Bájate pronto…

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zacchaeusOCTUBRE 30 DE 2016

DOMINGO 31 DEL TIEMPO ORDINARIO

Los textos que hoy nos presenta la Liturgia de la Palabra entrelazan, al menos, dos temáticas: la compasión, o misericordia divina, y la llamada, o elección. En ambos casos encontramos a un Dios que no se fija en la imperfección del hombre ni en su pecado, sino en su dignidad. Dichos textos son: Sab 11,22-12,2; 2Tes 1,11-2,1 y Lc 19,1-10.

VER

Qué privilegiados nos sentiríamos si alguna persona importante, o destacada en la sociedad, sin mayor preámbulo ni protocolos, nos avisara, por cualquier medio, que llegará a nuestra casa a comer e, incluso, a hospedarse; está en gira de trabajo y necesita alojamiento.

Cómo reaccionaríamos, por ejemplo, si decidiéramos ir al aeropuerto a recibir a un personaje importante del cine, o de la política internacional, o del deporte y, al vernos entre la multitud, nos dijera: “Podrías llevarme a mi Hotel, prefiero ir contigo a tomar un taxi…”

Sabemos que esto es poco más que imposible y podemos soñar en ello e imaginar las emociones que podrían aflorar de nuestro ser si eso, realmente, fuera posible. No obstante, las alternativas no se agotan en los acontecimientos  extraordinarios. La vida y lo cotidiano ponen frente a nosotros, a veces, situaciones humanas que necesitan de una casa para pasar la noche, de un plato de comida, de una cobija para mitigar el frío, de una taza de café para compartir las preocupaciones o pedir un consejo; gente que prefiere nuestra compañía porque siente confianza, respeto y acogida; porque sabe que no pasaremos por alto sus necesidades.

Tal vez, en alguna ocasión, hayamos salido a buscar y a ver, con nuestra mirada y bajo el influjo de nuestros intereses, a alguien en específico, y, para sorpresa nuestra, nos encontramos que, ese alguien, nos viene al encuentro y nos cambia la jugada, rompiendo con nuestra expectativas: Zaqueo, bájate pronto, porque hoy tengo que hospedarme en tu casa (Lc 19,5).

JUZGAR

El libro de la Sabiduría (11,22-12,2) nos ofrece algunas imágenes de Dios con las que se rompen ciertos paradigmas y nos preparan para comprender, de manera particular, la propuesta que Lucas presenta en su evangelio. El texto nos habla de un Dios distinto respecto de lo que el hombre podría esperar de él: es un Dios compasivo, que no se fija en el pecado del hombre y le da tiempo para que se arrepienta, y lo perdona; un Dios que ama todo lo que existe y lo que ha creado, porque es un Dios de vida y ama la vida. Un Dios presente en todos los seres (11,22-26). Además, el autor nos habla de la pedagogía de Dios y cómo espera con paciencia el caminar y el tiempo del hombre:

Por eso a los que caen, los vas corrigiendo poco a poco, los reprendes y les traes a la memoria sus pecados, para que se arrepienta de sus maldades y crea en ti (12,2).

La fe en Dios surge de haber experimentado el perdón, la misericordia y la bondad que brotan de su mirada misericordiosa; nunca del castigo y de la muerte.

El evangelio de Lucas (19,1-10), por su parte, nos presenta el pasaje de Zaqueo, pintoresco y conmovedor, con ciertos rasgos de humor y matizado con acontecimientos inesperados.

La estatura de Zaqueo es una imposibilidad (física o no) que le impide superar las barreras humanas (v. 3) y apreciar una realidad que “conocía” de oídas pero no de manera directa; tal vez la curiosidad, la necesidad de ir más allá o de estar a la altura de los demás, lo impulsó a salir de su estatus y buscar, del modo que fuera (v. 4), aquello que se antojaba significativo y valioso.

Jesús encarna al Dios que sale al encuentro del hombre y lo busca como tal; un Dios que no mira el pecado, la condición de la persona o el extracto social al que pertenece; que no mide al hombre por su estatura o sus alcances, o que, incluso, lo rechace por sus limitaciones; simple y sencillamente levantó los ojos y le dijo: “Zaqueo, bájate pronto, porque hoy tengo que hospedarme en tu casa” (v. 5). Para este hombre las cosas cambian de repente y no hay tiempo que perder: Bajó enseguida y lo recibió muy contento (v. 6). Bajó de la apariencia y de las aspiraciones no cumplidas a una realidad a ras de tierra, iluminada por la Palabra que transformaría su historia (me hospedaré en tu casa…).

Lucas, en el versículo 7, nos informa que surgieron rumores a partir del hecho; no es otra cosa que la expresión inevitable, a veces, de la envidia y el rencor: el hombre que estaba atrás y por debajo de todos, ahora es el centro de atención, no sólo del pueblo sino del mismo Maestro.

Zaqueo ha superado un primer límite, pero ahora viene la superación de otro, arraigado en su corazón y en su voluntad, que no le permitía ser libre y pleno: el poder, el fraude y el apego a lo material. La irrupción de la Buena Nueva en su vida y en su historia le ha permitido descubrir la bondad de Dios y la riqueza del amor y la justicia, a tal grado, que recuperando su dignidad, se puso de pie en medio de todos y dijo:

Mira, Señor, voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes, y si he defraudado a alguien, le restituiré cuatro veces más (v. 8).

Jesús, en sintonía con la imagen del Dios que nos presenta el libro de la Sabiduría (12,2), hace evidente que la semilla sembrada comienza a dar frutos:

Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también él es hijo de Abraham, y el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido (vv. 9-10).

Así, Zaqueo se convierte en el paradigma del hombre que se deja tocar por la gracia de Dios y se deja mover por el Espíritu que ha recibido. No debemos esperar a que Jesús nos hable y nos diga bájate, existen muchos rostros en nuestro entorno que nos piden bajar para encontrarnos con ellos y hacerles justicia.

ACTUAR

Dios nos ha llamado a ser santos, y la santidad no se alcanza después de la muerte, se construye en lo cotidiano haciendo justicia, amando, perdonando y liberando al oprimido, al pobre y al olvidado. Dependerá de cada uno vivir escondidos, detrás de los demás y auto-impedidos, o movernos, superar nuestras limitaciones y ponernos de pie ante el Señor y ante el hombre.

Por eso Pablo, dirigiéndose a los tesalonicenses, nos habla también a nosotros:

Hermanos: Oramos siempre por ustedes, para que Dios los haga dignos de la vocación a la que los ha llamado, y con su poder, lleve a efecto los buenos propósitos que ustedes han formado, como lo que ya han emprendido por la fe. Así glorificarán a nuestro Señor Jesús y él los glorificará a ustedes, en la medida en que actúe en ustedes la gracia de nuestro Dios y de Jesucristo, el Señor (1,11-12).

  • ¿Cuál es la vocación a la que hemos sido llamados?: Amar y ser felices.
  • ¿Cómo?: rompiendo barreras y haciendo justicia.

Siempre y sin desfallecer…

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exijoOCTUBRE 16 DE 2016.

DOMINGO 29 DEL TIEMPO ORDINARIO

El domingo 29 de la liturgia nos ofrece los siguientes textos: Ex 17,8-13; 2Tim 3,14-4,2 y Lc 18,1-8.

VER

Se ha hecho común ver imágenes o escenas donde gente, de todas las edades, hace grandes filas en las cajas y sociedades de ahorro, en los bancos que se han declarado en quiebra, en las instituciones prendarias, de empeño y de prestamistas, en las ventanillas de la asistencia social, etc., en cualquier parte del mundo (Grecia, Venezuela, México, España, Italia, Turquía, Marruecos…). Todos con las mismas urgencias y necesidades provocadas por la pobreza, el desempleo y la inestabilidad económica. Pero…, la pobreza, el desempleo y la inestabilidad ¿quién los provoca?

Circuló en las redes (Facebook) un video, a modo de crítica, en el que se hacía mofa de los sistemas políticos que consideran que todo lo que ellos hacen por el pueblo “está bien hecho”, y que la pobreza no es ni asunto suyo ni, mucho menos, una consecuencia de sus malos manejos. Se planteaba allí una hipotética encuesta en la que se preguntaba a los ciudadanos: ¿Por qué crees que eres pobre?, de donde se obtendrían las respuestas que el gobierno manejaría para su beneficio, revelando, así, que el 60% de los encuestados considera la pobreza como “voluntad de Dios”, el 30% como consecuencia de la mala suerte y sólo un 10% culpaba al gobierno por tal situación; esto a decir del personaje que representa a un supuesto gobernante. En un segundo momento, con el fin de confirmar los resultados, se cuestiona, de manera directa y sobre lo mismo, a una de las sirvientas de casa… La respuesta no es la esperada: ella considera que la pobreza en la que vive el pueblo es, sin lugar a dudas, culpa de los gobiernos y de sus sistemas políticos y económicos.

Volviendo a las filas de gente de las que hablamos al inicio, nos preguntamos: ¿Por qué están allí? ¿Qué buscan? ¿Qué piden? ¿Qué reclaman…?: la devolución de su dinero, de sus bienes o de sus ahorros; piden justicia y piedad; suplican que sus deudas se perdonen, o que, al menos, se renegocien y aligeren. Entre ellos hay ancianos que trabajaron toda su vida para ahorrar y tener un futuro promisorio y, de pronto, se han quedado sin nada; padres de familia que lucharon por el crédito de una casa y ahora no tienen dónde vivir; estudiantes sin escuela ni becas, viudas sin amparo, enfermos sin seguro…

Vemos plazas ocupadas por padres de familia reclamando la vida de sus hijos y su pronto regreso, mujeres que esperan, eternamente, a las puerta de las prisiones, sufriendo las consecuencias de una justicia mal impartida, que acusa inocentes y los condena sin miramientos, provocando más pobreza, más hambre, más delincuencia; migrantes reclamando su libertad, niños y mujeres exigiendo sus derechos.

JUZGAR

La mirada dirijo hacia la altura de donde ha de venirme el auxilio. El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra (vv. 1-2).

El Salmo 120 es un canto confiado en la misericordia de Dios, de quien se espera la salvación y el auxilio en medio de las adversidades de la vida. Pero no sólo es un canto, es la voz de aquellos que sufren y se encuentran al borde de la desesperación y de la muerte. Confiamos en él, aunque pareciera que su respuesta tarda y no llega oportunamente.

La fe se acompaña de la esperanza, de la paciencia y de la constancia, y de ella surgen el valor, la tenacidad y el atrevimiento ante Dios; por eso, se pide y se suplica orando. El verdadero orante no corre prisa, se adentra en el silencio donde la Palabra de Dios se pronuncia y se deja llevar por el paso de Dios, que es el nuestro: él camina junto a nosotros… Su cercanía, es un signo del amor que nos tiene, y de ello no puede surgir otra cosa que no sea amarlo y confiar en él. Teresa de Jesús decía que aun en el dolor, la enfermedad y el sufrimiento, la oración debe estar animada por el amor y la costumbre (V 7,12), de tal modo que las adversidades no provoquen desánimo en nosotros y desconfianza en Dios. El mismo Salmo nos lo hace saber:

No dejará que des un paso en falso, pues es tu guardián y nunca duerme. No, jamás se dormirá o descuidará el guardián de Israel.

El Señor te protege y te da sombra, está siempre a tu lado. No te hará daño el sol durante el día ni la luna de noche.

Te guardará el Señor en los peligros y cuidará tu vida; protegerá tus ires y venires, ahora y para siempre (vv. 3-8).

Amor y costumbre: En aquél tiempo, para enseñar a sus discípulos la necesidad de orar siempre y sin desfallecer, Jesús les propuso esta parábola… (Lc 18,1).

En cierta ciudad había un juez que no temía a Dios ni respetaba a los hombres. Vivía en aquella misma ciudad una viuda que acudía a él con frecuencia para decirle: “Hazme justicia contra mi adversario”. Por mucho tiempo, el juez no le hizo caso, pero después se dijo: “Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, sin embargo, por la insistencia de esta viuda, voy a hacerle justicia para que no me siga molestando”.

Dicho esto, Jesús comentó: Si así pensaba el juez injusto, ¿creen ustedes acaso que Dios no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche, y que los hará esperar? Yo les digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿creen ustedes que encontrará fe sobre la tierra? (vv. 2-8).

Para entender lo que Jesús propone a sus discípulos, y a nosotros (v. 1), es importante tomar en cuenta dos aspectos del texto que tenemos frente a nosotros: uno, el contexto en el cual está inserto, y dos, los elementos que lo conforman.

  • Este texto en particular se inserta en una serie de escenas donde Jesús resalta el tema de la fe en relación con el compromiso y la justicia (a partir del cap. 17 de Lucas), y el contexto, sobre todo el inmediato, es el que encontramos descrito en los versículos precedentes (17,20-37), en donde se habla de la llegada del Reino; aquí, tenemos una clave de lectura en la pregunta que los fariseos hacen a Jesús y en la respuesta que les da: ¿Cuándo llegará el reino de Dios? (v. 20). La llegada del Reino de Dios no está sujeta a cálculos; ni dirán: míralo aquí, míralo allí. Pues está entre ustedes. Es decir, en la fe (v. 21). Esto se enlaza y da sentido a la conclusión del texto que hoy leemos: cuando llegue el Hijo del Hombre (el Reino de Dios), ¿encontrará esa fe en la tierra? (18,8). Lucas va narrando diferentes situaciones en las que unos serán separados y otros no, unos elegidos y otros no…, pero eso dependerá del modo como hayan vivido y dado respuesta al reino, ya sea como en tiempos de Noé o en tiempos de Lot: comían, bebían, se casaban, compraban, vendían, plantaban, edificaban… (vv. 27 y 28), pero sin sentido de la solidaridad y justicia. Por eso el diluvio y la lluvia de fuego y azufre acabó con todos (vv. 27 y 29). Como podemos observar, la descripción de la llegada del reino representa una dificultad para ser comprendida con claridad. De hecho, en el versículo 37 (cap. 17), encontramos otra pregunta que denota asombro y duda: ¿Dónde, Señor? La respuesta es radical y contundente: Donde está el cadáver se reúnen los buitres.

Sólo así se entiende la necesidad de orar siempre y sin desfallecer (18,1): el Reino viene para hacer justicia y es indispensable que sepamos reconocerlo, ¿cómo?: orando.

  • Los elementos del texto nos permiten integrar la propuesta del versículo 1 y la conclusión del versículo 8:
  • Un juez que no temía a Dios ni respetaba a los hombres (v. 2).
  • Una viuda que pedía le hiciera justica contra su adversario (v. 3).
  • La insistencia que cambia la actitud del juez (vv. 4-5).

Luis A. Schökel nos ofrece un maravilloso ensamble de estos elementos en relación con el contexto que arriba hemos descrito:

La viuda es el símbolo de las masas de empobrecidos que con el correr del tiempo y golpeados por una sociedad injusta se han llegado a convencer de que su causa no será atendida porque nadie se fija en ellos más que para aprovecharlos como fuerza productiva y desecharlos cuando ya no representan ninguna utilidad para la sociedad. La propuesta de Jesús es que el empobrecido, como en el caso de la viuda, se convenza de lo contrario; es decir, que llegue a sentir y a asumir que el primer interesado en su causa es Dios mismo y que con el respaldo de ese Dios que se rebela contra la injusticia y la opresión (cfr. Éx 3,7-9), la masa de empobrecidos tiene que comenzar y perseverar en la lucha por la justicia, incluso teniendo en cuenta que hay jueces y sistemas inicuos que con toda seguridad, no sólo no defenderán su causa, sino que la tildarán de subversión, rebelión, terrorismo y peligro para la nación y para la estabilidad social (La Biblia de Nuestro Pueblo).

La oración viene propuesta como medio para descubrir y enfrentar las injusticias, como la fuente que alimenta y nutre el coraje y la determinación de luchar por la justicia e insistir hasta alcanzarla. Lucas no presenta a la viuda pidiendo a Dios que la oiga, sino que es el ejemplo de una mujer orante que ha fortalecido su fe y lucha por sus derechos y su libertad. Así, la oración se convierte en una forma de vida (siempre y sin desfallecer) y logra que la mirada descubra el Reino en los acontecimientos de la historia humana; la oración es la fuerza que aviva la fe del creyente y lo empuja al compromiso (vv. 1 y 8).

El juez cedió ante la insistencia de la viuda; Dios se fija en la perseverancia y en la fe, en la confianza que hay en él y en la fidelidad a su palabra. Hace justicia al oprimido y al necesitado, pero lo hace por medio de hombres justos, que han nutrido su corazón y su voluntad en la oración constante, la que se hace por amor y costumbre, siempre y sin desfallecer.

ACTUAR

¿En qué situaciones encontramos hoy a la viuda? ¿En cuáles otras al juez? ¿En qué medida la oración mantiene en pie la lucha por la justicia y el compromiso con el hermano? ¿Nuestra vida de oración nos ayuda a ver en los problemas, en los acontecimientos adversos, en las injusticias… la posibilidad de construir el Reino y de trabajar por él, y no sólo la inexplicable consecuencia de la “voluntad de Dios”? ¿Qué pedimos en la oración? ¿La oración alimenta nuestra fe, o sólo mantiene la expectativa de que un milagro suceda?

Quiero ofrecer algunas ideas, que son líneas de acción, ofrecidas por el p. Maximiliano Herráiz, OCD, en su libro La oración, experiencia liberadora, inspirado en la experiencia mística de Teresa de Jesús:

  • Convertirse a la historia no es sino un entrar en la corriente de vida, de amor comprometido con Jesús…
  • En cualquier caso, el encuentro con el Jesús histórico es liberador, y llena de sentido “político” la experiencia contemplativa que de él haga el creyente…
  • … el descubrimiento de la necesidad de la oración no se ha llegado desde la teología sino desde la praxis liberadora, desde el compromiso con la justicia. La opción por los pobres y marginado ha conducido a la oración como garantizadora, principalmente, e impulsora del previo compromiso.
  • Nuestras comunidades cristianas… han de crecer en su dimensión contemplativa… Además de vivir la oración deben educar para ella. Abiertos a la vida recogerán en la oración el clamor del pueblo que pide y busca sin descanso el rostro de su Dios liberador. Y esto porque sin vida contemplativa no hay vida cristiana (cf. E. Bonnin).
  • … Una y otra -la verdad de Dios y la verdad del hombre- son inseparables y corren idéntica suerte. Por eso donde la verdad del hombre sufre y no se actúa no puede germinar y afirmarse la verdad de Dios. Y donde Dios no se experimenta o positivamente se silencia se condena al hombre a la ignorancia y mentira sobre sí mismo. Para el místico, la causa de Dios y la del hombre es una sola cosa.

Toda la Sagrada Escritura está inspirada por Dios y es útil para enseñar, para reprender, para corregir y para educar en la virtud, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté enteramente preparado para toda obra buena (2Tim 3,16-17).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

¡Ten compasión de nosotros!

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img_4490-680x453OCTUBRE 9 DE 2016.

DOMINGO 28 DEL TIEMPO ORDINARIO

La Liturgia de la Palabra de este domingo nos presenta los siguientes textos: 2Re 5,14,17; 2Tim 2,8-13 y Lc  17,11-19. Tanto el libro de los reyes como el evangelio de Lucas nos hablan de la fe y la confianza en la misericordia de Dios a través de la lepra, una condición de salud que se había convertido en motivo de desprecio y abandono, y representaba uno de los modos con los que la sociedad y las instituciones religiosas segregaban y discriminaban a los enfermos, signo vivo del pecado.

VER

La fe de mucha gente se debate entre la magia y el milagro; entre creer que algo grandioso le sucederá o esperar a que simplemente su vida cambie… Gente que llena santuarios y templos dedicados al culto mariano, o que albergan la imagen milagrosa de algún Santo, de un Cristo, del Santo Niño. Allí, se llega de rodillas, caminando desde lejos, en peregrinación o con el afán de cumplir una promesa; se invierte dinero, se dedica tiempo y se deja en manos de Dios, de la Virgen o del Santo, la salud, la enfermedad, el agobio, las necesidades más urgentes, el destino y el porvenir.

Enfermos, lisiados, desahuciados; mujeres, niños y ancianos con una enfermedad terminal, con un terrible cáncer declarado, con VIH, con algo que los está acabando y no saben qué es. Todos, sin excepción, llegan a pedir, a suplicar que Dios les conceda la salud por intercesión de María y de los santos del cielo, ofreciendo, a cambio, sacrificios, limosnas, misas en la parroquia, novenas, etc.

De Dios todo se espera, por eso nos acercamos a él cuando necesitamos de su ayuda; aunque también creemos que los males son fruto de su voluntad, entonces lo increpamos (¿Por qué a mí? ¿Por qué ahora?…) y le exigimos que nos cambie la suerte.

La semana pasada, el evangelio nos presentaba a los discípulos diciendo: aumenta nuestra fe… Pero si no tenemos fe, aunque fuera tan pequeña como el grano de mostaza, de nada sirve cualquier cosa que hagamos o pidamos a Dios. Hoy nos presenta a un leproso que con fe profunda se postra ante Jesús.

JUZGAR

La fe en Dios se convierte en una experiencia que va más allá de los límites propios que establecen las rúbricas y las normas de una religión; tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento nos han demostrado, en diferentes ocasiones, que Yahvé está por encima de toda norma y que, aun cuando haya elegido un pueblo para sí, él sale al encuentro de todos los hombres.

El texto del segundo libro de los Reyes (5,14,17) y el evangelio de Lucas (17,11-19), a través de la lepra, una enfermedad que limitaba física y socialmente a los hombres que la padecían, hacen evidente que la bondad de Dios no tiene límites, y que si el encuentro con esos hombres, excluidos y despreciados, surge de una fe verdadera y limpia, tampoco importa su origen o condición; la fe rompe barreras y fronteras, y eso se confirma en las figuras del general sirio y el samaritano.

Eliseo, hombre de Dios, y Jesús, Hijo de Dios, son uno de los referentes donde se descubre la compasión divina y el amor de Dios por sus hijos; en Naamán y en el leproso de Samaria, en quienes hay un corazón abierto y un gesto de agradecimiento, la confianza se convierte en profesión de fe: No hay más Dios que el de Israel (2Re 5,15). A pesar de sus dudas y del aislamiento en el que vivían, son capaces de ir más allá de sus propios límites y descubrir, por sí mismos, lo que nunca antes habían imaginado.

En el texto del segundo libro de los Reyes leemos lo que Naamán hizo: se bañó siete veces en el Jordán, como le había dicho Eliseo (v. 14); pero en versículos anteriores podemos ver cómo sus dudas no le permitían confiar en el Dios de los israelitas y mucho menos si lo único que le indicó el profeta de Samaría (v. 3) era meterse a las aguas del Jordán (v. 10). Era el general del ejército del rey de Siria (v. 1), acostumbrado a vencer, a dar órdenes y a medir todo desde la grandiosidad de quien tiene el poder en sus manos, así que un baño era insignificante para él, e inservible. No obstante, su mirada hacia Yahvé fue dirigida, en dos ocasiones, por gente sencilla, primero una criada (v. 2) y luego sus sirvientes (v. 13); gracias a ellos pudo ver el rostro bondadoso de Dios y encontrar la libertad: su carne quedó limpia como la de un niño (v. 14).

Lucas, por su parte, nos presenta el caso de los diez leprosos, que se encontraban entre dos regiones dispares y enemistadas debido al modo de observar la ley y dar culto al Señor: Samaria y Galilea. De lejos le gritaron, como signo de respeto, pero también de confianza: ¡Jesús, maestro, ten compasión de nosotros! (v. 13). Recibieron lo que pedían y se fueron para obtener de los sacerdotes la confirmación que, según la ley, los declaraba sanos.

Uno de ellos, al ver que estaba curado, regresó alabando a Dios en voz alta, se postró a los pies de Jesús y le dio las gracias: Ese era un samaritano… (v. 15).

Sólo uno, el enemistado con la ley y despreciado por el resto del pueblo judío, rehízo el camino y, por sí mismo, volvió su mirada hacia Jesús; ya no importaba presentarse ante las autoridades, si de él había recibido la salud y la liberación. Se postró, porque así había vivido, pero Jesús cambió su destino de manera distinta: Levántate y vete. Tu fe te ha salvado (v. 19).

Nos encontramos aquí con la manera como Lucas presenta cuál debe ser la actitud del creyente respecto al modo antiguo de entender la Ley y el modo de acoger la novedad que Jesús está anunciando e instaurando. Aparentemente, la desproporción uno contra diez es exagerada, pero refleja el comportamiento que una falsa interpretación de la Ley, y por tanto de una falsa imagen de Dios, lleva a asumir al creyente. Los diez leprosos han recibido todos un mismo beneficio, pero sólo uno, aquel de quien menos se esperaba, reacciona conforme al reconocimiento de una acción gratuita, generosa y misericordiosa de Dios: un samaritano. Los otros nueve, que representan a la mayoría del pueblo de la elección, no son capaces de percibir en este signo la cercanía de Dios y por tanto no hay un gesto de alabanza y gratitud para ellos, Dios sigue siendo alguien que sólo se limita a exigir el cumplimiento de la Ley (Luis A. Schökel, La Biblia de Nuestro Pueblo).

ACTUAR

  • ¿Qué pedimos a Dios y cómo lo pedimos? ¿Es más importante ir a los templos a ofrecer sacrificios, limosnas de ocasión, hacer promesas que a veces no cumplimos, o regresar ante el Señor, postrarnos a sus pies, confiar y agradecer?
  • ¿Qué “lepras” enferman nuestras vidas hoy, y no se curan debido a nuestro orgullo, nuestra falta de humildad y nuestros miedos a la novedad que representa el evangelio? ¿Cuándo seremos capaces de decir: Ahora sé que no hay más Dios que el de Jesús…?
  • ¿Hasta cuándo seguiremos condenando y despreciando a los otros, como a leprosos, dejándolos en el olvido y el abandono? ¿A caso nunca nos atreveremos a decirles: Levántate y vete…?
  • La fe del leproso de Samaría prescindió de todo formalismo y de cualquier cumplimiento religioso; no fue al templo como los demás, no necesitaba que lo vieran… Le bastó escuchar: Tu fe te ha salvado.