Busquen primero el Reino de Dios…

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keep-calm-and-busca-el-reino-de-dios-y-su-justicia-1FEBRERO 26 DE 2017

DOMINGO VIII DEL TIEMPO ORDINARIO

Este domingo será el último del tiempo ordinario antes de la Cuaresma, que iniciará el próximo 1 de marzo con la celebración del Miércoles de Ceniza. Las lecturas de la liturgia tocan, en conjunto, dos temas: la confianza en Dios y la centralidad del Reino en la vida de los creyentes; ambos, se convierten en un preámbulo para el inicio de la cuaresma, tiempo en el que seremos interpelados sobre nuestra forma de vivir, según las propuestas del Reino, e invitados a la conversión.

Los textos para la liturgia de este domingo son: Is 49,14-15; Sal 61; 1Cor 4,1-5 y Mt 6,24-34.

VER

En todas nuestras decisiones y proyectos de vida, en los planes que tenemos en mente para luego ser realizados e, incluso, en las relaciones que entablamos con nuestros semejantes, establecemos una serie de prioridades que orientan el rumbo de todo eso que hacemos, o estamos por hacer.

También hay prioridades en el trabajo, en la política, en la educación, en la salud, en la vivencia de la fe. Siempre hay algo, o alguien, que debe estar primero, por sobre muchas otras cosas.

Sabemos que las prioridades, o lo prioritario (como le queramos llamar), poseen un valor intrínseco que no se puede menospreciar ni posponer cuando una situación nos mete en la disyuntiva de tomar decisiones (en ese momento debemos tener claro qué es lo primero).

Por ejemplo: una madre y un padre, ante la enfermedad de un hijo, tendrán como prioridad su salud y los cuidados necesarios para su recuperación (cueste lo que cueste), y nos los caprichos o las necesidades personales, como un viaje, un par de zapatos nuevos, o una fiesta…

De igual manera los gobiernos, sus responsabilidades administrativas deben tomar en cuenta las necesidades del pueblo y, a partir de ello, priorizar.

Sin embargo, en muchas ocasiones, ponemos nuestra atención y volcamos nuestras fuerza en las cosas secundarias y superfluas, con el riesgo latente de cometer injusticas.

JUZGAR

El evangelio de Mateo (6,24-34) abre la intervención de Jesús con un discurso que deja entrever una situación conflictiva en la que, seguramente, se habían enfrascado los mismos discípulos: la disyuntiva que ponía en entredicho la fidelidad y las prioridades de la vida.

Nadie puede servir a dos amos, porque odiará a uno y amará al otro, o bien obedecerá a uno y no le hará caso al segundo. En resumen, no pueden ustedes servir a Dios y al dinero (v. 24).

Toda indecisión respecto de lo que es más importante trae consigo otros problemas, marcados por la duda, la desconfianza y la incertidumbre. Cuando dejamos de ver las prioridades de la vida, o ponemos todo nuestro ser y hacer en cosas secundarias, perdemos el piso y comenzamos a divagar en un mundo de elucubraciones y desaciertos.

Entonces, la desconfianza se apodera de nosotros y con ella, incluso, la desesperanza: nos queda la sensación de que ya nada es posible…

Lo que Mateo describe entre los versículos 25 y 30, pone en evidencia los contrastes y las contradicciones a la que el hombre ha llegado, cuando pierde de vista el sentido y el valor de las cosas materiales en relación con la vida.

Los sistemas económico, políticos y de mercado, han creado necesidades de consumo bajo el pretexto de satisfacer aspectos importantes, o prioritarios, en la vida de la gente: comer, vestir y acumular bienes sin provecho alguno. Es cierto que, como seres vivos que somos, necesitamos alimentarnos, cubrir nuestro cuerpo y poseer, en cierta medida, bienes que nos permitan tener una vida digna; es parte de la naturaleza humana. El problema es que, cuando lo prioritario en ello se convierte en conflicto, nuestras relaciones con los demás se sustentan en una lucha de poderes.

¿A caso no vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? (v. 25).

De esa concepción de la vida, basada en un asistencialismo que cubre, sin mayor criterio que el dar para obtener favores, las necesidades básicas y los derechos inalienables del hombre (derecho a la educación, a la vivienda, al vestido, a la alimentación, a la salud…), se sostiene, a veces, una inadecuada idea de la providencia divina (como si fuera un sistema de asistencia más):

Quizás no exista otro concepto religioso en nuestra tradición cristiana que se haya prestado tanto al desconcierto, al abuso y a la manipulación, como el de la providencia de Dios. Ha servido para todo: para encubrir la falta de esfuerzo y trabajo personal y aceptar con fatalismo lo que venga; para aquietar nuestra conciencia ante la injusticia y la opresión de los pobres, esperando que la providencia cuide de ellos. A veces llamamos instintivamente providencia a la abundancia y al bienestar, o nos sentimos apartados de ella cuando llaman a nuestras puertas la penuria y el sufrimiento. En el fondo, si no sabemos a qué atenernos respecto a la providencia de Dios, es porque quizás hasta ahora no hayamos leído con seriedad el sermón del monte (Luis A. Schökel, La Biblia de Nuestro Pueblo).

La conclusión del evangelio es contundente y clara: Los que no conocen a Dios se desviven por todas estas cosas… (v. 31). Son todos aquellos que comenten injusticias, atropellos, abusos y desconcierto entre el pueblo.

Pero hay algo más, Jesús lanza un imperativo con el que diluye la disyuntiva entre servir a dos amos (v. 24) y aclara el conflicto que de ello surge:

Busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todas etas cosas se les darán por añadidura (v. 33).

Debe quedar claro que la prioridad, a partir de los criterios del evangelio, es el Reino de Dios, que supone un estilo de vida basado en la fraternidad y en la igualdad; un reino donde hay sitio para todos (en contraste con otros reinos); a al mismo tiempo, de él aflora la exigencia (como consecuencia lógica) de vivir, actuar y trabajar animados por la justicia, propia de ese Reino, que reafirma la igualdad y la equidad entre los hombres.

Cuando la vida de una sociedad, o de un individuo, se mueven sólo por la “búsqueda de la añadiduras” (de lo secundario, o de lo que ambiciona), pierde toda dimensión de justicia, dando como resultado la violencia, la desigualdad y la lucha fratricida por la pertenencia de la tierra. Jesús no ignora ni minimiza las necesidades y los derechos de los hombres, él sabe que deben comer y vestir, tanto así, que en varias ocasiones lo recuerda e interpela al pueblo respecto de sus acciones (p, ej. Mt 25,35-36), incluso, se preocupa por los que no han comido y organiza a la gente para que, motivados por el ideal de poner en común, todos reciban pan y pescado para saciar el hambre (Mt 14,13-21). La comunidad primitiva, de la que nos habla el libro de Hechos, se había organizado bajo los mismos criterios de justicia:

Los creyentes estaban todos unidos y poseían todo en común. Vendían bienes y posesiones y las repartían según la necesidad de cada uno (2,44-45). La multitud de los creyentes tenía una sola alma y un solo corazón. Nadie consideraba sus bienes como propios, sino que todo lo tenían en común… No había entre ellos ningún necesitado porque los que poseían campos o casa los vendían, y entregaban el dinero a los apóstoles, quienes repartían a cada uno según su necesidad (4,32.34-35).

Poner el Reino de Dios como prioridad, no significa que debamos desentendernos de las cosas importantes para la vida (trabajo, comida, vestido, casa, diversión, descanso, etc.); tampoco nos exige que suplantemos al hermano por Él, porque resultará ser un mentiroso (injusto) quien dice que ama a Dios y odia (desconoce) a su hermano (1Jn 4,20). Lo que Jesús nos propone -ya lo hemos dicho arriba- es que hagamos del Reino nuestra forma de vida y que actuemos con justicia; sabiendo que cuando ésta existe, todo lo demás ocupa el lugar que le corresponde. Además, la paz que tanto añoramos y deseamos, sólo es posible, de hecho, cuando se vive y se actúa de esa manera: fruto de la justicia es la paz (Is 32,17).

Dejémonos interpelar por estas preguntas:

  • ¿Quién de ustedes, a fuerza de preocuparse, pude prolongar su vida siquiera un momento? (v. 27).
  • Y si Dios viste así a la hierba del campo… ¿no hará mucho más por ustedes, hombres de poca fe? (v. 30).
  • ¿Qué comeremos o qué beberemos o con qué nos vestiremos? Los que no conocen a Dios se desviven por todas estas cosas; el Padre celestial ya sabe que ustedes tienen necesidad de ellas (vv. 31-32).

ACTUAR

Es cierto que los actuales modelos económico y políticos, y la dinámica de vida que marcan las  sociedades modernas, nos complica la existencia; el dinero no alcanza para el sustento necesario y los bienes, que son de todos, han quedado en manos de unos cuantos. Vivimos agobiados y bajo una gran tensión, provocando muchos desequilibrios afectivos, sentimentales, relacionales, laborales y familiares, a tal grado, que todo eso ocupa nuestra atención y nuestras energías… y ya no tenemos tiempo para Dios.

Hoy, el Papa Francisco nos exhorta a vivir con la mirada y el ánimos puestos en el Padre, que es bueno y misericordioso:

Queridos hermanos y hermanas, la página del Evangelio de hoy es un fuerte llamado a confiar en Dios, no se lo olviden, confiar en Dios, que cuida a todos los seres vivientes de la creación, provee el alimento a los animales y se preocupa de los lirios y de la hierba del campo.

Su mirada benéfica y atenta vigila cotidianamente por nuestra vida. Esta procede bajo las amenazas de tantas preocupaciones que nos ponen en riesgo de perder la serenidad y el equilibrio; aunque esta angustia frecuentemente es inútil porque no logra cambiar el curso de los eventos.

Jesús nos exhorta con insistencia a no preocuparnos por el mañana, recordándonos que sobretodo tenemos un Padre que nos ama, que no se olvida jamás de ninguno de sus hijos: confiarse a él no resuelve mágicamente los problemas, pero nos permite afrontarlos con el ánimo justo, con coraje. Y soy valiente porque me confío a mi Padre que cuida todo y me quiere mucho (Ángelus, febrero 26/2017).

No se preocupen por el día de mañana, porque el día de mañana traerá ya sus propias preocupaciones. A cada día le bastan sus propios problemas (Mt 6,34).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

Recomendaciones:

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¡Sean santos!

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teodioFEBRERO 19 DE 2017

DOMINGO VII DEL TIEMPO ORDIANRIO

En las lecturas de este domingo encontramos una novedosa propuesta de santidad, cómo ser santos, basada en el amor al prójimo y en el servicio. Para ello la Liturgia de la Palabra nos presenta los siguientes textos: Lv 19,1-2.17-18; Sal 102; 1Cor 3,16-23 y Mt 5,38-48.

VER

¿Qué sentido pueden tener hoy, para nosotros, los conceptos de justicia, de santidad y de servicio? A menudo los escuchamos y recurrimos a ellos cuando las circunstancias lo exigen, o lo ameritan: exigimos justicia, deseamos la santidad en el otro, particularmente en nuestros líderes eclesiales, y admiramos el servicio, sobre todo cuando nos beneficia y no representa, por supuesto, alguna exigencia para nosotros.

Definimos la justicia de muchas maneras, aunque la llevamos a la práctica a través de la retribución (“dar a cada quine lo que se merece”), bajo criterios y normas civiles convencionales que, dicho sea de paso, no siempre son justas. La santidad, como concepto, es abstracto y como experiencia, es totalmente ajena al estilo de vida del hombre moderno; pertenece al pasado, o, en todo caso, a mujeres y hombres fuera de serie. Por su parte, el servicio, visto desde la óptica del evangelio, es impracticable en sociedades servilistas, regidas por el exceso de trabajo y la explotación de la persona, donde todo apunta a “ganar” y a ser retribuido. Nos encontramos inmersos en la inercia de un círculo vicioso.

JUZGAR

Cuando hablamos de santidad hablamos de vocación. No debemos olvidar que el llamado (vocatio) que Dios nos hace es, precisamente, a ser santos y, además, a ser santos como Él. Así lo expresa el libro del Levítico:

Habla a la asamblea de los hijos de Israel y diles: Sean santos, porque yo, el Señor, soy santo (Lv 19,2).

La Sagrada Escritura nos ha revelado que la dignidad de la persona tiene sus fundamentos en dos presupuestos incuestionables: uno, que el hombre (varón y mujer) fue creado desde el origen a imagen y semejanza de Dios (Gn 1,26); dos (mismo que ya hemos mencionado), en cada individuo se anida la posibilidad latente de ser santos como Yahvé. Así, podemos afirmar que dignidad y santidad son equivalentes, en el sentido que se es digno porque se vive dando respuesta al llamado de Dios (ser santos), y en la medida que respondemos a dicho llamado, asumimos y confirmamos nuestra dignidad creatural.

¿Qué nos proponen concretamente los textos que hoy escuchamos?

La santidad es fuente de misericordia, de bondad, de abundancia y de perdón; por ella, y sólo por ella, se pueden comprender las prescripciones establecidas en el Levítico (19,1-2.17-18) y lo que Jesús propone en el evangelio de Mateo (5,38-48):

  • No odies a tu hermano, no te vengues de él, no le guardes rencor.
  • Ámalo como a ti mismo.
  • Da al que te pide y no le des la espalda.
  • Ama a tu enemigo, ruega por los que te persiguen y calumnian.

La semana pasada (Domingo VI) vimos que Mateo nos presentaba la postura de Jesús ante la ley y el modo de enfrentar los conflictos sociales y morales de la época (las ofensas, matar, el adulterio, el repudio y los falsos juramentos). Hoy la liturgia reanuda el discurso con otro conflicto: la venganza. Práctica abalada por la tradición y sustentada en un antiguo principio jurídico (conocido como ley del talión) que, al parecer, era de uso común entre la gente; considerado como un modo sencillo, pero contundente, de aplicar la justicia de manera retributiva.

En este texto, como en el precedente, nos encontramos con la misma didáctica de Jesús que comienza con han oído que se dijo… (vv. 38 y 43), seguida de una contraparte, que representa para la tradición un conflicto y una crisis, puesto que se convierte en signo de contradicción (Jesús mismo es signo de contradicción, cf. Lc 2,34): yo, en cambio, les digo (vv. 39 y 44). En los casos anteriores, Jesús complementa la ley con añadidos cargados de justicia, que animan a respetar la vida y de la dignidad del hermano. Ahora, sin menoscabo de la ley, antepone un nuevo paradigma, que, de hecho, mete en conflicto a los oyentes y les plantea retos desmesurados (pues el amor y el perdón no tienen medida) en el modo de vivir y pensar la justicia: presentar la otra mejilla, ceder el manto, caminar más de lo exigido; dar, prestar y no dar la espalda a quien se encuentre necesitado (vv. 39-42).

Con la tibieza y la mediocridad de una mirada convencional (aquella que no ve más allá de lo “convenido”), podríamos suponer que el Señor nos pide someternos y humillarnos, de manera irracional, para no entrar en conflicto con acreedores o detractores, cediendo, sin más, ante sus exigencias. Pero no es así.

Jesús, por el contrario, abre la posibilidad de una ley nueva, basada en el amor al prójimo y animada por exigencias distintas, que sólo pueden surgir de la santidad y la justicia divinas, como criterios que orientan y tensan la respuesta a ser santos:

Han oído que se dijo: Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo. Yo, en cambio, les digo: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian y rueguen por los que los persiguen y calumnian, para que sean hijos de su Padre celestial, que hace salir su sol sobre los buenos y los malos, y manda su lluvia sobre los justos y los injustos.

Porque, si ustedes aman a los que los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen eso mismo los publicanos? Y si saludan tan sólo a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen eso mismo los paganos? (Mt 5,43-47).

Amar a los enemigos y rogar por ellos, representan una novedad sin precedentes; las acciones llevadas al límite, como poner la otra mejilla o desprenderse de las propias pertenencias, más allá de ser gestos despreciables de humillación, son una franca ruptura con los atavismos y las formas ordinarias de asumir y aplicar la justicia; son un signo de rebeldía contra las costumbres ordinarias, cuyo único fruto es el odio. Lo que Jesús propone, en concreto, es hacer y poner en práctica lo que, hasta ahora, nadie se había atrevido a hacer: buscar la perfección y la santificación a través del amor y el servicio, no por el incondicional cumplimiento de la ley.

Ustedes, pues, sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto (Mt 5, 47).

 ACTURA

Nuestra vocación a la santidad está acompañada y asistida por una fuerza que no permite que decaiga y se desvirtúe: el aliento de Dios en nosotros, su Espíritu transformador:

Hermanos: ¿No saben ustedes que son el templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes? (1Cor 3,16).

Quien posee el Espíritu de Dios:

  • No odia a su hermano, no se venga de él, ni le guarda rencor.
  • Lo ama como a sí mismo.
  • Da al que le pide y no le da la espalda.
  • Ama a su enemigo, ruega por los que lo persiguen y lo calumnian.

 

Pero yo les digo…

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caminosFEBRERO 12 DE 2017

DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO

A partir de este Domingo VI, la Liturgia de la Palabra, particularmente a través del Evangelio, nos presentará la postura que Jesús toma ante la ley y su crítica respecto del raso cumplimiento, ofreciendo una alternativa que lleva a ver más allá de la ley escrita, no para ignorarla sino para cumplirla bajo otros criterios y con otra proyección.

Los textos son: Sir 15,16-21; Sal 118; 1Cor 2,6-10 y Mt 5,17-37.

VER

Somos parte de sociedades regidas por leyes y normas, con las que se miden y modulan algunos de nuestros actos; además de regular las diferentes relaciones que establecemos en el cotidiano devenir de nuestra vida.

En el fondo, esas leyes y normas cumplen con una vocación: han sido diseñadas para proteger los derechos del individuo y de la sociedad; para garantizar la soberanía de las naciones y para mantener el orden necesario, de tal manera, que sea posible cohabitar, unos con otros, en el marco de una sana convivencia. Pero, uno de los tópicos más importantes en la función que debe cumplir toda legislación se centra en garantizar el respeto a los derechos humanos y la dignidad de la persona.

En esta línea de prioridades, el proyecto constitucional para la Ciudad de México ha contemplado en el rubro de Derechos humanos y libertades un diseño ampliamente inclusivo que garantice la equidad de género, entendida como igualdad de oportunidades; los derechos de la infancia y la adolescencia, que garanticen su pleno desarrollo; los de las personas con discapacidad, para lograr una inclusión real; y los de los Adultos Mayores, pues nuestra Ciudad es la entidad que tiene el mayor porcentaje de habitantes de 60 años o más; sin por ello mermar los derechos de los ciudadanos que, no perteneciendo a ningún grupo vulnerable, son la mayoría, también forman parte muy importante de nuestra sociedad y deben ser considerados.[1]

Hoy somos testigos, agentes y protagonistas de reformas legislativas, nuevas constituciones y cambios de paradigmas en el modo de hacer valer nuestros derechos, los propios y los ajenos. Al parecer, la intención de todo este movimiento (constitucional, o como se le quiera llamar), es ofrecer a la ciudadanía una serie de leyes (nuevas, o no) que le den la certeza de vivir dignamente en una “ciudad digna”.

/…/Con todo, lo más importante no es tanto una ley escrita, sino su observancia en todo aquello que sea justo y legítimo, así como la lucha por cambiar lo que no corresponda a unos derechos humanos que no fueran del todo reconocidos. Las leyes humanas dependen mucho de quienes las elaboran y, por tanto, están sujetas a revisión y a cambios (cf. Mons. Felipe Arizmendi, De Constitución a Constitución)[2].

 JUZGAR

Si tú lo quieres, puedes guardar los mandamientos; permanecer fiel a ellos es cosa tuya. El Señor ha puesto delante de ti fuego y agua; extiende la mano a lo que quieras. Delante del hombre están la muerte y la vida; le será dado lo que él escoja (Sir 15,15-17).

Así comienza el libro del Sirácide, o Eclesiástico, que hoy escuchamos, poniendo como principio fundamental, en el cumplimiento de la ley, la libertad personal; por medio de ella se pueden elegir el bien o el mal, la vida o la muerte. El autor hace eco de aquellas palabras que Moisés dirigía al pueblo Hebreo, después de recibir las leyes dadas por Yahvé, como garantía de felicidad y libertad:

Mira: hoy pongo delante de ti la vida y la felicidad, la muerte y la desdicha. Si obedeces los mandatos del Señor, tu Dios, que yo te promulgo hoy, amando al Señor, tu Dios, siguiendo sus caminos, guardando sus preceptos, mandatos y decretos, vivirás y crecerás; el Señor tu Dios, te bendecirá en la tierra adonde vas a entrar para conquistarla (Dt 30,15-16).

Resulta por demás interesante escuchar cómo el discurso de la Didaché, (siglos I a II d. C., aproximadamente), el pequeño libro de la doctrina de los doce apóstoles, con el afán de ofrecer una enseñanza de tipo moral (catequesis) sencilla y accesible a los nuevos cristianos (gentiles/paganos/gente de todas las naciones), iluminada desde los criterios del evangelio y alimentada por la revelación contenida en la antigua tradición (AT), comience su enseñanza, precisamente, con la misma idea:

Enseñanza del Señor transmitida a las naciones (a los gentiles) por los Doce Apóstoles: Existen dos caminos, entre los cuales, hay gran diferencia; el que conduce a la vida y el que lleva a la muerte (I, 1).

Antes que cualquier postura que se pronuncie para exigir un derecho (situación que no demeritamos), las enseñanzas surgidas de la Revelación van dirigidas a la conciencia del individuo, o del pueblo, respecto de su libertad de elección (Si tú lo quieres, puedes guardar los mandamientos; permanecer fiel a ellos es cosa tuya: Sir 15,15). Lo primero, entonces, es interpelar la responsabilidad como fruto de la libertad y resaltar los compromisos que de ella surgen, o se asumen, como fruto de la justicia. Los derechos, en cambio, deben ser leídos desde el otro, en clave de compromiso.

Cuando Jesús dice: No crean que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolirlos, sino a darles plenitud (Mt 5,17), nos está diciendo que la ley escrita no se agota en el raso cumplimiento de las normas y los preceptos allí prescritos (como un “checklist”), sino que deben llevarse a la  vida y transformarse en evidencias y en acciones que repercutan en el bien común, en la felicidad de todos y en el cumplimiento de la justicia.

El que quebrante uno de estos preceptos menores y enseñe eso a los hombres, será el menor en el Reino de los cielos; pero el que los cumpla y los enseñe, será grande en el Reino de los cielos. Les aseguro que si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, ciertamente no entrarán ustedes en el Reino de los cielos (Mt 5,19-20).

En estas palabras encontramos implícita una peculiar pedagogía: la ley no se aplica, se enseña; por ello se convierte en compromiso con el otro y en justicia. Además, podríamos decir que el cumplimiento de la ley es verdadero testimonio.

En este sentido, vemos que Jesús va más allá, pasa del discurso ideal (entrar al Reino de los cielos) al discurso práctico (hacer justicia), marcado por el binomio han oído que se dijo…, pero yo les digo (vv. 21-22; 27-28; 31-32; 33-34). Aquí, la pedagogía es muy sencilla: retoma la ley, la que todos conocen y practican, y le añade nuevos elementos tomados de la vida cotidiana y de la condición humana, cuidando siempre un aspecto esencial: la justicia que emana de la ley debe alcanzar tanto al que la practica como al que se beneficia de esa práctica.

La intención de Mateo no es otra que presentarnos la relación de Jesús con la ley, tomando como referente cinco realidades que, seguramente, en ese tiempo se habían convertido en verdaderos problemas morales y sociales: las ofensas al otro (vv. 21-26), el adulterio (vv. 27-30), el divorcio (vv. 31-32), los falsos juramentos (vv. 33-37) y la venganza (vv. 38-48: éste última será el tema central del evangelio del próximo domingo). Dicha relación se complementa con el cambio de paradigmas que el mismo Jesús establece al ofrecer una enseñanza propositiva y provocadora.

Sin más, considero que para ahondar en la reflexión, lo mejor será remitirnos directamente al texto del evangelio y escucharlo. Ya no es necesario explicar y abundar sobre lo que el Jesús mismo explica y aclara.

Baste con resaltar que el mandato de no matar se amplía hacia las faltas de respeto que denigran la dignidad del otro (quien sea) y la necesidad de practicar la reconciliación; el mandato de no cometer adulterio, a la par de lo prescrito sobre el repudio de la mujer, se convierten en una especie de espejo donde podemos ver reflejadas las “pequeñas acciones” con las que pasamos por encima de la dignidad y la integridad no sólo de la mujer, sino de tantos hombres sometidos y despreciados. Aquí, la radicalidad de las propuestas (sacarse los ojos o cortarse las manos), no deben entenderse y practicarse al pie de la letra, sino verlas como un modo de simbolizar el rompimiento con el pecado a través de la conversión. Por último, al mandato de no jurar en falso, Jesús lo remite hacia las prácticas que llevan al hombre a cometer sacrilegios, corrupción y masoquismo (falsos sacrificios), invitando a evitarlas de manera contundente y con actitud determinada. Aquí el texto (Mt 5,21-37):

  • Han oído que se dijo a los antiguos: No matarás y el que mate será llevado ante el tribunal. Pero yo les digo: Todo el que se enoje con su hermano, será llevado también ante el tribunal; el que insulte a su hermano, será llevado ante el tribunal supremo, y el que lo desprecie, será llevado al fuego del lugar de castigo. Por lo tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda junto al altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve luego a presentar tu ofrenda. Arréglate pronto con tu adversario, mientras vas con él por el camino; no sea que te entregue al juez, el juez al policía y te metan a la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo.
  • También han oído que se dijo a los antiguos: No cometerás adulterio. Pero yo les digo que quien mire con malos deseos a una mujer, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Por eso, si tu ojo derecho es para ti ocasión de pecado, arráncatelo y tíralo lejos, porque más te vale perder una parte de tu cuerpo y no que todo él sea arrojado al lugar de castigo. Y si tu mano derecha es para ti ocasión de pecado, córtatela y arrójala lejos de ti, porque más te vale perder una parte de tu cuerpo y no que todo él sea arrojado al lugar de castigo.
  • También se dijo antes: El que se divorcie, que le dé a su mujer un certificado de divorcio; pero yo les digo que el que se divorcia, salvo el caso de que vivan en unión ilegítima, expone a su mujer al adulterio, y el que se casa con una divorciada comete adulterio.
  • Han oído que se dijo a los antiguos: No jurarás en falso y le cumplirás al Señor lo que le hayas prometido con juramento. Pero yo les digo: No juren de ninguna manera, ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es donde él pone los pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del gran Rey. Tampoco jures por tu cabeza, porque no puedes hacer blanco o negro uno solo de tus cabellos. Digan simplemente sí, cuando es sí; y no, cuando es no. Lo que se diga de más, viene del maligno”.

Jesús reconduce los mandamientos a su raíz y a su objetivo último: el servicio a la vida, a la justicia, al amor, a la verdad. No opone a la Ley antigua una nueva ley, sino que la transforma y la lleva hacia una radicalidad sin precedentes, rompiendo todos los moldes y criterios que han dado origen a cualquier legislación humana. En el centro de esta parte del sermón del monte está el respeto sagrado a la persona y la denuncia contra todo aquello que, aun camuflado de artificio legal, atente contra la dignidad del hombre y de la mujer (Luis A. Schökel, La Biblia de Nuestro Pueblo).

ACTUAR

Ni el evangelio ni la Iglesia nos conducen a desentendernos de las leyes civiles y de las obligaciones que tenemos con ellas, antes al contrario, nos motivan a cumplirlas con responsabilidad. Pero más allá de eso, estamos llamados a humanizarlas, poniendo como principio fundamental a la persona.

La plenitud que Jesús trajo a las leyes radica en las enseñanzas que añada a cada precepto y que se traducen en hacer justicia… Siendo así, la plenitud de la ley somos nosotros, sobre todo cuando practicamos la justicia con el hermano.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

[1] http://www.ine.mx/archivos3/portal/historico/contenido/Estados/rsc/docs/Candidatos_Independientes/PROPUESTASNATALIACALLEJAS.pdf

[2] https://es.zenit.org/articles/de-constitucion-a-constitucion/

El justo brilla como luz en la tinieblas (Sal 111)

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sal-y-luzFEBRERO 5 DE 2017

DOMINGO V DEL TIEMPO ORDIANRIO

En sintonía con lo propuesto en la liturgia de los últimos domingos, desde el Bautizo del Señor en el Jordán (Domingo II: Jn 1,29-34), la centralidad de Jesús en la vida de los hombres, como luz y como referente (Domingo III: Is 8,23-9,3 y Mt 4,12-23) y el discurso del monte, con las Bienaventuranzas vistas como el proyecto de Dios puesto en acto a Través de Jesús (Domingo IV: Mt 5,1-12), llegamos, primero, a la fiesta de la Presentación del Señor, o día de La Candelaria (2 de febrero), y luego al Domingo V, en donde la Liturgia de la Palabra ya no sólo presenta a Jesús como la luz y el referente de la humanidad, sino que también nosotros, su seguidores, entramos en esa misma dinámica referencial para el otro: Ustedes son sal de la tierra y luz del mundo (Mt 5,13-14).

Los textos para este domingo son los siguientes: Is 58,7-10; Sal 111; Cor 2,1-5 y Mt 5,13-16.

VER

Tratando de superar el pesimismo y el fatalismo que tiñen hoy nuestras vidas y conforman el panorama social, teniendo claro, sin duda alguna, cuáles son las causas de ello, no pude evitar la tentación de centrar mi atención en una expresión (entre muchas otras) que se va convirtiendo, cada vez más, en síntoma del malestar general de un corazón que, aun cuando sigue latiendo, está enfermo de tristeza, desilusión y desesperanza.

Después de cada discurso político, de cada anuncio oficial sobre los ajustes en la economía; después de “mil noticias” que no hablan de otra cosa más que de la violencia fratricida, o de los grandes fraudes cometidos por autoridades; de la carestía y el hambre, del desempleo y la consecuente migración, etc., a todos nos queda (esta es la expresión) un mal sabor de boca…

El “mal sabor” lo provoca una mala comida, o una comida sin sabor… Utilizándolo como ejemplo para una metáfora de la realidad, podemos afirmar que vivimos inmersos en una sociedad desabrida…  ¿Por qué?: porque sus entrañas se han corrompido y el factor humano que la compone y la integra, y que aporta el elemento esencial en la cohesión de una comunidad fraterna, ha perdido y olvidado el sentido de su vocación original (su verdadero sabor); o es que, acaso, ha entiende de manera equivocada la responsabilidad creatural que el Creador puso en sus manos y en su libertad:

Y dijo Dios:

Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; que ellos dominen los peces del mar, las aves del cielo, los animales domésticos y todos los reptiles. Y creó Dios al hombre a su imagen: a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los creó.

Y los bendijo Dios y les dijo:

Sean fecundos, multiplíquense, llenen la tierra y sométanla; dominen a los peces del mar, a las aves del cielo y a todos los animales que se mueven sobre la tierra.

El Señor Dios tomó al hombre y lo colocó en el jardín del Edén, para que lo guardara y lo cultivara… (Gn 1,26-28; 2,15).

JUZGAR

El mensaje de los textos, en su conjunto, está orientado hacia la conciencia del hombre y su relación con la realidad que lo interpela, sobre todo aquella que grita sometida por el peso de las injusticias. No es un mensaje dirigido a la razón y a la mente, sino al corazón, desde donde el hombre puede tomar conciencia de su entorno y conmoverse. Así lo expresa Pablo en su mensaje dirigido a los Corintios:

Hermanos: cuando llegué a la ciudad de ustedes para anunciarles el Evangelio, no busqué hacerlo mediante la elocuencia del lenguaje o la sabiduría humana, sino que resolví no hablarles sino de Jesucristo, más aún, de Jesucristo crucificado (1Cor 2,1-2).

Pablo contrapone dos realidades (opuestas por supuesto) para provocar en los oyentes un shock: la sabiduría human y la locura de la cruz no pueden estar en la misma zona cuando se habla de la Buena Nueva; no porque el evangelio no deba razonares (hay que hacerlo, de hecho), sino que, al contrario, en este caso, la sabiduría humana (la simple razón) necesita de una luz que le muestre otros horizontes; a veces, esa luz se encuentra más allá de sus parámetros, en las vicisitudes humanas, en sus desgracias o en las contradicciones (como la cruz de Cristo) y hay que orientarla hacia allá. Blas Pascal, lo planteaba de este modo:

El saber acerca de Dios sin tener conocimiento de nuestra miseria, engendra presunción. El saber de nuestra miseria sin tener conocimiento de Dios, engendra desesperación. El saber acerca de Jesucristo crea el camino medio, porque en él encontramos tanto a Dios cuanto a nuestra miseria (Pensamientos, 527).

La “sabiduría humana” se traduce hoy en avances científicos y tecnológicos, en sistemas políticos y económicos; en ciencias diversas que estudian al hombre y al cosmos desde todos los ámbitos; es, en una palabra, el quehacer intelectual con el cual la humanidad ha dominado la creación. No obstante tanta grandeza y tantos éxitos, algo falta en todo eso, que nos deja un mal sabor de boca.

Ustedes son sal de la tierra y luz del mundo (Mt 5,13-14).

La sal sirve para dar sabor y la luz para iluminar…, nada que no sepamos o que no hayamos experimentado a lo largo de nuestras vidas. Pero estos elementos ordinarios, desde la proyección del evangelio, toman otra dimensión y cobran un significado distinto: los hombres y las mujeres podemos vivir de manera convencional, observando reglas y normas que nos pueden mantener en un nivel de vida sin sobresaltos, cómodos, pero sin novedades ni retos. Siendo así, nos moveríamos bajo un patrón de comportamiento ordinario, plano y regular (marcado por reglas). Seríamos como ciudad oculta, vela encendida bajo una olla, o como la sal insípida que ya no sirve para nada y se tira a la calle para que la pise la gente (5,13).

La advertencia: «si la sal se vuelve insípida» resuena quizás hoy en día con más urgencia que en otras épocas de la historia de la evangelización de la Iglesia. Nuestro mundo postmoderno, que ha dado ya la espalda a todas las ideologías, sólo reacciona ante el impacto del testimonio, y sin el testimonio de una vida cristiana seria y consecuente, la Buena Noticia se convertirá en una ideología más; habrá perdido todo su sabor. En la misma línea se mueve la comparación de los cristianos con la luz del mundo. Más explícitamente que la sal, la luz evoca el mensaje de Jesús reflejado en la conducta diaria de sus seguidores.

San Pablo dirá: «si en un tiempo eran tinieblas, ahora son luz por el Señor: vivan como hijos de la luz» (Ef 5,8). También la luz, sin el testimonio, es opaca; brilla solamente a través de las obras. En cambio, el Espíritu que recibimos al ser bautizados nos capacita para ir más allá…, para ser sal y luz, ciudad en lo alto y vela que alumbra toda la casa (Luis A. Schökel, La Biblia de Nuestro Pueblo).

El exordio de Jesús, sean sal y sean luz, queda inscrito en el sermón del monte (Mt 5,1-12) y lo complementa al marcar con ello el modo de llevarlo a la vida…

¿Cómo lo podemos hacer vida?

ACTUAR

¿Cómo ser sal, cómo ser luz, cómo iluminar? El profeta Isaías (58,7) nos da la respuesta:

  • Compartiendo el pan con el hambriento.
  • Abriendo tu casa a los pobres sin techo.
  • Vistiendo al desnudo.
  • No dar la espalda al hermano.

Cuando renuncies a oprimir a los demás y destierres de ti el gesto amenazador y la palabra ofensiva; cuando compartas tu pan con el hambriento y sacies la necesidad del humillado, brillará tu luz en las tinieblas y tu oscuridad será como el mediodía (Is 58, 9-10).

¿Bajo qué criterios? Desde la perspectiva de Pablo son dos los criterios que rigen nuestro actuar (1Cor 2,4-6):

  • El Espíritu Santo (que hemos recibido en el bautizo).
  • El poder de Dios (su Palabra).

Que de igual manera brille la luz de ustedes ante los hombres, para que viendo las buenas obras que ustedes hacen, den gloria a su Padre, que está en los cielos (Mt 5,16).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.