Busquen la justicia, busquen la humildad (Sofonías 2,3)

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bienaventurados-los-que-lloranENERO 29 DE 2017.

DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDIANRIO

La Liturgia de la Palabra de este Domingo centra nuestra atención, nuevamente, en la justicia; sobre todo, en aquella que está en relación con los humildes, los sencillos y los despreciados; la justicia de Dios respecto de ellos es una gran dicha. Los textos que nos guiarán por este camino son: Sof 2,3; 3,12-13; Sal 145; 1Cor 1,26-31 y Mt 5,1-12.

VER

Al parecer, la situación política del entorno nos está obligando a repensar nuestra postura como ciudadanos, o como creyentes (o ambas a la vez), y a formular una respuesta responsable, desde los criterios que conforman nuestros principios éticos y morales; tratando de evitar una reacción visceral u oportunista. Además, deberá ser una respuesta que se traduzca en acciones concretas.

El poder político y económico que cobija, o encubre, a un individuo y a una nación, no es sinónimo de verdad, ni mucho menos de autoridad. Es decir, es moralmente inadmisible creer que quien más tiene, o más puede, posee la verdad absoluta de todo aquello que está al alcance de su mirada, o de su dominio.

Nuevamente nos encontramos ante un panorama poco alentador, que está provocando reacciones diversas en la gente y estados de ánimo desoladores. La duda subyacente genera pesimismo y desesperanza, y de allí, corremos el riesgo de pasar a la desesperación, muchas veces violenta, de la que brotan las decisiones menos pensadas y terriblemente dañinas para el hombre.

Habituados a vivir al amparo de gobiernos proteccionistas, que subsisten gracias a las oportunidades que les ofrecen las coyunturas políticas o sociales, o que aprovechan los tropiezos y los errores del otro, para ganar batallas que en realidad nunca pelearon; ahora, poco a poco, caemos en cuenta que no hay nadie (ni gobierno ni gobernante) que enfrente con responsabilidad y valentía los ataques que minan la dignidad del pueblo y que pisotean, sin escrúpulo alguno, la soberanía de toda una nación.

La cerrazón de una mente obstinada con el poder y la arbitrariedad de las decisiones que toma, no hacen más que recrudecer la pobreza, el desempleo, la falta de oportunidades, la desigualdad y el descontento social; además, abre resquicios por los que se colarán, inevitablemente, la violencia, la discriminación y el odio.

Pase lo que pase, el creyente, como el ciudadano, no puede, a partir de ahora, permanecer inerme (cuenta con las armas de la fe), indiferente (le preguntarán ¿dónde está tu hermano?) e inactivo (en él habita el Espíritu de Dios). Vivir lamentándose, equivaldría a dejar que la muerte opaque la luz de la vida, hasta apagarla definitivamente. Los acontecimientos son, hoy, los signos de los tiempos que nos interpelan y que deben ser leídos con la mirada de Jesús; no para descifrar si son, o no, “voluntad” de Dios, sino para descubrir cómo se asumen y resuelven a partir de los criterios del evangelio. De tal modo que, como Job, reconozcamos con humildad: Sólo de oídas sabía de ti, pero ahora te han visto mis ojos… (Jb 42,5).

JUZGAR

Hermanos: Consideren que entre ustedes, los que han sido llamados por Dios, no hay muchos sabios, ni muchos poderosos, ni muchos nobles, según los criterios humanos. Pues Dios ha elegido a los ignorantes de este mundo, para humillar a los sabios; a los débiles del mundo, para avergonzar a los fuertes; a los insignificantes y despreciados del mundo, es decir, a los que no valen nada, para reducir a la nada a los que valen; de manera que nadie pueda presumir delante de Dios (1Cor 1,26-29).

Estas palabras de Pablo, con las que se dirige a los corintios, tienen la intención de confirmar y dar fe, ante una comunidad confundida entre dos realidades opuestas  – la locura de la cruz (1,18) y la sabiduría humana que desconoce a Dios y lo niega rotundamente (1 ,21) -, que el Dios de Israel siempre está del lado del pobre, del oprimido y despreciado por las estructuras humanas que sólo producen injusticias; en sintonía con el profeta Sofonías, hace eco de una promesa y de una vocación (v. 26), inexplicable e incomprensible para quien viven obstinados por el poder:

Yo dejaré en medio de ti, pueblo mío, un puñado de gente pobre y humilde. Este resto de Israel confiará en el nombre del Señor… (Sof 3,12-13).

El evangelista Mateo nos presenta un discurso con una gran fuerza, que desborda los límites de la mediocridad humana; cada palabra y cada afirmación revelan el sentido más profundo de la confianza en Dios: las bienaventuradas son la carta magna del pueblo de Dios (cf. Luis A. Schökel).

Encabezan el discurso las ocho bienaventuranzas que constituyen el nuevo programa del reinado de Dios. Declaran: “felices los pobres”, porque en ellos el reino de Dios se hace ya presente como don y como gracia en medio de nosotros. Son enunciados de valor, no mandatos como el decálogo del Sinaí, una invitación a superarse constantemente, una denuncia de mezquindades, una oferta de la misericordia de Dios y don del gozo incontenible que trae el reinado de Dios (Luis. A. Schökel, La Biblia de Nuestro Pueblo).

Además, junto con el proyecto de Dios contenido en las bienaventuranzas, el texto de Sofonías deja en claro que el resto de Israel, aquél puñado de gente pobre y humilde (v. 12), está llamado a ser el actor de dicho proyecto, observando criterios esenciales de una moral enfocada al bien común, en la que se prevén -desde la perspectiva de Mateo- consecuencias inevitables; las mismas que asumió Jesús en su vida y lo llevaron a la Cruz, pero superadas por una recompensa de vida eterna:

No cometerá maldades ni dirá mentiras; no se hallará en su boca una lengua embustera. Permanecerán tranquilos y descansarán sin que nadie los moleste (Sof 3,13).

Dichosos serán ustedes cuando los injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes por causa mía. Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos (Mt 5,11-12).

El salmo (145) es un canto festivo que celebra la fidelidad de Dios y el cumplimiento de sus promesas:

El Señor siempre es fiel a su palabra, y es quien hace justicia al oprimido; él proporciona pan a los hambrientos y libera al cautivo.

Abre el Señor los ojos de los ciegos y alivia al agobiado. Ama el Señor al hombre justo y toma al forastero a su cuidado.

A la viuda y al huérfano sustenta y trastorna los planes del inicuo. Reina el Señor eternamente, reina tu Dios, oh Sión, reina por siglos.

ACTUAR

Las bienaventuranzas son el proyecto de Dios para vivirse en la tierra; son acciones concretas, impregnadas de justicia y misericordia, que se llevan a cabo por causa mía (Mt 5,11). Representan el paradigma que rompe las estructuras humanas, cimentadas en el poder y la injusticia, y nos hace ver la vida de manera distinta. La confianza en Dios, plasmada en ellas, nos anima a perder el miedo y a sobreponernos a toda amenaza que atente contra la dignidad del hombre.

Son un programa destinado a transformar a la persona y, a través de ella, a rehacer el tejido social; a dar un mensaje de aliento y de esperanza a los oprimidos.

Es probable que estos hombres y mujeres fueran realmente pobres, menospreciados y perseguidos. Mateo les invita a descubrir los valores del reinado de Dios en las dificultades por las que atraviesan. Las palabras de Jesús son, en primer lugar, una invitación a vivir la pobreza, la aflicción, el desprendimiento, el hambre y la sed de justicia como «bienaventuranzas». Y así, la pobreza material se transformará en «pobreza de corazón» o apertura confiada a la voluntad y providencia del Padre; la aflicción, en «consuelo» mesiánico, el único capaz de dar sentido al sufrimiento y a la muerte; el desprendimiento, en posesión de la «herencia» de la tierra, expresión que equivale a recibir el reinado de Dios; y el hambre y la sed de justicia, en «esperanza» del cambio radical que traerá la Buena Noticia (Luis. A. Schökel, La Biblia de Nuestro Pueblo).

En efecto, por obra de Dios, ustedes están injertados en Cris-to Jesús, a quien Dios hizo nuestra sabiduría, nuestra justicia, nuestra santificación y nuestra redención. Por lo tanto, como dice la Escritura: El que se gloría, que se gloríe en el Señor

(1Cor 1,30-31)

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

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¿El Señor es mi luz…?

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vela2bmanoENERO 22 DE 2017

DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO

La Liturgia de la Palabra nos presenta tres textos, enlazados entre sí, que resaltan el carácter referencial y la centralidad de Jesucristo en la vida de la comunidad creyente y del individuo que decide seguirle. Los textos son: Is 8,23-9,3; Sal 26; 1Cor 1,10-13.17 y Mt 4,12-23.

VER

Cinco de la mañana ahí en Tijuana

Se oye un disparo desde una ventana

María mira hacia al cielo, ya está acostumbrada

Es la banda sonora de cada madrugada.

(Macaco, Hijos de un mismo Dios).

https://www.youtube.com/watch?v=4HYVgZT37rg

Cada mañana despertamos deseando que el día sea mejor que el anterior; cada hora que pasa, cada uno de los instantes que nos toca vivir, transcurren permeados con el optimismo y la esperanza que aun conservamos a pesar de tanta zozobra, incertidumbre y miedo.

Es un deseo que no fenece, porque la condición humana aun lucha, sobreponiendo al sin-sentido de la vida su dignidad creatural de imagen y semejanza de Dios. No puede el hombre mismo “des-crear” (destruir) lo creado con las manos generosas de Dios, en sintonía con la amorosa y amante participación del hombre. No podemos permitir que la vaciedad del corazón humano (individual y colectivo) se llene con la oscuridad del odio, provocando así, que cualquiera por el motivo que sea, se convierta, una y otra vez, en el Caín que mata cegado por la envidia.

¿Qué hay en los pensamientos de un joven, en su corazón, que lo llevan a masacrar a sus semejantes y a terminar con su propia vida? Tal vez confusión, odio, soledad, incomprensión… ¿Qué hay, o no hay, en los fundamentos de cualquier sociedad, que no logra ser referente, luz, certeza y hogar seguro para los suyos? Tal vez confusión, odio, soledad, incomprensión…

¿Cuál deseamos que sea el ritmo, la pauta, el discurso, la armonía, la palabra, la mirada, la melodía…, la banda sonora de cada mañana?

JUZGAR

El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién voy a tenerle miedo? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién podrá hacerme temblar? (Sal 26,1).

Así comienza el canto del salmista: oración confiada, fe profunda, certeza inquebrantable de un corazón que se ha dejado habitar por la bondad de Dios; bondad que purifica la mirada del hombre y le permite ver al otro como hermano, no como enemigo, a confiar en él.

¡Cuánta luz, desde siempre, ha necesitado la humanidad! ¡Cuántos pueblos han sucumbido en la oscuridad! El profeta Isaías (8,23-9,1), a la par del evangelista (Mt, 4,15-16), proclama de nuevo un mensaje de esperanza de parte de Yahvé:

Tierra de Zabulón y Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los paganos. El pueblo que yacía en tinieblas vio una gran luz. Sobre los que vivían en tierra de sombras una luz resplandeció.

Galilea, comprendidas allí las ciudades de Zabulón, Neftalí y Cafarnaúm, representa el territorio del pueblo Hebreo que había soportado y sufrido una doble humillación: el desastre de las invasiones extranjeras y el desprecio por su condición “pagana”. Pareciera que la bendición de Dios no le favorecía y que la mirada inquisitoria, animada por las prescripciones de la ley, la juzgara indigna destinataria del mensaje de salvación. No obstante, es precisamente allí donde Jesús se establece a su regreso del desierto, y después de que Juan el bautista fuera arrestado (Mt 4,12), para comenzar su predicación:

Conviértanse, porque ya está cerca el Reino de los cielos (Mt 4,17).

Sobre los que vivían en tierra de sombras una luz resplandeció (v. 16), de tal modo, que todo comenzó a verse con claridad y a reconfigurarse desde otros parámetros. Jesús sale al encuentro de las expectativas del pueblo con un anuncio que, desde el comienzo, tiene como contenido central el reinado de Dios y será desde entonces el centro de su predicación (Luis. A. Schökel, La Biblia de Nuestro Pueblo).

Ahora, el carácter referencial de Jesús y la centralidad de su mensaje, provocan que el hombre se mueva hacia otros horizontes, que mire la realidad desde una perspectiva distinta y que viva actuando a partir de criterios diferentes y definitivos:

Síganme y yo los haré pescadores de hombres. Ellos inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron… (Mt 4, 19-20.22).

El nuevo seguidor, iluminado por la luz que es Jesús, está en función del hermano, de su salvación y su libertad (pescadores de hombres) y debe romper con atavismos y costumbres que lo anclan al pasado, o a la monotonía de la cotidianidad (dejaron las redes, la barca y a su padre). Pero además, con la responsabilidad de llevar a cabo una misión: hablar del Reino y cambiar la vida de la gente oprimida y olvidada:

Andaban por toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando la buena nueva del Reino de Dios y curando a la gente de toda enfermedad y dolencia (Mt 4,23).

Pero…, hoy, en este mundo “híper-moderno”, ¿qué luz nos ilumina?, ¿quién, o cuál, es nuestro referente? Tal vez estas mismas preguntas pasaron por la mente de Pablo cuando en Corinto se enfrentó a una comunidad confundida, que había perdido su referente y no sabía por dónde caminar:

Les digo esto, porque cada uno de ustedes ha tomado partido, diciendo: “Yo soy de Pablo, yo de Apolo, yo de Pedro, yo de Cristo” ¿Acaso Cristo está dividido? ¿Es que Pablo fue crucificado por ustedes? ¿O han sido bautizados ustedes en nombre de Pablo? (1Cor 1,12-13).

Tal confusión era la causa de aquello que el apóstol se lamenta:

Me he enterado, hermanos, por algunos servidores de Cloe, que hay discordia entre ustedes (v. 11).

La discordia engendra divisiones y odio; el egoísmo, injusticias y la maldad, muerte. ¿No es acaso la realidad de Corinto un reflejo de lo que somos hoy como sociedad? Por ello, insistimos en las preguntas arriba planteadas: ¿Qué luz nos ilumina? ¿Quién, o cuál, es nuestro referente?

ACTUAR

Somos un pueblo que camina en tinieblas, pero al mismo tiempo  – por increíble que parezca –   poseemos el don de una gran luz, necesaria y suficiente para mitigarlas: el Señor habita entre nosotros.

Cada una y cada uno de nosotros, al ser bautizados, asumimos un compromiso que está en función del hermano. Estamos llamados a caminar por otros caminos, a movernos hacia otros horizontes. Ya no sólo Cristo, también nosotros somos luz que resplandece sobre los pueblos.

Esto nos lleva a preguntarnos:

  • ¿Somos referente para otros?
  • ¿Iluminamos la tristeza y la desesperanza de los que sufren?
  • ¿Anunciamos, con nuestra vida, la llegada del Reino en los corazones abandonados, solitarios y opacados por el odio?
  • ¿En qué territorios de este mundo (barrios, colonias, periferias, campos de refugiados, hospitales, prisiones, hogares, escuelas, albergues…), nos hacemos presentes y, desde allí, comenzamos un cambio de paradigmas y una transformación radical del tejido social?
  • ¿Cuántos jóvenes, de manera particular, viven en tinieblas, desorientados en un camino sin sentido? ¿Les salimos al encuentro?

El Papa Francisco nos anima a ser luz, a no dejar de lado nuestra vocación educadora y referencial:

La educación de los hijos debe estar marcada por un camino de transmisión de la fe, que se dificulta por el estilo de vida actual, por los horarios de trabajo, por la complejidad del mundo de hoy donde muchos llevan un ritmo frenético para poder sobrevivir. Sin embargo, el hogar debe seguir siendo el lugar donde se enseñe a percibir las razones y la hermosura de la fe, a rezar y a servir al prójimo… (AL 287).

 Hermanos: Los exhorto, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo, a que todos vivan en concordia y no haya divisiones entre ustedes, a que estén perfectamente únicos en un mismo sentir y en un mismo pensar (1Cor 1,10).

¿Cuál deseamos que sea el ritmo, la pauta, el discurso, la armonía, la palabra, la mirada, la melodía…, la banda sonora de cada mañana?

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

Yo lo vi y doy testimonio…

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este-es-el-corderoENERO 15 DE 2017

DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO

Nos adentramos, nuevamente, en el Tiempo Ordinario; tiempo litúrgico que nos irá preparando, poco a poco, en la escucha de la Palabra y en el reencuentro con Jesús y su mensaje, hasta llegar al inicio de la Cuaresma (Miércoles 1° de marzo). Después de recordar y celebrar el Misterio de la Encarnación (durante el Tiempo de Navidad), que marca el ingreso de Dios en la historia humana, es necesario ahora dar un paso más y encontrarnos, así, con el Jesús maduro, que vive y actúa en esa misma historia de la humanidad, transformándola con su predicación y con la fuerza de su Espíritu. La liturgia de este día, de manera particular en el evangelio de Juan (1,29-34), nos presentará una especie de relevo en el camino de la Revelación: Juan Bautista terminará su misión y el anuncio del Reino que viene dando testimonio y confirmando que Jesús, a quien debe bautizar, es el Mesías esperado; a partir de ese momento es a Él a quien deben seguir aquellos que buscan la verdad.

Los textos para este domingo son: Is 49,4.5-6; Sal 39; 1Cor 1,1-3 y Jn 1,29-34.

VER

Ubicar e identificar a la persona idónea que deba ocupar un puesto determinado, o asumir una responsabilidad laboral o de liderazgo; saber con precisión quién es aquella, o aquél, con quien compartiré el resto de mi vida, o incluso, aquellos a los que me sumaré en una experiencia de comunión y compromiso…, no es tarea fácil. Son decisiones que requieren tiempo, conocimiento de la realidad, observación profunda de las circunstancias, discernimiento y, sin lugar a dudas, autoconocimiento.

Existen referentes y parámetros que nos ayudan en estas búsquedas, si estamos atentos a ellos, si los escuchamos con detenimiento, o si dejamos que nos interpelen, podremos entonces establecer una relación entre la realidad, los acontecimientos y la vida, y en esta red de relaciones encontraremos los elementos necesarios que nos ayuden a ubicar e identificar a la persona que buscamos, e incluso, ayudar a otros a que la encuentren.

“Explosión”, canción de Julieta Venegas, concluye con estas palabras que reflejan la desolación de nuestra sociedad y el fracaso de nuestras búsquedas:

Justicia va por las calles,
pidiendo entrada en cualquier dirección.
Nadie la escucha ni mira,
no saben bien para qué sirvió.
Es la memoria perdida:
¿A quién toca despertar?
Tanto tiempo perdido…

El salmista, en cambio, nos anima a recuperar la esperanza en el Señor y a proclamar su justicia:

Esperé en el Señor con gran confianza; él se inclinó hacia mí y escuchó mis plegarias. Él me puso en la boca un canto nuevo, un himno a nuestro Dios… He anunciado tu justicia en la gran asamblea; no he cerrado mis labios, tú lo sabes, Señor (Sal 39,2.4.10).

Te propongo, si gustas, escuchar la canción completa dando clic a la siguiente liga:

https://www.youtube.com/watch?v=7T3DfigsuL4

JUZGAR

El evangelio de Juan inicia con la reacción del Bautista ante la cautivadora personalidad de Jesús y el testimonio impostergable que surge de esa experiencia:

En aquel tiempo, vio Juan el Bautista a Jesús, que venía hacia él, y exclamó: “Éste es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29).

Testimonio que tiene la intención de aclarar las dudas de los demás, respecto de si el Mesías había de venir y el Reinado de Dios con él. Para ello, Juan el bautista tuvo que pasar por un proceso de búsqueda y discernimiento, viviendo en la mística del desierto, observando cada elemento y escudriñando toda palabra que le fuera dirigida, hasta encontrar y descubrir la respuesta que le permitiera identificarlo y estar seguro de que era Él, y no otro:

“Vi al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y posarse sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquel sobre quien veas que baja y se posa el Espíritu Santo, ése es el que ha de bautizar con el Espíritu Santo’ (1,32-34).

El Espíritu es la clave. Sólo esa fuerza divina que nos unge, hace de Jesús, y de todo hombre que sea bautizado, un testigo de la Palabra verdadera y un enviado de parte de Dios para liberar y hacer justicia a los oprimidos de este mundo; para bautizar con fuego y perdonar, por siempre, los pecados. Pero, para reconocer al Espíritu, en la propia vida y en la de otros, es necesario remitirse al corazón y escuchar, allí, la voz de Dios.

La semana pasada escuchamos las palabras del profeta Isaías, que nos decía: Sobre ti resplandece el Señor (60,1). Hoy, el mismo profeta es portavoz de un mensaje de parte de Yahvé: en ti manifestaré mi gloria (49,3). En medio del pueblo y de la condición humana, surgirá el enviado de Dios, la Palabra que se hizo hombre y habita entre nosotros (Jn 1,14). Pero es el Espíritu, insistimos, quien hace evidente ante nosotros el resplandor y la gloria del Señor.

Vi al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y posarse sobre él: Éste es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo. Pues bien, yo lo vi y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios. (Jn 1,32.24.34).

¿Qué enseñanza nos deja? Nuevamente nuestra condición bautismal entra en escena y, ahora, desde dos vertientes: una, la que viene de Juan, dando testimonio al mundo de que Jesús es la verdad plena; dejando de lado nuestros protagonismos y permitiendo que la vida y la historia encuentren en Él su centro, su referente y su sentido más profundo. La otra, la que viene de Jesús: nosotros, al igual que él, hemos sido bautizados y el Espíritu se ha posado sobre cada uno. Eso nos imprime un carácter: somos ungidos, y nos capacita para una misión:

Recibirán la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre ustedes, y serán testigos míos en Jerusalén, Judea y Samaría y hasta el confín del mundo (Hch 1,8).

ACTUAR

El bautista reconoció con humildad: Yo no lo conocía (Jn 1,31.33). De ese modo, también con humildad, nos preguntamos: ¿Conozco a Jesús? ¿Doy testimonio de él? ¿El mundo, que se desmorona y vive en oscuridad, lo conoce?

Estamos llamado a gritar en las plazas, en las calles, en medio de las guerras, de frente a las adversidades: ¡Este es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo! (Jn 1,29).

El Papa Francisco, en su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2017 (3), nos exhorta:

También Jesús vivió en tiempos de violencia. Él enseñó que el verdadero campo de batalla, en el que se enfrentan la violencia y la paz, es el corazón humano: «Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos» (Mc 7,21). Pero el mensaje de Cristo, ante esta realidad, ofrece una respuesta radicalmente positiva: él predicó incansablemente el amor incondicional de Dios que acoge y perdona, y enseñó a sus discípulos a amar a los enemigos (cf. Mt 5,44) y a poner la otra mejilla (cf. Mt 5,39)… Ser hoy verdaderos discípulos de Jesús significa también aceptar su propuesta de la no violencia. Esta —como ha afirmado mi predecesor Benedicto XVI— «es realista, porque tiene en cuenta que en el mundo hay demasiada violencia, demasiada injusticia y, por tanto, sólo se puede superar esta situación contraponiendo un plus de amor, un plus de bondad. Este “plus” viene de Dios»:

Recibirán la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre ustedes… (Hch 1,8).

A todos ustedes, a quienes Dios santificó en Cristo Jesús y que son su pueblo santo, así como a todos aquellos que en cualquier lugar invocan el nombre de Cristo Jesús, Señor nuestro y Señor de ellos, les deseo la gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y de Cristo Jesús, el Señor (1Cor 2-3).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

Sobre ti resplandece el Señor…

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francia-refugiados-1024x683-jpeENERO 8 DE 2017

LA EPIFANÍA DEL SEÑOR (Solemnidad)

¡LLEGA TU LUZ, LA GLORIA DEL SEÑOR AMANECE SOBRE TI!

Hoy celebramos la Epifanía del Señor. ¿Sabes qué es la Epifanía?: es una palabra de origen griego que significa manifestación, darse a conocer. Entender el significado de las palabras nos ayuda a comprender los acontecimientos, pero… ¿comprendemos realmente los acontecimientos? ¿Tienen algo que ver con nuestras vidas? ¿Repercuten en ella, le dan sentido?

La Liturgia de la Palabra, en esta solemnidad, nos ofrece los siguientes textos: Is 60,1-6; Sal 71; Ef 3,2-3.5-6 y Mt 2,1-12.

VER

Hoy, ¿qué mundo, o que realidad, deseamos se nos manifieste? ¿Hay algo que quisiéramos nos fuese revelado? ¿Alguna noticia, o información importante, que cambiara el rumbo de la historia y de los acontecimientos?

Sin duda, todos deseamos algo nuevo. Nuestras miradas, junto con la agudeza del oído, están atentas al devenir de los sucesos cotidianos, tratando de identificar, entre el caos y el descontrol, algún acto distinto, tal vez contradictorio (puesto que irá en sentido opuesto a lo que ya es ordinario, protocolario y convencional), que se convierta en un referente que pueda mantener viva la esperanza. Pero el panorama no es en realidad esperanzador…

Nuestros ojos ven con tristeza (ya lo hemos dicho en otras ocasiones) violencia, corrupción, indiferencia, autoritarismo, prepotencia, pobreza, desempleo…; nuestros oídos sólo escuchan el discurso demagógico de la política, la falacia en las propuestas oportunistas que se cuelan entre las miserias y el sufrimiento de la humanidad, con “grandes discursos” o “gritos de rebelión y guerra”, que no llevan a ninguna solución. Vemos, además, cómo el descontento de la gente, en las irresponsables manos de pequeños grupos quienes “manifiestan” lo que no buscamos, se va desvirtuando poco a poco y se convierte en terror y miedo.

Levanta los ojos y mira alrededor… (Is 60,4).

JUZGAR

El encuentro de los magos de oriente con Jesús y con María, narrado por Mateo, es un hecho que pertenece al pasado y que ha sido recuperado por la tradición cristiana a través de los siglos; cuando lo escuchamos en la proclamación del evangelio, o cuando leemos de manera personal, encontramos, tal vez, alguna enseñanza, un motivo para reflexionar y, probablemente, surge algún sentimiento que nos conmueve. No obstante, la Manifestación del Señor es mucho más que eso, va más allá.

Todos los días somos testigos, y nos lamentamos, de la terrible situación por la que pasa nuestro mundo, en la que vive nuestro país y en la que nos encontramos nosotros, ya sea en el trabajo, en la familia, en la sociedad. Pareciera que las palabras del profeta Isaías se pronuncian a propósito: Mira: las tinieblas cubren la tierra y espesa niebla envuelve a los pueblos (60,2). Son tan actuales que nos espanta su realismo, nos agobia y nos paraliza, de tal modo, que corremos el riesgo de sólo ver eso y quedarnos allí.

Pero el mismo profeta nos dice tres cosas para animarnos y ver con optimismo la vida: Llega tu luz…, la gloria del Señor amanece sobre ti (v. 1), levanta los ojos y mira a tu alrededor (v. 4), entonces verás esto radiante de alegría (v. 5).

Esto es hoy la Epifanía: levantar los ojos del suelo para dejar de ver sólo las cenizas que van dejando las desgracias y descubrir en el entorno todos los signos en los que el Señor se manifiesta y llena de alegría nuestra historia. Como los magos, que a pesar de las adversidades y de la maldad de Herodes, decidieron ver más allá y seguir adelante, y de pronto la estrella que habían visto surgir, comenzó a guiarlos (v. 9).

Entraron en la casa y vieron al niño con María, su madre (v. 11). La casa de Belén, cualquiera que haya sido, ya no existe, pero sí la realidad que nos rodea y el hermano que tenemos enfrente; nosotros mismos somos un espacio, una casa, donde el Señor se manifiesta a los demás.

El apóstol Pablo dice que la gracia de Dios se ha distribuido a todos, incluso a los paganos, de tal manera que todos somos partícipes de la misma promesa en Jesucristo (Ef 3,2.6). Esto quiere decir que en todos, absolutamente en todos, el Señor Jesús se hace presente, se manifiesta. Nos hemos convertido en la epifanía que llena de alegría la vida y de esperanza la historia.

ACTUAR

Para la reflexión personal:

  • ¿Has permitido que Jesús se manifiesta en tu vida; le has dejado entrar en ti?
  • ¿Estás dispuesto a levantar la mirada para descubrir en los acontecimientos, en los hechos, en la historia diaria y en la gente que te rodea la presencia del Señor que se manifiesta?
  • ¿Qué manifiestas tú, de Jesús y sus palabras, a los demás?

Y ahora nos preguntamos: ¿Cuál es el misterio en el que Dios se esconde? ¿Dónde puedo encontrarlo? Vemos a nuestro alrededor guerras, explotación de los niños, torturas, tráfico de armas, trata de personas… Jesús está en todas estas realidades, en todos estos hermanos y hermanas más pequeños que sufren tales situaciones (cf. Mt 25, 40.45). El pesebre nos presenta un camino distinto al que anhela la mentalidad mundana. Es el camino del anonadamiento de Dios, de esa humildad del amor de Dios que se abaja, se anonada, de su gloria escondida en el pesebre de Belén, en la cruz del Calvario, en el hermano y en la hermana que sufren.

Los Magos han entrado en el misterio. Han pasado de los cálculos humanos al misterio, y éste es el camino de su conversión. ¿Y la nuestra? Pidamos al Señor que nos conceda vivir el mismo camino de conversión que vivieron los Magos. Que nos defienda y nos libre de las tentaciones que oscurecen la estrella. Que tengamos siempre la inquietud de preguntarnos, ¿dónde está la estrella?, cuando, en medio de los engaños mundanos, la hayamos perdido de vista. Que aprendamos a conocer siempre de nuevo el misterio de Dios, que no nos escandalicemos de la “señal”, de la indicación, de aquella señal anunciada por los ángeles: «un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2,12), y que tengamos la humildad de pedir a la Madre, a nuestra Madre, que nos lo muestre. Que encontremos el valor de liberarnos de nuestras ilusiones, de nuestras presunciones, de nuestras “luces”, y que busquemos este valor en la humildad de la fe y así encontremos la Luz, Lumen, como han hecho los santos Magos. Que podamos entrar en el misterio. Que así sea (Papa Francisco, Homilía en la Solemnidad de la Epifanía del Señor, enero 6 de 2015).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.