El Espíritu Santo y nosotros…

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esprit7-previewDOMINGO 1 DE MAYO DE 2016

QUINTO DOMINGO DE PASCUA

La Liturgia de la Palabra, de este sexto Domingo de Pascua, nos ofrece los siguientes textos bíblicos: Hch 15,1-2.22-29; Ap 21,10-14.22-23 y Jn 14,23-29.

VER

Versiones van, versiones vienen en torno al modo de definir la esencia del cristianismo, de la Iglesia y de todo aquello que tiene ver con ella. Buscamos en las fuentes más antiguas, en los recónditos orígenes del cristianismo, en los textos fundantes y en el pensamiento de los primeros discípulos. Pero entre tantas ideas, tantos siglos de historia, tantas posturas definidas y declaradas unas en contra de otras, hemos perdido no sólo el origen real de la Iglesia, sino que hemos también deteriorado su ser más original.

Al sentirnos custodios de la evangelización y herederos de las enseñanzas del Maestro, nos hemos tomado la libertad, o el derecho, de interpretar cada palabra y cada texto…, pero no en el nombre del Dios que nos inspira y del que emana toda sabiduría, sino a título personal; no dejamos que el evangelio hable, nosotros hablamos por él.

El problema es que muchas de esas interpretaciones son, en realidad, lecturas a modo que en nada comprometen a la persona, o repeticiones literales del texto escrito, descontextualizado y amordazado. Tenemos, así, que si un texto dijera “córtate la mano”, el piadoso lector, fiel a la “escritura”, se la cortaría…

La cristianización de los pueblos, asumida como una misión que surge del evangelio, tomó los lineamientos de las conquistas basadas, muchas veces, en el sometimiento (colonizar como sinónimo de evangelizar) para extender los dominios de un reino y de una monarquía. De tal modo, que este proceso se animaba y sustentaba en los interese económicos, políticos y territoriales de los conquistadores/evangelizadores, aun cuando se traicionara la voz del Espíritu de Dios, y se creyera que la voz del rey (o la del Papa en turno) fueran la de Dios.

Cuando la Iglesia ha tenido la necesidad de retomar el camino y de ajustar las enseñanzas, ha surgido la iniciativa de convocar y reunir a sus líderes para, juntos, hacer un discernimiento y tomar decisiones acertadas. Los Concilios han sido los medios y los espacios propicios, y aunque no siempre hayan sido acertados y fructuosos, así ha sido desde Nicea, en el año 325 de nuestra era, hasta el Vaticano II, en 1962.

Pero el primer Concilio, testigo de una Iglesia que nacía entre dificultades, vicisitudes, dudas y aciertos, fue el de Jerusalén, en el año 49 d.C. aproximadamente, donde los Apóstoles y los ancianos debieron definir la postura de la Iglesia respecto de algunos temas y marcar, así, el camino trazado por el Señor y animado por el Espíritu (Hch 15,1-35).

Desde el miércoles 27 hasta el viernes 29 de este mes, la liturgia nos ha presentado, por etapas, el desarrollo del Concilio de Jerusalén:

  1. Una enseñanza errónea y sin fundamentos provoca un altercado y una discusiones con Pablo y Bernabé. Esto lleva a tomar la decisión de reunirse, los apósteles y los ancianos, para examinar el asunto (Miércoles 27, Hch 15,1-6).
  2. Encontramos dos discurso breves, uno de Pedro y otro de Santiago; además, un momento de silencio y escucha en torno al testimonio de Pablo y Bernabé. Dejan clara la centralidad de Jesús y la primacía del Espíritu, antes que el cumplimiento de la ley (Jueves 28, Hch 15,7-21).
  3. Se toma una decisión que se plasma en una carta (un documento conciliar) que será enviada a Antioquía en manos de Pablo, Bernabé, Judas Barsabá y Silas. Dicha carta concluye con estas palabras categóricas: El Espíritu Santo y nosotros hemos decidido… (Viernes 29, Hch 15,22-31).

Las lecturas de este domingo, por su parte, nos preparan a dos grandes acontecimientos con los que se concluye la cincuentena pascual: La Ascensión del Señor y Pentecostés; ambos representan el tiempo de la Iglesia, de la comunidad de los bautizados, que caminarán a partir de entonces acompañados por el Señor a través del Espíritu prometido, pero sin su presencia física. Representa el tiempo de la escucha y de la puesta en práctica, el tiempo de recordar y conmemorar. Tiempo de asumir y vivir con alegría, sabiendo que el único mandamiento que nos rige y nos hace hermanos es el amor…

JUZGAR

El texto de Hechos de los Apóstoles nos refiere, a través de unos cuantos versículos, cómo la comunidad de los apóstoles y de los presbíteros, reunidos para orar, escuchar y discernir, tomaron una decisión precisa para aclarar un problema doctrinal, basado en tradiciones judías milenarias y sustentadas en la autoridad de Moisés (quien representa, en este caso, la Antigua Alianza). El problema parte de lo que el mismo texto de Hechos informa en el versículo 5 (liturgia del miércoles 27):

Pero algunos de la secta farisea que habían abrazado la fe se levantaron y dijeron que era necesario circuncidar a los paganos convertidos y obligarlos a observar la ley de Moisés.

¿Qué sucede en el fondo y hacia dónde debe dirigirse la Iglesia? Constatamos la formación de dos comunidades (Iglesias) pujantes y en desarrollo, por un lado, la comunidad judeocristiana de Jerusalén y, por otro, la comunidad de Antioquía, integrada por los paganos convertidos al cristianismo. Simplificando un poco -comenta Luis A. Schökel- podríamos decir que las dos Iglesias siguen caminos divergentes. La Iglesia de Jerusalén estaba dominada por judeocristianos, conservadores en ciertos aspectos. Se consideraban una especie de “resto” o o gueto en el cual está cristalizándose y creciendo el nuevo Israel, definitivo y total. Sin embargo no acababan de entender en todo su alcance la novedad absoluta de la persona de Jesús, su muerte y resurrección, que sin romper las raíces espirituales que le unían al pueblo elegido de Israel, eliminó todas las fronteras impuestas por la raza, las leyes discriminatorias y las tradiciones excluyentes, como la circuncisión… (La Biblia de Nuestro Pueblo).

En el fondo hay un problema de autoridad y primacía basado en criterios humanos: nos hemos enterado que algunos de los nuestros, sin nuestra autorización, han sembrado entre ustedes la inquietud y provocado el desconcierto (v. 24); tal actitud impide el rompimiento con el pasado, con la seguridad que otorga el poder y con una ley que, sin ser superada, has sido transformada por medio del amor. ¿Hacia dónde se dirige todo?: hacia la novedad y la transformación de la persona, no con leyes que se imponen sino con cambios de actitud y signos de conversión sincera. La carta (o documento conciliar) dirigida a los hermanos de Antioquía, Siria y Cilicia, convertidos del paganismo (v. 23), así lo propone y establece:

El Espíritu Santo y nosotros hemos decidido no imponerles más cargas que las estrictamente necesarias. A saber: que se abstengan de la fornicación y de comer lo inmolado a los ídolos, la sangre y los animales estrangulados. Si se apartan de esas cosa, harán bien (vv. 28 y 29).

La postura y la firme decisión de los apóstoles, de los ancianos, de Pedro, de Santiago, de Bernabé e, incluso, del mismo Pablo recién convertido, hunde sus raíces en las palabras del Maestro que hoy nos recuerda el evangelio de Juan (14,23-29):

  • El que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos en él nuestra morada. El que no me ama, no cumplirá mis palabras (vv. 23 y 24): la nueva ley es el amor y se cumple amando.
  • El Paráclito, el Espíritu Santo que mi Padre les enviará en mi nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo cuanto yo les he dicho (v. 26): el Espíritu ungirá a los discípulos para convertirlos en enviados y en testigos de la Palabra; además, consolida la Buena Nueva y es garantía de la verdad.
  • La paz les dejo, mi paz les doy. No se la doy como la da el mundo. No pierdan la paz ni se acobarden (v. 27): la paz es fruto de la justicia; justicia por la que Jesús ha luchado y entregado su vida. No es la justicia del hombre, basada en leyes efímeras, sino la justicia de Dios, basada en la misericordia. Pero esta justicia no puede surgir sino del amor.

El texto del Apocalipsis de Juan, por medio de los símbolos y de la revelación que ha recibido el apóstol, no hace más que confirmar que la Iglesia, cualquiera que sea su origen y su misión (paganos, helenistas, gentiles, etc.), está cimentada sobre una base única:

La muralla descansaba sobre doce cimientos, en los que estaban escritos los doce nombres de los apóstoles del Cordero (Ap 21,14).

Pero más allá de la reflexión teológico-bíblica en torno a estos textos, encontramos una enseñanza para la vida y para nuestro modo de hacer Iglesia hoy. Desde la perspectiva analítica de Schökel, podemos ver que el llamado Concilio de Jerusalén se enfrentó a una realidad de marginación, concebida en el mismo seno de la comunidad cristiana: los desacuerdos en torno a la aplicación de una ley, que había quedado en el pasado, provocó el menosprecio de helenistas cristianos y de los paganos convertidos en una Iglesia dominada por los judeocristianos…

Hoy, los marginados, son la mujeres en un mundo dominado por los hombres; los niños en un mundo de adultos; los enfermos en un mundo obsesionado por la salud y el hedonismo; el tercer mundo dominado por el primero; son los pobres, los emigrantes, los indígenas, los trabajadores y, en general, los marginados de nuestra sociedad. Las palabras de Pedro en Jerusalén siguen resonando proféticamente en nuestros días: Si Dios los ha elegido, ¿quiénes somos nosotros para marginarlos? (La Biblia de Nuestro Pueblo).

Además, siguiendo los lineamientos del Concilio de Jerusalén, al término de la carta dirigida a los cristianos de Antioquía, nos debemos preguntar: ¿de qué actos de fornicación debemos abstenernos hoy, de cuáles ídolos tendremos que liberarnos y de cuál sangre derramada y ofrecida a ellos?

ACTUAR

En la meditación que el Papa Francisco hizo la mañana del pasado jueves 28 de abril, en torno al mismo texto de Hechos, nos invita a reflexionar en lo siguiente:

También hoy en la Iglesia hay resistencias a las sorpresas del Espíritu», pero el Espíritu mismo ayuda a vencerlas y a seguir adelante…

Esta es la vía de la Iglesia hasta hoy. Y cuando el Espíritu nos sorprende con algo que parece nuevo o que ‘nunca se ha hecho así’, ‘hay que hacer así’; piensen en el Vaticano II, en las resistencias que tuvo el Concilio Vaticano II, y digo esto porque es el que está más cerca de nosotros. Cuántas resistencias… También hoy hay resistencias que continúan de una u otra forma, y el Espíritu es el que sigue adelante. Y la vía de la Iglesia es esta: reunirse, unirse juntos, escucharse, discutir, rezar y decidir. Y esta es la llamada sinodalidad de la Iglesia, en la que se expresa la comunión de la Iglesia. ¿Y quién hace la comunión? ¡El Espíritu! Otra vez el protagonista. ¿Qué pide el Señor? Docilidad al Espíritu. ¿Qué nos pide el Señor? No tener miedo, cuando vemos que es el Espíritu quien nos llama.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

Reconocerán que son mis discípulos…

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vinilo-decorativo-manos-corazones-212824 DE ABRIL DE 2016

QUINTO DOMINGO DE PASCUA

El quinto domingo de Pascua nos ofrece los siguientes textos del Nuevo Testamente: Hch 14,21-27, Ap 21,1-5 y Jn 13,31-33.34-35.

VER

¿Cuántos esfuerzos hacemos y cuántas cosas intentamos para llamar la atención de los otros? Se nos va la vida en buscar el reconocimiento, el aprecio y la aceptación de los demás, con tal de ser el centro y el punto de referencia. Cada una de las acciones que llevamos a cabo para ese fin está marcada, tal vez, por un interés preciso y por una ambición, pero no se nutren con nada que las sustente y les ofrezca solidez. Estas actitudes protagónicas, que provocan aversión y rechazo cuando las observamos, nos ayudan a reconocer a persona así y a saber que su afán desmedido genera la atención deseada y una fijación pasajera en su persona, pero no, de ninguna manera, un seguimiento.

Además, los individuos, las instituciones y los grupos que buscan el posicionamiento entre la gente, acuden a las dádivas y el clientelismo: “les damos una despensa para que nos correspondan con su voto”; “ofrecemos zapatos y uniformes escolares gratuitos, para que nos favorezcan en las urnas”, “promovemos una ley que garantiza y protege la salud a cambio de una filiación incondicional (e incuestionable) a las filas del partido” y todos sabrán que son de los nuestros por el modo de proceder y comportarse…

Pero siempre hay, por el contrario, hijas e hijos que reflejan en sus vidas el amor recibido de sus padres; líderes, trabajadores, fieles de una parroquia, laicos pertenecientes a grupos pastorales; religiosas, religiosos, presbíteros y pastores; padres de familia, esposas y esposos…, que han asumido sus compromisos como ley de vida y son fieles a sus ideales y proyectos; los reconocemos pro su modo de proceder y de trabajar por el bien común.

JUZGAR

El libro de Hechos de los Apóstoles describe el recorrido que Pablo y Bernabé hicieron por varias ciudades, saliendo de Antioquía y regresando, después de un tiempo, allí mismo, con el objetivo de proclamar el evangelio y abrir las puertas de la fe a los paganos (14,27). Esta misión, asumida con fe y entrega al Señor, no se habría logrado si el corazón de cada uno de ellos no hubiese sido animado por la fuerza que rige la vida de los creyentes, y que el evangelio de Juan nos presenta así:

Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros, como yo los he amado; y por este amor reconocerán todos que ustedes son mis discípulos (13,35).

El amor propuesto como mandato, como norma de vida, se convierte en forma de ser y de comportarse en relación con los otros y ante la realidad; lo que esta ley prescribe y nos sugiere es que debemos vivir amando. De esta manera, se puede superar la tentación de ver en el amor sólo un sentimiento, o la inclinación natural de un individuo respecto de otro (el ágape y el eros platónicos); el evangelio siempre nos llevará más allá.

Este amor siempre va acompañado del discipulado, lo que quiere decir que de él surgen el compromiso, el trabajo por el reino y el servicio al hermano, sustentados en los criterios del evangelio (anunciar la Buena Nueva, denunciar las injusticias, dar la vida, perdonar hasta setenta veces siete, compartir el pan, orar, escuchar la Palabra de Dios y hacer su voluntad…). Desde esta perspectiva, no hay amor que no se comprometa con algo; de hecho, el primer compromiso al que quedan supeditados los compromisos que vayan surgiendo es el amor a uno mismo (Lv 19,18.34), que se vive y se practica a la par del amor al prójimo y a Dios:

¿Cuál es el precepto más importante? Jesús respondió: “El más importantes es: Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es uno solo. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás al prójimo como a ti mismo(Mc 12,28-31).

Si alguien dice: “Yo amo a Dios”, y odia a su hermano, miente. ¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, si no ama a su hermano a quien ve? Él mismo nos ordenó: El que ama a Dios, ame también a su hermano (1Jn 4,20).

La palabra de Dios -dice A. Cencini- no cesa de sorprendernos y… crearnos problemas. No sólo destruye nuestros sueños de intimidad fácil e inmediata con Dios, recordándonos que es imposible amarlo si no se ama al hermano, y nos empuja para amar al prójimo como a nosotros mismos.

Es por eso que en el modo de amar, de tratarse unos a otros y de vivir, se reconoce al discípulo y al seguidor; al que ha comprendido que no hay amor más grande que dar la vida por los amigos y los hermanos (Jn 15,13).

Jesús no ofrece nada que sea extraño al hombre, o que le sea imposible de alcanzar; tampoco propone cosas que comprometan nuestra condición con tal de hacernos sus seguidores. Parte de la naturaleza misma del hombre, sabiendo que el amor es una experiencia común a todos, pero transformadora. La novedad de esto radica en que el amor pasa de ser una ley natural (los hombres aman y se aman) a un mandamiento nuevo: amen como yo los he amado.

  • Un mandamiento nuevo: toda la ley debe pasar por el crisol del amor; sólo así tendrá sentido no matar, no robar, no mentir…
  • Amarse unos a otros: sin distinciones y en absoluta correspondencia; el amor se convierte en un acto de responsabilidad y compromiso mutuos.
  • Como yo los he amado: entregando la vida hasta el extremo; sirviendo, perdonando, lavando pies, curando heridas, devolviendo la vista, el habla… Recuperando la dignidad de cada persona y reintegrándola a la sociedad.
  • Reconocerán que son mis discípulos: en el modo de amarse y de hacer las cosas.

El padre Pedro Arrupe, SJ (RIP), desarrollando una ponencia titulada Hombres y mujeres para los demás (1973), distinguía tres aspectos, consecuencia del egoísmo, que causan deshumanización: a sí mismo, a los demás y a las estructuras sociales; nacen de la falta de amor y generan injusticias. A todo ello, Arrupe proponía una humanización por el amor, en consonancia con la civilización del amor a través de la cual Pablo VI animaba una nueva forma de concebir el Reino de Dios y de vivir como Iglesia:

La civilización del amor que prevalecerá en medio de la inquietud de las implacables luchas sociales y dará al mundo la soñada transfiguración de la humanidad finalmente cristiana (1975).

El mandamiento del amor no se reduce a un simple “te quiero”, sino que tiene que articularse a través del difícil proceso (no imposible), que comienza por descubrir y aceptar el amor que nos tenemos unos a otros, luego, romper paradigmas e inercias para ser capaces de amar como como Cristo nos amó y llegar, finalmente, a ser testigos del amor evangélico y que el mundo nos reconozca. Es un mandato, no un sentimiento, que se lleva a la práctica a través de compromisos concretos.

Del amor nace la justicia y de la justicia la paz: Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros, como yo los he amado…

ACTUAR

Me permito compartir, literalmente, las palabras del padre Arrupe:

Ni basta con decir que no tiene sentido hablar de justicia cristiana si ésta no está coronada por el amor. Todavía hay más. El amor infundido por Dios está también en la raíz: nadie puede ser justo si no ama con ese amor que es don De Dios… Así como no sabemos nunca que amamos a Dios, a no ser que amemos al hombre, así tampoco sabemos si amamos al prójimo si no lo hacemos con un amor que tenga como primer fruto la justicia. Yo me atrevería a decir que el paso más difícil, el que además está menos expuesto a ilusiones, el que en definitiva prueba si nuestra actitud religiosa no es una farsa, ese paso es el paso a la justicia… Expresemos todo esto de otra manera: la justicia es la modalidad que adopta necesariamente el amor auténtico en un mundo lacerado por las injusticias personales y estructurales. En un mundo así, el amor adopta la forma de opción por los marginados y los oprimidos, porque sólo así se aman todos los hombres, es decir, sólo así se libera a los oprimidos de la opresión y a los opresores de la miseria de serlo… (Hombres y mujeres para los demás. La justicia, 1973).

Y donde no hay amor, ponga amor, y sacará amor… (S. Juan de la Cruz, carta a María de la Encarnación).

 Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

Nadie las arrebatará de mi mano…

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17 DE ABRIL DE 2016.

CUARTO DOMINGO DE PASCUA

La liturgia de la Palabra de este cuarto domingo de Pascua nos ofrece los siguientes textos: Hch 13,14.43-52 (Primera lectura), Ap 7,9.14-17 (Segunda lectura) y Jn 10,27-30 (Evangelio).

VER

Cuántas veces hemos sido testigo de cómo una madre suplica a su hijo: ¡Escúchame!, o un padre pidiendo, derrotado y vencido: si lo que yo te digo no te interesa, escucha, por lo menos, otras opiniones, otras voces. Un profesor en el aula, un anciano en su soledad, o un adolescente en su desesperación, gritan, cada uno desde su realidad: ¡Escúchenme!

En la sociedad, las voces que más se escuchan son las que más ruido hacen, pero no siempre las que más dicen; tampoco son las que se pronuncian a favor de los cambios reales y de la transformación del tejido social. Son los grupos que hablan para sí mismos, se jactan de sus propios discursos y se adormecen con ellos.

Campañas, propuestas y proyectos políticos inundan los espacios de expresión e invaden el lugar legítimo de las otras opciones, de las que no necesitan del protagonismo ni de la presencia farsante. La estelaridad de personajes públicos los coloca en puestos de “primer orden” y sus palabras, cubiertas con la seducción de la falacia, presumen de una autoridad que nadie les ha concedido y, así, con una profunda vaciedad, gritan también: ¡Escúchame!.

El panorama puede parecer desalentador, pero hay gente que a pesar de ello, escucha el clamor de los pobres y oprimidos, la voz de los sin voz, el lenguaje de la tierra, los gritos del Espíritu y los latidos de un corazón que palpita lleno de vida cuando las voces de los hombres gritan: ¡Escúchame!

JUZGAR

El evangelio de Juan nos presenta a Jesús haciendo una aclaración a los judíos respecto de su autoridad mesiánica. Este pequeño texto de la liturgia dominical inicia con lo que Jesús dice, pero valdría la pena saber por qué lo dice de esa manera; los versículos 24 a 26 del mismo capítulo 10 nos ponen en antecedentes:

Los judíos rodearon a Jesús y le preguntaron: “¿Hasta cuándo nos tendrás en suspenso? Si eres el Mesías, dilo claramente”. Jesús les contestó: “Ya se los dije y no creen. Las obras que yo hago en nombre de mi Padre dan testimonio de mi. Pero ustedes no creen porque no son de mis ovejas…”.

Entre los judíos y Jesús se entabla un conflicto de pertenencia y de aceptación, que tiene que ver con el simple hecho de creer; es decir, las palabras (se los dije) y los hechos (las obras que yo hago) son la prueba fehaciente de que es el Mesías y quien ve, cree y acepta tal cosa, forma entonces parte del rebaño, de la comunidad, encabezada y animada por él: Mis ovejas escucha mi voz; yo las conozco y ellas me siguen (Jn 10,27).

La fe y la confianza surgen de la escucha, de la experiencia directa y personal con el Señor; de allí se pasa al reconocimiento (yo las conozco) y al compromiso (ellas me siguen). Pero tiene que haber apertura para aceptar las propuestas de la Buena Nueva y un corazón dispuesto para dejarse seducir por la voz del Hijo que el Padrea ha enviado para ser escuchado. Él, no es cualquier voz ni sale de su boca cualquier palabra.

En el texto, como en todo el evangelio, los judíos representan la antigua tradición, el anquilosamiento de la ley y la cerrazón de la mente y el corazón a causa del poder y el prestigio ocultos bajo la sombra del Templo. Esta realidad marca con más fuerza el contraste entre Jesús y las autoridades, que se mueven entre la duda, la sospecha, el miedo y la insatisfacción: Yo les doy la vida eterna y no perecerán jamás (v. 28). Mientras unos buscan cualquier motivo para matar a Jesús y callar su voz, Jesús se dedica a dar vida…

En el discurso de Jesús subyace un tinte materno, que no es extraño a la imagen más pura del Dios de Israel, a través del cual se refleja la ternura, la generosidad y la misericordia del Padre: dar la vida, cuidar que nadie perezca y que nadie le sea arrebatado de la mano. En coincidencia con aquella imagen que el mismo Jesús ofrece de sí mismo: ¡Cuántas veces intenté reunir a tus hijos como la gallina reúne los pollitos bajo sus alas y tú te negaste! (Mt 23,37). Es así, que todo aquello que Jesús deja ver de sí mismo es un modo de revelar al Padre: El Padre y yo somos uno (v. 30).

Por último, en todo el conjunto del texto, hay una seguridad de parte de Jesús que se traduce en certeza indiscutible: Me las ha dado mi padre, y él es superior a todos (v. 29). La condición mesiánica de Jesús surge de la autoridad de Dios y el pueblo que se le ha confiado nace de su paternidad: todo lo que viene de la bondad del Padre no se pone en duda.

¿En qué medida asumimos que Jesús nos conoce?: en la medida que notros lo reconocemos a él y en cuanto su voz se ha convertido en el motivo de los caminos que emprendemos…

ACTUAR

El evangelio no es una escena montada para ser contemplada, aplaudida, admirada y, después, salir de allí conmovidos y afirmando, con la mirada del buen espectador, que Jesús es buen pastor… No es así. El evangelio es el criterio con el cual nuestras vidas, poco a poco, deben convertirse en guías (pastores) de otros, en voz que es escuchada, en mirada limpia que conoce a los suyos, en entrega generosa que da la vida y en actitud firme que no permite que nadie se pierda.

Como una madre debemos luchar para que nadie no sea arrebatado de la mano; la responsabilidad por la vida del hermano, también nos la da el padre. Por eso, debe hacer eco en nosotros la pregunta, directa y profunda, dirigida a Caín: ¿Dónde está tu hermano? (Gn 4,9).

Así nos lo ha ordenado el Señor, cuando dijo: Yo te he puesto como luz de los paganos, para que lleves la salvación hasta los últimos rincones de la tierra (Hch 13,47).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

¡Es el Señor!

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jesus en la orilla10 DE ABRIL DE 2016.

TERCER DOMINGO DE PASCUA.

El tercer domingo de Pascua nos ofrece los siguientes textos: Hch 5,27-32.40-41 (Primera lectura), Ap 5,11-14 (Segunda lectura) y Jn 21,1-19 (Evangelio).

VER

Nuestro ritmo de vida, marcado por el trabajo, el estudio, las obligaciones con la familia y las circunstancias que se presentan de manera inadvertida, nos han orillado a prescindir de muchas cosas esenciales y vitales para subsistir; comenzamos a perder el gusto y el sentido de los detalles que aparecen frente a nosotros, que están allí, pero pasan inadvertidos, a tal grado, que dejan de existir y, nosotros, perdemos la posibilidad de enriquecer nuestro corazón y nuestra mente.

De la misma manera, nuestra relación con los demás se ve envuelta en la misma inercia; también aquí prescindimos de cosas esenciales: ya no saludamos a nadie, y si lo hacemos, no tenemos respuesta (ni un “buenos días” o un “hola, ¡qué tal!”); no cedemos espacios, no miramos alrededor para saber quién va, camina o se sienta junto a nosotros, a menos que despierte un interés morboso. Todos, cercanos o lejanos a mí, son unos desconocidos.

Al interior de las familias sucede lo mismo, cada miembro tiene, defiende y reclama su espacio personal; ocupan la misma casa, pero no la habitan como familia; están allí pero acaban por no conocerse, cada uno hace su vida por separado.

Pero hay otra realidad, un panorama distinto: existe gente que espera, que cede el paso, que te reconoce a lo lejos, que grita tu nombre y te desea un buen día.

Hay familias que esperan, con gusto, a que todos sus miembros lleguen, y tienen la mesa lista y la comida preparada…

Tan pronto como saltaron a tierra, vieron unas brasas y sobre ellas un pescado y pan (Jn 21,9).

JUZGAR

Nos encontramos en el tercer domingo de Pascua y el evangelio nos habla de una nueva aparición de Jesús a sus discípulos más cercanos. La primera vez se apareció a las mujeres que fueron al sepulcro y encontraron la piedra removida (Domingo de Resurrección, Lc 24,1-2); después, en un lugar indeterminado, nos dice Juan que los discípulos estaban encerrados por miedo a los judíos: Llegó Jesús, se colocó en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes” (Segundo domingo, Jn 20,19). ¿Miedo a qué?: a los demás y al “qué dirán…”, pero también, miedo por la incapacidad de no entender los hechos ocurridos: el maestro murió en la cruz, como criminal, luego, el sepulcro vacío y el rumor de que algunos lo vieron, ¿eso significa que está vivo? Si no lo veo, no lo creo (Jn 20,25). El miedo es ausencia de paz, sobre todo cuando nos domina y nos paraliza por completo. Jesús recupera la paz perdida y nos ayuda a comprender que son dichosos los que creen sin haber visto.

La tercera aparición tiene lugar junto al lago de Tiberíades (Jn 21,1), allí están los discípulos, trabajando para subsistir; tal vez haya pasado el miedo, pero no la incertidumbre: el maestro resucitó de entre los muertos, pero siguen sin entender qué significa eso. Cuando Jesús se apareció estaba amaneciendo (21,4): la luz de Cristo a la par de la luz del día; en contraste con lo que el mismo Juan narra al decir que aquella noche no pescaron nada (v. 3).

Jesús se apareció en la orilla, pero los discípulos no lo reconocieron (v. 4).

¿Cómo logra Jesús que lo reconozcan? A través de las cosas ordinarias y de los sucesos de la vida cotidiana: preguntar cómo va el trabajo, tener hambre, preparar un pescado, o compartir un pan con los amigos. Éste último es un signo propio de Jesús: comer y compartir el pan; es un detalle que si pasa inadvertido, no será posible reconocer al Señor.

  • Les pregunta sin han pescado: “Muchachos, ¿han pescado algo? (¿Tienen algo de comer?)” (v. 5).
  • Les indica dónde tirar la red para encontrar peces: “echen la red a la derecha de la barca y encontrarán peces” (v. 6).
  • Les tiene preparado el almuerzo: Tan pronto como saltaron a tierra , vieron unas brazas y sobre ellas un pescado y pan (v. 9).
  • Los invita a colaborar con los frutos del trabajo para comer: Jesús les dijo: “Traigan algunos pescados de los que acaban de pescar (v. 10).
  • Luego les dijo: “Vengan a almorzar” (v. 12).

En todo esto, dice Luis A. Schökel, descubrimos dos cosas especiales: la primera, que Jesús es el Señor y es amigo cercano; la segunda, que los discípulos, a pesar de sus dudas, demuestran una confianza absoluta en la palabra del Señor. Lo reconocen, saben que es él y, sin tener que preguntar, se los confirma a través de un gesto singular y fundamental: Jesús se acercó, tomó pan y se lo dio y también el pescado (v. 13).

Las apariciones, en general, poseen un sentido pedagógico en función de cambiar la imagen del pasado y de superar el peso de la muerte; los discípulos deben reconocer a su Señor de modo distinto, vivo, y, así, ser testigos de la resurrección, al igual que Magdalena, las otras mujeres y Tomás.

Después del acercamiento y el reconocimiento, nos encontramos con un diálogo entre Jesús y Pedro: Jesús cuestiona la fidelidad de Pedro: ¿Me amas?; Pedro confiesa su amor y su disponibilidad al Señor: Tú sabes que te quiero; finalmente, recibe una misión: Apacienta mis ovejas.

Pedro, que había negado tres veces a Jesús, es llamado a profesar su amor tres veces. Donde hay amor hay futuro y existe la cualidad fundamental para el liderazgo cristiano (Luis A. Schökel, La Biblia de Nuestro Pueblo).

El evangelio encierra una enseñanza para nosotros: en cada amanecer, cada día de nuestra vida, Jesús viene a encontrarnos; está allí, en lo cotidiano, en el trabajo, en las dificultades para alcanzar lo que necesitamos, en el regreso de los esfuerzos infructuosos. Él ha preparado para nosotros la mesa con el pan que se comparte y nos invita a poner de lo que tenemos, para que nadie quede fuera y todos coman para tener vida.

Por otro lado, igual que a Pedro, no sólo nos pregunta si lo amamos, sino que nos da la pauta que nos pone en sintonía con los demás y nos permite entrar en mundos y dimensiones insospechadas: ¡Te amo!

Sólo el amor nos ayuda a superar la indiferencia, el desconocimiento del otro como hermano, y nos pone en alerta para advertir sus necesidades, su cercanía, su corazón… Así, como dice Schökel: Donde hay amor hay futuro.

A la tarde te examinarán en el amor; aprende a amar como Dios quiere ser amado y deja tu condición (S. Juan de la Cruz, D 56).

ACTUAR

¡Es el Señor!

Los discípulos se fiaron de Jesús y el resultado fue una pesca increíblemente abundante. A este punto Juan se dirige a Pedro y dice: “¡Es el Señor!” (v. 7). Y en seguida Pedro se lanzó al agua y nadó hacia la orilla, hacia Jesús. En esa exclamación: “¡Es el Señor!”, está todo el entusiasmo de la fe pascual, “Es el Señor”, llena de alegría y estupor, que contrasta fuertemente con el desconcierto, la desesperación, el sentido de impotencia del que se había llenado el ánimo de los discípulos. La presencia de Jesús resucitado transforma cada cosa: la oscuridad es vencida por la luz, el trabajo inútil se convierte nuevamente en fructuoso y prometedor, el sentido de cansancio y de abandono deja lugar a un nuevo impulso y a la certeza de que Él está con nosotros.

Desde entonces estos sentimientos animan la Iglesia, la Comunidad del Resucitado. Todos nosotros somos la Comunidad del Resucitado.  Si a una mirada superficial puede parecer a veces que las tinieblas del mal y el cansancio del vivir cotidiano dominan la situación, la Iglesia sabe con certeza que sobre los que siguen al Señor Jesucristo resplandece ya para siempre la luz de la Pascua (Papa Francisco, Regina Coeli abril 10/2016).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.