33-37), nos lo presenta como testigo de la verdad.

¿A qué reflexión nos puede llevar todo este panorama?: cada domingo, al proclamar nuestra profesión de fe (hacer público lo que creemos), reconocemos fehacientemente que creemos en un solo Señor, Jesucristo, Hijo de Dios, quien es Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, que está sentado a la derecha del Padre y que su reino no tendrá fin.

Expresar lo que creemos debe surgir de un vivir como creemos. Si el reino de Jesús, asentado en el amor, la verdad, la justicia y la libertad, es nuestra opción de vida… ¿por qué nuestra vida no refleja nada de eso? Todas estas realidades son parte de la naturaleza humana, nacen de su esencia, pero a veces las practicamos y vivimos desde referentes contingentes, efímeros, inciertos y finitos. A caso no hemos caído en cuenta que el Reino de Dios no tendrá fin (como repetimos cada domingo) y que, por lo tanto, no es contingente. Para nosotros, ese Reino es esencial: Yo soy la vid, ustedes los sarmientos: quien permanece en mí y yo en él dará mucho fruto; porque separado de mí no pueden hacer nada (Jn 15,5).

ACTUAR

Volvamos a lo que planteamos al inicio de esta reflexión: Ante la realidad de crisis en el mundo, que tantas preguntas nos arroja, debemos concentrar nuestra atención en sólo una: para entender por qué suceden estas cosas necesitamos preguntarnos ¿qué hay en el corazón del hombre? Y para saber lo que hay en ese corazón es necesario sabe, también, en dónde tiene puesta su mirada.

¿Qué acciones tomar?: encontré una pista en lo que son, tal vez, las reflexiones de una mujer que, parada en el poder, trata de poner su mirada en otro punto de referencia:

Ante una pregunta sobre el riesgo de “islamización” de Europa, recordó que la mejor respuesta era tener “el valor de ser cristianos, saber fomentar el diálogo, volver a la iglesia, sumergirse de nuevo en la Biblia”: Angela Merkel (Oct. 2015). En una palabra: volver a Dios, o como decía Sta. María Eugenia de Jesús (Milleret): Poner la mirada en Jesucristo…

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

Nadie conoce el día ni la hora…

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best_photos_natural_disaster_01NOVIEMBRE 15/2015

DOMINGO 33 DEL TIEMPO ORDINARIO

Las lecturas de este domingo integran una propuesta muy especial, pero al mismo tiempo difícil de comprender, debido al estilo apocalíptico que las caracteriza. Los textos son los siguientes: Dn 12,1-13; Sal 15; Heb 10,11-14.18 y Mc 13,24-32 y con ellos comenzamos a cerrar el camino del tiempo ordinario, que culminará el domingo 22 de noviembre con la solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, dando paso al tiempo de Adviento (29 de noviembre, domingo 1° de adviento).

En los últimos cinco domingos, a través de los textos evangélicos, hemos sido invitados a reflexionar en torno a nuestras actitudes y nuestros comportamientos con el hermano y con Dios, y a hacer un discernimiento en torno a ello: el joven rico y el apego a las riquezas; el deseo de ser los primeros o la disyuntiva de ser servidores de todos; el ciego Bartimeo y nuestras cegueras; las Bienaventuranzas y el llamado a ser santos, como proyecto de vida; por último, la viuda que da todo lo que tiene…, representan, en conjunto, la posibilidad de adentrarnos en el propio corazón y preguntarnos cuál es el referente que da sentido a nuestras vidas, a nuestros pensamientos y a nuestras acciones.

Las lecturas de hoy nos ayudan a dar un paso más: reconocer a Jesús como el enviado y el Mesías que nos libera.

VER

No podríamos contar con los dedos de las manos las catástrofes que han afectado al mundo en los últimos meses, pero las podemos catalogar en conceptos como guerras, desastres naturales, atentados, genocidios, ecocidios, contaminación, destrucción, bombardeos, etc. Todos, independientemente de su alcance y magnitud, confluyen en la misma consecuencia: el deterioro de la sociedad, del planeta y del mismo hombre. En una palabra, en la muerte.

A la par de todo esto, por desgracia, como una consecuencia inevitable, vemos la desesperación de la gente, el miedo y la impotencia de no poder hacer nada para revertirlo, o al menos aminorarlo. Nos damos cuenta que todo, en realidad, está en nuestras manos: el mal que hemos hecho y el bien que podríamos hacer; la humanidad es el origen de los problemas, cuando actúa de manera irresponsable, pero es también la única posibilidad de solucionarlos y de restaurar el tejido vital al que pertenecemos, no sólo actuando de manera responsable, sino humanamente…

Escuchamos un grito desesperado (globalizado talvez) en el que convergen también el dolor de niños, ancianos, mujeres, enfermos, jóvenes, moribundos…, que ya no son capaces de soportar ni de vivir un día más en las inhumanas condiciones que los agobian y los humillan. Tales inhumanas condiciones sólo podrán ser distintas cuando el mismo hombre, todos los hombres, las sociedades enteras y juntas, decidan humanizarlas, recuperarlas, hacerlas nuevamente suyas y regresar a ellas. Para nosotros ya no hay una tierra de promisión más allá del hermano que está frente a nosotros y que sufre, él es tierra prometida; sin embargo, es una tierra abandonada por el mismo hombre, por eso deshumanizada, desconocida; le es ajena, aun cuando sea de la misma condición y del mismo origen.

Esta oscuridad funesta, que sin razón alguna nubla nuestras miradas y opaca la abundancia del corazón humano, nos impide ver la belleza y la bondad inherentes en cada cosa, en todos los seres y en el más insignificante objeto de la creación; de aquí surgen el pesimismo, el desánimo y el sinsentido que rigen el pensamiento y el actuar de los individuos y de los pueblos.

El mundo y el universo tienen un ritmo que no depende de los deseos del hombre, pero los deseos malsanos del hombre han modificado su fisonomía y su dinámica, a tal grado, que también allí hay “sufrimiento” y “dolor”, y nos grita en cada acontecimiento desgarrador que se convierte en desastre.

 JUZGAR

Tanto el libro del profeta Daniel como el evangelio de Marcos nos presentan un panorama poco esperanzador, que genera, seguramente, un ambiente de temor y desaliento: Será aquel un tiempo de angustia, como no lo hubo desde el principio del mundo (Dn 12,1). Cuando lleguen aquellos días, después de la tribulación, la luz del sol se apagará, no brillará la luna, caerán del cielo las estrellas y el universo entero se conmoverá (Mc 13,24). Por si fuera poco, el evangelista es categórico y remata: cuando vean ustedes que suceden estas cosas, sepan que el fin ya está cerca, ya está a la puerta (v. 29).

Sin embargo, y a pesar de la radicalidad de los textos, estamos invitados a hacer una lectura profunda que nos lleve más allá de lo literal; de lo contrario, no tendremos otra opción más que la de ser testigos de la destrucción del mundo y esperar, impasibles, la muerte, creyendo que Dios así lo dispuso y que es nuestro destino impostergable.

La literatura apocalíptica de la Sagrada Escritura está cargada de simbolismos, ocultos en cada palabra y en cada imagen literaria; el texto de Marcos, incluso, no es la excepción. Estos relatos no son una crónica futurista sobre los acontecimientos que van a ocurrir, tampoco es una crónica periodística de los hechos que ocurrieron al crear Dios el mundo. Quieren responder a las preguntas sobre el mundo, el hombre, el sentido de la existencia, de la esperanza (Comentarios a la Liturgia de la Palabra del domingo 33, Misal Mensual de noviembre, Buena Prensa).

Las adversidades generan preguntas porque necesitamos saber y entender lo que sucede. En estos casos no es válida la postura mediocre y conformista de quienes “creen”, llanamente, que todo es voluntad de Dios, pues siendo así, el hombre se deslindaría de su responsabilidad y culparía, piadosa y religiosamente, a Dios.

¿Cómo podremos, entonces, releer los textos para comprender su mensaje hoy?: Necesitamos partir de la historia. Los dos libros fueron escritos e inspirados en un ambiente de persecución, el libro de Daniel durante la persecución de Antíoco IV, en el año 167 a.C. y el evangelio de Marcos durante la persecución fraguada por Nerón en el año 64 d.C. Tales acontecimientos nos revelan cómo el pueblo judío y luego las nacientes comunidades cristianas, vivía en esos momentos una crisis de identidad y, probablemente, de fe; las amenazas y el caos generado por la violencia ponían en el límite de lo posible no sólo la vida, sino también la esperanza y la libertad.

Ahora sabemos, como primer dato, que esos tiempos de angustia (Dn 12,1) y de tribulación (Mc 13,24) no son otra cosa que una experiencia de persecución, vivida en un momento determinado. Lo segundo, es que todas aquellas imágenes (la luz del sol se apagará, la luna no brillará, las estrella se caerán, el cielo y la tierra dejarán de existir…) son un lenguaje simbólico con el que se contrastan los poderes mundanos (imperios, reyes, emperadores, gobernantes) con el poder de Dios, poniéndolos en franca lucha: uno por dominar al hombre y someterlo, el otro por liberarlo.

Las “interpretaciones” pietistas y las “teologías” baratas nos han hecho ver en ello una prueba fehaciente del castigo de Dios por nuestras culpas, provocando así una visión catastrófica y pesimista de la historia, del hombre y, sobre todo, del futuro. Desde esta perspectiva todo lo que sucede (guerras, hambre, desastres naturales…) es, simple y sencillamente, un aviso de que el mundo está llegando a su fin. El panorama es desalentador: Dios, por su lado, sirviéndose de la creación para maltratar al hombre y del otro lado, el hombre, sirviéndose también de la creación, para contradecir a Dios y culparlo. Pero no han sido capaces de encontrar una clave de lectura que permita ver las cosas con otra mirada: los terribles acontecimientos son la consecuencia, previsible e inevitable, de cuando el hombre está de parte de Dios y de su proyecto.

¿Cuáles pueden ser las claves de lectura? Una de ellas la encontramos en las Bienaventuranzas: Felices los perseguidos por causa del bien, porque el reino de los cielos les pertenece. Si no hubiese una causa que justifique y explique las adversidades, entonces todo lo que pasa en esta vida sería, simple y sencillamente, una injusticia de Dios respecto del hombre. Hay una clave más: para comprender lo que significa el fin que está cerca y está a la puerta (Mc 13,29) es indispensable volver la mirada hacia la higuera: Cunado las ramas se ponen tiernas y brotan las hojas, ustedes saben que el verano está cerca. Los brotes son signo de vida y renovación, el verano es un tiempo de esplendor y de abundancia; con él termina el tiempo de la espera y se reciben los frutos, la herencia de la tierra.

Felices ustedes cuando los injurien, los persigan y los calumnien de todo por mi causa. Alégrense y estén contentos pues la paga que les espera en el cielo es abundante. De ese mismo modo persiguieron a los profetas anteriores a ustedes (Mt 5,12).

Por último, hay un detalle sobresaliente, que se convierte también él en clave de lectura: Nadie conoce el día ni la hora. Ni los ángeles del cielo ni el Hijo, solamente el Padre (Mc 13,32). Nuevamente puede salir a flote la interpretación oportunista como una opción, mediocre, para ver la realidad: “el fin del mundo es inminente, pero nadie sabe cuándo sucederá”. No saber representa la incertidumbre que nos genera angustia y da como resultado vidas paranóicas, que desperdician la vida pensando en la muerte y en el castigo, antes que vivir con plenitud y decir, con San Pablo, para mí la vida es Cristo y morir una ganancia (Fil 1,21). Pero este mismo no saber, desde el evangelio, tiene otra intencionalidad y posee una pedagogía esperanzadora que tiene como objetivo animar la espera y estar siempre en movimiento, buscando contrarrestar la pasividad.

Al respecto, Luis A. Schökel nos ofrece el siguiente análisis:

Con esto, Jesús afirma que lo importante no es alimentar la pasividad, el conformismo y el miedo, esperando la destrucción del mundo o el juicio final, sino aprender a discernir los signos de los tiempos, a leer la voluntad de Dios en todos los momentos de nuestra vida y estar vigilantes para asumir responsable y creativamente la construcción del reino de Dios.

Hay que vivir en plenitud el tiempo presente y esperar la Parusía de Jesús con gozo. No debemos preocuparnos por “la fecha” de su venida, que ya vendrá, sino por encontrarlo ahora, en medio de nuestra vida cotidiana (La Biblia de Nuestro Pueblo, comentario a Mc 13,28-37).

ACTUAR

¿Quién de nosotros, hoy, es perseguido por causa del reino de Dios? Lo más probable es que la respuesta se “ninguno…” (Sin negar ni desconocer que hay muchos cristianos en el mundo que son perseguidos por dar testimonio de su fe). Es así, que nada de lo que sucede en el mundo tiene que ver con Dios y sus designios.

Los desastres naturales, sociales, humanos y políticos que hoy nos mantiene aterrorizados y amenazados, no son una versión apocalíptica de la vida y de la historia, son la prueba de que el hombre no se ha hecho responsable ni de su casa ni de su hermano, tanto así, que hoy podemos hablar de un fin del mundo, que no tiene nada que ver con un posible castigo de Dios, sino con una situación real que la humanidad misma ha ido trazando a lo largo de los siglos (particularmente en los dos últimos): nosotros estamos decidiendo, poco a poco, el fin del mundo y de la vida.

Esta hermana clama por el daño que le pro­vocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella. Hemos crecido pensando que éramos sus pro­pietarios y dominadores, autorizados a expoliarla. La violencia que hay en el corazón humano, he­rido por el pecado, también se manifiesta en los síntomas de enfermedad que advertimos en el suelo, en el agua, en el aire y en los seres vivien­tes. Por eso, entre los pobres más abandonados y maltratados, está nuestra oprimida y devasta­da tierra, que « gime y sufre dolores de parto » (Rm 8,22). Olvidamos que nosotros mismos so­mos tierra (cf. Gn 2,7). Nuestro propio cuerpo está constituido por los elementos del planeta, su aire es el que nos da el aliento y su agua nos vivifica y restaura (LS 2).

El evangelio de Marco nos da una pauta de acción: Podrán dejar de existir el cielo y la tierra, pero mis palabras no dejarán de cumplirse (13,31). El medio para que las palabras del Señor se cumplan somos nosotros quienes, bautizados, hemos sido enviados a proclamar la Buena Nueva. En este sentido resuenan las palabras del profeta Daniel:

Los guías sabios brillarán como el esplendor del firmamento, y los que enseñan a muchos la justicia, resplandecerán como estrellas por toda la eternidad (12,3).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

Ha dado lo que tenía para vivir…

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mujer pobre1NOVIEMBRE 8/2015

DOMINGO 32 DEL TIEMPO ORDINARIO

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Cuando enviudan, las mujeres de muchos países a menudo se enfrentan con la denegación de sus derechos de herencia y a la tierra, degradantes rituales de sepultura y duelo con riesgo de vida y otras formas de abuso.

Con frecuencia, incluso integrantes de su propia familia desalojan a las viudas de sus hogares y abusan de ellas físicamente (a algunas hasta las asesinan). En gran cantidad de países, la condición social de la mujer está inextricablemente vinculada a la de su esposo, de modo que cuando él muere, la mujer ya no tiene lugar en la sociedad. Para volver a lograr condición social, se espera que las viudas se casen con uno de los parientes de su esposo, a veces contra su voluntad. Para muchas, la pérdida de un esposo es sólo el primer hecho traumático de una terrible experiencia a largo plazo (http://www.un.org/es/events/widowsday/background.shtml).

Esto es sólo parte de un estudio que realizó la ONU en el año 2000, en ocasión del día internacional de las viudas, teniendo como panorama la situación de las mujeres viudas a nivel mundial. Ahora, en 2015, no podemos decir que dicho panorama haya cambiado para bien de ellas, antes al contrario, es más que probable que se haya agravado. El mismo informe menciona cuatro situaciones que afectan terriblemente a aquellas mujeres que, por una u otra razón, quedan viudas: la pobreza, la salud, la violencia y la guerra. Cada una de estas situaciones sigue “vigente” en la trama de nuestra sociedad contemporánea y, por desgracias, en niveles superlativos: pobreza extrema, precariedad de las condiciones de salud, violencia devastadora y guerras por doquier, que dejan a su paso (porque nunca terminan) cantidades alarmantes de niños huérfanos, de viudas, madres sin hijos ni maridos, lisiados, etc.

No es, por supuesto, una condición categórica para todas las mujeres que enviudan, ya que algunas de ellas, a pesar de esta condición, quedan amparadas gracias a diversos medios que están a su alcance (seguros de vida, seguros de viudez, apoyo de parientes cercanos, patrimonio, herencias, programas sociales gubernamentales, etc.), además del país y el nivel socio-económico al que pertenezcan, pero muchas otras que por razones sociales, culturales y religiosas, han dependido en todos los aspectos del esposo (tradiciones patriarcales muy arraigadas, o el machismo que subyuga a la mujer), a la muerte de éste, quedan en un total desamparo, ellas y sus hijos.

JUZGAR

Resulta interesante, enlazando la reflexión con lo que hemos dicho arriba, cómo el primero libro de los Reyes y el evangelio de Marcos, nos presentan como sujetos de la acción de Dios y como agentes de un mensaje de misericordia, confianza y fe ciega en Yahvé, a dos viudas, ambas en una pobreza extrema que las pone al borde de la muerte: la primera, apenas tiene lo mínimo para comer con su hijo, por última vez, antes de morir; la otra, con dos monedas de poco valor, lleva a las alcancías del templo lo último que le queda…

Ambos textos nos ponen de frente a una problemática social que, desde antiguo, ha representado un conflicto en el que se enfrentan dos realidades antagónicas: por un lado, las estructuras sociales, los sistemas políticos y religiosos, y las convicciones éticas de los individuos que poco, o nada, hacen por resolver la precariedad en la que viven las viudas; por otro lado, las viudas, que se encuentran, sin otra alternativa al parecer, sometidas a una inminente condena, lenta e indignante, que las llevará a una muerte segura.

El realismo de la Sagrada Escritura con el que se aborda este hecho tan actual para nosotros, permite que la reflexión sea más profunda y que las enseñanzas sean contundentes, concretas y eficaces. Los dos casos hacen evidente la situación del momento y del contexto del que parten, además, las condiciones en las que vivían ambas mujeres. Podemos decir, entonces, que a través de las viudas los escritores sagrados desentrañan un problema social y religioso complejo, tanto así, que ahora ellas representan la síntesis de dicha situación: junto con sus hijos, son las víctimas que con más crueldad sufren la pobreza, la enfermedad, la violencia y el desprecio de la sociedad a la que pertenecen, pero que las ha olvidado.

Desde el ámbito social ellas no tienen porvenir porque no tienen patrimonio: Te juro por el Señor, tu Dios, que no me queda ni un pedazo de pan; tan sólo me queda un puñado de harina en la tinaja y un poco de aceite en la vasija. Ya ves que estaba recogiendo unos cuantos leños. Voy a preparar un pan para mí y para mi hijo. Nos lo comeremos y luego moriremos (1Re 17, 12). El pan es el sustento del hombre, sin él no ha vida posible que se prolongue más allá del hambre. Al parecer, la región era azotada por una terrible sequía que había provocado una fulminante hambruna entre la gente; no importando las causas, los gobernantes tiene la obligación de proveer lo necesario para que sus pueblos no perezcan. El puñado de harina y el poco aceite de la viuda no hacen más que reflejar la carestía en la que vivían, el abandono y la pobreza llevada a los límites de la muerte.

Desde el ámbito religioso sabemos que si las viudas nos son amparadas por la ley y los preceptos, pierden su identidad jurídica y, por ello, pierden también toda posibilidad de pertenecer y de poseer; si nadie les hace justicia vivirán condenadas en la incertidumbre. La ley deuteronómica establecía que si dos hermanos viven juntos y uno de ellos muere sin hijos, la viuda no saldrá de casa para casarse con un extraño; su cuñado se casará con ella y cumplirá con ella los deberes legales de cuñado… (Dt 25,5). El mismo texto continúa diciendo que si el cuñado se niega a cumplir con sus deberes, la viuda puede recurrir a los ancianos para exigir justicia y reclamar sus derechos; si la negativa es persistente la cuñada se acercará, en presencia de los ancianos, le quitará una sandalia del pie, le escupirá en la cara y le responderá: Esto es lo que se hace con un hombre que no edifica la casa de su hermano… (25,9). Habría que preguntarse qué pasaría con las mujeres viudas de hombres que no dejaron descendencia ni tenían hermanos.

Pero el primer libro de los Reyes nos revela algo más complejo aún que complica, desde el ámbito de lo religioso, la suerte de las viudas: Ajab, rey de Israel, ha sido infiel a Yahvé, suplantando el culto y la fe en el Dios verdadero por un culto pagano dedicado a Baal. Olvidarse de Yahvé equivale a desentenderse de la ley y de los preceptos dictados por Él; esto repercute en la vida y en el comportamiento del pueblo, particularmente, en lo que se refiere a la justicia y el derecho de los más pobres (huérfanos, viudas, enfermos, etc.). El rey Ajab, junto con su esposa Jezabel (princesa fenicia), dice Schökel, llevó a cabo una política abiertamente favorable al baalismo, al tiempo que se embarcó en una ofensiva contra el yahvismo, dando muerte a sus profetas (La Biblia de Nuestro Pueblo, comentario a 1Re 17,1-24).

Es precisamente aquí, en el terreno de esta realidad adversa, donde la viuda de Sarepta, como decíamos arriba, se convierte en sujeto de la acción de Dios y en agente de la misericordia, la confianza y la fe en Yahvé. Su situación personal (pobreza y muerte) y la de su pueblo pagano (carente de pan y ausente de Dios) serán el punto de encuentro donde Dios hace converger la fe inquebrantable de Elías y la fe incondicional de la mujer. Primero Elías, cuando se encuentre en el límite de la desesperación, del hambre y del agotamiento, debe obedecer algo inaudito: Levántate y vete a Sarepta de Fenicia a vivir allí; yo te mandaré una viuda que te dé la comida (17,9). Vivir en un pueblo extraño, entre paganos, allí tendrá que hablar en nombre de Yahvé y denunciar las injusticias. ¡Es un profeta! Además tendrá que confiar en lo que nadie confía: una viuda. Ella, la mujer de un pueblo pagano, sin pan y sin esperanza, reconoce que no tiene un Dios en el cual confiar: te juro por el Señor, tu Dios, que no tengo nada. Tu Dios, no el mío… Luego, del mismo modo que Elías, pone su confianza en lo que parece imposible: No temas. Anda y prepáralo como has dicho; pero primero haz un panecillo para mí y tráemelo. Después lo harás para ti y para tu hijo, porque así dice el Señor Dios de Israel: “La tinaja de harina no se vaciará, la vasija de aceite no se agotará, hasta el día en que el Señor envíe la lluvia sobre la tierra”. Entonces ella se fue, hizo lo que el profeta le había dicho y comieron él, ella y el niño (vv. 13-15). En la historia de la viuda Yahvé hace posible lo que Baal no pude hacer y ella encarna, en su sencillez y precariedad, la bondad, la misericordia y la fe verdadera. Elías confía en la viuda porque cree en Yahvé, la viuda, por su parte, confía en el Dios de Israel  porque cree en las palabras de profeta.

La insignificante vida de la viuda de Sarepta que arriesga el todo por el todo, pone en ridículo la apuesta hecha por Ajab en el dios pagano Baal. En esta línea viene el evangelio de Marcos, comenzando con una denuncia dirigida a los escribas, quienes presumen de arrogancia, de suntuosidad, de poder y honor, pero que son corruptos e injustos, particularmente con los bienes de las viudas (Mc 12,38-40), remata con un ejemplo que también pone en ridículo toda esa estructura de falsa piedad y corrupción, ya no sólo de los escribas sino de los ricos: una viuda pobre (12,42).

Hay en esta escena tres elementos sobresalientes: las alcancías del templo, las dos monedas de poco valor y la viudez; el significado de cada uno nos podrá ayudar a entender la radicalidad y el alcance doctrinal de este hecho.

  1. Las alcancías del templo: Joachim Jeremías, en su libro Jerusalén en tiempos de Jesús, distingue dos instituciones judías de beneficencia que dependían de lo que se recolectaba en las arcas del templo, el “tamjuy” (escudilla de los pobres), que consistía en la distribución diaria de alimentos (pan, frutas y el vino prescrito durante la Pascua) a los pobres de paso, y la “quppah” (cesta de los pobres), esta consistía en la distribución semanal de alimentos y vestido a los pobres de la ciudad. Marcos refiere que Jesús miraba a la gente que echaba allí sus monedas (v. 41).
  2. Las dos monedas de poco valor: el mismo Joachim Jeremías hace una aclaración sobresaliente al precisar que dichas monedas equivalían a 2 lepta (=1/4 de as), es decir, a unos céntimos que ni siquiera alcanzaban para el sustento diario, puesto que la ración diaria de pan distribuida a los pobres, que cubría el mínimo vital costaba ya 2 as.
  3. La viudez: condición de vida de muchas mujeres que al enviudar y no ser protegidas por la ley, quedaban en un total desamparo, desprecio e ignominia, y abandonadas a su suerte, dependiendo casi siempre, de la caridad de otros y de la beneficencia pública del templo.

Las dos monedas que la viuda pobre echó en las alcancías del templo son un paralelo perfecto con el puñado de harina de la viuda de Sarepta (lo mínimo para poder hacer un pan); las dos mujeres son extremadamente pobres, pero no escatiman, aun lo poco que tienen, para solidarizarse con otros, y su pobreza además, se convierte en un testimonio de fe verdadera en Dios. Sabiendo que la ración de pan distribuida por el templo tenía un costo específico y que las dos monedas no lo cubrían, es probable que la viuda pobre, junto con otras viudas y otros pobres y mendigos, echaran en las alcancías lo poco que tenían en su haber hasta alcanzar, juntos, una suma que les permitiera obtener una ración de pan para alimentarse: Yo les aseguro que esa pobre viuda ha echado en la alcancía más que todos. Porque los demás han echado de lo que les sobra; pero ésta, en su pobreza, ha echado lo que tenía para vivir (vv. 43 y 44). También la viuda que se encuentra con el profeta Elías pone su confianza en el Dios de Israel y entrega con desapego lo que tenía para vivir.

Mientras el letrado sólo busca acumular, la viuda da con generosidad. La viuda representa al pueblo de Israel excluido social (viuda) y económicamente (pobre). Al contrario del joven rico, la viuda no da de lo que le sobra, sino que pone en manos de Dios todo lo que tiene. Jesús cambia así el concepto de limosna parcial por el de solidaridad total (Luis A. Schökel, La Biblia de Nuestro Pueblo, comentario a Mc 12,41-44).

ACTUAR

Hay una solidaridad silenciosa, discreta, pero eficaz y de grandes alcances, que no necesita de publicidad ni de ser vista por todos; totalmente distinta de las prácticas “altruistas” y “caritativas” que sustentan su éxito en las limosnas y los grandes donativos. Es, además, una solidaridad que ha descubierto que al compartir generosamente lo poco que se tiene, alcanza para todos, haciendo de esto una experiencia de justicia y de amor.

El papa Francisco, en la Carta Encíclica Laudato sí (nn. 157 y 158), nos ofrece los siguientes puntos de acción:

El bien común presupone el respeto a la persona humana en cuanto tal, con derechos básicos e inalienables ordenados a su desarrollo integral. También reclama el bienestar social y el desarrollo de los diversos grupos intermedios, aplicando el principio de la subsidiariedad. Entre ellos destaca especialmente la familia, como la célula básica de la sociedad. Finalmente, el bien común requiere la paz social, es decir, la estabilidad y seguridad de un cierto orden, que no se produce sin una atención particular a la justicia distributiva, cuya violación siempre genera violencia. Toda la sociedad –y en ella, de manera especial el Estado– tiene la obligación de defender y promover el bien común.

En las condiciones actuales de la sociedad mundial, donde hay tantas inequidades y cada vez son más las personas descartables, privadas de derechos humanos básicos, el principio del bien común se convierte inmediatamente, como lógica e ineludible consecuencia, en un llamado a la solidaridad y en una opción preferencial por los más pobres.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

Que el mundo tenga vida…

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muertosNOVIEMBRE 2/2015

CONMEMORACÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS

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La muerte marca el fin de la existencia de los seres vivos. Cuando llega el momento, impredecible e inesperado, la vida termina para un individuo en particular y, con ello, se apagan sus sueños, sus proyectos, sus ideales, sus metas; incluso, todo lo que hasta ese momento había alcanzado, cambia de fisonomía o de estado: a la muerte de una persona sigue para los otros la viudez, la orfandad, la soledad…, o nuevas oportunidades.

La muerte nos duele, porque nos arranca con una fuerza indescriptible lo que amamos y nos negamos a perder; nos atemoriza, porque aunque vemos que acontece, allí frente a nosotros, no la podemos controlar ni describir y no sabemos qué sucede, en realidad, después de ella…; nos da miedo porque es un misterio. Entonces, hacemos de ella una aliada, una compañera inseparable de la vida (aunque nunca aceptemos que, de hecho, es ya parte de la vida). No hay duda que con la muerte de alguien todo se acaba, pero es el recuerdo que nunca se olvida.

El día de muertos, el de los fieles difuntos, es la fiesta de todos, de los que todavía estamos y de los que ya no. Podemos recorrer kilómetros y hasta días enteros para apersonarnos en los sepulcros de nuestros seres queridos y decirles, de mil maneras, materializando nuestros sentimientos en un ramo de flores, que los queremos y los extrañamos…; no hay respuesta, sólo la calidez de un monólogo y la presencia voluntaria y decidida de quien está vivo, logra hacer de ese encuentro una experiencia de amor.

A decir verdad, este día es, netamente, una fiesta de los vivos, puesto que ellos son los que cantan, rezan, se embriagan, comen en familia, dejan de trabajar, viajan, lloran por sus muertos y los recuperan a través del anecdotario; algunos se lamentan por alguien que ya no está, aunque otros disfrutan que así sea. Son los vivos los que invierten, los que gastan “su dinerito” en el arreglo de las tumbas, en disponer el altar con lo necesario, para luego consumirlo, en mantener la tradición, cueste lo que cueste…; gastan lo que sea con tal de darle gusto al muerto y cumplirle sus caprichos: que si le gustaba el mariachi, o el tequila, o el pulquito; que su plato favorito era el mole, las tortillas echadas a mano, o el dulce de calabaza; que si no vamos se vaya a sentir, o que siempre nos quiso ver juntos…

Es tan envolvente la celebración que, aun cuando sea una conmemoración de los fieles difuntos, el pueblo recuerda a los infieles, a los adúlteros, a los criminales, a los corruptos, a los indiferentes, a los mal agradecidos, a los que se fueron un día sin decir nada, al que se perdió en el vicio, al que abandonó a los hijos y al que dejó a la esposa… Finalmente, la muerte merece nuestro respeto, porque sabemos que para ella no hay diferencias, ni ricos ni pobres, ni buenos o malos, todos mueren y a todos, por alguna razón, los recordamos.

JUZGAR

Sin darnos cuenta, los vivos nos convertimos en mediadores de los difuntos. Es un deseo de todos alcanzar la gloria y las promesas de vida eterna, por eso, los que aún tenemos vida y presencia en esta tierra, hacemos lo que sea por los que ya no están, por aquellos que la muerte a recogido para llevarlos a otra vida. Creyentes o no creyentes, también ellos son hijos de Dios y nosotros asumimos la responsabilidad de mantener vigente esa condición y, además, de garantizarles el porvenir eterno frente a Dios. Como una madre teme por la vida de sus hijos cuando estos se van, así nosotros tememos por la vida eterna de nuestros seres queridos cuando parten de este mundo. Aquí el sentido de nuestras oraciones y plegarias, de nuestros ritos y nuestras ofrendas: las flores, con su frescura y color, dan vida y alegría a un sitio donde sólo hay polvo y vaciedad; la fiesta, con todo lo que supone, transforma el trágico momento de la muerte en una conmemoración que hace palpitar la vida en su máxima expresión.

Nuestra fe se hace verdadera liturgia (acto público, eso significa la palabra liturgia), porque quiere gritar y repetir las palabras del Mesías: Yo soy el pan que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo los voy a dar es mi carne, para que el mundo tenga vida (Jn, 6,51). El pan es la carne de Cristo, y esa carne es su cuerpo y el cuerpo es su Iglesia, es decir, nosotros. Cada vez que nos damos, junto con él, el mundo tiene vida.

ACTUAR

Basta con recordar y creer la maravillosa afirmación del evangelio de Marcos que nos dice que nuestro Dios es un Dios de vivos y no de muertos… (12,27).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

Sean santos…

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Multitud - Diego LapizNOVIEMBRE 1/2015

FIESTA DE TODOS LOS SANTOS

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Santorales, calendarios litúrgicos, listas de onomásticos del día, devocionarios, novenas, el santo del pueblo o del barrio; santos que nos acompañan, que resuelven lo imposible, que nos consiguen pareja, que nos libran del peligro, del mal de amores, que ahuyentan al maligno… Santos que nos guían por el buen camino, que van con el viajero, que están en la cocina, en el taller, en la “troca”, en la cantina, en la calle y hasta en el poste de la esquina. Santos para todo y para todos: a cada quien su santo…

Esta es la faceta más popular y conocida de la santidad: los milagros, las gracias concedidas y los favores recibidos a través de mujeres y hombres virtuosos del pasado cristiano. Existe en todo eso una relación directa e irrenunciable entre santo y milagro; los santitos son “milagreros…”

Pero la santidad, aun diversificada a través de tantos rostros, se disuelve y pierde su sentido original, a tal grado, que incluso se confunde y adopta otras dimensiones, casi siempre por medio de versiones populares, que nos llevan a los niveles de lo inaudito y lo inverosímil: los santos del crimen organizado, los santeros, curanderos, videntes y, por si fuera poco, la santa muerte…; todos son “agentes de santidad” porque curan, alivian, protegen, liberan, defienden, etc. ¿Esto es la santidad?

Además, esa “santidad milagrera” se materializa en las reliquias y en todos los coliges (que si no amuletos) que el mercado (el “mercado santo”) ofrece al feligrés insaciable y ávido de la magia oculta en cada medallita, en cada escapulario, en un “detente”, en la pulserita retacada de imágenes, virgencitas y símbolos incluso no cristianos (la mano jainista, el yin y el yang, la estrella de David…), que se mezclan entre sí generando la sensación de un superpoder protector. Pero todo esto es una vivencia que está antes de la fe, porque es superstición y, casi nunca, llega a la fe ni se transforma en ella, o por medio de ella; se cree todo (credulidad), se “tiene fe en ello”, pero es una fe basada en lo práctico y evidente, no una fe profunda en Dios sino en las mediaciones.

No obstante, hay una fe que se vive a fondo y que se convierte en una experiencia de la gracia de Dios actuando en la historia de la humanidad; una fe que hace de la santidad un estilo de vida, un compromiso y un pasar en lo cotidiano haciendo el bien. Santidad que se concreta en la lucha por la justicia, que es un grito de rebelión (contra los sistemas, las inercias, la mediocridad, la corrupción…) y es respuesta al llamado de Dios: Sean santos, porque yo, el Señor, su Dios, soy santo (Lv 19,2).

JUZGAR

Resulta simbólico y aleccionador que la liturgia de este día, en la fiesta de todos los santos, nos remita a las bienaventuranzas (Mt 5,1-12). El sermón del monte, como bien sabemos, lleva a lo concreto, en ocho puntos, el programa del reinado de Dios:

  1. Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.
  2. Dichosos los que lloran, porque serán consolados.
  3. Dichosos los sufridos, porque heredarán la tierra.
  4. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
  5. Dichosos los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.
  6. Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios.
  7. Dichosos los que trabajan por la paz, porque se llamarán hijos de Dios.
  8. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.

El programa remata con una afirmación y una promesa dirigida a todos los que ponen en práctica cada uno de esos puntos: Alégrense pues y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos (V. 12).

Cabe destacar que las bienaventuranzas poseen un lenguaje que está en presente (los que lloran, los que sufren, los que tienen hambre, etc.), marcando, así, la actualidad del evangelio en cada momento que se lee y se escucha, y haciendo viable su puesta en práctica en cualquier época de la historia. Por tanto, estamos invitados a discernir y a descubrir quiénes son eso dichosos, o bienaventurados, que obtendrán una recompensa y verán superadas todas adversidades gracias a la bondad y la misericordia de Dios.

¿Quiénes son, pues, esos dichosos, o bienaventurados?: con palabras de los sabios de Israel, las bienaventuranzas son felicitaciones para los que viven según Dios…; para los que viven creyendo y esperando en él, pero también para todos los que dan su vida por el Reino, a través de la justicia, la paz y la misericordia.

Lo primero que aparece en la bienaventuranzas –dice José M. Castillo en su libro “Teología para comunidades”- es que el programa de Jesús para los suyos es un proyecto de felicidad. Cada afirmación de Jesús empieza con la palabra griega “makárioi“, dichosos… Por consiguiente, Jesús promete la dicha sin límites, la felicidad plena para sus seguidores. Dios no quiere el dolor, la tristeza y el sufrimiento. Dios quiere precisamente todo lo contrario: que el hombre se realice plenamente, que viva feliz, que la dicha abunde y sobreabunde en su vida.

Lo que pasa es que el camino de la felicidad no es el que propone el mundo, el orden presente, el sistema establecido. Precisamente lo sorprendente de las bienaventuranzas es que invierten los papeles. El orden establecido dice: serás feliz en la medida en que tengas dinero para consumir. Por el contrario, Jesús dice: serás feliz en la medida en que te despojes del dinero para compartir. Son caminos diametralmente opuestos, antagonistas, como antagonistas son entre sí Dios y el dinero (Mt 6,24).

La santidad, vista desde esta perspectiva, es cosa de la vida diaria; es una forma de ser y de estar en el mundo que, si se cumple y se lleva a cabo, tendrá como recompensa el Reino de los cielos. La fiesta de todos los santos tiene la función, además de celebrar, de recordarnos que todos ellos, mujeres y hombres creyentes, alcanzaron el reconocimiento de la Iglesia y de la comunidad por el modo en cómo asumieron el evangelio y los pusieron en práctica; son ejemplo y referente para nosotros, y saber que la santidad no se agota ni termina allí.

La santidad se vive aquí y ahora, y quienes hemos sido bautizados y marcados con el Espíritu de Dios, estamos, como siempre afirma Pablo, consagrados, es decir, santificados en Dios a través de Jesucristo.

¿Quiénes son dichosos?: Vi luego una muchedumbre tan grande, que nadie podría contarla. Eran individuos de todas las naciones y razas, de todos los pueblos y lenguas (Ap 7,9).

ACTUAR

Que esta fiesta de los santos sea también una celebración nuestra, una toma de conciencia de cómo el evangelio es, o no es, parte de nuestra vida. Que hagamos, además, un análisis de qué tanto luchamos por la paz, deseamos la justicia y actuamos con misericordia.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.