Córtala…

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SONY DSC28 DE FEBRERO DE 2016.

TERCER DOMINGO DE CUARESMA

En este tiempo de Cuaresma nos ubicamos ya en el tercer domingo, y la Liturgia de la Palabra nos ofrece los siguientes textos: Ex 3,1-8.13-15; 1Cor 10,1-6.10-12 y Lc 13,1-9.

VER

Debo confesar que las lecturas de este domingo me han hecho sentir confundido, como si tuviera delante de mí un complicado rompecabezas, con varias piezas sueltas, cada una con una razón de ser y de estar, pero que deben ser ensambladas para llegar a ser y formar parte de un todo en el que encajan a la perfección.

Tenemos, por un lado, el texto del libro del Éxodo que, más allá de darnos simples ideas, nos arroja símbolos, profundos, fuertes y determinantes para la comprensión de la revelación veterotestamentaria: Moisés, la zarza, la tierra sagrada que no se debe pisar con los pies calzados, el actuar de Dios que sabe lo que está pasando con su pueblo en Egipto y la decisión de liberarlo para llevarlos a una tierra generosa; cuatro versículos faltantes (9-12) que nos ayudarían a entender la respuesta de Moisés y saber lo que Yahvé le ha pedido en concreto; además, el nombre de Yahvé (menudo concepto teológico que sólo se comprende con un ejercicio de fe, contemplación y discernimiento).

Por otro lado, nos encontramos con un texto breve de la primera carta de Pablo a los corintios, donde hace una reflexión sobre el comportamiento humano en dos momentos: uno, mirando al pasado a través del camino de Israel por el desierto; otro, con una mirada en el presente, advirtiendo que el pasado es una lección para los que vivimos en los últimos tiempos (10,11). En ambos momentos insistirá que la presencia de Dios, como la de Cristo, es determinante para la vida de Israel y de los creyentes.

Por último, el evangelio de Lucas, organizado también en dos partes: en la primera, invita a la conversión sincera para no perecer y ser condenados; en la segunda, nos propone el ejemplo de la higuera estéril, posiblemente como la imagen del hombre que no produce nada y sólo vive de una tierra generosa y del cuidado de otros; allí, se entabla una disyuntiva en torno a cortar la higuera o dejarla vivir un tiempo más.

¿Cómo compaginar todos estos elementos en una sola enseñanza?: la cuaresma puede ser nuestro hilo conductor y la higuera la clave.

JUZGAR

La cuaresma es un tiempo que nos invita a la conversión, entendida como un proceso de cambios radicales en la forma de pensar, de actuar y de vivir de un individuo y de la sociedad, en función de su relación consigo mismo, con los demás y con Dios. Pero es también un tiempo de encuentro, entre Dios y el hombre; con la peculiaridad de que es Dios quien sale al encuentro del hombre y de su pueblo. En este sentido el libro del Éxodo, en el texto que hoy leemos, es claro; el proceso se da de la siguiente manera:

Todo parte de la vida cotidiana, desde la historia misma del humanidad, allí donde Moisés pastoreaba el rebaño de su suegro (Ex 3,1); el hombre en el que Yahvé pone su mirada es, simple y sencillamente, un pastor, que ha tomado la decisión de ir más allá del desierto, tal vez en busca de algo mejor para el rebaño, o para él y los suyos. Se atrevió a salir de la sequedad cotidiana hasta llegar al Horeb, el monte del Señor (v. 1). Esta actitud, atrevida y ambiciosa, pudo ser la razón por la cual Dios se fijó en él y lo eligiera como el liberador de su pueblo. En todo ello se prefigura lo que más tarde sucederá: Moisés guiará Israel por el desierto hasta el Sinaí, al encuentro con su Dios.

En ese monte tiene lugar un encuentro inesperado; Dios toma la iniciativa y sorprende a Moisés: el Señor se le apareció en una llama que salía de un zarzal (v. 2). Lo llama por su nombre y se presenta: Soy el Dios de tus padres… (v. 6). No es un Dios desconocido ni ajeno a Moisés, forma parte de su vida y de la historia de su pueblo; pero ahora lo conocerá de otra manera, desaprendiendo y dejando a un lado el camino recorrido: Quítate las sandalias… (v. 5). Dice Schökel que el acercamiento de Moisés -y del ser humano- no es de cualquier modo, debe quitarse las sandalias y cubrirse el rostro en gesto de respeto y veneración (La Biblia de Nuestro Pueblo). Moisés ha venido de más allá del desierto a una tierra sagrada (v. 5) que le depara retos insospechados e ineludibles. Resulta interesante ver cómo este encuentro va en crescendo, cada vez más profundo y más comprometedor… Yahvé, en un gesto de confidencialidad, se sincera con Moisés y le habla del dolor de su corazón: He visto la opresión de mi pueblo…, he oído sus quejas…, he descendido para liberarlo y llevarlo a una tierra que mana leche y miel (vv. 7-8).

Moisés se enfrentará a un cambio de paradigmas: ha venido al monte asumiendo las responsabilidades que lo implicaban como pastor de su suegro, pero ahora Dios, presente en la zarza, lo lleva a descubrir su vocación verdadera: Y ahora, anda, que te envío al faraón para que saques de Egipto a mi pueblo, a los israelitas (v. 10). No será fácil, Moisés sólo se mira como pastor y se siente solo: ¿Quién soy yo para acudir al faraón… (v. 11); su resistencia es infructuosa porque ahora Yahvé, definitivamente, forma parte de su vida y la transforma: Yo estoy contigo… (v.12).

Moisés acepta, pero se muestra escéptico: cuando me pregunten cuál es tu nombre, ¿qué les voy a responder? (v. 13). Todos los dioses tiene nombre, pero el nombre los limita en sí mismos; en cambio, Yahvé es el Dios de un pueblo, no el dios de un nombre común. Mi nombre es “Yo-soy”… Esto les dirás a los israelitas: “Yo-soy me envía a ustedes” (v. 14). Podríamos decir entonces que el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob no es nombrable, sino que es un Dios es identificable. “Yo-soy” es identidad plena, acción eficaz, presencia ineludible; “Yo-soy” es una toma de postura, una afrente al faraón y a los dioses que oprimen y esclavizan al pueblo… Simplemente ¡Es!.

Esta revelación de la identidad divina y de su compromiso total y eterno con el oprimido adquiere un nuevo sentido en la época del exilio israelita en Babilonia (587-534 a. C.). Esta es la Buena Noticia: el dios o los dioses que justifican la opresión y las políticas del faraón no tienen nada que ver con el Dios de la justicia y de la libertad; “Yo soy” es el Dios que rescata, el Dios que se lo juega todo a favor de la vida y de la libertad del oprimido (L. A. Schökel, La Biblia de Nuestro Pueblo).

Conocer el nombre de Dios resulta comprometedor: Este es mi nombre para siempre. Con este nombre me han de recordar de generación en generación (v. 15).

El proceso del encuentro de Moisés con Dios puede ser también el nuestro; de hecho, nuestra condición humana es ya el inicio, sólo falta que nos atrevamos a salir de nuestros desiertos y caminar hacia el monte del Señor, que puede ser la vida más allá de nuestros límites subjetivos, el otro como hermano o el mundo como casa común. Si lo hacemos, Dios nos sorprenderá (si no es que ya lo ha hecho), tal vez no en una zarza que arde, sino en las realidades que abrazan la vida y se convierten en los signos de los tiempos. Tendremos que descalzarnos para caminar de manera distinta sobre una tierra que es sagrada y merece nuestro respeto; tendremos que soltarnos de las cosas que nos atan a las seguridades y a los convencionalismos, y ser empáticos con aquello que está frente a nosotros. No importa lo que seamos (pastores, maestros, amas de casa, oficinistas, empresarios…), nuestro nombre será pronunciado por la boca de Yahvé y seremos convocados a liberar, a hacer justicia, a luchar por la paz.

El clamor del pueblo grita frente a nosotros, busca con desesperación una luz de esperanza y la certeza de que algo diferente es posible. Dios nos dirá, ¡vayan! Lo que ellos buscan “Yo-soy”. Nosotros lo debemos anunciar.

Así, la cuaresma nos invita a una conversión que implica un cambio total de nuestra persona: quitarse los zapatos…

Como acaeció a Moisés cuando sintió que Dios le hablaba, cegado de aquél gusto y apetito, sin más consideración, se atrevía a llegar, si no le mandara Dios que se detuviera y se descalzara. Por lo cual se denota el respeto y discreción en desnudez de apetito con que se ha de tratar con Dios…, porque quitados los zapatos de los apetitos y gustos, conocía su miseria grandemente delante de Dios, porque así le convenía para oír la Palabra de Dios (S. Juan de la Cruz, 1N 12,3).

Pablo, por su parte, siguiendo este proceso de conversión, nos ayuda a comprender que la cuaresma es también un tiempo para creer profundamente y renovar nuestra fe; confiar absolutamente en Dios. Nos recuerda cómo algunos de entre el pueblo hebreo, a pesar de haber sido liberados por el Dios de sus padres, no aceptaron la razón de ser de “Yo-soy” en sus vidas, por eso la mayoría de ellos desagradaron a Dios y murieron en el desierto (1Cor 10,5); es decir, no fueron capaces de ir más allá del desierto para encontrarse con Él. Así pues, el que crea estar firme, tenga cuidado de no caer (10, 12).

¿Cuidado de no caer? Así es, Lucas, en la primera parte de su evangelio, concluye: si ustedes no se convierten, perecerán de manera semejante (13, 5).

Entonces les dijo esta parábola: Un hombre tenía una higuera plantada en su viñedo, fue a buscar higos y no los encontró. Dijo entonces al viñador: “Mira, durante tres años seguidos he venido a buscar higos en esta higuera y no los he encontrado. Córtala. ¿Para qué ocupa la tierra inútilmente?”. El viñador le contestó: “Señor, déjala todavía este año; voy a aflojar la tierra alrededor y a echarle abono, para ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortaré” (13, 6-8).

Es inaudito, pero así como la cizaña (Mt 13,20), también la higuera estéril tiene el derecho divino de vivir, de permanecer hasta el final y de ser digna de confianza: Señor, déjala todavía este año (v. 8).

La higuera se convierte en símbolo de la comunidad, de la Iglesia, detrás del cual está la bondad, la misericordia y la generosidad de Dios: en su viña hay espacio y cabida para lo que es distinto, como la higuera. Pero también es reflejo de las exigencias del reino (la viña): fue a buscar frutos y no los encontró (v. 6).

La cuaresma es tiempo de conversión, pero una conversión que nos debe llevar a la renovación, a la resurrección. Los tres años seguidos (v. 7) durante los cuales el hombre esperaba encontrar higos, pueden simbolizar, a su vez, los tres días que Jesús permaneció en el sepulcro antes de resucitar. Si no hay frutos no hay futuro, no hay resurrección: Córtala. ¿Para qué ocupa la tierra inútilmente? (v. 7).

La resurrección es un gesto de Dios para aquellos que han cumplido su voluntad; “Yo-soy” actúa en la historia humana para liberar, para sanar y para dar vida. La actitud del viñador es reflejo de ello: déjala todavía este año; voy a aflojar al tierra alrededor y a echarle abono, para ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortaré (vv. 8-9). Si la higuera es la comunidad, la Iglesia, el viñador representa la mediación humana por medio de la cual Dios actúa en la historia de los hombre; el viñador somos nosotros.

El pecado, los apetitos desenfrenados, la codicia y, en definitiva, el irrespeto a la vida, son las actitudes que nos juzgan y condenan y pueden producir un desenlace peor que si nos cayera encima una torre. El creyente ha de vivir, según el criterio de Jesús, en actitud constante de producir buenos frutos, eso es lo que quiere indicar con la parábola de la higuera y el labrador. Dios nos ha dotado a cada uno con la capacidad de hacer el bien, de cultivar la justicia y de mantener unas relaciones sanas con los demás y con Dios mismo; pero como dueño y Señor de esas higueras que somos nosotros, puede exigirnos y pedirnos cuentas (L. A. Schökel, La Biblia de Nuestro Pueblo).

ACTUAR

Sin menoscabo ni desprecio de la verdadera y sincera conversión personal, ésta no es del todo real y eficaz si no se da en el contexto de una conversión social, comunitaria o estructural. Es decir, si hay un pecado social debe gestarse una conversión social, eclesial y comunitaria.

La higuera estéril es signo de esta comunidad, que formamos los bautizados, que no da frutos; pero estamos llamados a romper los paradigmas, abonar la tierra y confiar que el Señor, siempre, nos otorga uno año más.

¿Qué significa aflojar la tierra y abonarla?:

La proporción del fenómeno, la complejidad de sus causas, la inmensidad de su extensión, como metástasis que devora, la gravedad de la violencia que disgrega y sus trastornadas conexiones, no nos consienten a nosotros, Pastores de la Iglesia, refugiarnos en condenas genéricas –formas de nominalismo– sino que exigen un coraje profético y un serio y cualificado proyecto pastoral para contribuir, gradualmente, a entretejer aquella delicada red humana, sin la cual todos seríamos desde el inicio derrotados por tal insidiosa amenaza. Sólo comenzando por las familias; acercándonos y abrazando a la periferia humana y existencial de los territorios desolados de nuestras ciudades; involucrando las comunidades parroquiales, las escuelas, las instituciones comunitarias, la comunidades políticas, las estructuras de seguridad; sólo así se podrá liberar totalmente de las aguas en las cuales lamentablemente se ahogan tantas vidas, sea la vida de quien muere como víctima, sea la de quien delante de Dios tendrá siempre las manos manchadas de sangre, aunque tenga los bolsillos llenos de dinero sórdido y la conciencia anestesiada (Papa Francisco, Encuentro con los Obispos de México).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

Hagamos tres tiendas…

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juárez21 DE FEBRERO/2016

SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA

Las lecturas para este segundo domingo de Cuaresma son, para la primera lectura Gn 15,5-12.17-18, la segunda lectura está tomada de la carta de Pablo a los Filipenses 3,17-4,1 y el evangelio es de Lucas 9,28-36.

VER

Viendo las escenas de la visita del Papa Francisco al penal (CERESO) de Ciudad Juárez (Chihuahua), durante el último día de su visita pastoral a México, me preguntaba si los presos no habrán deseado que el Papa se quedara con ellos, o que ese día fuera eterno. Y me lo preguntaba no por ociosidad mental o por hacer una pregunta cualquiera, al azar, sino porque ellos mismos lo expresaban con sus gestos, sus palabra y sus cantos.

Me pareció de una particularidad especial, y que tiene que ver directamente con mi pregunta, el momento en que los 50 reclusos elegidos por buena conducta, pasaron a saludar al papa; ese momento fue acompañado por una melodía, interpretada por el coro del penal, que deja ver ese deseo de una presencia perenne: “Bésame mucho”.

Bésame mucho…, como si fuera esta noche (este día) la última vez. Bésame mucho…, que tengo miedo perderte, perderte después.

Quiero tenerte muy cerca, mirarme en tus ojos, verte junto a mí. Piensa que tal vez mañana yo ya estaré lejos, muy lejos de aquí…

El Papa, acercándose a ellos, al resto de los reclusos, como una especie de “epifanía”, oró en silencio y una nube de lágrimas y sentimientos encontrados… les dio paz y esperanza.

Su visita quedará grabada en nuestros corazones. Su amable presencia de peregrino nos llena de ilusión y alegría; pues la visita que recibe un interno se convierte en un alimento que nos nutre de fe y esperanza de pronto volver a casa y reencontrarnos con los nuestros

Esta experiencia nos va transformando; al inicio de este viaje llamado cárcel nos sentimos expuestos, vulnerables, solos… En este mundo gris, donde todos los día parecen ser iguales… ¡Hagamos tres tiendas…!

(Evelia Quintana, reclusa).

JUZGAR

El evangelio de Luca nos narra un acontecimiento extraordinario en la vida de Jesús, pero más extraordinario todavía para aquellos que lo presenciaron: la transfiguración.

Jesús subió al monte para orar, acompañado de Pedro, de Santiago y de Juan (9,28). Subir simboliza ese movimiento que nos conduce a lo alto, para encontrarnos con Dios. Cuando ese encuentro se logra y es profundo, el aspecto de la persona cambia, se hace radiante, porque se llena de la presencia de Dios que nos transforma con su amor y su misericordia. Su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se hicieron blancas y relampagueantes (v. 29).

Además, en este encuentro, aparecen Moisés y Elías (v. 30), quienes, más allá de representar la antigua tradición, son los guías de un pueblo que debe mantener su fe en el único Dios: Moisés, en el Sinaí, conduce a los israelitas hacia el pacto con Yahvé: Amarás al Señor, tu Dios, y sólo a él; Elías, en el Carmelo, ante los fracasados profetas de Baal, arranca de la boca del pueblo la profesión de fe en el único Dios: ¡Yahvé es Dios, Yahvé es Dios!

Ahora, Pedro, Santiago y Juan vieron la gloria de Jesús (v. 32) y quedaron asombrados, sintiendo, tal vez, una paz que nunca habían experimentado, de tal manera, que desearon permanecer allí, instalarse por algún tiempo. Pedro propone, para ello, hacer tres tiendas (v. 33), como tratando de “aprisionar” esa presencia divina y tenerla cerca, entre ellos, al igual que el pueblo hebreo en su caminar por el desierto que contaba con la presencia de su Dios en la tienda en medio de ellos.

Una nube densa los cubrió y los llenó de miedo (v. 34); una nube que ya no les permite ver nada, pero que logra captar su atención en lo esencial de esta manifestación; lo único que deben desear, esperar y buscar: Éste es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo (v. 35).

En este sentido, Evelia, quien es la voz de miles de mujeres y hombres que están presos en las cárceles del mundo “deseaba” hacer tres tiendas. Su encuentro con el Papa, quien subió al monte de los olvidados, se convierte en encuentro con Dios, en manifestación que transfigura: Esta experiencia nos va transformando; al inicio de este viaje llamado cárcel nos sentimos expuestos, vulnerables, solos… En este mundo gris, donde todos los días parecen ser iguales…

Es aquí, precisamente, ante la miseria del hombre, donde el evangelio alcanza su mayor fuerza y riqueza:

ACTUAR

Éste es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo:

La preocupación de Jesús por atender a los hambrientos, a los sedientos, a los sin techo o a los presos (Mt 25,34-40) era para expresar las entrañas de la misericordia del Padre, que se vuelve un imperativo moral para toda sociedad que desea tener las condiciones necesarias para una mejor convivencia. En la capacidad que tenga una sociedad de incluir a sus pobres, sus enfermos o sus presos está la posibilidad de que ellos puedan sanar sus heridas y ser constructores de una buena convivencia. La reinserción social comienza insertando a todos nuestros hijos en las escuelas, y a sus familias en trabajos dignos, generando espacios públicos de esparcimiento y recreación, habilitando instancias de participación ciudadana, servicios sanitarios, acceso a los servicios básicos, por nombrar sólo algunas medidas. Ahí empieza todo proceso de reinserción (Papa Francisco, mensaje a los reclusos del CERESO de Cd. Juárez).

Un proceso de reinserción es un proceso de transfiguración; nuestro trabajo, nuestra presencia y nuestro compromiso con los olvidados y “descartados” de este mundo es, potencialmente, una manifestación que genera paz, tranquilidad y esperanza. Hagamos tres tiendas…

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

Fidelidad, generosidad, honestidad…

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jesus-desierto14 DE FEBRERO DE 2016

PRIMER DOMINGO DE CUARESMA

La Liturgia de la Palabra nos propone para este primer domingo de Cuaresma los siguientes textos: Dt 26,4-10; Rm 10,8-13 y Lc 4, 1-13. Los tres resaltan la disyuntiva por la que pasa un creyente en el conflicto, a veces de fe, entre adorar y ser fiel a Dios, o a otros dioses.

VER

Viendo los contenidos de las lecturas me surge la inquietud de reflexionar en torno a tres conceptos, aunque pudiera haber más: fidelidad, generosidad y honestidad. Los tres juegan un papel fundamental en toda relación humana, y generan una reciprocidad dentro de esa misma relación, y en este ámbito de las relaciones humanas debemos considerar también la que se entabla con Dios.

No importando de qué tipo de relación hablemos, que pude ser entre cónyuges, padres e hijos, pueblo y gobernantes, amigos, trabajador y empresa, etc., la clave que las sostiene y que enriquece el sentido de pertenencia y permanencia es, justamente, el trato fiel, generoso y honesto, que debe ser además mutuo entre las partes que han abierto una relación y viven desde ella.

La fidelidad nace de la confianza en otro, es una experiencia que se alimenta del creer, de la fe (de la fides), y se ejerce de manera evidente a través de la lealtad mutua. Se cree en las palabras, en las promesas, en el amor ofrecido, en el tiempo dedicado, en la presencia incondicional, en el silencio contemplativo… La fidelidad es el modo de confirmar siempre que se tiene fe en alguien. Pero, cuando la desconfianza, por la razón que sea, permea una relación, entonces se rompe la armonía, se deja de creer y la deslealtad se convierte en acto y signo de infidelidad.

La generosidad es algo más que dar con abundancia; es en realidad la capacidad de generar, de dar a luz, de producir. Una relación generosa es aquella que tiene sus raíces en el amor, en la libertad y en el servicio muto; produce y provoca alegría, sonrisas, desapegos, caricias, abrazos; genera proyectos e ideales, pero el más elocuente de los signos es dar la vida, consagrándola o gestando un hijo. Es por eso que no hay generosidad si sólo hay egoísmo, porque entonces no se produce nada, no se espera nada.

La honestidad es cuestión de honor y dignidad; estima por la propia persona y respeto por ella. Se vive desde la transparencia, la sinceridad y la coherencia; es un signo de madurez y seguridad. Una relación nace cunado se percibe la honestidad del otro, cuando la transparencia permite ver la abundancia de su corazón y la solidez de sus ideas. Un yo deteriorado, maltrecho y sumido en la mentira quebranta el honor de una persona y la hace deshonesta.

¿Cómo describir una relación fiel, generosa y honesta? Tal vez estos versos de Mario Benedetti vengan al caso:

Tus manos son mi caricia, mis acordes cotidianos; te quiero porque tus manos trabajan por la justicia…

 Si te quiero es porque sos mi amor mi cómplice y todo y en la calle codo a codo somos mucho más que dos.

 Tus ojos son mi conjuro contra la mala jornada; te quiero por tu mirada que mira y siembra futuro.

 Tu boca que es tuya y mía, tu boca no se equivoca; te quiero porque tu boca sabe gritar rebeldía.

 Si te quiero es porque sos mi amor mi cómplice y todo y en la calle codo a codo somos mucho más que dos.

JUZGAR

Las primeras palabras del libro del Deuteronomio (26,4-10) son expresión de la relación que existe entre Dios e Israel; relación que se vive desde la fidelidad, la generosidad y la honestidad: el pueblo es fiel porque ofrece lo que produce a su Dios, y no a otro; es generoso pues corresponde a la generosidad de Yahvé, quien los ha liberado de la esclavitud, dándoles (generando) libertad y una tierra abundante de la que mana leche y miel; es honesto porque su honor radica en la fidelidad a su Dios y, por eso, ofrece generoso su ofrenda con las primicias de su trabajo:

Cuando presentes las primicias de tus cosechas, el sacerdote tomará el cesto de tus manos y lo pondrá en el altar del Señor, tu Dios. Entonces tú dirás estas palabras ante el Señor, tu Dios: …El Señor nos sacó de Egipto con mano poderosa y brazo protector, con un terror muy grande, entre señales y portentos; nos trajo a este país y nos dio esta tierra, que mana leche y miel. Por eso ahora yo traigo aquí las primicias de la tierra que tú, Señor, me has dado (vv. 4-5.8-10).

Pablo a los Romanos (10,8-13) explica como es, o debe entenderse, el asunto de la fe que predicamos (v. 8), asunto de fidelidad: la generosidad de Dios se encuentra en la salvación que recibe el creyente y esa relación entre Dios y el hombre pide reciprocidad, cifrada en dos gestos: proclamar que Jesús es el Señor y creer que Dios lo resucitó (v. 9). En el proclamar está la honestidad, porque es un declarar con firmeza lo que se cree, y en el creer radica la generosidad porque se trata de creer con el corazón:

En efecto, hay que creer con el corazón para alcanzar la santidad y declarar con la boca para alcanzar la salvación (v. 10).

Por último, el evangelio de Lucas nos narra el episodio de las tentaciones de Jesús en el desierto. Encontraremos, por un lado, una explicitación muy clara de los tres conceptos que hasta ahora hemos seguido y, por otro lado, una enseñanza radical, desde la superación de las tentaciones, para nuestra vida.

Lo primero. No cabe duda de que en las actitudes de Jesús encontramos un gesto inquebrantable de fidelidad a Dios; el demonio no representa nada para él, sólo su Padre. Su generosidad se hace evidente en la lucha contra las propuesta de poder, poseer y gloria que el diablo le presenta; Jesús rompe con todo eso y gesta (genera) una nueva propuesta basada en la Voluntad del Padre, en la fidelidad a Él y en la justicia. La honestidad se logra en la fortaleza y la confianza en sí mismo, porque es tentado como hombre y, sin hacer uso de sus privilegios como Hijo de Dios, desde allí se sobrepone a las adversidades. No pone en entredicho la condición humana, la dignifica y, así, orienta los pasos de todo hombre.

Lo segundo. Las tentaciones poseen una enseñanza que debemos leer y comprender desde otra perspectiva, haciendo un esfuerzo por pasar del ámbito puramente individual al ámbito eclesial y comunitario. ¿Cómo puede ser esto?

José Ignacio González Faus, al hacer un análisis del simbolismo representado en las tentaciones de Jesús, nos dice que lo primero es reconocer el evidente paralelismo entre los cuarenta días de Israel en el desierto y las pruebas a las que fue sometido y los cuarenta días de Jesús en el desierto, con sus respectivas pruebas.

Este esquema -dice Faus- quieren los evangelistas que lo mantengamos presente en toda la vida de Jesús que va a seguir, pero sustituyendo la caída de Israel por la victoria de Jesús como el verdadero pueblo de Dios y, por tanto, como la verdadera realización del plan salvador de Dios que el pueblo antiguo no logró encarnar: el verdadero cumplimiento de la promesa de un pueblo con corazón nuevo y la ley de Dios inscrita en él.

Todo esto significa para nosotros que las tentaciones afectan a Jesús en su carácter de Elegido, o en su filiación… Son por tanto tentaciones mesiánicas. Por ello no deben ser miradas en el paralelismo con las tentaciones individuales de cada hombre, sino más bien en paralelismo con las tentaciones de la Iglesia (La Humanidad nueva, 1974).

Podemos distinguir tres tentaciones que nos atañen a todos y que al irse fraguando en nuestros corazones van desfigurado el rostro humano de la sociedad y de la Iglesia en particular:

  1. La tentación de la religión: consiste en el uso de Dios y de la relación privilegiada con Él, como medio para alterar la condición humana en beneficio propio (primera tentación) y postrarnos, entregarnos, a otros poderes (segunda tentación) que aportan ciertos beneficios (políticos o económicos) con los que la Iglesia deja de ser lo que debe ser. “Convertimos” las piedras en pan para saciar el hambre de privilegios y olvidamos que no sólo de pan vive el hombre (v. 4). Aquí se pone a prueba la fidelidad.
  2. La tentación de la prueba: dejarse llevar para ver desde la perspectiva del maligno (de lo alto) todos los reinos de la tierra y sucumbir a su voz que dice: A mí me ha sido entregado todo el poder y la gloria de esos reinos, y yo los doy a quine quiero. Todo esto será tuyo, si te arrodillas y me adoras (vv. 6-7). Esta tentación pone en juego la generosidad: todo el poder, toda la gloria, todo será tuyo… Pero Jesús se mantiene en pie con una generosidad que surge de la abundancia de su corazón, cifrada en el servicio a Dios, y no de sus intereses personales: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él sólo servirás (v. 8). Aquí se pone a prueba la generosidad.
  3. La tentación del poder: dice Faus que el poder es para el hombre la característica más clara de la Divinidad, y es precisamente el lugar privilegiado del endiosamiento del hombre…, que hoy se lleva a cabo poniendo a Dios como fundamento del carácter absoluto que el poderoso se atribuye a sí mismo. El poder aparece como el último escalón de la idolatría… El poder del Estado y el poder de la Iglesia se han justificado y sostenido argumentando que son don de Dios y voluntad suya. Es de llamar la atención cómo el diablo sustenta el sentido del poder mesiánico de Jesús en la misma Escritura Sagrada, haciendo mención de los salmos (90): Los ángeles del Señor tienen órdenes de cuidarte y de sostenerte en sus manos, para que tu pie no tropiece con la piedras. Pero la integridad de Jesús, su honor y madurez no le permiten hacer uso del poder para salvarse a sí mismo y salvar al hombre. El hombre no es, para Jesús, un ser salvable a la fuerza…, ni la humanidad nueva se consigue con el poder. La honestidad de Jesús está cifrada en su fidelidad a Dios: no tentarás al Señor, tu Dios (v. 12); afirmación categórica que él también sustenta en las Escrituras y que pone en evidencia que esta tentación no es suya sino del pueblo, de la Iglesia: el mandato no tentarás al Señor, tu Dios pertenece a los preceptos dados al pueblo de Israel en el capítulo 6 del libro del Deuteronomio (v. 16), y que van precedidos por un mandato paralelo pero en sentido positivo: Amarás al Señor, tu Dios (v. 5). La tentación refleja, en el fondo, que el “amor/apego” por el poder sólo se supera con el amor a Dios. Aquí se pone a prueba la honestidad.

ACTUAR

El inicio de la Cuaresma nos pone un gran reto con este panorama. Es un tiempo de conversión, pero no hay conversión real si antes no se reconocen las tentaciones en las que sucumbimos o no somos capaces de superar.

El poder, el poseer y la vanagloria se han convertido en el modus vivendi de mucha gente, pero sobre todo de las instituciones, de los sistemas de gobierno y, por supuesto, de la Iglesia. El diablo nos pone a prueba y caemos, pero en ocasiones somos nosotros mismo quienes ponemos a prueba a los otros: ofrecemos poder, ofrecemos riquezas y hablamos de un poder, o de una autoridad, que ha nacido de un llamado de Dios…

Dios no nos llama a dominar, nos convoca desde su amor y nos envía a hacer justicia, a liberar a los esclavos, a romper las estructuras de la injusticia y a mantenernos de pie, como comunidad de creyentes, por medio de la fidelidad, la generosidad y la honestidad.

Concluyo con estas palabras de Monseñor Romero, pronunciadas precisamente en la homilía del primer domingo de Cuaresma el 24 de febrero de 1980, en torno al mismo texto de Lucas 4,1-13:

El proyecto de Dios es la sencillez del hombre que por la fe y viviendo su vida ordinaria, se gana la voluntad de Dios, se aviene a Dios. No es necesario hacer cosas ostentosas, no es necesario y hace mucho mal una religión triunfalista, una política triunfalista. Lo que hace falta es más solidez, la sencillez honrada de los hombres entregados al servicio de Dios. Ese es el proyecto de Dios: la vida sencilla, la ordinaria pero dándole un sentido de amor, de libertad. ¡Qué hermoso sería nuestro país si todos viviéramos este proyecto de Dios!, cada uno ocupado en su oficio, sin pretensiones de dominar y nada simplemente ganándose y comiendo con justicia el pan que necesita su familia. No habría toda esta tremenda situación que precisamente surge porque los hombres buscan un falso Mesías, como el que proponía Satanás.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

No temas…

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Rechazar-una-oferta-de-trabajoFEBRERO 7 DE 2016

DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO

Concluimos este breve período del Tiempo Ordinario (cinco semanas), para dar paso al Tiempo de Cuaresma, que iniciará el próximo miércoles 10 de febrero. Después de que Lucas ha presentado a Jesús dándose a conocer como el ungido (el capítulo 4 de los dos domingos anteriores), y cómo las autoridades y la gente, al escucharlo en la Sinagoga, reaccionaron con indignación y miedo, y trataron de matarlo, ahora nos encontramos con una serie de textos que nos presentan tres revelaciones de parte de Dios: se revela a Isaías (primera lectura), a Pablo (segunda lectura) y a Pedro (evangelio). A cada uno de estos personajes, después de la fuerte experiencia, los acompaña la certeza viva e indiscutible de ser enviados a cumplir una misión.

Los textos para este día son: Is 6,1-2.3-8; 1Cor 15,1-11 y Lc 5,1-11.

VER

En las diferentes realidades de la vida donde se palapa la interacción social y el trato interpersonal (trabajo, escuela, cónyuge, equipo deportivo, club, milicia) y en las que nos enfrentamos, en ocasiones, a la necesidad de seleccionar a alguien (personal, alumnos, pareja, empleado, especialista, técnico, líder), entra en juego la idea de perfección, o perfecto, como una exigencia necesaria para poder ser, precisamente, elegido.

Una evaluación, un examen psicométrico, una entrevista, o una prueba de habilidades permite saber, sobre todo en el ámbito empresarial, si la persona que ha sido evaluada es idónea, o no, para ocupar un determinado puesto; aun cuando no sea en modo explícito, los reactivos y las preguntas que se plantean, buscan poner en evidencia las capacidades del individuo. En otras palabras, queremos saber qué tan perfecto es para lo que necesitamos. Además, ésta búsqueda de lo idóneo, contempla otros parámetros, también medibles en la personalidad de un sujeto: apariencia, modo de hablar y de relacionarse, procedencia, nivel de estudios, títulos adquiridos, escuela de la que ha egresado, estado de vida, nivel socio-económico, estrato socio-cultural y, ¿por qué no?, religión, sexo y preferencias sexuales…

En todo proceso de selección siempre habrá aceptados y rechazados (nos cuesta decir “no aceptados”), acompañado de un veredicto que dice idóneo, o no idóneo… Los primeros, quedarán satisfechos por haber alcanzado su objetivo; los segundos, en cambio, decepcionados, se verán, tal vez, en la disyuntiva de darse por vencidos o comenzar de nuevo… No obstante el resultado final, es determinante la preparación que se tenga, la experiencia, mucha o poca, que se haya adquirido en la práctica de lo que se sabe hacer, pero sobre todo, la disponibilidad, la voluntad férrea, la disciplina y la firme decisión de hacer bien las cosas. Así es la vida.

Hay otras realidades en las que son determinantes los criterios morales, éticos o sociales (criterios humanos) con los que se decide si alguien es perfecto o no. Aquí nos encontramos con decisiones y posturas inquisitorias, ajenas a la persona enjuiciada, con las que se marca una indignante división entre justos e injustos, dignos e indignos, rectos y pecadores, puros e impuros…

Para ilustrar esto de algún modo, me gustaría compartir una anécdota, una experiencia, incómoda pero reveladora:

Hace ya algunos años (no importa cuándo), durante una celebración eucarística en el Templo del Carmen de Puebla, se acercaron a comulgar dos mujeres indígenas de la cierra poblana, formadas para comulgar entre la gente y ataviadas con sus vestidos típicos: un faldón negro adornado con bordados de hilo de colores en franjas y formas florales, un rebozo, un morralito, un niño tomado de la mano con calzón de manta y descalzas. Ambas iban serias, su trenza en la espalda rematada con listones muy coloridos, pero en un silencio profundo que reflejaba un fe viva, decidida y atrevida.

Al terminar la celebración, ya en el atrio, unas mujeres de la sociedad poblana (muy católica por cierto), pertenecientes a uno de esos grupos de laicos piadosos y disciplinados, observantes y dogmáticos; muy dignas ellas, pulcras y bien vestidas, se acercaron a uno de mis hermanos de comunidad, con un gesto de preocupación en la cara (como si hubieran visto al mismo diablo) y le dijeron: “Hermano, esas mujeres, las indígenas, ¡comulgaron…! ¿Se habrán confesado?”. Mi compañero, no pudo tener la mejor reacción ni la más increpante de las preguntas: “¿Ustedes, se confesaron…?”. Molestas e indignadas se fueron a otro lado.

Estos juicios a priori, tan hirientes e inhumanos, no hacen más que pisotear la dignidad de la gente, pero además, dejan ver la dureza del corazón y la ausencia de un amor capaz de mirar con bondad y misericordia al otro.

La perfección verdadera no se sustenta en la belleza convencional, en la precisión de los detalles o en la pulcritud de un sepulcro vacío…, sino en la sencillez y en la humildad del corazón humano.

No por nada Dios eligió a los locos del mundo para humillar a los sabios, Dios ha elegido a los débiles del mundo para humillar a los fuertes, Dios ha elegido a la gente sin importancia, a los despreciados del mundo y a los que no valen nada (1Cor 1,27-28).

¿Qué tiene que ver todo esto con la Liturgia de la Palabra de este domingo?

JUZGAR

Decíamos al principio que los textos nos hablarían de cómo Dios se reveló a tres personajes distintos, quienes de entrada, se consideran imperfectos para la misión que se les quiere encomendar:

  • Isaías se autodefine como un hombre de labios impuros (Is 6,5).
  • Pablo, por su parte, se ve a sí mismo como un aborto (1Cor 15,8).
  • Pedro, por último, echándose por tierra a los pies de Jesús (humillándose), dice: soy un pecador (Lc 5, 8).

Los tres, por el momento, dependen de dos realidades, ajenas a sí mismos, que condicionan y determinan sus vidas: por un lado, el juicio del hombre, del que han “asumido”, por la razón que sea, que son pecadores; por otro lado, la santidad de Dios, que los impacta y provoca en ellos la sensación de sentirse nada…

La labor profética de Isaías no es sencilla, los oráculos y las advertencias que debe pronunciar de parte de Yahvé no son bien recibidas por el pueblo; la Palabra de Dios es demasiado grande para él y su lenguaje poco apreciado por el hombre, por eso se considera un hombre de labios impuros y, por si fuera poco, habita en medio de un pueblo de labios impuros (v. 5). Peor consideración de su autoestima no podría haber: Isaías ha asumido la realidad de su pueblo y desde allí se mira. Pero esto a Yahvé no le importa, soluciona el problema tocando su boca con fuego del altar, con el fuego del Espíritu de Yahvé que lo consagra; después, haciéndole dos preguntas cargadas de una cierta ironía, obtiene la respuesta del profeta (vocación) para ser enviado:

Escuché entonces la voz del Señor que decía: “¿A quién enviaré? ¿Quién irá de parte mía?”. Yo le respondí: “Aquí estoy, Señor, envíame” (v. 8).

Pablo, a pesar de considerarse a sí mismo como un aborto, el último y más indigno de los apóstoles, comparte su experiencia a los corintios: se me apareció también a mí (1Cor 15, 8). Su lenguaje nos refleja la realidad en la que vive: perseguir a los cristianos no le permitía, tal vez, tener una buena reputación entre ellos y menos ahora que se le ha confiado la predicación de la Buena Nueva de Jesucristo; el modo como se autodefine, refleja probablemente la imagen que algunos en la comunidad tenía de él. Pero Pablo antepone a su realidad personal el objetivo de su misión: primero les recuerda que el Evangelio que predica es medio de salvación, que Cristo murió y resucitó para el perdón de los pecados y, segundo, reconoce que antes que a él, se apareció a Pedro, a los doce, a Santiago y a muchos hermanos (vv. 1-7). Tampoco en este caso lo que sucede importa al Señor, su gracia lo transforma todo: Por la gracia de Dios, soy lo que soy, y su gracia no ha sido estéril en mí… (v. 10).

Pedro es testigo de un gran milagro en el lago de Genesaret, con el cual Jesús se revela; lo que él ve lo sobrepasa y como si no fuera digno de ese privilegio y temiera además lo que sigue (el compromiso), reacciona de manera impulsiva: ¡Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador! La mentalidad de Pedro responde a la de su tiempo: nadie, a quien se le considere pecador, es digno de que Dios se le revele, ¿quién podría pensar que a un pescador de Galilea, terco e ignorante, se le confiara algo semejante? Pero eso no le importa a Jesús, Pedro es el indicado porque has sido capaza de reconocer su condición: No temas; desde ahora serás pescador de hombres (Lc 5,11).

Al respecto, Luis A. Schökel hace esta reflexión:

En todos los casos que nos narra la Biblia hay siempre una constante: Dios llama para confiar una misión; es decir, vocación y misión están íntimamente relacionadas. La vocación, don gratuito de Dios, implica una tarea, un compromiso para el llamado. La santidad de Dios sobrecoge al hombre… Con todo, el sentido de la experiencia de Isaías, de Pablo y de Pedro es que pese a la absoluta santidad de Dios, esa santidad no aniquila al ser humano. Éste puede ir poco a poco alcanzando mejores grados de calidad humana. Calidad de vida y santidad forman parte de la misma vocación humana (La Biblia de Nuestro Pueblo, comentario a Is 6,1-13).

ACTUAR

Estamos invitados a reconocer que la gracias de Dios (su presencia gratuita) nos ha transformado y, no importando qué creamos de nosotros mismos, nos envía a transformar el mundo con nuestra presencia, que también es una gracias, con lo que somos y podemos hacer.

Debemos limpiar nuestros juicios, o prejuicios, de todas aquellas categorías con las que calificamos a los demás, y a nosotros mismo, y aceptar que en realidad, Dios ha elegido a la gente sin importancia, a los despreciados del mundo y a los que no valen nada… para dar a conocer su Reino de paz, justicia y amor.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.