Yo soy la vida…

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¿Cuántas muertes, o cuántas vidas habrá ocultas debajo de la tierra?

ABRIL 2 DE 2017

DOMINGO V DE CUARESMA

La Liturgia de la Palabra en este domingo nos remite a un acontecimiento siempre llamativo y cargado de símbolos, que nunca falta en el imaginario religioso de tanta gente: la resurrección de Lázaro. El hecho narrado por Juan es complementado con dos textos más, uno del Antiguo y otro del Nuevo Testamento, los cuales ponen de relieve la acción del Espíritu de Dios y sus papel en función de la vida y la plenitud del hombre.

Los textos son los siguientes: Ez 37,12-14; Sal 129; Rm 8,8-11 y Jn 11,1-45.

VER

Toda muerte es motivo de tristeza y desesperanza. Cada muerte que experimentamos, dentro o fuera de la familia, cercana o lejana, nos sobrecoge y nos sorprende; en esos momentos nos hacemos conscientes de un aspecto propio de la naturaleza humana que no alcanzamos a entender, ni podemos modificar, superar o erradicar: la impotencia. Una vez que la muerte llega, de la forma que sea, nada podemos hacer para evitarla o detenerla.

Los duelos más dolorosos son aquellos que se convierten en verdaderas batallas contra el tiempo, contra el destino, contra Dios mismo y contra los demás (alguien tiene que ser culpable…), porque nos “enfrentamos” a la muerte en lugar de asumirla y contemplarla como el misterio que es.

Hay un tiempo para nacer y un tiempo para morir… (Ecl 3,2). Es un hecho que la muerte acompaña la historia de la humanidad desde su origen y late, subyacente, cada día, cada hora, en todo momento… Las religiones, la filosofía, las cosmogonías, la antropología y las ciencias de la salud han dedicado una palabra para definir, explicar y tratar de comprender tal misterio; nadie, absolutamente nadie, puede sustraerse a ella, porque la muerte (morir) es parte de la vida.

Pero la muerte tiene otro rostro, modelado por la voluntad del hombre, animada ésta por un mal entendido libre albedrío: el homicidio, que no es otra cosa sino la decisión de matar al hermano… Entre matar y morir hay una gran diferencia, sin embargo, ambas experiencias están marcadas por la muerte.

De la muerte, como quiera que haya sucedido, pasamos al sepulcro donde los hombres buscan, al menos, concretar dos cosas: la primera, prolongar la “presencia” de un ser amado, aunque sin vida, en un lugar donde pueda encontrarse, de vez en cuando, con su recuerdo, contando con la certeza, de que ella o él, allí está. La segunda, terminar para siempre con una presencia y una relación; sepultar a los muertos y olvidarlos para siempre, ocultarlos, desaparecerlos.

¿Cuántas muertes ocultas habrá debajo de la tierra?

JUZGAR

Esto dice el Señor Dios: “Pueblo mío, yo mismo abriré sus sepulcros, los haré salir de ellos y los conduciré de nuevo a la tierra de Israel.

Cuando abra sus sepulcros y los saque de ellos, pueblo mío, ustedes dirán que yo soy el Señor. Entonces les infundiré mi espíritu y vivirán, los estableceré en su tierra y ustedes sabrán que yo, el Señor, lo dije y lo cumplí” (Ez 37,12-14).

Las palabras de Yahvé a través del profeta Ezequiel confirman que el Dios de Israel es un Dios de vivos (Mc 12,27), que desea que sus hijos no sólo vivan, sino que vivan plenamente libres. Es por ello que el profeta habla de dos acciones: abrir los sepulcros e infundir el espíritu (vv. 12 y 14). El sepulcro es símbolo de la esclavitud que conduce a la muerte y el espíritu es símbolo de la vida que Dios ha dado a sus creaturas desde el origen de la creación.

El texto nos ayuda a comprender mejor el mensaje que aflora en el milagro de la resurrección de Lázaro, descrito por Juan.

El evangelio de este domingo (Jn 11,1-45) es un tanto extenso, recargado de símbolos, gestos, actitudes, palabras clave y frases que giran en torno a un acontecimiento y le dan sentido. En torno a la muerte de Lázaro confluyen los discípulos, Marta y María, los judíos y, por supuesto, Jesús.

De todo el contenido del texto centraremos la atención únicamente en los sentimientos de Jesús ante la muerte de Lázaro, el sepulcro donde fue colocado y el llamado que Jesús le hace a la vida.

Marta y María encarnan y expresan la misma impotencia que el hombre experimenta ante la muerte, al saber y comprobar que nada puede hacer para evitarla, pero también, dejan ver la esperanza que nace de la fe en el Dios de los vivos, hecho hombre en Jesús: Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano (vv. 21 y 32).

Jesús mira y acoge la tristeza, la desesperación, el llanto y el dolor de ambas mujeres y de la gente que las acompaña en el duelo, y reacciona como el hombre que es, expresando sus sentimientos del mismo modo a los que están frente a él:

Jesús, al verla llorar y al ver llorar a los judíos que la acompañaban, se conmovió hasta lo más hondo… (v. 33).

En seguida hace una pregunta, misma que mueve la atención hacia el sepulcro: ¿Dónde lo han puesto? (v. 34):

“Ven, Señor, y lo verás”. Jesús se puso a llorar y los judíos comentaban: “De veras ¡cuánto lo amaba!” (vv. 35-36).

Ya no sólo la muerte, también el lugar donde se encuentra Lázaro lo conmueven profundamente. ¿Por qué no ver en esta cueva, sellada con una losa (v. 38) las cárceles, los campos de refugiados, las casa de trata de menores, los prostíbulos, las alcantarillas donde viven tanta gente, las periferias de las grandes urbes; el desempleo, el olvido, las guerras fratricidas…? Además, sobre la losa que oculta a Lázaro recae la falta de fe y la desconfianza que nacen de la indiferencia y la mediocridad: Algunos decías: “¿no podía éste, que abrió los ojos al ciego de nacimiento, hacer que Lázaro no muriera? (v. 37).

Jesús no hace más que cumplir y dar a conocer la Voluntad del Padre, tal como lo fueron revelando las Escrituras. Así, en sintonía con el mensaje de Ezequiel, Jesús se sobrepone a las formas de esclavitud, a la misma muerte, y libera a Lázaro, llamándolo fuera de aquél lugar que no le permite ser, reintegrándolo a la vida:

Luego gritó con voz potente: “¡Lázaro, sal de allí!”. Y salió el muerto, atados con vendas las manos y los pies, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: “Desátenlo, para que pueda andar” (vv. 43-44).

Manos, pies y rostro atados son símbolo de una esclavitud extrema, que aniquila las capacidades humanas e inmoviliza al hombre hasta que muera; la imagen es la expresión más cruenta del odio por el hermano y el desprecio por su vida. Pero Jesús nos pregunta como a Marta: ¿Crees en mí?

Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo aquél que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre (vv. 25-26).

ACTUAR

Basta con tomar en cuenta las palabras de Pablo a los romanos:

Hermanos: los que viven en forma desordenada y egoísta no pueden agradar a Dios. Pero ustedes no llevan esa clase de vida, sino una vida conforme al Espíritu, puesto que el Espíritu de Dios habita verdaderamente en ustedes (8,8-9).

Muchas muertes son producto del egoísmo. Nosotros hemos recibido el Espíritu de Dios para ser testigos de la resurrección y para dar vida:

  • ¿Qué nos toca hacer ante las pesadas losas de tantos sepulcros que ocultan vidas?
  • ¿Cuántas ataduras tendremos que arrancar para que los hombres despreciados, ignorados, esclavizados, crucificados… puedan caminar?

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

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Hijos de la luz…

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timthumb-php_MARZO 26 DE 2017

DOMINGO IV DE CUARESMA

La Liturgia de la Palabra del cuarto domingo de Cuaresma centra la atención en la luz y en la claridad que esta otorga al hombre para ver; habla también de la unción con el Espíritu de Dios y de la fe que se convierte en una actitud decidida y definida ante Dios y ante los hombres, cuando se es capaz de descubrir y reconocer el Reino en la propia vida. Los textos para este domingo son 1Sam 16,1.6-7.10-13, Sal 22, Ef 5,8-14 y Jn 9,1-41.

VER

Cuántas veces nos hemos enfrentado a los juicios humanos que no ven más que la apariencia de la gente, de donde surgen opiniones subjetivas y superficiales respecto de cualquier persona. Son, simple y llanamente, puntos de vista sin luz, sin referentes claros y obstinados en posturas moralizantes y ciegas.

Tal vez, en ocasiones, somos también partícipes de ello cuando vemos en un defecto congénito, en una carencia física, o en una cualidad poco común, un mal o una consecuencia del pecado; una rareza de la vida que sólo merece nuestro desprecio y la más inhumana condena.

La dignidad de la persona no se mide en términos de la estética mediática o de la perfección que se obtiene por la manipulación de los rasgos naturales, basados en estereotipos casuales, convencionales y de mercadotecnia.

No es mejor el que ve del que no ve; ni el que sobresale respecto del que es menos virtuoso aparentemente. El pecado y el error no están en la apariencia de un hombre, sino en su corazón y en sus decisiones; la maldad, ciertamente, marca el rostro, se gesticula, aunque muchas veces esa misma maldad que se cultiva en nuestro interior, cuando brota por la boca y en cada palabra con la que emitimos juicios, lacera y hiere el rostro del hermano.

JUZGAR

El texto del primero libro de Samuel (1Sam 16,1.6-7.10-13) nos cuenta cómo éste es enviado a Belén, de parte de Yahvé, a ungir al futuro rey de Israel, pero no lo conoce, no sabe con quién se encontrará. Samuel está a punto de tomar una decisión equivocada, basada únicamente en los criterios humanos que ven el poder real encarnado en hombres llamativos, imponentes, “perfectos”… Vistas así las cosas, el primogénito de Jesé, Eliab, cumplía con dicho perfil. No obstante, Samuel, juez de Israel por parte de Yahvé, hace un discernimiento y escucha en su interior la voz de su Dios:

No te dejes impresionar por su aspecto ni por su gran estatura, pues yo lo he descartado, porque yo no juzgo como juzga el hombre. El hombre se fija en la apariencias, pero el Señor se fija en los corazones (v. 7).

El corazón representa el interior del hombre, es símbolo de su voluntad y de los más nobles sentimientos; en él se guarda, o se atesora, todo aquello que lo hace digno más allá de las apariencias externas.

El evangelio de Juan (9,1-41) por su parte, nos remite a un acontecimiento, en torno al cual se ponen en juego juicios y puntos de vista, superficiales y sin fundamentos, respecto de un ciego de nacimiento, de la curación milagrosa y del mismo Jesús, de su misión y su condición mesiánica; con ellos, se quiere determinar el estado de pecado de un hombre y el nivel de blasfemia y mentira de Jesús.

Lo primero que encontramos es la apreciación sui generis que los propios discípulos hacen del ciego, externando sus dudas en una pregunta:

Maestro, ¿quién pecó para que éste naciera ciego, él o sus padres? (v. 2).

Parten de conformidad con los criterios humanos, sin ser capaces de ver más allá de las apariencias; no afirman nada, pero dejan entrever el mismo juicio moralista con el que se trata, desde una equivocada comprensión de la ley y de la vida, a gente con problemas, con deficiencias, con carencias o que ha equivocado el camino, por el simple hecho de ser vulnerable.

Jesús, en cambio, ve a un hombre que ha sido despreciado y privado de las oportunidades que todos gozan; para él es una posibilidad valiosa de manifestar, no su poder, sino la misericordia del Padre. No se detienen en los juicios humanos, se fija en el corazón…

Es necesario que yo haga las obras del que me envió… Mientras esté en el mundo, yo soy la luz del mundo (vv. 4-5).

A diferencia de lo que sucede en las otras curaciones de ciegos (Mt 9,27; 20,29; Mc 8,22; 10,46; Lc 18,35), en este caso el ciego no pide nada, no grita a Jesús, ni nadie lo acerca a él. Jesús toma la iniciativa en una franca oposición a la indiferencia que ha provocado en los judíos, y n el mismo ciego, la conformidad con la ley (era sábado el día que Jesús hizo lodo y le abrió los ojos: v. 14) y tras la cual se escudan, haciendo evidente que la Buena Nueva que él predica coloca al hombre, a cualquiera que sea, sobre la ley:

Escupió en el suelo, hizo lodo con la saliva, se lo puso en los ojos al ciego y le dijo: “Ve a lavarte en la piscina de Siloé” (que significa Enviado). Él fue, se lavó y volvió con vista (vv. 6-7).

La saliva con el lodo se convierten en ungüento con el que Jesús unge al ciego, lo plenifica con vida nueva, como Samuel a David con el Espíritu de Dios (1Sam 16,13) y lo hace testigo del Mesías y enviado a proclamar la misericordia del Padre. Ahora, es capaz de ver no sólo lo que nunca había visto debido a sus ceguera, sino de comprender la Voluntad del Padre más allá de lo que establece la tradición:

Es curioso que ustedes no sepan de dónde viene y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero al que le teme y hace su voluntad, a ése sí lo escucha. Jamás se había oído decir que alguien abriera los ojos a un ciego de nacimiento. Si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder (vv. 30-33).

La obstinación de los judíos, alimentada por criterios carentes de discernimiento, los mantiene en una necia incredulidad y juzgan todo a través del filtro del pecado: Nosotros sabemos que ese hombre (Jesús) es pecador (vv. 16 y 24); tú eres puro pecado desde que naciste (v. 34). Judíos y fariseos no ceden, ni mucho menos se atreven a ver con humildad lo sucedido; su miedo los lleva a tomar posturas radicales y prepotentes: ¿Cómo puede un pecador hacer semejantes prodigios? (v. 16) y ¿cómo pretendes darnos lecciones? (v. 34). Ese miedo al cambio, a la novedad del Reino, sólo se vence, según sus criterios, con el desconocimiento, el desprecio y la muerte del otro: lo echaron fuera (v. 34).

Este último suceso, echarlo fuera, es muy revelador. Mientras estaba dentro (de la ley, del sistema, del pueblo, de la familia, del ambiente en torno al Templo), después de haber sido sanado por Jesús, se le pidió dar gloria a Dios, aceptando que Jesús era un pecador (v. 24), pero el hombre alcanza a distinguir entre una realidad y otra, sabe en el fondo que Jesús no es lo que judíos y fariseos pretenden hacerle creer; su fe es más fuerte que cualquier argumento en contra (incluso el de sus padres) y por ello es expulsado. No obstante, la expulsión se convierte en una liberación y en un renacer, afuera, la visión del hombre es más clara, y lo que no se atrevió hacer dentro, lo hace aquí: Creo, Señor. Y postrándose, lo adoró (v. 38). Es probable que su ceguera, desde que nació, haya sido provocada por la ley, más que por un mal congénito…

ACTUAR

Vivan, por tanto, como hijos de la luz… (Ef 5,8):

  • ¿Quiénes son hijos de la luz?:
  • Esos hijos de los que habla Pablo no son, por supuesto, gente extraña.
  • Somos nosotros: todos los que hemos sido ungidos con el Espíritu por medio del bautismo, como David.
  • ¿A qué luz se refiere?:
  • A la que surge del mismo Espíritu de Dios, que nos hace hijos suyos y hermanos en Cristo.
  • Pero además, esa luz es Jesús: yo soy la luz del mundo (Jn 9,5).
  • Dicha luz, produce frutos especiales: la bondad, la santidad y la verdad (Ef 5,9).
  • Tales frutos se pueden ver en la curación del ciego de nacimiento:
  • El gesto bondadoso de Jesús le devuelve la vista.
  • Jesús no ve en el ciego ningún pecado, lo primero que ve es su dignidad, y la dignidad es un reflejo de la santidad propia de la naturaleza humana, creada a imagen y semejanza de Dios.
  • El ciego, al ser curado, puedo apreciar la verdad de la realidad y de la vida, distinto al modo de ver de las autoridades judías, del pueblo y de la gente necia. Ve a Jesús, quien es camino, verdad y vida (Jn 14,6).
  • Jesús es nuestra luz, pero también nosotros somos luz para los demás, sobre todo para quienes no ven.
  • Además, estamos invitados a evitar la actitud de los fariseos, de los padres del ciego y de la gente incrédula, que desconocieron y abandonaron al ciego cuando lo vieron curado. ¿Tal vez preferían verlo siempre ciego y así condenarlo para toda la vida?
  • ¿Cómo vemos a los otros? ¿Con bondad y desde la verdad, o simplemente, como pecadores?

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

 

 

Dame de beber

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sequia3MARZO 19 DE 2017

TERCER DOMINGO DE CUARESMA

Las vicisitudes de la vida son, en ocasiones, oportunidades que se nos presentan para medir y tensar nuestra fe en Dios; pueden ser situaciones desesperadas y, por supuesto, no deseadas, como el hambre, la sed, la incertidumbre respecto del futuro próximo, de donde surgen preguntas e interpelaciones dirigidas a Dios mismo y de las que, de manera asombroso, se obtiene una respuesta.

Las lecturas de este segundo domingo de cuaresma (Ex 17,3-7; Sal 94; Rm 5,1-2.5-8 y Jn 4,5-42) centran la atención en la fe y la confianza en Dios, pero también en la capacidad de apertura a su Palabra y la disposición de la persona a sus propuestas. En el mensaje de los textos están presentes elementos simbólicos para el creyente, tales como el agua, la sed, el Espíritu, la fe verdadera.

VER

El lenguaje metafórico ha logrado expresar, en pocas palabras, las necesidades y los sentimientos más profundos del hombre, sobre todo, aquellos que ponen de manifiesto la razón de su existencia.

Cuando decimos, por ejemplo, “tengo sed”, podemos encontrar más de un significado en ello; desde la sed física, cuando nuestro cuerpo necesitas del agua para hidratarse, hasta la sed anímica que necesita de la verdad, de la justicia, del amor, de la compañía, de la amistad…, para sentirnos plenos o, por lo menos, con ánimo.

No importando cuál sea la acepción que prefiramos destacar de dicha expresión, es un hecho que hoy somos testigos de dos realidades, relacionadas con la sed, que nos están llevando a la muerte.

Por una lado, miles y miles de niños, de mujeres, de ancianos, que mueren cada año a causa de la mala calidad del agua que consumen, o por la total escases en sus tierras y en sus pueblos. Es el resultado de la catástrofe natural que hemos provocado nosotros mismos y la falta de ética en las políticas públicas respecto al derecho que todo individuo tiene al agua.

De acuerdo a cifras oficiales de las Naciones Unidas, en la actualidad casi 2 mil 400 millones de personas carecen de acceso a los servicios básicos de saneamiento del agua. Alrededor de mil niños mueren diariamente en todo el mundo por la carencia de servicios básicos de saneamiento del agua, lo que impacta en el entorno social y económico global (https://www.unicef.org/spanish/wash/index_31600.html).

Por otro lado (aquí las cifras no son un dato, sino una realidad compleja), miles y miles de jóvenes, de mujeres, de migrantes, de desempleados, de ancianos abandonados, de enfermos, de ciudadanos comunes y corrientes… soportan una vida sin sentido, carente de todo a aquello que les permita vivir con esperanza y con alegría. Una terrible sequía espiritual los lleva por el camino de la decepción, del desánimo, de la depresión e, incluso, de la muerte.

Pero hay una imagen, con un significado mucho más radical, que nos interpela y nos pone en la disyuntiva de quedarnos sin hacer nada, o trabajar para saciar la sed: Jesús dijo: Tengo sed… (Jn 19,28).

 JUZGAR

La cuaresma es un camino y un proceso de discernimiento y reflexión en torno a nuestra propia vida, pero también en referencia a lo que pasa en el mundo, de cual somos parte. La pedagogía de la Palabra siempre nos enseña algo partiendo de la vida, de la realidad, de las vicisitudes del hombre; porque no es Palabra ajena y lejana, siempre está cerca e, incluso, se ha manifestado a través de la condición humana haciéndose hombre.

La liturgia de la Palabra nos invita a voltear la mirada hacia tres realidades de nuestra historia presente.

La primera:

En aquellos días, el pueblo, torturado por la sed, fue a protestar contra Moisés, diciéndole: “¿Nos has hechos salir de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestro ganado?” (Ex 17,3).

La formación de la conciencia es una tarea ardua; precisa convicción y entrega. Y yo me pregunto si en medio de esta “tercera guerra mundial a pedacitos” que estamos viviendo, no estamos en camino hacia la gran guerra mundial por el agua. Las cifras que las Naciones Unidas revelan son desgarradoras y no nos pueden dejar indiferentes: cada día mil niños mueren a causa de enfermedades relacionadas con el agua; millones de personas consumen agua contaminada. Estos datos son muy graves; se debe frenar e invertir esta situación.

No es tarde, pero es urgente tomar conciencia de la necesidad del agua y de su valor esencial para el bien de la humanidad. El respeto del agua es condición para el ejercicio de los demás derechos humanos (cf. ibíd., 30). Si acatamos este derecho como fundamental, estaremos poniendo las bases para proteger los demás derechos (Papa Francisco, febrero 24 de 2017).

La desesperación en el desierto pone al pueblo más cerca de la muerte que de la libertad; con una sed tan terrible los hebreos, poco a poco, van perdiendo la vida y la fe en Yahvé; sin agua y sin vida no ha porvenir ni esperanza. Porque donde hay agua hay vida – dice el Papa Francisco -, y entonces puede surgir y avanzar la sociedad.

  • Estamos invitados no sólo a quedarnos de frente a un espejo que refleja nuestra propia realidad, viendo la imagen de un pueblo que dudó de su Dios y que, después de un milagro maravilloso y de haber saciado su sed, volvió a creer y a tener fe, sino a escuchar y poner atención al grito desesperado de tantos hermanos nuestros que mueren, literalmente, de una sed provocada por la injusticia y la corrupción. El derecho al agua es determinante para la sobrevivencia de las personas y decide el futuro de la humanidad (Papa Francisco).

La segunda:

La esperanza no defrauda, porque Dios ha infundido su amor en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo, que él mismo nos ha dado (Rm 5,5).

En efecto, existe una clara relación entre la protección de la naturaleza y la construcción de un orden social justo y equitativo. No puede haber una renovación de nuestra relación con la naturaleza, sin una renovación de la humanidad misma (cf. Laudato si’, 118). En la medida en que nuestras sociedades experimentan divisiones, ya sea étnicas, religiosas o económicas, todos los hombres y mujeres de buena voluntad están llamados a trabajar por la reconciliación y la paz, el perdón y la sanación. La tarea de construir un orden democrático sólido, de fortalecer la cohesión y la integración, la tolerancia y el respeto por los demás, está orientada primordialmente a la búsqueda del bien común. La experiencia demuestra que la violencia, los conflictos y el terrorismo que se alimenta del miedo, la desconfianza y la desesperación nacen de la pobreza y la frustración. En última instancia, la lucha contra estos enemigos de la paz y la prosperidad debe ser llevada a cabo por hombres y mujeres que creen en ella sin temor, y dan testimonio creíble de los grandes valores espirituales y políticos que inspiraron el nacimiento de la nación (Papa Francisco, noviembre 25 de 2015).

La esperanza implica esperar, esperamos siempre algo, o alguien. Pero a veces, la esperanza muere cuando caemos en la desesperación y en la desesperanza; cuando lo que vemos, en nuestras comunidades y en la sociedad, es desalentador y engañoso, fraudulento. Las carencias más profundas, como la pobreza extrema, no dejan más que una terrible decepción y, así, no se puede creer más en las instituciones y en la gente, porque, precisamente, la esperanza nace de la confianza. ¿Cómo se puede esperar en alguien si no se confía en él?

  • El amor, como la nueva ley que rompe toda las barreras de la discordia y las injusticias, nos dispone para el encuentro con el otro, y el Espíritu, que nos capacita con carismas para el bien común y nos da la fuerza necesaria para enfrentar al mundo, se transforman, ambas cosas, en la certeza de una esperanza que no defrauda.
  • El creyente mismo, el bautizado (ungido) con el Espíritu, tiene la misión de ser para los demás signo de esperanza, puesto que Dios ha infundido su amor en nosotros por medio del Espíritu.

La tercera:

 

Jesús, que venía cansado del camino, se sentó sin más en el brocal del pozo. Era cerca del mediodía.

Entonces llegó una mujer de Samaría a sacar agua y Jesús le dijo: “Dame de beber”…

La samaritana le contestó: “¿Cómo es que tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?” (Jn 4,6-9).

§  Señor, cuando tenga hambre, dame alguien que tenga necesidad de alimento.

§  Cuando tenga sed, mándame a alguien que necesite de bebida.

§  Cuando tenga frío, mándame a alguien para que lo abrigue.

§  Cuando tenga un disgusto, ofréceme alguien para que lo consuele.

§  Cuando mi cruz se vuelva pesada, hazme compartir la cruz de otro.

§  Cuando me sienta pobre, condúceme hasta alguien que esté necesitado.

§  Cuando tenga tiempo, dame alguien a quien pueda ayudar unos momentos.

§  Cuando me sienta humillado, haz que tenga a alguien a quien alabar.

§  Cuando esté desanimado, mándame a alguien a quien dar ánimos.

§  Cuando sienta necesidad de comprensión de otros, mándame a alguien que necesite de la mía.

§  Cuando necesite que se ocupen de mí, mándame a alguien de quien tenga que ocuparme.

§  Cuando pienso sólo en mí mismo, atrae mi atención sobre otra persona.

Haznos dignos, Señor, de servir a nuestros hermanos que, en todo el mundo,viven y mueren pobres y hambrientos.

 Teresa de Calcuta.

El evangelio de Juan que la liturgia nos propone para este domingo (4,5-42), contiene, de principio a fin, muchos elementos simbólicos y teológicos relevantes: la mujer samaritana, el pozo de Jacob, la necesidad de tomar agua y la sed; el agua del pozo comparada con el agua viva, la vida eterna, el mesianismo de Jesús, el espíritu y la verdad, el alimento, el testimonio, la fe, la confianza y la desconfianza, los campos, el sembrador y el segador. Todos confluyen en la persona de Jesús y tienen la finalidad de afirmar y resaltar la condición mesiánica de Jesús,  como enviado del Padre; a cada uno de esos elementos podríamos dedicarle un espacio especial, pero decidimos centrarnos sólo en uno de ellos: el encuentro de Jesús con la samaritana a través de la inesperada e inaudita petición dame de beber (v. 7).

  • Jesús se adentra en los terrenos de una realidad adversa y despreciada por el resto de los judíos: lo samaritanos; además, lo hace abriendo un diálogo con una mujer. La relación que establece con ella no es con un discurso, sino a través de una necesidad humana y la petición de un servicio.
  • Las diferencias religiosas y de casta entre unos y otros, se diluyen con el gesto de sencillez y humildad de Jesús: un judío se presenta necesitado de la generosidad, incierta por cierto, de una samaritana: ¿Cómo es que tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana? Ella no duda de su condición ni de lo que eso representa ante la ley judía, dando la impresión de que el mismo Jesús no lo comprende.
  • Entre judíos y samaritanos subyace una tensa relación marcada por las herejías y la infidelidad a Yahvé. No obstante, Jesús va más allá y ve en la mujer a una persona fiel, no a un enemigo, abriendo así la posibilidad de recuperar la confianza perdida, no sólo en el pueblo más allá de Samaria, sino en el mismo Dios; le hace ver el rostro del Dios cercano, que pone su mirada en el abatido, en el humilde y despreciado que reacciona ante su Palabra (Is 66,2).

En este texto hay un clave de interpretación que muchas veces pasamos por alto, sobre todo cuando centramos la atención y toda reflexión teológica en el posible significado del agua viva (v. 10). Todos, igual que la samaritana, quisiéramos beber de esa agua y nunca más tener sed… Sólo vemos en Jesús una especia de “pozo” inagotable del que se puede sacar agua sin más y todo solucionado. La cosa no va por allí.

La clave de la que hablamos está en lo primero que sucede: un Jesús que pide agua antes que darla. En ese Jesús sediento que pide de beber, en esa necesidad tan humana y tan urgente por atender, brotan los rostros de los sedientos de este mundo, de los “samaritanos” despreciados por las estructuras políticas, sociales, religiosas y morales en las que sustentamos nuestra ética y nuestro código de relaciones. De nada sirven los grandes discursos si no somos capaces de escuchar los lamentos de aquellos que piden agua, pan, paz, compasión, cercanía…

La sarcástica duda de la samaritana: ¿Cómo vas a darme agua viva? ¿A caso eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del que bebieron él, sus hijos y sus ganados? (vv. 11 y 12), es también nuestra duda y expresa, de algún modo, nuestras desconfianzas. El pozo de Jacob representa la certeza en las tradiciones ancestrales, ancladas a una figura patriarcal de la que no se puede dudar. El problema no es el pozo ni la figura de Jacob, sino los atavismos que de allí nacen y se mantienen sin cambios ni rompimientos. Dudamos de lo que es distinto y desconfiamos.

Dicha clave cobra fuerza si tomamos en cuenta el contexto en que se da: Jesús, que venía cansado del camino, se sentó sin más en el brocal del pozo. Era cerca de mediodía (v. 6). Es decir, en Jesús pesa el cansancio del camino, acentuado por el intenso calor que es propio del mediodía (el sol está en el punto más alto e intenso de su recorrido); Él se enfrenta a las mismas adversidades que el resto de los hombres.

¿Qué quiere decir todo esto?: sólo cuando volteamos la mirada a la sed del otro y atendemos a su necesidad: dame de beber, tal necesidad se convierte en agua viva, agua que siempre está, más allá del pozo, fuera del pozo, de cualquier pozo. De esa manera, las posibilidad de servir a Jesús, o a Jesús en el hermano, nos permite comprender lo que él mismo le dice a la samaritana, y a nosotros: el agua que yo le daré (la posibilidad de servirme) se convertirá dentro de él en un manantial capaz de dar la vida eterna (v. 14).

No está la cosa en sólo beber del pozo de Jesús, que es bien válido, sino en ser nosotros mismos pozos donde otros puedan calmar su sed. ¿Cuánta sed habrá en el corazón del hombre, cuánta soledad? ¿Cuánta necesidad de ser comprendido y escuchado? ¿Cuántas veces nos habrán pedido dame de beber?

ACTUAR

Queridos hermanos, el agua que da la vida eterna ha sido derramada en nuestros corazones el día de nuestro bautismo: Dios nos ha transformado y colmado de su gracia.

Pero puede ser que este gran don lo hayamos olvidado o reducido a algo administrativo: y quizás estemos en busca de “pozos” cuyas aguas no quitan la sed. Cuando nosotros olvidamos la verdadera agua, vamos en busca de pozos cuyas aguas no están limpias. Entonces este Evangelio es justo para nosotros! No solamente para la Samaritana, para nosotros.

Algunos de nosotros ya le conocemos, pero puede ser que aún no lo hayamos encontrado personalmente. Sabemos quién es Jesús, pero puede ser que no lo hayamos encontrado personalmente hablando con él y no le hemos reconocido como nuestro Salvador.

Este tiempo de cuaresma es una buena ocasión para acercarnos a él encontrándole en la oración, en un diálogo de corazón a corazón: hablar con él, escucharle. Es una buena ocasión para ver su rostro, tanto en el rostro de un hermano o de una hermana que sufre. De esta manera, podemos renovar en nosotros la gracia del bautismo, refrescándonos en la fuente de la Palabra de Dios, y de su Espíritu Santo. Y así descubrir también la alegría de ser artesanos de reconciliación e instrumentos de paz en la vida cotidiana (Papa Francisco, Ángelus del 19 de marzo de 2017).

 Mario A. Hernández Durán, Teólogo

¡Escúchenlo!

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DOMINGO II DE CUARESMA

El tema central en la liturgia de este domingo es el de la manifestación de Dios, o Epifanía. Es Dios que se revela y da a conocer su rostro a los hombres. Los textos sagrados para hoy son: Gn 12,1-4; Sal 32; 2Tim 1,8-10 y Mt 17,1-9,

VER

¿Cuántas veces hemos escuchado o, incluso, lo habremos dicho, que Dios se revela y se manifiesta en todo lo que vemos y en lo que sucede a nuestro rededor? ¿Será eso cierto? ¿En verdad “vemos” a Dios en todo lo que está frente a nosotros, incluido el hermano, el prójimo, el semejante?

Es un discurso que pertenece al modo convencional del lenguaje religioso, que utilizamos, según la ocasión y el caso, para describir nuestras convicciones de fe (si es que lo son realmente) y nuestras prácticas: a Dios lo vemos en todo y lo encontramos en cualquier gente…

De este modo tan simple y efímero, con el que damos sustento a nuestra fe en Dios, se derivan otras realidades, igualmente engañosas y sin sentido, como imaginar que Dios nos revela cosas, que nos habla, o que los videntes de ocasión nos “dan a conocer” la voluntad divina, sin caer en cuenta que es la voluntad propia…

Hoy, las redes se han convertido en un medio para “revelar” la voluntad de Dios y lograr, así, que los incautos, o la gente de fe convencional, caigan en un juego de chantajes sentimentales, religiosos y morales. Por ejemplo:

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En muchos casos, las consecuencias son determinantes, ya que la mayoría de la gente se lo cree sin razonar: viniendo de Dios, no hay por qué dudar, o no creer…

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En el esplendor de la nube se oyó la voz del Padre, que decía: “Este es mi Hijo amado; escúchenlo” (Aclamación antes del Evangelio).

Una nube, una voz y un referente. Tres elementos simbólicos que aparecen en muchos episodios de la Sagrada Escritura, donde Dios se revela, a un pueblo, a una comunidad o a un individuo.

Si miramos con detenimiento, son prácticamente los tres mismos elementos con los que nos relacionamos, a diario, en nuestras conversaciones y nuestro trabajo a través de las redes, o de las plataformas: una nube, o OneDrive, una “voz” a la que identificamos como conversación, o mensaje de texto, que se manifiesta por medio del chat, o las diferentes redes, y un referente: Facebook, Twitter, WhatsApp, Wikipedia, Google, YouTube…, a quienes otorgamos cierta autoridad.

Todas estas herramientas tienen una utilidad práctica y son medios a través de los cuales podemos entrar en contacto con la Revelación, pero no son palabra definitiva, o última, ni mucho menos Palabra de Dios. Pueden influir en la vida de una persona, y hasta cambiarla (o arruinarla), pero no dejan de ser instrumentos manipulables y controlables… Son una nube resplandeciente que, en ocasiones, nos ciega y no nos permite ver con claridad la realidad de las cosas y de la vida.

¿Qué enseñanzas encontramos en los textos de la Liturgia?:

Dichos textos nos hablan de una experiencia que, sin esperarlo, cambia la vida de los hombres que la viven: la manifestación de Dios, o epifanía.

  • Abraham experimentó la generosidad de Dios y, confiando absolutamente en él, dejó todo lo que era suyo; renunció a su pasado y tuvo caminar detrás de Dios, moverse a otro lugar. Dios le tenía preparado un futuro que cambiará radicalmente su vida: pasaría de ser un hombre común y corriente a ser, él mismo, una bendición para todos los pueblos.
  • Pablo y Timoteo, por su parte, han experimentado la manifestación de Cristo en sus vidas, de tal modo, que se consagran a él y a la predicación de la Buena Nueva. Han constatado que Dios está presente gratuitamente en ellos y, de la misma manera, le entregan su vida.
  • Pedro, Santiago y Juan, al presenciar la transfiguración de Jesús, cuando su rostro se puso resplandeciente como el sol (Mt 17, 2), fueron testigos de la manifestación de Dios a los hombres y se les reveló, además, la identidad mesiánica de Jesús: Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias; escúchenlo (Mt 17,5).

De pronto, surge una nube, que tiene la finalidad de centrar la atención de Abraham, de Pablo o de Pedro en lo esencial, en lo que es realmente importante, y la voz que se escucha, que es la del Padre, indica cuál debe ser el referente para el hombre: el Hijo.

Esta manifestación, como todas las demás en la Sagrada Escritura, revela siempre algo que luego se convierte en compromiso. A Pedro, Santiago y Juan se les reveló, como ya indicamos, el carácter mesiánico de Jesús:

Su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve. De pronto aparecieron ante ellos Moisés y Elías, conversando con Jesús (Mt 17,2-3).

La escena los paralizó y quedaron absortos ante lo sucedido. De igual manera nos pasa cuando las imágenes y los contenidos de una red, o de una plataforma, nos impactan. Nuestra reacción probablemente es la misma que la de ellos: Señor, ¡qué bueno sería quedarnos aquí!… (v. 4).

¿A caso no nos quedamos allí (donde sea)?, absortos, idiotizados, paralizados, desconectados del resto del mundo…

Pero entonces se escucha la voz que nos despierta, que nos interpela y que nos mueve del estancamiento satisfactorio más allá de una escena cualquiera, de una imagen, de un dispositivo, y nos lleva al compromiso: Este es mi Hijo… ¡Escúchenlo! (v. 5):

Así pues, quien escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a un hombre prudente que construyó su casa sobre la roca. Quien escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a un hombre tonto que construyó su casa sobre la arena… (Mt 7,24.26).

Lo que se escucha de la voz del Padre es para ponerlo en práctica. ¿Qué escuchamos nosotros?

…la primera tarea del cristiano es escuchar la Palabra de Dios, escuchar a Jesús, porque Él nos habla y Él nos salva con su Palabra. Y Él, con esta Palabra, hace también que nuestra fe sea más robusta, más fuerte. Escuchar a Jesús. «Pero, padre, yo escucho a Jesús, lo escucho mucho». « ¿Sí? ¿Qué escuchas? ». «Escucho la radio, escucho la televisión, escucho las habladurías de las personas…». Muchas cosas escuchamos durante el día, muchas cosas… Pero os hago una pregunta: ¿dedicamos un poco de tiempo, cada día, para escuchar a Jesús, para escuchar la Palabra de Jesús?… (Papa Francisco, Homilía marzo 16/2014).

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Todo esto sucedió en el pasado, muchos siglos atrás, pero hoy… ¿Dios se sigue manifestando? ¿Jesús transfigura su rostro delante de nosotros? No de la misma manera que a Abraham y a los discípulos, pero sí en los acontecimientos de la vida y en el rostro de los hermanos.

  • Jesús dijo que quien lo viera a él veía al Padre (manifestación) y que quien hiciera, o no hiciera, algo por los más pequeños, lo haría, o lo dejaría de hacer, con él (transfiguración): Jn 14,19 y Mt 25,40.45.

Para la reflexión personal:

  • El rostro de tu hermano y el tuyo propio, resplandecen como el sol e iluminan la vida, le dan luz y la transforman.
  • En los acontecimientos de la vida y en la historia, a veces, Dios se manifiesta: ¿eres capaz de escucharlo? ¿lo reconoces?

 Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

¿El bien o el mal?

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tentacion-dinerocopyMARZO 5 DE 2017

DOMINGO I DE CUARESMA

El primer domingo de Cuaresma presenta un tema central en la reflexión cristiana, que es, además, una propuesta con la que podremos iniciar el camino a través de este tiempo litúrgico: la lucha contra las tentaciones. Los textos son los siguientes: Gn 2,7-9; 3,1-7; Sal 50; Rm 5,12-19 y Mt 4,1-11.

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Sabemos, y de ello estamos totalmente conscientes, que los desgarradores conflictos de la humanidad son provocados por las más incisivas ambiciones del hombre: el poder, el poseer y el reconocimiento (como estrategia de dominio) ante los demás, o sobre los demás…

La lucha por la tierra, para dominarla, y la insaciable hambre de poder, para dominar al otro, se han convertido en la raíz de los más terribles escenarios, en los que se fragua, como ya decíamos, la tragedia humana y social de la que, a veces, somos parte.

La reivindicación de la fuerza, sustentada en la maquinaria militar y en el poderío económico de los países “ricos”, más allá de defender soberanías, amedrentan y arrasan en nombre de la libertad, de la paz y de la justicia (quién sabe qué libertad, qué paz o qué justicia sea la suya…) todo aquello y aquellos que son un obstáculo para alcanzar sus objetivos y sus ambiciones.

Por otro lado, la oferta y la demanda se han convertido en una estrategia con la cual se puede ejercer un control, muchas veces sutil, sobre cualquier persona, aprovechando la urgencia, o no, de sus necesidades. Se genera, así, un círculo vicioso: una necesidad genera una oferta; la oferta cubre la necesidad pero, al mismo tiempo, promueve otras necesidades que justifican el surgimiento de más ofertas, y así sucesivamente, hasta alcanzar el dominio de la situación y mantener un control absoluto sobre la población. Se construye, entonces, un deplorable juego en el que se ofertan, incluso, los derechos fundamentales del hombre: alimento, vestido, trabajo, casa, salud, educación, descanso, etc.

El éxito de la oferta estriba en su capacidad de “seducir”, cada vez con más ahínco y mayor amplitud, provocando en cualquiera, digámoslo así, una “tentación irresistible”, o una “sumisión insospechada”.

Las tres amenazas (tentaciones)… de la humanidad – dice González Faus – : la maquinización (producir más), la exclusión (estar por encima del otro) y la destrucción del planeta (apropiarse para dominar), tienen una raíz común que es el sentido que cobra el dinero en una sociedad que tiende a ser solo mercado y donde todos los valores se van reduciendo a valores de cambio. Así se comprende mejor la expresión de Lutero, “el dinero o el estiércol del diablo” y la dura frase de Jesús de Nazaret: es absolutamente imposible servir a Dios y al dinero.[1]

(Texto completo en línea: https://cristianismeijusticia.net/es/inhumanos-e-infrahumanos).

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La liturgia abre con una escena donde se concentra todo en un árbol, una serpiente y una decisión que representa una afrenta a Dios: desobedecer; desobedecer al es acto del hombre con el que expresa su ambición de poder.

¿Qué significa cada uno de esos elementos?

El pasaje nos muestra a la serpiente y a la mujer unidas en torno a un árbol misterioso llamado «árbol de la ciencia del bien y del mal». La tentadora aquí no es la mujer, como en el mito en el cual se basa este pasaje, sino la serpiente, y la seducción tampoco proviene de la mujer, sino del fruto que «era una delicia de ver y deseable para adquirir conocimiento» (6). La mujer hará partícipe al hombre del fruto del árbol que, como veremos luego, no tiene nada que ver con la sexualidad.

El «árbol de la ciencia del bien y del mal» es el símbolo que ocupa el lugar central del relato. En varios lugares del Antiguo Testamento encontramos la expresión «ciencia del bien y del mal» aplicada al intento de describir la actitud de ser dueño de la decisión última en orden a una determinada acción (cfr. 2 Sm 14,17; 1 Re 3,9; Ecl 12,14 y, por contraposición, Jr 10,5). Esto nos lleva a entender que la gran tentación del ser humano y su perdición es ponerse a sí mismo como medida única de todas las cosas y colocar su propio interés como norma suprema, prescindiendo de Dios. Cada vez que el ser humano ha actuado así a lo largo de la historia, los resultados siempre fueron, y siguen siendo, el sacrificio injusto de otros seres, la aparición del mal bajo la forma de egolatría, placer, despotismo… y ésta sí que fue la experiencia constante de Israel como pueblo (Luis A. Schökel, La Biblia de Nuestro Pueblo).

El conocimiento de las cosas y de la realidad es parte de los procesos racionales del ser humano y de su naturaleza. Gracias a él no sólo establecemos relaciones con lo que nos rodea, sino que podemos hacer de ello un uso adecuado y tomar decisiones correctas. El conocimiento abre nuestra mente y la nutre, sólo así podemos crear pensamientos e ideas; emitir juicios y razonar nuestras acciones, aunque también elucubrar y maquinar las más terribles maldades animadas por nuestros deseos.

La ambición que brota del conocimiento es como un árbol que crece y extiende sus ramas y su sombra; sus frutos están allí, son tentadores, para bien o para mal…, quien se apodere de ellos corre el riesgo de perder su dignidad creatural (imagen y semejanza de Dios):

La mujer vio que el árbol era buen para comer, agradable a la vista y codiciable, además para alcanzar la sabiduría. Tomó, pues, de su fruto, comió y le dio a su marido, que estaba junto a ella, el cual también comió. Entonces se les abrieron los ojos a los dos y se dieron cuenta de que estaban desnudos… (Gn 3,6-7).

La segunda escena proviene del evangelio de Mateo: es Jesús, conducido por el Espíritu al desierto para ser tentado (4,1). Tal vez de aquí nos surja una pregunta: ¿Por qué el Espíritu habría de hacer eso?

No es que el Espíritu, en sí, lleve a Jesús, o a nosotros, a ser tentado, porque entonces tal acción lo asemejaría a la serpiente del texto de Génesis. El Espíritu del que hablan constantemente las Escrituras, es, por el contrario, un don, una fuerza, que se recibe cuando un hombre, elegido por Yahvé, es ungido; de tal modo, que ese Espíritu está en función de una misión, no de una “tentación” o de una “ambición”.

Jesús se mueve, va al desierto, porque no puede quedarse inmóvil, el Espíritu lo guía y lo anima para enfrentarse, precisamente, al mal, a las injusticias, a las tentaciones que destruyen al hombre. El Reino del que hablará Jesús se presentará como la antítesis de los reinos a los que se han acostumbrado, o sometido, el resto de los hombres: poseer más que los otros (ambición), estar por encima de los demás (el prestigio) y arrebatar a los otros lo que les pertenece (el poder):

  • Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan (v. 3).
  • —Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, pues está escrito: “Ha dado órdenes a sus ángeles sobre ti te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece en la piedra” (v. 6).
  • Todo esto te lo daré si te postras para adorarme (v. 9).

En cada episodio, una proposición tentadora del Diablo: el milagro fácil e injustificable; el espectáculo gratuito de efecto rápido y asegurado; y sobre todo, el poderío universal, si se somete a las reglas del juego del pretendido soberano del mundo. Y a cada tentación del rival, apoyada en una cita bíblica, el rechazo de Jesús y el compromiso de vivir solamente de la Palabra de Dios. Aunque las tres tentaciones parecen diferentes, todas van dirigidas a un único objetivo: apartar a Jesús de la voluntad del Padre, o lo que es lo mismo, poner a prueba su filiación divina (Luis A. Schökel, La Biblia de Nuestro Pueblo).

ACTUAR

Pidamos al Señor de no caer en la tentación… de no hacer nada.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

[1] González Faus, J. I. (2016). Inhumanos e Infrahumanos. Cuadernos CJ 201. Barcelona, p. 17.

Todavía es tiempo…

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pecadorarrepentidoMARZO 1 DE 2017.

MIÉRCOLES DE CENIZA

La liturgia de la Palabra del miércoles de ceniza nos ofrece tres textos (Jl 2,12-18; 2Cor 5,20-6,2 y Mt 6,1-6.16-18) que centran la atención en el inicio de la Cuaresma, haciendo énfasis en tres temas: el arrepentimientos, la conversión y la interiorización, o intimidad con Dios.

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Nos hemos acostumbrado a vivir al ritmo de un movimiento voraz, donde todo, entre más rápido, mejor; siempre, el tiempo se nos viene encima y la vida no alcanza para todo lo que debemos hacer, o quisiéramos hacer. Todo es prisa, “acelere”, ansiedad,

Nos queda la sensación del fracaso, de los esfuerzos infructuosos, de la derrota anticipada. Nos despertamos casi sin haber dormido y llegamos a casa, agotados, cuando ya, sin saberlo cómo ni por qué, tenemos que irnos.

Tiempo perdido en los traslados sin distancia precisa; tiempo agotado en las jornadas sin sentido. Trabajamos, trasnochamos, sin haber conseguido nada y lo poco que nos queda, se nos escapa en los desmayos repentinos que provoca la fatiga, o alguien nos lo roba cuando los ojos, exhaustos, se cierran para probar el sueño en fracción de segundos.

No hay tiempo para ser mejores, ni para amarnos; no hay tiempo para la alegría eterna, la que nunca termina. No hay tiempo para mirarnos con detenimiento, para darnos la mano con paciencia, o abrazarnos para nunca dejarnos.

Ya no hay tiempo para los hijos, ni los hijos tienen tiempo para los padres; no hay tiempo para los verdaderos amores ni tiempo para sentarnos a discutir nuestras diferencias. No hay tiempo para meditar nuestros sueños ni para captar, con los sentidos completos, la realidad que nos circunda.

Ya no tenemos tiempo para darnos tiempo, todo se agota en el instante, incluso, mucho antes de haberlo comenzado. Vivimos sobrepasados, incompletos; nos hemos convertido, sin quererlo ni pretenderlo, en servidores incumplidos e impuntuales; la responsabilidad sólo se mide con el cumplimiento a destajo, con la eficacia mecánica pero no con la eficiencia humana.

No hay tiempo de calidad, porque, tal vez, ya no tenemos conciencia del tiempo y de la realidad…

JUZGAR

Nunca la Palabra de Dios será inútil, o estéril. Siempre es oportuna y clara; se pronuncia, como respuesta, en medio de las crisis más profundas de la humanidad y ante las dudas más hondas de su existencia:

Todavía es tiempo… (Jl 2,12).

Yahvé nos hace saber, por medio del profeta Joel, que Él no tiene prisa, se presenta, de hecho, como un Dios compasivo y misericordioso, lento a la cólera… (2,13). Deja claro que aún hay esperanza, y que cada momento de la vida, si el hombre así lo decide y lo aprovecha, se convierte en una oportunidad para remontar el camino, con otro ritmo y con otro rumbo.

Todavía es tiempo. Conviértanse a mí de todo corazón… (v. 12).

A esto nos invita la cuaresma, y el tiempo ha comenzado: ¡Ayunar!, ¿de qué? ¡Convertirse!, ¿cómo y para qué?

El tiempo del hombre está ocupado de sobra; lleno de tal manera, que no hay espacio para contrarrestar el odio, o detener la violencia; ni siquiera para ser conscientes de la realidad y darnos cuenta de que estamos vivos, que nos necesitamos unos a otros.

El tiempo que Dios nos pide es tiempo que no se regatea, ni cedemos, porque es tiempo perdido; dedicárselo, equivaldría a darnos cuenta de que estamos confundidos, o nos hemos equivoca…, y no hay tiempo para eso.

El tiempo del hombre, es causa de “cardiopatías” que nos paralizan e inutilizan: Porque del corazón salen malas intenciones, asesinatos, adulterios, fornicación, robos, falso testimonio, blasfemia (Mt 15,19; Mc 7,21).

No obstante, el Padre es misericordioso y rico en clemencia (Joel 2,13). Misericordioso, porque ve la miseria del corazón humano (miser-cordia), se adentra en él, mora él, y desde allí lo llama, para que no se diga entre los pueblo: ¿Dónde está su Dios? (v. 17).

¿No saben que son santuario de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes? (1Cor 3,16).

Aquí radica el sentido de ese llamado a convertirse de todo corazón (Jl 2,12). Con-vertirse, significa regresar, retomar el camino; en otros palabras, remitirse al corazón, re-cordar que Dios está allí.

Por eso la insistencia de Jesús en decirnos que cuando ayunemos, cuando hagamos limosna y cuando oremos, lo hagamos en secreto, en la intimidad con Dios, en lo profundo de las convicciones y del corazón, y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará (Mt 6,18).

Entrar y cerrar la puerta implica encontrase con Dios, descubrir, en el corazón, que ese Dios es amor (1Jn 4,8). El amor, es para que el hombre viva enamorado, dándose al otro y entregando su vida. Por tanto, después de entrar en la intimidad, hay que abrir las puertas (convertirse), para ir a buscar el Reino de Dios y su justicia… (Mt 6,36).

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Escuchemos las palabras del Papa Francisco:

«Vuelvan a mí de todo corazón… vuelvan a mí» (Jl 2,12), es el clamor con el que el profeta Joel se dirige al pueblo en nombre del Señor; nadie podía sentirse excluido: llamen a los ancianos, reúnan a los pequeños y a los niños de pecho y al recién casado (cf. v. 6). Todo el Pueblo fiel es convocado para ponerse en marcha y adorar a su Dios que es «compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad» (v.13).

También nosotros queremos hacernos eco de este llamado; queremos volver al corazón misericordioso del Padre. En este tiempo de gracia que hoy comenzamos, fijamos una vez más nuestra mirada en su misericordia. La cuaresma es un camino: nos conduce a la victoria de la misericordia sobre todo aquello que busca aplastarnos o rebajarnos a cualquier cosa que no sea digna de un hijo de Dios. La cuaresma es el camino de la esclavitud a la libertad, del sufrimiento a la alegría, de la muerte a la vida. El gesto de las cenizas, con el que nos ponemos en marcha, nos recuerda nuestra condición original: hemos sido tomados de la tierra, somos de barro. Sí, pero barro en las manos amorosas de Dios que sopló su espíritu de vida sobre cada uno de nosotros y lo quiere seguir haciendo; quiere seguir dándonos ese aliento de vida que nos salva de otro tipo de aliento: la asfixia sofocante provocada por nuestros egoísmos; asfixia sofocante generada por mezquinas ambiciones y silenciosas indiferencias, asfixia que ahoga el espíritu, reduce el horizonte y anestesia el palpitar del corazón. El aliento de la vida de Dios nos salva de esta asfixia que apaga nuestra fe, enfría nuestra caridad y cancela nuestra esperanza. Vivir la cuaresma es anhelar ese aliento de vida que nuestro Padre no deja de ofrecernos en el fango de nuestra historia.

El aliento de la vida de Dios nos libera de esa asfixia de la que muchas veces no somos conscientes y que, incluso, nos hemos acostumbrado a «normalizar», aunque sus signos se hacen sentir; y nos parece «normal» porque nos hemos acostumbrado a respirar un aire cargado de falta de esperanza, aire de tristeza y de resignación, aire sofocante de pánico y aversión.

Cuaresma es el tiempo para decir «no»… (Homilía del miércoles de ceniza, Marzo 1/2017).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.