Una palabra tuya bastará…

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23ca547428e0f9266f9280d2ab46331eMAYO 29 DE 2016

DOMINGO 9 DEL TIEMPO ORDINARIO

La Liturgia de la Palabra del noveno domingo del tiempo ordinario nos ofrece los siguientes textos: 1Re 8,41-43; Gál 1,1-2.6-10 y Lc 7,1-10.

VER

Es inusual encontrar que la palabra y la confianza, en una mutua complementariedad, generen hechos de fe y de abandono absoluto en el otro. Hay quienes dan su palabra como testimonio de la verdad y hay quienes confían en esa palabra como acto de fe en la verdad.

De la tradición popular y de su sabiduría, surge una expresión que denota la total apertura hacia una persona que, por su forma de ser, por sus conocimientos o por su preparación, es digna de confianza y consideración: le tengo fe… Es así como la gente se expresaba de un médico, de un profesor, de un párroco, de un abogado, o de cualquier otra persona que se hubiese convertido en referente de su vida.

En ocasiones, cuando se presentaba alguna situación por resolver, en la que se requería de una mente audaz y con visión clara de la realidad, bastaba una opinión, un consejo, una instrucción precisa, una palabra, de cualquiera de ellos, para que se tuviera casi de inmediato la solución. No había duda, se les tenía fe y en ellos recaía el sentido de la certidumbre.

Además, su personalidad y su autoridad, cualquiera que fuera, estaban ligadas siempre a un espacio físico, a un lugar: el doctor a la clínica, el maestro a la escuela, el párroco al templo, el abogado al despacho, etc.; que se convertían en símbolo de esperanza y de acogida, allí se albergaban la certeza y la generosidad, se llegaba para obtener lo que se buscaba, pero también lo que se creía.

Hoy, con nuestras acciones y nuestra insensatez hemos devaluado el poder de la palabra y el sentido profundo de la confianza. Pareciera que ya no hay manera de tener fe en nadie, porque mentimos y engañamos; porque ofrecemos soluciones etéreas y alardeamos con el falso discurso del cinismo.

Autoridad y profesión, en muchos casos, no representan nada, mucho menos la persona del otro; los lugares donde se cultivaba y se alimentaba la fe en ellos, son ahora lugares de corrupción, de vaciedad y de oscuridad.

Ya nadie confía en ellos…

No obstante, encontramos aún hoy a profesores, médicos, abogados, párrocos, pastores, líderes, que alimentan la esperanza de la gente y son dignos de fe y credibilidad.

JUZGAR

Pablo, en su carta a los gálatas, expresa un lamento:

Me extraña mucho que tan fácilmente hayan abandonado ustedes a Dios Padre, quien los llevó a vivir en la gracia de Cristo y que sigan otro Evangelio. No es que exista otro evangelio; lo que pasa es que hay algunos que los perturban a ustedes, tratando de cambiar el Evangelio de Cristo (1,6-7).

La extrañeza del apóstol surge desde una convicción de fe incuestionable, tanto para los creyentes cristianos como para el pueblo judío en general: que Yahvé es Dios y, que siendo el único Dios, no pueden adorar a otros dioses (Ex 20,3). Además, la imagen de Dios poseía en sí una fuerza irresistible, el misterio de su divinidad era motivo de fe para cualquier hombre. Por eso mismo, al construir el templo de Jerusalén, lugar en donde habita la presencia de Dios y donde el pueblo se encontraba con Él, Salomón hace una plegaria en la que resalta y reconoce la centralidad y la magnitud de Dios:

Los extranjeros oirán hablar de tu gran nombre, la fuerza de tu mano y de tu brazo protector. Cuando uno de ellos, no israelita, atraído por la fama de tu nombre, venga de un país distante a orar, escúchalo tú desde el cielo, tu morada, y concédele todo lo que él te pida. Así te conocerán y temerán todos los pueblos de la tierra, lo mismo que tu pueblo Israel, y sabrán que este templo que he construido, está dedicado a tu nombre (1Re 8,41-43).

¿Qué duda puede haber? La duda surge de la desconfianza y de las falsas expectativas puestas en aquellos que nos engañan. En este sentido, Pablo es enfático con los gálatas: No es que exista otro evangelio; lo que pasa es que hay algunos que los perturban a ustedes, tratando de cambiar el Evangelio de Cristo. Ya lo decíamos la semana pasada, hablando del misterio trinitario, que nuestro Dios es un Dios cercano, y que su gratuidad, su gracia, nos abre el acceso al misterio de su divinidad y nos llama a vivir en la gracia de Cristo (Gal 1,6), ¿por qué entonces dudar, por qué creer en otro anuncio, en otro Dios, en otra esperanza?

Pero, sépanlo bien: si alguien, yo mismo o un ángel enviado del cielo, les predicara un Evangelio distinto del que les hemos predicado, que sea maldito (Gal 1,8).

Ante este panorama, el evangelio de Lucas nos ofrece una figura emblemática y aleccionadora: un oficial romano; al que podemos definir, desde una visión superficial, como no judío, no creyente y ni siquiera como seguidor del Señor, pero que se distinguía del resto de la gente por el cariño que tenía a sus criados (7,2). A pesar de ser un extraño y un “opresor” (puesto que representaba al Imperio que dominaba Israel), fue capaz de apreciar y tener fe en la predicación de Jesús y en lo que sabía de él. Él nunca dudó, a tal grado, que cuando le dijeron que Jesús estaba en la ciudad, le envió a algunos de los ancianos de los judíos para rogarle que viniera curar a su criado (v. 3).

Es este un hecho peculiar. Aquí, palabra y confianza generan actos de fe verdadera, de abandono en las manos del otro o, a lo menos, admiración y respeto, por la persona de Jesús y por lo que representaba el oficial Romano: éste confió en Jesús y, al mismo tiempo, era admirado por los ancianos: Ellos, al acercarse a Jesús, le rogaban encarecidamente, diciendo: “Merece que le concedas ese favor, pues quiere a nuestro pueblo y hasta nos ha construido una sinagoga”. Jesús es la palabra en la que se tiene fe, el oficial romano encarna la fe y la confianza en esa palabra.

Señor, no te molestes, porque yo no soy digno de que entres en mi casa; por eso no siquiera me atreví a ir personalmente a verte. Basta con que digas una sola palabra y mi criado quedará sano (vv. 6-7).

Todo, hasta ese momento, había sucedido bajo su autoridad: mandó a los ancianos a buscar a Jesús, a través de ellos logró convencerlo de que fuera a su casa a curar al criado y, finalmente, envió a unos amigos para pedir a Jesús que no llegara a su casa. Un momento de duda y cobardía, ni siquiera me atreví a ir personalmente (v. 7), lo lleva a un acto de fe verdadera que surge de la humildad: reconocer que la Palabra de Jesús tiene más fuerza que la suya, porque de ella brota la vida: Una sola palabra y mi criado quedará sano (v. 7). Esa PALABRA es diferente a lo que él está acostumbrado a hacer: tengo soldados bajo mis órdenes y le digo a uno: ¡Ve!, y va; a otro: ¡Ven!, y viene; a mi criado: ¡Haz esto!, y lo hace… (v. 8) Con una palabra tuya bastará.

El no atreverse a ir personalmente se transforma en una fe viva, ciega, que se interioriza aún sin estar presente: Dichosos los que creen si haber visto (Jn 20,29). Además, desde la perspectiva del primer libro de los reyes, el oficial romano y el contexto de Cafarnaúm (fuera y más allá de Jerusalén), representan lo que Salomón elevó en su plegaria: Cuando uno de ellos, no israelita, atraído por la fama de tu nombre, venga de un país distante para orar, escúchalo tú desde el cielo, tu morada, y concédele todo lo que él te pida (vv. 42-43). La fe de un extranjero se convierte en el medio para que el pueblo se reencuentre con su Dios: nos ha construido una sinagoga.

Ante la figura fascinante de este hombre, Jesús, por un momento da la impresión de convertirse en súbdito, en siervo, en admirador de las acciones del oficial romano y, cual humilde seguidor, al escuchar a los ancianos, se puso en marcha con ellos; pero cuando ya estaba cerca de la casa (v. 6), cuando la grandeza de Dios lo asombró con la sencillez del amor y el gesto de condescendencia y misericordia, sucede algo asombroso: el oficial reconoce su pequeñez y deja que el poder de Dios, no el suyo, actúe sin condiciones:

Jesús quedó lleno de admiración, y volviéndose hacia la gente que lo seguía, dijo: “Yo les aseguro que ni en Israel he hallado una fe tan grande”. Los enviados regresaron a la casa y encontraron al criado perfectamente sano (v. 10).

ACTUAR

Pablo, al final del texto que hoy leemos, nos cuestiona y nos interpela:

¿A quién creen que trato de agradar con lo que acabo de decir? ¿A Dios o a los hombres? ¿Acaso es ésta la manera de congraciarse con los hombres? Si estuviera buscando agradarles a ustedes no sería servidor de Cristo (Gal 1,10).

En este sentido, bien nos vienen las palabras de Teresa de Jesús:

No digo sólo que no digamos mentira…, sino que andemos en verdad delante de Dios y de las gentes, de cuantas maneras pudiéremos, en especial no queriendo nos tengan por mejores de lo que somos, y en nuestras obras dando a Dios lo que es suyo, y a nosotros lo que es nuestro, y procurando sacar en todo la verdad, y así tendremos en poco este mundo, que es todo mentira y falsedad, y como tal no es durable.

Una vez estaba yo considerando por qué razón era nuestro Señor tan amigo de esta virtud de la humildad, y púsoseme delante esto: que es porque Dios es suma Verdad, y la humildad es andar en verdad… 6M 10,7-8).

 Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

Infundió su amor en nosotros…

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LA SANTISIMA TRINIDAD

El primero domingo dentro del Tiempo Ordinario está de dedicado a la Santísima Trinidad. La Liturgia de la Palabra nos ofrece los siguientes textos: Prov 8,23-31; Rm 5,1-5 y Jn 16,12-15.

VER

Entrar en lo más profundo de una persona es un misterio insondable; conocer al otro es, en realidad, una pretensión inalcanzable. Nunca sabremos cómo es verdaderamente si ella, o él, no abre su corazón ante nosotros y nos lo confía en una total transparencia.

Pero ese misterio, sin darnos cuenta, ya ha estado cerca…, nosotros sumergidos en él. Nacimos y somos gracias a él. En lo más hondo de un vientre amoroso, en la oscuridad luminosa de sus entrañas, cubiertos de un abrazo eterno, no fue necesaria la conciencia durante nueve meses, pues bastaron la confianza y el amor para tener la certeza de estar allí, amados, protegidos, reconocidos, llamados a vivir.

La voz creadora de un padre y la mano tierna de una madre, nos transmitieron, sin descanso, vida y fuerza en cada palabra pronunciada desde aquella eternidad de su amor mutuo; en cada gesto de su alianza nos hicieron parte de ellos, para ser una sola carne, un solo cuerpo, en el que se unieron, por amor, la paternidad fecunda, la maternidad generosa y la filiación que prolonga por siempre la misma vida recibida y el mismo amor compartido.

Que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti; que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste (Jn 17,21).

JUZGAR

Así como nos adentramos en lo más profundo de la vida del hombre a través del vientre materno, del mismo modo, la gratuidad de Dios nos abre el acceso al misterio de su divinidad:

Hermanos: Ya que hemos sido justificados por la fe, mantengámonos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo. Por él hemos obtenido, por la fe, la entrada al mundo de la gracia, en el cual nos encontramos; por él, podemos gloriarnos de tener la esperanza de participar en la gloria de Dios (Rm 5,1-2).

El Dios trinitario no es una abstracción sin sentido, ni un concepto agresivo e indescifrable que busque confundir la inteligencia del hombre. Es, por el contrario, el modo de darse a conocer, de revelarse, a través de realidades propias de la finitud humana, como la paternidad y la maternidad, la filiación y la fraternidad, y el amor. Así, la Trinidad es una expresión del amor divino y una experiencia de misericordia en nuestras vidas, antes que ser un dogma de fe.

¿Por qué el lenguaje de los enamorados -dice Leonardo Boff- se asemeja al lenguaje de la divinidad, con sus juramentos de amor eterno, de fidelidad absoluta y de entrega incondicional? ¿No será porque lo que está en juego en el amor es el misterio del amor? El amor humano es revelación, más aún, es comunicación de ese Amor más grande. La persona es el lugar y la manifestación encarnada del Dios del amor y del amor de Dios y la irrupción de su ternura en la historia de los hombres. Quién es Dios en su última profundidad, es algo que sólo podemos aprender a partir de la experiencia del amor. Una experiencia de la que dio prueba el Nuevo testamento al afirmar que “Dios es amor” (1Jn 4,8).

Creemos en un Dios que es Padre con rasgos maternos, que nos demuestra su amor en el Hijo, hermano y compañero por siempre, y que se hace cercano a nosotros en el Espíritu que nos unge, nos consagra y nos convierte en morada del mismo Dios que nos ha hecho hijos suyos; porque Dios ha infundido su amor en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo, que él mismo nos ha dado (Rm 5,5).

ACTUAR

Nuestra vida es un reflejo de la Trinidad y una comprensión sencilla de ese gran misterio que nos envuelve con su amor y su misericordia. El Papa Francisco, en su reciente Exhortación Apostólica Amoris Laetitia (11), nos lo explica de la siguiente manera:

Nos iluminan las palabras de San Juan Pablo II: “Nuestro Dios, en su misterio más íntimo, no es una soledad, sino una familia, puesto que lleva en sí mismo paternidad, filiación y la esencia de la familia que es el amor. Este amor, en la familia divina, es el Espíritu Santo”. La familia no es pues algo ajeno a la misma esencia divina. Este aspecto trinitario de la pareja tiene una nueva representación en la teología paulina cuando el Apóstol la relaciona con el “misterio” de la unión entre Cristo y la Iglesia (cf. Ef 5,21-33).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

Vivan conforme al Espíritu…

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pentecostes02115 DE MAYO DE 2016.

DOMINGO DE PENTECOSTÉS

El domingo de Pentecostés, día del Espíritu, es el último de la cincuentena pascual, con él, como ya lo habíamos indicado en domingos anteriores, se concluye el tiempo de Pascua y se reanuda el Tiempo Ordinario. Los textos de la Liturgia de la Palabra se centran, obviamente, en la figura del Espíritu Santo. Dichos textos son: Hch 2,1-11; Rm 8,8-17 y Jn 14,15-16.23-26.

VER

Tal vez muchos de nosotros hayamos escuchado, o incluso fuimos testigos, de cómo algunas personas, después de llevar una mala vida, marcada por adicciones, corrupción, mentiras, deshonestidad, apatía…, cambiaron radicalmente, a tal grado, que la gente dice: “es otra persona”, “¡está irreconocible!”, “¿qué le habrá pasado para cambiar así…?”, etc.

Los humanos, según las afirmaciones de filósofos, psicólogos y sociólogos, somos perfectibles; es decir, en cada uno de nosotros existe, potencialmente, una gran posibilidad de cambios y modificaciones en la personalidad, con miras a la perfección y a la plenitud. Pero esos cambios no se dan de modo natural, si no que se van actuando sólo cuando un individuo así lo decide, o porque hay algo, superior a él y trascendente a sí mismo, que lo motiva a hacerlo.

Puede ser una experiencia radical ante la muerte, o una conversión provocada por un acontecimiento impactante e interpelante; puede ser, también, fruto del discernimiento y del trabajo personal de la interioridad, la inspiración en la vida de otra persona (un santo, un líder, un activista, un pensador, un maestro…) y la influencia que haya ejercido en la propia vida. Está también, como posibilidad, el hecho de hacer un alto en la vida y dedicar un tiempo a escuchar la propia consciencia.

Para los cristianos hay una posibilidad más: escuchar la voz del Espíritu que nos fue dado en el bautismo y comenzar a vivir desde allí.

JUZGAR

El Espíritu de Dios, la ruah (palabra hebrea en femenino), es considerado por la Sagrada Escritura, desde siempre, como la fuerza viva en el hombre, principio de vida (aliento), sede del conocimiento y de los sentimientos; es la fuerza de vida de Dios por la que él obra y hace obrar… (I. M. Congar). Fuerza transformadora que lava, fecunda, cura, doblega, calienta, endereza… y hace del hombre, tocado por él, un consagrado a Dios; mujeres y hombres del Espíritu.

Del Padre conocemos lo que Jesús nos ha revelado a través de sus palabras, pero vemos lo que Él hace por medio de su Espíritu, que actúa en nosotros. En la Biblia -dice I. M. Congar-, la ruah (soplo) no es algo desencarnado; es, más bien, la animación de un cuerpo. Así, el Espíritu es principio creador, cuando vemos cómo el soplo de Dios se movía sobre el caos y las tinieblas que envolvían a la tierra (Gn 1,2), transformada luego para el hombre; después, el Señor Dios modeló al hombre con arcilla del suelo, sopló en su nariz aliento de vida, y el hombre se convirtió en un ser vivo (Gn 2,7).

En definitiva, podemos afirmar que el Espíritu de Dios está en función del hombre y que este mismo hombre, como dice Pablo, está hecho para vivir conforme al Espíritu, puesto que el Espíritu de Dios habita verdaderamente en ustedes (Rm. 8,8). Entre Espíritu y hombre hay una reciprocidad ineludible, como bien decía Antoine de Saint-Exupéry: Aun para conocer el Espíritu, hay que revestirlo de carne (Vuelo nocturno. Tierra de hombres).

Pentecostés, según lo narrado por Lucas en Hechos de los apóstoles, aparece como un acontecimiento fuera de lo normal, acompañado incluso de un gran ruido y un viento fuerte (2,2), que dejó desconcertados a todos los se encontraban cerca de allí; lenguas de fuego que se posaban sobre cada uno de los discípulos y los hacía hablar en otros idiomas (2,3.4). La magnitud del espectáculo llama, inevitablemente, la atención, y corremos el riesgo de quedarnos en esas imágenes fascinantes y extraordinarias, perdiendo de vista lo que todo eso representa: en una palabra, el estruendo (ruido), el viento y el fuego son símbolos de la presencia de Dios. Por lo tanto, no debemos olvidar que Dios está siempre presente, en medio de los suyos.

Por otro lado, Pentecostés se caracteriza por ser un suceso universal y profético al mismo tiempo; es universal por la presencia de hombres venidos de todas partes. Los “quince pueblos mencionados” (vv. 9-11) evocan a todo el mundo conocido en ese momento; es profético por el hecho de poder transmitir el mensaje de la Buena Nueva en la lengua propia de cada pueblo, según el Espíritu los inducía a expresarse  (2,4). Finalmente, Pentecostés es el cumplimiento de la promesa hecha por el Señor:

Yo le rogaré al Padre y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes, el Espíritu de la verdad… Pero el Paráclito, el Espíritu Santo que mi Padre les enviará en mi nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo cuanto yo les he dicho (Jn 14,16 y 26).

¿Cuál es el significado teológico de Pentecostés y qué sentido tiene para nosotros? Tal vez deberíamos comenzar por ya no hablar de él como “acontecimiento”, sino como experiencia; sobre todo como una experiencia que se prolonga a través de la historia a partir de aquél momento. Ives Congar nos ayuda a comprenderlo: “Experiencia”: con este término entendemos la percepción de la realidad de Dios tal como viene a nosotros, actúa en nosotros, arrastrándonos hacia él en una comunión, una amistad, en un ser el uno para el otro. Es Dios que sale de sí mismo, por medio de su Espíritu, y hace experiencia en nuestra vida y en nuestra historia, transformándolas. ¿Cómo?: sacándolas de sí mismas también y poniéndolas al servicio de los demás (todos los pueblos, todas las lenguas). El Espíritu nunca puede quedar atrapada o acallado, siempre sale hacia el otro y para el otro, generando, cada vez, experiencias nuevas y fecundas.

Entonces, la experiencia de Pentecostés representa -ya lo hemos dicho- el cumplimiento de una promesa, el fortalecimiento de una comunidad creyente y el inicio, sin fin previsto, de una gran aventura a través del mundo, de la historia, de las culturas y del presente que hoy termina y mañana se renueva. Su acción no se reduce a lo narrado por Lucas en Hechos (Iglesia primitiva), sino que se extiende a cada acontecimiento que surge a la par de la eternidad de Dios (Iglesia post-pascual).

Pentecostés se convierte así en una experiencia de vida y compromiso incontenible, que nace de una convicción (el Espíritu y nosotros…) y se transforma, poco a poco, en una profesión de fe: creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida.

Del Espíritu de Jesús, a partir de Pentecostés, surge una nueva concepción de hombre y una nueva forma de hacer comunidad, sustentadas en el amor fraterno y en la justicia:

La comunidad de los creyentes tenía una sola alma y un solo corazón. Nadie consideraba sus bienes como propios, sino que todo lo tenían en común (Hch 4,32).

Las tres afirmaciones con que nos describe Lucas la comunidad de Jerusalén nos deja sin saber qué pensar: tenían una sola alma y un solo corazón. Nadie consideraba sus bienes como propios (32) y no había entre ellos ningún necesitado (34). ¿Se puede ser más utópico e idealista? Sin embargo, Lucas era un hombre realista y con los pies en la tierra. Él mismo recoge en su evangelio las palabras de Jesús de que los pobres estarán siempre con nosotros. Cometeríamos, sin embargo, un gran error si no tomáramos en serio su testimonio sobre aquellos primeros cristianos. Lucas no pretende ofrecernos un sistema evangélico de reforma social; presenta una exigencia radical del mismo Evangelio que comenzó a hacerse ya realidad entre los primeros creyentes aunque fuera de un modo limitado, tímido, que no funcionaría por mucho tiempo y quizá no muy de acuerdo con las leyes de la economía. En la comunidad había un problema serio de pobreza y la comunidad respondió a las necesidades de los pobres de un modo heroico. Su ejemplo está ahí cuestionando y apelando a los creyentes de hoy para que construyamos otro tipo de sociedad más justa y equitativa. Es la fuerza de la utopía iluminando y empujando cada momento histórico. Hay que tomar las palabras de Lucas como lo que son: ejemplo, llamamiento, denuncia, aguijón y condena evangélica (L. A. Schökel, La Biblia de Nuestro Pueblo).

El fuego del Espíritu, su acción transformadora, provoca cambios en las personas, en los grupos, en las comunidades, en la misma Iglesia, y se perciben de inmediato; son tan evidentes y tan radicales, que la gente se pregunta: ¿No son galileos todos estos que están hablando? ¿Cómo, pues, los oímos hablar en nuestra lengua nativa? ¿Qué significa esto?… Han tomado demasiado (Hch 2,7-8.12-13); “es otra persona”, “¡está irreconocible!”, “¿qué le habrá pasado para cambiar así…?”

ACTUAR

Hoy, las palabras de Juan y de Pablo, contenidas en el evangelio y en la carta a los romanos respectivamente, nos ofrecen las directrices para actuar y vivir desde el Espíritu:

  • El que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos en él nuestra morada (Jn 14,23).
  • Hermanos: los que viven en forma desordenada y egoísta no pueden agradar a Dios. Pero ustedes no llevan esa clase de vida, sino una vida conforme al Espíritu, puesto que el espíritu de Dios habita verdaderamente en ustedes… Por lo tanto, hermanos, no estamos sujetos al desorden egoísta del hombre, para hacer de ese desorden nuestra regla de conducta. Pues si ustedes viven de ese modo, ciertamente serán destruidos. Por el contrario, si con la ayuda del Espíritu destruyen sus malas acciones, entonces vivirán (Rm 8,8-9.12-13).

¿Por qué el Espíritu de Dios está en función del hombre?:

Los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios. No han recibido ustedes un espíritu de esclavos, que los hago temer de nuevo, sino un espíritu de hijos, en virtud del cual podemos llamar a Dios Abba, Padre (Rm 8,14-15).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

Maternidad…

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MAYO 10 DE 2016.

MATERNIDAD

Miles, millones, infinitos rostros de madre. Mirada materna que comprende todo; sabias palabras, que nos dieron nombre para darnos vida y prolongaron nuestra vida al darnos esperanza.

Su tiempo se convirtió en eterna sonrisa y su vientre en infinito espacio, donde el que nace, quien quiera que sea, nunca muere.

Sus manos incansables han hecho de la rutina una caricia, del adiós una bienvenida y del abrazo un hogar dispuesto para llorar, para reír, para sufrir y para soñar…

No hay soledad teniéndote cerca, ni lejanía que no alcance tu oración. No hay duda sabiendo que nueve meses fueron sólo la espera y el resto… consagración.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

¿Qué hacen allí…?

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LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

No encontramos en el penúltimo domingo de la cincuentena pascual y celebramos la solemnidad de La Ascensión del Señor. Para esta ocasión, la Liturgia de la Palabra nos propone los siguientes textos: Hch 1,1-11; Heb 9,24-28; 10,19-23 y Lc 24,46-53.

VER

Una de las causas que, muchas veces, impide el crecimiento libre y sano de los individuos, de los grupos humanos, o, inclusive, de los pueblos, es un problema social, o psico-social, al que conocemos como paternalismo…; esta actitud adquiere los atributos de autoridad total, su palabra es la que cuenta, y se aplica como principio y como fin en toda circunstancia. Genera una especie de relación de dependencia, tributaria y sagrada, en la que los “hijos” se someten a una voluntad (la del “padre”), que indica, decide y marca cada paso que se debe dar bajo la “luz de su voluntad”. No se le puede contradecir ni desconocer, tal atrevimiento implicaría perderlo todo, hasta la propia vida.

Así, existen sistemas de gobierno, de educación, de empelo que han adoptado esa imagen paternalista como forma de dominio (el asistencialismo, por ejemplo); lo mismo sucede en las familias, aunque estas pueden ser patriarcales o matriarcales, muchas de ellas viven marcadas por la sobreprotección y el autoritarismo.

En ocasiones, la Iglesia ha actuado de la misma manera; la autoridad es “paternal”, además de ser absolutamente masculina; el lenguaje que utilizamos se convierte en una convicción, no siempre discernida, en el modo de referirnos a los ministros, que si no es asumida con madurez y humildad, nos puede llevar a una relación sumisa, bajo un paternalismo radical entre fieles y pastores: por ejemplo, al sacerdote, o presbítero, desde siempre, le hemos llamado “padre”.

No hay nada más satisfactorio en la vida de una persona que comenzar a caminar de manera independiente, ser autosuficiente y auto gestionarse con su propios recurso y fuerzas; con la certeza de estar poniendo en práctica lo aprendido y llevar a plenitud las experiencias adquiridas.

La libertad y la independencia son un signo de madurez e indican que el individuo está listo para algo más; ambas se alcanzan poco a poco, se logran, se ganan; pero también se otorgan, no entendiéndolo como aquello que “doy” al otro, sino como el reconocimiento de que libertad e independencia son derechos propios e inalienables de toda persona. También esto es signo de madurez y de la humildad que surge de la bondad y de la generosidad: respetar y aceptar los procesos del otro, implica desaparecer, cortar cordones umbilicales, alejarse, soltar; mirar con misericordia y confiar generosamente.

No es lo mismo que abandonar y desentenderse. El abandono -dice el Papa Francisco- no es sano. Los padres deben orientar y prevenir a los niños y adolescentes para que sepan enfrentar situaciones donde pueda haber riesgo… (AL 260); tampoco ayuda el extremo contrario (el paternalismo). El Papa continúa: Pero la obsesión no es educativa, y no se puede tener un control de todas las situaciones por las que podría llegar a pasar un hijo. Aquí vale el principio que el “tiempo es superior al espacio” (EG 222). Es decir, se trata de generar procesos más que de dominar espacios. Si un padre está obsesionado por saber dónde está su hijo y por controlar todos sus movimientos, sólo buscará dominar su espacio. De ese modo no lo educará, no lo fortalecerá, no lo preparará para enfrentar los desafíos… (AL 261).

En toda relación de autoridad, con nuestros hijos, nuestros pueblos, nuestros alumnos, nuestros empleados, nuestros fieles, nuestros súbditos…, nos vendría muy bien, de vez en cuando, decir: les conviene que yo me vaya (Jn 16,7).

JUZGAR

Tanto el texto de Hechos de los apóstoles como el del evangelio de Lucas, resaltan dos acontecimientos puntuales y significativos para para los cristianos y para la Iglesia en general: la promesa del Espíritu y la ascensión de Jesús al cielo:

  • No se alejen de Jerusalén. Aguarden aquí a que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que ya les he hablado: Juan los bautizó con agua; dentro de pocos días ustedes serán bautizados por el Espíritu Santo… Dicho esto, se fue elevando a la vista de ellos, hasta que una nube lo ocultó a sus ojos (Hch 1,4-5.9).
  • Ahora yo les voy a enviar al que mi Padre les prometió. Permanezcan, pues, en la ciudad, hasta que reciban la fuerza de lo alto. Después salió con ellos fuera de la ciudad, hacia un lugar cercano a Betania; levantando las manos, los bendijo, y mientras los bendecía, se fue apartando de ellos y elevándose al cielo (Lc 24,49-51).

Entre ambos acontecimientos hay una estrecha y necesaria relación, en el sentido que no se puede dar uno sin el otro. El relato de la Ascensión es determinante, con él concluye el evangelio y se abre la narración de Hechos (Lc 20,50-53; Hch 1,1-14), poniendo como figura central a Jesús resucitado, transfigurado y glorificado; es un momento simbólico, con una gran carga teológica y doctrinal, donde la intensión de fondo es demostrar que tanto la predicación como la experiencia de la comunidad naciente, están cimentadas en Jesucristo, origen y principio de todo. Pero, insistimos, en Jesús resucitado:

Está escrito que el Mesías tenía que padecer y había de resucitar de entre los muertos al tercer día, y que en su nombre se había de predicar a todas las naciones… (Lc 24,46-47).

De la resurrección, con la cual culmina la misión del Hijo en la tierra y de la que los discípulos son testigos (Lc 24,48), surge el envío, la misión y la promesa del Espíritu; no otra cosa. La magnitud del hecho generó en la imaginación de los seguidores “esperanzas” (falsas esperanzas) fundadas en criterios humanos: Señor, ¿ahora sí vas a restablecer la soberanía de Israel? (Hch 1,6), que los distrajo del objetivo esencial. Lo primero que hace Jesús, es ubicarlos: A ustedes no les toca conocer el tiempo y la hora que el Padre ha determinado con su autoridad (Hch 1,7); en seguida, con palabras claras y precisas, encausa los pasos de los suyos, para que sepan qué caminos les toca andar:

Pero cuando el Espíritu Santo descienda sobre ustedes, los llenará de fortaleza y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los últimos rincones de la tierra (Hch 1,8).

Después de esto se fue elevando a la vista de ellos, hasta que una nube lo ocultó a sus ojos (Hch 1,9//Lc 24,51). Dejaron de verlo, volvía al Padre, como lo había anunciado; ellos, de pie, contemplando el cielo, tal vez sin saber qué hacer, con muchas preguntas en el corazón, llenos de incertidumbre y de asombro al mismo tiempo. Hasta ahora, en cierto modo, habían dependido de su maestro, de sus palabras y de sus enseñanzas; su presencia representaba la puesta en marcha de un proyecto venido de Dios… ¿qué les deparaba su ausencia?

Ellos necesitaban recordar, con detenimiento, las palabras, directas y sin rodeos, dichas por su maestro aquella noche, antes de la Pascua, mientras cenaban con él: les conviene que yo me vaya (Jn 16,7). Irse, ¿por qué…? De pronto, dos hombres vestidos de blanco los increparon: Galileos, ¿qué hacen allí parados, mirando al cielo?  (Hch 1,11). Habían recibido una sencilla indicación, que debía cumplirse para que la promesa se llevara a cabo: No se alejen de Jerusalén. Aguarden aquí a que se cumpla la promesa de mi Padre (Hch 1,4). Un discípulo de Jesús no puede permanecer pardo, contemplando el cielo, alejado de la realidad, sino en constante movimiento…, por eso, regresaron a Jerusalén, llenos de gozo… (Lc 24,53).

Al final del texto de Hechos, en el versículo 11, las palabras de Lucas nos dejan con una incógnita, ya que el lenguaje escatológico siempre nos dirá que Jesús vendrá de nuevo: Ese mismo Jesús que los ha dejado para subir al cielo, volverá como lo han visto alejarse. Volverá, pero ¿cuándo y cómo?

Una interpretación, poco creativa y ajena a la dinámica propia del evangelio, dirá, simplemente, que debemos esperar la segunde venida del Señor (sin saber cuándo), y lo único que queda por hacer es… esperar. No obstante, surge la posibilidad de una interpretación dinámica y comprometedora; Cándido Pozo, SJ, nos dice que la separación de las dos venidas introduce, entre una y otra, un tiempo intermedio. Por el momento no nos preguntaremos: ¿la parusía es vista como cercana o lejana? Por breve o larga que sea, este tiempo intermedio es el tiempo de la Iglesia, que san Lucas interpretará principalmente como tiempo de misión, durante el cual debe ser predicado el Evangelio… (1986).

A partir de la Ascensión, la comunidad entra en acto, como protagonista de la historia de salvación que ha surgido del evangelio; el Maestro debe irse para que sus discípulos caminen por sí mismos, y prediquen la Buena Nueva con su vida y testimonio propios, para que hagan de esta experiencia no una espera estéril, sino un tiempo lleno de esperanza. Así lo expresa Pablo en la carta a los hebreos:

Al final se manifestará por segunda vez, pero ya no para quitar el pecado, sino para la salvación de aquellos que lo aguardan y en él tienen puesta su esperanza… Mantengámonos inconmovibles en la profesión de nuestra esperanza, porque el que nos hizo las promesas es fiel a sus palabras (Heb 9,28; 10,23).

La ascensión del Señor nos prepara para recibir la fuerza del Espíritu (pentecostés), que no sólo es epifanía (manifestación de Dios), sino que también es parusía: el regreso del Hijo comienza a darse por medio del Espíritu que él y el Padre han enviado.

ACTUAR

En los textos de Lucas (Evangelio y Hechos) que hemos escuchado, se hace evidente lo que en otro momento hemos llamado pedagogía de la no dependencia: hacer vida y poner en acto las enseñanzas del maestro, en ausencia de éste. Esto significa que después de ver y escuchar, se es capaz de leer los signos de los tiempos, poner en práctica, sembrar semillas y confiar que crecen, decidir sin miedo el modo de multiplicar los talentos, amar al prójimo por encima de la ley o las tradiciones, dejarlo todo sin mirar atrás… Ir y predicar, por todo el mundo, que Jesús ha resucitado, que el sepulcro está vació porque el Señor, tal como lo anunció, ha vuelo al Padre. Significa vivir según el Espíritu.

Retomando el discurso del Papa Francisco, en su Exhortación Apostólica La alegría del amor (Amoris Laetitia), podemos descubrir que estamos invitados a escuchar la misma pregunta dirigida a los discípulos: ¿Qué hacen allí mirando al cielo?:

…la gran cuestión no es dónde está el hijo físicamente, con quién está en este momento, sino dónde está en un sentido existencial, dónde está posicionado desde el punto de vista de sus convicciones, de sus objetivos, de sus deseos, de su proyecto de vida. Por eso las preguntas que hago a los padres son: “¿Intentamos comprender dónde están los hijos realmente en su camino? ¿Dónde está realmente su alma, lo sabemos? Y, sobre todo, ¿queremos saberlo?

La educación entraña la tarea de promover libertades responsables, que opten en las encrucijadas con sentido e inteligencia; personas que comprendan sin recortes que su vida y la de su comunidad está en sus manos y que esa libertad es un don inmenso (AL 261 y 262).

 Mario A. Hernández Durán, Teólogo.