No titubees delante de ellos…

Estándar

byn31 DE ENERO DE 2016

DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO

Hoy, la Liturgia de la Palabra, hace una conexión con los textos del domingo anterior, retomando el capítulo 4 del evangelio de Lucas, para cerrar el hecho narrado y completar la enseñanza, tanto con el texto del profeta Jeremías como con el texto de Pablo a los corintios.

Las lecturas para hoy son las siguientes: Jr 1,4-5.17-19; Sal 70; 1Cor 12,31-13,13 y Lc 4,21-30.

VER

Hace unas cuantas semanas se proyectó, como estreno, la película titulada en español, “La verdad oculta” (Concussion, título original en Inglés), protagonizada por Will Smith quien personifica al Dr. Bennet Omalu, de origen nigeriano. Es una historia verídica llevada a la pantalla y puesta en escena ante las conciencias de hombres y mujeres que, en ocasiones, olvidan que una palabra, pronunciada desde la verdad, no importando quién la diga, se debe escuchar y atender.

La trama gira en torno al descubrimiento que el Dr. Omalu hizo en una de sus autopsias, abriendo las sospechas de frente a una impactante secuencia de suicidios inesperados en figuras del futbol profesional, que habían alcanzado éxito y popularidad entre los aficionados, y que luego, sucumbieron en la pobreza, el alcoholismo y el consumo de drogas, hasta la muerte. El motivo que los empujaba a esta decisión inexplicable era una degeneración del tejido cerebral, a la que el Dr. Omalu llamó CTE (Encefalopatía Traumática Crónica), provocada por los golpes violentos recibidos en la cabeza durante los partidos y que no dejaban huella alguna de traumatismo o contusiones evidentes.

Su descubrimiento no hizo más que abrir las puertas a la verdad y darle cause. Este hecho incomodó a quienes, aun sabiendo que era cierto lo que Bennet planteaba, se sintieron amenazados, puesto que la evidencia significaba varias cosas, tales como ceder, reconocer que se habían equivocado y que estaban actuando de manera inmoral y antiética; quedaba en juego su honor y se ponía en duda su forma de proceder. Mirar con otra mirada la realidad, exigía un cambio en la perspectiva y una conversión, tanto de los individuos como de los sistemas y de las estructuras, hacia las necsidades de salud y bienestar de los jugadores y exjugadores afectados.

Casos como este se escuchan a menudo en nuestra sociedad; en muchos de ellos, no sólo son rechazadas las ideas nuevas y la verdad, sino que se mata a quien las expresa y las defiende. Parece que preferimos permanecer en la “seguridad” de lo establecido antes que cambiar; nos hemos acostumbrado a leer sólo las líneas pero no las entrelíneas de los acontecimientos, andamos a gusto por la superficie (superficialidad) de lo cotidiano pero tenemos miedo a la profundidad.

JUZGAR

Cuando Dios elige a una persona, ésta sabe (o debe saber) que ha sido destinada para grandes cosas, dfíciles por cierto, y para dar a conocer su Voluntad, ante los hombre y los pueblo; dicha elección inicia en el vientre materno, en la raiza de la vida; allí, donde se engendra y se encarna la realidad del hombre.

Desde antes de formarte en el seno materno, te conozco; desde antes que nacieras, te consagré y te constituí como profeta de las naciones. Cíñete y prepárate; ponte de pie y diles lo que yo te mando (Jr 1,4-5.17).

Cuando esto sucede, no hay marcha atrás, el empuje de la Palabra no se detiene ante nada y debe esperarse cualquier cosa, incluso lo peor, por causa suya. Yahvé advierte al profeta: Te harán la guerra, pero no podrán contigo, porque yo estoy a tu lado para salvarte (v. 19); tras la advertencia hay una certeza incuestionable: todo consagrado, ungido, con el Espíritu de Dios recibe un fortaleza tal, que lo transforma y lo hace así ciudad fortificada, columna de hierro y muralla de bronce (v. 18).

Jeremías es garante del poder y la verdad de la Palabra de Dios, de frente a los poderes humanos que someten y esclavizan al hombre y van en contra de su voluntad y su proyecto de justicia, representados en los reyes, los jefes, los sacerdotes e, incluso, la gente del campo.

Desde este contexto, Lucas pone en escena a Jesús y da sentido a sus palabras. El evangelio inicia con el mísmo versículo con el que concluyó la semana pasada, donde pudimos ver cómo la gente, aunque se asombra y aprueba lo que Jesús ha dicho: “Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oir”, deja ver su incredulidad, su falta de fe verdadera: ¿No es éste el hijo de José? (v. 22).

Las palabras de Jesús tocaron el orgullo de la gente: “Yo les aseguro que nadie es profeta en su tierra” (v. 24) y se llenaron de ira (v. 28), se indignaron. ¿El motivo?: cuestionó la calidad y la profundidad de su fe, recordándoles cómo en la época de los profetas Elías y Eliseo había muchas viudas y muchos leprosos (vv. 25 y 27), pero sólo la viudad de Sarepta y el sirio Naamán, fueron salvados de las adversidades (el hambre y la lepra) por su fe; sólo ellos creyeron en sus palabras y nadie más de entre el pueblo.

Era sábado, Jesús entró a la Sinagoga y ante él estaba el pueblo fiel a las tadiciones, los escribas, los sacerdotes y los maestros de la ley; todos cumpliendo con lo establecido y escuchando la Palabra escrita en el libro del profeta Isaías. Él explicó las Escrituras desde otra perspectiva (y quedaron admirados por tal sabiduría) y, además de afirmar (se atrevió…) que ese día se cumplía en él y ante todos lo anunicado por el profeta, ponía en duda su forma de proceder y de creer en Dios.

Al oír esto, todos los que estaban en la sinagoga se llenaron de ira, y levantándose, lo sacaron de la ciudad y lo llevaron hasta un precipicio de la montaña sobre la que estaba construida la ciudad, para despeñarlo. Pero él, pasando por en medio de ellos, se alejó de allí (vv. 28-30).

En Jesús se hace evidente toda promesa venida de la boca de su Padre: No temas, no titubees delante de ellos…, porque yo estoy a tu lado para slavarte (Jr 1, 17.19).

¿Cuántas veces, molestos e indignados, hemos sacado a Jesús de nuestras vidas y lo hemos llevado al despeñadero del olvido, de la indiferencia, del egoismo? ¿Cuántas veces con Él, lo hemos hecho con el hermano?

ACTUAR

Estamos llamados no sólo a creer en la palabra de otros, sobre todo cuando se hace evidente la verdad, sino a ser portadores de esa misma verdad, proclamarla sin miedo ni regateos. El Salmo 70 es un canto para aquellos que siempre hablarán de parte de Dios:

Señor, tú eres mi esperanza; desde mi juventud en ti confío. Desde que estaba en el ceno de mi madre yo me apoyaba en ti y tú me sostenías. Yo proclamaré simpre tu justicia y a todas horas, tu misericordia. Me enseñasta a alabarte desde niño y seguir alabándote es mi orgullo.

Por último, la Liturgia nos ofrece un texto de Pablo a los corintios (1Cor 12,31-13,13), al que reconocemos como el himno al amor. Basta recordar cómo inicia, el resto es una toma de conciencia que cada una y cada uno podrá tomar como un referente con el que mida la calidad y los alcances de su amor:

Hermanos: Aspiren a los dones de Dios más excelentes. Voy a mostrarles el camino mejor a todos… (12,31).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

Anuncios

El Espíritu del Señor está sobre mí…

Estándar

Espíritu-Santo24 DE ENERO DE 2016.

DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO

El tercer domingo del Tiempo Ordinario nos ofrece las siguientes lecturas: Neh 8,2-4.5-6.8-10; 1Cor 12,12-30 y Lc 1,1-4; 4,14-21. Podríamos decir que la liturgia centra la atención en el hecho revelado que se da a conocer por medio de la Palabra, que se presenta o se lee, a través de un personaje elegido, consagrado y enviado por Dios a su pueblo. En este sentido leeremos los textos de Nehemías y de Lucas, que se complementan y hablan en el mismo lenguaje. Por su parte, el texto de la primera carta de Pablo a los corintios, con el símbolo del cuerpo, nos hace ver el sentido de la verdadera unidad que puede alcanzar el pueblo cuando se descubre unido por Cristo, por su Palabra y por el Espíritu.

VER

Probablemente la mayoría de nosotros ha tenido la oportunidad -afortunada o desafortunada- de asistir a algún meeting, o manifestación multitudinaria, en donde se expresaron ideas, propuestas, o proyectos, de cualquier índole, haciéndose públicos en el discurso de los oradores en turno. Tal vez, fue sólo la voz de un gran líder, de esos que congregan a la gente donde quiera que vaya o se encuentre; aquí podemos pensar en algún candidato a la presidencia de la República, algún líder religioso, como el Dalai, o alguno de nuestros obispos y pastores; o también, uno de los últimos Papas que visitaron nuestro país, etc.

Dependiendo del sentido del discurso, del nivel de liderazgo del personaje y de la profundidad, claridad y contundencia del mensaje, la gente, la multitud que lo escucha, sabrá que en ello hay algo importante que se le revela y que puede, incluso, orientar su vida y la misma historia de los hombres que están allí. Bien sabemos que, cuando algo así sucede, esa multitud presente, que dispone sus sentidos a plenitud para captar las palabras, los tonos de voz, las exhortaciones…, se exalta y se entrega a su líder, lo reconoce con su simple presencia (estar allí) y lo alaba, lo agradece, lo acepta, lo hace suyo con los gestos más expresivos que puedan salir de su ánimo y de sus esperanzas no consumadas (gritos, aplausos, cantos…).

Pero se verifica en  nuestras sociedades, cada vez más, un hecho paradójico: masas de gente que se desbordan, que acometen, que agreden y destruyen todo a su paso; multitudes que gritan, que increpan, que exigen y reclaman; que se rebelan contra todo y contra todos…, pero sin líder reconocido, sin nadie que las motive desde el fondo. Sólo se mueven y flotan en la superficie de lo coyuntural, en la espesura grasa y dañina del enojo y del odio; no han podido adentrarse en la riqueza de una idea, ¡de una sola idea!, capaz de transformar el mundo. Quien está a la cabeza de ellos, oculto o visible, ostentándose como líder, solo abre la boca para enardecer los ánimos, no para guiarlos verdaderamente.

JUZGAR

Los últimos versículos del texto de Nehemías, que hoy escuchamos, están inscritos en el contexto de las fiestas dedicadas a Dios (Fiesta de las chozas) y en las que se resaltaban el perdón y la misericordia hacia el pueblo:

Este es un día consagrado al Señor, nuestro Dios. No estén ustedes tristes ni lloren (porque todos lloraban al escuchar la palabra de la ley). Vayan a comer espléndidamente, tomen bebidas dulces y manden algo a los que nada tienen, pues hoy es un día consagrado al Señor, nuestro Dios. No estén tristes, porque celebrar al Señor es nuestra fuerza (8,9-10).

Estas palabras son la culminación del tiempo que se ha dedicado a la lectura de la ley: lo que en ella se revela al pueblo es motivo de gozo y de alegría, pero sobre todo de confianza, por saber que Yahvé los favorece y está a su lado. En el momento de ser proclamada, estaban presentes los hombres y las mujers que tenían uso de razón (vv. 2 y 3), es decir, aquellos que estaban dispuestos y eran capaces, no sólo de escuchar, sino, sobre todo, de entender el contenido y las propuestas del libro de la ley. Allí estaban reunidos, reconociendo a su Dios en la Palabra que les era anunciada.

Esa Palabra es luz que ilumina, pero necesita que el hombre la escuche cuando está despierto, consciente; es por eso que el sacerdote Esdras lee el libro durante el tiempo ascenente del sol: desde el amanecer hasta el mediodía (v. 3). Es, también, palabra que convoca y compromete: además de la gente que se congregó en torno a ella, para escucharla, estaban presentes los responsables de guiar y enseñar al pueblo: Entonces Nehemías, el gobernador, Esdras, el sacerdote y escriba, y los levitas que instruían a la gente, dijeron a todo el pueblo: “Este es un día consagrado al Señor, nuestro Dios” (v. 9).

La escena que nos relata el libro de Nehemías se conecta, al menos en lo esencial (tomar el libro y proclamar la palabra allí escrita), con lo narrado por Lucas en el evangelio:

  • Esdras tomó el libro de la Ley y lo leyó delante de la gente (Neh 8,5).
  • Jesús, entró en la Sinagoga, se puso de pie, le dieron el libro del profeta Isaías y lo leyó (Lc 4,16-17).

En ambos textos la Palabra ocupa el centro de atención y en torno a ella los acontecimientos cobran sentido; en las dos narraciones se resalta cómo el hecho de proclamar la Palabra y escucharla, es signo de alegría: Esdras, después de leer el libro de la Ley, instruye al pueblo para que festeje y se alegre, porque es un día consagrado al Señor (8, 9.10); Jesús, al terminar la lectura con las palabras del profeta que dicen proclamar el año de gracia del Señor, afirma enfático: Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír (4,21); el hecho de que la Palabra se cumpla es, en sí, signo de alegría, de gracia.

Pero Lucas va más allá. En la tradición antigua se tenía la firme convicción de que la Palabra venida de Dios se cumplía por la acción de su voluntad, y se daba a conocer (proclamar y anunciar) por medio de hombres elegidos y consagrados por Yahvé, como es el caso de Esdras. Ahora, con Jesús, en quien vemos la Nueva Alianza, la misma Palabra se cumple sin otra mediación más que la de su persona y su autoridad mesiánica: Él es la Palabra y a través de sus acciones se cumple:

El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para llevar a los pobres la buena nueva, para anunciar la libertad a los cautivos y la curación a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor (4, 18-19).

Jesús, delante de la gente reunida en Nazaret, donde los ojos de todos los asistentes a la sinagoga estaban fijos en él (v. 20), presenta, del mismo modo que un líder, los pormenores del programa de trabajo que llevará a cabo, movido por el Espíritu (v. 14), según la voluntad de su Padre. Una Buena Nueva caracterizada por dos acciones radicales en favor de los pobres y oprimidos: liberar y curar.

Sabemos que después de esta escena hay una fría aprobación por parte de los oyentes, acompañada de una evidente duda sobre su persona, su autoridad y su origen: Pero, ¿no es este el hijo de José? (4,22). Ha movido muchas cosas en el ánimo de la gente, sus palabras son fuertes, radicales y comprometedoras; al cerrar el libro y decir hoy mismo se ha cumplido este pasaje, demuestra que la espera ha terminado y lo que sigue, es un arduo trabajo para transformar las estructuras injustas y opresoras de la sociedad en la que viven. A tal grado, que sintieron miedo: Al oírlo, todos en la sinagoga se indignaron. Levantándose, lo sacaron fuera de la ciudad…, e intentaron matarlo vv. 28 y 29).

ACTUAR

La primera carta a los corintios nos explica de manera plástica lo que sucede cuando Cristo está a la cabeza (líder) y nos congrega en torno a Él: nos convertimos en un solo cuerpo.

Hermanos. Así como el cuerpo es uno y tiene muchos miembros y todos ellos, a pesar de ser muchos, forman un solo cuerpo, así también es Cristo. Porque todos nosotros, seamos judíos o no judíos, esclavos o libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo, y a todos se nos ha dado a beber del mismo Espíritu… Pues bien, ustedes son el cuerpo de Cristo y cada uno es un miembro de él (1Cor 12,12-13.27).

¿A qué estamos invitados?: a reconocer que también hoy, en nuestras vidas y en nuestra historia, esta Palabra se ha cumplido, y alegrarnos por eso. Pero también a recordar que todos necesitamos de todos, servirnos unos a otros y amarnos, sin importar el lugar que ocupemos en ese cuerpo que se llama Iglesia, pueblo, sociedad, familia…

Así formó Dios el cuerpo, dando más honor a los miembros que carecían de él, para que no haya división en el cuerpo y para que cada miembro se preocupe de los demás. Cuando un miembro sufre, todos sufren con él; y cuando recibe honores, todos se alegran con él (vv. 24-26).

Dos propuestas:

  1. Desde la perspectiva human de Nehemías: manden algo a los que nada tienen (Neh 8,10).
  2. Continuando en la línea del tema bautismal, podemos afirmar que nuestra misión también radica en lo siguiente: El Espíritu del Señor está sobre mí y me envía… (Lc 4,18).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

“Hagan lo que él les diga…”

Estándar

ii-vasijas-bodas-de-cana17 DE ENERO DE 2016

DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO

“Hagan lo que él les diga…”

Iniciamos oficialmente el Tiempo Ordinario y la Liturgia de la Palabra nos propone tres lecturas: Is 62,1-5; 1Cor 12,4-11 y Jn 2,1-11. No hay, en realidad, una relación evidente entre un texto y otro, ya que cada uno desarrolla una temática distinta, rica por supuesto y significativa en sí misma. Así sucede, de manera particular, en lo que se refiere a la primera carta a los corintios, con el tema de los dones del Espíritu, y el evangelio de Juan, que centra la atención en el primero de los milagros de Jesús: el agua convertida en vino. No obstante esta dificultad, tal vez la figura de María, presente en las bodas, sirva de eslabón entre el texto de Pablo y el evangelio.

VER

Cuando somos invitados a una fiesta, además del gozo que eso nos produce, comienzan a pre-ocuparnos una serie de cosas que, aunque superficiales, son de capital importancia si queremos mantener el clímax festivo que nos invade y nos mantiene a la expectativa. Diseñamos una “prefiguración” de nuestra persona y, con antelación, arreglados, vestidos y dispuestos en ese maravilloso imaginario de la mente, nos apersonamos, virtualmente, en la fiesta; pre-sentimos el ambiente, la música, el banquete que se dispondrá para los invitados; nos probamos, entonces, prendas de diferentes estilos y colores, zapatos de todo tipo, fragancias, aditamentos…, hasta encontrar lo mas adecuado y acorde a nuestro gusto. Finalemente, dejamos todo listo para cuando llegue, realmente, el día esperado.

Cuando llega el momento, la ceremonia y la fiesta nos absorben; cautivan plenamente nuestra atención, como si fuera el tributo que nuestra persona rinde al destino, con tal que nos permita estar a gusto, ser felices y disfrutar al máximo todo aquello que los sentidos y la voluntad misma, puedan agregar a nuestra existencia, a veces simple, a veces olvidada… ¡Qué más da lo que suceda en nuestro entorno!, no hay preocupaciones, el tiempo se detiene y no tenemos prisa de nada…; confiamos, sin dudarlo apenas un poco, que el anfitrión proveerá lo necesario para saciarnos y quedar satisfechos. Si algo faltara, estamos seguros que siempre habrá alguien que nos dirá qué hacer

Si de la dimensión ideal de una fiesta nos trasladáramos a la realidad cotidiana de nuestra gente, y de nosotros mismos, e hiciéramos un esfuerzo para recordar los momentos en que nos hemos sentido llevados por la ilusión en algo promisorio, o que nos hayamos desentendido de los problemas y de las adversidades, por el simple hecho de que algo, o alguien, cautivó plenamente nuestra atención…, descubriríamos, entonces, cómo en las peores crisis de la sociedad siempre han aparecido los oportunistas de turno, maestros del populismo, capaces de conmover a las masas incautas, promoviendo y resaltando las “bondades y las virtudes” de los líderes políticos, de los candidatos al gobierno, a las diputaciones o al cenado, de prelados religiosos, o de autoridades eclesiásticas…, con la promesa de grandes cambios y el ofrecimiento de riquezas incalculables; con la seguridad de un empleo y un buen sueldo, garantizando la educación de nuestros hijos y el bienestar de todos…, todo con el poder convincente de un “hagan lo que él les diga…” Sin mucho pensarlo y sin espera a que las promesas se cumplan efectivamente, les rendimos tributo y nos dejamos llevar de su mano…

JUZGAR

En aquél tiempo hubo una boda en Caná de Galilea, a la cual asistió la madre de Jesús. Éste y sus discípulos también fueron invitados. Como llegara a faltar el vino… (Jn 2,1-2).

Una fiesta de bodas, invitados, un vino que está a punto de terminarse… Escena que aparece en el evangelio de Juan casi de repente, como buscando la manera de revelarnos algo sublime. El evangelista no se detiene en los detalles que nos hubiera gustado conocer para saciar nuestra curiosidad: no dice quiénes son los recién casados ni cómo se prepararon, tampoco nos habla del número de invitados ni de lo que se ofreció de comer a los comensales…, esas cosas, si bien importantes en otro contexto, no son esenciales cuando se trata de la revelación y del mensaje de la Buena Nueva. Basta con tener claro que la madre de Jesús (María), que Jesús mismo y sus discípulos fueron invitados y que el vino, en esa fiesta, se agotó.

Bien sabemos que la falta de vino, en algunos contextos religiosos y en casi todas las culturas en las que se estima el valor de la generosidad y a acogida fraterna, puede resultar una situación embarazosa para los anfitriones; precisamente, un caso como éste, acaecido en la boda de Caná, superando las vicisitudes de una fiesta en crisis, desata todo un proceso de fe y revelación, con una significación teológica poco apreciada.

La escena, desde el punto de vista de Giorgio Zevini (El evangelio según San Juan, 1995), cuenta con tres movimientos, o diálogos: el primero, entre María y Jesús (vv. 3-5); el segundo, entre Jesús y los sirvientes (vv. 6-8) y el tercero, entre el maestresala (encargado de la fiesta) y el esposo (vv. 9-10). Además, es el primer milagro con el que Jesús se manifiesta ante el pueblo como el Mesías e inicia, así, su ministerio y predicación.

La ausencia de los detalles simples permite que se resalten los elementos simbólicos, presentes en los tres diálogos:

Primer diálogo:

María le dijo a Jesús: “Ya no tienen vino”. Jesús le contestó: “Mujer, ¿qué podemos hacer tú y yo? Todavía no llega mi hora”. Pero ella dijo a los que servían: “Hagan lo que él les diga”.

  • María, mujer, que pertenece al pueblo judío, representa el paso de la antigua a la nueva alianza; aparece, además, como modelo de fe.
  • Sólo ella es capaz de ver la necesidad del pueblo: la falta de vino representa las consecuencias de una grave crisis y de una terrible pobreza. Una antigua alianza agotada, a punto de fenecer, puede dejar al pueblo en un terrible abandono, sin sentido ni esperanza.
  • Los sirvientes, el pueblo que recibe el testimonio de fe de María, lleva a cabo con humildad, sencillez y confianza, lo que ella les indica. La confianza en Jesús, el Hijo, no es otra cosa que la certeza de que las promesas hechas a Israel se han cumplido: “hagan lo que él les diga”.

Segundo diálogo:

Había allí seis tinajas de piedra, de unos cien litros cada una, que servían para las purificaciones de los judíos. Jesús dijo a los que servías: “Llenen de agua esas tinajas”. Y las llenaron hasta el borde. Entonces les dijo: “Saquen ahora un poco y llévenselo al encargado de la fiesta”. Así lo hicieron…

  • Las seis tinajas utilizadas para los ritos de purificación (Antigua alianza), ahora contienen un vino rico y abundante (Nueva alianza); el agua, elemento ordinario para limpiar y purificar, se convierte en un símbolo sobrenatural: el vino representa, o prefigura, la sangre que Cristo derrama (en abundancia) para redimirnos.
  • La fe incondicional de los sirvientes los pone, ahora, en el nivel de los enviados: “llévenselo al encargado de la fiesta”. Son testigos y deben ser portadores de la Buena Nueva: así lo hicieron.

Tercer diálogo:

En cuanto el encargado de la fiesta probó el agua convertida en vino, sin saber su procedencia, porque sólo los sirvientes lo sabían, llamó al esposo y le dijo: “Todo el mundo sirve primero el vino mejor, y cuando los invitados ya han bebido bastante, se sirve el corriente. Tú, en cambio, has guardado el vino mejor hasta ahora”

  • El encargado de la fiesta es otro testimonio de fe, ya que fue capaz de reconocer la novedad, la riqueza y la bondad del vino, aún sin saber su procedencia; está abierto a recibir de los sirvientes el mensaje que ellos portan y en el que han confiado también.
  • Por otro lado, entra en conflicto, pues se ve involucrado en un cambio inesperado respecto de las costumbres y las tradiciones (Antigua alianza): los criterios del Reino, que son los de Dios (el esposo), ponen a disposición del hombre las riquezas del mensaje (el vino mejor) para que lo disfrute y se sacie, sin esperar a que primero se embote con el engaño (vino corriente) del que todo mundo toma sin decir nada.

Giorgio Zevini (1995) nos ofrece el siguiente panorama en torno al significado teológico subyacente en el milagro de Caná:

EL nivel teológico, sin embargo, nos recuerda algo más profundo que se evoca en el diálogo entre la Madre y el Hijo: el deseo de Israel, consciente de su propia pobreza, de abrirse a la salvación  y de saborear el vino mesiánico. Entonces, todo el episodio de Caná, releído a la luz de la pascua, puede reformularse así: las bodas representan la antigua alianza, a la que pertenece también María. El esposo y la esposa son Dios y el pueblo de Israel entre los que no se ha establecido todavía una relación permanente de amor, a pesar de los diversos intentos de Dios. María, símbolo del judaísmo que vivía en espera de la realización de las promesas mesiánicas, representa a la humanidad necesitada, que desea una liberación y aguarda la revelación plena de la salvación. Caná es el nuevo Sinaí, en donde el signo del vino nuevo representa el mensaje evangélico de Jesús.

Para comprender mejor aún el mensaje teológico contenido en este primer diálogo, detengámonos un poco en el simbolismo bíblico del vino, que en este episodio ocupa un papel decisivo. El vino, en el lenguaje veterotestamentario, es símbolo del amor entre el esposo y la esposa, signo de gozo y elemento esencial para las bodas […]. Así pues, sobre el trasfondo del judaísmo se puede decir que el vino de Caná simboliza la Palabra de Dios, la revelación de Jesús, la gracia de la verdad que él ha traído, o sea, el don de su revelación escatológica…

Al inicio de esta reflexión decíamos que la figura de María nos serviría de eslabón entre el evangelio y el texto de la primera carta a los corintios ¿En qué sentido?: el otro personaje presente en los evangelios y en todo el actuar de Jesús, desde el inicio en el seno de María, es el Espíritu. De hecho, la semana pasada, con la fiesta del Bautismo del Señor, recordamos que Jesús fue ungido en el Jordán y cómo desde ese momento, el mismo Espíritu, lo acompañó a todos a todas partes.

La unción con Espíritu es el signo que marca la condición mesiánica de Jesús y María, conocedora de tal hecho, no duda en pedirle vino nuevo y abundante para el pueblo, ella sabe que por ser el Mesías lo puede hacer; por eso dice a los sirvientes: Hagan lo que él les diga. Nuestro bautismo también es una unción y, por lo mismo, es un compromiso; Pablo nos los recuerda en su carta:

Hermanos: Hay diferentes dones, pero el Espíritu es el mismo. Hay diferentes servicios, pero el Señor es el mismo. Hay diferentes actividades, pero Dios, que hace todo en todos, es el mismo (12, 4-6).

El mismo Espíritu de Jesús es el mismo para nosotros…

ACTUAR

En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común… (12,7).

Nuestros pueblos sufren una terrible crisis y esperan que pronto llegue una solución, que alguien les de esperanza, que sus fuentes rebocen de abundancia, con vino suficiente para todos…

En estos momentos de confusión y desesperación, siempre aparecen los promotores de falsas promesas y de libertadores inciertos; oportunistas de turno que engañan a la gente diciéndole, sin escrúpulo alguno, hagan lo que él les diga… Pero nada cambia, el vino corriente se agota y las tinajas de agua están vacías. La boda esperada se ha convertido en un caos de muerte y corazones rotos.

En cada uno de nosotros se manifiesta el Espíritu en función del bien común:

Uno recibe el don de la sabiduría; otro el don de la ciencia. A uno se le concede el don de la fe; a otro la gracia de hacer curaciones, y a otro más, poderes milagrosos. Uno recibe el don de profecía, y otro, el de discernir los espíritus. A uno se le concede el don de lenguas, y a otro, el de interpretarlas. Pero es uno solo y el mismo Espíritu el que hace todo eso, distribuyendo a cada uno sus dones, según su voluntad (1Cor 12,8-11).

Todos estamos capacitados para hacer algo por los demás, para reanimar lo que está a punto de morir, para alegrar con el vino de la fraternidad los corazones tristes. Unos de otros podemos decir: “Hagan lo que él les diga…”

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

Ya desde ahora…

Estándar

baptism-of-jesus-bible-video-bg10 DE ENERO DE 2015

EL BAUTISMO DEL SEÑOR

Se cierra de manera definitiva el tiempo de la Navidad, con una nueva Epifanía, plasmada en la narración del Bautismo del Señor: Este es mi Hijo. Además, se inicia el tiempo ordinario, que será muy breve, ya que el miércoles 10 de febrero iniciará la Cuaresma con la celebración penitencial de las cenizas. Para eta fiesta del bautismo del Señor, la liturgia nos presenta tres textos: Is 40,1-5.9-11; Sal 103; Tit 2,11-14; 3,4-7 y Lc 3,15-16.21-22.

VER

Es muy probable que al escuchar el título de esta fiesta, Bautismo del Señor, nos remitamos a nuestra experiencia bautismal, ya sea a la que tiene que ver con el propio bautismo, o a la que se genera cuando somos testigos del bautismo de otros.

Quienes nos identificamos como creyentes y miembros de la Iglesia católica, sabemos que tal condición nos ha sido dada por medio de los sacramentos de iniciación y, de manera particular, por el sacramento del Bautismo. Con el apoyo de una catequesis básica, por la que todos hemos pasado, somos capaces de identificar tres aspectos “esenciales” que dicho sacramento nos otorga: “borra” de nosotros el pecado original, comenzamos a formar parte de la familia de Dios y de la Iglesia y se nos pone el nombre que llevaremos el resto de la vida… Esto es, tal vez, lo que la mayoría de los católicos busca cuando pide que sus hijos sean bautizados y cumplir, así, con una tradición, más que vivir una experiencia, para permanecer en un satus que les de identidad social (católica por supuesto) y la seguridad de que han cumplido con lo mínimo necesario para alcanzar la salvación. Por desgracias, esta no es la esencia del bautismo.

Por lo general, a menos de que estemos hablando de un catecúmeno, el sacramento se recibe de manera involuntaria, nadie, que yo sepa, ha pedido ser bautizado por voluntad propia; de hecho, es uno de los reclamos recurrentes en adolescentes y jóvenes cuando deciden entrar en conflicto con la Iglesia y la doctrina cristiana: “¡a mí quién me preguntó!”.

En realidad, como ya decíamos arriba, somos testigos de cómo otros son bautizados, porque somos padrinos, porque somos los papás del niño que se bautiza, o porque fuimos invitados a la celebración bautismal… En fin, somos, simple y llanamente, espectadores, a veces corresponsables de que alguien se bautice, o promotores del sacramento, pero nada más.

Es menos común encontrar mujeres y hombres que vivan a plenitud su bautismo, y que lo vivan, además, como un compromiso que surge del evangelio y se alimenta de la Palabra. Es más difícil ver el sacramento bautismal como el inicio de algo, que verlo solamente como el cumplimiento de un requisito que se agota en sí mismo. La falta de un conocimiento serio de los sacramentos impide que haya una verdadera experiencia de los mismos y, más allá de gestar una conversión transformadora de la persona y de la comunidad desde la vivencia sacramental, vivimos en una terrible y catastrófica contradicción de vida y de fe.

José María Castillo, en su libro Símbolos de libertad (2001), citando a Ricoeur, nos propone un análisis crudo y fuerte respecto de cómo vivimos los sacramentos, desde una particular concepción de lo religioso:

Se produce de esta manera lo que el mismo Ricoeur ha denominado la “conversión diabólica” que hace de la religión la “reificación [cosificación] y la enajenación de la fe”. Porque entonces, los símbolos del absolutamente-otro dejan de cumplir su función de “centinelas del horizonte” último de la conciencia y de la experiencia humana, de tal manera que, en vez de remitirnos al más allá del trascendente, en realidad lo que hace es “objetivar” a Dios en una realidad humana, puramente humana, que queda a nuestra disposición. El hombre entonces no se somete a Dios, sino que somete a Dios a sí mismo… De ahí que muchas personas practican asiduamente la religión, pero por el conjunto de su existencia se tiene la impresión de que, en realidad, no se encuentran con Dios, el Dios vivo, sino con las objetivaciones de Dios que se producen en virtud del proceso de “conversión diabólica” del que antes hemos hablado. La fidelidad o incluso el fanatismo religioso, y por supuesto la exactitud en cumplir las prácticas, pueden ser entonces la expresión más clara del fanatismo del hombre por sí mismo.

La fiesta del Bautismo del Señor puede ayudarnos a tener una visión distinta de la realidad y a tomar postura desde otros criterios: Este es mi Hijo, ¡escúchenlo!

JUZGAR

Lo primero es clarificar el sentido de esta fiesta: ¿por qué el tiempo de Navidad termina, precisamente, con el acontecimiento del bautismo de Jesús en el Jordán? Los evangelios tratan de ubicar el proceso de vida del nazareno en función del Reino de Dios que ha venido a proclamar; a través de ellos sabemos que nació en Belén, y que luego vivió, obedeciendo a sus padres, en Nazaret y que, junto a ellos, cumplía con las leyes y las tradiciones judías. Lo último que nos dicen de su vida antes de aparecer en el Jordán a sus 30 años, aproximadamente, es lo que Lucas (el único de los evangelistas) nos relata cuando Jesús tendría unos 12 o 13 años: durante las fiestas de Pascua decidió, por propia iniciativa, permanecer en el Templo, junto a los doctores de la ley, discutiendo las Escrituras; un gesto de osadía, desobediencia, o autodeterminación que terminó con el regreso a Nazaret, donde creció en saber, estatura y gracia delante de Dios y de los hombres (2,41-52).

No sabemos nada de lo que Jesús hizo durante esos años, si trabajó en el taller con su padre, si viajó, si fue obrero o empleado… Los evangelistas lo reintegran en la escena de la historia humana con el acontecimiento del bautismo en el Jordán y con el testimonio de Juan, quien había anunciado su venida (Mt 3,1-17; Mc 1,1-10; Lc 3,1-22 y Jn 1,19-34). El bautismo en agua, como símbolo de renovación y purificación, y la presencia del Espíritu, como símbolo de la unción profética, marca el inicio de la misión de Jesús como Mesías. La natividad de Jesús termina para dar paso al ministerio de Jesús. Esta fiesta nos dispone y nos prepara para seguir a Jesús en su predicación de la Buena Nueva, hasta llegar, con Él, a los días de su pasión, muerte y Resurrección.

Los textos de la liturgia trazan un proceso que nos permite comprende, de manera clara, tanto el sentido del bautismo de Jesús, como el significado y el alcance de nuestro propio bautismo.

El primero es del profeta Isaías (40,1-5.9-11) y es iluminador ver cómo contiene la misma advertencia con la que se inicia el Adviento: preparen los caminos del Señor… (40,3//Lc 3,4). Esto quiere decir que, no importando el momento o el tiempo, estamos invitado a preparar constantemente los caminos que nos conducen a la libertad y a la plenitud, y a ser conscientes de que la vida de un creyente se vive siempre de conversión en conversión: de encuentros y desencuentros, de fracasos y de logros, de caer muchas veces y levantarnos otras tantas.

Desde esta perspectiva, nuestro bautismo, como el de Jesús, es un modo de preparar los caminos e iniciar una vida con la mirada en el horizonte, en la trascendencia, y no como el punto final a cual sólo llegan, y se quedan, los que no tienen expectativas…

El segundo texto, de la carta de Pablo a Tito, no es más que una confirmación de la Epifanía de Dios en la historia humana y del sentido que cobra para nosotros el bautismo de Jesús:

La gracia de Dios se ha manifestado para salvar a todos los hombres… Al manifestarse la bondad de Dios, nuestro salvador, y su amor a los hombres, él nos salvó, no porque nosotros hubiéramos hecho algo digno de merecerlo, sino por su misericordia. Lo hizo mediante el bautismo, que nos regenera y nos renueva, por la acción del Espíritu Santo, a quien Dios derramó abundantemente sobre nosotros, por Cristo, nuestro Salvador (2,11; 3,4-7).

Si la acción del Espíritu nos renueva y nos regenera, como apunta Pablo, esto implica que nuestra vida de bautizados está en función del futuro y de una misión salvadora, nacida del evangelio, para actuarse en el mundo y en la historia. Nos convertimos, así, en protagonistas de una nueva creación.

Por último, el evangelio de Lucas nos habla de las expectativas del pueblo y de la confusión por la que pasaba la gente para identificar al Mesías prometido (v. 15). El texto se compone de dos momentos, uno en función del otro. En el primero, Juan aclara las dudas, describe al Mesías y anuncia su venida. Pero además, precisa las características del bautismo que hemos de recibir de sus manos: Él los bautizará con Espíritu y fuego (v. 16). Es decir, un bautismo totalmente transformador y comprometedor. En el segundo momento, encontramos la manifestación (Epifanía) de Jesús entre la gente y ante el pueblo:

Mientras este oraba, se abrió el cielo y el Espíritu Santo bajó sobre él en forma sensible, como de una paloma, y del cielo llegó una voz que decía: “Tú eres mi Hijo, el predilecto; en ti me complazco” (vv. 21-22).

Lo que Juan predijo al pueblo, ahora se hace presente; de entre todos los hombres, tú eres mi Hijo, el predilecto. Además, la actitud de Jesús nos muestra la importancia de la misión que implica la decisión bautizarse:

  • Antes de ser señalado como predilecto, Jesús hacía fila, estaba entre la gente que se bautizaba. Compartía la misma fe y las mismas expectativas del pueblo.
  • Jesús oraba antes de ser bautizado; preparó este gran momento en relación íntima con Dios y puso su vida en sus manos. La oración nos dispone para abrirnos a los proyectos del Padre: mientras oraba, se abrió el cielo… (v. 21).
  • Sobre Él bajó el Espíritu Santo, es decir, fue ungido como Mesías, como profeta definitivo y, solo entonces, como el predilecto: en ti me complazco (v. 22).

No cabe duda que con este panorama nuestra experiencia bautismal debería redimensionarse, pasar de la “conversión diabólica”, de la que hablamos al inicio, a la conversión de la gracia, aquella que nos ha enseñado -como dice Pablo- a renunciar a la vida sin religión y a los deseos mundanos, para que vivamos, ya desde ahora, de una manera sobria, justa y fiel a Dios (Tit 2,12). Estamos llamados a vivir el bautismo, insistimos, en función del futuro, ya desde ahora, y no anclados a la pasividad de un ritual que siempre concluye con un “…puede irse en paz, la celebración ha terminado”.

La razón es muy sencilla, pero contundente: después de ser bautizado, Jesús, lleno de Espíritu Santo, se alejó del Jordán y se dejó llevar por el Espíritu al desierto, donde permaneció cuarenta días tentado por el Diablo… Impulsado por el Espíritu, Jesús volvió a Galilea…, fue a Nazaret y le entregaron el libro del profeta Isaías: lo abrió y encontró el texto que dice:

El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido para que dé la Buena Noticia a los pobres, me ha enviado a anunciar la libertad a los cautivos y las vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos, para proclamar el año de gracia del Señor (LC 4,1-2.14.16.17-19).

Jesús, que al ser bautizado fue fortalecido con el Espíritu, lucha en el desierto contra el diablo, por una “conversión diabólica” (poder, poseer y tener fama), a la que se sobrepone y sale victorioso para vivir según la gracia y anunciar la Buena Nueva a los pobres.

ACTUAR

Cada una y cada uno tendrá que descubrir la propia misión que, al ser bautizados, se nos ha encomendado. Pero no es fácil, por ello, al igual que Jesús en el Jordán, debemos orar para estar abiertos a la Voluntad de Dios y ser conscientes de que también nosotros, al ser ungidos, seremos señalados como Él: “tú eres mi hijo, el predilecto; en ti me complazco”.

Si no supiéramos qué hacer ni cómo actuar, el profeta Isaías nos da la pauta:

Sube a lo alto del monte, mensajero de buenas nuevas a Sión; alza la voz con fuerza, tú que anuncias noticias alegres a Jerusalén. Alza la voz y no temas; anuncia a los ciudadanos de Judá: “Aquí está su Dios” (40,9).

Si no eres consciente del día de tu bautizo, escudriña, entonces, el sentido del sacramento y descubrirás, tal vez, los compromisos bautismales; cuando esto suceda, sabrás entonces cuáles son los tuyos y cuál es tu misión, ya desde ahora…

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.