Nacido de una mujer…

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icons-theotokosDOMINGO 1º DE ENERO DE 2017: 50 Jornada Mundial de la Paz.

STA. MARÍA, MADRE DE DIOS

Concluimos la Octava de Navidad con la fiesta dedicada a la Maternidad de María. Para la tradición cristiana no basta con sólo recordar que Jesús se hizo hombre, celebrando la natividad, sino que nació de una mujer, celebrando que es verdadero Dios y verdadero hombre. La Liturgia de la Palabra nos ofrece los siguientes textos: Num 6,22-27; Gal 4,4-7 y Lc 2,16-21.

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En otras ocasiones hemos reconocido cómo la maternidad, en toda su dimensión procreativa, es una experiencia humana tan profunda y radical que marca el inicio del destino de cualquier individuo. En el vientre de una mujer se gesta la vida en un nuevo ser, que al nacer, tendrá un nombre singular, un papel exclusivo en la historia y una voz propia con la que hablará de su herencia, de sus antepasados y del destino que le fue dado al ser concebido.

La libertad con la que se decide se madre y el valor que se necesita para parir un hijo, transmiten al hombre libertad y valor para enfrentar la vida; la sangre materna nutre el cuerpo y alimenta la mente con las más puras y nobles ideas.

La decisión de María y su apertura ante la Voluntad del Padre, que la convierten en Madre de Dios, son la herencia materna con la cual inicia el camino del Hijo que vino a cumplir la voluntad de su Padre.

JUZGAR

Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estábamos bajo la ley, a fin de hacernos hijos suyos (Gal 4,4-5).

Confirmamos nuevamente que no es posible no creer en un Dios que viene al encuentro del hombre y se acerca a él comenzando desde abajo, naciendo de una mujer.

María de Nazaret se convierte, podríamos decir, en el primer paso, de esta nueva era, con el que se construye el maravilloso encuentro de lo divino con lo humano; en ella, desde la perspectiva de Pablo en estos dos versículos, se concretan cuatro realidades que dan sentido a los designios divinos: el tiempo, el Mesías prometido, el rescate y la filiación.

  • El tiempo llega a una plenitud después del cual ya no se puede esperar nada más, porque allí, en el sí de María, la Revelación llega a su clímax más alto, las promesas mesiánicas son un hecho y en ello Dios nos lo revela todo y no tiene nada más que decir (cfr. S. Juan de la Cruz).
  • El Mesías prometido es el Hijo único, el primogénito enviado para nacer de María; para nacer como todo hombre: de una mujer y bajo la ley.
  • El rescate se lleva a cabo por un Dios hecho hombre, que experimenta la misma situación de dolor y sufrimiento del pueblo sometido bajo la ley. María, mujer del pueblo, es la expresión más radical y fehaciente de una vida sometida a la ley.
  • En María, Jesús se convierte en primogénito de muchos hermanos (Rm 8,29), de tal modo, que a partir de entonces, todos somos hijos de Dios; somos engendrados en el seno de una fraternidad sin límites que nos hace hijos suyos.

En la maternidad divina de María, la Theotokos (Madre de Dios) se encarna, se confirma y se transmite la bendición que Yahvé concede a sus hijos desde antiguo:

El Señor te bendiga y te proteja, haga resplandecer su rostro sobre ti y te conceda su favor. Que el Señor te mire con benevolencia y te conceda la paz (Num 6,24-26).

ACTUAR

Si recordamos las palabras del ángel a María, podremos descubrir que la vida, con la presencia del Espíritu, se llena de paz; no hay nada qué temer ni de qué arrepentirse. Esa maternidad es signo de la bondad de Dios y de la paz que surge de su amor:

Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo… No temas María, que gozas del favor de Dios. El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra (Lc 1,28.30.35).

En el sí de María y en la confianza de José, Jesús encontró una familia, el seno familiar por medio del cual ingresó, como hombre, en la historia de la humanidad y trajo la paz añorada en el pasado y deseada en el presente:

No teman. Miren, les doy una Buena Noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy les ha nacido en la Ciudad de David el Salvador, El Mesías y Señor… Fueron a toda prisa a Belén y encontraron a María, a José y al niño, recostado en el pesebre (Lc 2,10-11.16).

La maternidad de María, como toda maternidad, bien puede ser el mensaje de Dios en boca del ángel: No teman… Encontrar a María, a José y al niño, es descubrir en esa familia el mismo milagro que Simeón pudo tener en sus brazos y ver con sus ojos:

Porque mis ojos han visto a tu salvador, que tú preparaste para presentarlo a todas las naciones. Luz para iluminar a todos los pueblos y gloria de tu pueblo Israel (Lc 2,28.30-32).

En esta fiesta de María, Madre de Dios, y en sintonía con la pasada fiesta de la Sagrada Familia (Viernes 30 de diciembre) resuenan las palabras del Papa Francisco en su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2017:

Si el origen del que brota la violencia está en el corazón de los hombres, entonces es fundamental recorrer el sendero de la no violencia en primer lugar en el seno de la familia… La familia es el espacio indispensable en el que los cónyuges, padres e hijos, hermanos y hermanas aprenden a comunicarse y a cuidarse unos a otros de modo desinteresado, y donde los desacuerdos o incluso los conflictos deben ser superados no con la fuerza, sino con el diálogo, el respeto, la búsqueda del bien del otro, la misericordia y el perdón. Desde el seno de la familia, la alegría se propaga al mundo y se irradia a toda la sociedad (5).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

Envuelto en pañales…

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alonso_09DICIEMBRE 25 DE 2016

NATIVIDAD DEL SEÑOR

Culminado el tiempo de Adviento, nos encontramos ya en la celebración de la Natividad del Señor; este gran acontecimiento, junto con la Pascua de Resurrección, marca un cambio definitivo en la historia de la humanidad y un rumbo distinto en el modo de relacionarse el hombre con Dios; la cercanía y la confianza se traducen y se expresan en la sencillez: encontrarán a un niño envuelto en pañales, recostado sobre un pesebre…

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Durante el tiempo de Navidad nos encontramos con dos realidades, diametralmente opuestas, que se hacen evidentes con más fuerza: la riqueza de unos y la pobreza de la gran mayoría; lo primero se caracteriza por la fastuosidad, el exceso y el consumo sin límites; lo segundo por la carencia, las necesidades básicas no satisfechas y la miseria.

En otras épocas, todo se detenía, incluso la guerra en algunos casos, y los hombres se reencontraban para celebrar un acontecimiento del pasado que daba sentido a su presente y, por supuesto, a su porvenir, acogiendo, del modo que fuera, a la paz. Ahora, con tristeza y angustia, vemos que no es así; la humanidad (no todos…) no permite que el gesto de un Dios que se hace hombre permeen su corazón y su mente. El tren de los acontecimientos sigue su rumbo sin detenerse y en él viajamos todos, o somos arroyados por él.

Así, la Navidad se desmorona en cada golpe de violencia, de odio y de maldad; en cada homicidio y un cada atentado. Se diluye en el olvido, la incomprensión y el desprecio por el otro. Se ha convertido en un medio propicio para mantener el mercado, pero incapaz a de sostener al hombre…

No obstante, la Navidad tiene una luz de alegría, intensa y perenne, que se alimenta y se anida en el corazón generoso y abierto de tantos hombres y mujeres que no sólo esperan que el Mesías venga, sino que lo han hecho parte de sus vidas y habita en ellos.

JUZGAR

De entre todos los textos enmarcados en la celebración de la Natividad, destinados para los diferentes momentos litúrgicos (noche, aurora, día), elegimos uno del evangelio de Lucas (2,1-14) y de manera particular los siguientes versículos:

Mientras estaban ahí, le llegó a María el tiempo de dar a luz y tuvo a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no hubo lugar para ellos en la posada (Lc 2,6-7).

En este pequeño texto encontramos la imagen más elocuente de la Natividad, integrada por cuatro elementos esenciales: el contexto, el tiempo, el acontecimiento y las circunstancias:

  • El contexto: Belén, la “Ciudad de David”, durante el censo de Quirino (vv. 11 y 15).
  • El tiempo: los nueve meses en que culmina un embarazo, el tiempo de dar a luz (v. 6).
  • El acontecimiento: María dio a luz a su primogénito (v. 7).
  • Las circunstancias: pobreza, precariedad, carencias e incertidumbre (unos pañales y un pesebre, no había lugar en la posada).

El panorama nos ofrece algunos aspectos que pueden ayudarnos a una mejor comprensión del nacimiento de Jesús y del misterio de la Encarnación, tomando en cuenta, sobre todo, la temática que deseamos resaltar en estos versículos:

  1. El proyecto de Dios y la revelación siempre están anclados a la historia del hombre y a los acontecimientos más significativos y determinantes para él (la vida, el nacimiento de un ser, la muerte e incluso la política…).
  2. Su ingreso en esa historia se canaliza a través de procesos humanos, sin violentar la naturaleza ni la condición del hombre.
  3. La cercanía de Dios llega hasta los límites más extremos que se puedan imaginar, incluso al punto de no encontrar un lugar adecuado para nacer…

Entonces, ¿por qué no creer en un Dios que se acerca a los hombres comenzando desde abajo? El parto de María se convierte en gesto divino humanado, que prescinde totalmente de las prerrogativas y los honores exclusivos de los dioses, o de los reyes, dejando que su proyecto se realice en el seno, a veces incomprensible, de la sencillez, la humildad y la pobreza.

El nacimiento de Jesús en Belén rompe todos los paradigmas respecto a la venida del Mesías, sustentados en el poder y la fuerza que surgían de una autoridad divina mal entendida y hecha a modo desde criterios meramente mundanos, pero que no representaba, en lo más mínimo, la Voluntad de Dios. El “Dios-para-nosotros”, anunciado para unos cuantos, servía para justificar la exclusividad y la centralidad de los poderes civiles y religiosos establecidos en Jerusalén, en torno al Templo, y adjudicados a las clases dominantes. En abierta contradicción a todo ello, el pequeño niño, indefenso y vulnerable, que necesita de lo mínimo para comenzar a subsistir como hombre (pañales y leche materna) y al que le es suficiente un pesebre, encarna las antiguas profecías y se manifiesta a los despreciados y olvidados (los pastores, v. 8), más allá de las fronteras de la Ciudad Santa, como el “Dios-con-nosotros” (Is 7,14//Mt 1,24). Todo esto, afirma Luis A. Schökel, no es circunstancial, se trata de un acto supremo de la voluntad divina, así ha querido Dios que se desarrolle este acontecimiento (Comentario a Lucas 2,1-20, en La Biblia de Nuestro Pueblo).

¿Por qué no creer en un Dios, que inicia su historia con-nosotros, necesitado de cuidados y protección?

El sentido de la natividad de Jesús cobra fuerza si descubrimos en ella un signo fehaciente de la nueva creación, que sólo es posible con la presencia del Espíritu Santo transformador quien, desde el origen del mundo, hizo del caos orden y vida (Gn 1,2), y ahora, en María (Lc 1,35), establece una relación de cercanía con el hombre, reorientando el caos que confunde las relaciones humanas en la línea de la justicia: los últimos serán los primeros… (Mt 20,16). El misterio de la Encarnación, por su parte, se abre plenamente y se convierte en revelación, cuando vemos que en ella se confirma el único destino del hombre y el valor supremos de su dignidad: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza (Gn 1,26). ¿Qué mejor testimonio de igualdad y semejanza encontrar a un niño envuelto en pañales y recostado sobre un pesebre?

ACTUAR

Como creyentes, como bautizados, como miembros de la Iglesia; como ministros, como consagrados y como líderes de la comunidad cristiana, en esta Navidad y en todas las navidades, ¿qué testimonio damos a los demás? ¿Cómo nos encuentran los pobres y los olvidados?

La Navidad nos invita a redescubrir a Dios en la sencillez, en la inocencia y en la pobreza; a no olvidar que se abre ante nosotros un camino distinto que vale la pena andar, confiando que él lo camina con-nosotros.

La gracia que ha aparecido en el mundo es Jesús, nacido de María Virgen, Dios y hombre verdadero. Ha venido a nuestra historia, ha compartido nuestro camino. Ha venido para librarnos de las tinieblas y darnos la luz. En Él ha aparecido la gracia, la misericordia, la ternura del Padre: Jesús es el Amor hecho carne. No es solamente un maestro de sabiduría, no es un ideal al que tendemos y del que nos sabemos por fuerza distantes, es el sentido de la vida y de la historia que ha puesto su tienda entre nosotros (Papa Francisco, Dic. 24 de 2013).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

 

DIOS-CON-NOSOTROS

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0218 DE DICIEMBRE DE 2016

CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO

Llegamos al último punto de escucha y reflexión que nos ofrece el Adviento, antes de la natividad. Los tres textos de la liturgia destacan el sentido esencial de la Encarnación, sobre todo como signo de liberación y de cercanía a los hombres, y la centralidad de Cristo en el proyecto salvífico de Dios. Dichos textos son: Is 7,10-14; Rm 1,1-7 y Mt 1,18-24.

VER

¿Cuántos proyectos humanos, hechos aparentemente para beneficio de pueblos y comunidades, se han convertido en cotos de poder y situaciones de exclusión? ¿Cuánta gente queda fuera de ellos por no cumplir con los requisitos mínimos, según sus estructuras y parámetros? Tal vez, de alguna manera, nosotros somos parte de ellos: incluidos o excluidos.

Sin ir muy lejos, nuestros sistemas morales – cristianos o no -, son una especie de proyecto ético-social que rige y sistematiza nuestra relaciones, además de abrir y cerrar las puertas para aquellos que caben dentro, o quedan fuera, dependiendo de cómo responden a las normas y expectativas establecidas.

Esto genera situaciones de exclusión y de injusticia social que hoy tienen nombre, convirtiéndose en categorías en las que agrupamos a los individuos, dependiendo si son aceptados o rechazados, moralmente hablando.

Hay muchas realidades, pero una de ellas ha sido, a lo largo de siglos y de épocas, marcadamente excluida y se encarna en la condición femenina. Ni su inteligencia ni su creatividad son valoradas; su iniciativa y valor para enfrentar las adversidades son poco apreciados. La entrega con la que vuelca su vida, su tiempo y su historia en todo lo que hace, se considera como una obligación inherente a su naturaleza, desvirtuando así el esfuerzo que implica y la incondicionalidad con que lo hace. Hemos olvidado que la capacidad materna, propia de la mujer, más allá de ser una “función biológica”, es la única posibilidad humana de ver hecho realidad el milagro de la vida; sabiendo que la maternidad de María, tan humana y tan femenina, fue el medio propicio para que Dios se hiciera hombre y habitara entre nosotros.

En esta hora de América Latina y El Caribe, urge escuchar el clamor, tantas veces silenciado, de mujeres que son sometidas a muchas formas de exclusión y de violencia en todas sus formas y en todas las etapas de sus vidas. Entre ellas, las mujeres pobres, indígenas y afroamericanas han sufrido una doble marginación.

Urge que todas las mujeres puedan participar plenamente en la vida eclesial, familiar, cultural, social y económica, creando espacios y estructuras que favorezcan una mayor inclusión.

Las mujeres constituyen, en general, la mayoría de nuestras comunidades, son las primeras transmisoras de la fe y colaboradoras de los pastores, quienes deben atenderlas, valorarlas y respetarlas.

Urge valorar la maternidad como misión excelente de las mujeres… (Aparecida 454-456).

JUZGAR

El texto de Isaías (7,10-14) nos presenta al rey Ajaz, hombre piadoso y creyente, tomando una actitud de aparente respeto por Dios, diciendo: no tentaré al Señor (v. 12); pero inexplicable ante una situación en la que se ponía en riesgo no sólo su trono, sino la vida y el destino de todo el pueblo, ante las amenazas de Damasco y Siria. El mismo Yahvé le sugiere pedir una señal, cualquiera que fuera, para que pudiera comprobar y estar seguro de que Él estaba a favor de Israel, y demostrarle así que era un Dios salvador, el único Dios. De hecho, en versículos anteriores, el Señor le manda decir por medio de Isaías: ¡Vigilancia y calma! No temas, no te acobardes… (v. 4).

La respuesta de Ajaz, más que ser expresión de una fe verdadera, sólo reflejan, por un lado, una excesiva confianza en su propio poder y, por otro, la incapacidad de aceptar que sin la ayuda de Dios no saldrá victorioso; no quiere que Dios se involucre en sus planes y proyectos: No la pediré. No tentaré al Señor (v. 12). Sólo así se puede comprender la reacción de Isaías y el reclamo implícito en sus palabras:

Oye, pues, casa de David: ¿No satisfechos con cansar a los hombres, quieren cansar también a mi Dios? (v. 13).

Los hombres, representados en el rey Ajaz, no quieren una señal divina porque ésta pondría en evidencia las injusticias cometidas por las estructuras del poder (políticas y religiosas), que confían en sí mismas y se sostienen para beneficio propio, dejando en el desamparo y en la exclusión a la mayoría del pueblo.

No obstante, la señal rechazada por el rey (por el poder), se manifestará del modo menos esperado: en una jovencita, una muchachita (según la traducción original); una mujer embarazada y su parto significarán el acceso de Dios en la historia de los hombres y su presencia en medio de ellos:

He aquí que la virgen [“la jovencita”/”la muchachita”] concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán el nombre de Emmanuel, que quiere decir Dios-con-nosotros (v. 14).

Por su parte, el evangelio de Mateo (1,18-24), al narrarnos el modo cómo Jesús vino al mundo (v. 18), nos pone de frente a una situación de exclusión, justificada o motivada por las prerrogativas de la antigua ley (repudio por infidelidad o por no permanecer virgen antes del matrimonio): María, desposada con José, antes de que vivieran juntos, estaba esperando un hijo… (v. 18). Esto, conforme a la ley, debías ser denunciado, poner en evidencia a la joven y, dado que estaba desposada o comprometida en matrimonio, repudiarla. No obstante, la dinámica de la Buena Nueva, presenta opciones diferentes y en José se abre la posibilidad de un cambio:

José, su esposo, que era un hombre justo, no queriendo ponerla en evidencia, pensó dejarla en secreto (v. 19).

Dejarla en secreto no es suficiente, esto sólo implicaría, para José, inculparse, o asumir el papel de traidor a una promesa, y así, salvar el honor de María. Sin embargo, el evangelio no exige este tipo de sacrificios ni acepta actitudes de cobardía ante realidades adversas. José lo intuía y por eso se dio tiempo para pensar bien las cosas; él, a diferencia del Rey Ajaz, incluyó a Dios en su proceso de búsqueda y de fe, hasta que el Señor le reveló sus proyectos:

José, hijo de David, no dudes en recibir en tu casa a María, tu esposa, porque ella ha concebido por obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados (vv. 20-21).

Así, Mateo logra conectar el acontecimiento de la venida de Jesús con las antiguas promesas en torno al Mesías, el Emmanuel, dejando ver, nuevamente, que los planes de Dios se cumplen siempre y de modo inesperado; nunca bajo criterios humanos y más allá de las prerrogativas de una ley que había excluido de sus planes salvíficos al pueblo pobre, a la gente sencilla y, de manera particular, a las mujeres.

Todo esto sucedió́ para que se cumpliera lo que había dicho el Señor por boca del profeta Isaías: He aquí́ que la virgen concebirá́ y dará́ a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Emmanuel, que quiere decir Dios-con-nosotros (vv. 22-23).

José, hombre justo, representa un rostro diferente de la humanidad, aquél que actúa desde la conciencia (pensando) y que trabaja por la justicia más allá de lo establecido (no quería ponerla en evidencia). En él están simbolizados las mujeres y los hombres que escuchan la voz del Señor y dan paso a la Buena Nueva para transformar la vida y la historia, permitiendo, así, que Dios habite y actúe con-nosotros.

ACTUAR

¿A qué nos invita la Palabra del cuarto domingo de Adviento?:

  • Hoy, a través de la historia de María, nos encontramos ante otro tipo de exclusión, una problemática muy común en nuestros día y que, en ocasiones, no sabemos cómo acoger: madres solteras, adolescentes embarazadas, viudas, divorciadas, abandonadas; mujeres que esperan un hijo sin haberlo deseado…
  • Ningún ángel vendrá́ a hablarnos en sueños, como a José, para decirnos qué hacer.
  • Nosotros contamos hoy con el evangelio, la Buena Nueva de Jesús que nos dice: perdona hasta setenta veces siete (Mt 18,22).
  • La actitud de José nos enseña que cuando tenemos fe, una fe verdadera y profunda, es posible ver la realidad de manera distinta, sin prejuicios, y tener la capacidad de abrirse al otro para comprenderlo y aceptarlo.
  • ¿En qué medida somos una familia, una comunidad, o una sociedad, que acoge a quien lo necesita?
  • ¿Perdonamos de verdad y aceptamos a los demás tal como son?
  • ¿Cuál es el Evangelio que anima e ilumina nuestra vida?:

Ese Evangelio, que, anunciado de antemano por los profetas en las Sagradas Escrituras, se refiere a su Hijo, Jesucristo, nuestro Señor, que nació́, en cuanto a su condición de hombre, del linaje de David, y en cuanto a su condición de Espíritu santificador, se manifestó́ con todo su poder como Hijo de Dios, a partir de su resurrección de entre los muertos (Rm 1,1-4).

 

Transformados en Dios…

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san_juan_de_la_cruz_3631_jpg_1306973099NOVIEMBRE 14 DE 2016

SAN JUAN DE LA CRUZ

¿Qué aporta un místico como Juan de la Cruz, con su espiritualidad y su pensamiento, al hombre moderno? ¿En dónde puede echar raíces la profundidad de su doctrina si el mundo se ha convertido en tierra seca, agostada, sin agua (Sal 62) y sin espíritu? ¿Qué papel juega en una sociedad como la nuestra, vacía de Dios y llena odio, de locura y de apetitos desordenados?

El descubrimiento de Dios implica un descubrimiento, o redescubrimiento, del mismo hombre. Nada hay en Juan de la Cruz que al hablar de Dios omita de alguna manera la condición humana; todas sus enseñanzas están enfocadas en ofrecer luces y guías de vida espiritual al hombre que ha perdido ese referente y se encuentra extraviado en su “noche oscura”, sediento de la condición divina que lo dignifica y lo transforma. La persona es el centro de atención de la mística sanjuanista, hay en ella un fuerte deseo de que el hombre alcance su más profundo centro y salga victorioso de la triste humillación en la que se encuentra.

El discurso de San Juan de la Cruz sobre el hombre – dice el P. Ciro García, OCD – no obedece simplemente a razones filosóficas o culturales, más o menos coyunturales, reflejadas en la crisis de identidad del hombre. Está profundamente implicado en su discurso sobre Dios. Y es que no hay verdadero discurso sobre Dios que no hable al mismo tiempo del hombre. Más aún, “podremos únicamente hablar con sentido acerca de Dios, cuando este enunciado esté vinculado con la comprensión humana del mismo. No podemos formular un enunciado acerca de Dios, que no hable al mismo tiempo con sentido acerca del hombre. Y viceversa” (E. Schillebeekx)[1].

Así, Juan de Yepes entra en contacto con el mundo moderno y con el hombre que en él habita, no dando, tal vez, respuestas directas a sus interrogantes, sino alimentado su espíritu con alimento espiritual, para que toda duda se mitigue y la claridad abunde en su corazón, en su mente y en toda su persona, de tal modo, que él mismo encuentre el camino que lo conduce a la redignificación de su condición.

Son muchos los textos y las frases del santo que aluden a la grandeza del hombre (del alma) y que lo ponen en sintonía y al mismo nivel del Dios creador, partiendo siempre de las certezas de la revelación que dicen hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza (Gn 1,26); afirmando que la persona humana en sí es una hermosísima y acabada imagen de Dios (1S 9,1).

Para entender, pues, cuál sea esta unión de que vamos tratando, es de saber que Dios, en cualquier alma, aunque sea la del mayor pecador del mundo, mora y asiste sustancialmente…

Y así, cuando hablamos de la unión del alma con Dios, no hablamos de esta sustancial, que siempre está hecha, sino de la unión y transformación del alma con Dios, que no está siempre hecha, sino sólo cuando viene a haber semejanza de amor… Y así, cuando el alma quitare de sí totalmente lo que repugna y no conforma con la voluntad divina, quedará transformada en Dios por amor (2S, 5,3).

Lo primero que debemos destacar es lo que Juan de la Cruz, a través de su experiencia mística, ha descubierto: que la dignidad del hombre surge de la unión de Dios con la humanidad; unión que culmina en semejanza. Además, tal unión, es ineludible, pues por más que el hombre quiera desentenderse de Dios, lo niegue o, incluso, lo declare muerto, él mora y asiste sustancialmente en cada individuo. Dios siempre está…

Lo segundo, que es también un descubrimiento en la vivencia espiritual del místico carmelita, se alcanza cuando la vida se nutre, no sólo de la oración (que es muy importante), sino de una experiencia y una actitud inherentes al mismo hombre: vivir amando; sin olvidar que dicha actitud surge y se anima de una experiencia mayor: Dios nos amó primero (1Jn 4,10.19).

Es aquí, en la experiencia de amor, donde radica la transformación del hombre y del mundo, consecuentemente. Ésta, podríamos decir sin lugar a dudas, es la aportación más radical y atrevida  de Juan de la Cruz: cuando el hombre (el alma) decida erradicar de sí todo aquello que le impide restablecer su relación con Dios (…cuando el alma quitare de sí totalmente lo que repugna y no conforma con la voluntad divina…: 2S, 5,3), tendrá lugar el milagro a través del cual se dignifica su condición: quedará transformada en Dios por amor…

Transformado en Dios… ¿No es este, acaso, el deseo más anhelado del hombre?: “ser  dios”. Y, así, dominarlo todo, poseerlo todo, saberlo todo… Pero, ¿a costa de qué?: de perderse y quedar solo; despreciando el don y la gracia de ser imagen y semejanza de su creador. Dios no reniega del hombre, lo incorpora a su condición divina para transformarlo; el hombre, por el contrario, ha negado sistemáticamente a Dios… y a su hermano. En este sentido, el Concilio Vaticano II lanzaba una pregunta a toda la comunidad cristiana, para motivar con ella una reflexión abierta y profunda al respecto:

Pero ¿qué es el hombre? Muchas son las opiniones que el hombre se ha dado y se da sobre sí mismo. Diversas e incluso contradictorias. Exaltándose a sí mismo como regla absoluta y hundiéndose hasta la desesperación. La duda y la ansiedad se siguen en consecuencia (GS 12).

Transformados en dioses… ¡Sí!, pero a través del amor. Siendo así, se gesta una relación amorosa que lleva al hombre, como arriba indicamos, a la unión con Dios y a la semejanza con él, por medio de un desposorio entre el alma (el hombre), que es la esposa y Jesucristo, que es el esposo. El hombre está llamado a perfeccionar esta “imagen” en una comunión de amor esponsal, para el cual fue creado (Ciro G, OCD).

Y no hay que tener por imposible que el alma pueda una cosa tan alta, que el alma aspire a Dios, como Dios aspira en ella, por modo participado. Porque dado que Dios le haga merced de unirla en la Santísima Trinidad, en que el alma se hace deiforme y Dios por participación, ¿qué increíble cosa es que obre en ella también su obra de entendimiento, noticia y amor, o, por mejor decir, la tenga obrada en la Trinidad juntamente con ella como la misma Trinidad? Pero por modo comunicado y participado, obrándolo Dios en la misma alma; porque esto es estar transformada en las tres Personas en potencia y sabiduría y amor, y en esto es semejante el alma a Dios; y para que pudiese venir a esto la crió a su imagen y semejanza (C 39,4).

[1] García C. OCD. (1990). Juan de la Cruz y el misterio del hombre. Ed. Monte Carmelo. Burgos. p. 9.

¿Eres tú…?

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esperar-toda-la-vidaDICIEMBRE 11 DE 2016

TERCER DOMINGO DE ADVIENTO

El tercer domingo de Adviento se caracteriza por la insistencia en la esperanza, y sobre todo en la confianza que debe surgir de la certeza que Dios cumplirá sus promesas. La Liturgia de la Palabra nos ofrece los siguientes textos: Is 35,1-6; Sal 145; Sant 5,7-10 y Mt 11,2-11.

VER

Hay momentos en la vida de los hombres -para unos antes y para otros después- en que surge la necesidad de referir la propia vida hacia otra persona, para así establecer una relación de amistad, de cercanía, de intimidad; para formalizar una relación de pareja perdurable, o la decisión de consagrar la vida a un ideal. Esto representa un empeñoso y arduo proceso de búsqueda, donde habrá, posiblemente, encuentros y desencuentros, desilusiones, dudas; momentos de soledad, de euforia y de armonía. Como es búsqueda, implica movimiento constante hacia metas insospechadas y, además, requiere de una amplia apertura y disponibilidad de parte del individuo, ya que en el caminar nos encontraremos con más de una persona, más de una posibilidad…

Lo mismo sucede cuando se trata de nuestros líderes, de aquellos que deben guiar o gobernar nuestros pueblos: buscamos y decidimos en torno a la mejor opción.

No importando cuál sea el referente, afloran preguntas esenciales que nos llevan a la reflexión y nos adentran en la dinámica del discernimiento: ¿Quién es? ¿Será ella, o él? ¿Quién será el mejor? ¿Cuál será la mejor opción?… ¿Eres tú?

Juan, el bautista, sumergido en la soledad y en la incertidumbre que provoca la cárcel; tal vez sin la claridad que se anida en el miedo…, lanza la misma pregunta: ¿Eres tú el que ha de venir? (Mt 11,3).

JUZGAR

¿Cuántas dudas alberga el corazón del hombre? ¿Qué tan profunda es la incertidumbre que lo intimida y no alcanzan, por ello, a ver un futuro promisorio? ¿Quién camina por delante de él como su referente, de tal modo, que parece andar perdido, solo, abandonado?

La liturgia del tercer domingo de Adviento, en el texto del profeta Isaías, tiene para nosotros una palabra de esperanza:

Regocíjate, yermo sediento. Que se alegre el desierto y se cubra de flores, que florezca como un campo de lirios, que se alegre y dé gritos de júbilo, porque le será dada la gloria del Líbano, el esplendor del Carmelo y del Sarón. Ellos verán la gloria del Señor, el esplendor de nuestro Dios. Fortalezcan las manos cansadas, afiancen las rodillas vacilantes. Digan a los de corazón apocado: ¡Ánimo! No teman. He aquí que su Dios, vengador y justiciero, viene ya para salvarlos (Is 35,1-4).

El desánimo corroe la vida de tanta gente y es “comprensible” ante el desolador panorama del mundo; pero el pueblo creyente, las mujeres y los hombres de fe, no pueden detenerse allí: habrá algo mejor, transformado en fuente de vida, sólo cuando dejemos que la Palabra de Dios y su Espíritu permeen nuestras vidas y se conviertan entonces en un campo que florece:

Se iluminarán entonces los ojos de los ciegos y los oídos de los sordos se abrirán. Saltará como un venado el cojo y la lengua del mudo cantará (Is 35,5-6).

En la carta de Santiago encontramos una palabra de confianza en Dios, en quien hemos puesto nuestra esperanza. Esta debe ser una confianza real, arraigada en lo más hondo del corazón para que no vacile ni se apague:

Hermanos: Sean pacientes hasta la venida del Señor. Vean cómo el labrador, con la esperanza de los frutos preciosos de la tierra, aguarda pacientemente las lluvias tempraneras y las tardías. Aguarden también ustedes con paciencia y mantengan firme el ánimo, porque la venida del Señor está cerca (Sant 5,7-8).

La confianza es un acto de paciencia, es decir, de ser capaces de vivir cubriendo de paz nuestras inquietudes y nuestras prisas, dando tiempo (el que sea necesario: lluvias tempranas o tardías…) para que todo llegue en su momento y se logre a plenitud. Así, como lo cantaba Teresa de Jesús: La paciencia todo lo alcanza…

Por último, el evangelio de este domingo (Mt 11,2-11) nos brinda una enseñanza para mitigar la duda, personificada ahora en el bautista, quien pasa de ser precursor a un hombre en búsqueda de la verdad:

¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro? (Mt 11,3).

“Esperar a otro”: otro año, otro adviento, otro líder; otra oportunidad, otra persona, otro día… Las dudas de Juan, en medio de la adversidad (la cárcel y la muerte inminente), son como la nuestras, que buscan respuestas inmediatas o exigen una solución. En aquél momento, Jesús no formuló respuesta alguna para él, en cambio, envió de regreso a los discípulos a dar testimonio. Sólo así, Juan tendría la oportunidad, en su búsqueda, para descubrir por sí mismo al Mesías (v. 4):

Vayan a contar a Juan lo que están viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios de la lepra, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio. Dichoso aquel que no se sienta defraudado por mí (vv. 4-6).

El testimonio se alimenta de lo que se ve y se oye: hechos concretos y veraces que ningún “otro” habría realizado, a menos que fuera el Hijo de Dios esperado, y que consisten en liberar al oprimido de cualquier forma de esclavitud y hacerle justicia. ¿Qué duda puede haber ante ello?

Hoy, nosotros, ¿esperamos a otro?, o… tal vez, nunca nos hemos encontrado con él. No se trata, como decíamos el domingo anterior, de esperar algo nuevo, sino de redescubrirlo. ¿Dónde y cómo?: en las acciones por la justicia, la solidaridad y la libertad que mujeres y hombres, de todo el mundo y de cualquier condición, llevan a cabo en favor de sus hermanos.

¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?

…Pero ya que está fundada la fe en Cristo y manifiesta la ley evangélica en esta era de gracia, no hay para qué preguntarle de aquella manera, ni para qué él hable ya ni responda como entonces. Porque en darnos, como nos dio, a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra, y no tiene más que hablar (S. Juan de la Cruz, 2S 22,3).

ACTUAR

El tercer domingo de Adviento nos invita a reflexionar y a pensar en torno a la imagen que tenemos de Jesús y en lo que esperamos de él:

  • ¿Cuál, o cómo es, el Jesús en el que yo creo?
  • ¿Es el Jesús de los evangelios, o es otro?

Siendo fieles a la dinámica del evangelio, que siempre nos interpela y nos empuja a la conversión, cabe la posibilidad de invertir el sentido de la pregunta:

  • ¿Soy yo el que deben esperar los hombres, o es a otro?

Si hemos sido enviados, entonces alguien nos espera. Somos testigos de Jesús de Nazaret y de nadie más; la Buena Nueva que Él nos ha confiado debe convertirse en la esperanza que mucha gente ha perdido; estamos llamados a ser signos de esperanza.

Es muy importante, porque la esperanza no decepciona. El optimismo decepciona, la esperanza no. ¿Claro? La necesitamos mucho, en estos tiempos que aparecen oscuros, en el que a veces nos sentimos perdidos delante del mal y la violencia que nos rodean, delante del dolor de muchos hermanos nuestros. Es necesaria la esperanza. Nos sentimos perdidos y también un poco desanimados, porque nos sentimos impotentes y nos parece que esta oscuridad no termine nunca.

Pero no hay que dejar que la esperanza nos abandone, porque Dios con su amor camina con nosotros, yo espero porque Dios está junto a mí y esto podemos decirlo todos nosotros, cada uno de nosotros puede decir: yo espero, tengo esperanza, porque Dios camina conmigo. Camina y me lleva de la mano, me lleva de la mano. Dios no nos deja solos, el Señor Jesús ha vencido al mal y nos ha abierto el camino de la vida.

Y entonces, en particular en este tiempo de Adviento, que es el tiempo de la espera, en el que nos preparamos a acoger una vez más el misterio consolador de la Encarnación y la luz de la Navidad, es importante reflexionar sobre la esperanza… (Papa Francisco, Catequesis sobre la esperanza, Dic. 7/2016).

Dichoso aquel que no se sienta defraudado por mí (v. 6).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

Preparen los caminos…

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migrantes_desiertoDICIEMBRE 4 DE 2016

SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO

La liturgia de la Palabra del segundo domingo de Adviento, nos propone los siguientes textos: Is 11,1-10; Rm 15,4-9 y Mt 3,1-12. En los tres hay un protagonista: el Espíritu de Yahvé; él unge al hombre para convertirlo en un hombre de Dios y es enviado al mundo para transformarlo.

VER

Tomando en cuenta algunas estadísticas en torno a las preferencias religiosas, o a la distribución de las religiones en el mundo, encontraremos que, hasta hoy, los cristianos conformamos el sector más numeroso, siendo unos 2,200 millones de personas (incluyendo a luteranos, anglicanos, ortodoxos, católicos y cristianos en general). Los números no nos engañan: históricamente hemos “dominado” el panorama religioso y seguimos así…

No importando la denominación religiosa, independientemente del rito que se utilice (todos son válidos), todos esos cristianos, antes o después, fueron bautizados, por voluntad propia o a petición de los padres, para ser incluidos en las listas que los reconoce como tales.

Entre los católicos, por ejemplo, es una costumbre y una tradición (más costumbre que tradición) que, apenas nace el niño, ya se está pensando en el bautizo y se inician los preparativos pertinentes (sobre todo los de tipo social…), con tal de que el recién nacido no quede desamparado ni lejos de la misericordia de Dios. Entonces, comienza el peregrinar de “papás cristianos” (no necesariamente creyentes convencidos ni practicantes) hacia las parroquias, a pedir el sacramento bautismal para sus hijos. ¿Cuál es la razón?: que “sean cristianos” y que por la gracia sacramental queden limpios del pecado original…

Y así con los demás sacramentos: los añadimos a nuestra vida y a nuestras prácticas religiosas, sin sentido, sin proyección, ni arraigados, o motivados por algún compromiso verdadero. Se han convertido en instrumentos intrascendentes (no gestos ni símbolos) con los que materializamos los compromisos con Dios y la “fidelidad” a él. Somos, tal vez, coleccionistas de ritos; gente que acumula cosas sagradas en su haber, sólo para quedar bien ante los demás (y ante Dios).

En tiempos de Juan, fariseos y saduceos hacían fila para ser bautizados por él, sin comprender las implicaciones de tal decisión; por eso los reclamos y la exigencia de la conversión. Las duras palabras del bautista pueden repercutir hoy sobre nuestra forma de asumir la condición bautismal, si nos dejamos interpelar por ellas: Raza de víboras, ¿quién les ha dicho que podrán escapar al castigo que les espera? Hagan ver con obras su conversión y no se hagan ilusiones… (Mt 3,7-9).

Nunca nada está perdido, a menos que se llegue a los límites de la imposibilidad; aún hay tiempo para cambiar y rehacer el camino. Aquí la razón fundamental del Adviento: Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos… (Mt 3,3).

JUZGAR

En las palabras del texto de Mateo (3,1-12) resuenan dos realidades que se unen en una misma experiencia: el Reino que está cerca y los caminos del Señor (vv. 2 y 3). Reino y Señor toman forma en la persona de Jesús de Nazaret, en él se concretan y se actúan; se hacen vida e historia. En él y en su predicación, se transforman en una misma experiencia de libertad, de justicia y de amor fraterno. El Reino de Dios ha llegado…

…Y después de tanto tiempo, ¿qué reino debemos esperar?, ¿hay otro reino distinto a ese?, ¿qué caminos se deben preparar? El nuestro es otro contexto y hablamos del nazareno como de un hecho histórico del pasado; sus enseñanzas corren el riesgo de consumirse en una lectura estéril del evangelio, que satisface la conciencia del individuo y alimenta a los espíritus solitarios (no los que andan por el desierto anunciando la llegada del Mesías).

No se trata, estrictamente, de esperar algo nuevo, sino de redescubrirlo; pasar de la dinámica de la conversión, marcada en el bautizo con agua, a la dinámica de la acción, animada por el bautismo en Espíritu santo y fuego (v. 11).

Si continuamos creyendo que el tiempo de Adviento sólo representa la época del año que nos prepara para navidad y para celebrar, en familia o no, que Jesús nació en Belén, entonces habremos echado por tierra toda la fuerza y la riqueza de un tiempo propicio para la conversión; conversión radical de la persona, movida por el Espíritu, hacia el hermano y en función del Reino.

Juan decía: el que viene después de mí, es más fuerte que yo. Eso significa que la grandeza del Mesías supera toda expectativa human de quedar bien con Dios cumpliendo ritos; está más allá de los criterios del hombre que se conforma y se contenta en lo efímero y pasajero de las cosas triviales.

¿Cómo es ese Mesías que bautiza con Espíritu y fuego? El texto del Isaías (11,1-10) nos lo describe:

En aquel día, brotará un renuevo del tronco de Jesé, un vástago florecerá de su raíz. Sobre él se posará el espíritu del Señor, espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de piedad y temor de Dios. No juzgará por apariencias, ni sentenciará de oídas; defenderá con justicia al desamparado y con equidad dará sentencia al pobre; herirá al violento con el látigo de su boca, con el soplo de sus labios matará al impío. Será la justicia su ceñidor, la fidelidad apretará su cintura (vv. 1-5).

Cada calificativo es un atributo de su persona, que lo marcan como un rey distinto al resto de los reyes, pues será ungido con el Espíritu de Yahvé y su trabajo, así como su predicación, estará enfocado en la restauración de la justicia en favor del pobre y desamparado. No solo eso, a ese rey lo acompaña un nuevo reino y una nueva humanidad, que romperán paradigmas, costumbres y relaciones marcadas por el odio y la injusticia. El mismo profeta nos lo hace ver:

Habitará el lobo con el cordero, la pantera se echará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos y un muchachito los apacentará. La vaca pastará con la osa y sus crías vivirán juntas. El león comerá paja con el buey. El niño jugará sobre el agujero de la víbora; la criatura meterá la mano en el escondrijo de la serpiente. No harán daño ni estrago por todo mi monte santo, porque así como las aguas colman el mar, así está lleno el país de la ciencia del Señor (vv. 6-10).

Así, el Adviento nos recuerda que, al igual que el Mesías, también nosotros hemos sido bautizados con Espíritu Santo y fuego; además, nos ayuda a ver con claridad el alcance de nuestros compromisos bautismales. Por eso el reclamo a la conversión y la propuesta de preparar los caminos. Somos tierra fértil en la que se ha depositado la semilla de la Palabra, para que dé fruto abundante:

Ya el hacha está puesta a la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé fruto, será cortado y arrojado al fuego… Él tiene el bieldo en su mano para separar el trigo de la paja. Guardará el trigo en su granero y quemará la paja en un fuego que no se extingue (Mt 3,10 y 12).

En concreto: ¿qué nos está diciendo la liturgia de este segundo domingo de Adviento?: Si a Jesús lo encontramos en cada hombre y en cada hermano, esto quiere decir que en ellos se hace presente el Reino de Dios; hay muchos excluidos que vienen en camino buscando un lugar que los acoja y reciba con alegría: migrantes, desplazados, gente sin tierra ni hogar… Ante ellos y de frente a la realidad, estamos invitados a preparar los caminos de la justicia, de la libertad, de la solidaridad y de la fraternidad.

Que Dios, fuente de toda paciencia y consuelo, les conceda a ustedes vivir en perfecta armonía unos con otros, conforme al espíritu de Cristo Jesús, para que, con un solo corazón y una sola voz alaben a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo. Por lo tanto, acójanse los unos a los otros como Cristo los acogió a ustedes, para gloria de Dios (Rm 4,5-7).

ACTUAR

Hagan ver con obras su conversión…  (Mt 3,8).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.