¿Aumenta nuestra fe…?

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aumenta-nuestra-feOCTUBRE 2 DE 2016

DOMINGO 27 DEL TIEMPO ORDINARIO

La Liturgia de la Palabra, a través de los textos que hoy nos ofrece, presenta tres temáticas, enlazadas entre sí, que encuentran sus raíces en la vida de fe del hombre creyente y están en función de un reino distinto a cualquier otro, que no tiene más intención que la de transformar la realidad de los hombres y los pueblos sometidos a las injusticias: el lamento del hombre ante las injusticias, el compromiso que surge de una vida marcada por el Espíritu y la fe que crece a través del servicio. Los textos bíblicos son: Hab 1,2-3; 2,2-4; 2Tim 1,6-8.13-14 y Lc 17,5-10.

VER

Cuando no alcanzamos a comprender la razón de las cosas que nos suceden y nos superan, llevándonos a límites insospechados, surgen, de lo más profundo de nuestro ser, una serie de preguntas, dirigidas a veces a nadie en concreto, o a Dios, en particular: ¿Por qué a mí? ¿Por qué ahora…? ¿Hasta cuándo?…

El dolor, la muerte, la violencia, la esclavitud, la explotación, el abuso, el desempleo, el hambre, las crisis económicas, las enfermedades, los desastres, el terrorismo, la guerra… impactan nuestra vida y la destruyen, y así como dejan heridas que difícilmente sanan, provocan preguntas que se gritan y no tienen respuesta. De allí, surgen la duda y la desesperanza y un temor profundo que no cede, porque la causa de esos males es incierta, pero persistente.

Para muchos pueblos el terror cotidiano ya no tiene tregua ni toque de queda; el cese al fuego es una falacia, porque es una promesa que no se cumple, la ayuda humanitaria es una ilusión que se pierde en los caminos, asaltada por la ambición, la envidia y el odio.

El libro del profeta Daniel, en la oración penitencial de Azarías (Cántico de los tres jóvenes), contiene un lamento que bien podría ser el nuestro en estos momentos: no tenemos ya ni príncipe, ni jefe, ni profeta…, ni un lugar en dónde ofrecerte primicias y alcanzar tu misericordia (3,38).

Nos lamentamos todo el tiempo, preguntamos incrédulos por qué las cosas son así, o culpamos a Dios por todo…, pero no actuamos, no nos hacemos responsables de las gracias bautismales que han impreso en nosotros un carácter profético, o de los carismas que nos capacitan para trabajar por el bien común, por la justicia y por la libertad. Decimos “perder” la fe con cualquier pretexto, sin darnos cuenta que, aun siendo tan pequeño e insignificante como un grano de mostaza, es capaz de mover montañas: de cambiar las voluntades y transformar la mente y el corazón de los hombres.

No obstante, siempre hay una luz de esperanza: cuando los hombres no piden que su “fe aumente” sino cuando deciden ensanchar los horizontes del amor, de la felicidad, de la fraternidad; cuando arriesgan su vida con tal de arrancar la sonrisa en el rostro de un niño, donde la única pregunta es ¿por qué a mí? Sólo cuando esos hombres reconocen que no son más que siervos y que han hecho lo que tenía que hacer.

ACTUAR

Las preguntas con las que inicia el texto del profeta Habacuc reflejan un conflicto de fe, en donde se contraponen dos hechos evidentes: la desoladora realidad por un lado y la aparente ausencia de Dios por el otro. Habacuc pide auxilio, grita, denuncia, ve la injusticia, los asaltas, la violencia y las rebeliones; la imagen de Dios, en cambio, es terriblemente desalentadora: no escucha, no viene a salvar, se queda mirando la opresión… (1,2-3). Hay aquí un hombre que está ejerciendo a cabalidad su misión profética y un Dios que sólo guarda silencio.

Pero todo profeta es un místico y Habacuc no es la excepción; él logra penetrar en el misterio de Dios con sus dudas y sus preguntas, y sólo así la incertidumbre humana, representada en él, se transforma, Dios se revela a través de ella y le da una respuesta. El incomprensible silencio de Dios es en realidad revelación plena.

La experiencia mística de Juan de la Cruz nos enseña cómo Dios revela su Palabra en un eterno silencio, y así, en silencio, ha de ser oída por el hombre (cf. D 99//2S 22,3-6). El eterno silencio es también el tiempo de Dios y cabe confiar en él esperando; en cualquier momento la respuesta llegará:

El Señor me respondió y me dijo: “Escribe la visión que te he manifestado, ponla clara en tablillas para que se pueda leer de corrido. Es todavía una visión de algo lejano, pero que viene corriendo y no fallará; si se tarda, espéralo, pues llegará sin falta. (2,2-3).

El silencio de Dios se rompe no con la respuesta que, tal vez, esperaba Habacuc, sino con unas palabras que retan a la razón y ponen a prueba la fe: una visión que ya se había manifestado, que no fallará y llegará sin falta. ¿Qué significa esto? Yahvé dirige la mirada del profeta sobre las acciones del hombre y en sus consecuencias, haciéndole caer en cuenta que la justicia que exige y pide, “su respuesta”, brotará sin duda de lo que los hombres hacen en relación de sus hermanos:

El malvado sucumbirá sin remedio; el justo en cambio, vivirá por siempre (v. 4).

No se trata de temer a Dios, lo que se nos pide es creer en él. Del mismo modo que los profetas han sido ungidos con el espíritu de Yahvé y enviados para rescatar al pueblo de sus infidelidades y de sus esclavitudes, somos enviados de igual manera todos los bautizados.

En esta misma línea de reflexión, Pablo, dirigiéndose a Timoteo (1,6-8.13-14), nos ofrece una enseñanza pertinente y útil para la vida:

Querido hermano: Te recomiendo que reavives el don de Dios que recibiste cuando te impuse las manos. Porque el Señor no nos ha dado un espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y de moderación (vv. 6-7).

El fundamento de la predicación y del testimonio se basan en la confianza que se tiene en Cristo Jesús; no importando lo que suceda y ante las adversidades que nos apremian, debemos saber que el silencio de Dios se manifiesta, primero, en el Hijo enviado y hecho hombre, luego en el Espíritu que hemos recibido, y esa es su respuesta.

No te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor… Conforma tu predicación a la sólida doctrina que recibiste de mí acerca de la fe y el amor que tiene su fundamento en Cristo Jesús. Guarda este tesoro con la ayuda del Espíritu Santo, que habita en nosotros (vv. 13-14).

Recapitulando, podemos decir que no hay nada en la vida de los hombres que no tenga lugar en el eterno silencio de Dios; Él ve, escucha y atiende nuestras necesidades, pero nos pide esperar, que todo llegará sin falta. Esperar significa confiar libremente. Hay que añadir que hemos recibido un Espíritu de fortaleza, de amor y de moderación, con el que damos testimonio y sobre el cual se fundamente nuestro compromiso nuestra predicación. El Espíritu da sentido al silencio de Dios y a nosotros nos da la certeza de que hemos sido enviados.

Ya no hay duda: el silencio de Dios es fecundo. No obstante, el salmista entra en acción y nos recuerda:

Hagámosle caso al Señor, que nos dice: “No endurezcan su corazón, como el día de la rebelión en el desierto, cuando sus padres dudaron de mí, aunque habían visto mis obras” (Sal 94).

¿A qué vienen esta advertencia? En varios episodios del evangelio Jesús se lamenta de la falta de fe en sus seguidores más cercanos: Hombres de poca fe (Mt 14,31; 16,8); ahora nos encontramos con un pasaje de Lucas (17,5-10) en donde los discípulos piden al Señor algo extraño e inaudito: Auméntanos la fe (v. 5). A simple vista, pueden parecer palabras que surgen de una profunda devoción, o de una incondicional confianza en el Señor, pero no es así. La respuesta que reciben de Jesús nos lo dice con claridad:

Si tuvieran fe, aunque fuera tan pequeña como una semilla de mostaza, podrían decirle a ese árbol frondoso: “Arráncate de raíz y plántate en el mar”, y los obedecería (v. 6).

Estos dos versículos son la desafortunada reacción de los discípulos con la que concluye el pasaje (que la Liturgia ha omitido) donde Jesús les da instrucciones respecto de algunos aspecto particulares en la vida de un seguidor y de las consecuencias que eso supone. Vale la pena contextualizar el texto:

A sus discípulos les dijo: Es inevitable que haya escándalos; pero, ¡ay del que los provoca! Más le valdría que le ataran en el cuello una piedra de molino y lo arrojaran al mar, antes que escandalizar a uno de estos pequeños.

Estén en guardia: si tu hermano peca, repréndelo; si se arrepiente, perdónalo. Si siete veces al día te ofende y siete veces vuelve a ti diciendo que se arrepiente, perdónalo (vv. 1-4).

El miedo y la duda se apoderan de ellos: ¡auméntanos la fe! Pero esto sucede porque, al parecer, no hay tal: si al menos tuvieran una fe tan pequeña como el grano de mostaza…

Dios, o el Señor, no da la fe, menos aún con esos criterios materialistas y cuantitativos; Él provoca la fe del hombre. Si nos la “diera”, o nos la “aumentara” sin más, nuestra vida de creyentes sería pasiva, infértil, dependiente y sin sentido, pues se agotaría en un fe recibida pero no asumida ni hecha proceso de vida. La fe es respuesta, es la actitud que el hombre toma delante de Dios, de los demás y de los acontecimientos; no es un producto del mercado religioso, o del regateo espiritualoide.

En este caso, Jesús no es condescendiente; su respuesta se presenta en una enseñanza proactiva, que pone a los suyos en otra disyuntiva: los deberes del discípulo. No está la cosa en “pedir un aumento de fe”, sino en ponerse a trabajar por el Reino:

Cuando hayan cumplido todo lo que se les mandó, digan: “No somos más que siervos; sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer” (v. 10).

¿Qué tenemos que hacer? Exactamente lo mismo que Habacuc: pedir auxilio, gritar, denunciar, ver las injusticias, los asaltas, la violencia y las rebeliones…, a pesar de que se dude que Dios escucha. En pocas palabras: hacer lo que tenemos que hacer, porque no somos más que siervos.

ACTAUR

Te cuento una historia:

Se llama Rami Adham y en Siria le llaman el traficante de juguetes porque arriesga su vida para llevar desde Finlandia, donde vive, cientos de muñecos y peluches para los niños sirios.

Desde que estalló la guerra civil en Siria, Rami Adham ha viajado más de dos docenas de veces a su tierra natal. Cruza fronteras y camina durante decenas de millas con bolsas a su espalda, a veces sorteando a los combatientes y las bombas que caen por doquier… Miral Khalagi tenía cuatro años cuando unos soldados entraron en su casa. El padre de esta niña fue torturado mientras ella miraba, según ha contado su abuelo. Esos mismos soldado se llevaron a su madre a la que no han vuelto a ver. Ahora, con 6 años, Miral vive en un campo de refugiados en la ciudad de Idlib. Casi nunca habla y apenas sonríe, excepto cuando recibe una visita de un lugar muy lejano llamado Finlandia, que llega cada dos meses hasta la tienda en la campaña en la que vive. Es Rami Adham, y consigue que Miral sonría y se sienta feliz cada vez que lo ve, y abre sus bolsas repletas de juguetes.

  • El Señor no nos ha dado un espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y de moderación… Sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

…pobres cada vez más pobres.

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7034385937_713ccb4326_cSEPTIEMBRE 25 DE 2016

DOMINGO 26 DEL TIEMPO ORDINARIO

Nuevamente la Liturgia de la Palabra nos presenta una serie de textos que alzan la voz, a modo de reclamo y como llamada de atención, ante la riqueza desmedida e inhumana que, en ocasiones, es un insulto al pobre y una falta de conciencia ante su realidad. Dichos textos son: Am 6,1-4-7; 1Tim 6,11-16 y Lc 16,19-31.

VER

Un aspecto de la realidad, irreconciliable y escandaloso, que no ha encontrado soluciones viables y duraderas que lo puedan mitigar al menos un poco, es el impactante contraste entre ricos y pobres. Una problemática estudiada y analizada desde muchos ámbitos y abordada desde varios frentes. Nuestra mirada y comprensión no alcanzan a distinguir la raíz del problema, pero el horizonte es desalentador; las palabras de Juan Pablo II en el discurso inaugural del III CELAM, en Puebla el 28 de enero de 1979, haciendo referencia a lo expresado al respecto por Pablo VI, reflejan, incluso ahora, la dimensión de los acontecimientos: los mecanismos (las instituciones, los sistemas políticos y económicos, las estructuras de poder…) que, por encontrarse impregnados no de auténtico humanismo, sino de materialismo, producen a nivel internacional ricos cada vez más ricos a costa de pobres cada vez más pobres (III,4).

Esta es la descripción, tal vez patética, de la realidad, ricos cada vez más ricos y pobres cada vez más pobres… Más allá de describir el hecho, es una evidencia contundente, que podemos ver nosotros mismos a cada paso de nuestro caminar diario y en cada rincón de nuestras sociedades.

Un estudio realizado por la organización Oxfam reveló que las tendencias actuales apuntan que, para el próximo año, el 50% de la riqueza mundial estará en manos de las 85 personas más acaudaladas, las cuales poseen una fortuna promedio de 2.7 millones de dólares por adulto.

Más de la mitad de la riqueza mundial estará en manos de sólo 1% de la población el próximo año al aumentar con fuerza la desigualdad global, reveló una investigación de la organización caritativa contra la pobreza Oxfam y basada en datos de Credit Suisse Global Wealth Datebook, 2013 y 2014, y la Lista de multimillonarios Forbes (http://www.forbes.com.mx/riqueza-global-estara-en-solo-1-de-la-poblacion-en-2016/),

En esta línea, los obispos latinoamericanos viendo los nuevos rostros de la realidad y de la pobreza, nos ofrecen, desde Aparecida, el siguiente punto de reflexión: Una globalización sin solidaridad afecta negativamente a los sectores más pobres. Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y opresión, sino de algo nuevo: la exclusión social (Aparecida 65).

JUZGAR

Nuevamente el profeta Amós arremete en contra de los ricos y sale en defensa de los pobres. Su particular relación con Yahvé es determinante, para él -dice el p. Virgilio Pasquetto, OCD- encontrarse con Dios significa básicamente relacionarse con una persona que, disgustada de sociedades como la suya, le empuja de continuo a alinearse con los más débiles y a proclamar sus derechos con toda la fuerza de que dispone (Llamados a una vida nueva, temas de espiritualidad del AT, p. 112).

Esto dice el Señor todopoderoso: “¡Ay de ustedes, los que se sienten seguros en Sión y los que ponen su confianza en el monte sagrado de Samaria!

Se reclinan sobre divanes adornados con marfil, se recuestan sobre almohadones para comer los corderos del rebaño y las terneras en engorda. Canturrean al son del arpa, creyendo cantar como David. Se atiborran de vino, se ponen los perfumes más costosos, pero no se preocupan por las desgracias de sus hermanos(Am 6,1.4-6).

El profeta ve la opulencia de líderes y autoridades obtenida a costa del pobre; ve también, con dolor y rabia, cómo el poder que ejercen sobre el pueblo se alimenta de una irreverente seguridad, que ha convertido los lugares sagrados en su bastión y su fundamento. Amós se ha propuesto desmentir al pueblo (se le ha mentido sistemáticamente) y desenmascarar a los corruptos: no es posible, es inaceptable, que de Sión y del Monte sagrado de Samaria (v. 1), lugares donde el pueblo se encuentra con su Dios y Él habita en medio de ellos, brote la injusticia, la crueldad y el desprecio por el hermano necesitado. Les echa en cara su absurdo proceder y su discurso contradictorio: Quieren espantar el día de la desgracia y apresuran el reino de la violencia (v. 3).

Amós representa la denuncia profética que nace de una profunda experiencia de Dios junto al oprimido. Lo que ha experimentado el profeta -dice J. L. Sicre- es al Señor que está de parte de los pobres, de los humildes, del que sufre. Es el Señor que defiende a la gente humillada por las calles, en los mercados, en los tribunales. Es el Señor que quiere cambiar la situación de quienes pierden injustamente sus tierras y su libertad…

De la visión que el pastor de Tecua (Am 1,1) nos ofrece de la realidad, pasamos a una ejemplificación concreta, por medio de un caso, que si no real (puesto que es una parábola), retrata de manera clara e incisiva la verdad de muchos hombres y de muchos pueblos. Lucas parafrasea al profeta Amós y nos ofrece una escena que tiene la intención de remover nuestra conciencia moral y de cuestionar el compromiso social que aflora de la opción por el Reino.

La pauta del relato (Lc 16,19-31) está marcada por el mismo conflicto entre ricos y pobres que, a lo largo de la historia, ha deteriorado toda relación humana:

Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y telas finas y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo llamado Lázaro, yacía a la entrada de su casa cubierto de llagas y ansiando llenarse con las sobras que caían de la mesa del rico… (vv. 19-21).

Lucas logra poner en schok a los interlocutores de Jesús (que también somos nosotros), con dos imágenes contrarias y opuestas de la misma condición humana, ambas poseen una fuerza estremecedora: por un lado, un hombre rico que vestía de púrpura y telas finas (v. 19); en el lado opuesto, un mendigo famélico, a quien los perros lamían sus llagas (v. 21). Además, el evangelista añade un elemento que recalca la contundencia del conflicto: los dos, el rico y el pobre, están en la misma casa y en torno a la misma mesa; la casa está cerrada para el mendigo y la mesa no se ha dispuesto para compartirla…

Pero el destino llega sin distinguir: la muerte, igual para los dos. Sólo así se pone fin al conflicto, pero se abre una nueva brecha, insuperable, entre unos y otros, que ni la muerte misma podrá cambiar, jamás. El mendigo fue llevado, por unos ángeles, al seno de Abraham (a la gloria) y el rico fue enterrado (v. 22), en otras palabras, humillado; los suyos tal vez, u otros hombres quizá (no los ángeles), lo sepultaron para hacerlo regresar al lugar de dónde él, y todos los demás, habían venido: la tierra. Una semilla que muere sin dar fruto es una semilla inservible, que se desecha y se tira; es arrojada a la tierra, pero la tierra se cierra, se niega a abrir su generosidad y su abundancia ante la semilla estéril, a la que sólo cubrirá con su peso y hundirá en el olvido.

Estaba éste en el lugar de castigo, en medio de tormentos, cuando levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham y a Lázaro junto a él (v. 23).

Los papeles se han invertido y son definitivos; el desprecio hacia Lázaro y la insensibilidad ante las necesidades del pobre se revierten y descargan una suerte de destino irónico sobre el hombre rico: ahora es él quien suplica, pide piedad, mendiga una miserable gota de agua (como Lázaro las migajas que caían de su mesa…); tiene miedo, y lo tendrá por siempre, sufre y se atormenta, no sólo con su propia suerte, sino también con la de sus hermanos… Ya no hay nada por hacer: si no escucharon a Moisés y a los profetas, no harán caso, ni aunque resucite un muerto (v. 31).

Además, entre ustedes y nosotros se abre un abismo inmenso, que nadie puede cruzar, ni hacia allá ni hacia acá (v. 26).

 ACTUAR

Cuando levantamos los ojos, o cuando los abrimos realmente, y vemos ricos cada vez más rico a costa de pobres cada vez más pobres, y no hacemos nada al respecto, entonces veremos a lo lejos a todos aquellos “lázaros” que estuvieron cerca de nosotros, a la puerta de nuestras casas o al pie de nuestras mesas…; a los que no escuchamos, no volteamos a ver, o hicimos caso omiso de sus reclamos, de sus sufrimientos, de sus llagas y de su dolor.

Lo único cierto, para unos y para otros, será la muerte; pero antes de que nos alcance y nos lamentemos de no haber hecho nada, existe la posibilidad, factible en la misericordia de Dios, de cambiar. Es posible tomar otro rumbo en el camino, como el samaritano, y cambiar, así, la realidad de tantos hombres que sufren a causa de las injusticias y la opresión.

Hermano: Tú, como hombre de Dios, lleva una vida de rectitud, piedad, fe, amor, paciencia y mansedumbre. Lucha en el noble combate de la fe, conquista la vida eterna a la que has sido llamado y de la que hiciste tan admirable profesión ante numerosos testigos (1Tim 6,11).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

No puedes servir a dos amos…

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SEPTIEMBRE 18 DE 2016.

DOMINGO 25 DEL TIEMPO ORDINARIO.

Este domingo, la Liturgia de la Palabra nos ofrece tres textos de un contenido radical, que apelan a la justicia y defienden el derecho de los pobres; las palabras contenidas en ellos son una llamada de atención a la consciencia de todos aquellos que se arropan en el poder y abusan del hermano de manera escandalosa. Dichos textos son: Am 8,4-7; 1Tim 2,1-8 y Lc 16,1-13.

VER

Está por demás describir el panorama de nuestro mundo y de las sociedades que lo conforman; hemos llegado, tal vez, a un nivel de hartazgo y decepción que provoca, en las entrañas de todo hombre, el deseo de no hablar más, de no ver, de non escuchar…, de no darnos cuenta. Y al mismo tiempo, experimentamos una profunda necesidad de gritar, de asumir, del modo que sea, la misma misión que Yahvé encomendó al profeta Jeremías: hoy te establezco sobre pueblos y reyes, para arrancar y arrasar, destruir y demoler, edificar y plantar (1,10).

Ahora, más que nunca, la condición profética que nace de nuestra unción bautismal debe presentarse ante los hombres como es: una voz que habla de parte de Dios y que se pronuncia en defensa de los indefensos; un grito que es denuncia ante los abusos y contradicción de frente a las costumbres anquilosadas, que sustentan la muerte como “condición de vida”…

Los profetas son la conciencia crítica de la sociedad (cf. Virgilio Pasquetto, OCD); representan el despertar de comunidades e individuos adormecidos por la depresión que causa el miedo, la desilusión, la desesperanza y son, al mismo tiempo, el reclamo que interpela la inconsciencia de las estructuras políticas, económicas y religiosas bajo las cuales el pueblo vive sometido.

La salvación que Dios ofrece a su pueblo y la libertad que emana de ella, inicia por lo que Él ve y escucha: He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos (Ex. 3,7).

Nosotros… ¿Qué vemos? ¿Qué oímos?

JUZGAR

Amós, Pablo y Lucas plasman con gran fuerza el grito de los oprimidos y de los que sufren a causa de las injusticias; pero no sólo eso, en todo ello se ve reflejado el mirar de Dios y cómo debe ser el compromiso de los que creen en Él.

Cada uno de ellos se pronuncia desde la Palabra: Amós, denuncia los abusos en contra del pobre; Pablo, pide oraciones por los gobernantes, a fin de poder vivir en paz; Lucas, en la persona de Jesús, resalta las injusticias que acarrea el dinero (y su mal manejo) y la ambición. Son textos con un claro contenido social y de bien común, que ponen al centro y por encima de todo, la dignidad del hombre y la justicia por los pobres.

Pareciera que el profeta Amós, con una visión futurista, describiera el panorama de nuestras estructuras económicas y sus políticas de mercado: la pobreza como un medio, o un pretexto, para llevar a cabo cualquier tipo de negocios:

Escuchen esto los que buscan al pobre sólo para arruinarlo… Disminuyen las medidas, aumentan los precios, alteran las balanza y obligan a los pobres a venderse…  El Señor, gloria de Israel, lo ha jurado: No olvidaré jamás ninguna de estas acciones (Am 8,4-5.7).

El apóstol Pablo, por su parte, guía la reflexión hacia una verdad que brota, indudablemente, de la voluntad del Padre: que todos los hombres se salven (1Tim 2,4). Pero no se logra, al parecer, con la sola mediación de Cristo; es necesario que las estructuras -económicas, políticas y religiosas-, mantengan las condiciones adecuadas para que las personas, que de una u otra manera dependen de ellas, sean libres y felices. Es por eso que su discurso se dirige, primero, a la comunidad:

Te ruego, hermano, que ante todo se hagan oraciones, plegarias, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres, y en particular, por los jefes de Estado y las demás autoridades, para que podamos llevar una vida tranquila y en paz, entregada a Dios y respetable en todo sentido (1Tim 2,1-2).

Es primordial que se haga justicia, que los hombres se salven y, además, que lleguen al conocimiento de la verdad (v. 4). Por eso, dirige ahora la mirada de la comunidad hacia otros horizontes, haciéndoles ver que es imprescindible reconocer que Cristo Jesús, hombre él también, es el mediador entre Dios y los hombres (v. 5), él es la verdad que ilumina y orienta el proceder humano y los deseos que alberga en su corazón.

Pablo concluye su discurso haciendo una síntesis doctrinal: Quiero, pues, que los hombres, libres de odios y divisiones (salvación), hagan oración donde quiera que se encuentren (verdad), levantando al cielo sus manos puras (justicia) (v. 8).

El evangelio de Lucas (16,1-13), nos presenta dos episodios: el administrador astuto (vv. 1-8) y el uso del dinero (vv. 9-13); ambos animados por el modo de relacionarse con los bienes, con los otros y con la justicia.

En el primero, aparecen dos personajes: un hombre rico (Dios) y un administrador corrupto, pero astuto y hábil para resarcir sus errores y malos manejos; la parábola posee un elemento complementario: los bienes, que dicho administrador, a pesar de que se le han confiado, ha malgastado. Aquí, resuenan ecos del texto del profeta Amós, en cuanto a los reclamos que se lanzan en contra de aquellos que, teniendo el poder en sus manos, abusan de los más débiles y usan para beneficio propio los bienes que son de todos.

No es la única ocasión en la que los evangelios hablan de la “utilidad” de los bienes terrenos y de cómo se les puede aprovechar de manera adecuada. Sin bien, Mateo (6,19) nos dice que la acumulación de tesoros en la tierra puede corrompernos, advirtiéndonos que allí donde está nuestro tesoro está nuestro corazón (6,21); Lucas en cambio, que es un evangelio más social, ve en el manejo de los bienes una posibilidad para recuperar la confianza en los demás y agenciarse cierto bienestar. Así, el administrador, consciente de sus límites físicos y morales (que son más bien autolimitaciones), y de su inminente ruina, no duda de la generosidad de sus acreedores y se vale de ello:

¿Qué voy a hacer ahora que me quiten el trabajo? No tengo fuerzas para trabajar (límite físico) y me da vergüenza pedir limosna (límite moral). Ya sé lo que voy a hacer, para tener a alguien que me reciba en su casa, cuando me despidan (vv. 3-4).

Utilizando la astucia y la habilidad del administrador, Jesús nos ofrece una enseñanza poco común en él, pero práctica para la vida de todo creyente: todos poseemos, en mayor o menor medida, cosas, bienes, dinero para beneficio propio y satisfacción personal, pero si todo eso se abre y se dispone en provecho de otros, buscando hacer justicia, o para cubrir al menos alguna de sus necesidades, habremos orientado nuestras acciones desde los criterios del evangelio (dar de comer al hambriento, vestir a desnudo, visitar al enfermo y al encarcelado, cf. Mt 25,35).

El segundo episodio, enlazado al anterior, abre un tema digno de debate: con el dinero, lleno de injusticias, se pueden ganar amigos que nos reciban en el cielo (v. 9 y 11). Propone, también aquí, una dinámica a bases de correlaciones: las cosas pequeñas van en relación con el dinero, que en la lógica de Lucas son los bienes de la tierra que valen poco y que, además, representan lo que no nos pertenece (lo que se adquiere a través del trabajo justo, o de las acciones injustas); las cosas grandes, en cambio, van en relación con los bienes verdaderos, que en esta misma lógica son las cosas que sí nos pertenecen, no sólo las que tienen que ver con la justicia y que no se adquieren por medio de negocios, sino con el Reino que, por ser hijos de Dios, ya es nuestro.

El que es fiel en las cosas pequeñas, también es fiel en las grandes; y el que es infiel en las cosas pequeñas, también es infiel en las grandes. Si ustedes no son fieles administradores del dinero, tan lleno de injusticias, ¿quién les confiará los bienes verdaderos? Y si no han sido fieles en lo que no es de ustedes, ¿quién les confiará lo que sí es de ustedes? (vv. 10-12).

El dinero es un medio para la subsistencias, que se gana trabajando y haciendo justicia; el poder se convierte en una posibilidad de servicio y a través de él se pueden establecer relaciones justas y sanas que aseguren al individuo un porvenir digno y seguro. Pero ambos, dinero y poder, son sólo eso: medios, bienes terrenales, que pasan y se acaban. Lo importante para un hombre, sobre todo para un creyente, es buscar y conservar aquello que le garantice la plenitud, la salvación, la libertad, la felicidad y la vida eterna; son los bienes, no materiales, los de arriba, los tesoros del cielo, que se descubren a lo largo de la vida escuchando y poniendo en práctica la Palabra, y en las experiencias cotidianas que nos confrontan con la verdad y la justicia, que miden el talante de nuestro servicio a los demás y el modo de amarlos. Es la relación dialéctica (el debate) que debemos tener clara, entre Dios y el dinero: ¿quién de los dos será el amo de nuestras vidas?:

No haya criado que pueda servir a dos amos, pues odiará a uno y amará al otro, o se apegará al primero y despreciará al segundo. En resumen, no pueden ustedes servir a Dios y al dinero (v. 13).

ACTUAR

Si al inicio de esta reflexión nos preguntamos: ¿qué vemos y qué oímos?, haciendo referencia a nuestra realidad; ahora la pregunta debe ser: ¿Qué hacemos?

El Papa Francisco, durante la reflexión del Ángelus de este domingo (18 de septiembre), nos ofrece las siguientes líneas de acción:

El recorrido de la vida necesariamente implica elegir entre estos dos caminos: entre honestidad y deshonestidad, entre la fidelidad y la infidelidad, entre egoísmo y altruismo, entre el bien y el mal. No se puede oscilar entre uno y otro, porque se mueven sobre lógicas diversas y contrapuestas. El profeta Elías decía al pueblo de Israel que caminaba sobre estas vías: “Ustedes cojean con los dos pies” (cfr 1 Re 18,21). Es una bella imagen. Es importante decidir qué dirección tomar y después, una vez decidida aquella justa, caminar con arrojo y determinación, encomendándose a la gracia del Señor y a la ayuda de su Espíritu. Fuerte y categórico es la conclusión del pasaje evangélico: “Ningún servidor puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se interesará por el primero y menospreciará al segundo”.

Con esta enseñanza, Jesús hoy nos exhorta a hacer una elección clara entre Él y el espíritu del mundo, entre la lógica de la corrupción, de la prepotencia y de la avidez y aquella de la rectitud, de la mansedumbre y del compartir…

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

Cristo Jesús me perdonó…

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abrazoSEPTIEMBRE 11 DE 2016.

DOMINGO 24 DEL TIEMPO ORDINARIO.

Este domingo 24 del Tiempo Ordinario, la Liturgia de la Palabra integra tres textos con un matiz peculiar: presentan, desde tres ámbitos diferentes, el rostro misericordioso y la generosidad del Padre: Ex 32,7-11.13-14; 1Tim 1,12-17 y Lc 15,1-32.

VER

Hablar hoy de una figura paterna que se caracterice por la bondad, la cercanía, la disponibilidad y que se distinga por los gestos de misericordia, de buen humor y sencillez, resulta, honestamente, muy extraño (no porque no haya padres así, aunque sea poco común encontrarlos…).

La paternidad, anclada a la figura masculina con la que se completa y complementa la maternidad, pasa por una crisis de identidad y definición; crisis que se extiende hacia la otra identidad, más amplia y compleja, de la familia. La experiencia cotidiana nos muestra, a través de casos vistos y escuchados en consultorios, escuelas, confesiones, terapias, etc., cómo la figura y la personalidad del papá se diluyen y se pierde en un vertiginoso torbellino de apariencias, “re-definiciones”, aspectos culturales, compromisos laborales, sociales y políticos, asuntos prácticos, responsabilidades relativizadas…, que lo atrapan y lo desfasan del tiempo que le toca vivir, de la familia que le toca atender y de su condición propia.

Cuando escuchamos a una niña, o un niño, de preescolar, o de secundaria, hablar de su papá, pareciera que describe a un sujeto que lleva el nombre de padre, pero que sólo es una pieza de ornato familiar, o fruto de una relación coyuntural; mantiene económicamente a la familia (en el mejor de los casos), pero no pertenece a ella, da instrucciones, pero no reconoce las necesidades reales de los suyos. Más que autoridad, es expresión de autoritarismos, del que surge un paternalismo radical, que domina y coarta la libertad y la dignidad de los hijos que ha engendrado y de la mujer ha que desposado. Es también, en otros casos, la reivindicación de una masculinidad mal entendida y terriblemente asumida (el “machismo”), que se convierte en práctica fehaciente de la irresponsabilidad, la indiferencia y la egolatría. A causa de todo esto, se gesta una experiencia familiar de abandono y desesperanza, de soledad e incomprensión. Hijos que necesitan el peculiar amor de un padre y que esperan un milagro que lo cambie todo…

En contraste, como un signo de esperanza, en el panorama de nuestras sociedades podemos reconocer aun, gestos y acciones que hablan de padres responsables y profundamente comprometidos con su paternidad; los que trabajan incansablemente, que se enfrentan a los retos de la realidad y que dan la vida ante cualquier circunstancia. Aun así, habrá hijos irresponsables que desconozcan la valía y la entereza de esos padres, que los consideren menos que nada y les arrebaten todo lo que, de cualquier manera, ya es de ellos.

JUZGAR

Nuevamente, como en otras ocasiones, los textos sagrados resaltan la condición humana, con sus debilidades y vicisitudes, y la van confrontando con los atributos de un Dios que se revela siempre como un Padre Bueno. Cada uno de los textos de la liturgia nos ofrece una faceta distinta de ese Dios en confrontación con el modo de actuar y comportarse del pueblo y de los individuos.

El libro del Éxodo (32,7-11.13-14) abre una escena en donde Yahvé y Moisés discuten en torno a las acciones que el pueblo ha llevado a cabo mientras Moisés se encontraba en el monte en presencia de Dios. La espera, desde la mirada y los criterios del pueblo, se hizo larga; de la espera pasaron a la desesperación y a la desconfianza: ya no quisieron esperar más tiempo… A pesar de haber visto las muestras de amor hacia ellos y de encontrarse ya libres de la esclavitud, desconfiaron de las palabras de Yahvé a través de su líder y prefirieron poner su mirada y su fe en un becerro de metal (un ídolo) a quien concedieron todos los atributos: Éste es tu dios, Israel; es el que te sacó de Egipto (v. 4).

Yahvé los mira y se entristece: se han pervertido, se desviaron del camino que les he señalado, se han postrado ante un ídolo (vv. 7-8). Su reacción es dura y dolorosa:

Veo que éste es un pueblo de cabeza dura. Deja que mi ira se encienda contra ellos hasta consumirlos… (vv. 9-10).

Pero Moisés conoce muy bien a Yahvé, sabe de su amor y de su generosidad; sabe también, con toda certeza, que es un Dios con rostro de misericordia. Así, confiando en sí mismo y en la bondad paterna de Dios, lo increpa:

¿Por qué has de encender tu ira, Señor, contra este pueblo que tú sacaste de Egipto con gran poder y vigorosa mano? Acuérdate de Abraham, de Isaac y de Jacob, siervos tuyos, a quienes juraste por ti mismo, diciendo: Multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y les daré en posesión perpetua toda la tierra que les he prometido (vv. 11 y 13).

El texto teje un juego que va del desconocimiento al reconocimiento: el pueblo desconoce a su Dios y lo cambia por un ídolo; en consecuencia, Yahvé desconoce al pueblo y se lo adjudica a Moisés, por eso le dice: Anda, baja del monte, porque tu pueblo, el que sacaste de Egipto, se ha pervertido (v. 7). Entonces, Moisés asume su papel de intercesor, ahora entre Yahvé y el pueblo. Recordando las promesas hechas a los patriarcas, remite la filiación del pueblo a Yahvé: ¿Por qué has de encender tu ira contra este pueblo que tú sacaste de Egipto…?

La paternidad bondadosa de Dios no cede ante los caprichos del hombre, se antepone a ellos y actúa en su favor:

El Señor renunció al castigo con que había amenazado a su pueblo (v. 14).

Por su parte, Pablo, en su primera carta a Timoteo (1,12-17), habla de su experiencia y de cómo reconoce la misma bondad y misericordia que el pueblo hebreo experimentó en el desierto del Sinaí:

Doy gracias a aquel que me ha fortalecido, a nuestro Señor Jesucristo, por haber me considerado digno de confianza al ponerme a su servicio, a mí, que antes fui blasfemo y perseguí a la Iglesia con violencia; pero Dios tuvo misericordia de mí, porque en mi incredulidad obré por ignorancia, y la gracia de nuestro Señor se desbordó sobre mí, al darme la fe y el amor que provienen de Cristo Jesús (vv. 12-14).

Pablo, con humildad y con la certeza que descubre en la bondad del Señor, hace una profesión de fe: Cristo Jesús me perdonó… (v. 16).

Por último, el texto de Lucas (15,1-32), nos ofrece tres parábolas: la oveja perdida (vv. 1-7), la moneda perdida (vv. 8-10) y la parábola del hijo pródigo (vv. 11-32). Todas ellas forman un conjunto doctrinal que busca resaltar la figura de un padre bueno, que no es otro distinto al del Dios de Jesús.

El discurso está animado por una duda y un gesto, de fariseos y escribas, que denota desprecio y desconfianza hacia los actos del nazareno respecto de publicanos y pecadores: Éste recibe a los pecadores y come con ellos (v. 2). La reacción de Jesús se cifra, simple y llanamente, en una enseñanza escandalosa: la bondad y la misericordia de Dios nunca se detienen, ante nada ni ante nadie; siempre se da con generosidad, no importando si son pecadores, publicanos, prostitutas, poseídos por el demonio, borrachos… Incluso, la actitud del hijo pródigo y del hermano mayor, que cambia y confunde el amor del padre con los bienes y el dinero (con los ídolos), no altera la entereza de un padre que, a pesar de ellos, los sigue amando.

La intención de las tres parábolas, como ya indicamos, es poner la atención del oyente en un proceso que le permita descubrir otro rostro de Dios, libre del legalismo y del cumplimiento frio y raso de los preceptos, y que provoque, además, un actuar distinto y libre, por parte del hombre que es capaz de verlo así:

En la primera parábola, la de las noventa y nueve ovejas, el escándalo para los “buenos” y “justos” es la preocupación de Dios por el pecador y la manera gozosa como es acogido. En la segunda, la moneda de poco valor representa a toda esa gente que los “buenos” del judaísmo oficial habían ido dejando perder y que ni siquiera les preocupaba. En la dinámica del reino, esa moneda de poco valor, es en realidad el “tesoro” de Dios; encontrarlo y ponerse al servicio de esos “desechos” es llevar a cabo la propuesta de Dios encarnada en el reino propuesto por Jesús… Con la tercera parábola Jesús sigue desenmascarando los efectos negativos del legalismo cuya expresión más inmediata es la distorsión de la verdadera imagen de Dios.  Jesús revela su experiencia de Dios como Padre, un padre que ama con igual medida tanto a su hijo mayor como al menor; la diferencia de este amor la imponen los dos hijos  (Luis A. Schökel, La Biblia de Nuestro Pueblo).

Lucas logra la mejor y más clara versión del Padre a través de los gestos humanos más profundos y conmovedores:

Estaba todavía lejos, cuando su padre lo vio y se enterneció profundamente. Corrió hacia él, y echándole los brazos al cuello, lo cubrió de besos… Era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado (vv. 20 y 32).

ACTUAR

Una vez más, la liturgia de la Palabra nos pone un reto: pasar de ser simples espectadores del evangelio, a ser actores de la Buena Nueva. ¿Cómo?:

  • Lo primero, reconocer en qué postura nos encontramos ante Dios: ¿Cómo el pueblo hebreo? ¿Cómo el hijo prodigo y su hermano mayor? ¿En un proceso de cambio y conversión como el de Pablo?
  • Lo segundo: no olvidemos que estamos invitados a asumir en nuestras vidas el modo de ser y actuar del Padre: Sean misericordiosos como es misericordioso el Padre de ustedes (Lc 6,36). Es decir: estar siempre dispuestos a salir al encuentro de los que se han perdido, de los que otros han olvidado, de los que regresan arrepentidos, de los que nos desprecian pero nos necesitan… Salir, abrazar, besar y hacer fiesta…

 Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

A dónde voy…

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4 DE SEPTIEMBRE DE 2016.

DOMINGO 23 DEL TIEMPO ORDINARIO.

Comenzamos el mes de septiembre y la Liturgia de la Palabra nos propone los siguientes textos: Sab 9,13-19; Fil 9-10.12-17 y Lc 14,25-33.

VER

A dónde voy y a qué. Es uno de los principios del descernimiento ignaciano que ayuda al individuo a ubicarse en el camino de las búsquedas, de frente a sus expectativas y proyectos, pero también a reconocer sus recursos, sus capacidades, su posibilidades…, en una palabra, su propia realidad.

Si cada uno de nuestros “inicios” cotidianos y ordinarios (como el comienzo del día, el trabajo, la escuela, los momentos de las relaciones, etc.), o los procesos que desatamos a través de nuestras opciones vitales (como la carrera, el matrimonio, la paternidad, la vida consagrada o ministerial, etc.), comenzaran precisamente con etas palabras, que nos remiten a la propia consciencia, seguramente todo iría por buen camino…

Tener claro que vamos a un lugar preciso, y no a otro, que allí cumpliremos con un objetivo concreto y no con cualquier cosa, nos permitirá poner a prueba nuestras verdaderas aspiraciones, en relación con lo que somos y lo que tenemos. Por otro lado, esta claridad, contribuye al reconocimiento de nuestras prioridades, que exigirán, de nuestra parte, actitudes de fidelidad y de humildad. No se puede hablar de una opción primordial y prioritaria en la vida, si existen junto a ella otras opciones, colaterales y alternas. Si no hay prioridades solo habrá confusión.

Esto aplica a la vida cristiana: a dónde vamos, para qué, a quién seguimos…

JUZGAR

Uno de los deseos más profundos del hombre, sobre todo a partir del pensamiento científico, es el de conocer y conquistar el futuro, descifrar los misterios y hacerse de la verdad oculta en ellos, apoderarse de aquello que no depende ni de su voluntad ni de sus capacidades y que está fuera del ámbito de su dominio (el que es propio de las creaturas). Pero en ese intento siempre se verá superado, ya que tal aspiración está más allá de su condición, de su naturaleza y de sus posibilidades reales. No obstante, por su tenacidad seguirá insistiendo, hasta convertir su anhelo en una necedad. Así, su mente y su corazón quedarán ofuscados y confundidos. Por ello, el libro de la Sabiduría (9,13-19), hace una reflexión sensata y profunda, tratando de ubicar la condición humana en el lugar que le corresponde:

¿Quién es el hombre que puede conocer los designios de Dios? ¿Quién es el que puede saber lo que el Señor tiene dispuesto? Los pensamientos de los mortales son inseguros y sus razonamientos pueden equivocarse, porque un cuerpo corruptible hace pesada el alma y el barro de que estamos hechos entorpece el entendimiento.

Con dificultad conocemos lo que hay sobre la tierra y a duras penas encontramos lo que está a nuestro alcance. ¿Quién podrá descubrir lo que hay en el cielo? ¿Quién conocerá tus designios, si tú no le das la sabiduría, enviando tu santo espíritu desde lo alto?

Sólo con esa sabiduría lograron los hombres enderezar sus caminos y conocer lo que te agrada. Sólo con esa sabiduría se salvaron, Señor, los que te agradaron desde el principio.

La sabiduría es una experiencia que transforma al hombre y lo acerca a la dimensión de lo divino; es fruto del quehacer humano y de su búsqueda incansable por encontrar el sentido de las cosas y entablar con ellas una relación sana y digna. Es el camino seguro que nos lleva a comprender la voluntad de Dios y sus designios, a asumir con fe lo que es un misterio y a vivir con fidelidad lo que hemos elegido. Quien se deja guiar por el santo espíritu (v. 17) podrá decir con toda libertad a dónde voy y por qué.

El evangelio de Lucas inicia con el tema del seguimiento: Si alguno quiere seguirme… (v. 26), al que añade de inmediato el de las prioridades: si no me prefieren, o no me aman, más… (Según sea la traducción). En los evangelios, particularmente en Juan, Jesús aparece no sólo como una persona, sino como una realidad por la que se transita y se pasa a otra dimensión: camino, puerta, vida, resurrección. Tomando en cuenta esto, podremos entender lo que Jesús plantea en el texto lucano, iluminados con el principio del discernimiento ignaciano que dice a dónde voy y a qué:

Si alguno quiere seguirme y no me prefiere a su padre y a su madre, a su esposa y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, más aún, a sí mismo, no puede ser mi discípulo (v. 26).

De este texto, como pasa en muchos otros del evangelio, encontramos lecturas superficiales e interpretaciones irresponsables, fatalistas y reductivas a veces, que únicamente ven en las palabras de Jesús una invitación a la renuncia sin sentido y al desconocimiento (o desprecio) de los seres más cercanos y entrañables, por causa del reino. Hemos olvidado que el mandamiento del amor pone al mismo nivel del servicio, de la entrega y del seguimiento, al hermano y a Dios: lo que hicieron con uno de ellos, lo hicieron conmigo (Mt 25,40); quien dice que ama a Dios, a quien no ve, y odia a su hermano a quien ve, es un mentiroso (1Jn 4,20). Además, el amor practicado en la comunidad como norma de vida, es lo que distingue a los seguidores del Señor: en esto reconocerán que son discípulos míos, en que se aman los unos a los otros (Jn 13,35). Jesús no dice que se deba olvidar, o que se ame menos que a él a cualquier miembro de la familia; lo que es inaceptable es que la Buna Nueva pase a un segundo término, se le ponga por debajo de otras opciones, o que se relativice.

Jesús traza unas líneas de exigencia para su seguimiento: la familia, como símbolo de la seguridad personal, hay que relativizarlo cuando de seguir a Jesús se trata. La idea de Jesús es que el discípulo comience a construir un modelo de sociedad distinta: fraterna, solidaria, igualitaria, donde cualquier estructura, comenzando por la familia, esté al servicio de esta nueva sociedad y no al contrario (Luis A. Schökel, La Biblia de Nuestro Pueblo).

El versículo 27, que completa la escena, es aún más difícil de entender y de practicar: Y el que no carga su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo. También aquí nos hemos atorado en una interpretación martirial y oblativa, que ve la cruz como el sometimiento (irracional) a una muerte ineludible. Más allá del Mesías crucificado, que entrega su vida por todos, en el discurso lucano la cruz se convierte en signo de rebeldía, de contradicción y de protesta ante una sociedad injusta, que elude el compromiso con la Palabra y con el hermano: quien se prefiere a sí mismo, no puede ser mi discípulo… Podemos decir que cargar la cruz equivale a una estilo de vida que surge de la opción por el reino, pero no una vida “cargada” de pesados sacrificios y sufrimientos, aceptados de manera estoica (asumir, por ejemplo, que la enfermedad, el hijo perdido en los vicios, la hija embarazada fuera del matrimonio, el esposo infiel, etc., son la cruz que Dios “nos dio” para llevarla encima), sino marcada por el compromiso, el servicio y la entrega.

En seguida (vv. 28 a 32), Lucas pone dos ejemplos con los que Jesús concreta lo que acaba de decir: no se puede construir una torre sin calcular el costo (y saber con qué contamos) y no se puede ir a combatir a un enemigo fuerte y grande sin medir las propias fuerzas y las posibilidades reales para hacerle frente: A dónde voy y a qué…

La otra seguridad -dice Schökel- es de tipo económico: los bienes materiales. La única forma de que el ser humano pueda atender con equilibrio e mayor número posible de necesidades -personales, corporales, materiales y espirituales- es construyendo con los demás esa nueva sociedad que exige el reino, y eso es labor de cada día (La Biblia de Nuestro Pueblo).

 ¿Qué nos propone en concreto?: la libertad y la liberación de todas las ataduras.

Así pues, cualquiera de ustedes que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo (v. 33).

ACTUAR

  • ¿A dónde voy?: yo soy el camino, la verdad y la vida (Jn 14,6).
  • ¿A qué voy?: el que no renuncie a sí mismo y a sus bienes (a su egoísmo) no puede ser mi discípulo (Lc 14,26.33).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.