Preparen los caminos…

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migrantes_desiertoDICIEMBRE 4 DE 2016

SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO

La liturgia de la Palabra del segundo domingo de Adviento, nos propone los siguientes textos: Is 11,1-10; Rm 15,4-9 y Mt 3,1-12. En los tres hay un protagonista: el Espíritu de Yahvé; él unge al hombre para convertirlo en un hombre de Dios y es enviado al mundo para transformarlo.

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Tomando en cuenta algunas estadísticas en torno a las preferencias religiosas, o a la distribución de las religiones en el mundo, encontraremos que, hasta hoy, los cristianos conformamos el sector más numeroso, siendo unos 2,200 millones de personas (incluyendo a luteranos, anglicanos, ortodoxos, católicos y cristianos en general). Los números no nos engañan: históricamente hemos “dominado” el panorama religioso y seguimos así…

No importando la denominación religiosa, independientemente del rito que se utilice (todos son válidos), todos esos cristianos, antes o después, fueron bautizados, por voluntad propia o a petición de los padres, para ser incluidos en las listas que los reconoce como tales.

Entre los católicos, por ejemplo, es una costumbre y una tradición (más costumbre que tradición) que, apenas nace el niño, ya se está pensando en el bautizo y se inician los preparativos pertinentes (sobre todo los de tipo social…), con tal de que el recién nacido no quede desamparado ni lejos de la misericordia de Dios. Entonces, comienza el peregrinar de “papás cristianos” (no necesariamente creyentes convencidos ni practicantes) hacia las parroquias, a pedir el sacramento bautismal para sus hijos. ¿Cuál es la razón?: que “sean cristianos” y que por la gracia sacramental queden limpios del pecado original…

Y así con los demás sacramentos: los añadimos a nuestra vida y a nuestras prácticas religiosas, sin sentido, sin proyección, ni arraigados, o motivados por algún compromiso verdadero. Se han convertido en instrumentos intrascendentes (no gestos ni símbolos) con los que materializamos los compromisos con Dios y la “fidelidad” a él. Somos, tal vez, coleccionistas de ritos; gente que acumula cosas sagradas en su haber, sólo para quedar bien ante los demás (y ante Dios).

En tiempos de Juan, fariseos y saduceos hacían fila para ser bautizados por él, sin comprender las implicaciones de tal decisión; por eso los reclamos y la exigencia de la conversión. Las duras palabras del bautista pueden repercutir hoy sobre nuestra forma de asumir la condición bautismal, si nos dejamos interpelar por ellas: Raza de víboras, ¿quién les ha dicho que podrán escapar al castigo que les espera? Hagan ver con obras su conversión y no se hagan ilusiones… (Mt 3,7-9).

Nunca nada está perdido, a menos que se llegue a los límites de la imposibilidad; aún hay tiempo para cambiar y rehacer el camino. Aquí la razón fundamental del Adviento: Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos… (Mt 3,3).

JUZGAR

En las palabras del texto de Mateo (3,1-12) resuenan dos realidades que se unen en una misma experiencia: el Reino que está cerca y los caminos del Señor (vv. 2 y 3). Reino y Señor toman forma en la persona de Jesús de Nazaret, en él se concretan y se actúan; se hacen vida e historia. En él y en su predicación, se transforman en una misma experiencia de libertad, de justicia y de amor fraterno. El Reino de Dios ha llegado…

…Y después de tanto tiempo, ¿qué reino debemos esperar?, ¿hay otro reino distinto a ese?, ¿qué caminos se deben preparar? El nuestro es otro contexto y hablamos del nazareno como de un hecho histórico del pasado; sus enseñanzas corren el riesgo de consumirse en una lectura estéril del evangelio, que satisface la conciencia del individuo y alimenta a los espíritus solitarios (no los que andan por el desierto anunciando la llegada del Mesías).

No se trata, estrictamente, de esperar algo nuevo, sino de redescubrirlo; pasar de la dinámica de la conversión, marcada en el bautizo con agua, a la dinámica de la acción, animada por el bautismo en Espíritu santo y fuego (v. 11).

Si continuamos creyendo que el tiempo de Adviento sólo representa la época del año que nos prepara para navidad y para celebrar, en familia o no, que Jesús nació en Belén, entonces habremos echado por tierra toda la fuerza y la riqueza de un tiempo propicio para la conversión; conversión radical de la persona, movida por el Espíritu, hacia el hermano y en función del Reino.

Juan decía: el que viene después de mí, es más fuerte que yo. Eso significa que la grandeza del Mesías supera toda expectativa human de quedar bien con Dios cumpliendo ritos; está más allá de los criterios del hombre que se conforma y se contenta en lo efímero y pasajero de las cosas triviales.

¿Cómo es ese Mesías que bautiza con Espíritu y fuego? El texto del Isaías (11,1-10) nos lo describe:

En aquel día, brotará un renuevo del tronco de Jesé, un vástago florecerá de su raíz. Sobre él se posará el espíritu del Señor, espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de piedad y temor de Dios. No juzgará por apariencias, ni sentenciará de oídas; defenderá con justicia al desamparado y con equidad dará sentencia al pobre; herirá al violento con el látigo de su boca, con el soplo de sus labios matará al impío. Será la justicia su ceñidor, la fidelidad apretará su cintura (vv. 1-5).

Cada calificativo es un atributo de su persona, que lo marcan como un rey distinto al resto de los reyes, pues será ungido con el Espíritu de Yahvé y su trabajo, así como su predicación, estará enfocado en la restauración de la justicia en favor del pobre y desamparado. No solo eso, a ese rey lo acompaña un nuevo reino y una nueva humanidad, que romperán paradigmas, costumbres y relaciones marcadas por el odio y la injusticia. El mismo profeta nos lo hace ver:

Habitará el lobo con el cordero, la pantera se echará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos y un muchachito los apacentará. La vaca pastará con la osa y sus crías vivirán juntas. El león comerá paja con el buey. El niño jugará sobre el agujero de la víbora; la criatura meterá la mano en el escondrijo de la serpiente. No harán daño ni estrago por todo mi monte santo, porque así como las aguas colman el mar, así está lleno el país de la ciencia del Señor (vv. 6-10).

Así, el Adviento nos recuerda que, al igual que el Mesías, también nosotros hemos sido bautizados con Espíritu Santo y fuego; además, nos ayuda a ver con claridad el alcance de nuestros compromisos bautismales. Por eso el reclamo a la conversión y la propuesta de preparar los caminos. Somos tierra fértil en la que se ha depositado la semilla de la Palabra, para que dé fruto abundante:

Ya el hacha está puesta a la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé fruto, será cortado y arrojado al fuego… Él tiene el bieldo en su mano para separar el trigo de la paja. Guardará el trigo en su granero y quemará la paja en un fuego que no se extingue (Mt 3,10 y 12).

En concreto: ¿qué nos está diciendo la liturgia de este segundo domingo de Adviento?: Si a Jesús lo encontramos en cada hombre y en cada hermano, esto quiere decir que en ellos se hace presente el Reino de Dios; hay muchos excluidos que vienen en camino buscando un lugar que los acoja y reciba con alegría: migrantes, desplazados, gente sin tierra ni hogar… Ante ellos y de frente a la realidad, estamos invitados a preparar los caminos de la justicia, de la libertad, de la solidaridad y de la fraternidad.

Que Dios, fuente de toda paciencia y consuelo, les conceda a ustedes vivir en perfecta armonía unos con otros, conforme al espíritu de Cristo Jesús, para que, con un solo corazón y una sola voz alaben a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo. Por lo tanto, acójanse los unos a los otros como Cristo los acogió a ustedes, para gloria de Dios (Rm 4,5-7).

ACTUAR

Hagan ver con obras su conversión…  (Mt 3,8).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

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2 comentarios en “Preparen los caminos…

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