Ocupa el último lugar…

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166105AGOSTO 28 DE 2016

DOMINGO 22 DEL TIEMPO ORDINARIO

La liturgia nos ofrece los siguientes textos para el último domingo de agosto: Sir 3,19-21; Heb 12,18-19.22-24 y Lc 14,1.7-14.

VER

“El que no tranza, no avanza…” De esta manera, al modo popular, se plasma irónicamente el rostro de una actitud con la que individuos, agrupaciones sociales, o sistemas políticos, buscan sacar ventaja en provecho propio, no importando si pasan por encima de los demás.

Tal actitud, o actitudes, se alimenta por un deseo y una ambición malsana: figurar en la primera plana de los diarios, ocupar los puestos de honor y de “confianza”; ser el centro de atracción en las reuniones y el objetivo de las miradas, de las conversaciones y de las cámaras…, hacerse rico no importando cómo. El protagonismo con el que a veces revestimos nuestra vida, nos hace altaneros y nos lleva al límite de la imprudencia, de la indiscreción y de la fanfarronería; creemos estar por encima de los demás y los consideramos menos que nada.

El abuso, la falta de humildad y de sencillez transforman nuestra personalidad en un peso para los otros; la arrogancia es un modus vivendi que sustenta los intereses individuales y garantiza, aunque arrebatando, el lugar privilegiado que no nos corresponde.

¿Cuánta gente debe soportar las imprudencias y los abusos de quien no tiene escrúpulos?, o ¿Cuántas veces nosotros abusamos de los demás, nos aprovechamos de las situaciones, nos tomamos atribuciones que no nos corresponden, u ocupamos lugares que nadie nos ha asignado?

Hay muchos modos de apropiarse de lo que no nos corresponde y de sentarse en los lugares principales:

Los países pobres necesitan tener como prioridad la erradicación de la miseria y el desarrollo social de sus habitantes, aunque deban analizar en nivel escandaloso de consumo de algunos sectores privilegiados de su población y controlar mejor la corrupción… (Papa Francisco, LS 172).

JUZGAR

En sintonía con el evangelio del domingo anterior (Lc 13,22-30), el texto de Lucas que ahora escuchamos nos muestra nuevamente las vicisitudes humanas, ancladas a la ambición y a los privilegios, caracterizadas por la ausencia de humildad, sencillez y prudencia. La visión del evangelio es una mirada que transparenta la realidad del hombre y la hace evidente para que, mirándola, podamos aceptarla y transformarla.

También hoy, la narrativa de Jesús nos remite a un banquete y a una comida donde hay invitados; nos ayuda a tomar conciencia de las actitudes que adoptamos ante el prójimo, de cómo llegamos después de un llamado que nos invita a ser parte del reino y, sobre todo, a percatarnos con quién compartimos el pan de la mesa y de la fiesta. La primera parte del texto evangélico (vv. 7-11) centra la atención en los invitados, haciendo alusión a la actitud que observó en los que llegaban eligiendo los puestos de honor; la segunda parte (vv. 12-14), centra el discurso en el anfitrión, haciendo alusión a su falta de apertura a las realidades humanas menos favorecidas.

Cuando no hay humildad en las acciones y en los pensamientos, se ejerce la humillación como un medio que reivindica el individualismo; se asume la primacía como un derecho y el reconocimiento se exige como una obligación para aquellos que viven sometidos a nuestra voluntad.

Todos hemos sido educados en base a valores y principios  que nos llevan por el camino de la prudencia (entendida ésta como la capacidad de reconocer, decir y expresar la verdad) y de la humildad (entendida a su vez, como una actitud realista y como la capacidad de tener puestos los pies sobe la tierra). En este sentido, contamos con una pedagogía bíblica plasmada en gran cantidad de textos; la liturgia dominical nos ofrece uno en particular, del libro del Sirácide, o Eclesiástico (3,19-21.30-31), que ilumina lo que el evangelio nos narra:

Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad y te amarán más que al hombre dadivoso. Hazte tanto más pequeño cuanto más grande seas y hallarás gracia ante el Señor (vv. 17-18).

Hallar gracia ante el Señor…, no es en realidad un favor que Dios concede, a unos cuantos, por los méritos alcanzados a través de prácticas religiosas, o por la puntual observancia de las leyes prescritas. La gratuidad de Dios (su gracia) echa raíces en la gratuidad del corazón del hombre. La gracia, venida de Dios, se convierte en una experiencia de santidad y de justicia que se hace evidente en la humildad, en la generosidad y en el servicio.

Ocupar el último lugar (v. 10), no implica quedarse allí, siempre hay que ver más allá. Desde la perspectiva del evangelio es evidente que para los últimos siempre hay una esperanza, pero la esperanza se camina y se trabaja, hasta llegar a lo que se busca y se desea; cuando se procedamos con humildad y prudencia, nos dirán:

Amigo, acércate a la cabecera… Porque el que se engrandece a sí mismo, será humillado; y el que se humilla, será engrandecido (vv. 10-11).

Desde la perspectiva de Teresa de Jesús podemos decir que de la humildad aflora la verdad (Humildad es andar en verdad, 6M 10,8), y de allí no se puede hacer nada más que justicia: cuando des un banquete, invita a los pobre, a los lisiados, a los cojos y a los ciegos; y así serás dichoso, porque ellos no tiene con qué pagarte; pero ya se te pagará, cuando resuciten los justos (vv. 13-14).

ACTUAR

Vivimos inmersos en sociedades competitivas, donde ganan los más fuertes y los mejor preparados; pero también los abusivos, los que hacen suyo aquello que no les corresponde; son sociedades llenas de ruido y de actividad, que no permiten detenerse a mirar, observar, admirar o escuchar. Así, el libro del Sirácide concluye diciendo: El hombre prudente medita en su corazón, y su gran anhelo es saber escuchar (v. 21).

En el reino nadie ocupa los primeros lugares ni por derecho ni por cortesía; los primeros lugares los ocupan quienes hayan renunciado a la manera humana de pensar y se hayan puesto al servicio de los demás (Luis Alonso Schökel, La Biblia de Nuestro Pueblo).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

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¡Señor, ábrenos!

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OLYMPUS DIGITAL CAMERAAGOSTO 21 DE 2016.

DOMINGO 21 DEL TIEMPO ORDIANRIO.

Para este domingo, la liturgia nos presenta los siguientes textos: Is 66,18-21; Heb 12,5-7.11-13 y Lc 13,22-30.

VER

La vida de mucha gente sigue un ritmo marcado por lo fácil y lo inmediato; por aquello que no implica grandes esfuerzos ni compromisos ulteriores. Nos gusta que toda oportunidad nos reciba con las puertas abiertas, de par en par, sin trabas ni exigencias para entrar.

De aquí surgen actitudes poco comprometidas, como la intolerancia, el desprecio por el otro, la prepotencia y, tal vez, el desconocimiento de la autoridad (anarquismo). Aunado al clientelismo y el influyentísimo; a la burocracia que exige, pero que no produce ni propone. Es la gente que gusta de entrar por la puerta ancha y encontrar mesas de manteles largos, suponiendo que todos están para servirles.

También la práctica religiosa sufre del mismo vicio: creemos que Dios debería abrirnos la gloria y concedernos todo lo que pedimos y necesitamos, por el simple hecho de dar limosna, de asistir a misa, de rezar algunas oraciones; o por ostentar un ministerio, por ser un fiel observante de las tradiciones y de una moral plana que no se equivoca, pero no está dispuesta a transformarse y arriesgar.

La fascinación del mundo moderno ha puesto ante nosotros muchas puertas, falsas puertas, que se abren con facilidad y nos ofrecen un camino accesible, llevadero y sin contratiempos…, pero al final, ese camino se angosta, se pierde en la confusión, en la mentira y en la desesperación acumulada por las decisiones sin sentido.

Las mujeres y los hombres que luchan, están hechos para abrirse puertas ante la vida; pero dichas puertas, por las que se lucha, son las más complicadas, las más difíciles, las más angostas…; el camino por delante es amplio y seguro.

JUZGAR

El texto del evangelio que escuchamos hoy nos revela cómo la salvación que Dios nos ofrece implica esfuerzos y empeño por parte del hombre de fe; Lucas lo hace por medio de dos imágenes: una puerta y un banquete.

Mientras Jesús enseñaba de camino a Jerusalén, surgió de entre la gente una pregunta: Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan? (v. 23). En este diálogo improvisado, marcado por la duda y la inmediatez, subyace una postura desafiante respecto de lo que Jesús predica, pero también una actitud derrotista, que ve pocas posibilidades antes las exigencias del reino. Si la respuesta de Jesús hubiese dependido de estos criterios, únicamente tendríamos dos posibilidades: “sí”, o “no”.

La salvación, desde la perspectiva de los evangelios, no es cuantitativa; es decir, no depende de los muchos o pocos que hayan tenido acceso a ella. Es cuestión de empeñarse y tomar decisiones, al parecer, difíciles. Jesús no da una respuesta, sino una recomendación (un tanto irónica por cierto…):

Esfuércense en entrar por la puerta, que es angosta, pues yo les aseguro que muchos tratarán de entrar y no podrán (v. 24).

El acceso a la salvación es la puerta angosta y el banquete representa la participación en esa salvación, que Dios ha preparado para los hombres de buena voluntad; para los que luchan y no se dejan engañar ante cualquier puerta que se les abre enfrente.

El discurso de Jesús continúa y narra un dilema, que no es otro distinto al dilema de nuestra vida, de nuestra historia y de nuestro camino de fe: quedarnos fuera, o entrar por la puerta estrecha… Sabemos que la misericordia de Dios es infinita y generosa; que hace salir el sol sobre malos y buenos y hace llover sobre justos e injustos (Mt 5,45). Pero también tiene límites: Cuando el dueño de la casa se levante de la mesa y cierre la puerta, ustedes se quedará afuera… (v. 25). Tales límites se abren, o se cierran, en la medida que el hombre esté dispuesto a escuchar, a aceptar, a decir sí; a seguir el camino trazado por el Señor en las bienaventuranzas y regido por la ley del amor.

El amor practicado entre hermanos nos da identidad (cf. En esto reconocerán que son discípulos míos, Jn 13,35), y de igual manera la justicia; en cambio, hacer el mal, como resalta Lucas en el versículo 27, no solamente nos separa de los demás, apártense de mí… (en paralelo con Mt 25,41), y nos deja fuera, sino que nos llevará al inesperado límite de ser desconocidos: No sé quiénes son ustedes (vv. 25 y 27).

La crudeza del evangelio nos asusta: ¡Señor, ábrenos! (v. 25); afuera, en los límites de tu puerta, sólo hay llanto y desesperación (v. 28). Nuevamente un reflejo de nuestra vida: ¿qué puertas hemos abierto, o por cuál de todas no hemos querido entrar? Nuestra historia, herida por la violencia y la injusticia, se ahoga en el llanto y muere desesperada ante la puerta, angosta por cierto, que se cierra ante nuestros ojos incrédulos y, poco a poco, nos quedamos fuera…

No obstante, en el evangelio siempre hay una luz de esperanza, una puerta que se abre ante aquellos que creen y esperan; aquellos que luchan y se esfuerzan por entrar en la puerta estrecha:

Vendrán muchos del oriente y del poniente, del norte y del sur, y participarán en el banquete del Reino de Dios. Pues los que ahora son los últimos, serán los primeros; y los que ahora son los primeros, serán los últimos (vv. 29 y 30).

Así como la salvación no es cosa de cantidad, la primacía no depende de qué lugar queramos ocupar en el banquete, sino de cómo decidamos entrar en el Reino.

ACTUAR

En la actualidad pasamos ante muchas puertas que invitan a entrar prometiendo una felicidad que luego nos damos cuenta que dura sólo un instante, que se agota en sí misma y no tiene futuro. Pero yo les pregunto: nosotros, ¿por qué puerta queremos entrar? Y, ¿a quién queremos hacer entrar por la puerta de nuestra vida? Quisiera decir con fuerza: no tengamos miedo de cruzar la puerta de la fe en Jesús, de dejarle entrar cada vez más en nuestra vida, de salir de nuestros egoísmos, de nuestras cerrazones, de nuestra indiferencia hacia los demás… (Papa Francisco).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

No vine a traer paz…

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peleas-600x400AGOSTO 14 DE 2016.

DOMINGO 20 DEL TIEMPO ORDINARIO.

Los textos bíblicos para las lecturas de este domingo son los siguientes: Jr 38,4-6.8-10; Heb 12,1-4 y Lc 12,49-53.

VER

Un texto del profeta Jeremías plasma con gran fuerza un lamento que aflora del corazón de Yahvé:

Diles estas palabras: Mis ojos se deshacen en lágrimas, día y noche sin cesar, por la terrible desgracias de la capital de mi pueblo, por su herida insanable. Salgo al campo: muertos a espada; entro en la ciudad: desfallecidos de hambre; profetas y sacerdotes recorren el país y no logran comprender (14,17-18).

Etas palabras reproducen, sin duda, el sufrimiento del corazón humano y describen en dos ideas –muerte y hambre– el panorama de nuestro mundo y de las sociedades contemporáneas, cargadas de asesinatos, violaciones, atentados, homicidios, pobreza, incertidumbre…, ¡guerra!

Por donde quiera que miremos, encontraremos ojos desgarrados en llanto, voces que gritan desesperadas de dolor y miedo, mujeres y hombres que huyen en busca de libertad, dejando atrás su tierra herida y despojada. Es tal la magnitud de la tragedia que, como aquellos profetas y sacerdotes, no logramos comprender lo que sucede. ¿A caso el mal ha impuesto su poderío sobre el Espíritu?

Vivimos en mundo que está en guerra, en medio de una locura, advierte el Papa Francisco, alimentada por la avaricia, la intolerancia y la ambición de poder; sustentada, además, por una actitud inhumana: a mí, ¿qué me importa?

Las divisiones entre hermanos engendran las guerras; las guerras, por su parte, provocan divisiones más profundas e irreconciliables.

JUZGAR

He venido a traer fuego a la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera ardiendo! (Lc 12,49).

Con estas palabras, fuertes y extrañas, comienza el texto de Lucas que leemos este domingo; pero si no comprendemos el sentido correcto de las mismas, no podremos entender lo que sigue en el discursos de Jesús.

Lucas siempre tuvo el cuidado de permear con la acción del Espíritu, a veces en forma de fuego (p.ej. Hch 2,3), toda la dinámica de sus escritos (Evangelio y Hechos), para dejar claro que con ello algo distinto se va gestando en el corazón y en la historia de los hombres. Así, este fuego del que habla Jesús, es el mismo fuego al que se refiere el Bautista cuando afirma de manera categórica: Yo los bautizo con agua… Él los bautizará con Espíritu Santo y fuego (Lc 3,16.17). Jesús se refiere al fuego del Espíritu que ha traído sobre la tierra para que arda y se transforme con su fuerza, su sabiduría y sus dones.

No obstante la claridad de esta imagen y el simbolismo que de ella aflora, la insensatez humana prefiere ver en el fuego un castigo, o un fenómeno devastador que arrasa, que aniquila y que hace sufrir. Un ejemplo de esto lo tenemos en el mismo evangelio de Lucas (en la liturgia del domingo 26 de junio), cuando narra cómo una población samaritana se negó a dar alojamiento a Jesús y sus discípulos; la reacción de Juan y Santiago refleja la intolerancia que albergamos en el corazón: Señor, ¿quieres que hagamos bajar fuego del cielo para que acabe con ellos? (9,54).

Desde esta perspectiva, fruto de una mirada confundida y equivocada, hemos trastocado las palabras de Jesús, convencidos de que él ha venido a traer la guerra; a tal grado, que todo aquello con lo que se pueda devastar a un pueblo (bombas, misiles, atentados, invasiones, masacres…), se le mira como “designio divino” o predestinación.

Jesús no ha venido a traer guerra, ni a provocarla. Algunas traducciones irresponsables y fundamentalistas han puesto en boca del Señor la palabra “guerra”, en contraste con la experiencia de paz, y haciéndolo decir “no vine a traer la paz sino la guerra”. Únicamente Mateo (10,34-36) y Lucas (12,49-53) hablan de este pasaje, pero el texto griego en el que están escritos nos revelan algo importante: Mateo dice no vine a traer paz sino espada (majairán/macairan); pero esta espada, o con más precisión espadita/cuchillito, no es la que un soldado empuña para pelear en las guerras, sino la que se utiliza para partir el pan, para dividir las cosas que se consumen. Lucas, por su parte, dice no he venido a traer la paz sino la división (diamerismon/diamerismon), entendida como la separación de unos respecto de otros.

Entonces, ¿por qué desea Jesús que el fuego ya esté ardiendo?:

¿Piensan acaso que he venido a traer paz a la tierra? De ningún modo. No he venido a traer la paz, sino la división (v. 51).

No es ésta, de ninguna manera, la “división” que provoca las guerras entre hermanos y semejantes; sino la que surge de tomar postura por el reino y de enfrentarse a quienes lo rechazan y desprecian:

De aquí en adelante, de cinco que haya en una familia, estarán divididos tres contra dos y dos contra tres. Estará dividido el padre contra el hijo, el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra.

Las instituciones y la tradición con las que se enfrentó Jesús, siendo causa de división, están representadas en la familia, en el padre, en la madre y en la suegra; en cambio, la novedad que nace del Espíritu Santo y del fuego, la misma que enfrentó Nicodemo con el dilema de nacer de nuevo/nacer del Espíritu (Jn 3,3.5), queda plasmada en las imágenes renovadas y renovadoras del hijo, de la hija y de la nuera.

Los evangelios siempre recordarán que la opción por el Reino, tomar postura por él, implica decisiones radicales que, no obstante, serán recompensadas: Todo aquél que por mí deje casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o campos, recibirá cien veces más y heredará vida eterna (Mt 19,29).

La división no es fortuita, hay una razón de fondo que la anima y la provoca. Mateo, en el juicio de las naciones (25,31-46), aunque de un modo distinto al de Lucas, desvela este misterio de la división:

Cuando el Hijo del Hombre llegue con majestad, acompañado de todos sus ángeles, se sentará en su trono de gloria y todas las naciones serán reunidas en su presencia. Él separará a unos de otros, como un pastor separa a las ovejas de las cabras. Colocará a las ovejas a su derecha y a las cabras a su izquierda (vv. 31-33).

¿Por qué no es fortuita esta separación? Aun cuando el rey diga a unos, vengan (v. 31) y a otros, apártense (v. 41), tal distinción, entre unos y otros, depende de lo que han hecho por el hermano, o lo que han dejado de hacer por él: dar de comer, dar de beber, recibir al migrante, vestir al desnudo, visitar al enfermo y al encarcelado (vv. 35-36/42-43).

Sólo desde esta perspectiva podremos comprender que el fuego, la espada o la división son causa de justicia, su razón de ser es la justicia (aunque parezca contradictorio) y no de guerras irracionales e inhumanas. Y sólo así comprenderemos por qué Jesús no vino a traer paz: porque la paz es fruto de la justicia (Is 32,17).

Si tenemos, como dice Pablo a los hebreos, fija la mirada en Jesús, ¿estamos dispuestos a correr con perseverancia la carrera que tenemos por delante? (12,1) ¿Estamos preparados para vivir separados, divididos y ser signo de contradicción? ¿Estamos dispuestos a contradecir las guerras del hombre y traer sobre la tierra el fuego del Espíritu que transforma y renueva?

ACTUAR

Te seguiré, Señor, pero primero déjame despedirme de mi familia. Jesús le dijo: el que ha puesto la mano en el arado y mira atrás no es apto para el reino de Dios (Lc 9,62).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

¿Dónde está tu corazón?

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mendigaygentemirandoescaparateAGOSTO 7 DE 2016

DOMINGO 19 DEL TIEPO ORDINARIO

Este domingo, que es el primero del mes de agosto, nos ofrece los siguientes textos para la Liturgia de la Palabra: Sap 18,6-9; Heb 11,1-2.8-19 y Lc 12,32-49.

VER

La voluntad con la que una persona actúa, además de la intención y la intensidad con la que hace las cosas, dependerá de aquello en lo que ha fijado sus objetivos, sus ideales y sus metas. Todo hombre tiene algo por lo cual luchar y dar la vida. En este entramado de luchas, trabajos y empeños, se ponen a prueba la fidelidad, la responsabilidad y la disponibilidad, a veces al límite, con las que se mide el talante y la profundidad de los compromisos.

Cuando no hay objetivos precisos y concretos, no hay compromisos perdurables. Vivimos en una sociedad mediatizada, donde las metas son efímeras porque los “ideales” (mediáticos) así lo son. El fanatismo, que nos convierte en “fans” (no ya en seguidores genuinos…), nos ha enseñado a poner el corazón en “tesoros” inexistentes, vacuos y corruptibles; “tesoros” que nos deslumbran y nos dejan ciegos, pero cuando recuperamos la vista, se desvanecen en la incertidumbre y en la falsedad que los envuelve.

Hace algún tiempo pedimos a un grupo de alumnos de tercero de secundaria que pensaran en algún personaje de la historia que los inspirara y que representara, de alguna manera, su ideal de vida; obtuvimos muchas respuestas, pero la más impresionante y sintomática fue la de uno que dijo, convencido, que su “personaje histórico”, su preferido, era Homero Simpson… Nuestra reacción inmediata fue preguntar: ¿en dónde tienes la cabeza y puesto el corazón?

Era obvio que para él, Homero Simpson, no representaba nada como parte de una crítica (“Los Simpson”) a la sociedad, no sólo de la Unión Americana, sino al resto de las sociedades contemporáneas que así viven sus relaciones familiares, laborales y de amistad. Era el individuo (Homero), su héroe, aquel que ha puesto su corazón, su mente y su voluntad en un tarro de cerveza; él, que con la inmediatez del momento y sin mayor dificultad, se desentiende de sus responsabilidades cuando lo sobrecogen sus deseos, sus intereses personales, o su ignorancia. Es la figura de los hombres bonachones, voluntariosos, ingenuos y maliciosos a la vez, que a pesar de tener buenos sentimientos hacia los suyos y no ser un marido infiel, constantemente es sorprendido en el sueño, la pereza, el olvido y el oportunismo que las circunstancias le ofrecen. Acaba siendo un servidor inútil en lo poco y en lo mucho y… si su cerebro es del tamaño de un cacahuate, ¿cómo será su corazón?

En fin, los ideales del hombre moderno nos revelan, sin lugar a duda, dónde tiene puesto el corazón…

JUZGAR

Centraremos la reflexión únicamente en el texto del evangelio de Lucas (12,32-48). Lo primero que debemos distinguir es que se compone de dos partes esenciales: una, de los versículos 32-33, nos conecta con el evangelio del domingo anterior, en torno al tema del poseer (no acumular tesoros en la tierra…); otra, los versículos 34-48, nos habla acerca de la vigilancia y la fidelidad.

En la oración del Padre Nuestro que comentamos hace dos semanas (Domingo 17 del Tiempo Ordinario), encontramos, después de reconocer a Dios como Padre de todos, un deseo: venga tu reino (Lc 11,2). Hoy, con una expresión de ternura, seguridad, cercanía y familiaridad, rebañito mío, Jesús confirma que dicha petición ha sido escuchada: tu Padre ha tenido a bien darte el Reino (v. 32).

Pero el reino de Dios no tiene lugar en un corazón dividido u ocupado por “otros reinos”; implica renuncia, disponibilidad, apertura al hermano y firmeza en la decisión por él:

Vendan sus bienes y den limosnas. Consíganse unas bolsas que no se destruyan y acumulen en el cielo un tesoro que no se acaba, allá donde no llega el ladrón, ni carcomen la polilla (v. 33).

Esta primera parte remata con un frase contundente, que se ha convertido en una máxima de vida: Porque donde está tu tesoro, ahí estará tu corazón (v. 34). ¿Es el reino de Dios y su justicia el tesoro donde tenemos puesto el corazón? Basta que busquen su reino y lo demás lo recibirán por añadidura (12, 31).

La centralidad del Reino en la vida de los creyentes y de los seguidores es, precisamente, lo que da sentido a la actitud vigilante y a la fidelidad de las que nos habla la segunda parte de este evangelio. Sólo aquello por lo que luchamos y damos la vida nos mantiene en pie y atentos a lo que pueda suceder: Estén listos, con la túnica puesta y las lámparas encendidas (v. 35); estén preparados, porque a la hora que menos lo piensen vendrá el Hijo del Hombre (v. 40).

La actitud vigilante surge de la fidelidad, no entendida ésta como un logro que se alcanza para ser elogiados, sino como como una forma de vida (ser fiel) que denota la decisión firme y la convicción profunda de amar a alguien; expresando ese amor a través de la disponibilidad y del servicio (estar atentos): abrir la puerta, tener dispuesta la mesa y la comida (v. 36), cuidar la integridad del hogar y de los bienes (v. 39). Tal servicialidad, según la dinámica del evangelio, es recompensada con una actitud igual, que rompe con tradiciones y atavismos:

Dichosos aquellos a quienes su señor, al llegar, encuentre en vela. Yo les aseguro que se recogerá la túnica, los hará sentar a la mesa y él mismo les servirá (v. 37).

¿No es, acaso, lo que el mismo Lucas nos quiere demostrar con la parábola del Padre Bueno? (15,11-31): un padre que ha puesto su corazón en el amor de un hijo, no importando si lo ha desconocido, a quien espera todos los días y, cuando regresa, lo acoge, lo besa, le dice que lo ama y le prepara un banquete; o lo que Juan nos revela de la persona del Mesías, cuando se recogió la túnica y se puso a lavar los pies de sus discípulos (13, 1-20): Pues si yo, que soy maestro y señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros.

La pregunta que Pedro hace a Jesús, es también para nosotros: ¿Dices esta parábola sólo por nosotros o por todos? (v. 41).

Supongan que un administrador, puesto por su amo al frente de la servidumbre, con el encargo de repartirles a su tiempo los alimentos, se porta con fidelidad y prudencia. Dichoso este siervo, si el amo, a su llegada, lo encuentra cumpliendo con su deber. Yo les aseguro que lo pondrá al frente de todo lo que tiene… (vv. 42-44).

La fidelidad es una puerta que nos abre el camino a la dimensión de las oportunidades, pero sobre todo si se vive con responsabilidad. La expresión evangélica siervo fiel (Mt 25,21) no es una distinción de honor, o un título nobiliario, ni otorga un grado o niveles por encima de los demás; es un reconocimiento que cambia la condición de una persona y la lleva a niveles más exigentes del compromiso: has sido fiel en lo poco, te pondré al frente de lo importante. Entra en la fiesta de tu señor (Mt 25,21). La puerta que el criado vigilante y fiel abre para que entre su señor, es la misma por la que pasa para tomar parte en el banquete del Reino.

Algo más. Decía el Cardenal Martini que el evangelio de Lucas es de izquierda (sería deseable que las izquierdas y las derechas de ahora fuera como el evangelio de Lucas…), porque siempre está mirando a los pobres, los olvidados, los despreciados y porque los personajes que ponen en acto la Buena Nueva son fuera de serie: rompen con todo lo establecido y construyen algo distinto (p. ej. el padre bueno, el samaritano, etc.). Este texto no es la excepción: primero, el señor de la casa es capaz de cambiar los papeles y servir él mismo a sus criados, como símbolo de agradecimiento, de misericordia y de justicia; luego, el administrador de confianza puesto como responsable de la servidumbre, debe cuidar que coman bien y a su tiempo. Así, la fidelidad es una actitud que repercute en bien de los otros, porque es un compromiso (Por eso, dicho sea de paso, las promesas matrimoniales son expresión de fidelidad comprometida: en la salud y en la enfermedad, en la prosperidad y en la adversidad, en el respeto y la ayuda mutua).

Porque donde está tu tesoro, ahí está tu corazón… ¿Dónde está tu corazón?

ACTUAR

Fidelidad, vigilancia, disponibilidad, servicialidad, compromiso, responsabilidad y un corazón que ama y es misericordioso son frutos del amor; y el amor, es un proceso que se aprende a través del testimonio y de la educación, a lo largo de la vida y en cada experiencia. El amor, como el Espíritu, tiene su morada en el corazón del hombre.

El Papa Francisco nos lanza una pregunta que bien podría ser un modo distinto de preguntarnos dónde está nuestro corazón y unirnos a la duda de Pedro: ¿Dices esto por nosotros o por todos?:

¿Dónde están los hijos? -dice el Papa- ¿En qué tesoros tienen el corazón? -nos preguntamos nosotros-  …la gran cuestión no es dónde está el hijo físicamente, con quién está en este momento, sino dónde está en un sentido existencial, dónde está posicionado desde el punto de vista de sus convicciones, de sus objetivos, de sus deseos, de su proyecto de vida (AL 261). Es decir, ¿cuál es su tesoro?

Cada una y cada uno de nosotros, padres de familia, profesores, líderes políticos y religiosos, tutores, responsables de la educación y del bienestar de niños y jóvenes, de ancianos y enfermos, de indigentes y migrantes, de analfabetas y trabajadores…, somos como el administrador que el amo ha puesto al frente de la servidumbre:

  • ¿Respondemos con fidelidad y prudencia?
  • ¿Nos encuentra el Señor, en cada momento de nuestra vida, cumpliendo nuestros deberes?
  • ¿Estaremos listos para que se nos exija más?

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.