Si no veo y no toco…

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ver_para_creer11ABRIL 3 DE 2016.

SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA.

El segundo domingo de Pascua, que se une es secuencia al domingo de Resurrección, nos ofrece tres textos en los que se refuerza no sólo el acontecimiento de la resurrección de Jesús, sino la fuerza y los efectos transformadores que eso supone. La Primera Lectura es del libro de los Hechos de los apóstoles (5,12-16), la Segunda Lectura está tomada del libro del Apocalipsis (1,9-11.12-13.17-19) y el evangelio es de Juan (20,19-31).

VER

Nuestras capacidades sensoriales poseen una fase natural con las que se capta, de manera instintiva y pura, todo aquello que nos rodea: sonidos, olores, movimiento, formas, colores, sabores, texturas, temperatura, etc. No obstante, nuestras capacidades racional y volitiva, a través de las cuales comprendemos, juzgamos y decidimos, dan a los mismos sentidos otra fase que, más allá de ser instintiva, es selectiva.

Así, los seres humanos hacemos una selección, a veces minuciosa, de lo que nos gusta respecto de lo que no nos gusta, a través de cada uno de nuestros sentidos. Este proceso es un aspecto constitutivo en la construcción de la personalidad, ya que se integran los gustos propios, las preferencias, las expectativas y los intereses, que ayudan a que un individuo alcance sus ideales y sus metas. En ello se refleja la riqueza del ser humano y se confirma que cada uno es único e irrepetible.

Pero más allá de las preferencias materiales que se determinan a través de la selección sensorial, hay otros aspectos que también integran la vida de una persona y que no son materiales, como el amor, los sentimientos, los valores, el sentido de justicia, las opciones de vida, las relaciones sociales e interpersonales, las acciones solidarias…, que, de una u otra manera, también pasan por la selección sensorial. Podríamos decir, tal vez, al modo de los aristotélicos (modificando un poco la máxima) que no hay nada en la mente y en el corazón del hombre, que no haya pasado por los sentidos.

Con este presupuesto podemos llegar a la conclusión de que, por un lado, los sentidos modulan y canalizan nuestras experiencias estéticas, casi siempre subjetivas (lo que para mí es bello, para ti no lo es), y que, por otro lado, influyen también, querámoslo o no, en nuestra concepción y vivencia de la ética. Es decir, pasamos por el mismo filtro lo que nos parece bello y lo que nos parece bueno; lo que consideramos agradable y lo que consideramos justo; lo que es apropiado y lo que es moralmente aceptable… Todo tiene que ver con la satisfacción personal (que es subjetiva) y con lo que se ajusta a las necesidades y las expectativas propias; por eso, lo que no coincide con ese marco de referencias sensoriales, nos resulta repugnante y despreciable: un darketo, una lesbiana, un travesti, un niño con parálisis cerebral, un indigente, una prostituta; la pobreza, la hambruna, la violencia, el crimen, la muerte… Seleccionamos sólo lo que “acaricia” nuestro corazón, pero descartamos lo que mueve nuestra entrañas.

JUZGAR

El evangelio de Juan, a través de la persona de Tomás, nos pone de frente a la misma disyuntiva, pero la resuelve. En este sentido, José María Castillo, nos ofrece una reflexión profunda y concreta:

Dios entra por los sentidos. Es lo que le pasó a Tomás. Este hombre decía lo que dice mucha gente cuando se plantea el tema de Dios: “si no lo veo no lo creo”. Tomás quería ver, tocar, palpar. Y Jesús se lo concedió.

Pero, ¿qué vio y tocó Tomás? Vio y tocó llagas de dolor y muerte. Palpó cicatrices de sufrimiento. Y ahí, en eso, en lo que entra por los sentidos, Tomás se dio de cara con la fe: “¡Señor mío y Dios mío!”. Esto no quiere decir que el camino para ir a Dios se el camino del dolor. Dios no quiere el sufrimiento. Lo que ocurre es que en esta vida hay mucha gente que sufre más de lo que puede soportar. Y esto supuesto, la fe en la resurrección se expresa en el hecho de que nos pone en el recto camino para prestar atención a los padecimientos y esperanzas del pasado; y para aceptar el desafío de los muertos (J. B. Metz).

Dichosos los que creen sin haber visto a Jesús. Hoy la presencia de Jesús está allí donde los que buscan, encuentran llagas de dolor y muerte. Si, en lugar de eso, encuentran poder, pompa y boato, no podrán decir: “¡Señor mío y Dios mío”! (La religión de Jesús. Cometario al Evangelio diario. Ciclo B, 2014).

¿Qué esperaba Tomás antes de tocar las llagas? ¿Cómo se imaginaba a Jesús? ¿Qué deseaba ver y tocar desde la selección que habían hecho sus sentido? Tomás, como antes María Magdalena, buscaban equivocadamente al Jesús de antes, viendo y tocando sus llagas (L. A. Schökel). La cruz y la muerte violenta del Maestro los impresionó a tal grado, que allí se quedaron; todo quedó suspendido, anulado y detenido en el impacto de un suceso, inesperado e incomprensible, que contradijo sus expectativas y los cubrió de temor, tristeza y desesperanza. Tomás no era capaz de ver más allá de la cruz y se negaba, inclusive, a creer en el testimonio de los demás discípulos, que habían pasado, antes que él, por el mismo proceso de la incredulidad al asombro por lo que habían visto; no aceptaba que su alegría fuera consecuencia de una experiencia distinta a la suya y que ya no había razón alguna para seguir teniendo miedo:

Se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría (Jn 20,19).

¡Qué estéril resulta la fe cuando se aferra a los sentidos y no puede creer en el testimonio que dice: hemos visto al Señor!

Las llagas y las heridas no se borran, ni siquiera en Jesús; son el testimonio permanente de la violencia humana y de la maldad que se anida en el corazón del hombre, pero no pueden ser motivo para morir eternamente; cuando se sobreponen al dolor, son fuente de vida nueva y de fortaleza indoblegable. Por eso -dice Shöckel- cuando Jesús habla se presenta como un ser divino que los bautiza con el Espíritu Santo haciéndolos una nueva creación, y confiándoles su misión. Jesús les había dicho en la “última cena” que cuando Él fuera al Padre les enviaría el Espíritu (16,7). Ahora esto es una realidad (La Biblia de Nuestro Pueblo).

ACTUAR

Nosotros no podemos tocar ni las llagas ni el costado de Jesús, pero sí las heridas de la humanidad, las propias y la ajenas; las que han sido provocadas por la violencia, la indiferencia y el egoísmo. No se pueden borrar, pero sí que se pueden curar y, desde ellas, tomar la decisión de salir a buscar al Señor, vivo y resucitado. Entonces podremos decir: Seño mío y Dios mío…

No olvidemos que también nosotros somos enviados:

“La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”. Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar” (Jn 10,21-23).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

¿Por qué buscan entre los muertos?

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mptytomb27 DE MARZO DE 2016.

DOMINGO DE RESURRECCIÓN.

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La vida es lo que más valoramos los hombres y la disfrutamos al máximo cuando nace un niño, cuando se forma una nueva pareja, cuando alguien supera alguna enfermedad; la expresamos y se hace realidad en la alegría, en las sonrisas compartidas, en los abrazos de bienvenida y en las muestras de amor, sencillas, sinceras y profundas.

Cuidamos de ella y buscamos siempre el modo de prolongarla, de hacerla eterna si fuera posible; nos despertamos cada mañana con ella y, con ella, dormimos y descansamos. También nos acompaña en los dolores, en las frustraciones, en las tristezas y en la misma enfermedad.

La vida recorre nuestro cuerpo mil veces durante el día, a lo largo de nuestra historia personal; cuando sentimos que la podemos perder, comenzamos, entonces, a compartirla engendrando, donándola generosamente, consagrándola a los ideales más elevados y la ponemos en las manos del Dios que nos la ha regalado.

La vida no termina con la muerte, porque es parte de la vida; a través de ese misterioso transe, impredecible y pasajero, se transforma y se hace eterna cuando el Padre la recibe en su casa, en las moradas preparadas desde siempre para eso.

JUZGAR

Así como la muerte de Jesús no se puede entender sin tomar en cuenta la trágica realidad humana, tampoco la resurrección. En Cristo resucitado se cumple la promesa hecha por él mismo: Yo vine para que tengan vida, y la tengan en abundancia (Jn 10,10). Tal abundancia, se puede apreciar y experimentar en la vida cotidiana, en su riqueza y en su diversidad; cada individuo, cada hermano, cualquier comunidad  de hombres que lucha y defiende la vida, es un testimonio de la resurrección que se verifica y se anuncia cada día.

Ya decíamos que de la cruz surge el Espíritu que da vida y por eso mismo sería una necedad quedarnos clavados en esa cruz y en todas las cruces que condenan al hombre, acogiendo la muerte como la única posibilidad y ahogando en ella toda esperanza de eternidad. Cada vez que nos detenemos en los fracasos, en el dolor injustificado, en la desesperanza, en los actos egoístas, en el derrotismo y en el pesimismo, nos quedamos atados a la cruz, a la muerte de Jesús, al sepulcro. Las adversidades de la vida, como la experiencia de muerte, nos deprimen, a tal grado, que nuestra fe se opaca y, así, creemos sólo en un Cristo crucificado, tan terriblemente crucificado, que no alcanzamos a vivirlo resucitado.

La cruz es más que eso:

Oh Cruz de Cristo, símbolo del amor divino y de la injusticia human, icono del supremos sacrificio por amor y del extremo egoísmo por necedad, instrumento de muerte y vía de resurrección, signo de la obediencia y emblema de la traición, patíbulo de la persecución y estandarte de la victoria (Papa Francisco, Vía Crucis 2016).

La vida se sobrepuso a la muerte, a toda muerte, y es signo de esperanza:

La muerte ha sido vencida definitivamente. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? (1Cor 15,54-55).

Las palabras que Pablo dirigía a los corintios, hoy se convierten para nosotros en un presupuesto de fe y de vida: si Cristo no ha resucitado, es vana nuestra proclamación y vana nuestra fe (1Cor 15,14). En estas palabras resuena el anuncio que las mujeres escucharon, asombradas y temerosas, el sábado, muy de mañana:

¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí; ha resucitado (Lc 24,5).

ACTUAR

La palabras del Papa Francisco, en la homilía de la Vigilia Pascual, son una pauta para actuar, como bautizados, a partir de la resurrección:

Continuamente vemos, y veremos, problemas cerca de nosotros y dentro de nosotros. Siempre los habrá, pero en esta noche hay que iluminar esos problemas con la luz del Resucitado, en cierto modo hay que «evangelizarlos». Evangelizar los problemas. No permitamos que la oscuridad y los miedos atraigan la mirada del alma y se apoderen del corazón, sino escuchemos las palabras del Ángel: el Señor «no está aquí. Ha resucitado» (v.6); Él es nuestra mayor alegría, siempre está a nuestro lado y nunca nos defraudará.

El Señor está vivo y quiere que lo busquemos entre los vivos. Después de haberlo encontrado, invita a cada uno a llevar el anuncio de Pascua, a suscitar y resucitar la esperanza en los corazones abrumados por la tristeza, en quienes no consiguen encontrar la luz de la vida. Hay tanta necesidad de ella hoy. Olvidándonos de nosotros mismos, como siervos alegres de la esperanza, estamos llamados a anunciar al Resucitado con la vida y mediante el amor; si no es así seremos un organismo internacional con un gran número de seguidores y buenas normas, pero incapaz de apagar la sed de esperanza que tiene el mundo.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

¿Qué es la verdad?

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Viernes Santo-3VIERNES 25 DE MARZO DE 2016

VIERNES SANTO: PASIÓN DEL SEÑOR.

La celebración litúrgica de este viernes nos ofrece los siguientes textos: Is 52,13-53,12; Heb 4,14-16; 5,7-9 y Jn 18,1-19,42.

VER

La muerte, definitivamente, es una realidad que nos aterra, porque es un misterio y es impredecible. Los hombres sabemos, aunque nos cuesta aceptarlo, que algún día moriremos…, no sabemos cuándo. Este es el rostro natural, normal, de la muerte; es parte de la vida y de nuestra naturaleza humana.

Pero hay otro rostro, una faceta más de la muerte, que también nos aterra porque nos amenaza constantemente: el homicidio, el asesinato…, matar al hermano. Desde las mismas acciones de Caín en contra de su hermano Abel (Gn 4,8) hasta nuestros días, se ha hecho parte de nuestra naturaleza; quisiéramos arrancarla, cortar sus raíces, deshacernos de ella, pero es imposible… Ha penetrado lo más profundo de nuestro ser, anida en los corazones y allí es resguardada, acogida, esperando el momento en que el odio tome forma y se exprese por medio de la violencia, para salir y cubrir con sus sombras de muerte todo a su paso.

La muerte así, la que mata al hermano, ahora tiene nombres: Siria, París, S. Bernardino, Bruselas…

JUZGAR

Es imposible tratar de entender la muerte de Cristo en la Cruz sin hablar de la muerte del hombre hoy, en sus múltiples formas. ¿Por qué?: cuando la vida y las palabras de un individuo, o de un grupo, se convierten en “amenaza” para otros, cuando lo que dice pone a tambalear las estructuras, las tradiciones y los sistemas, y eso provoca miedo, como el que sentían las autoridades judías ante Jesús, entonces se toma la decisión de matar.

Matar es un modo de reivindicarse, de recuperar el poder “perdido”; pero es una puerta que abre la posibilidad de que otro, el otro, también se reivindique… Así, nos hemos confundido en el vertiginoso movimiento de un círculo vicioso, que se abre cada vez más pero nunca se cierra; muertes violentas que provocan más muertes…

Matamos en nombre de Dios, de cualquier dios, y con ello buscamos defender nuestros ideales religiosos, nuestras convicciones y nuestros postulados de paz, mezclados con los ideales del poder político y de las ideologías que no aceptan que otro sea distinto.

Las palabras del profeta Isaías encajan perfecto en nuestra realidad y reflejan con claridad cómo nos sentimos:

Todos andábamos errantes como ovejas, cada uno siguiendo su camino, y el Señor cargó sobre él todos nuestro crímenes (53,6).

Andamos errantes, el miedo nos ofusca y el terror opaca la luz que ilumina los corazones. Sólo vemos la muerte violenta de Jesús, como la de muchos hombres, y, por alguna razón inexplicable, la reproducimos en ellos; los clavamos a golpe de balas, de bombas, de atentados, de insultos…; nos burlamos de él en cada hermano que muere y nos reímos de su agonía.

Inicuamente y contra toda justicia se lo llevaron. ¿Quién se preocupó de su suerte? Lo arrancaron de la tierra de los vivos, lo hirieron de muerte por los pecados de mi pueblo, le dieron sepultura con los malhechores a la hora de su muerte, aunque no había cometido crímenes, ni había engaño en su boca (53,8-9).

La muerte de Jesús en la cruz no termina allí: es la evidencia que pone de manifiesto la violencia del corazón humano, la expresión concreta del odio y la reivindicación del miedo. Por eso es redentora, porque Jesús asume todo eso en su persona para transformarlo, de una vez y para siempre, a través del amor: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen (Lc 23,34); tampoco nosotros sabemos lo que hacemos. Poniendo su vida en las manos del Padre, consciente de que en él todo se había cumplido, inclinó la cabeza, desfallecido, acabado, vencido, sin tomar venganza contra nadie, antes al contrario, como dice el P. Raniero Cantalamessa, haciendo justicia a través de la misericordia, entregó el espíritu (Jn 19,30).

De esa muerte en la cruz surge el espíritu que da vida, el mismo espíritu creador del Génesis, el soplo de Yahvé, que revoloteaba sobre el caos y la tierra cubierta por la oscuridad (Gn 1,2), el que cubrió a María con su sombra y del cual fue engendrado el Mesías (Lc 1,35); el que condujo a Jesús por el desierto y lo llevó a Galilea para iniciar su predicación (Lc 4,1.14.18). Es el Espíritu que mueve a los discípulos a anunciar el evangelio a todo el mundo (Hch 2,1-13) y que hemos recibido a través del bautismo para proclamar y ser testigos de la misericordia de Dios.

Pero los hombres, los pueblos, las naciones, nos hemos empeñado en sólo buscar venganza a través del homicidio y mantener la cruz en pie, sin inclinar la cabeza; miles de cruces en las que condenamos a tantos hermanos nuestros y no dejamos que su vida florezca.

El Espíritu que nos fue entregado, ha sido silenciado, vive apresado por el egoísmo y desconocido por la ceguera del odio. Bien nos viene escuchar la advertencia de Pablo a los tesalonicenses:

No apaguen el fuego del espíritu, no desprecien la profecía, examínenlo todo y quédense con lo bueno, eviten toda forma de mal (5,19).

Ante las palabras que Jesús dirige a Pilato, todo el que es de la verdad, escucha mi voz (Jn 18,37), tenemos el compromiso, aún vigente, de responder la misma pregunta que Pilato hace a Jesús: ¿Qué es la verdad? (Jn 18,38), ya que mientras nos neguemos a conocer, o a re-conocer, esa verdad, no alcanzaremos ni la libertad ni la justicia; sabemos que sólo la verdad nos hará libres (Jn 8,31).

El Padre no quiere la muerte de su Hijo, ni es su voluntad que muera, como tampoco quiere la muerte de hombres y mujeres inocentes. Jesús muere siendo fiel a su Padre y a su proyecto, cumpliéndolo y viviéndolo hasta el último momento; muere porque los sistemas, las instituciones y las autoridades no aceptan la propuesta de amor y misericordia que pone en entredicho y cuestiona el poder alimentado por la venganza y la violencia. ¡Con la muerte de Jesús es suficiente!, porque es redentora, y no podemos permitir que haya más muertes injustificadas, que sólo buscan redimir conciencias o reivindicar el poder perdido.

ACTUAR

Acerquémonos, por tanto, con plena confianza al trono de la gracia, para recibir misericordia, hallar a gracias y obtener ayuda en el momento oportuno. Precisamente por eso, Cristo, durante su vida mortal, ofreció oraciones y súplicas, con fuertes voces y lágrimas, a aquel que podría liberarlo de la muerte, y fue escuchado por su piedad (Heb 4,16; 5,7).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

¿Comprenden ustedes…?

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JUEVES-SANTO24 DE MARZO DE 2016

JUEVES SANTO: LA CENA DEL SEÑOR

El jueves santo, primer día de Triduo Pascual, nos ofrece tres textos (Ex 12,1-8.11-14; 1Cor 11,23-26 y Jn 13,1-15) centrados exclusivamente en el acontecimiento de la Pascua, partiendo de dos visiones y dos experiencias: la del pueblo judío que es liberado de la esclavitud de Egipto, en la noche del paso del Señor, y la del grupo de discípulos que celebró con el Señor la misma Pascua del pueblo hebreo, pero que ahora toma un proyección distinta: una liberación del pecado ofrecida a todos los hombres, en la noche de la cena del Señor.

VER

Cada año, el mundo cristiano se detiene, días más días menos (según sean las costumbres y el contexto), para conmemorar la pasión, muerte y la resurrección de Jesús; conjunto de tres días que consideramos como un gran acontecimiento y al que hemos llamado, desde tiempos inmemoriales, Semana Mayor.

¿En qué sentido es grande y es mayor?… En realidad, la Semana Santa es una práctica transitoria, social más que religiosa, centrada en el consumo más que en la conversión; para muchos, tiempo de vacacionar, para otros, receso laboral; es una época de descanso, oportunidad para cambiar de ambiente, de ritmo, salir de la rutina; es el momento propicio para desentenderse de todo lo que sea posible, incluso de Dios.

No importando cómo vivamos esta semana o cómo intentemos aprovecharla (no podemos decir que celebrarla), la gente que explota al máximo estos días de descanso en las playas, en las ciudades, en el extremo del mundo…, no niega -¡por supuesto que no!- su condición cristiana. Todo, menos eso… Cada uno es cristiano a su modo.

JUZGAR

Si la Semana Santa se vive, como ya decíamos, de modo transitorio, ubicándola cronológicamente en la época de primavera y el plenilunio de marzo/abril, estamos diciendo, de algún modo, que se agota en sí misma y que tiene un principio y un fin efímeros, enmarcados por el Domingo de Ramos (inicio) y el Domingo de Pascua (final). De tal modo, que el sentido profundo de la Pascua no permea ni la vida ni la historia de la humanidad, al menos no de la cristiandad.

Los textos de la Sagrada Escritura que hoy nos ofrece la Liturgia de la Palabra, resaltan, al menos, tres elementos indispensables para comprender, primero, y luego vivir, la profundidad y la riqueza de la Pascua, y que nos ayudan a superar la transitoriedad en la que se ha quedado estancada.

  1. Este mes será para ustedes el primero de todos los meses y el principio del año (Ex 12,2): Es un mandato de Yahvé; con él, el pueblo debe ser consciente de que toda su vida y todos sus días (todo el año) estarán animados por una experiencia de vida y libertad. En cada momento serán conscientes de la presencia de Dios entre ellos y de que Él los acompaña a lo largo de su historia. Cuando llegue la próxima Pascua y el pueblo celebre su liberación, la promesa y el mandato se renovarán y, así, la experiencia pascual será para toda la vida.
  1. Yo recibí del Señor lo mismo que les he transmitido: Hagan esto en memoria mía… (11,23-25): También es un mandato y con él, los cristianos estamos invitados a recordar, a hacer memoria, de que se nos ha transmitido una experiencia de vida y de libertad. Cada vez que nos sentamos a la misma mesa y compartimos el pan y el vino, que son presencia de Cristo entre nosotros, nos hacemos conscientes de que la Pascua penetra nuestra vida, la nutre y da un sentido de eternidad a nuestra historia.
  2. Pues si yo, que soy el maestro y Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros. Les he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con ustedes, también ustedes lo hagan (Jn 13,14-15): Nuevamente un mandato, acompañado ahora de una pregunta que nos interpela a todos: ¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? (v. 12).

La Cena del Señor es un acto de amor por la humanidad, una vida que se entrega para dar vida en abundancia y para dar libertad por siempre. En el mismo contexto de la cena, Jesús establece el nuevo mandamiento, con el que resume toda la ley y en el que convergen todos los actos del hombre: el amor.

Les doy un mandamiento nuevo, que se amen unos a otros como yo los he amado: ámense así unos a otros (13,34); pero lo hace en sintonía con el gesto de lavar los pies: lávense los pies unos a otros. El servicio mutuo es un gesto de amor y el amor sólo se hace realidad en el servicio al hermano. Así, la cena se convierte en punto de partida para lo que sigue; el memorial no se acaba cuando se consumen el pan y el vino, es necesario levantarse a servir, a lavar los pies. Además, si el servicio nace del amor y en él se concreta, esto quiere decir que la Pascua, la Nueva Alianza establecida en la Cena del Señor, se convierte en una propuesta de vida por siempre: vivir amando y vivir sirviendo.

Para nosotros surge un compromiso innegable: no necesitamos cada año, cada Pascua, para cumplir transitoriamente el mandato del Señor; cada vez que comemos este pan y bebemos este vino, proclamamos la muerte del Señor, somos testigos de su resurrección, hasta que vuelva (1Cor 11,26). ¡Siempre…!

¿Comprenden ustedes?

 ACTUAR

Simple y sencillamente: En esto conocerán todos que son mis discípulos, en el amor que se tienen unos a otros (Jn 13,35). Vivir amando y vivir sirviendo, ¡siempre!

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

¡Bendito el que viene…!

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Domingo de Ramos en la Pasión del Señor-6MARZO 20 DE 2016.

DOMINGO DE RAMOS

El Domingo de Ramos es el último domingo de la cuaresma y con él, además, se inicia la Semana Santa, en la que se enmarcan la liturgia y las celebraciones del Triduo Pascual -pasión, muerte y resurrección-, correspondiente a los días jueves, viernes y sábado/domingo.

En esta ocasión centraremos la reflexión únicamente en el evangelio destinado a la conmemoración de la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén, que para este ciclo es de Lucas (19,28-40); por tanto, el texto del evangelio en donde se narra la Pasión del Señor (Lc 22,14-23.56) y que se lee durante la Misa solemne de este mismo día, sin restarle importancia, lo abordaremos en otro momento.

VER

Si cerráramos los ojos y, con una mirada retrospectiva, hiciéramos un repaso, pausado y concienzudo, en el tiempo, y recordáramos los momentos en que hemos vivido y experimentado algún encuentro significativo, o la llegada inesperada de alguien querido; tal vez el nacimiento de un hijo, de un sobrino o de un nieto, o el asombro que provocó en nosotros un suceso extraordinario y el modo en que nos impresionó…, seguramente re-descubriríamos y confirmaríamos que todo eso arrebató de nuestro ser expresiones de gozo y de alegría, palabras con las que exaltamos el hecho, sensaciones que nos dejaron trastocados; sabríamos que fue tan importante y significativo que no lo hemos olvidado aún.

Cada uno de esos acontecimientos tiene ahora un lugar en nuestro corazón y en nuestra memoria. Pero sobre todo, la gente que protagonizó esos momentos es central en nuestra vida y es la razón que nos mueve a disfrutarlos y a darles un sentido de grandeza y un carácter de invaluable.

En nuestra vida han entrado una y mil personas, quienes han dejado huellas imborrables y nos han marcado para siempre; muchas de ellas se convirtieron, como ya decíamos, en el motor de nuestras decisiones y nuestras opciones. Pero, de entre todas, siempre hay “alguien especial”, que nos pone en movimiento, nos lanza a las aventuras más inesperadas y provoca que nuestro corazón se vuelque, enamorado, hacia las calles y los caminos, sin importar distancias, condiciones del tiempo o riesgos posibles. Por esa persona alzamos la voz y jamás contenemos nuestros sentimientos; si no lo hiciéramos, entonces, gritarán las piedras (Lc 19, 40).

JUZGAR

A través de lo narrado en el texto de Lucas (19,28-40) podremos descubrir en los personajes que allí aparecen tres actitudes respecto del Señor, en su llegada a la ciudad santa: por un lado, la disponibilidad y la entrega, ambas incondicionales, y representadas en la gente, la multitud de discípulos y los dueños del burrito; por otro lado y en contraste con lo anterior, el miedo, personificado en los fariseos.

Además, el texto se divide en tres escenas subsecuentes que nos permiten apreciar las actitudes arriba señaladas. Lo primero que sucede es un envío (v. 30): dos de los discípulos deben ir al caserío que les quedaba enfrente a disponer de un burrito. Bastó con decir el Señor lo necesita (vv. 31-34), para que los dueños entendieran de qué se trataba; incluso, no importó que un extraño a la familia lo montara por primera vez. Vemos aquí la disponibilidad y la entrega, tanto en los discípulos como en la gente del pueblo, cuando la figura de Jesús, como Mesías, cobra centralidad en su vida y en su historia: Se llevaron, pues, el burro, le echaron encima los mantos e hicieron que Jesús montara en él (v. 35).

La segunda escena, que abarca los versículos 36 a 38, nos describe el rostro fascinado y extasiado tal vez, de la gente que, conforme Jesús avanzaba, tapizaba el camino con sus mantos (v. 36), demostrando así su disponibilidad y entrega, aceptándolo y acogiéndolo como su rey y Mesías. El manto que se usaba como parte del atuendo regular, simboliza la relación con la tradición y las costumbres ancestrales; ponerlo a los pies de Jesús, tirarlo y dejarlo (del mismo modo que el ciego Bartimeo hizo cuando escuchó que Jesús lo llamaba: Mc 10, 49-50), representa ya un rompimiento con la antigua ley y la decisión de dar paso a lo nuevo. La escena termina con la exaltación de la multitud que ve a Jesús descender del monte de los Olivos y acercarse a Jerusalén:

¡Bendito el rey que viene en nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas! (v. 38).

La tercera escena, por su parte, hace evidente la actitud contraria al entusiasmo del pueblo, cerrada y ofuscada por la tradición y el miedo al cambio: Maestro, reprende a tus discípulos (v. 39). Siempre hubo en ellos un recelo por Jesús y un innegable repudio a sus palabras y sus acciones. Reprender significa detener, callar, no dejarles avanzar e impedir que llegaran a la ciudad santa; en esa palabra que denota incomodidad subyace una advertencia: la muerte.

Las palabras con las que Jesús concluye, cambian el rumbo y la intención de los fariseos: Les aseguro que si ellos se callan, gritarán las piedras (v. 40). ¿Cuáles piedras?: las mismas que las autoridades han lanzado para condenar y matar a tantas mujeres, hombres, enfermos, pobres, pecadores, extranjeros…, que han sido acusados injustamente, como la mujer adúltera que presentaron a Jesús para apedrearla (Lc 8,1-11, quinto domingo de Cuaresma).

Un último detalle en el texto: Lucas señala con claridad y precisión un límite geográfico que marca y acoge la suerte de Jesús antes de ser condenado a muerte: el monte de los Olivos (vv. 29 y 37).

Betfagé y Betania, junto al monte de los Olivos, son los poblados donde están sus amigos, sus discípulos cercanos y donde su mensaje ha sido acogido con agrado; están fuera de la Ciudad Santa, lejos de la tradición. Desde allí iniciará su último recorrido hacia Jerusalén, no sólo para celebrar la Pascua, sino para encontrarse con la muerte. Lucas recupera la profecía de Zacarías  para resaltar la condición mesiánica de Jesús: Jerusalén, mira a tu rey que está llegando: justo, victorioso, humilde, cabalgando en un burro… (9,9). Justo en el límite que marca la bajada del monte y el ascenso a la ciudad, se escenifica el encuentro de Jesús con el pueblo que lo aclama y con los fariseos que lo reprenden y pretenden detener su camino (v. 38-40).

La entrada triunfal a Jerusalén (19,28-40) y la purificación del Templo (19,45-48) son determinantes para que los jefes del pueblo tomaran la decisión de matarlo y buscar el modo de cómo hacerlo (22,1-2). Sin detenernos en otros detalles que integran el proceso con el que Lucas nos presenta el preámbulo que prepara la pasión del Señor (19,28-22,38), el evangelista cierra esta parte de la trama con dos escenas que tienen lugar, precisamente, en el monte de los Olivos: la oración en el huerto y el arresto (22,39-53). El monte está frente a la ciudad, pero fuera de ella; en ese límite, entre la Buena Nueva y la antigua tradición, Jesús es proclamado Rey y arrestado como tal, para ser condenado a muerte.

Ojalá tú también reconocieras hoy lo que conduce a la paz. Pero eso ahora está oculto a tus ojos (19,42).

ACTUAR

Ahora, es tiempo de abrir los ojos y dejar de recordar el pasado; es tiempo de alzar la mirada y reconocer lo que hoy nos conduce a la paz. El Señor ha llegado, montado, asumiendo la condición humana, no en un burrito, sino en la historia de los hombres, en los acontecimientos de la vida, en las vicisitudes de de los olvidados, de los despreciados, de los pobres…

¿Qué “mantos” estamos dispuestos a quitarnos para hacerle camino? ¿En qué límite de la vida, de las estructuras sociales, de los pensamientos propios, de las acciones egoístas… queremos encontrarnos con Él? ¿Nuestra actitudes son de disponibilidad y entrega hacia Él, o de miedo y rechazo?

El domingo de ramos es una oportunidad para decir, una vez más: ¡Bendito el rey que viene en nombre del Señor?

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

Tampoco te condeno…

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adulterous2bwomanMARZO 13 DE 2016.

QUINTO DOMINGO DE CUARESMA

El quinto domingo de cuaresma, último del tiempo que precede a la Semana Santa, nos presenta en los textos sagrados una faceta más de la misericordia de Dios. La liturgia de la Palabra se integra con un texto de Isaías (43,16-21), uno de Pablo a los filipenses (3,7-14) y el evangelio, que en ésta ocasión es de Juan (8,1-11).

VER

De niños aprendimos que en nuestra ciudad había una “zona roja”, prohibida y peligrosa; en la que vivían mujeres de dudosa reputación (por decirlo de manera elegante… o condenatoria) y a la que sólo llegaba gente de la misma categoría. Era algo así como la mismísima casa del diablo, en donde sólo se vivía en pecado. Aprendimos también a tirar nuestras piedras contra ellas (simbólicamente por supuesto), para dejar evidencia de que nosotros sí… ¡Sí! Estábamos limpios de pecado.

Los criterios morales, éticos y cristianos, que se habían consagrado (o estancado) al nivel de lo humano, protegidos por la ley del perfeccionismo, no se habían dejado interpelar por la realidad del otro; nuestra vida corría el riesgo de no trascender y, por lo mismo, de no saber que más allá de una innecesaria e inhumana condena, podíamos transitar a través de la misericordia.

Hoy nos encontramos con la dolorosa disyuntiva de aprender cosas nuevas y desaprender las viejas; dejar de ser miserables con la condición del otro y ser misericordiosos con él; dejar nuestra rancia antipatía y adoptar una postura empática, caminar con ellas, con ellos, con los demás…

JUZGAR

No recuerden el pasado ni piensen en lo antiguo; yo voy a realizar algo nuevo.

Ya está brotando. ¿No lo notan? (Is 43,18-19)

Los escribas y los fariseos que presenta el evangelio de Juan (8,3), son imagen de la actitud que adoptamos para condenar a los demás, sobre todo cuando no encajan en nuestras normas y criterios de moralidad: ha sido sorprendida en flagrante adulterio…(8,4). Además, refleja la postura que denota el cinismo y la burla con la que nos enfrentamos a la verdad, disfrazada de un aparente respeto y justificada en los atavismos de un pasado insostenible: Maestro…, Moisés nos manda en la ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices? (8,4.5).

El intento de poner a prueba a Jesús (v. 6) es un modo de cuestionar sus enseñanzas y llevarlas al debate que pretende arremeter con fundamentos legalistas y morales para desacreditarlo ante el pueblo. Pero la inesperada actitud de Jesús los desequilibra, los saca de la jugada y los pone en evidencia (resultado contraproducente): ellos no preguntan buscando un nuevo enfoque de la ley, o una redefinición de la realidad; sus planteamientos son, simple y llanamente, una necedad, su necedad…

No hay respuesta. Jesús lanza un imperativo que los lleva, no al debate estéril, sino al fundamento mismo de toda ley: la justicia basada en la dignidad de la persona. Aquél de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra… (v. 7). Así, la ley cambia de perspectiva, haciéndonos ver que no está en función de intereses personales o institucionales, como instrumento para mantener el poder sobre los otros y justificarlo, sino que tiene que comenzar, primero, mirando en mí lo que quiero corregir en el otro. De tal modo, que la justicia debe convertirse en una experiencia común, más que en un peso que recae sobre unos cuantos.

Jesús se agachó, tal vez para no intimidar ni presionar a sus interlocutores y darles tiempo de reaccionar y tomar postura (v. 8): ninguna piedra…, ¿signo de que eran pecadores?; ninguno se quedó, síntoma de cobardía y falta de humildad para reconocerlo. No estaban dispuestos a ceder ante una propuesta que sólo les pedía aceptar sus pecados y convertirse, para ser perdonados también ellos; pero eso implicaría desdecirse, retirar las acusaciones con las que habían condenado a la mujer (que equivalía a una afrenta contra la ley) y “perder autoridad”: los acusadores comenzaron a escabullirse uno tras otro, empezando por los más viejos… (v. 9). El peso y la fuerza de la ley había marcado la vida de estos hombres, pero sólo pudieron resumirla y llevarla a la práctica en una piedra, en una condena… Lapidar a una mujer, matarla a sangre fría, dejaba fuera la posibilidad de dialogar con ella, de escucharla; de acordar y de juzgarla humanamente. En su actitud subyace una grave omisión: la ley de Moisés que ellos defienden (v. 5) no comienza por la orden de matar sino por algo que lo debe impedir: Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas (Dt 6,5). Tal mandato, surgido de la antigua alianza, aplica por igual tanto a los escribas y fariseos, como a la mujer condenada por adulterio, sabiendo que si el amor a Dios permea la vida, no hay razón alguna para pecar; y del amor a Dios, asumido como norma de vida, se sigue el amor al prójimo (Lv 19,18).

Podría parecer contradictorio, pero Jesús mismo incita a las autoridades a poner en práctica “su ley”, no tiene nada que objetar, por eso se queda callado: si la mujer cometió adulterio debe ser castigada conforme a “lo establecido”. El problema para los escribas y los fariseos, no para Jesús, es que lo estaban poniendo a prueba con una ley inexistente, o al menos inexacta, ya que las leyes deuteronómicas condenan y castigan con la muerte el adulterio cometido entre un hombre y una mujer, cuando ambos son sorprendidos: Si sorprenden a uno acostado con la mujer de otro, han de morir los dos: el que se acostó con ella y la mujer. Así extirparás la maldad de ti (Dt 22,22). Si arrojar las piedras contra la mujer equivalía al cabal cumplimiento de la ley, entonces eso los obligaba a presentar por igual al adúltero (¿tal vez uno de ellos?), para ser lapidado junto a ella. Se fueron todos y dejaron solos a Jesús y a la mujer; ella, estaba de pie, junto a él (v. 9).

Ella junto a él… Jesús conocía la ley y sabía que no era posible lapidar a una mujer acusada por adulterio sin presentar también al hombre implicado; pero también conocía las oscuras intenciones de los fariseos, de los escribas y de todas las autoridades judías. Lo pusieron a prueba para tenderle una trampa: si, conforme a la ley, él hubiera preguntado: ¿con quién la sorprendieron?, es probable que ellos lo hubieran señalado a él y, así, matarlos a ambos, con la ley en la mano. ¿A caso no buscaban constantemente el modo de acabar con él? Pero corrió el riesgo, junto a ella, dando paso a una ley absurda e injusta: Aquél de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra… (v. 7).

En el contexto del quinto domingo de cuaresma, previo al Domingo de Ramos, este pasaje de Juan nos ayuda a comprender lo que sucederá con Jesús al iniciar su pasión, justo antes de la Pascua judía:

Se acercaba la fiesta de los Ázimos, llamada Pascua. Los sumos sacerdotes y los letrados buscaban una forma de terminar con él, pero temían al pueblo (Lc 22,1-2).

Es claro que para acabar con Jesús era necesario acabar también con el pueblo (algo verdaderamente imposible). La mujer que le presentaron no tiene nombre, pero en su rostro y en la condición de “adúltera” con la que es acusada, se encarna la realidad de un pueblo oprimido, olvidado y acusado bajo el peso de la ley; ella representa a los pobres y a los enfermos; a los publicanos, pecadores, prostitutas, borrachos y cobradores de impuestos con los que Jesús come y camina. Ellos, que han creído en las palabras del nazareno (Jn 8,2) a despecho de las leyes, de la tradición y del Templo, ahora son vistos, precisamente, como adúlteros, como pecadores, como blasfemos. La suerte que corre la mujer es la misma que pesará sobre Jesús condenado a muerte: hoy tenemos a la mujer/pueblo acusada de cometer adulterio; el Domingo de Ramos nos presentará el evangelio de la pasión: Jesús condenado a muerte por blasfemo (Mc 14, 58.64), por cometer adulterio contra el Templo y la tradición: ¿Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios bendito?… Sí lo soy (Mc 14, 61-62).

Quiero concluir esta reflexión con un texto testimonial, tomado de una entrevista al P. Chinchachoma, en la que se enlazan a la perfección las dos imágenes arriba tratadas: la mujer adúltera y Jesús. Ofrezco una disculpa de antemano por no omitir algunas palabras, tal vez fuertes y grotescas para algunos, que forman parte de esta gran historia; desearía no dañar la susceptibilidad de algunos lectores, pero prefiero respetar la experiencia compartida, surgida de la vida cotidiana y de la realidad concreta de una mujer castigada por el pecado y redimida por el amor.

…Estaba en Garibaldi con dos chavos. Se me acercó una muchacha de unos quine años y empezó a contonearse. Yo la vi. Estaba muy buena. “Padre, no me dejes caer en tentación”, pedí. Siempre hay que unirse con el Padre para no quedar huérfanos. Entonces la niña me mira y me dice: “Padrecito, tú a mí no me quieres”. Eso me enojó mucho. Y le grité con todas mis fuerzas: “Te amo. Y ninguno de estos que ahora voltean te aman, sólo buscan tu cuerpo. Yo te amo. Ven aquí, hija”. Les pedí a los chavos que me esperaran el tiempo que fuera necesario y la llevé a un café cercano.

Nos sentamos frente a frente, la tomé de la mano, la miré a los ojos y le repetí:

  • Te amo y Dios también te ama. Me contestó asombrada:
  • ¿A mí?

Entonces le pedí la bendición. No se burle padrecito -respondió-, ¿qué bendición puedo tener yo?

  • Una que yo no tengo. A ti te vendieron, ¿no?
  • Pues, sí.
  • ¿Cuanto pagaron por ti?
  • No sé, respondió. El dinero se lo llevó mi mamá.
  • ¿Sabes cuánto pagaron por Jesús cuando lo vendieron?
  • ¿Cómo a mí?
  • Sí, como a ti. Treinta monedas de plata. ¿Y sabes cuánto costaba una “vieja” en tiempos de Jesús? Treinta monedas de plata. Más claro: lo vendieron como puta. Jesús es puta. ¿Y sabes cómo lo vendieron?
  • ¿Cómo, padre?
  • Lo vendieron con un beso.
  • ¿Con un beso? ¿Cómo a mí?
  • Sí, con un beso.
  • Entonces sí que puedo bendecir.

Y me arrodillé frente a ella para que me bendijera…

ACTUAR

Entonces Jesús se enderezó y le preguntó: “Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Nadie te ha condenado?” Ella le contestó: “Nadie, Señor”. Y Jesús le dijo: “Tampoco yo te condeno. Vete y ya no vuelvas a pecar” (Jn 8,10-11).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

Estaba perdido y lo hemos encontrado…

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3beac4db2f8dcd48158fca4b06fb4d406 DE MARZO DE 2016.

 CUARTO DOMINGO DE CUARESMA

Este cuarto domingo de cuaresma nos ofrece un un conjunto de lecturas formado por Jos 5,9.10-12; 2Cor 5,17-21 y Lc 15,1-3.11-32. En ellas se resaltan dos aspectos de la experiencia que el hombre vive con Dios: la misericordia y la reconciliación.

VER

¡Vivos los queremos…!

Estas palabras, más que formar una simple frase, se han convertido en el grito de los que piden justicia y no dejan morir la esperanza. Justicia por mil muertes injustificadas y la esperanza de que los hijos, que se fueron sin saber por qué, o se los llevaron sin saber por qué, regresen a casa.

Es la expresión de un corazón triste que ama sin descanso, pero aun no descansa en el ser que ama; de unos brazos que han trabajado removiendo piedras, pero vuelven solos sin haberse encontrado con el abrazo del hijo amado; de unos labios que pronuncian nombres sagradas y llaman a la mesa donde hay una fiesta preparada, pero el silencio diluye su voz y el eco a través del tiempo regresa desmembrado… sin sonrisa, sin abrazos, sin nombre.

Hay hijos que se van exigiendo lo suyo, otros se van sin decir nada y muchos otros han desparecido; no obstante cualquier opción, hay siempre una madre y un padre que esperan su regreso. Miran todo el tiempo, día y noche, noche y día, el camino que emprendieron, o el sendero que tomaron en la última despedida.

La espera se convierte en un acto de gestación que dispone el seno de una casa, como el vientre de una madre, para que el hijo deseado/esperado renazca…

JUZGAR

El libro de Josué comienza con esta frase pronunciada por Yahvé: Hoy he quitado de encima de ustedes el oprobio de Egipto (5,9); el peso de la esclavitud y del sufrimiento soportado en tierra ajena. La promesa hecha a Moisés de llevar a su pueblo a una tierra que mana leche y miel (Ex 3,8), se hace realidad ahora, con el gesto de un Dios, que es padre misericordioso, esperando el regreso de sus hijos y disponiendo lo mejor para ellos en la casa:

El día siguiente a la Pascua, comieron del fruto de la tierra, panes ázimos y granos de trigo tostados. A partir de aquél día, cesó el maná. Los israelitas ya no volvieron a tener maná, y desde aquél año comieron de los frutos que producía la tierra de Canaán.

El hijo que había estado lejos del hogar, sometido por una mano extraña, regresa para ser acogido y consolado por las manos cariñosas de un padre generoso, decidido a rescatarlo y a devolverle la libertad y la dignidad.

El evangelio de Lucas, que nos presenta la maravillosa parábola del Padre bueno, concluye con una frase fuertemente reveladora del corazón de Dios: era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado (15, 32).

Hay hijos que se van exigiendo lo suyo, otros se van sin decir nada y muchos otros han desparecido; no obstante cualquier opción, hay siempre una madre y un padre que esperan su regreso. Miran todo el tiempo, día y noche, noche y día, el camino que emprendieron, o el sendero que tomaron en la última despedida…

Se puso en camino a casa de su padre. Estaba todavía lejos, cuando su padre lo vio y se enterneció profundamente. Corrió hacia él, y echándole los brazos al cuello, lo cubrió de besos… (v. 20).

El hijo simplemente se puso en camino, sin racionalizar ni justificar sus actos llegó ante el padre reconociéndose pecador y dispuesto a cambiar los papeles que él mismo había trazado con su decisión: te desconocí y te di por muerto, no merecías llamarte padre mío…; ahora yo, ¡no merezco llamarme hijo tuyo! (v. 21). Pero el padre ve más allá, es capaz de trascenderlo todo con su mirada amorosa y su corazón generoso; su espera ha gestado, como en un vientre materno, el renacimiento del hijo deseado y amado. Lo primero que hizo, sin mediar palabras ni dar tiempo a que el hijo se humillara ante él, fue un gesto franco, sincero y desinteresado propio de un enamorado: le echó los brazos al cuello y lo cubrió de besos (v. 20).

El arrepentimiento que alcanza el perdón se convierte en una gran fiesta; para este padre no hay juicios ni condenas, sólo gozo, alegría y regocijo. El perdón aquí se convierte en acto (ni se razona, ni se justifica ni se condiciona):

¡Pronto!, traigan la túnica más rica y vístansela; pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies; traigan el becerro gordo y mátenlo. Comamos y hagamos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado. Y empezó el banquete… (vv. 22-24).

El regreso del hijo menor no sólo pone en evidencia la entereza del padre y su profunda compasión, es también un paradigma para el hermano mayor, quien ha permanecido en casa, experimentando únicamente la seguridad que le otorgan la abundancia y las riquezas de su padre, pero no se ha dado la oportunidad de experimentar su bondad y su misericordia más allá del servicio y la obediencia hechos por cumplido (v. 29). El legalismo del hijo mayor -comenta Luis A. Schökel- no le permite ver la gratuidad del amor divino, amor que no se exige como “pago” a una buena conducta, sino que se recibe por gracia, y se celebra permanentemente según la propia conciencia de ese amor gratuito… (La Biblia de Nuestro Pueblo).

¿De qué nos habla la envidia y el enojo del hermano mayor?: del protagonismo, la frialdad y el egoísmo con el que se gesta, a diferencia del padre que espera, no el renacer del hombre, sino su muerte. ¿No es acaso la actitud que ahuyenta a los hermanos, los aleja de la casa paterna y los da por perdidos? ¿No es el poder adquirido por tantos años de servicio (v. 29) que, con tal de mantenerlo, condena y mata al hermano antes que acogerlo? En él se encarna la indiferencia ante el dolor de los padres que han perdido, por la razón que sea, a los hijos; en su corazón se confabulan el desprecio y la muerte. Las decisiones del padre lo irritan y, al contrario del hijo menor que regresa, él se niegan a entrar en la casa… (v. 27).

La misericordia y la bondad del Padre que nos presenta Jesús a través de la mirada de Lucas, representan la novedad el reino, el cambio de paradigmas que el hijo mayor no fue capaz de apreciar. Así nos lo dice Pablo en su carta a los corintios:

Hermanos: El que vive según Cristo es una creatura nueva; para él todo lo viejo ha pasado. Ya todo es nuevo. Todo esto proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por medio de Cristo y que nos confirió el ministerio de la reconciliación. Porque, efectivamente, en Cristo, Dios reconcilió al mundo consigo y renunció a tomar en cuenta los pecados de los hombres, y a nosotros nos confió el mensaje de la reconciliación (2Cor 5,17-18).

ACTUAR

¡Vivos los queremos!

Estamos invitados a comprender, aceptar, respetar y acompañar la desesperación de tantos padres que esperan el regreso de sus hijos.

Termino con un texto de Henri J. M. Nouwen, de su libro El regreso del hijo pródigo, que, en realidad, se convierte en una propuesta de vida:

Me sorprende pensar en el tiempo que me ha llevado hacer del padre el centro de mi atención. ¡Era tan fácil identificarse con los dos hijos! Su desobediencia es tan comprensible y tan humana que el identificarse con ellos surge de inmediato. Durante mucho tiempo me identifiqué tanto con el hijo menor, que ni se me ocurrió pensar que podía parecerme más al mayor. Pero tan pronto como mi amigo dijo: “Me pregunto si no serás más bien como el hijo mayor”, me fue muy difícil pensar en otra cosa. Aparentemente, todos participamos en mayor o menor medida de todas las formas de miseria humana. Nadie está completamente libre de la codicia, o de la ira, o de la lujuria, o del resentimiento, o de la frivolidad, o de los celos. La debilidad humana puede surgir de mil formas, pero no hay ofensa, crimen o guerra que no encuentre su semilla en nuestros corazones.

¿Pero qué hay del padre? ¿Por qué prestamos tanta atención a los hijos cuando es el padre el centro, aquél con quien debo identificarme? Por qué hablar tanto de ser como los hijos cuando la pregunta clave es: ¿Quieres ser como el padre? Uno se siente bien al poder decir: “Estos hijos son como yo” porque siente que se le comprende. Pero ¿cómo sienta decir: “El padre es como yo”? ¿Quiero ser no sólo como aquél que es perdonado, sino también como aquél que perdona; no sólo como aquél a quien se le da la bienvenida, sino también como aquél que la da; no sólo como aquél que recibe misericordia, sino también como aquél que la da?

…a nosotros nos confió el mensaje de la reconciliación (2Cor 5,18).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.