Yo los envío…

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JULIO 3 DE 2016

DOMINGO 14 DEL TIEMPO ORDINARIO

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La Liturgia de la Palabra de este domingo catorce nos presenta los siguientes textos: Is 66,10-14; Gál 6,14-18 y Lc 10,1-12.17-20.

VER

Las sociedades en las que vivimos presentan una serie de retos y dificultades para poder vivir, trabajar y moverse en ellas; el miedo ronda por cualquier parte y nos hemos hecho a la idea de que en cualquier momento algo nos puede suceder. Habitamos como en escondites y albergamos en ellos el temor que nace de la incertidumbre.

La violencia cunde todos nuestros espacios y pone en vilo nuestras ideas, nuestros pensamientos y nuestros actos, haciendo de ellos un arma con la que defendemos nuestra integridad, o con la que arremetemos contra el “enemigo”, perdiendo, así, la nobleza propia del intelecto humano. Aun cuando el corazón del hombre tenga ilusiones, sueños y deseos infinitos, preferimos esconderlos y presentar sólo una vulgar facha de sobras y desperdicios.

Necesitamos mensajeros de buenas nuevas, esos que son capaces de sacudirse el polvo de los pies en señal de protesta, pero no de repudio; los que tienen el valor de andar entre lobos y no dejarse engañar. Aquellos que son portadores de paz y tienen el arrojo de enfrentar la violencia; los que trabajan por una sociedad más justa y se ganan el pan con el sudor de la frente, y confían en la generosidad del otro. Necesitamos mujeres y hombres convencidos de que para algo están en este mundo…

La canción Hijos de un mismo Dios, de Macaco (sólo pongo una parte de la letra), nos abre los ojos ante el panorama del mundo y nos lanza una pregunta:

Cinco de la mañana ahí en Tijuana,
se oye un disparo desde una ventana;
María mira hacia al cielo, ya está acostumbrada:
Es la banda sonora de cada madrugada.

Una pareja viviendo en Nueva York,
trabaja a jornada completa, otra cuota, otro ordenador;
Su tiempo se resume, con tiempo que no consume.
La banda sonora, es el sonido de su reloj.

Doce de la noche en el sur de Europa,
pongamos que hablo de Madrid,
la palabra crisis bautizará la mañana:
Es la banda sonora de tanto repetir.

Si somos hijos, hijos de un mismo dios
¿Por qué siempre caen los mismos, por qué?…

JUZGAR

…la cosecha es mucha y los trabajadores pocos. Rueguen, por tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos. Pónganse en camino; yo los envío como corderos en medio de lobos. No lleven ni dinero, ni morral, ni sandalias y no se detengan a saludar a nadie por el camino. Cuando entren en una casa digan: “Que la paz reine en esta casa”. Y si allí hay gente amante de la paz, el deseo de paz de ustedes se cumplirá… (Lc 10,2-6).

El texto de Lucas, en estos versículos, inicia con dos movimientos enlazados entre sí: en el primero, Jesús observa y constata que el mundo vive una situación de crisis en la que “hay mucho por hacer, pero pocos involucrados”; en el segundo, Jesús toma postura y envía a los suyos para comenzar una transformación: Designó a otros setenta y dos discípulos y los envió por delante (v. 1).

Del versículo 3 y hasta el 12, encontramos, por un lado, una descripción de los retos que presenta el mundo y sus adversidades; por otro, las actitudes y las decisiones que los discípulos deben tomar de frente a ese panorama:

  • Una sociedad dominante y rapaz debe ser enfrentada con la fragilidad y la vulnerabilidad del hombre, como signo de contradicción, dicho gesto está simbolizado en los corderos en medio de lobos (v. 3).
  • La opulencia, la seducción y los placeres desmedidos deben ser cuestionados y puestos en duda optando por la pobreza: ni dinero, ni morral, ni sandalias, no saludar a nadie por el camino (v. 4).
  • La impaciencia, el odio, la violencia, la incertidumbre y la desesperanza, que se han convertido en un “estado de vida” que nos conduce al pesimismo; ante ello se necesita una voz distinta, otro camino: Que la paz reine en esta casa (v. 5).
  • Del egoísmo y la desconfianza se debe pasar a la hospitalidad y a la generosidad, como signos de fraternidad y de justicia: Quédense en esa casa. Coman y beban de lo que tengan, porque el trabajador tiene derecho a su salario; curen a los enfermos que haya (vv. 7 y 8).
  • Una sociedad injusta no da frutos de paz, porque la paz es fruto de la justicia (Is 32,17). Por tanto, una situación así debe ser rechazada y denunciada: Y si allí hay gente amante de la paz, el deseo de paz de ustedes se cumplirá; si no, no se cumplirá (v. 6); si entran en una ciudad y no los reciben, salgan por las calles y digan: “Hasta el polvo de esta ciudad que se nos ha pegado a los pies nos lo sacudimos, en señal de protesta contra ustedes (vv. 10 y 11).
  • Los “reinos” del poder, del tener, del capital, del egoísmo…, que dominan al hombre, deben ser increpados con un anuncio reiterativo: Ya se acerca a ustedes el Reino de Dios (v. 9); “sepan que el Reino de Dios está cerca” (v. 11). Además, hay que poner en evidencia el lugar que les corresponde en la historia: el último. Yo los digo que en el día del juicio, Sodoma será tratada con menos rigor que esa ciudad (v. 12).

Los versículos 17 a 20 nos narran el regreso de los 72, quienes vienen llenos de alegría porque han cumplido su misión: sometieron a los demonios en nombre del Señor (v. 17). En otras palabras: comenzaron la transformación de una sociedad corrompida por el mal con la sola fuerza de la Palabra. Jesús mismo da testimonio de ello: Vi a Satanás caer del cielo como un rayo (v. 18).

Satanás, demonios, serpientes, escorpiones…, son símbolos del lenguaje apocalíptico con los que se representa al mal y a los enemigos del hombre y del pueblo; su fuerza es anulada y aplastada (v. 19) con el poder que Jesús da a los suyos. Pero dicho poder no puede adoptar las características que el mundo concede al “poder” como medio de sometimiento; por eso les advierte que la alegría de vencer al mal no radica en haberlo sometido, sino en el modo cómo ellos lo han superado y en la capacidad de haber trascendido con sus acciones: Alégrense más bien de que sus nombres están escritos en el cielo (v. 20).

El envío de los 72, que lucharán contra el mal, tiene un objetivo preciso, que es reflejo de una sociedad transformada: hacer del hombre, como dice Pablo, una nueva creatura (Gal 6,15). Esto será manifestación de la misericordia de Dios, ya que, como dice Isaías, al ver esto se alegrará su corazón y sus huesos florecerán como un prado. Y los siervos del Señor conocerán su poder (66,14).

Para todos los que viven conforme a esta norma…, la paz y la misericordia de Dios (Gál 6,16).

ACTUAR

Si somos hijos de un mismo Dios, quiere decir que todos poseemos la misma fuerza transformadora y el mismo Espíritu que nos convierte en creaturas nuevas. Entonces, ¿por qué siempre caen los mismos?

De frente a este mundo de injusticia y maldad, ¿a qué somos enviados?:

Los pueblos de América Latina y El Caribe viven hoy una realidad marcada por grandes cambios que afectan profundamente sus vidas… La novedad de estos cambios, a diferencia de los ocurridos en otras épocas, es que tienen un alcance global que, con diferencias y matices, afectan el mundo entero… Esta nueva escala mundial del fenómeno humano trae consecuencias en todos los ámbitos de la vida social, impactando la cultura, la economía, la política, las ciencias, la educación, el deporte, las artes y también, naturalmente, la religión…

Por ello los cristianos necesitamos recomenzar desde Cristo, desde la contemplación de quien nos ha revelado en su misterio la plenitud del cumplimiento de la vocación humana y de su sentido. Necesitamos hacernos discípulos dóciles, para aprender de Él, en su seguimiento, la dignidad y plenitud de la vida. Y necesitamos, al mismo tiempo, que nos consuma el celo misionero para llevar al corazón de la cultura de nuestro tiempo, aquel sentido unitario y completo de la vida humana que ni la ciencia, ni la política, ni la economía ni los medios de comunicación podrán proporcionarle. En Cristo Palabra, Sabiduría de Dios (cf. 1Cor 1,30), la cultura puede volver a encontrar su centro y su profundidad, desde donde se puede mirar la realidad en el conjunto de todos sus factores, discerniéndolos a la luz del Evangelio y dando a cada uno su sitio y su dimensión adecuada (Aparecida 33-35.41).

Hermanos, que la gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con ustedes. Amén (Gál 6,18).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

Te seguiré…

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TE_SEGUIRÉJUNIO 26 DE 2016

DOMINGO 13 DEL TIEMPO ORDINARIO

El domingo trece del tiempo ordinario, nos ofrece tres textos enlazados por dos temas: el seguimiento y la exigencia de la renuncia que lleva a la libertad: 1Re 19,16.19-21; Gál 5, 1.13-18 y Lc 9,51-62.

VER

La semana pasada hablamos de cómo los seres humanos necesitamos de una referencia, de un líder o de un guía que nos ayude en el proceso de crecimiento y de madurez; al mismo tiempo hacíamos mención de que no sólo necesitamos referentes, sino que estamos llamados a serlo; asumir la responsabilidad de dar sentido a la vida de otros, encaminándolos hacia el encuentro con la libertad y a descubrir la posibilidad de asumir, también ellos, la referencialidad y el liderazgo que les compete.

Una vez que tenemos claro quién, o quiénes, es el referente de nuestra vida, y que hemos sido capaces de responder a la pregunta ¿quién soy yo para ti?, se comienza a gestar en el corazón de hombres y mujeres la posibilidad del seguimiento, la decisión de ir tras los pasos de aquél, o aquella, que aclara el horizonte y asegura el porvenir.

Una canción hecha popular por Lani Hall, tiene como título Te seguiré; en ella queda plasmada la actitud decidida de quien pone la mirada en un ser referente y hace de su vida un continuo seguimiento:

Donde quiera que vayas siempre te seguiré,

de la mano, de lejos, yo te seguiré.

En lo negro y en el color,

en el amor y en el desamor.

Donde quiera que vayas siempre te seguiré.

 

Con tus penas sobre mi espalda te seguiré,

no me peses tu carga, yo la llevaré.

Soy capaz de cambiar de piel,

para que sigas amándome.

De una forma o de otra yo te seguiré.

 

Te seguiré, mi amor te seguiré,

siempre te amé, te amo y te amaré.

Sin tus labios no sé quién soy,

sin tu voz no sé a dónde voy.

Porque soy la mitad de ti, te seguiré.

JUZGAR

Podríamos decir que el texto del primer libro de los Reyes (19,16.19-21) y el del evangelio de Lucas (9,51-62) nos presentan la faceta seductora de Dios, que provoca que los hombres dejen de manera definitiva sus quehaceres, incluso su pasado y, liberados de muchas ataduras, se atrevan a salir tras sus pasos y hacerse seguidores suyos.

Sabemos, por el texto, que Eliseo había sido elegido por el Señor, quien pidió a Elías lo ungiera para ser profeta (19,16); pero esto no puede ser sin la participación del hombre y sin completar el proceso de llamada-respuesta, que, en este caso, debe ser consumado bajo la responsabilidad de Elías:

Elías pasó junto a él y le echó encima su manto. Entonces Eliseo abandonó sus bueyes, corrió detrás de Elías… (vv. 19-20).

Aquí el manto es signo de elección y de seducción; el Señor pasa y toca al hombre para hacerlo reaccionar: Déjame dar a mis padres el beso de despedida y te seguiré… (v. 20). Además del beso de despedida y de agradecimiento, como gesto de renuncia, Eliseo sacrificó a los bueyes y quemó el arado, como gesto de liberación, y con ello preparó una especie de banquete y de rito antes de partir (v. 21). Con más o menos prontitud -dice Schökel-, lo cierto es que Eliseo abandonó sus campos, sus yuntas y su familia y entró al servicio de Elías. Este abandono y ruptura con el pasado están bien simbolizados por el sacrificio de su pareja de bueyes, celebrado en compañía de su gente como acto de despedida (La Biblia de Nuestro Pueblo).

Luego se levantó, siguió a Elías y se puso a su servicio (v. 21).

Por su parte, el evangelio nos presenta dos momentos contrastantes en torno a la figura de Jesús y a la seducción de su persona y su mensaje:

  • El primero (vv. 51-56), nos habla de un hecho inesperado tal vez: una aldea samaritana no quiere recibir a Jesús y lo desprecia. Pero no es quizá la persona de Jesús lo que genera el rechazo, sino el conflicto doctrinal, político y cultural que los samaritanos tienen con la Ciudad Santa, con la ley y con las tradiciones judías. También Jesús pasa por una crisis y se enfrenta a un dilema planteado por la comunidad: ¿estás con nosotros o en contra de nosotros? Pero Jesús, en este caso, se mueve seducido por el proyecto del Padre y no por los criterios del hombre; según ese proyecto, también la cizaña debe ser respetada para que viva hasta el día de la siega y la voluntad del padre debe cumplirse hasta el final. No hay necesidad de arrasar con los habitantes, haciendo caer fuego sobre ellos (v. 54), ni es imprescindible detenerse allí. El interés de estos samaritanos nos les permitía abrirse a la seducción de la Buena Nueva y Jesús había tomado la firme determinación de emprender el viaje a Jerusalén (v. 51). Hay que seguir adelante…
  • El segundo (vv. 57-62) inicia confirmando que Jesús sigue su camino y en seguida nos habla de tres casos de seguimiento. El primero y el tercero son espontáneos y voluntariosos, posiblemente animados por la figura seductora del Maestro: Te seguiré a donde quiera que vayas (v. 57); Te seguiré, Señor… (v. 61). El segundo caso, en cambio, surge de una llamada directa: Sígueme (v. 59).

Estas tres opciones ofrecidas por el evangelio de Lucas, nos están diciendo que para esos hombres, como para nosotros hoy, no importando cómo se establezca la relación de seguimiento con Jesús, se deben considerar dos cosas: que no es sencillo y que implica renuncias inesperadas.

La seguridad y la certeza que emanan de las palabras y de los hechos de Jesús están siempre acompañadas por una “incertidumbre” respecto del futuro, y de muchas cosas, pero que ayuda, aunque parezca una contradicción, a que la decisión de seguirlo sea firme y determinante: Las zorras tienen madrigueras y los pájaros, nidos; pero el Hijo del hombre no tiene en donde reclinar la cabeza (v. 58). Por eso no es sencillo.

En cuanto a la renuncia, cuestionados por Lucas, debemos reconocer que siempre le anteponemos un “pero…”, cargado con las prioridades, o las añadiduras, con las que queremos entrar al reino de Dios: enterrar a nuestros muertos, despedirnos de la familia, satisfacer nuestros gustos, “discernir” con nuestros criterios, arreglar nuestros asuntos pendientes… No es que esté mal todo eso; son, en el fondo, reacciones humanas normales ante lo inesperado (“¡Sígueme!”). El problema es que se pueden convertir en distractores que nos lleven a posponer el compromiso, el mismo seguimiento; son realidades que también nos seducen y con ellas corremos el riesgo de quedarnos dormidos ante el paso del Señor.

La radicalidad del seguimiento de Jesús exige el rompimiento con las costumbres, los atavismos, las tradiciones e, inclusive, con los proyectos personales que se cierran y se alejan del proyecto de Dios (hay proyectos de vida personales que bien empatan con los criterios del evangelio y con el Reino). Detrás del “sígueme”, o del “te seguiré”, subyace una prioridad: Tú ve y anuncia el reino de Dios (v. 60). Porque el que empuña el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios (v. 62).

En este sentido y para constatar dicha radicalidad podemos ver cómo el gesto de Eliseo de ir a despedirse de sus padres contrasta con las exigencias más tajantes del evangelio en circunstancias similares (1Re 19,20)… Es posible que haya que admitir un margen de hipérbole en el estilo evangélico; en todo caso es sabido que las exigencias de Jesús eran más urgentes y más radicales (Luis A. Schökel, La Biblia de Nuestro Pueblo).

Por último, como gran enseñanza para nosotros, no podemos olvidar que las renuncias que nos pide el seguimiento de Jesús nos dan libertad y plenitud. Así lo expresa Pablo en su carta a los gálatas:

Hermanos: Cristo nos ha liberado para que seamos libres. Conserven, pues, la libertad y no se sometan de nuevo al yugo de la esclavitud. Su vocación, hermanos, es la libertad… (5,1 y 13).

ACTUAR

Siguiendo la misma carta a los gálatas, encontramos una línea de acción propia de los bautizados:

Los exhorto, pues, a que vivan de acuerdo con las exigencias del Espíritu; así no se dejarán arrastrar por el desorden egoísta del hombre. Este desorden está en contra del Espíritu de Dios, y el Espíritu está en contra de ese desorden. Y esta oposición es tan radical, que les impide a ustedes hacer lo que querrían hacer. Pero si los guía el Espíritu, ya no están ustedes bajo el dominio de la ley (516-18).

Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir… (Jr 20,7): Cuando el discípulo está enamorado de Cristo, no puede dejar de anunciar al mundo que sólo Él salva (cf. Hch 4,12)… Esta es la tarea esencial de la evangelización, que incluye la opción preferencial por los pobres, la promoción humana integral y la auténtica liberación cristiana (Aparecida 146).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

¿Quién dicen que soy…?

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thRINNW1GAJUNIO 19 DE 2016

DOMINGO DOCE DEL TIEMPO ORDINARIO

La Liturgia de la Palabra para este domingo doce del Tiempo Ordinario nos ofrece tres textos con una gran riqueza teológica y simbólica: Zc 12,10-11; 13,1; Gál 3,26-29 y Lc 9,18-24.

VER

Tener un referente en la vida es de capital importancia en el crecimiento y la madurez de una persona. Nuestra vida comienza y se desarrolla, poco a poco, referenciada siempre en alguien que da sentido a lo que somos y a lo que hacemos, sobre todo mamá y papá. Mientras dependamos del sustento, mucho o poco, que ellos nos ofrezcan, nuestra mirada, nuestros pensamientos y nuestros sentimientos estarán volcados hacia ellos; porque representan nuestra seguridad y la certeza de que en eso va nuestra vida.

Esa referencialidad, constante y cierta, es la que gesta y nutre lazos de amor y de amistad entre individuos, en el seno de la familia, o entre grupos de amigos y comunidades. Así, se produce una especie de seguimiento y fidelidad hacia otro, con toda la carga de compromiso, de donación mutua, de disponibilidad, de confianza y de complementariedad que esto supone; respetando y distinguiendo, por supuesto, la autonomía y la libertad de cada persona.

Quien se convierte en referente de otros, tiene la obligación de guiarlos con honestidad y ayudarlos a crecer en libertad; debe buscar y lograr la integración de cada uno a través del respeto, de la igualdad y de la fraternidad, superando las desigualdades y las situaciones de injusticia. Ser guía no significa dominar o someter a los demás; es, en realidad, una propuesta de carácter transitorio que abre las puertas a la autonomía.

Cuando un líder pregunte a los suyos ¿quién soy yo para ustedes?, sus hechos y sus acciones darán la respuesta; hablará de él la huella de su persona, plasmada en el camino de la vida compartida con los demás: “Tú eres…”. Su presencia es certeza de muchas cosas, aunque no de todas, puesto que siempre se está en búsqueda de la verdad. Su inminente desaparición, como quiera que esta sea, dejará un hueco, pero no una ausencia; el recuerdo incitará a la memoria y despertará las consciencias, anuladas por el miedo, y las alistará para enfrentar los retos que se deben asumir, no por el hecho (¿o la ambición tal vez?) de ocupar un lugar vacante, si no por convertirse también en referente de otros.

JUZGAR

La carta de Pablo a los Gálatas inicia poniendo en evidencia nuestro referente: Hermanos: Todos ustedes son hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús (3,26). Tal hecho garantiza a los creyentes un sentido de pertenencia y una identidad: incorporados y revestidos de Cristo nos convertimos en hermanos unos de otros y en hijos del mismo Padre (v. 27).

Dicha referencialidad, identificada en la persona de Cristo, rompe con dota desigualdad e injusticia, y hace de los suyos un solo pueblo:

Ya no existe diferencia entre judío y no judío, entre esclavos y libres, entre varón y mujer, porque todos ustedes son uno en Cristo Jesús (v. 28).

Pero, ¿de dónde viene esta consciencia de ser hijos y hermanos?: del modo cómo Jesús ha presentado al Padre, por medio de sus acciones y de sus palabras, un Padre bueno y misericordioso que quiere que todos se salven. La liturgia de los domingos anteriores nos presentó a tres personajes que fueron capaces, por su fe, de reconocer en Jesús el referente que daría sentido a sus vidas y las cambiaría radicalmente: el oficial romano, quien creyó que Jesús podría devolver la salud y la vida a su criado querido (Lc 7,1-10); la viuda de Naím que, sin pedirlo, confía en manos del Señor al hijo único que se le había muerto (Lc 7,11-17) y, por último, una mujer de mala reputación que reconoce a Jesús como al Mesías liberador (Lc 7,36-8,3).

Hoy, el mismo evangelio de Lucas (9,18-24), nos presenta a un Jesús que vuelve la mirada sobre los suyos, los que han estado con él y que han sido testigos de grandes acontecimientos. Para ellos hay dos preguntas: la primera, ¿Quién dice la gente que soy yo? (v. 18), tiene la intención de saber qué tanto los discípulos han estado atentos a la gente y si conocen sus ideas y sus expectativas respecto del Maestro y del Reino; también ellos son un referente y es bueno saber si han estado cerca del pueblo. La segunda pregunta, y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?, es directa y va dirigida a su propio proceso de fe y de discipulado; ahora Jesús quiere saber si él es el referente de los doce y si han sido capaces, hasta ahora, de reconocerlo como Mesías (v. 20).

Después de la respuesta, tú eres el Mesías, Jesús hace una advertencia: él, como enviado del Padre y referente de muchos, será rechazado por las autoridades y su mensaje entrará en controversia con la ley, hasta la muerte (v. 22). De igual modo, para quien decida seguirlo, el panorama es retador:

Si alguno quiere acompañarme, que no se busque a sí mismo, que tome su cruz de cada día y me siga. Pues el que quiera conservar para sí mismo su vida, la perderá; pero el que la pierda por mi causa, ése la encontrará (vv. 23 y 24).

Jesús vino a dar la vida y a darla en abundancia (Jn 10,10), como el referente que pone en evidencia y cuestiona la actitud contraria de conservarla para sí mismo, cerrarse de manera egoísta e impedir que esa referencialidad a la que estamos llamados se pierda y no signifique nada para otros. El texto de Zacarías plasma en pocas palabras el significado profundo de esa referencialidad que ahora es para nosotros Jesús:

Derramaré sobre la descendencia de David y sobre los habitantes de Jerusalén, un espíritu de piedad y de compasión y ellos volverán sus ojos hacia mí, a quien traspasaron con la lanza… En aquél día brotará una fuente para la casa de David y los habitantes de Jerusalén, que los purificará de sus pecados e inmundicias (12,11; 13,1).

ACTUAR

La misma pregunta que Jesús dirige a sus discípulos tiene repercusión en nuestras vidas, pero, tal vez, en dos sentidos:

  • El primero, para dar una respuesta personal, familiar y comunitaria en torno a lo que Jesús representa y es para nosotros: ¿es el Mesías, el enviado? ¿Es nuestro referente?
  • El segundo, aplicando la pregunta a nuestra persona, ¿quién dicen que soy yo?, nos ayudaría a descubrir en qué medida somos referente para otros, para nuestros hijos, para nuestros trabajadores, para nuestra familia, para nuestra pareja: ¿entregamos la vida, o la conservamos de manera egoísta?

El Papa Francisco, en su exhortación La alegría del amor (165), citando al Papa Juan Pablo II, nos da un ejemplo de vida que se entrega y se convierte en referente de otros y del que, si la pregunta fuera ¿quién soy?, la respuesta sería: Amor que se vuelve fecundo.

El amor siempre da vida. Por eso, el amor conyugal “no se agota dentro de la pareja […]. Los cónyuges, a la vez que se dan entre sí, dan más allá de sí mismos en la realidad del hijo, reflejo viviente de su amor, signo permanente de la unidad conyugal y síntesis viva e inseparable del padre y de la madre (FC 14).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

El Señor te perdona…

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Anointing-His-Feet-2JUNIO 12 DE 2016

DOMINGO ONCE DEL TIEMPO ORDINARIO

Nos encontramos ya en el undécimo domingo del Tiempo Ordinario. La Liturgia de la Palabra integra una propuesta con tres textos que tienen como tema central pecado-arrepentimiento-perdón: 2Sam 12,7-10.13; Gál 2,16.19-21 y Lc 7,36-8,3.

VER

“Nadie es perfecto”, concluye la sabiduría popular. La perfección es deseable y se puede alcanzar, aunque nunca del todo, ya que siempre encontraremos retos nuevos que pondrán a prueba nuestra actual condición de vida. Pero más allá de que seamos conscientes  de este hecho (considerar la posibilidad de ser perfectos), la perfección se ha convertido, para mucha gente, en un paradigma con el que medimos, valoramos y juzgamos la propia vida y la de los otros, dando como resultado el perfeccionismo, actitud con la que ponemos límites a nuestras relaciones y con la cual filtramos todo aquellos que amenaza, o no encaja, en nuestra esfera de lo perfecto.

Cuando perfección y perfeccionismo se convierten en obsesión, no sólo reflejan la necesidad de alcanzar lo inalcanzable, sino también el miedo oculto a la frustración, al error, a la equivocación, al fracaso…, a la imperfección. La obstinación por ser perfectos nos aleja de la esencia misma del hombre, nos deshumaniza; nos priva de experimentar la riqueza subyacente en la incomprensión del error, que nos pone de frente a la realidad y nos enseña, sin más, lo que realmente somos. Cuando un individuo se asume imperfecto, tendrá frente a sí sus propios límites y, sólo así, se le abrirá la posibilidad de descubrir sus verdaderas capacidades.

El perfeccionismo es, tal vez, una versión más del egoísmo, y en el egoísmo no siempre se contempla el perdón; perdonar equivaldría a mirar la imperfección, abrirse a ella y aceptarla.

Somos imperfectos (pero perfectibles), siervos inútiles, como dice el evangelio de Lucas, y estamos rodeados de seres imperfectos: cónyuges e hijos que se equivocan, seres queridos que dudan y se van, padres que abandonan el hogar, amigos que traicionan la amistad, hombres y mujeres que confunden la confianza, que olvidan sus compromisos, que pecan y que lloran. Pero en todos ellos, y en nosotros, cabe la posibilidad del arrepentimiento y la dicha del perdón.

Estamos llamados a vivir perdonando, porque somos seres perdonados… La creación se nos presente como un gran gesto de misericordia y nuestra vida se convierte en historia de la fidelidad de ese amor gratuito. Cada día que pasa -que estamos vivos- es un perdón siempre nuevo, personal, creativo… Vivimos inmersos en la misericordia, pero podremos incluso no darnos cuenta… (A. Cencini).

JUZGAR

El segundo libro de Samuel nos ofrece una primera imagen donde se suceden, en un proceso misericordioso, el pecado, el arrepentimiento y el perdón: David, ungido por Dios para ser guía y sostén de su pueblo, cegado por la “perfección” que otorga el poder real, desconociendo su condición humana, abre la puerta al pecado:

…te di poder sobre Judá e Israel, y si todo esto te parece poco, estoy dispuesto a darte todavía más. ¿Por qué has despreciado el mandato del Señor, haciendo lo que es malo a sus ojos? (2Sam 12,8-9).

El profeta Natán confronta a David y lo ayuda a descubrir su imperfección, su realidad desnuda a los ojos de Dios, para que se arrepienta y sepa que de parte de Dios no recibirá el castigo de la muerte, sino el perdón: El Señor te perdona tu pecado. No morirás (2Sam 12,13).

El evangelio de Lucas, por su parte, nos ofrece otra imagen, cargada de simbolismo, en la que confluye la miseria de la condición humana, la intransigencia del perfeccionismo, la riqueza del arrepentimiento y la abundancia del amor, del que surge el perdón como fruto de la misericordia: una mujer de mala vida… (7,37).

Ella, comenzó a llorar y confió sus lágrimas, como gesto fehaciente de arrepentimiento y de confianza, en la bondad y la misericordia de Jesús (bañó sus pies, lo enjugó con su cabellera, lo besó y lo ungió con perfume). La imperfección no se reconoce con palabras sino con actitudes concretas y con decisiones reales. El fariseo, por el contario, atado a su perfeccionismo y parado en la confianza de “cumplir” la ley, especulaba respecto de Jesús, de quien dudaba, y de la mujer, a quien condenaba: Si este hombre fuera profeta… (v. 39). Pero no hizo absolutamente nada.

Jesús hace evidente ese choque irreconciliable entre el perfeccionismo y la imperfección. Simón vive cegado y sólo tiene ojos para sí mismo y se siente libre de pecado; su obstinación lo ha hecho un ser inhumano, insensible y egoísta. La mujer, en cambio, humillada por la condena de la ley y de la sociedad, por medio del arrepentimiento reconoce con humildad su pecado; su imperfección, más que ser un mal, se transforma en un medio de humanización que la lleva a actuar con libertad y confianza, haciendo todo aquello que el fariseo no fue capaz de hacer, o que no le permitió su autoimagen perfecta. Por eso Jesús lo hace caer en cuenta de lo que sucede, primero con el ejemplo de los deudores y luego increpando sus atavismos: ¿Ves a esta mujer? Ella ha roto con el servilismo del pecado y ha comenzado a servir con los gestos del amor humano: sus lágrimas son el agua que se ofrece para refrescar los pies cansados, sus besos son demostración de cariño y de bienvenida, unge, reconoce y acepta no con el medio más común (el aceite), sino con aquello que implica más costo, más desprendimiento y que deja un perenne recuerdo de quien lo da generosamente (el perfume).

El punto central de esta escena se logra cuando el arrepentimiento sincero surge del amor y provoca, de parte de Dios, una respuesta igualmente amorosa:

Por lo cual, yo te digo: sus pecados, que son muchos, le han quedado perdonados, porque ha amado mucho. En cambio, al que poco se le perdona, poco ama. Luego dijo a la mujer: Tus pecados te han quedado perdonados (vv. 47 y 48).

A diferencia del oficial romano y de la viuda de Naím, quienes reconocieron en Jesús la presencia de Dios en su hogar y en su pueblo, los invitados se preguntan asombrados, desde su mundo perfecto, si es posible dar cabida a lo imperfecto: ¿Quién es este que hasta los pecado perdona? Ante la duda, la contundencia del proyecto de Dios: Tu fe te ha salvado; vete en paz (vv. 49 y 50).

Por último, el evangelio de este domingo (Lc 8,1-3), nos hace ver algo maravilloso y que no siempre alcanzamos a apreciar: este acontecimiento marca la inclusión definitiva de la mujer (ser imperfecto desde la óptica de la ley) en la proclamación de la Buena Nueva:

Lo acompañaban los doce y algunas mujeres que había sanado de espíritus inmundos y de enfermedades: María Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, mayordomo de Herodes; Susana y otras muchas, que los atendían con sus bienes.

ACTUAR

Dice Amadeo Cencini que si vivimos espantados por la idea de ser peores que los otros (imperfectos respecto de otros), estaremos poco dispuestos a entender que en la honestidad de reconocerse pecadores se esconde la posibilidad de conocer la misericordia del Padre.

¿Cómo conocer la misericordia del Padre en nosotros? Pablo, en su carta a los Gálatas, lo expresa de manera clara y profunda: Vivo, pero ya no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí (2,20).

¿A qué estamos invitados?:

  • A reconocer que somos seres perdonados y que estamos llamados a vivir perdonando, hasta setenta veces siete (Mt 18,22).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

“No llores…”

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no%20lloresJUNIO 5/2016

DOMINGO 10 DEL TIEMPO ORDINARIO

El décimo domingo del tiempo ordinario nos presenta tres textos que cubren un objetivo doctrinal en sintonía con los textos del domingo anterior y los del domingo próximo. Dichos textos son: 1Re 17,17-24; Gál 1,11-19 y Lc 7,11-17.

VER

Existen ciudades, poblados, regiones geográficas, naciones… que, de una u otra manera, están ligadas por el nombre a las desgracias humanas, a la muerte, al terror, al miedo y al abandono. Pudieron ser, en otro tiempo, lugares prósperos y promisorios, pero ahora son el reflejo de la corrupción del hombre, de la indiferencia y la sinrazón de nuestros actos. Así, podemos evocar nombres como Juárez, Chenaló, Ayotzinapa, Guerrero…; Albania, Siria, Afganistán, Ruanda, que se han convertido en símbolo de muertes injustificadas, innecesarias e inexplicables; pero también de crímenes sin juicio y de culpables sin delito.

Bajo esa terrible sombra que se ha gestado sobre ellos, la muerte ha cobrado el tributo de su inexplicable dominio, traducido en huérfanos, viudas, abandonados, desposeídos, desplazados, desahuciados, que son “arrojados” a los campos de concentración, a las fosas, o a los campamentos de refugiados; o que caminan a lo largo de fronteras que nunca se abren, y… si abren sus puertas, se los traga cual “bestia” insaciable e inmunda.

Cafarnaúm, Naím, Sarepta hoy son un recuerdo de cómo la desgracia nos ronda pero, a pesar de ello, es posible un milagro cuando la fe está viva y la mirada alcanza a ver con misericordia las vicisitudes del hombre y sus más hondas necesidades.

JUZGAR

Una viuda se lamenta y arremete contra Dios, la otra llora, ambas por la muerte del hijo único. La viudez es dura, pero en absoluta soledad y desamparo es peor.

¿Qué te he hecho yo, hombre de Dios? ¿Has venido a mi casa para que recuerde yo mis pecados y se muera mi hijo? (1Re 17,18).

Es inconcebible e inaceptable para la viuda de Sarepta que la presencia de Dios en su casa y en su pueblo, encarnada en la persona del profeta, traiga desgracias y haga más grave la situación. Pero la misericordia de Dios no tiene límites: primero el milagro del alimento suficiente para todos en un contexto de sequía y carestía que los había puesto al borde de la muerte (vv. 12-16); ahora el milagro de la vida en un contexto hostil que provoca enfermedades letales y, por supuesto, la muerte. Queda claro que no sólo de pan vive el hombre, ni sólo de Palabra, sino de bienestar, de seguridad, de salud y de una vida digna.

Tal vez el pesimismo, la desesperación y la débil fe de la viuda no vio otra posibilidad en el futuro de su hijo más que la muerte, provocado todo ello por la adversidad y la incertidumbre de la vida que los tenían hundidos en una extrema e indignante pobreza. Por eso, Elías le respondió: “Dame acá a tu hijo”; del regazo de la madre al lecho de Dios, donde Elías habitaba y donde la misericordia de Dios se habría manifestado (v. 19). Allí, en la intimidad con Yahvé, el profeta también expresa sus dudas y sus impresiones: Señor y Dios mío, ¿es posible que también con esta viuda que me hospeda te hayas irritado, haciendo morir a su hijo? (v. 20). Pero esa no es su misión; entonces, levanta una súplica, confiado y convencido de su fe, en bien de la viuda: Devuelve la vida a este niño (v. 21).

Yahvé siempre atiende los lamentos de su pueblo y de los que no pertenecen a él, basta con que escuchen su palabra, como Israel en el desierto; que lo acojan, como la viuda que hospedó a Elías en su pobre casa, y que estén abiertos a su bondad y a su justicia, como el oficial romano. Así, la respuesta no se hace esperar: ahora, del regazo amoroso de Dios, Elías trae una respuesta que nutrirá la esperanza muerta de la viuda: Mira, tu hijo está vivo (v. 23).

El suceso devuelve la confianza a la viuda y le da claridad para saber que no pudo ser así si Yahvé no se hubiese manifestado por medio del profeta: Ahora sé que eres un hombre de Dios y que tus palabras vienen del Señor (v. 24).

La misión de Elías, hasta el final, consistirá en ser testigo del poder de Yahvé y recuperar la fe del pueblo en el único Dios verdadero, no en otro (1Re 18,38-39). Del mismo modo, Pablo se ubica ante los gálatas, quienes (como vimos el domingo pasado) habían abandonado a Dios Padre y seguido otro Evangelio (1,6): Les hago saber que el Evangelio que he predicado, no proviene de los hombres, pues no lo recibí ni lo aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo (1,11). También él es un hombre de Dios, como Elías, pero tuvo que pasar por una conversión que lo llevó a un cambio radical de vida: del celo por las tradiciones paternas (v. 14) a la fidelidad y el celo por el Evangelio de Jesucristo. Del mismo modo que el hijo de la viuda de Sarepta, fue tomado del regazo materno y llevado al lecho de Dios, Pablo se experimenta elegido:

Pero Dios me había elegido desde el seno de mi madre y por su gracia me llamó. Un día quiso revelarme a su Hijo, para que yo lo anunciara entre los paganos (vv. 15-16).

¿Qué es lo que Pablo anuncia?: Un evangelio que tiene como principio el amor, como fundamento la misericordia y como misión indiscutible dar vida y devolver la libertad. Lucas, en el texto del evangelio que hoy leemos, nos lo hace ver con claridad: Jesús se encuentra con una viuda que lleva a enterrar a su único hijo; delante de él hay una mujer sola, abandonada y sin futuro: no tiene un marido que le otorgue identidad y pertenencia, ni un hijo que le garantice descendencia; sobre ella recae el poderío de la muerte y la muchedumbre la acompaña…, sólo la acompaña.

Pero… Cuando el Señor la vio, se compadeció de ella y le dijo: “No llores” (Lc 7,13). Tocó el ataúd, que se detuvo, como interrumpiendo así lo que parecía inevitable: arrancó del seno de la muerte al muchacho y con un gesto creador lo regresó a la vida, primero, y luego a su madre:

Joven, yo te lo mando: Levántate. Inmediatamente el que había muerto se levantó y comenzó a hablar. Jesús se lo entregó a su madre (vv. 14-15).

Nadie, en este caso, pide nada a Jesús, pero tampoco ofrece algo distinto; lo único que hacen es caminar juntos, sin identidad, como muchedumbre, tras los pasos de la muerte.

Jesús no espera que esta mujer o alguno de los que la acompañan o alguno de los que le siguen le dirija ninguna palabra de intercesión, como en el caso del centurión (v. 4); Jesús actúa con prontitud y naturalidad, primero consolando: “no llores” (v. 13), luego restituyendo la vida del muchacho, y en sentido más amplio, restituyendo a la mujer en sentido de su vida: su único hijo. La presencia de Jesús y su palabra no sólo es purificadora, consoladora, sino también que restituye la vida (Luis A. Schökel, La Biblia de Nuestro Pueblo).

Cuando la vida se manifiesta y supera cualquier situación de muerte, libera al hombre de la humillación y la degeneración en la que se encuentra esclavo. No sólo el hijo de la viuda, también el pueblo se levantó y comenzó a hablar (v. 14); de allí surge un grito de fe incontenible: Un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo. La gente sabe, como lo supo la viuda de Sarepta, que esto no hubiese sido posible sin la misericordia de Dios hacia ellos. Así se constata que el Dios de Jesús, nuestro Dios -como lo afirma el mismo evangelio de Lucas- no es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos viven (20,38).

ACTUAR

La viudez en tiempo de Jesús significaba exclusión total y marcaba un caminar incierto por la vida, que sólo conducía hacia la muerte. ¿Qué situaciones vemos hoy, que marcan al hombre con el mismo estigma?

Esto nos debería llevar a contemplar los rostros de quienes sufren. Entre ellos, están las comunidades indígenas y afroamericanas, que, en muchas ocasiones, no son tratadas con dignidad e igualdad de condiciones; muchas mujeres, que son excluidas en razón de su sexo, raza o situación socioeconómica; jóvenes, que reciben una educación de baja calidad y no tienen oportunidades de progresar en sus estudios ni de entrar en el mercado del trabajo para desarrollarse y constituir una familia; muchos pobres, desempleados, migrantes, desplazados, campesinos sin tierra, quienes buscan sobrevivir en la economía informal; niños y niñas sometidos a la prostitución infantil, ligada muchas veces al turismo sexual; también los niños víctimas del aborto. Millones de personas y familias viven en la miseria e incluso pasan hambre. Nos preocupan también quienes dependen de las drogas, las personas con capacidades diferentes, los portadores y víctima de enfermedades graves como la malaria, la tuberculosis y VIH – SIDA, que sufren de soledad y se ven excluidos de la convivencia familiar y social. No olvidamos tampoco a los secuestrados y a los que son víctimas de la violencia, del terrorismo, de conflictos armados y de la inseguridad ciudadana. También los ancianos, que además de sentirse excluidos del sistema productivo, se ven muchas veces rechazados por su familia como personas incómodas e inútiles. Nos duele, en fin, la situación inhumana en que vive la gran mayoría de los presos, que también necesitan de nuestra presencia solidaria y de nuestra ayuda fraterna. Una globalización sin solidaridad afecta negativamente a los sectores más pobres. Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y opresión, sino de algo nuevo: la exclusión social. Con ella queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está abajo, en la periferia o sin poder, sino que se está afuera. Los excluidos no son solamente “explotados” sino “sobrantes” y “desechables” (Aparecida 65).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.