ACUMULA BIENES EN EL CIELO

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510bef1931 DE AGOSTO DE 2016.

DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO.

La Liturgia de la Palabra de este domingo XVIII del Tiempo Ordinario, que es además el último del mes de julio, presenta tres textos que se unifican en una temática: la ambición, la avaricia y la acumulación de riquezas sin sentido. Nos recuerdan que los mayores bienes están, no en la tierra, sino en el cielo. Los textos son los siguientes: Ec (Qohélet) 1,2; 2,21-23; Col 3,1-5.9-11 y Lc 12,13-21.

VER

La ambición es el vicio que más problemas genera en la humanidad, tanto a nivel social como personal. Las naciones ambicionan el poder canalizado en el poseer: armamento, capital, territorios, tecnología, bienes de consumo, explotación de materias primas, dominio cultural, ideológico o político…; los individuos también tenemos ambiciones, que a veces confundimos con ideales, y que satisfacemos de igual manera y sin lugar a dudas, en el poseer, con todas sus expresiones.

Existe una práctica, desde siempre y cada vez más incisiva, a nivel mundial, síntoma de la ambición y expresión de la indiferencia, que conocemos como “acaparamiento”. Es “beneficioso” para los ambiciosos acaparadores, e incluso para los sistemas económicos de algunos gobiernos, pero terriblemente dañino y lacerante para la economía de los pueblos y de las familias. Es una especie de “gula” que no puede llamarse consumo, sino desperdicio, despilfarro, engaño, “bulimia estructural”…

A la par de esta costumbre están los procesos de sobreproducción, que tienen como objetivo grandes ganancias y rendimientos económicos; pero al ser un proyecto basado en la ambición de empresarios sin moral y monopolios sin ética social, que no ha tomado en cuenta las posibilidades reales de la gente y el bajo nivel su poder adquisitivo, al cabo de un tiempo, lo que se produce de más no se consume. Entonces, si no se puede acaparar, se le desecha: toneladas de alimentos que se tiran al mar, a los ríos o a los desiertos, contribuyendo así, y agravando, un doble deterioro: la contaminación del ambiente y el crecimiento de la hambruna.

En el caso de los individuos, nos hemos convertido en presa fácil de la cultura del consumo, alimentada por pseudo-valores, por la competencia desleal entre iguales y por la envidia. Es un hecho que gastamos más para sentirnos bien, pero somos infelices; hacemos “compras”, a veces compulsivas, tanto para estar al ritmo de la moda o “al nivel” de otros… Llenamos nuestros graneros (mente y corazón) de inutilidades, que luego “desbordan” de vaciedad, o nos producen hartazgo. La ambición es la antítesis del compartir evangélico.

Las formas de acaparar y de acumular hoy son diversas, el Papa Francisco advierte las siguientes en su carta encíclica Laudato Sí:

En algunos lugares, rurales y urbanos, la privatización de los espacios ha hecho que el acceso de los ciudadanos a zonas de particular belleza se vuelva difícil. En otros se crean urbanizaciones “ecológicas” sólo al servicio de unos pocos, donde se procura evitar que otros entren a molestar una tranquilidad artificial. Suele encontrarse una ciudad bella y llena de espacios verdes bien cuidados en algunas áreas “seguras”, pero no tanto en zonas menos visibles, donde viven los descartados de la sociedad (LS 45).

Dado que el mercado tiende a crear un mecanismo consumista compulsivo para colocar sus productos, las personas terminan sumergidas en la vorágine de las compras y los gastos innecesarios. El consumismo obsesivo es el reflejo subjetivo del paradigma tecnoeconómico. Ocurre lo que ya señalaba Romano Guardini: el ser humano “acepta los objetos y las formas de vida, tal como le son impuestos por la planificación y por los productos fabricados en serie y, después de todo, actúa así con el sentimiento de que eso es lo racional y lo acertado”. Tal paradigma hace creer a todos que son libres mientras tengan una supuesta libertad para consumir, cuando quienes en realidad poseen la libertad son los que integran la minoría que detenta el poder económico y financiero. En esta confusión, la humanidad posmoderna no encontró una nueva comprensión de sí misma que pueda orientarla, y esta falta de identidad se vive con angustia. Tenemos demasiados medios para unos escasos y raquíticos fines (LS 203).

JUZGAR

Todas las cosas, absolutamente todas, son vana ilusión… Así comienza el texto del Cohélet, recordando al hombre algo que siempre olvida: ¡Todo es vano, todo es absurdo, todo es ilusión! (1,2).

Hay quien se agota trabajando y pone en ello todo su talento, su ciencia y su habilidad… ¿Qué provecho saca el hombre de todos sus trabajos y afanes bajo el sol? De día dolores, penas y fatigas; de noche no descansa. ¿No es eso también vana ilusión? (2,21-23).

No es la visión pesimista del autor la que nos habla; son palabras para confrontarnos con la realidad y romper la inercia en la que hemos vivido: todo aquello que consideramos una placer, un logro, un tesoro acumulado… ¿no será más que una banalidad? Esto es vana ilusión y gran desventura (2,21).

El Salmo 89, que acompaña la liturgia de este domingo, se convierte en una oración de humildad en la que reconocemos nuestra condición:

Tú haces volver al polvo a los humanos, diciendo a los mortales que retornen. Mil años son para ti como un día, que ya pasó; como una breve noche. Nuestra vida es tan breve como un sueño; semejante a la hierba, que despunta y florece en la mañana y por la tarde se marchita y se seca.

La revelación a través de los evangelios posee una pedagogía muy peculiar, no sólo nos permite conocer los pensamientos de Dios, en muchas ocasiones nos confronta con la condición humana. Hoy, el evangelio de Lucas, pone en evidencia una actitud humana, una rivalidad entre hermanos, que se repite constantemente: Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia (Lc 12,13). El poseer es fruto de la ambición. Estos versículos del evangelio no nos dicen si el hermano, al que es reclamado compartir, se había apoderado de la herencia de ambos, o si el otro, el que acude a Jesús para pedir ayuda, tenía más bien envidia de la fortuna del anterior; lo que sí sabemos y es evidente, es que la ambición provoca un conflicto de relaciones.

Pero el texto nos deja en claro una cosa: la solución de estos conflictos no es de competencia divina (aunque nos parezca extraño); corresponde a los hombres encontrar la solución: Amigo, ¿quién me ha puesto como juez en la distribución de las herencias? (v. 14). Esto nos lleva a una reflexión más, sobre todo en torno a los sistemas (del pasado y del presente) que se han apoderado de los bienes comunes en nombre de Dios: el poseer, o el despojar, tierras, pueblos, libertad, pertenencias nunca tendrá su fundamento en la voluntad divina; es, simple y llanamente, una cuestión que nace de los actos humanos, alimentados por la envidia y la ambición:

Y dirigiéndose a la multitud, dijo: “Eviten toda clase de avaricia, porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posee” (v. 15).

La parábola que nos propone a continuación, y con la que ilumina este conflicto del hombre, es una crítica a la acumulación bienes sin sentido y, por si fuera poco, sin apertura al otro ni al bien común. Al final, pone en evidencia dos visiones contrapuestas: la del hombre y la de Dios.

  • Entonces podré decirme: Ya tienes bienes acumulados para muchos años; descansa, come, bebe y date la buena vida (v. 19).
  • Pero Dios le dijo: ¡Insensato! Esta misma noche vas a morir. ¿Para quién serán todos los bienes? (v. 20).

 Así como se dirigió a la multitud (v. 15) se dirige a nosotros y nos pone en alerta: Lo mismo le pasa al que amontona riquezas para sí mismo y no se hace rico de lo que vale ante Dios (v. 21).

Dice Luis A. Schökel que hay una clave para comprender este pasaje, misma que encontramos en el versículo 31: Busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás lo recibirán por añadidura.

La búsqueda del reinado de Dios como presupuesto único y fundamental para la vivencia de unas relaciones justas y para experimentar y gozar el valor principal de todos los hombres y mujeres: el don de la vida. Jesús no predica un providencialismo ingenuo…, nos invita a ser conscientes  de que más de la mitad de la humanidad se tiene que conformar con ver cómo unos cuantos se apoderan de los bienes materiales e inmateriales (La Biblia de Nuestro Pueblo).

ACTUARL

Pablo, en su carta a los colosense (3,1-5.9-11), nos ofrece unas líneas de acción concretas y en sintonía con el evangelio:

  • Puesto que han resucitado con Cristo, busquen los bienes de arriba… (v. 1).
  • Pongan todo el corazón en los bienes del cielo, no en los de la tierra… (v. 2).

No sigan engañándose unos a otros; despójense del modo de actual del viejo yo y revístanse del nuevo yo, el que se va renovando conforme va adquiriendo el conocimiento de Dios, que lo creó a su propia imagen. En este nuevo orden de ideas ya no hay distinción entre judíos y no judíos, israelitas y paganos, bárbaros y extranjeros, esclavos y libres, sino que Cristo es todo en todos (9-11).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

El que busca, encuentra…

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canciones-pedir-perdonJULIO 24 DE 2016.

DOMINGO 17 DEL TIEMPO ORDINARIO.

La liturgia dominical nos ofrece tres textos con un hilo conductor, delineado a través de, por lo menos, tres temas: la súplica, o petición, la oración y el perdón. Los textos que hoy escucharemos son los siguientes: Gn 18,20-32; Col 2,12-14 y Lc 11,1-13.

VER

Recurrimos nuevamente a la sabiduría popular, plasmada en los dichos que siempre nos dicen mucho en pocas palabras: “En el pedir está el dar”.

Cuántas veces nos hemos visto en la necesidad de pedir algo, cualquier cosa: dinero, alimento, tiempo para terminar algo, una oportunidad más, trabajo, ser escuchados, poder decir algo, etc. Y habremos descubierto que, independientemente de las posibilidades y la disponibilidad de nuestros acreedores, y de su voluntad (buena o mala), la honestidad y la veracidad de nuestra petición fue determinante para obtener lo que buscábamos.

Pedir, es también un modo de relacionarse con los demás; es una forma de comunicar y expresar lo que necesitamos, lo que nos agobia, lo que nos urge; poner al tanto a nuestro interlocutor de lo que en ese momento nos hace falta para resolver un problema, sacar adelante un proyecto, pagar una deuda o, simplemente, para tener la certeza de que podemos contar con alguien en momentos aciagos…

Pero pedir algo, lo que sea, se convierte también en un compromiso, por varias razones: abrir la propia vida ante el otro presupone una absoluta confianza (mutua), con la que es posible hacer acuerdos y alcanzar soluciones; el respeto, con el que se valora y se da sentido a la realidad y la condición del necesitado (el que pide), se convierte en un signo de acogida y de esperanza. Además, lo que se recibe debe ser utilizado con responsabilidad, sabiendo que subyace, siempre, el compromiso de recompensar, pagar el favor y devolver lo que se nos ha confiado.

Hay un pedir que no es productivo, el que surge de las exigencias de quien, “estirando la mano”, considera que el otro está obligado a satisfacer cualquier necesidad… Por eso “en el pedir está el dar”.

JUZGAR

El libro del Génesis nos presenta al patriarca Abraham entablando un atrevido diálogo con Yahvé, tratando de mediar entre Él y el pueblo de Sodoma; para los sodomitas la situación es difícil: sus muchos pecados los han orillado a una inminente destrucción. No es que Dios quiera destruir al pueblo porque sí, sin más; las actitudes de los pobladores, su pecado, representan la autodestrucción a la que ellos mismos han llegado. Abraham lo sabe, su Dios no es amenaza para nadie:

Lejos de ti tal cosa: matar a al inocente junto con el culpable, de manera que la suerte del justo sea como la del malvado; eso no puede ser. El juez de todo el mundo ¿no hará justicia? (Gn 18,25).

Yahvé es un Dios justo y espera que el hombre, imagen y semejanza suya, viva y actúe con justicia. Es por eso que ha elegido a Abraham como padre de muchos, para que instruya a sus hijos, a su casa y sucesores, a mantenerse en el camino del Señor, practicando la justicia y el derecho (Gn 18,19). El problema con Sodoma es la injusticia practicada unos sobre otros, y tal injusticia no lleva más que a la destrucción.

El texto de Génesis nos permite descubrir dos aspectos esenciales en la vida de un creyente, que sólo surgen de una fe profunda y verdadera: el primero, la confianza en Dios, plasmada en la sencillez y la familiaridad con la que Abraham se dirige a Yahvé; el segundo, la sensibilidad humana por los semejantes, plasmada ésta en la insistente defensa de los justos. Abraham pide clemencia por un pueblo, o al menos por los que han sido justos, confiando en que Dios puede otorgarle ese favor.

El Señor le contestó: “Si encuentro en Sodoma cincuenta justos, perdonaré a toda la ciudad en atención a ellos” (v. 26).

Abraham pide con la confianza que aflora de su fe y Dios no niega nunca la posibilidad del perdón, no importa si son diez, veinte, treinta o cincuenta justos, él perdonará, en atención a ellos, a todo el pueblo. Pero Sodoma se ha olvidado de su Dios…

En esta línea de pensamiento, el evangelio Lucas (11,1-13) nos presenta un texto con tres partes subsecuentes, en los que se retoman los temas centrales que indicamos al inicio: la súplica, o petición, la oración y el perdón.

En la primera parte (vv. 1-4) hay una petición: Señor enséñanos a orar (v. 1). De la respuesta de Jesús aflora nuestra oración cotidiana del Padre Nuestro, sencilla pero profunda y concreta, con las siguientes características:

  • Comienza con una peculiar familiaridad respecto de Dios: Padre; acompañada de un gesto de respeto y reconocimiento hacia él, que además es un compromiso: santificado sea tu nombre.
  • Destaca tres peticiones, que representan los aspectos esenciales con los que se mantiene la felicidad y la dignidad de la persona: el pan de cada día, ser perdonados y ser liberados de la tentación.
  • Pero en medio de todo ello, hay un compromiso claro y contundente, que simboliza no sólo la sensibilidad hacia el otro sino, sobre todo, la capacidad de amarlo según los criterios del evangelio, y que es fruto de la justicia: perdonar a los que nos ofenden.

El Padre Nuestro, apunta Luis Alonso Schökel, no es una fórmula para rezar y repetir a cada rato; es, en realidad, una síntesis del Proyecto de Jesús, hecha oración, para que la conciencia del seguidor la convierta en compromiso social:

Dios, cuyo nombre hemos de santificar con nuestras obras y palabras, y su reino, cuyo advenimiento hemos de preparar también con nuestras obras, con nuestro cambio de mentalidad para que se pueda ver y sentir realmente entre nosotros. El prójimo, con y por quien nos comprometemos a luchar por la justicia para que todo lo que Dios ha creado, los bienes de la creación, los bienes materiales e inmateriales, los de la cultura, la ciencia y la tecnología, sean de verdad para todos, cada día. El prójimo, con quien pueden surgir roces, diferencias, enfrentamientos y contradicciones, pero cuyas relaciones tenemos que estar dispuestos a sanear a cada momento a través del perdón, porque también cada momento necesitamos del perdón de Dios. Finalmente, es necesario que estemos muy atentos porque en este proyecto de vida cristiana que es el Padrenuestro la inconstancia, la fatiga, el desánimo, el no ver pronto los frutos del trabajo diario, la realidad de las fuerzas del egoísmo, la codicia y el mal que con tanta facilidad destruyen los pequeños logros que se van alcanzando, son una tentación constante para abandonarlo todo… (La Biblia de Nuestro Pueblo).

La segunda parte (vv. 5-8), enlazada con la anterior, resalta la insistencia (como la de Abraham), que es la actitud asumida para pedir y conseguir lo que se busca; debe partir de la seguridad en uno mismo y de la confianza en el otro:

Si el otro sigue tocando, yo les aseguro que aunque no se levante a dárselo por ser su amigo, sin embargo, por su molesta insistencia, sí se levantará y le dará cuanto necesita (v. 8).

A Dios le podemos insistir, siempre y cuando lo que pidamos sea justo y para hacer justicia: Préstame, por favor, tres panes, pues un amigo mío ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle (vv. 5 y 6).

Por último, en la tercera parte (vv. 9-13), el evangelista conjuga dos aspectos que nos confirman cómo el pedir se convierte en un modo de relación, pero basado en la confianza plena y en la justicia:

  • Confianza que se resume en estas palabras: Porque quien pide, recibe; quien busca, encuentra y al que toca, se le abre (v. 10).
  • La justicia es un reflejo de equidad y respeto: ¿Habrá entre ustedes algún padre que, cuando su hijo le pida pescado, le dé una víbora? ¿O cuando le pida huevo, le dé un alacrán? (vv. 11 y 12).

El último versículo (13), con el que concluye el texto, nos pone de frente al paradigma de toda petición: el Espíritu que inspira, transforma y encausa la vida del hombre y sus proyectos personales, según el proyecto del Padre.

Pues, si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¿cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan?

Si retomáramos la postura de Abraham y su insistente pregunta, pensando en nuestros hermanos y en el mundo que, como Sodoma, se autodestruye, Pablo, en su carta a los colosenses, nos ofrece una respuesta clara y una certeza inconfundible:

No se enoje mi Señor, hablaré sólo una vez más, ¿y si se encuentran sólo diez? (Gn 20,32): Hermanos, Por el bautismo fueron ustedes sepultados con Cristo y también resucitados con él, mediante la fe en el poder de Dios, que lo resucitó de entre los muertos… Él les dio una vida nueva con Cristo, perdonándoles todos los pecados (Col 2, 12-13).

ACTUAR

“En el pedir está el dar”, decíamos al inicio de esta reflexión, pero también en el dar hay un reflejo de lo que abunda en nuestro corazón: ¿damos con generosidad y con amor?

Podemos ceder a muchas peticiones, si está en nuestras manos satisfacerlas, y contribuir, así, a que algún hermano tenga la certeza de que podrá comer, seguir trabajando, contar con una mano…

Pero la justicia se alza como un grito, como una petición urgente de la humanidad, que fenece como los sodomitas que se olvidaron de su Dios.

El que busca, encuentra…

Busquen primero el reino de Dios y su justicia, y lo demás lo recibirán por añadidura (Mt 6,33). Por eso pedimos que venga su reino…

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

María escogió la mejor parte…

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MARTA_MARÍAJULIO 17 DE 2016

DOMINGO 16 DEL TIEMPO ORIDINARIO

Hoy, la Liturgia de la Palabra nos presenta los siguientes textos sagrados: Gn 18,1-10; Col 1,24-28 y Lc 10,38-42.

VER

Cuando nos llega la invitación a ser partícipes de una boda, de un aniversario, o de un evento social de cierta magnitud, o prestigio, es inevitable que busquemos la indicación que nos marca el tipo de vestimenta que se solicita como requerimiento para asistir: rigurosa etiqueta, gala, media gala, formal, casual… Este y otros aspectos forman parte de los convencionalismos a los que estamos acostumbrados y que hemos hecho parte, incluso, del modo de relacionarnos unos con otros.

Además del atuendo solicitado por el organizador, se prevé una recepción marcada por las prerrogativas que las costumbres locales, las tradiciones, o la moda exigen; pero eso dependerá de cómo el anfitrión lo lleve a cabo. Puede ser un banquete o una comida familiar, pero en cualquier caso, hay un modo de llegar de los invitados y un modo de dar la bienvenida; los primeros, tal vez, esperan que las expectativas se cumplan, lo segundos, satisfacer a los invitados.

No importando cómo se cumplan y se cubran esos formalismos sociales, cuidamos mucho los detalles de la bienvenida y la cantidad (abundancia) de todo aquello que mantendrá satisfechos a los comensales; pero poco empeño ponemos en el sentido de acogido, en el detalle fraterno de la calidez y la cordialidad, que se hacen evidentes en la presencia, la cercanía, la plática informal, la escucha, la atención personal del anfitrión… Hemos olvidado que el sentido festivo del encuentro fraterno no está en la cantidad de los detalles (sobre todo materiales y formales) sino en la abundancia del corazón.

Francisco Taborda, en su libro Sacramentos, praxis y fiesta (1987), dice que las celebraciones festivas son la expresión significativa de algo valioso e importante para el hombre. La alegría por lo que sucedió quiere expresarse, salir fuera, y por eso busca gestos que traduzcan la actitud del grupo frente a sucesos especiales. La valoración del acontecimiento se traduce y se hace visible por medio de gestos simbólicos significativos del acontecimiento y del valor que se le da. La fiesta siempre incluye alguna exageración, algún “despilfarro”: se trasnocha un poco más, se bebe y se come algo extraordinario, se gasta más, se viste uno mejor, se habla más alto, se ríe, se canta. No se trata tan sólo de la excitación que pueda producir la bebida, sino de la alegría, que se contagia, que se exterioriza en gestos, que quiere arrastrar a los demás hacia el mismo gozo por lo acontecido (p. 47).

JUZGAR

Tanto la primera lectura, del libro del Génesis (18,1-10), como el evangelio de Lucas (10,38-42), nos hablan de dos acontecimientos inesperados para los protagonistas (Abraham, Marta y María), que provocan la improvisada organización de una comida de bienvenida, o fiesta.

En el primer texto vemos cómo Abraham se ve sobrecogido y sorprendido por la visita de tres hombres, símbolo de la presencia de Dios. Abraham comprende el gesto y reacciona de inmediato haciendo una invitación: Señor mío, si he hallado gracia a tus ojos, te ruego que no pases junto a mí sin detenerte (v. 3), y luego disponiendo la bienvenida: Haré que traigan un poco de agua para que se laven los pies y descansen a la sombra de estos árboles; traeré pan para que recobren las fuerzas… (vv. 4-5).

Abraham cumple con las prerrogativas (formalismos) que la ley, o las costumbres, marcan en estos casos y da las órdenes pertinentes para que Sara, su esposa, y su criado las ejecuten; así, queda listo todo para beneplácito de los forasteros: agua fresca, pan, un ternero asado, requesón y leche (alimentos propios con los que un nómada podía acoger a un visitante). En apego a las costumbres él permaneció de pie junto a ellos, bajo el árbol, mientras comían (v. 10), para atenderlos y cuidar de que nada les faltara.

¿Cuál es el motivo de esta visita?: No es Abraham el que ha invitado a esos hombres, es Dios quien viene cumplir una promesa, repetida ya en varias ocasiones: Saray, tu mujer, ya no se llamará Saray, sino Sara. La bendeciré y te dará un hijo y lo bendeciré; de ella nacerán pueblos y reyes de naciones (17,15-16).

Abraham, el patriarca, líder y cabeza de la familia, ha cumplido a cabalidad con las costumbres y asume el papel protagónico del anfitrión; Sara, en cambio, permanece callada, oculta, ajena a lo que sucede en el festejo, pero ella es el motivo de la visita, Dios la tiene bajo su mirada:

“¿Dónde está Sara, tu mujer?” Él respondió: “Allá, en la tienda”. Uno de ellos le dijo: “Dentro de un año volveré sin falta a visitarte por estas fechas; para entonces, Sara, tu mujer, habrá tenido un hijo” (v. 10).

Por otro lado, Lucas nos habla de cómo Jesús, yendo de camino, es recibido en casa de Marta (v. 38), en donde se detuvo, como los tres hombres del texto de Génesis. También allí, está María, la hermana.

Lo primero que debemos destacar es que es una escena con rostro femenino, en donde todo se cumplirá a través de un conflicto de orden cultural: Marta cumple su papel como mujer, ocupada en los quehaceres de la casa y no espera que María haga otra cosa, incluso, cuestiona a Jesús ante tal contradicción: Maestro, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en los quehaceres? Dile que me ayude (v. 40). Marta espera, tal vez, que Jesús, conocedor de las leyes judías, ponga a María en el lugar que le corresponde como mujer; ambas deberían estar preparando lo necesario para satisfacer a su invitado y no asumir el papel que corresponde al anfitrión (un varón que en este caso está ausente).

Marta, como nosotros, cuida los detalles de la recepción y los aspectos materiales de la bienvenida (según las costumbres); María, en cambio, opta por el sentido de la acogida, sentada a los pies del Señor, escuchando sus palabras… (v. 39).

Un buen ejemplo para discernir qué es más importante, si lo que está establecido por la Ley y las prácticas culturales o la acogida a la novedad del reino, es este pasaje de la visita de Jesús a Marta y María. Marta cumple con lo «normal», lo que mandan las normas de la acogida y de la hospitalidad; ella es símbolo de esa porción de pueblo que cree que con «cumplir» ya está arreglado todo, y por tanto el criterio de juicio para determinar el comportamiento de los otros es si cumplen o no. María cumple también con la costumbre de acogida y de la hospitalidad, pero lo hace de un modo distinto, con una actitud novedosa que sale del corazón, es la mejor parte que nadie puede quitarle al creyente y que personas como Marta, aún siendo tan bondadosas, están llamadas también a experimentar (Luis A. Schökel, La Biblia de Nuestro Pueblo).

Hemos olvidado que el sentido festivo del encuentro fraterno no está en la cantidad de los detalles (sobre todo materiales y formales) sino en la abundancia del corazón:

Marta, Marta, muchas cosas te preocupan y te inquietan, siendo así que una sola es necesaria. María escogió la mejor parte y nadie se la quitará (vv. 41-42).

ACTUAR

  • ¿Qué cuidamos más en nuestra vida de fe? ¿El cumplimiento de las leyes? ¿Los detalles costosos de las fiestas patronales? ¿Qué nuestros hijos “tengan” todos los sacramentos y se “celebren” con una gran fiesta?
  • ¿Cómo recibimos al Señor? ¿Confesándonos de manera sistemática? ¿Comulgando todos los domingos, sin falta? ¿Rezando rosarios y novenas?…
  • ¿O escuchando sus palabras con la abundancia del corazón?

Porque quiero amor, no sacrificios; conocimiento de Dios, más que holocaustos (Os 6,6).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

Bajaba un hombre…

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samaritanoJULIO 10 DE 2016

DOMINGO 15 DEL TIEMPO ORDINARIO

La liturgia de este domingo nos presenta los siguientes textos bíblicos: Dt 30,10-14; Col 1,15-20 y Lc 10.

VER

Mucho se habla y se discute acerca de la insensibilidad humana; de esa voluntad apagada y retraída para reaccionar ante la necesidades urgentes del hermano, o ante sus desgracias. El mal y la maldad, en sus múltiples expresiones, se han convertido, cada vez más, en parte del panorama de nuestra vida y de nuestra historia, personal y comunitaria.

Moral es una palabra que, etimológicamente, nos remite a la idea de costumbres, de la que surgen dos principios actitudinales: las buenas costumbres, o conductas morales y las malas costumbres, o conductas inmorales; a lo que habría que añadir una actitud más: la falta de costumbre, o desacostumbrarse, que equivaldría a no tener moral o perderla (des-moralizarse). En muchos casos, las costumbres están atadas a las tradiciones de tal modo, que quien las respeta y observa a cabalidad, y hace de ellas una “costumbre” (¿buena o mala?), será considerado una persona moral.

En nuestro haber de humanos que actúan e interactúan, hay un legado de “buenas costumbres”, con las que justificamos nuestras acciones, nuestras decisiones, o nuestra postura ante la vida, pero a razón de tanto repetirlas nos hacemos poco conscientes de su sentido y su valor, al grado de volvernos insensibles.

Pongo un ejemplo paradigmático: se ha hecho costumbre en las redes el uso de la denuncia videograbada, con la que se busca poner en evidencia a delincuentes, asaltantes, violadores, y más… Por este medio nos convertimos en testigos virtuales de lo que un testigo presencial grabó circunstancialmente con su dispositivo: el asalto a usuarios del transporte, la violación de un niño, el maltrato a una mujer o un vendedor en la vía pública, el robo a transeúntes, o la prepotencia de oficiales, políticos, guardaespaldas, o gente sin escrúpulos.

No demerito la utilidad de la herramienta ni los beneficios que, en muchos casos, ha otorgado para bien de la gente agredida. Me cuestiona cómo, en muchos casos también, el video se convierte en el escenario que alimenta la curiosidad y el morbo, comenzando con un “mira lo que sucede…”, y finaliza (¡literalmente finaliza!), después de “verlo”, con un like (“Me gusta”) compartido en cadena, como un modo, disfrazado y diluido, de pertenencia y participación…, o de complicidad pasiva.

Las escenas nos muestran a “levitas” y “sacerdotes” que ven, pasan de largo y no hacen nada, absolutamente nada; incluso, quienes captan las imágenes y permanece hasta el final de los hechos sin intervenir, sin actuar, sin tomar postura real y quienes observamos desde el monitor o la pantalla, nos transformamos en esos personajes que, haciendo alarde de sus “buenas costumbres”, sólo miran de reojo y descargan sus “sentimientos” en patético like (pasamos de largo). La recurrente costumbre de “ver” no cambia la realidad: el asaltado permanecerá asaltado, el violado vivirá violado y el masacrado, terriblemente masacrado. Cuantas veces activamos la secuencia con un play, reiniciamos el sufrimiento de otros, lo consumimos como paliativo de nuestra conciencia y como alimento de nuestro morbo.

Sólo un samaritano se detuvo. ¿Quién es verdaderamente prójimo del otro…?

JUZGAR

El evangelio de Lucas (10,25-37) nos presenta hoy una parábola, por demás popular y querida por todos: el buen samaritano. En ella, más allá de la escena narrada, hay una enseñanza precisa y clara que tiene sus fundamentos en la moral del pueblo judío, surgida de la antigua Alianza. El texto del Deuteronomio, de este domingo, así nos lo hace saber:

En aquellos días, habló Moisés al pueblo y le dijo: “Escucha la voz del Señor, tu Dios, que te manda guardar sus mandatos y disposiciones escritos en el libro de esta ley… (30,10).

No sólo el cumplimiento de la ley, sino la puesta en práctica de los preceptos, eran garantía de la vida eterna, de la salvación y del encuentro definitivo con Dios; cada miembro del pueblo era consciente de ello y debía orientar su vida y su actuar desde esa perspectiva. Pero hay un presupuesto indispensable con el cual se supera el simple cumplimiento de la ley, expresado en el moralismo y el legalismo al que muchos se habían adecuado: conviértete al Señor tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma (Dt 30,10).

Lucas pone en evidencia el dilema, presente en muchas otras escenas de los evangelios, entre el craso cumplimiento de las leyes y la propuesta de Jesús animada por el amor y la misericordia:

Se presentó ante Jesús un doctor de la ley para ponerlo a prueba y le preguntó: “Maestro, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?…” (10,25).

Jesús, con otra pregunta, lo remite a lo que está escrito en la ley (fundamento de la moral del pueblo): el mandamiento primordial canalizado en un doble amor complementario: el amor a Dios y el amor al prójimo:

Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu ser, y a tu prójimo como a ti mismo (Lc 10, 27).

Para el doctor de la ley es claro lo primero, puesto que es lo que da sentido a su puesto, a su conciencia y a su ley: Amarás a Dios sobre todas las cosas… (Ex 20,3-6), pero no ha comprendido el presupuesto indispensable que resalta el Deuteronomio: la conversión total de la persona, que se hace eficaz en el amor al hermano: amarás a tu prójimo como a ti mismo.

El doctor de la ley, para justificarse, le preguntó a Jesús: “¿Y quién es mi prójimo?” (Lc 10,29).

Jesús, sin explicar nada, lo remite a la vida y lo llevará de la mano para que pase de ser un simple espectador a un protagonista: Un hombre bajaba… (vv. 30-35).

¿Cuántas mujeres, cuántos hombres, ancianos, enfermos, desposeídos, homosexuales, migrantes…, bajan de una situación a otra, de un problema a otro, de una condición a otra….? ¿Cuántos de ellos son asaltados, maltratados, violados, asesinados frente a nosotros? Pasamos de largo o nos detenemos; su  vida significa algo o nos es indiferente.

¿Cuál de estos te parece que se portó como prójimo del hombre que fue asaltado por los ladrones?… “El que tuvo compasión de él” (vv. 36-37).

El cumplimiento de la ley comienza por la conversión del corazón y se actúa en la cotidianidad de la vida, en la cercanía, en la realidad que tenemos frente a nosotros; en la sencillez y la condición propia de cada persona:

Estos mandamientos que te doy, no son superiores a tus fuerzas ni están fuera de tu alcance. No están en el cielo, de modo que pudieras decir: “¿Quién subirá por nosotros al cielo para que nos los traiga, los escuchemos y podamos cumplirlos?” Ni tampoco están al otro lado del mar, de modo que pudieras objetar: “¿Quién cruzará el mar por nosotros para que nos los triga, los escuchemos y podamos cumplirlos?”. Por el contario, todos mis mandatos están muy a tu alcance, en tu boca y en tu corazón, para que puedas cumplirlos (Dt 30,11-14).

ACTUAR

En su exhortación sobre la alegría de amar, el Papa Francisco ha insistido que la vocación de la familia se concreta en una misión: amar, enseñar a amar y educar para la libertad. Para eso se necesita romper con costumbres malas, erróneas, equivocadas, injustas, inmorales… El papa nos dice:

La libertad es algo grandioso, pero podemos echarla a perder. La educación moral es un cultivo de la libertad a través de propuestas, motivaciones, aplicaciones prácticas, estímulos, premios, ejemplos, modelos, símbolos, reflexiones, exhortaciones, revisiones del modo de actuar y diálogos que ayuden a las personas a desarrollar esos principios interiores estables que mueven a obrar espontáneamente el bien. La virtud es una convicción que se ha trasformado en un principio interno y estable del obrar. La vida virtuosa, por lo tanto, construye la libertad, la fortalece y la educa, evitando que la persona se vuelva esclava de inclinaciones compulsivas deshumanizantes y antisociales. Porque la misma dignidad humana exige que cada uno « actúe según una elección consciente y libre, es decir, movido e inducido personalmente desde dentro » (AL 267).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.