Se acerca el día…

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amanecer-iss035-e-28321NOVIEMBRE 27 DE 2016.

PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO

Iniciamos, como ya lo habíamos comentado la semana pasada, el Tiempo de Adviento, que nos prepara a celebrar la Natividad de Jesús. Se inicia también un nuevo ciclo litúrgico (“Ciclo A”), animado por el evangelio de Mateo. Los textos bíblicos para este domingo son: Is 2,1-5; Rm 13,11-14 y Mt 24,37-44.

VER

En nuestra vida siempre hay cosas inesperadas y habrá sucesos insospechados que, cuando sucedan, nos dejarán tal vez sin aliento, asombrados, o envueltos en el temor que provoca todo aquello que sale de control y no está en nuestras manos contenerlo.

Nos toca vivir, a veces, tiempos buenos y de abundancia, en contraste con tiempos malos, de escases y de crisis; no siempre el entorno es generoso con nosotros, pero la abundancia de sus bienes siempre está allí para satisfacer nuestras necesidades. Disfrutamos la vida y en ocasiones lloramos la muerte, sufrimos la enfermedad y nos agobia la incertidumbre del mañana y del futuro en general.

Vemos el éxito de algunos y el fracaso de otros; los grandes privilegios que favorecen sólo a unos cuantos y la miseria en la que fenece la mayoría. Pareciera que la naturaleza, o el destino, o, incluso, las circunstancias, hayan hecho una selección de hombres: unos para que gocen y otros para que sufran.

No obstante, a cada uno toca hacernos responsables del presente, el propio y el de todos, sin lamentarnos más del pasado; estar vigilantes y siendo responsables de aquello que nos toca construir hoy, preparando el mañana.

JUZGAR

Velen, pues, y estén preparados, porque no saben qué día va a venir su Señor… También ustedes estén preparados, porque a la hora que menos piensen, vendrá el Hijo del hombre (Mt 24,42 y 44).

En la visión de los escritores sagrados, bajo el influjo del pensamiento escatológico, en este caso los del Nuevo Testamento (P. ej. Mateo, Marcos, Lucas, Juan, Pablo…), se albergaba la “certeza” de una inminente “segunda venida” del Mesías, de una parusía diferente y de consecuencias definitivas para los creyentes. Ninguno de ellos tenía la seguridad de cuándo podría suceder, pero consideraban que sería pronto, después de la Pascua, en el momento menos esperado. Se había convertido en una cuestión de fe, por ello, insistían tanto en la vigilancia, en estar listos y preparados para cuando llegase el día, el momento definitivo. Del modo que fuera, las cosas nunca sucedieron como se esperaban.

No obstante, en la espera se había fraguado un ideal y, al mismo tiempo, un estilo de vida centrado en eso: vivir como en pleno día; con honestidad, sin comilonas ni borracheras, sin lujuria ni desenfrenos, sin pleitos ni envidias (Rm 13,13). Es decir, evitando la ceguera que provocan la vanidad, la superficialidad y el egoísmo.

Para nosotros hoy el texto puede sonar distinto, es otra época y otro contexto; no vemos la parusía como la veía la gente de esa comunidad cristiana de los orígenes: para ellos nunca llegó (así como la esperaban), para nosotros en un hecho consumado, que se actualiza en cada acontecimiento de la historia y en la vida de cada hermano donde el Señor se hace presente.

El Adviento no es siempre una nueva espera, sino una conmemoración que nos ayuda a ser conscientes de la presencia de Dios entre nosotros; el Reino ha llegado, lo que hace falta, tal vez, es reconocerlo y hacerlo vida, integrarlo a nuestras propias vidas e historias, personales y sociales. Lo que no sabemos, en cambio, es el día en que alguna circunstancia, algún hecho o una situación cualquiera, ponga en evidencia e interpele el rendimiento de nuestro vivir, la calidad de nuestro amor y los alcances de la justicia que ejercemos; lo que tampoco sabemos es el momento en que nos llegará la muerte y tengamos, entonces, que rendir cuentas ante el Padre. Para esto, precisamente, tenemos que estar preparados, día a día, como si fuera el primero y el último por vivir. Estar o no preparados, conlleva y presupone la responsabilidad respecto de los propios actos y de sus consecuencias (positivas o negativas), sabiendo que eso determinará la elección, o el rechazo de parte de Dios (en este sentido el texto del juicio final de Mateo es claro: Mt 25,31-46).

Lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre. Entonces, de dos hombres que estén en el campo, uno será llevado y el otro será dejado; de dos mujeres que estén juntas moliendo trigo, una será tomada y la otra dejada (Mt, 39-41).

Aun así, sin entrar en contradicción con lo anterior, siempre hay algo que esperar… El que reciba en mi nombre a uno de estos pequeños a mí me recibe (Mt 18,5) y, les aseguro que lo que hayan hecho a uno sólo de estos, mis hermanos menores, me lo hicieron a mí (Mt 25,40).

El Reino de Dios viene en camino (incluso a diario) y lo podremos encontrar en los migrantes, en los enfermos, en los despreciados; llega a través del dolor, pero también de la alegría, en la desesperación y en el optimismo de la gente, en el llanto y también en la sonrisa; lo encontramos en la soledad, pero también en la solidaridad, en el silencio y en la escucha…

¿En qué momento nos daremos cuenta de que ese Reino brota realmente entre nosotros y da frutos? Cuando podamos ver lo que dice el profeta Isaías:

De las espadas forjarán arados y de las lanzas, podaderas; ya no alzará la espada pueblo contra pueblo, ya no se adiestrarán para la guerra (2,4).

ACTUAR

Las palabras de Pablo a los romanos son una propuesta de acción:

Hermanos: Tomen en cuenta el momento en que vivimos. Ya es hora de que se despierten del sueño, porque ahora nuestra salvación está más cerca que cuando empezamos a creer. La noche está avanzada y se acerca el día. Desechemos, pues, las obras de las tinieblas y revistámonos con las armas de la luz (13,11-13).

En este tiempo de Adviento estamos llamados a ensanchar los horizontes de nuestro corazón, a dejarnos sorprender por la vida que se presenta cada día con sus novedades. Para hacer esto es necesario aprender a no depender de nuestras seguridades, de nuestros esquemas consolidados, porque el Señor viene en la hora en la que no nos imaginamos. Viene para introducirnos en una dimensión más hermosa y más grande (Papa Francisco, Angelus noviembre 26/2016).

 

 

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Cuando estés en tu reino…

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good-thiefNOVIEMBRE 20 DE 2016.

SOLEMNIDAD DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO.

Concluimos hoy, como indicamos la semana pasada, el Tiempo Ordinario y, con ello, el año litúrgico 2016. Esta solemnidad sirve de paso entre un tiempo que se cierra y uno nuevo que se abre con el inicio del Adviento, tratando de indicar la centralidad de Jesucristo, no sólo en el tiempo, sino en la historia, en el devenir y en la vida misma del hombre.

La liturgia nos ofrece los siguientes textos bíblicos: 2Sam 5,1-3; Col 1,12-20 y Lc 23,35-43.

VER

Imaginar a Jesucristo como “rey” representa una relativa dificultad en la idiosincrasia de la gente, particularmente a quienes habitamos esta parte del mundo (América Latina). Relativa porque en nuestras formas de gobierno actuales la figura de un rey es inexistente, es decir, no es posible establecer una relación con alguien así; es lejana, extraña y de otra índole más allá de la condición humana sencilla, humilde y terrena.

No obstante, comprendemos (del modo que sea) el concepto de realeza como una condición exclusiva, de vida y honores, a la que sólo algunos han pertenecido, y pertenecen aun. Nuestra historia de “pueblos conquistados” habla de aquellos reyes que decidieron nuestro destino y empobrecieron nuestras riquezas; sabemos de ellos, pero no hay un vínculo de pertenencia, por mínimo que pueda ser, entre el presente que nos toca vivir y el pasado que representan. Por otro lado, más allá de la historia y en un sentido diametralmente opuesto, la imaginación humana sale al rescate de esos reyes, dándoles poder, sabiduría, bondad, magnanimidad; los pone en tronos fantásticos y los convierte en el ideal de todos aquellos no se han quedado sin nada. De igual manera, son inalcanzables, efímeros, irreales.

Jesucristo ha sido proclamado rey: ¿Por qué? ¿En qué sentido? ¿Qué representa así para nosotros? ¿Alcanzamos a entender que su realeza no es igual a la de los hombres, y que participamos de ella?

JUZGAR

Cuando Jesús estaba ya crucificado, las autoridades le hacía muecas, diciendo: “A otros ha salvado; que se salve a sí mismo”, si él es el Mesías de Dios, el elegido” (Lc 23,35).

Esta escena no habla de un rey victorioso, sino del aparente fracaso de un rey condenado a muerte, del mismo Mesías, encarnado en la persona de Jesús de Nazaret y ultimado en la cruz. Las autoridades, ocupando el lugar de siempre y reivindicando su poder, dan el veredicto y ponderan el trabajo del nazareno bajo dos criterios: salvó a muchos y él no se puede salvar (v. 35); criterios que sólo reflejan el modo de pensar humano basado en la autosatisfacción y en el éxito personal. Si mi reino fuera de este mundo… (Jn 18,36).

Los “reyes de este mundo” se mantienen en el poder y son admirados, o temidos, porque siempre parten de una prioridad: salvarse a sí mismos; los otros, los demás, el pueblo, los que están por debajo de él, quedan siempre en segundo plano y su salvación, o su libertad, es lo de menos.

Las autoridades (v. 35), los soldados (v. 36), los sistemas, las instituciones, las estructuras del tiempo…, se burlaban de él, se reían; con gestos de desprecio manifestaban la “fuerza de su poder”, teniendo frente a sí a Jesús ya crucificado. Pero antes de esto le temían, a él y al pueblo, porque hacía evidente su infidelidad y los ponía en la disyuntiva de optar por la buena nueva cimentada en el amor, o por una ley inhumana, fría y estéril. Crucificarlo era el único modo de vencerlo, de humillarlo; ponerlo entre los malhechores, los traidores y los blasfemos era la mejor manera de desacreditarlo como rey y como Mesías.

Uno de los malhechores representa la lógica humana que, en los momentos de desesperación y muerte, mira las cosas bajo el influjo de la inmediatez, la duda, el sometimiento, y dependiendo de lo que la autoridad pueda hacer, primero, por sí misma y luego por los demás: Si tú eres el Mesías, sálvate a ti mismo y a nosotros (v. 39). Así nos relacionamos con Dios y así recurrimos a él cuando lo necesitamos. El otro malhechor encarna una experiencia de conversión, su arrepentimiento y su fe profunda lo llevan a denunciar las injusticias y a contradecir el juicio de las autoridades: éste ningún mal ha hecho. Es capaz de admirar la humildad de Jesús, que lo ha acompañado desde su nacimiento en Belén: un Dios que se pone al nivel del hombre, en el mismo suplicio (vv. 40 y 41).

El ladrón arrepentido descubre al verdadero Rey. Lucas -comentas Luis A. Schökel- considera que es mucho más importante la manera como asume Jesús este momento definitivo: cuando podría ser objeto de lástima y de compasión, Él está dispuesto a consolar y animar a quienes lo lloran (28-31); cuando cualquiera respondería con violencia a las burlas y los insultos, Jesús responde con el perdón; tratado como malhechor y puesto entre malhechores, Jesús acoge al ladrón arrepentido y le promete su compañía en el reino. En suma, para Lucas el momento de la cruz es el momento cumbre de la vida de Jesús, aquí es donde queda a la vista de todos, demostrada y atestiguada la realeza de Jesús: rey justo que perdona, acoge y comparte su reino con quienes quieran aceptarlo (La Biblia de Nuestro Pueblo).

Porque Dios quiso que en Cristo habitara toda plenitud y por él quiso reconciliar consigo todas las cosas, del cielo y de la tierra, y darles la paz por medio de su sangre, derramada en la cruz (Col 1,20).

ACTUAR

Estas palabras del Papa Francisco (Nov. 24/2013) nos dan una sencilla pauta para ubicar a Jesús en el centro de nuestras vidas, como Rey y Señor, y también a ubicarnos nosotros ante Él y ante los demás:

Y, por último, Cristo es el centro de la historia de la humanidad, y también el centro de la historia de todo hombre. A él podemos referir las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias que entretejen nuestra vida. Cuando Jesús es el centro, incluso los momentos más oscuros de nuestra existencia se iluminan, y nos da esperanza, como le sucedió al buen ladrón en el Evangelio de hoy.

Mientras todos se dirigen a Jesús con desprecio -«Si tú eres el Cristo, el Mesías Rey, sálvate a ti mismo bajando de la cruz»- aquel hombre, que se ha equivocado en la vida pero se arrepiente, al final se agarra a Jesús crucificado implorando: «Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino» (Lc 23,42). Y Jesús le promete: «Hoy estarás conmigo en el paraíso» (v. 43): su Reino. Jesús sólo pronuncia la palabra del perdón, no la de la condena; y cuando el hombre encuentra el valor de pedir este perdón, el Señor no deja de atender una petición como esa. Hoy todos podemos pensar en nuestra historia, nuestro camino. Cada uno de nosotros tiene su historia; cada uno tiene también sus equivocaciones, sus pecados, sus momentos felices y sus momentos tristes. En este día, nos vendrá bien pensar en nuestra historia, y mirar a Jesús, y desde el corazón repetirle a menudo, pero con el corazón, en silencio, cada uno de nosotros: “Acuérdate de mí, Señor, ahora que estás en tu Reino. Jesús, acuérdate de mí, porque yo quiero ser bueno, quiero ser buena, pero me falta la fuerza, no puedo: soy pecador, soy pecadora. Pero, acuérdate de mí, Jesús. Tú puedes acordarte de mí porque tú estás en el centro, tú estás precisamente en tu Reino.” ¡Qué bien! Hagámoslo hoy todos, cada uno en su corazón, muchas veces. “Acuérdate de mí, Señor, tú que estás en el centro, tú que estás en tu Reino.”

La promesa de Jesús al buen ladrón nos da una gran esperanza: nos dice que la gracia de Dios es siempre más abundante que la plegaria que la ha pedido. El Señor siempre da más, es tan generoso, da siempre más de lo que se le pide: le pides que se acuerde de ti y te lleva a su Reino.

Jesús es el centro de nuestros deseos de gozo y salvación. Vayamos todos juntos por este camino.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

Trabajen…

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18haiti_grieveNOVIEMBRE 13 DE 2016

DOMINGO 33 DEL TIEMPO ORDIANRIO

Nos encontramos al final del Tiempo Ordinario, mismo que concluirá el próximo domingo con la solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, para dar paso al tiempo del Adviento (domingo 27 de noviembre). Las lecturas de este domingo, al menos la primera lectura (Mal 3,19-20) y el evangelio (Lc 21,5-19), poseen un discurso apocalíptico, propicia para la toma de conciencia e introducir, así, al tiempo del llamado a la conversión en función del Reino que está por venir. La segunda lectura (2Tes 3,7-12) representa un equilibrio entre lo que el hombre espera y el modo como debe comportarse y estar en el presente: trabajar mientras la salvación actúa y la recompensa de vida eterna tenga cumplimiento.

VER

Así como la muerte nos inquieta y la pregunta sobre lo que sucede después de ella nos mantiene en la duda, el futuro de las sociedades y del mundo, viendo el presente, se nos presenta como una realidad incierta, poco prometedora y amenazante.

A lo largo de la historia humana, sobre todo a partir del momento en que todo comienza a pasar por el filtro del razonamiento y de la mirada científica, surge la pregunta sobre el mañana inmediato y sobre el futuro. Desde entonces hemos elucubrado y lanzado hipótesis acerca del fin del mundo, viendo en los acontecimientos más impactantes y terribles una señal fehaciente de ese inminente final…

Pero el fin del mundo no llega, nadie que lo haya predicho ha podido probar con el hecho sus afirmaciones. El mundo, en cambio, sigue adelante (no sabemos hasta cuándo) y nosotros con él. No obstante, de lo que sí somos testigos, y en muchas ocasiones actores, es de su lento y progresivo deterioro.

Todo lo que un pensamiento apocalíptico pueda predecir respecto del futuro se ha podido verificar, como una reincidencia del actuar del hombre, en todo momento, en cada siglo y cualquier contexto: guerras, hambre, pobreza, desesperación, catástrofes, muerte, luchas fratricidas; no sólo eso, también hemos vivido bajo el dominio de mentes criminales, dictatoriales, que buscan el poder a costa de lo que sea y se convierten en una amenaza para pueblos enteros y naciones, yendo contra la dignidad del ser humano, contra la libertad y por encima de la justicia. No es el fin del mundo, pero en todo ello hay un rasgo de inconciencia que apela a nuestra condición de finitud (no somos eternos…) y que nos puede llevar por el camino del deterioro, la debacle y la muerte definitiva, como un gesto emblemático de nuestro propio fin del mundo…

Acontecimientos recientes en el mundo (me permito resaltar las elecciones en la Unión Americana), que generan en el corazón de la gente sentimientos de zozobra, incertidumbre, miedo, angustia y terror; que han provocado desequilibrios económicos, descalabros políticos y decepciones estratégicas, pueden ser leídos e interpretados bajo el adictivo influjo del espectro fin del mundo… Si así es, y lo permitimos, entonces no hay esperanza para nadie.

Me pregunto: ¿Así debe ser? ¿No hay otra posibilidad?

JUZGAR

Ya viene el día del Señor, ardiente como un horno, y todos los soberbios y malvados serán como la paja. El día que viene los consumirá, dice el Señor de los ejércitos, hasta no dejarles ni raíz ni rama. Pero para ustedes, los que temen al Señor, brillará el sol de justicia, que les traerá la salvación en sus rayos (Mal 3,19-20).

El texto del profeta Malaquías nos dice cuál será la suerte del hombre en el momento que deba rendir cuentas de sus actos, dependiendo de si fue soberbio o temeroso del Señor: la condenación o la salvación. Ese “momento” es el día del Señor (v. 19). Pero, ¿cuándo vendrá tal día? La lógica humana, acostumbrada a la visión del futuro que ofrecen las lecturas apocalípticas de la vida y de la historia, lo ubicará siempre en “el futuro”, o en el día en que nos alcance el “fin del mundo”. Mientras esto no sucede, ¿qué podemos hacer?: desde esta perspectiva, nada.

El problema radica en que no hemos comprendido ni profundizado la simbología del lenguaje bíblico, que no siempre debe leerse de modo literal. Tratando de superar dicha inconsistencia, descubriremos que el día del Señor no es un acontecimiento lejano y ajeno a nuestras vidas, sino que, por el contrario, es tan cercano y cotidiano como cualquier día. Es decir, hoy, mañana o pasado mañana…, bien puede ser el día del Señor.

Por otro lado, en este texto, como en muchos otros, siempre hay movimiento: ya viene, está por venir, ya está cerca, etc. Esta noción de movilidad habla de un Dios que es creador, liberador y cercano al hombre, que sale a su encuentro; un Dios vivo y de vivos. Además, el día es el momento de la llegada del Reino y de la manifestación de la Voluntad divina que se revela al pueblo. Ambas cosas -la llegada del Reino y la manifestación de la Voluntad- sólo se llevan a cabo a través de una mediación: el hombre (un enviado, un profeta, un discípulo, el Mesías). Cada vez que un hombre, o una comunidad de creyentes, se hace presente en nombre de Yahvé y denuncia las injusticias y la iniquidad de los malvados, y es testigo de un proyecto distinto a los proyectos humanos, que van en contra de la voluntad de Dios, es un día del Señor, donde brillará el sol de justicia, que les traerá la salvación en sus rayos (v. 20).

En esta línea de ideas nos conectamos con el evangelio de Lucas (21,5-19). En el primero versículo de este texto (v. 5), encontramos algo revelador: algunos confundían la gloria de Dios, el día del Señor, o la manifestación de su Voluntad, con la majestuosidad del templo (la solidez de la construcción y la belleza de su decoración). Sabemos que el Templo era la razón de ser del pueblo judío, pues en él se albergaba (en el tabernáculo) el Arca de la Alianza, que equivalía a la presencia de Dios en medio de los suyos.

Pero se había convertido, al parecer, en una presencia pasiva, inmóvil e intrascendente: Dios recluido en un arca. Además, la Alianza, plasmada en las tablas de la ley, únicamente era un símbolo material, infructuoso y estéril; no era la ley que rigiera en verdad la vida del pueblo y las relaciones entre hermanos: no matar, no robar, no cometer adulterio, no desear las cosas ajenas… Amar a Dios por encima de todo. Sólo así, con este presupuesto, se comprenden mejor las duras palabras de Jesús:

Días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra de todo esto que están admirando; todo será destruido (v. 6).

Tal afirmación provoca una reacción; la curiosidad y las expectativas no pueden liberarse de esa lógica humana que todo lo remite al futuro y se desentiende del presente. Los hombres no son capaces de ver con claridad lo que ya se ha manifestado. Maestro, ¿cuándo va a ocurrir esto y cuál será la señal de que está a punto de suceder? (v. 7):

¿Cuándo y cómo? Más que una respuesta hay una advertencia: Cuídense de que nadie los engañe… (v. 8), porque en medio de todo lo que tiene que acontecer (Aquello que, por desgracia, ha sido y es, aun, parte de la historia de la humanidad): guerras, revoluciones, luchas entre una nación y otra, terremotos, epidemias y hambre, señales terribles en el cielo (vv. 9-11), el pánico nos puede dominar y creer, entonces, en las palabras de cualquier oportunista que nos diga “yo soy el Mesías. El tiempo ha llegado” (v. 8). Así viviremos engañados, convencidos de que el día del Señor llegará con las desgracias y que su Voluntad es un acto condenatorio, que cae sobre el hombre para aniquilarlo. Las catástrofes (naturales y sociales) y las desventuras de la humanidad, como consecuencia del pecado (individual y estructural), representan la antítesis del reino que se ha manifestado en las bienaventuranzas y que se rige por medio de la única ley que es el amor.

Habíamos dicho que el Reino se hace presente a través de las mediaciones humanas y son estas, tomando en cuenta la dinámica de los evangelios, las que lo mueven y lo hacen llegar allí donde el Señor los envíe. El día esperado, el día del Señor, cobra validez en el testimonio de los discípulos, que consiste, concretamente, en contradecir y denunciar todas aquellas estructuras que confunden al pueblo, diciéndole que el mal y las desgracias son voluntad de Dios.

Tomar postura por el Reino y el llamado a ser testigos, implica también consecuencias adversas y dificultades:

Pero antes de todo esto los perseguirán y los apresarán, los llevarán a los tribunales y a la cárcel, y los harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa mía. Con esto ustedes darán testimonio de mí (vv. 12-13).

No es voluntad de Dios, insistimos, ser perseguidos y apresados, sino anunciar la Buena Nueva de Salvación; aunque es predecible que, al entrar en conflicto con la sociedad y con el mundo, los traicionarán hasta sus propios padres, hermanos, parientes y amigos. Matarán a algunos de ustedes, y todos los odiarán por causa mía (vv. 16-17).

Por otro lado, el testimonio, el anuncio del evangelio y la lucha por la justicia, desde la perspectiva de Pablo (2Tes 3,7-12), aun cuando se tenga que dar en situaciones adversas, debe mantenernos en lo cotidiano, con los pies sobre la tierra. ¿Cómo?: trabajando. De lo contrario, ya sea que el miedo por las desgracias que suceden a nuestro rededor, o la eterna espera de que el día del Señor llegue, nos pueden mantener en una situaciones de apatía e indiferencia, desentendiéndonos de lo que nos toca hacer:

Ya saben cómo deben vivir para imitar mi ejemplo, puesto que, cuando estuve entre ustedes, supe ganarme la vida y no dependí́ de nadie para comer; antes bien, de día y de noche trabajé hasta agotarme, para no serles gravoso. Y no porque no tuviera yo derecho a pedirles el sustento, sino para darles un ejemplo que imitar. Así́, cuando estaba entre ustedes, les decía una y otra vez: “El que no quiera trabajar, que no coma” (vv. 7-10).

El trabajo, en las sociedades griegas a las que se remite Pablo, era considerado como cosa despreciable y actividad de esclavos, generando así, parásitos sociales. Es, pues –comenta Schökel-, a los “parásitos cristianos” a los que pide “que trabajen tranquilamente y se ganen el pan que comen” (v. 12) y que se dejen de dar vueltas “muy atareados en no hace nada” (v. 11), a no llevar rumores de un sitio a otro… (La Biblia de Nuestro Pueblo). El trabajo es una expresión de paz y de equilibrio, que se hace productivo y se transforma en fuente justicia cuando se vive convencido que el Reino ha llegado y está entre nosotros.

ACTUAR

Podemos hacer nuestra una recomendación del mismo Pablo en su carta a los hebreos:

No se dejen llevar por doctrinas llamativas y extrañas… (13,9).

Nuestra tarea no es magnificar las desgracias, o culpar a Dios por ellas; es, más bien, reconocerlas, saberlas leer y discernir para tomar decisiones prudentes de frente a ellas; iluminarlas con la Palabra y enfrentarlas con el testimonio de los seguidores del Señor: amando, perdonando y trabajando en lo cotidiano. Confiando en las palabras de Jesús:

Grábense bien que no tienen que preparar de antemano su defensa, porque yo les daré́ palabras sabias, a las que no podrá́ resistir ni contradecir ningún adversario de ustedes… Si se mantienen firmes, conseguirán la vida (Lc 21,14-15.19).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

Un Dios de vivos…

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Sunset over the Flores Sea Indonesia

NOVIEMBRE 6 DE 2016.

DOMINGO 32 DEL TIEMPO ORDINARIO

Hoy tenemos tres textos (2Mac 7,1-2.9-14; 2Tes 2,16-3,5 y Lc 20,27-38) que ponen de frente a la experiencia de muerte realidades distintas, que abonan a la felicidad y a la plenitud de los hombres: la vida, la resurrección, la recompensa, la esperanza, la gloria… Las enseñanzas bíblicas siempre buscarán darnos luz para comprender que la muerte es sólo un paso, en la vida de toda persona, hacia una experiencia de plenitud y alegría.

VER

Hay muchas preguntas que los hombres nos hacemos a lo largo de la vida, y muchas de ellas no tienen respuesta. Las que más nos inquietan son aquellas que tienen que ver con la vida misma (qué sentido tiene vivir, de dónde surge la vida…), con el mañana, con el destino, con el futuro, con la muerte. Cada uno de estos aspectos nos supera, van más allá de nuestras posibilidades reales de comprensión y de tener una luz mínima de certeza ante el misterio que representan.

Lo cotidiano siempre está a nuestro alcance, lo experimentamos a través de los sentidos y lo manipulamos, o modificamos, dependiendo de nuestras necesidades; interpretamos la vida a través de todo lo que percibimos y nuestras sensaciones se convierten en criterios de verdad. Así no hay duda: la realidad se huele, se escucha, se saborea, se siente, se ve…

Pero… ¿lo que está más allá de la realidad (lo metafísico), cómo es? ¿Qué podemos decir del futuro cuando surge la pregunta? ¿Qué hay, o qué sucede, después de la muerte?

Todo lo que podamos argumentar en torno a esas realidades abstractas, inmateriales, incomprensibles; el modo de interpretarlas, o de explicarlas, depende de lo que vemos en el presente. Los criterios humanos son el sustento y la imaginación se convierte en el medio para visualizarlos.

La muerte es lo que más nos altera e interpela, allí está, todo el tiempo, “cobrando” vidas de muchos modos. De ella conocemos las secuelas (el después de la muerte para los que quedan vivos) y a partir de eso la explicamos, o la medimos: dolor, tristeza, soledad, desesperanza, llanto, miedo, decepción… Para los muertos, ¿qué hay después?

JUZGAR

El segundo libro de los Macabeos (2Mac 7,1-2.9-14) nos presenta la difícil situación en la que se encontraron una madre y sus siete hijos; terrible y repugnante si la vemos desde el aquí y el ahora en el que nosotros vivimos. Es probable que nuestra reacción sea de rechazo y desaprobación y, mucho me temo, que si hoy nos encontráramos, por la razón que fura, en una situación semejante, nuestra postura no sería igual a la de esos jóvenes. Dar la vida por la fe en Dios y dar testimonio de él con la muerte no es nada tentador.

El rey Antíoco representa el desprecio por Dios y el modo de ver la vida e interpretarla bajo criterios humanos; en él está la mirada de aquellos que consideran absurdo cómo un pueblo pueda ser fiel a Dios cumpliendo un precepto que prohíbe, por ejemplo, comer carne de cerdo. Lo de menos es comerla o no comerla, el problema es que al pasarla por alto, el hombre abre la posibilidad a que la vida se mueva y tome sentido en lo fácil, lo efímero, lo presente y lo mediático; que satisfaga sus sentidos pero no alimente su espíritu. Desde esta perspectiva, la muerte se convierte en una realidad que amenaza la garantía de vivir sin preocupaciones y sin compromisos, aunque sea una vida sin proyectos que trasciendan y hagan digna la condición humana. Si la muerte, entendida así, pone en peligro la felicidad y la plenitud del individuo, o de la comunidad, entonces mejor ser “felices” a costa de lo que sea, antes que morir.

La madre y los siete hermanos tiene una mirada distinta, su discurso está marcado por una fe profunda y por la esperanza en el amor de Dios. No buscan la muerte como tal, saben que es una consecuencia inevitable cuando se decide apostar por el reino y por su proyecto: Vale la pena morir…, cuando se tiene la firme esperanza de que Dios nos resucitará (v. 14). Morir es sólo el acto fehaciente de la muerte y con él termina; la fe, en cambio, es el acto del hombre con el que trasciende la muerte y prolonga la vida por siempre.

El evangelio de Lucas (20,27-38) nos presenta un conflicto religioso, que bien puede ser un conflicto actual surgido de la cultura moderna y el pensamiento contemporáneo: la resurrección. Al no ser un hecho demostrable, no es real ni se puede creer en él. Así, los saduceos (como muchos hombres hoy) negaban la resurrección de los muertos porque habían tratado de entenderla y de obtener una explicación racional, a partir de los criterios de la filosofía helenista, que sostenía que al morir el hombre su cuerpo simplemente se corrompe y el “alma” regresa al lugar de donde vino.

El planteamiento que este grupo presenta es una burla, una ironía, no sólo a la ley mosaica, sino al mismo Jesús; un juego que pretende tirar por tierra, con argumentos casuísticos, la ingenuidad aparente del creyente. Pero hay contradicción en lo que buscan: no creen en la resurrección y al mismo tiempo quieren saber qué pasa con los hombres después de la muerte. La ley del levirato (Dt 25,5ss) es clara, no así la interpretación basada en criterios humanos: no tiene sentido trasladar las problemáticas temporales de la vida, propias de toda relación humana, a la dimensión de la vida eterna más allá de la muerte, donde la resurrección transforma toda realidad y la lleva a otro nivel de experiencia.

La tristeza del hombre que muere sin dejar descendencia, termina con su muerte; el peso que una mujer carga por no engendrar hijos en vida, con la muerte desaparece; la viudez es un estado, una vida en soledad, que toca sobrellevar a quienes quedan vivos, cuando les llegue la muerte también a ellos todo será distinto:

En esta vida, hombres y mujeres se casan, pero en la vida futura, los que sean juzgados dignos de ella y de la resurrección de los muertos, no se casarán ni podrán ya morir, porque serán como los ángeles e hijos de Dios, pues él los habrá resucitado (vv. 34-36).

Los muertos se quedan con su muerte y con todo lo que en ella muere. Si la resurrección fuera un vivir con lo que acarrea la muerte (viudez, esterilidad, orfandad, soledad…), no habría vida nueva y no tendría sentido el haber vivido. Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para él todos viven (v. 38).

En la resurrección -dice Luis A. Schökel- ya no habrá necesidad de una serie de cosas que eran necesarias al ser humano, ya que la resurrección no es la simple prolongación de esta vida con sus necesidades y deficiencias, sino un estado de vida absolutamente pleno donde ya no habrá necesidades que satisfacer… (La Biblia de Nuestro Pueblo).

ACTUAR

Necesitamos hoy una mirada crítica, una fe profética animada por la fuerza del Espíritu, que nos permitan construir una vida basada en la justicia y sustentada en los criterios del evangelio; no una vida que se quiebra en cada problema y la muerte se le venga encima como una sombra que oscurece, o una dimensión, inexplicable, donde todo pierde sentido y es aniquilado.

Necesitamos fortalecer la esperanza en la resurrección y la confianza en la misericordia de Dios, para sobreponernos a los “antíocos” y los “saduceos” de nuestra historia y nuestro tiempo, que nos ponen ante lo fácil, pero efímero, de una vida que se “vive al máximo” pero se agota con la muerte; una vida sin mañana, sin ideales y sin sentido…

Pero el Señor, que es fiel, les dará fuerza a ustedes y los librará del maligno. Tengo confianza en el Señor de que ya hacen ustedes y continuarán haciendo cuanto les he mandado. Que el Señor dirija su corazón para que amen a Dios y esperen pacientemente la venida de Cristo (2Tes 3,5).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

¿Por qué buscan entre los muertos…?

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st02112 DE NOVIMEBRE DE 2016.

LOS FIELES DIFUNTOS

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La muerte está siempre cerca de nosotros, aunque nos cueste trabajo aceptarlo, es parte de la vida; en ella concluye nuestro proceso humano a través de la existencia y se abre ante nosotros una especie de vida eterna, de plenitud inexplicable, un infinito jamás visto, o, si es el caso, un morir in eternum…

Festejamos a la muerte, pero nos lamentamos de ella; dedicamos un día para recordar a los muertos, aunque en realidad nunca los olvidemos; llenamos con flores el lugar donde los despedimos, como tratando de sobreponernos a ese trágico momento, acompañando de colores y aromas perfumados nuestras lágrimas tristes.

Les hablamos, les cantamos, les contamos los pormenores de lo sucedido justo después de su partida; acercamos nuestra mano titubeante al duro mármol de una lápida dormida, como queriendo acariciar el rostro, o los labios…, o tomar una mano inexistente, negándonos al duelo aun sabiendo que lo hemos perdido.

JUZGAR

Una tradición, tan arraigada como las nuestras, nos puede llevar, por fidelidad a ella (y sólo a ella), a repetir cada año la misma tradición: recordar a los muertos, festejar a los muertos… ¿Por qué no trascenderla con el evangelio?

Así, el día de muertos, muy de mañana, llegaron las mujeres al sepulcro, llevando los perfumes que habían preparado. Encontraron que la piedra ya había sido retirada del sepulcro y entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor…: ¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí; ha resucitado (Lc 24,1-3.5-6).

Yo soy la resurrección y la vida. Quien cree en mí, aunque muera, vivirá; y quien vive y cree en mí no morirá para siempre (Jn 11,25-26).

ACTUAR

Regresemos a casa hoy – dice el Papa Francisco – con una doble memoria: la memoria del pasado de nuestros seres queridos, que se han ido, y la memoria del futuro, del camino que haremos nosotros. Con la certeza, la seguridad; esa certeza que sale de labios de Jesús: “Yo lo resucitaré en el último día” (Jn 6,40).

Bienaventurados…

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4.2.71 DE NOVIEMBRE DE 2016

TODOS LOS SANTOS

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Celebramos a los santos y los veneramos; pedimos su intercesión y esperamos un milagro de ellos. Mil advocaciones: mil devociones.

La santidad es un acontecer de la vida que sólo a unos cuantos toca recibir por gracia…, a los demás queda aceptar (aunque no se deba aceptar así como así) un destino que, dependiendo de cómo haya sido la vida de cada uno, tiene dos alternativas: la gloria en el cielo o la condena en el infierno… ¿Así debe ser?

Es la fiesta de todos los santos y es, entonces, la fiesta de todos los hombres (al menos de los creyentes). Nuestro nombre, el de cada una y cada uno, rememora la presencia de algún personaje de aquella multitud que alcanzó un lugar en los altares, en los santorales, en las celebraciones litúrgicas y en las fiestas patronales; en la convicción de creer sin dudarlo, de que están sentados junto al Padre, gozando de la vida eterna.

Un día para descansar (no todos descansan), de asueto, de aprovechar el tiempo para otra cosa…, pero no para preguntarnos si la santidad nos alcanza o nos involucra, si es un llamado o un privilegio; celebramos a otros: ¿nos sentimos celebrados?

Vemos la fe del pueblo volcada en sus santos, y luego en el recuerdo de sus difuntos; encomendando la vida en sus manos y poniendo bajo su protección el trabajo, la salud, la felicidad, la suerte… Hace de las reliquias y devociones su atuendo cotidiano, su escudo y su anhelo. Los santos son los compañeros en la vida de tanta gente y la esperanza en un futro mejor, …incierto.

JUZGAR

¿Quiénes son los santos? Los textos de la liturgia nos presentan tres imágenes con las que se define, desde la perspectiva de la Buena Nueva, a los santos:

  • El Apocalipsis (7,2-4.9-14) habla, primero, de ciento cuarenta y cuatro mil (número perfecto), procedentes de las tribus de Israel, marcados en la frente con el sello de los servidores de nuestro Dios (v. 4); luego menciona una gran muchedumbre, incontable: eran individuos de todas las naciones y razas, de todos los pueblos y lenguas (v. 9). Todos ellos se distinguen por tres símbolos: la unción (sello en la frente) que los consagra a Dios (v. 4), la túnica blanca y las palmas, propias de los mártires que han entregado su vida por el evangelio y como testimonio de la fe en Jesucristo (v. 9).

¿Quiénes son…?: Son los que han pasado por al gran tribulación y han lavado y blanqueado su túnica con la sangre del Cordero (v. 14).

Los santos no sólo son los elegidos, sino los que han entregado su vida por el Reino.

  • En la primera carta de Juan (3,1-13) podemos ver que los santos son llamados hijos de Dios (v. 1); quienes han puesto su esperanza en Dios y esperan una recompensa: ser tan puros como él (v. 3). Dioses por amor y por participación, como lo planteaba S. Juan de la Cruz. La santidad es la divinización del hombre y la recuperación de su dignidad, que es imagen y semejanza de su creador (Gn 1,26 y 27).

Tal manera de semejanza hace el amor en la transformación de los amados, que se puede decir que cada uno es el otro y que entrambos son uno. La razón es porque en la unión y transformación de amor el uno da posesión de sí al otro, y cada uno se deja y da y trueca por otro, y así cada uno vive en el otro, y uno es el otro y entrambos son uno por transformación de amor… (C, 12,17).

  • Por último, el evangelio de Mateo (5,1-12), con las bienaventuranzas nos presenta una especie de programa del Reino, en el que queda de manifiesto que los santos son los dichosos (los bienaventurados), aquellos que habrán pasado por las tribulaciones y haber luchado por la justicia y trabajado por la paz: Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos (v. 12).

La santidad nos alcanza a todos, y es santa, o santo, quien vive amando, perdonando, haciendo justicia y liberando al oprimido.

ACTUAR

Queridos hermanos y hermanas, la llamada a la santidad es para todos y hay que recibirla del Señor con espíritu de fe. Los santos nos alientan con su vida e su intercesión ante Dios, y nosotros nos necesitamos unos a otros para hacernos santos. ¡Ayudarnos a hacernos santos! Juntos pidamos la gracia de acoger con alegría esta llamada y trabajar unidos para llevarla a plenitud. A nuestra Madre del cielo, Reina de todos los Santos, le encomendamos nuestras intenciones y el diálogo en busca de la plena comunión de todos los cristianos, para que seamos bendecidos en nuestros esfuerzos y alcancemos la santidad en la unidad (Papa Francisco, Nov. 1/2016).