Vimos surgir su estrella…

Estándar

domingo_6_1_2013epifania_gra3 DE ENERO DE 2016

LA EPIFANÍA DEL SEÑOR

Cerramos hoy el tiempo litúrgico de Adviento y Navidad. La solemnidad de la Epifanía del Señor pone al descubierto, y de manera definitiva, la centralidad de Jesucristo, quien es verdadero Dios y verdadero hombre.

La Liturgia de la Palabra para este domingo nos ofrece los siguientes textos: Is 60,1-6; Sal 71; Ef 3,2-3;5-6 y Mt 2,1-12.

VER

Hombres y mujeres de todo el mundo vivimos acosados por una cantidad impresionante de ofertas, que provienen de diferentes fuentes: partidos políticos, mercado, educación, medios de comunicación, redes sociales, modas, deporte, religiones, sectas, salud, etc. Cada una de estas entidades oferentes se planta ante los demás como el “gran acontecimiento” esperado, como la manifestación que revela la plenitud, según sea el caso, en pro de los hombres; son “la última palabra” y ya nada, después de ellos, puede suceder.

Sabemos, además, que apenas inicia un nuevo año, de inmediato se dan a conocer (se hacen públicos) las innovaciones tecnológicas, automotrices y de la moda en el vestir…, y otras cosas, que marcarán el statu quo de quien tenga la posibilidad de adquirirlas. Entre la oferta y la demanda se gesta un conflicto de envidias y rivalidades en el que cabe la posibilidad de aniquilar, si fuera necesario, al mejor postor, al que representa una amenaza y pone en evidencia las propias carencias y debilidades; surgen así los “Herodes” que intentan determinar el modo de dominar y de relacionarse.

El lenguaje y la mentalidad consumista del mundo moderno tienen una concepto (distante, por cierto, de lo que quiere representar) con el que “define” la epifanía: protagonismo. En él cabe, no sólo lo que se vende y se oferta, sino también lo que se quiere ser, desde el ámbito personal; es el modo como nos presentamos a los demás, la forma de tratarlos y de hacernos sentir (extrovertida y ruidosamente) en medio de la gente, en la familia, con los amigos, en sociedad. Pretendemos e ideamos nuestras propias “epifanías” para que el mundo vea… Todos, de algún modo, queremos ser “la estrella” que guía e indica el punto donde se sacia la incansable búsqueda de la felicidad y la plenitud. ¿Realmente lo somos?

JUZGAR

Sólo la sencillez del lenguaje bíblico logra alcanzar la profundidad necesaria y la contundencia que una epifanía transformadora, como la presenciada por los magos de oriente y los pastores de las afueras de Belén, tiene para revelar la verdad y provocar, a partir de ella, la justicia, la paz, la libertad y la felicidad que todo hombre busca y añora. No hay doblez ni mentira, mucho menos arrogancia; se gesta en la condescendencia divina que escucha el clamor del hombre y se pone a caminar, palmo a palmo, con él: entraron en la casa y vieron al niño con María, su madre (Mt 2,11). ¡Qué mejor manifestación!, un niño que, sin poseer lenguaje propio aún, es en sí mismos la Palabra que lo dice todo, y una madre, pobre, que en un logra el surgimiento del más grande proyecto prometido a la humanidad: una economía de salvación, descrita por el salmista con claridad y precisión:

Al débil liberará del poderoso y ayudará al que se encuentra sin amparo; se apiadará del desvalido y pobre y salvará la vida del desdichado (Sal 71,12-14).

Si aun con todo lo que sabemos tuviéramos que preguntarnos ¿qué es la Epifanía?, tendríamos dos respuestas diferentes:

  1. Desde Dios y la revelación, la Epifanía es una promesa hecha realidad: Y aquél que es la Palabra se hizo hombre y habitó ente nosotros (Jn 1,14).
  2. Desde el hombre, por el contrario, la Epifanía es un deseo: a pesar de que se ha hecho realidad, no la hemos comprendido por la falta de humildad para reconocerla, pero deseamos que transforme nuestras vidas.

Por eso la liturgia nos ofrece las palabras del profeta Isaías (60,1-6), que son un anuncio lleno de esperanza:

Levántate y resplandece Jerusalén, porque ha llegado tu luz y la gloria del Señor alborea sobre ti. Mira: las tinieblas cubren la tierra y espesa niebla envuelve a los pueblos; pero sobre ti resplandece el Señor y en ti se manifiesta su gloria. Caminarán los pueblos a tu luz y los reyes, al resplandor de tu aurora. Levanta los ojos y mira a tu alrededor: todos se reúnen y vienen a ti; tus hijos llegan de lejos, a tus hijas las traen en brazos. Entonces verás esto radiante de alegría; tu corazón se alegrará, y se ensanchará, cunado se vuelquen sobre ti los tesoros el mar y te traigan las riquezas de los pueblos. Te inundará una multitud de camellos y dromedarios, procedentes de Madián y de Efá. Vendrán todos los de Sabá trayendo incienso y oro y proclamando las alabanzas del Señor.

ACTUAR

Si la Epifanía es manifestación de Dios a los hombres y se revela, como ya dijimos, por medio de un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre, ¿de qué otro modo podemos definirla?: ¡solidaridad!

Dios se hace hombre y con ese gesto se hace solidario con todos los hombres: es decir -dice Pablo a los efesios-, que por el Evangelio, también los paganos son coherederos de la misma herencia, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la misma promesa en Jesucristo (3,6).

Nuestro actuar en la historia debe comenzar por la toma de conciencia a la que nos invita Pablo: Hermanos. Han oído hablar de la distribución de la gracia de Dios, que se me ha confiado en favor de ustedes (Ef 3,2), y que encontramos delineada en el mensaje que el Papa Francisco ofrece con motivo de la Jornada Mundial por la Paz 2016:

También nosotros estamos llamados a que el amor, la compasión, la misericordia y la solidaridad sean nuestro verdadero programa de vida, un estilo de comportamiento en nuestras relaciones de los unos con los otros. Esto pide la conversión del corazón: que la gracia de Dios transforme nuestro corazón de piedra en un corazón de carne (cf. Ez 36,26), capaz de abrirse a los otros con auténtica solidaridad. Esta es mucho más que un «sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas». La solidaridad «es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos», porque la compasión surge de la fraternidad.

Así entendida, la solidaridad constituye la actitud moral y social que mejor responde a la toma de conciencia de las heridas de nuestro tiempo y de la innegable interdependencia que aumenta cada vez más, especialmente en un mundo globalizado, entre la vida de la persona y de su comunidad en un determinado lugar, así como la de los demás hombres y mujeres del resto del mundo.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

María madre.

Estándar

theotokos-platiteira-gallery1 DE ENERO DE 2016

SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS

Con esta celebración se concluye la octava de navidad, ocho días durante los cuales se mantiene, de manera festiva, la conciencia y la celebración del tiempo de la Natividad, que va del día 25 de diciembre al primero de enero.

Después del día de Navidad, se suceden tres fiestas importantes para los cristianos y que tienen la función de resaltar tanto el aspecto humano como el divino que encierra el misterio de la Encarnación: La Sagrada Familia (Primer domingo después de Navidad), Sta. María, Madre de Dios (1º de enero) y La Epifanía, fiesta establecida el 6 de enero, pero que se celebra, según el calendario litúrgico de la Iglesia, el primer domingo inmediato al 1º de enero (o lo que suceda primero); con esta solemnidad se cierra el tiempo de Adviento y Navidad.

VER

La maternidad, en sí misma, representa una infinidad de experiencias para el género humano, tal vez una distinta y profunda para cada individuo. Es un símbolo que acarrea todo tipo de sentimientos y de reacciones, que van desde lo meramente humano hasta lo más sublime y divino, pero en todo ello subyace y palpita la vida, la generosidad, la abundancia, el amor incondicional, la entrega sin límites, la ternura y la certeza de una realidad que nos da sentido, pertenencia e identidad.

Una mujer que espera un hijo, no importando su condición social, su raza, o el estrato al que pertenezca, debe ser motivo de alegría y de esperanza para todos. En ella se realiza el milagro de la vida. Es decir, el único milagro del que podemos ser testigos, que podemos tocar, sentir, admirar y tener en las manos: es el que se gesta en el vientre materno, desde la concepción hasta el día del parto.

La mujer que abre su propia vida y la dispone, en cuerpo y espíritu, al surgimiento de otra vida, es consciente de que inicia un proceso que no tendrá fin (siempre será madre); soporta con gozo las molestias del embarazo y enfrenta con valor y entereza los dolores del parto. Aceptar un hijo es, también, un acto de fe, un sí confiado y alegre. En el silencio entrañable de su cuerpo transformado, abre sus dudas y sus sentimientos al ser que aguarda, habla con él, como María al ángel, y le dice con humilde certeza: hágase en mí según tu Palabra.

JUZGAR

Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley… (Gal 4,4). Tal plenitud de los tiempos, que según los criterios humanos se esperaría como un acontecimiento extraordinario, se manifiesta de un modo totalmente inesperado: los pastores encontraron a María, a José y al niño, recostado en el pesebre (Lc 2,16). Una familia y un pesebre como símbolo de la pobreza y de la sencillez, son el espacio teológico previsto para que el Hijo de Dios naciera de una mujer.

¿A qué se refiere el evangelista cuando habla de la plenitud de los tiempos? Es, sin lugar a dudas, la plenitud del hombre a la que se refiere, la madurez que le permite pasar a situaciones de libertad y autodeterminación. En la cultura griega, por ejemplo, -dice Schökel- cuando llegaba la fecha de la mayoría de edad, decidida por el padre, el hijo se emancipaba y adquiría todos los derechos como hijo y como heredero. Jesucristo, desde esta misma perspectiva, representaba en la tradición cristiana y en la teología de Pablo, la plenitud a la que aspiraba todo hombre que creyera en Él (Ef 4,13).

Pero hay algo más que podemos encontrar, precisamente, a través de la maternidad de María: el parto marca el final de un periodo de espera (nueve meses) y sólo se da cuando la creatura ha alcanzado el pleno desarrollo dentro del vientre; así podrá pasar del estado fetal a la incorporación total dentro de una cultura, un contexto, una sociedad y, por supuesto, una familia determinada. El nacimiento de Jesús en la historia humana, por medio de la maternidad de María, simboliza la plenitud de los tiempos.

Por todo esto, María de Nazaret es la madre de Dios, porque su vientre albergó al Mesías prometido y el parto puso de manifiesto la promesa hecha por de Dios a su pueblo: rescatarnos, a fin de hacernos hijos suyos (Gal 4,5).

Puesto que ya son ustedes hijos, Dios envió a sus corazones el Espíritu de su Hijo, que clama “!Abbá!, es decir, ¡Padre! Así que ya no eres siervo, sino hijo; y siendo hijo, eres también heredero por voluntad de Dios (Gal 4,6-7).

ACTUAR

Una más de las características que tiene la maternidad es la de reunir a los hermanos. Que esta fiesta de la Maternidad de María sea también una celebración en la que los hermanos se reencuentren y descubran que esa plenitud de los tiempos nos ha alcanzado la madurez necesaria para vivir en paz, en armonía y en gracia.

El Señor te bendiga y te proteja, haga resplandecer su rostro sobre ti y te conceda su favor. Que el Señor te mire con benevolencia y te conceda la paz (Num 6,24-26).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

¿Qué es la familia?…

Estándar

sagrada_familia3

27 DE DICIEMBRE DE 2015.

LA SAGRADA FAMILIA: JESÚS, MARÍA Y JOSÉ

Este es el primer domingo después de la Natividad, dentro de la octava de navidad, dedicado a celebrar un misterio de la fe cristiana: La Sagrada familia. Una vez que ha nacido Jesús, en Belén, se integra y se instituye una familia humana, en cuyo seno crecerá y se desarrollará toda la historia del Hijo de Dios hasta su partida a cumplir con las cosas de su Padre. La Liturgia de la Palabra de este domingo nos ofrece los siguientes textos: 1Sam 1,20-22.24-28; Sal 83; 1Jn 3, 1-2.21-24 y Lc 2,41-52.

VER

Hoy hablamos de un rostro familiar multifacético y sostenemos, a veces convencidos y a veces no tanto, que tal diversidad responde a los tiempos que vivimos, mismos que nos han empujado a buscar modos de adaptarnos a las circunstancias y a los acontecimientos. Es así, que hemos dado a la familia nombres, o calificativos, que definen, o tratan de ubicar, el tipo de experiencia que se vive al interior de ella: familias tradicionales, funcionales, disfuncionales, alternas, mixtas, adoptivas, convencionales, compuestas, etc.

Cada forma de concebirla tiene prevista la integración de miembros diversos que, no en todos los casos, son los mismos: padre-madre-hijo, madres solteras, padres divorciados, padres vueltos a casar, viudas/viudos, parejas convencionales/temporales, parejas homosexuales, etc.

Detrás de todo eso, un debate político, religioso, moral, antropológico, filosófico, social… que persigue una definición clara, única y cierta de una realidad que ha tomado derroteros inimaginables (racionales y espirituales), a la que agregamos, cada vez más, fundamentos de todo tipo, provocando mayor confusión e incertidumbre.

¿Qué es la familia?…

JUZGAR

Dejando de la lado la concepción extendida de familia, en la que se incluye a los abuelos, los tíos y los primos, nos centraremos, únicamente, en la idea nuclear, que es origen de toda familia: una pareja que decide concebir hijos. Este es el tipo de familia a la que nos remite la fiesta de este domingo.

Podemos encontrarnos en medio de un dilema: ¿qué es lo que celebramos y recuperamos hoy? ¿Son, únicamente, Jesús, María y José reunidos como una nueva familia integrada después de la natividad? ¿Es la enseñanza de la revelación, a través de los textos sagrados, que nos dice cómo debe ser una familia? Son, tal vez, ambas cosas. La primera opción es muy evidente, la segunda no; probablemente esté implícita y habrá que escuchar con detenimiento cada palabra y poner atención a cada símbolo y a cada gesto.

La tradición de la Iglesia ha querido prolongar en el tiempo, a través del recuerdo, cómo el Dios creador, que siempre se ha mostrado cercano a los hombres, ha querido hacerse presente en medio de los suyos a través de la misma condición humana: una familia pobre, de Nazaret, será el lugar privilegiado para que su Hijo se haga hombre y habite entre nosotros. No hay duda al respecto: una mujer joven, virgen, fue elegida como la madre, y José, un carpintero justo y honesto, como el padre; su disponibilidad ha sido determinante, pero su fe, definitiva: ambos han confiado y creído en la voluntad de Yahvé, transmitida por el ángel Gabriel, y por eso, la historia humana ha tomado el rumbo que marcan los designios divinos.

Jesús es verdadero Dios, porque es Hijo del Altísimo, y es verdadero hombre bajo dos criterios: primero, porque se encarnó de María y, segundo, porque creció en saber, en estatura y en favor de Dios, sujeto a la autoridad de sus padres (Lc 2,51-52). La condición humana de Jesús tenía que validarse en la condición humana de las criaturas.

Tenemos prefigurado, de manera sencilla, el sustento teológico que da sentido a esta celebración de la Sagrada Familia. Ahora nos resta descubrir la enseñanza.

Desde le punto de vista de la psicología y de la bioética, existen cuatro dimensiones que dan plenitud y sentido al aspecto materno/paterno de una pareja: la dimensión biológica (la sexualidad femenina que se una a la sexualidad masculina -cópula- para la posible gestación de un nuevo ser), la dimensión genética (toda la información genética contenida en el óvulo que se complementa y se mezcla con la información contenida en el esperma para la gestación de un nuevo ser genético), la dimensión psicológica (la conciencia y la aceptación libre y voluntaria de que el hijo que se ha engendrado es fruto de una decisión de pareja y se reconoce como tal) y la dimensión adoptiva (no sólo aceptar, sino adoptar al hijo que se ha engendrado como miembro de una nueva familia, acogerlo, recibirlo y respetar su individualidad y sus propios procesos personales). Esta última dimensión es la más importante y plena, ya que da sentido a las otras tres, o las suple, en el caso de las parejas que no pueden tener hijos y deciden adoptar; la adopción es la forma de asumir a un nuevo ser dentro del ámbito familiar y darle el lugar que le corresponde, con dignidad y amor.

Lo primero que encontramos en la liturgia es la crisis de una mujer estéril, Ana, que había sufrido humillaciones y desprecios, sobre todo de parte de Feniná, la otra mujer de su esposo Elcaná, por su evidente incapacidad para engendrar hijos; ella suplicó con fe profunda a Yahvé y el sacerdote Elí la bendijo hasta que, finalmente, después de unirse a su marido, quedó embarazada y pudo tener un hijo, a quien llamó Samuel (1Sam 1,19-20). En respuesta al favor recibido, Ana consagró su primogénito al servicio de Dios, lo alimentó con dedicación hasta que lo destetó y lo confío, según su promesa, bajo la guía de Elí, con quine creció hasta convertirse en el profeta de Israel (1,27).

Una mujer casada, sin hijos, no puede contemplar como proyecto de vida la formación de una familia; es sólo la esposa estéril que puede ser aceptada como tal (1Sam 1,8), o despreciada (1Sam 1,6-7). El texto del primer libro de Samuel conjunta la acción divina, cuando Dios escucha las súplicas y los lamentos de Ana y le concede lo que pide, y el proceso humano de la procreación (unirse, engendrar, dar a luz y alimentar), transformado por la fe y la esperanza en Dios, dando como resultado el nacimiento del hijo anhelado. Ana se une a su esposo (dimensión biológica), engendra un hijo de él (dimensión genética), lo da a luz y le pone nombre (dimensión psicológica) y lo tiene junto a ella y lo alimenta hasta que se da a basto por sí mismo (dimensión adoptiva). Hay una estrecha relación entre fe y vida cuando Dios está al centro y la vida se asume con dignidad y valentía, no con resignación.

La segunda lectura, tomada de la primera carta de Juan, nos pone frente una realidad humana: la necesidad de aceptación y de pertenencia. Este texto nos remite a la dimensión materno/paterna de la adopción, dejando claro que en ello está en juego la capacidad de amar. Basta con recuperar tres versículos para comprender de qué se trata:

  • Miren cuánto amor nos ha tenido el Padre, pues no sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos (3,1).
  • Ahora bien, este es su mandamiento: que creamos en la persona de Jesucristo, su Hijo, y nos amemos los unos a los otros… Quien cumple sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él (3,23 y 24).

La adopción supone un amor mutuo, entre el que adopta y quien es adoptado, pero también un amor pleno, que se traduce en confianza absoluta, como Ana:

Si nuestra conciencia no nos remuerde, entonces, hermanos míos, nuestra confianza en Dios es total. Puesto que si cumplimos los mandamientos de Dios y hacemos lo que le agrada, ciertamente obtendremos de él todo lo que le pidamos (vv. 21 y 22).

Por último, el evangelio de Lucas nos describe el ambiente normal en una familia común y corriente de Nazaret del s. I: una padre, una madre y un hijo; el padre trabaja para sostener al la familia; los esposos, juntos, educan al hijo y cumplen las tradiciones según las costumbres y la edad del hijo quien, a los 12 años (v.42), o los 13, llega al tiempo del “Bar Mitzvá”, o “hijo del deber” (en consonancia con lo que se dice en el v. 46); un hijo que crece, se rebela de vez en cuando y comienza a probar la libertad de la autodeterminación, quien, no obstante, debe permanecer en casa bajo la autoridad de sus padres y obedecerlos.

En este caso, la realidad divina (Hijo del Altísimo) se complementa con la realidad humana: María y José, una pareja de esposos (dimensión biológica), que, aunque no entienden lo que sucede (v. 50), abren su propia realidad para que el niño nazca de María y se haga hombre como nosotros (dimensión genética), a quien reconocen como suyo y le ponen nombre (dimensión psicológica), lo educan y permanece con ellos hasta su partida (dimensión adoptiva). Esta última dimensión es, tal vez, la que da sentido a las otras tres y hace de Jesús, María y José la Sagrada Familia que nosotros reconocemos, celebramos y veneramos.

Jesús iba creciendo en saber, en estatura y en el favor de Dios y de los hombres (v. 52).

ACTUAR

En la familia se cultivan los primeros hábitos de amor y cuidado de la vida, como por ejemplo el uso correcto de las cosas, el orden y la limpieza, el respeto al ecosistema local y la protección de todos los seres creados. La familia es el lugar de la formación integral, donde se desenvuelven los distintos aspectos, íntimamente relacionados entre sí, de la maduración personal. En la familia se aprende a pedir permiso sin avasallar, a decir “gracias” como expresión de una sentida valoración de las cosas que recibimos, a dominar la agresividad o la voracidad, y a pedir perdón cuando hacemos algún daño. Estos pequeños gestos de sincera cortesía ayudan a construir una cultura de la vida compartida y del respeto a lo que nos rodea (Papa Francisco, Laudato sì 213).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

Un niño envuelto en pañales…

Estándar

1-nacimiento-de-jesus25 DE DICIEMBRE DE 2015.

NATIVIDAD DEL SEÑOR

La espera termina y llega el día: nos visitará el sol que nace de lo alto (Lc 1,78), una luz que alumbrará a todas las naciones… (Lc 2,32).

VER

Naciones, pueblos enteros, todo el mundo… Pareciera que vivimos en la oscuridad. Conocemos prácticamente todo, somos capaces de ingresar a cualquier dato y tenemos acceso a una infinidad de información, pero, aun así, vivimos como si no viéramos nada, como si no entendiéramos ni comprendiéramos… La felicidad que pretendemos no es tal, se ha quedado aprisionada en objetos, éxitos pretendidos, metas trazadas sin saber cuándo llegaremos a ellas. Compartimos la misma convicción, como en un espejismo colectivo, de tener todo en la mano, bajo un control indiscutible e incuestionable. Ya no hay nada de qué asombrarse ni, mucho menos, nada que esperar… pero, al mismos tiempo, seguimos esperando: la verdad, la plenitud, la claridad… Un redentor, un salvador.

La natividad del Señor se ha convertido, poco a poco, en un evento que cuenta con un amplio preámbulo, en el que se prepara y se dispone la gente en función de lo que consumirá a través de compras, inversiones, obsequios, etc., dejando claro que el sentido de todo eso y lo que le da valor es la cantidad (tamaño y precio), más que la calidad, o calidez, con la que se quiere ofrecer, cualquiera de esas cosas, a nuestros seres queridos (a veces ni tan queridos…). Cuenta, también, con un presente, intenso y cargado de sentimientos (circunstanciales, coyunturales y pasajeros), volcados en la fiesta navideña, pero allí queda todo. No tiene, en realidad, un después…

Ni la natividad del Señor como tampoco la Pascua de Resurrección en su momento, adquiere el sentido de memorial para los creyentes, no se le mira como el punto de partida desde el cual se pueden reorientar la vida, el pensamiento, las intensiones, las relaciones; incluso las búsquedas, las expectativas y las ilusiones más profundas del ser humano. ¿De qué ha servido el largo trayecto del Adviento, la espera y la preparación, si la final, no hay caminos derechos, ni terrenos allanados, ni vidas convertidas ni miradas satisfechas con la luz que nos ilumina?

No podemos substraernos a la vida de los consumidores (porque lo somos), pero debemos reconocer que nos hemos olvidado del factor humano que puede dar equilibrio y sentido a todo lo que hacemos, decimos, pensamos y esperamos: se hizo hombre. Pero tampoco debemos olvidar el factor divino: la Palabra, el Verbo, quien sustenta y fundamenta el sentido de nuestra fe, además de que da plenitud a nuestra frágil condición de hombres.

JUZGAR

No teman. Les traigo una buena noticia, que causará gran alegría a todo el pueblo: hoy les ha nacido, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Esto les servirá de señal: encontrarán al niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre (Lc 2,10-12).

Es una paradoja que la señal, signo de la alegría esperada, sea en sí algo inesperado: unos pañales y un pesebre. Es inaudito que el Mesías se manifieste de esa manera, para la gente de entonces e incluso para nosotros hoy. Por más que admiremos la sencillez de Dios, nos implica una gran complicación, intelectual y moral, llevarla al nivel de nuestras prácticas de vida y de nuestra comprensión racional.

El Mesías que nace, el Salvador y Señor, es ajeno, definitivamente, a toda esa estructura que mantiene en pie el honora que nace del fiel cumplimiento religioso, a la rancia moral que observa ciegamente las costumbres y tiene la “conciencia tranquila” de no haber faltado en nada…; a la dignidad (si así se le puede llamar) envuelta en privilegios, decoros y reconocimientos mundanos con los que el hombre, muchos hombres, se asume como “el primero” entre sus hermanos, despreciando, de esa manera, a quienes son los últimos, los que nacen envueltos en pañales y en los más pobres pesebres de los olvidados de este mundo.

No teman, ese Dios que se ha hecho hombre no exige nada que tenga que ver con los criterios humanos; no impone, ha venido a causar alegría entre la gente y a devolver la esperanza a quienes la han perdido y a los desheredados, a los excluidos de la sociedad, los convierte en testigos privilegiados de esa gran notica.

La natividad no sólo debe ser una expresión de nuestra fe, sino acto de nuestra fe; estamos llamados a celebrar (expresión de nuestra fe) y a dar testimonio (acto de fe), a hacer de esta gran fiesta un memorial de la buena noticia, que permee toda nuestra vida venidera y la historia por acontecer.

El apóstol Pablo, en su primera carta a los corintios (15,14) nos advierte que si no creemos que Jesús resucitó, nuestra fe se hace vana; pero más vana aún y sin sentido fundamental es no creer, también y aceptar, que el Verbo se hizo hombre y habita entre nosotros (Jn 1,14).

ACTUAR

Que la Navidad no termine en un abrazo, sino que en ese gesto, en el que una persona se abre a la condición de otra, se inicie un encuentro y una aventura. Cuando Jesús nació, en el pobre pesebre de la ciudad de Belén, donde la condición humana abrió sus brazos a la condición divina, se inició, precisamente, un proceso incomprensible para muchos, que pasó por el escándalo de la cruz, y se sobrepuso a la muerte a través de una novedosa aventura: la resurrección.

El texto de Lucas concluye resaltando el nacimiento del Mesías con la misma alabanza que la Iglesia canta para exaltar la Resurrección del Señor:

¡Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombre de buena voluntad! (2,14).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

¿Quién soy yo…?

Estándar

visitacion_jpg320 DE DICIEMBRE DE 2015

CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO

Llegamos al cuarto domingo del adviento, inmediato a la celebración de la Natividad, y la Liturgia de la Palabra nos pone en contexto y prepara, así, el acontecimiento del ingreso de Dios en la historia humana;  lo hace por medio de un relato, tan humano como revelador: una visita.

La liturgia de este domingo se integra con los siguientes textos: Miq 5,1-4; Heb 10,5-10 y Lc 1 39-45.

VER

Quienes hemos tenido la dicha y la oportunidad de engendrar hijos, sabiendo además que ha sido una decisión tomada en pareja y nos lo hemos permitido, sabemos todo lo que eso implica, desde los aspectos meramente prácticos como prever, calcular, preparar, disponer, etc., hasta los que envuelven y modifican nuestro propio ser: sentimientos, dudas, expectativas, proyectos, cambios de humor, temores, ilusiones, etc. La confirmación médica de que un hijo está por venir provoca y genera cambios profundos en nuestras vidas, que, después de la sorpresa y el asombro, se deben asumir con responsabilidad y madurez, además de la paciencia y el discernimiento: a nuestra condición de marido y mujer se le agrega la de ser madre-padre.

Confirmada la noticia, la anunciamos, damos a conocer el acontecimiento a la familia; compartimos la dicha y la alegría y se convierte ésta en una experiencia mutua, ya que ahora no sólo hay una pareja que se convierte en madre-padre, sino que están los que serán ahora abuelos, tíos, o primos. Comienzan, entonces, las llamadas telefónicas y las felicitaciones, las muchas preguntas para saciar la curiosidad y, sobre todo, la visitas, unas, para ver y admirar el vientre de la mujer embarazada, otras, para ofrecer ayuda…

Pero más allá de este panorama, tan común y acogedor, existe una realidad distinta, a veces desconocida y triste, marcada por el miedo, la decepción, el rechazo y la desesperación: los embarazos no deseados, los que se ocultan y se niegan; de los que nadie se entera porque fue preferible llevarlos lejos o tirarlos a la basura.

No hubo para ellas un Gabriel que las cubriera con la misericordia de Dios, ni un valiente y responsable José que reconociera al hijo; no se dieron, como María, la oportunidad de meditarlo, discernirlo y aceptarlo con la voluntad marcada por un ¡sí! No cayeron en cuenta que el Espíritu estaba dentro de ellas, en su vientre y en su corazón; no tenía sentido ser madre, por eso no corrieron a anunciarlo a una prima, que las comprendiera, las aceptara y las confirmara como elegidas para ser, también ellas, el origen del milagro de la vida…

JUZGAR

En aquellos días, María se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de Judea… (Lc 1,39). Sabemos que fue allí para hacer una visita a Isabel, su prima, ambas estaban esperando un hijo, marcados con el sello del Espíritu de Yahvé, ungidos, cada uno, para llevar a cabo grandes cosas de parte de Dios.

Dos mujeres sorprendidas por la extrañeza de las circunstancias: María, una joven virgen prometida en matrimonio, será madre por primera vez sin conocer varón (Lc 1,34) e Isabel, quien había perdido toda esperanza, recibe la bendición del primogénito en edad avanzada (Lc 1,18); en los dos casos se manifiesta la fuerza creadora y transformadora el Espíritu divino. Pero, ¿por qué la sorpresa?: María e Isabel, probablemente, experimentaban las adversidades propias de la condición femenina en ese contexto determinado, añadiendo que una era joven (inexperta y sometida a la autoridad paterna) y la otra era vieja (inútil e inservible). Por si fuera poco, la ley caía sobre ellas con un peso condenatorio: escándalo y pecado de adulterio por estar embarazada fuera del matrimonio (María); la esterilidad es causa de humillación y desprecio (Isabel). Sólo les quedaba esperar el repudio o la lapidación.

La visita de María a Isabel no se puede comprender plenamente sin tomar en cuenta el texto de Lucas en versículos anteriores (vv. 26 y 26), mismo que se han leído en la Liturgia de la Palabra del sábado, anterior inmediato: después de concebir, Isabel permaneció escondida durante cinco meses, cuyo valor simbólico -dice Schökel- es: las cosas de Dios no se entiende de una vez, somos lentos para entender a Dios; pero finalmente, si hay fe y sencillez de corazón, las acciones de Dios sí pueden ser comprendidas. Cinco meses para asimilar lo que está sucediendo (un embarazo en la vejez, anunciado a Zacarías por un ángel), necesarios para que al sexto mes Dios enviara nuevamente al ángel (v. 26), ahora a Nazaret, para decir a María que había sido elegida como madre de su hijo… María se encaminó presurosa a las montañas de Judea (v. 39) a anunciar lo acontecido y para que Isabel (quien ya lo había entendido) le ayudara a comprender lo que eso significaba en sus vidas:

Isabel quedó llena del Espíritu Santo, y levantando la voz, exclamó: ¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!… Dichosa, tú que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor (vv. 42,43 y 45).

Isabel y Zacarías, su esposo (también anciano) representan al antiguo pueblo de Israel quien, a través del nacimiento de Juan, entra en la dinámica de la Nueva Alianza; María, por el contrario, representa al nuevo pueblo, en ella, y en el nacimiento de Jesús, se marca el inicio de esa Nueva Alianza y del nuevo reinado de Dios en la historia de los hombres.

Lucas nos presenta un acontecimiento tan humano, en el que dos mujeres gozan y comparten su alegría por el embarazo inesperado, y al mismo tiempo tan revelador, ya que en los dos hijos se hace presente el Espíritu y, con él, la llegada de tiempos nuevos y de transformación absoluta. Así sucede en la pareja que espera un hijo: sabe que al nacer todo será distinto…

Casi nunca la historia nos narra los acontecimientos simples y sencillos de los pobres. Pues aquí encontramos una excepción. A pesar de ser Lucas un historiador, no se ha dejado arrastrar por la tendencia a resaltar las obras de los grandes y poderosos de la tierra, él ha querido mostrar los detalles simples de una realidad que aparentemente no tiene ningún puesto en el desarrollo histórico de una sociedad que sólo considera importante lo que hacen los grandes, los de renombre, los que se creen a sí mismos los únicos protagonistas de la historia. Aquí el protagonismo, si se puede hablar así, es de un par de mujeres, personajes ya de por sí devaluados en una sociedad machista patriarcal, dos niños que aún sin nacer ya están llamando la atención del autor, y el Espíritu Santo, que llena de gozo a Isabel para bendecir a su parienta María y al fruto de su vientre (42) y para cantar las grandezas del Señor.

María e Isabel, personajes que no cuentan mucho en la sociedad, solamente como medio de multiplicación y prolongación del nombre del varón, se encuentran, y este encuentro, más que una simple visita de una parienta a otra, es la ocasión para que Lucas establezca mediante el recurso de la teología narrativa, una enseñanza sobre la manera cómo Dios actúa en la historia humana y a través de qué tipo de personas actúa… (Luis A. Schökel, La Biblia de Nuestro Pueblo).

ACTUAR

Podemos rescatar las siguientes enseñanzas y convertirlas en actos de fe, como los de María e Isabel:

  1. Reconocer nuestra “esterilidades” y pedir a Dios que su Espíritu nos cubra para que las fecunde y las haga fructificar.
  2. Nuestra vida, en las sociedades modernas, lo que menos tiene es tiempo para meditar, para reposar los acontecimientos y para entender lo que sucede. Démonos tiempo, como Isabel, para comprender a fondo la Palabra, a través de la vida y de la historia, y ponerla en práctica.
  3. Tomar camino como María para encontrarnos con alguien, a quien le compartamos lo que nos pasa, lo que no comprendemos, lo que nos asombra y pedirle, con sencillez, que nos ayude a entender los misterios de la fe.
  4. Tener la humildad de decir, ante cualquier persona que nos visite: ¿Quién soy yo, para que la madre de mis Señor venga a verme?…

 

¿QUÉ DEBEMOS HACER?

Estándar

13 DE DICIEMBRE DE 2015

TERCER DOMINGO DE ADVIENTO

patronas_6Las lecturas de este tercer domingo de adviento se caracterizan por resaltar tres elementos que, además de ser propios de la liturgia de este tiempo, son esenciales en la vida de los creyentes: el anuncio de la venida del Mesías, el cumplimiento de las promesas hechas por Dios, motivo de alegría para todos, y las actitudes que el hombre, en estos tiempos, está invitado a asumir de frente a las necesidades de los pobres. Los textos son los siguientes: Sof 3,14-18; Flp 4,4-7 y Lc 3,10-18.

VER

De vuelta a La Bestia el hondureño pasó la noche arriba de un vagón que transportaba cemento junto a otros paisanos y un grupo de salvadoreños. Así, hasta que ya bien avanzado el día siguiente el tren se detuvo para hacer el cambio de vía.

“Eran más de las ocho de la noche cuando empezó a llover muy fuerte –recuerda con el gesto sombrío, taciturno, como si aún sintiera la fina lluvia empaparle la cabeza y los hombros-. Entonces, me bajé para ponerme a resguardo y comencé a caminar y a preguntar a la gente que me iba encontrando que quién ayudaba por aquí a los migrantes. Llevaba dos días enteros sin comer”.

Con aquel recuerdo de días y noches sin nada para alimentarse, Jeremías se lleva un pedazo de tortilla caliente enrollada y repleta de frijoles a la boca. Lo mastica con la mirada puesta en el mantel de plástico adornado con flores y, a continuación, levanta de nuevo la cabeza para apuntar con la barbilla hacia la cocina donde las ollas hierven a fuego lento desde primera hora de la mañana.

“Y ahí fue –recupera la sonrisa cansada del inicio de la plática- cuando me hablaron por primera vez de ellas, de mis Patronas”.

http://www.animalpolitico.com/2013/03/la-patrona-la-esperanza-del-migrante-parte-1/

Un migrante, que puede representar a miles y miles de seres humanos abandonados a su suerte y con la esperanza perdida, pasa de un gesto sombrío y taciturno a la recuperación de la sonrisa, aunque cansada, llena de esperanza…

JUZGAR

El profeta Sofonías tiene la misión de levantar a un pueblo caído y deteriorado a causa de sus propios pecados (arrogancia, falta de confianza en Dios, deslealtad, fanfarronería, desprecio de la ley, mentira…) y decirles, de parte de Yahvé, que aún hay esperanza. Pero hay algo más en su labor profética: un resto fiel, humillado por la sociedad y por el poder, necesita saber que Yahvé está a su lado, que los protege y que habrá para ellos días de gozo y de libertad; así lo anuncia:

Canta, hija de Sión, da gritos de júbilo, Israel, gózate y regocíjate de todo corazón, Jerusalén. El Señor ha levantado su sentencia contra ti, ha expulsado a todos tus enemigos. El Señor será el rey de Israel en medio de ti y ya no temerás ningún mal (3,14-15).

Este panorama del siglo VII a. C., en el que se encontraba inmerso el pueblo hebreo, se asemeja a muchas de las realidades que viven hoy los pueblos pobres y humillados por los poderes económicos, políticos o militares; prácticamente los mismos pecados han llevado a las sociedades modernas a una debacle moral y a la corrupción, provocando, en muchos inocentes, pobreza extrema, esclavitud y muerte. Pero siempre habrá mujeres y hombres que tomen postura y se pronuncien en su favor, anunciando como Sofonías: El Señor, tu Dios, tu poderoso salvador, está en medio de ti. Él se goza y se complace en ti; él te ama y se llenará de júbilo por tu causa, como en los días de fiesta (3,17-18).

Dios hace suya la causa del pobre y tal gesto se hace eficaz, se concreta en la historia, a través de hombres elegidos por él; las mediaciones humanas son el rostro de Dios en medio de su pueblo, a través de ellas se manifiesta su bondad, su cercanía y su sentido de justicia.

Desde esta perspectiva y en la misma línea del compromiso, entra en acto el evangelio de Lucas con una enseñanza. Hay un llamado a la conversión y a la justicia, en boca del bautista, que mueve las consciencias de algunos (gente del pueblo, publicanos y militares) quienes preguntan: ¿Qué debemos hacer? (3,10). La respuesta está marcada por una serie de propuestas radicales que se alejan de las costumbres normales prescritas por la ley, en función de alcanzar la santidad o la perfección (dar limosna, hacer penitencia, ayunar, purificarse, observar puntualmente los mandatos, etc.) y que orientan las acciones del hombre hacia la justicia social: compartir el vestido y la comida (v. 11), cobrar lo justo (v. 13), no denunciar injustamente ni difamar, no extorsionar (v. 14). Decía el Cardenal Carlo M. Martini que Lucas provoca… Simpatiza con los pecadores y los oprimidos. Se empeña a favor de los enfermos… (Coloquios nocturnos en Jerusalén). La Palabra de Dios, desde el evangelio, es provocadora, es decir, nos hace partícipes del llamado y, si lo aceptamos, estaremos, entonces, comprometidos para transmitirlo (pro-vocar); quien no se sienta movido a algo es porque está sordo.

Esta radicalidad de Lucas queda señalada en el cambio total de la mirada y en la modalidad que a partir de Jesús tendrá el bautismo, donde ya no puede haber dudas al respecto:

Es cierto que yo bautizo con agua, pero ya viene otro más poderoso que yo, a quien no merezco desatarle las correas de sus sandalias. Él los bautizará con Espíritu Santo y con fuego (v. 16).

El Espíritu y el fuego son, juntos, el símbolo de la transformación total de la persona, por eso, quien es ungido con ellos, experimenta un cambio inevitable, profundo y radicalmente comprometedor con las propuestas del reino. San Juan de la Cruz define esta imagen como llama de amor viva:

Esta llama de amor es el Espíritu de su Esposo [Jesucristo], que es el Espíritu Santo, al cual siente ya el alma en sí, no sólo como fuego que la tiene consumada y transformada en suave amor, sino como fuego que, demás de eso, arde en ella y echa llama… Y aquella llama, cada vez que llamea, baña al alma en gloria y la refresca en temple de vida divina [ ]. De donde, el alma que está en estado de transformación de amor podemos decir que su ordinario hábito es como el madero, que siempre está embestido en fuego; y los actos de esta alma son la llama que nace del fuego del amor [ ]. Es cosa maravillosa que, como el amor nunca está ocioso sino en continuo movimiento, como la llama está echando siempre llamaradas acá y allá… (L 1,3.4.8)

Es interesante cómo el mismo Lucas, cuando habla de la radicalidad del seguimiento, nos presenta a Jesús diciendo: Vine a traer fuego a la tierra, y, ¡cómo desearía que ya estuviera ardiendo! (12,49). Desde esta perspectiva podremos entender la conclusión a la que llega Juan bautista cuando presenta a Jesús:

Él tiene el bieldo en la mano para separar el trigo de la paja; guardará el trigo en su granero y quemará la paja en un fuego que no se extingue (v. 17)

El fuego que no se extingue no es, necesariamente, el infierno o el lugar del castigo. Siguiendo la lógica del evangelio, a partir de la pregunta ¿qué debemos hacer?, la respuesta, englobando cada una de las propuestas mencionadas, bien podría ser así: ¡conviértanse en fuego, en llama de amor, en un amor que está siempre en continuo movimiento, que no se extingue ni es ocioso! Un fuego que quema la paja, es un fuego capaz de transformar la realidad, de arrasar con la muerte (la paja seca) y generar vida. El fuego que no se extingue es la comunidad de creyentes que ha sido bautizada, ungida, con el Espíritu Santo…

ACTUAR

El tercer domingo de Adviento nos invita, sin más, a una conversión social, que consiste en hacer justicia a los pobres y desamparados. Nos invita, además, a recuperar y devolver la alegría, la sonrisa y la esperanza, como las patronas a Jeremías, el migrante centroamericano, a todos los que padecen las injusticias de nuestros sistemas económicos y políticos. Estamos llamados a ser fuego que nace del Espíritu y se convierte en llama de amor incansable.

Cuando hayamos actuado así, cuando nuestro ordinario hábito, como dice Juan de la Cruz, es la llama que nace del fuego del amor, escucharemos a Pablo decirnos:

Hermanos míos: Alégrense siempre en el Señor; se lo repito: ¡alégrense! Que la benevolencia de ustedes sea conocida por todos. El Señor está cerca… Y que la paz de Dios, que sobrepasa toda inteligencia, custodie sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús (Flp 4,4.7).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

 

Preparen los caminos…

Estándar

DICIEMBRE 6/2015

SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO

Bloqueo

Segundo domingo de adviento, el segundo paso en este caminar hacia la fiesta de la Natividad del Señor. La liturgia de la Palabra nos ofrece tres lecturas que alimentan la reflexión y dan sentido al tiempo que celebramos: la primera lectura es del profeta Baruc (5,1-9), la segunda de la carta de Pablo a los filipenses (1,4-6.8-11) y el evangelio está tomado de Lucas (3,1-6).

VER

Podríamos decir, tal vez, que la gente en el mundo cristiano (anglicanos, luteranos, católicos, ortodoxos, etc.) se prepara para celebrar la Navidad a través de dos vertientes: la comercial y la espiritual; una de ellas – la primera – más concurrida y evidente que la otra. De hecho, el “mercado navideño” comienza a ofertarse desde varios meses antes de diciembre, englobando moda, música, decoración, ámbito culinario, religiosidad, diversión…). Influye de tal manera en el gusto de los consumidores que, estos, decoran, preparan y se disponen según los parámetros del diseño (navideño por supuesto) que esté al día: artículos específicos (árboles, coronas, figuras de nomos, “santas…”, luces led, renos luminosos y automatizados, inflables, etc.), el “color del año” (morado, lila, dorado, plata, azul, rojo, verde, combinado…) y los modelos de ropa que las marcas mundialmente conocidas y los almacenes lancen como el último grito en el buen vestir (navideño, por supuesto…).

Es también la temporada alta para el turismo y, por supuesto, hay que preparar los caminos para llegar a “buen fin”: el mejor destino para descansar, comer, disfrutar y olvidarse de los avatares del día a día, del trabajo, de la ciudad y de los problemas…

No obstante tanto alboroto y parafernalia de luces, colores y sabores…, es la temporada baja de la conciencia espiritual de muchos creyentes (no de todos). Como si resonaran, en nosotros y en esos días, las palabras de Jesús que escuchamos el domingo anterior (primero del adviento) a través del evangelio de Lucas (21,34): Estén alerta, para que los vicios, la embriaguez y las preocupaciones de esta vida no entorpezcan su mente…

JUZGAR

Centraremos la atención, por el momento, en el texto del evangelio, del cual distinguiremos dos escenas contrapuestas: una, la historia humana (vv. 1 y 2) y, dos, la Revelación (vv. 3-6); a través de ellas, Lucas nos hace ver cómo las propuestas del Reino de Dios se hacen presentes en un espacio y en un momento determinados en la historia de la humanidad.

En la primera escena (la de la historia) encontramos tres elementos importantes que, además de reflejar cómo era la situación social del momento, sirven para hacer la conexión con lo que sucederá en la segunda escena: una fecha precisa (año quince), una lista de gobernantes políticos (Tiberio, Poncio Pilato, Herodes y su hermano Felipe y Lisanio) y los nombres de las autoridades religiosas (Anás y Caifás). Tenemos, así, una radiografía del sistema político-religioso que decidía el destino del pueblo, ubicando en una pirámide los niveles de autoridad, con el emperador en la parte más alta y descendiendo hasta llegar a la base que la sostenía, donde se encuentran los sumos sacerdotes, “mediadores” entre el pueblo pobre, el imperio y Dios.  Aquí están representadas varias cosas: el poder, el dominio, la opulencia, el desenfreno, el derroche, la injusticia, la infidelidad, la corrupción, el adulterio… el pecado; y en todo ello, encontramos subyacentes los criterios que marcaban la vida y el comportamiento de Israel: las leyes del imperio romano y las leyes del Templo. Es, en suma, la imagen del reinado del César Tiberio…

Lucas ha tenido cuidado de resaltar los detalles de la primera escena para demostrar que el Reino de Dios, a través de Cristo, se verifica en la misma historia de la humanidad: todas las autoridades mencionadas son testigos oculares y presenciales del inicio de la predicación y, son ellas misas, quienes condenan a muerte a Jesús, y matan al bautista, cuando se ven amenazadas por los alcances de dicha predicación: cuando Jesús fue apresado, es conducido a la casa del sumo sacerdote Anás y juzgado por el consejo de ancianos (Lc 22, 54.63), luego fue conducido ante Pilato (23,1), quien lo remitió a Herodes (23,7) y, finalmente, Pilato, quien gobernaba bajo la autoridad de Tiberio, apoyado en los decretos y las leyes del imperio, mandó crucificar a Jesús (23,24). Con este proceso, el evangelista nos hace ver cómo este reinado no es otra cosa más que un círculo vicioso, cerrado en sí mismo, sin esperanzas ni apertura a la novedad.

La segunda escena (la de la Revelación) pone como figura central a Juan, el bautista, quien recorre toda la comarca del Jordán, es decir, todo el territorio dominado por los gobernantes ya mencionados, haciendo una propuesta totalmente contraria a la que sostenía el sistema político-religioso del imperio y el Templo, y predicando el bautismo para el perdón de los pecados (v. 3). La contraposición de las escenas radica en que mientras unos condenan el pecado y matan al inocente, Juna garantiza, de parte de Dios, el perdón y la salvación; además, las leyes del imperio y del Templo recaen como un peso insoportable sobre el pueblo, sin tomarlo en cuenta, en cambio, el bautista invita a los hombres a involucrarse en la salvación y a poner su atención ya no en la “grandes” del imperio sino en la austeridad del desierto:

Ha resonado una voz en el desierto: Preparen el camino del Señor, Dios nuestro, hagan rectos sus senderos. Todo valle será rellenado, toda montaña y colina, rebajada; lo tortuoso se hará derecho, los caminos ásperos serán allanados y todos los hombres verán la salvación de nuestro Dios (vv. 4-6).

El Reino que está por llegar, que no es el de Tiberio, transformará la fisonomía de la historia y de la sociedad, pero es imprescindible preparar la llegada.

¿Qué enseñanza hay para nosotros hoy?: el reinado del César, con toda su estructura de dominio, simboliza los imperios que nos someten y condicionan nuestros actos, nuestros pensamientos y nuestras ideas. Son aquellos desde los cuales “preparamos” la venida del Señor consumiendo, compitiendo, malgastando, humillando, denigrando… El contraste que surge con la figura de Juan, nos invita a bajar al desierto, donde el silencio absoluto y la soledad nos permitirán escuchar, únicamente, la voz que grita desde allí.

ACTUAR

  1. Despójate de tus vestidos de luto y aflicción… (Baruc 5,1): quítate de encima el peso de los imperios que te dominan y opacan la verdadera felicidad.
  2. Que su amor siga creciendo más y más y se traduzca en un mayor conocimiento y sensibilidad espiritual. Así podrán ustedes escoger siempre lo mejor y llegarán limpios e irreprochables al día de la venida de Cristo, llenos de los frutos de la justicia, que nos viene de Cristo Jesús, para gloria y alabanza de Dios (Flp 1,9-11): el camino para la llegada del Señor se prepara a través de la justicia.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.