Entonces se les abrieron los ojos…

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TERCER DOMINGO DE PASCUA

La Liturgia de la Palabra de este domingo, a través del discurso de Pedro, que encontraremos en el texto de Hechos de los Apóstoles (2,14.22-33), en las palabras del mismo Pedro en su primera carta  (1,17-21) y en el pequeño discurso (explicación) que Jesús resucitado dirige a los caminantes de Emaús, en el evangelio de Lucas (24,13-35), pone énfasis en resaltar cómo las antiguas profecías hablaban ya del Señor como Mesías y cómo resucitaría por voluntad del Padre.

VER

Continuamente hablamos de la resurrección y proclamamos que Jesús ha resucitado, pero mucho me temo que creerlo de verdad y aceptar que la resurrección es un hecho fundamental para nuestra fe y nuestra vida como cristianos, es realmente difícil. El problema radica en creer -como decía el P. Daniel Stevens, SJ- en algo (la resurrección) que no es natural y que tampoco es -añadiría yo- virtual. Es una realidad que supera nuestro entendimiento y nuestras experiencias epidérmicas porque es sobrenatural; los presupuestos y los medios para creer en ello no son los ordinarios.

Cómo podemos creer en algo que no vemos, ni veremos nunca… Es el sentir de tantos jóvenes, y de muchos adultos, para quienes la vida está sólo en aquello que se puede percibir con los sentidos; únicamente lo que se puede tocar, probar, oler, escuchar… es natural. Por otro lado, la dimensión virtual en la que nos movemos y navegamos, aun cuando no sea real, es manipulable y manejable en cierta medida, por lo tanto, tiene un valor y un sentido (aunque no sea el adecuado) para el individuo, por la simple razón de que “lo ve…”.

En otro tiempo, la filosofía moderna declaró la muerte de Dios: lo que no se ve no existe, o ha muerto… Hoy, de manera sutil y a veces inconsciente, con nuestros actos y nuestra afirmaciones, declaramos exactamente lo mismo. Somos cristiano en modo gregario, pero, ni nuestras convicciones y nuestros actos están alimentados por la fe en Jesús resucitado; cumplimos a través de gestos materializados sin fondo ni proyección.

Caminamos por la vida sin comprender lo que sucede, tratando de explicarlo con profundas reflexiones y elaboradas teorías (o teologías…), o lo dejamos en el olvido, desanimado por la desilusión. Ya no vemos lo ordinario, lo que, partiendo de lo natural, nos podría llevar a lo sobrenatural…

JUZGAR

¡De veras ha resucitado el Señor…!

Los textos que hoy escuchamos repiten y proclaman cuatro veces la misma noticia:

  • Pero Dios lo resucitó: Hch 2,24.
  • A este Jesús Dios lo resucitó: Hch 2,32.
  • Por Cristo, ustedes creen en Dios, quien lo resucitó de entre los muertos: 1Pe 1,21.
  • De veras ha resucitado el Señor: Lc 24,34.

La resurrección es un acto de fe que surge en la experiencia de algunas mujeres ante el sepulcro vacío y de la certeza plasmada en las palabras que hemos escuchado: ¡Dios lo resucitó!

Esta es la conclusión a la que llegaron los discípulos de Emaús, después de haber compartido el pan sentado a la mesa con Jesús. Pero antes, sin reconocerlo ni saber quién era realmente, fueron capaces de hacerle un espacio y ofrecerle su casa: Quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto va a oscurecer (Lc 24,29).

El evangelio de Lucas, a través de la vivencia de los dos caminantes, nos ofrece cuatro enseñanzas:

  1. Que Jesús nos acompaña siempre, en cualquier camino y a cualquier hora.
  2. Que a veces no lo reconocemos, porque nuestro corazón está ofuscado por las preocupaciones de la vida, por los problemas, por las decepciones, por la incertidumbre, por la tristeza, por la falta de fe y por el miedo.
  3. Que cuando nos sentamos a la mesa y compartimos el pan él se queda con nosotros, se manifiesta y nos ayuda a ver claro.
  4. Que cuando nuestros ojos se abren y lo reconocemos, descubrimos que no hace falta verle presente (físicamente) para creer en él: hay que tocar la vida, poner los pies sobre la tierra y acoger sus palabras en lo ordinario, para que tengan sentido.

slide1Los discípulos han hecho un camino con Jesús; pero, mientras el camino de Jesús tiene por meta final llevar a cumplimiento el designio salvífico del Padre, el camino de los discípulos termina en decepción, tristeza y frustración, «esperábamos que él sería el liberador de Israel» (21); la vida, pasión, muerte y resurrección del Maestro todavía no son una alternativa de camino para el discípulo (19s.22-24).

Éste es el momento propicio que aprovecha el Resucitado para comenzar a rectificar el camino del discípulo, y lo hace a partir de dos elementos: el primero tiene su fundamento en la Escritura, por eso parte de ella y la explica punto por punto hasta que ellos la entienden. El segundo elemento es la parte vivencial de la Escritura que ya Jesús había puesto en práctica a lo largo de su vida y que quiso simbolizar con el gesto del compartir la mesa; aquí la comparte con dos de los discípulos, pero durante su vida la compartió con toda clase de hombres y mujeres.

Con toda seguridad, en cada ocasión tuvo que haber realizado algo, algún signo, alguna palabra que de un modo u otro le daba al compartir la mesa una dimensión nueva que iba más allá del simple gesto de consumir unos alimentos; pues bien, eso es lo que ahora «abre» los ojos de los discípulos, lo reconocen y ahora sí manifiestan lo que producía en ellos la explicación de la Escritura: el ardor, la fuerza de la gracia; necesitaban ver también el signo de la mesa/pan para ahora sí entenderlo todo y salir corriendo a contarlo a los demás (Luis A. Schökel, La Biblia de Nuestro Pueblo).

ACTUAR

Estamos viviendo “la crisis más grave” que ha vivido la humanidad en los últimos doscientos años. No es sólo crisis económica. Es crisis política, ecológica, social, cultural, jurídica, moral, religiosa… Lo que se está gestionando es un mundo con mayores desigualdades cada día. La única solución posible es impedir “el imperio de unos pocos sobre los demás”. Las comidas de Jesús, las eucaristías, nos tienen que abrir los ojos para reconocer la presencia de Jesús (Lc 24,31) en este caos. Ahora el Evangelio es más necesario que nunca. Con tal de que de él saquemos las debidas consecuencias (José María Castillo).

Se levantaron inmediatamente y regresaron a Jerusalén, donde se encontraban reunidos los Once con sus compañeros, los cuales les dijeron:

“De veras ha resucitado el Señor”. Con razón nuestro corazón ardía…

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

La paz esté con ustedes…

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protesta-venezuela-3-854x440-620x330ABRIL 23 DE 2017

SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA

El Domingo II de Pascua ha sido dedicado a recordad la Misericordia de Dios y la Liturgia de la Palabra nos presenta tres textos que nos ayudarán a comprender que dicha misericordia es un acto amoroso de Dios hacia el hombre, pero también del hombre con sus semejantes: Hch 2,42-47; Sal 117; 1Pe 1,3-9 y Jn 20,19-31.

VER

  • Protestas y represión en Venezuela…
  • Muertos en las calles de Caracas…
  • Atentado en Alepo…
  • Bombardeo en Siria…
  • Conflictos entre Corea y USA…
  • Atentados en Egipto…
  • “La madre de todas las bombas”: Afganistán…
  • Gobiernos corruptos en México…
  • Coche bomba mata a 68 niños en Siria…
  • Un muro nos divide y nos separa…
  • Atentado en Moscú…

JUZGAR

Al anochecer  del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”(Jn 20,19).

El Papa Juan Pablo II dedicó el segundo domingo de Pascua a la Misericordia de Dios (Domingo de la Divina Misericordia), encarnada en Jesucristo resucitado. Dicha misericordia se ha querido plasmar en el cuadro de un Jesús ajeno a la realidad humana (y a la misma naturaleza de Jesús), de cuyo corazón (invisible, por cierto) surgen destellos de luz, como símbolo de la misericordia que brota en la sangre y el agua de ese corazón traspasado.

No obstante, siguiendo lo propuesto por el evangelio de Juan, la misericordia divina no es lo que sale del corazón, sino lo que entre en él y se acoge. La palabra misericordia se compone de dos raíces: miser (miseria, desdicha) y cor, cordis (corazón), con las que se expresa una actitud: acoger en el corazón la miseria, o la desdicha, del otro, o dejarse tocar por ella. Es así que la idea de un Dios misericordioso debe ser comprendida a partir de la imagen que nos ofrece el libro del Éxodo: un Dios que actúa en favor de su pueblo:

He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos. Y he bajado a liberarlos… (Ex 3,7-8).

En esta línea de pensamiento, el evangelista Juan nos ofrece dos escenas donde se pone en acto la misericordia: en la primera, encontramos a una comunidad recluida en sus miedos y en la incertidumbre, casi sin esperanza (20,19); en la segunda, a un Tomás incrédulo y desconfiado, quien representa a ese tipo de hombres que hacen de la fe una “experiencia a su modo y a su medida”; en Tomás fluye la miseria de la condición humana. En ambos casos permean la duda, la impaciencia, la desesperanza, la desilusión…, la desdicha que a veces alberga el corazón del hombre.

¿En qué modo actúa la misericordia?:

  • Los discípulos, aterrados por el miedo, se han escondido. Allí, ocultos, sin comprender aun lo que había sucedido y sin esperarlo, entra Jesús, acogiendo su miseria y devolviéndoles la esperanza: La paz esté con ustedes (v. 19).
  • Las manos y el costado, con las heridas abiertas, no sólo sirven para identificarse ante sus seguidores, sino para dejar que las miradas se adentren en ellas y se reavive la fe. Pies y manos traspasados por los clavos del odio y la injusticia, ahora se convierten en crisol amoroso donde la fragilidad humana se transforma y se sacia de vida.
  • En Tomás se encarna la incredulidad y la tendencia de muchos a materializar la fe: si no meto la mano, si no toco…, no creo (v. 25). No están dispuestos a adentrarse en el misterio de Dios, en su corazón, sino de atraparlo, controlarlo, hacerlo a modo… Para Tomás, como para mucha gente, la muerte es definitiva y en ella termina todo; la resurrección no es una posibilidad.
  • No obstante, Jesús lo acoge, le permite tocar con las manos para que crea. Sus heridas, como su corazón, también están abiertas para él (v. 27).

Lo que da sentido a esta aparición, en el contexto de la Pascua y de la misericordia es el envío que Jesús hace a sus discípulos:

La Paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo… (v. 21).

Hay algo más: la misericordia de Dios se comparte con el hombre, de hecho, ha sido llamado y enviado a ser misericordioso como el Padre (Lc 6,36); por eso, Jesús sopla sobre ellos para que reciban el Espíritu y actúen del mismo modo: perdonando, acogiendo, haciendo justicia:

Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar (vv. 22-23).

Un corazón misericordioso, animado por el Espíritu, no sólo está capacitado para perdonar, sino también para discernir entre el bien y el mal (Perdonar o no perdonar) y ser portador de paz.

ACTUAR

¿Cómo nos implica la misericordia?

  • Escuchando los gritos de la humanidad y mirando sus tragedias.
  • Abrir el corazón y hacer nuestros los sufrimientos y los gozos del hermano.
  • Sobreponernos al miedo y salir de la indiferencia.
  • Hacernos presentes en medio de las adversidades con la misma actitud misericordiosa de Jesús y con sus mismas palabras: La paz esté con ustedes.

El Espíritu que Jesús infundió en sus discípulos aquél día, es el mismo que se nos ha dado en el bautismo. Ese Espíritu transformó la mente y el corazón de hombres y mujeres, llevándolos a construir una comunidad de justicia y de armonía, regida por la paz y el perdón mutuo; en ella todo mundo tenía un sitio, era acogido con misericordia y alegría:

En los primeros días de la Iglesia, todos los que habían sido bautizados eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la comunión fraterna, en la fracción del pan y en las oraciones. Toda la gente estaba llena de asombro y de temor, al ver los milagros y prodigios que los apóstoles hacían en Jerusalén.

Todos los creyentes vivían unidos y lo tenían todo en común. Los que eran dueños de bienes o propiedades los vendían, y el producto era distribuido entre todos, según las necesidades de cada uno. Diariamente se reunían en el templo, y en las casas partían el pan y comían juntos, con alegría y sencillez de corazón. Alababan a Dios y toda la gente los estimaba. Y el Señor aumentaba cada día el número de los que habían de salvarse (2,42-47).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

Y… ¿después qué?

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sepulcro-vacioABRIL 17 DE 2017

OCTAVA DE PASCUA

Domingo de resurrección: ¿y después qué…?

VER

«En la madrugada del sábado, al alborear el primer día de la semana, fueron María la Magdalena y la otra María a ver el sepulcro» (Mt 28,1). Podemos imaginar esos pasos…, el típico paso de quien va al cementerio, paso cansado de confusión, paso debilitado de quien no se convence de que todo haya terminado de esa forma… Podemos imaginar sus rostros pálidos… bañados por las lágrimas y la pregunta, ¿cómo puede ser que el Amor esté muerto?

A diferencia de los discípulos, ellas están ahí, como también acompañaron el último respiro de su Maestro en la cruz y luego a José de Arimatea a darle sepultura; dos mujeres capaces de no evadirse, capaces de aguantar, de asumir la vida como se presenta y de resistir el sabor amargo de las injusticias.

Y allí están, frente al sepulcro, entre el dolor y la incapacidad de resignarse, de aceptar que todo siempre tenga que terminar igual. Y si hacemos un esfuerzo con nuestra imaginación, en el rostro de estas mujeres podemos encontrar los rostros de tantas madres y abuelas, el rostro de niños y jóvenes que resisten el peso y el dolor de tanta injusticia inhumana.

Vemos reflejados en ellas el rostro de todos aquellos que caminando por la ciudad sienten el dolor de la miseria, el dolor por la explotación y la trata. En ellas también vemos el rostro de aquellos que sufren el desprecio por ser inmigrantes, huérfanos de tierra, de casa, de familia; el rostro de aquellos que su mirada revela soledad y abandono por tener las manos demasiado arrugadas.

Ellas son el rostro de mujeres, madres que lloran por ver cómo la vida de sus hijos queda sepultada bajo el peso de la corrupción, que quita derechos y rompe tantos anhelos, bajo el egoísmo cotidiano que crucifica y sepulta la esperanza de muchos, bajo la burocracia paralizante y estéril que no permite que las cosas cambien.

Ellas, en su dolor, son el rostro de todos aquellos que, caminando por la ciudad, ven crucificada la dignidad. En el rostro de estas mujeres, están muchos rostros, quizás encontramos tu rostro y el mío.

Papa Francisco, Extracto de la Homilía de la Vigilia Pascual, abril 15 de 2017.

JUZGAR

Vio y creyó: Jesús debía resucitar de entre los muertos.

  • Encontrar la piedra removida y el sepulcro vacío, ha provocado en María Magdalena, en Pedro, en Juna y en todos los discípulos de Jesús un nuevo movimiento de búsqueda; la incertidumbre se convierte en esperanza y correr al sepulcro vacío hace del seguimiento de Jesús algo distinto.
  • Ahora no hay duda: Jesús debía resucitar de entre los muertos (Jn 20,9).
  • Juan, entrando al sepulcro, vio y creyó (Jn 20,8): La vida se sobrepuso a la muerte, a toda muerte, y es signo de esperanza:

La muerte ha sido vencida definitivamente. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? (1Cor 15,54-55).

Las palabras que Pablo dirigía a los corintios, hoy se convierten para nosotros en un presupuesto de fe y de vida: si Cristo no ha resucitado, es vana nuestra proclamación y vana nuestra fe (1Cor 15,14). En estas palabras resuena el anuncio que las mujeres escucharon, asombradas y temerosas, el sábado, muy de mañana:

¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo?

No está aquí; ha resucitado (Lc 24,5).

 ACTUAR

  • Nosotros… ¿dónde buscamos? ¿Podemos decir: he visto y creo?:
  • “Creemos” porque nuestros padres, nuestros maestros, nuestros abuelos o nuestros catequistas nos han transmitido la fe en Cristo.
  • Pero, ¿quién de nosotros cree de verdad por haber visto? ¿Quién, después de una búsqueda profunda, se ha encontrado con Jesús resucitado?
  • ¿Quién puede ser seguidor de alguien a quien no conoce o jamás ha visto?

¿Eres tú, acaso, el único forastero que no sabe lo que ha sucedido estos días en Jerusalén?

A Jesús se le encuentra resucitado en la alegría de un niño, en los gestos de solidaridad, en el amor verdadero, en las mujeres que dan a luz un hijo, en los enfermos que sanan, en la energía de un joven, en el optimismo de los ancianos, en la gratuidad de nuestros actos, en la palabra de Dios que escuchamos.

Entonces, cuando lo hayamos descubierto, diremos: ¡Con razón nuestro corazón ardía…!

¡Quédate con nosotros!

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

¡Yo soy…!

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_95588854_libyamigrantsABRIL 14 DE 2017

VIERNES SANTO DE LA PASIÓN DEL SEÑOR

La Liturgia de la Palabra del Viernes Santo centra la atención en el sentido profundo de la Pasión del Señor, en un contexto pascual de salvación y liberación. Comienza con la figura del siervo, narrada por el profeta Isaías (52,13-53,12), donde los sufrimientos del Mesías encajan a la perfección en las antiguas profecías; en seguida tendremos otra imagen ofrecida por Pablo en su carta a los hebreos (4,14-16; 5,7-9), la del sacerdote, que es Cristo, que ofrece oraciones, súplicas y el sacrificio de sí mismo por la remisión de los pecados, ante Dios. Por último, la pasión según San Juan (18,1-19,42), con toda la carga simbólica y los detalles que son propios del cuarto evangelio, no sólo narra, sino que nos lleva a una reflexión, paso a paso, hasta lograr que la muerte en la cruz nos interpele y cuestione nuestra vida y nuestra fe.

VER

Si la celebración del Viernes Santo, en que recordamos la terrible muerte de Jesús en la cruz, no nos mueve realmente a una conversión de vida y no cambia las estructuras sociales, políticas, económicas e, incluso, religiosas, donde se fraguan las más terribles injusticias y formas de muerte…, entonces la intención redentora de esa muerte no ha alcanzado su misión entre nosotros; nos hemos quedado, patéticamente, clavados a esa cruz, a muchas cruces, sin haber sido capaces de dar el paso definitivo a la vida por medio de la resurrección.

Hoy, podemos escuchar y ver aun el drama de tantos hermanos que viven crucificados y, tal parece, que nada podemos hacer: la historia de un solo hombre se multiplica por miles y continúa sin detenerse, sin modificar la realidad, sin cambiar el destino…

La redacción de la BBC Mundo (Abril 13/2017) nos hace voltear la mirada hacia una realidad de crucificados: El drama de los migrantes africanos que son vendidos en “mercados de esclavos” en Libia.

Por si tener que abandonar su casa y recorrer miles de kilómetros hacia lo desconocido superando numerosos peligros fuera poco, centenares de migrantes africanos también están siendo vendidos en “mercados de esclavos”, como si fueran mercancía.

Empleados de la Organización Internacional de Migración (OIM) tuvieron conocimiento de la existencia de estos mercados en Libia, donde los jóvenes son vendidos y comprados para trabajar, como cebo para exigir un rescate a sus familias y también, en el caso de las mujeres, como esclavas sexuales. Migrantes con habilidades específicas, como la pintura o la colocación de azulejos, son vendidos a precios más altos…

Uno de los casos que documentó la organización fue el de un migrante senegalés, al que la OIM se refiere como SC para proteger su identidad, que cayó en una situación dramática en el camino para llegar a Libia a través del desierto.

Los problemas de SC empezaron al llegar a Agadez, un polvoriento pueblo en el límite sur del desierto de Sahara conocido por ser uno de los centros de las rutas migratorias que recorren el continente africano hacia el norte. Sólo este año, más de 311.000 personas han pasado por allí en su camino hacia Argelia y Libia.

En Agadez, a SC los traficante le dijeron que tenía que pagar $320 dólares para poder seguir su camino. Uno de ellos le dio alojamiento hasta el día previsto para la salida, donde pasarían a buscarlo en camión.

El grupo logró tras dos días de viaje llegar a Sabha, en el suroeste de Libia, un peligroso recorrido en el que muchos otros migrantes han muerto. Aunque no hay cifras oficiales, numerosos testigos han relatado cómo es ese camino han visto los restos en pleno desierto de otros migrantes que fueron abandonados por los conductores de los vehículos que los transportaban.

SC, sin embargo, logró sobrevivir al viaje, aunque cuando llegó a Sabha el conductor del camión insistió en que el traficante no le había pagado y, con esa excusa, llevó a los migrantes a una zona de aparcamiento, en la que SC vio un verdadero mercado de esclavos. Allí, migrantes subsaharianos eran vendidos y comprados por ciudadanos libios. A SC lo “compraron” y lo llevaron a su primera “cárcel”, una casa privada donde más de 100 migrantes estaban atrapados como rehenes. Los secuestradores obligaban a los migrantes a llamar a sus familias y, mientras hablaban con sus familiares, eran golpeados para que éstos pudieran escuchar cómo eran torturados…[1]

JUZGAR/REFLEXIONAR/ORAR

Te propongo que iniciemos nuestra reflexión a partir de estas palabras, que Mateo pone en boca de Jesús justo antes de comenzar el proceso de su pasión y condena a muerte:

Les aseguro que lo que hayan hecho, o dejado de hacer, a uno solo de éstos, mis hermanos menores, me lo hicieron a mí (25,40.45).

  • ¿Qué rostros tiene hoy esos hermanos menores? ¿Quiénes son para ti?
  • ¿Qué hemos hecho por ellos?

Lee con atención el texto del profeta Isaías (52,13-53,12). Ubica cada momento, palabra y hecho en relación a lo que viven los migrantes africanos, y los migrantes en todo el mundo:

He aquí que mi siervo prosperará, será engrandecido y exaltado, será puesto en alto. Muchos se horrorizaron al verlo, porque estaba desfigurado su semblante, que no tenía ya aspecto de hombre; pero muchos pueblos se llenaron de asombro. Ante él los reyes cerrarán la boca, porque verán lo que nunca se les había contado y comprenderán lo que nunca se habían imaginado.

¿Quién habrá de creer lo que hemos anunciado? ¿A quién se le revelará el poder del Señor? Creció en su presencia como planta débil, como una raíz en el desierto. No tenía gracia ni belleza. No vimos en él ningún aspecto atrayente; despreciado y rechazado por los hombres, varón de dolores, habituado al sufrimiento; como uno del cual se aparta la mirada, despreciado y desestimado.

Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo tuvimos por leproso, herido por Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Él soportó el castigo que nos trae la paz. Por sus llagas hemos sido curados.

Todos andábamos errantes como ovejas, cada uno siguiendo su camino, y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes. Cuando lo maltrataban, se humillaba y no abría la boca, como un cordero llevado a degollar; como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca.

Inicuamente y contra toda justicia se lo llevaron. ¿Quién se preocupó de su suerte? Lo arrancaron de la tierra de los vivos, lo hirieron de muerte por los pecados de mi pueblo, le dieron sepultura con los malhechores a la hora de su muerte, aunque no había cometido crímenes, ni hubo engaño en su boca.

El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento. Cuando entregue su vida como expiación, verá a sus descendientes, prolongará sus años y por medio de él prosperarán los designios del Señor. Por las fatigas de su alma, verá la luz y se saciará; con sus sufrimientos justificará mi siervo a muchos, cargando con los crímenes de ellos.

Por eso le daré una parte entre los grandes, y con los fuertes repartirá despojos, ya que indefenso se entregó a la muerte y fue contado entre los malhechores, cuando tomó sobre sí las culpas de todos e intercedió por los pecadores

  • ¿Cómo resuenan estas palabras de frente al texto de Isaías?: Cristo de nuevo crucificado…
  • ¿Qué culpas cargan ellos? ¿Qué culpas desconocemos?
  • ¿Qué papel jugamos en esas pasiones, o en esas crucifixiones?

Desde del evangelio de Juan (18,1-19,42), dejémonos cuestionar con las siguientes preguntas y palabras. Dedica un tiempo de silencio y oración a cada punto:

  • Nuestra fe es también un proceso de búsquedas: buscamos la felicidad, la libertad, la vida eterna; buscamos al Señor. Cada vez que nos interpela la pregunta: ¿A quién buscan? (vv. 4 y 7), qué respondemos.
  • Si la respuesta es la misma de Jesús a sus perseguidores: Yo soy… (vv. 5 y 8), ¿a quiénes identificamos en ese mismo yo soy?
  • Cuántas condenas sin sentido, cuántas muertes injustas, como la de Jesús. La pregunta de Pilato a las autoridades judías también va dirigida a las autoridades de este mundo, a los sistemas políticos, a las estructuras sociales que condenan a tantos hombres en la miseria, en la pobreza y en el oprobio: ¿De qué acusan a este hombre? (v. 29).
  • Ante esa realidad inexplicable e incomprensible, hay quienes buscan la verdad, pero hay otros que la ocultan: Todo el que es de la verdad, escucha mi voz… (v. 37).
  • La duda de Pilato, es también nuestra duda: ¿Y qué es la verdad? (v. 38).
  • Salió, pues, Jesús, llevando la corona de espinas y el manto color púrpura. Pilato les dijo: “Aquí está el hombre”… (19,5). Esta escena representa el mismo drama de tantos hombres, mujeres y niños marcados por la injusticia y entregados a un destino incierto; cuando los vemos por las calles, en los desiertos, en las cárceles… se repite constantemente la sentencia de Pilato: Aquí está el hombre…
  • Ellos gritaron: “¡Fuera, fuera! ¡Crucifícalo!” (19,15). En este grito quedan expuestos los trabajadores despedidos, los migrantes expulsados, los hijos no reconocidos, los desaparecidos; abortos, abandonos…
  • Junto a la cruz de Jesús estaba su madre…, y todos nosotros junto a la cruz que soportan de manera injusta tantos condenados a muerte. En ese momento y frente a esa realidad, debemos asumir la responsabilidad propia del amor evangélico: en esto reconocerán que son discípulos míos, en el amor que se tengan unos a otros (Jn 13,35):

Jesús dijo a su madre: “Mujer, ahí está tu hijo”. Luego dijo al discípulo: “Ahí está tu madre”. Y desde aquella hora el discípulo se la llevó a vivir con él (Jn 19,26-27).

  • Las últimas palabras de Jesús antes de morir son desgarradoras, tal vez igual que las palabras de angustia y desesperación de los migrantes en el desierto, en las cárceles o en los campos de esclavos: Tengo sed… (19,28).
  • Todo esfuerzo por alcanzar los ideales, toda lucha por la justicia, así como todo intento por obtener un pan para alimentar a los hijos, aun cuando se tenga que caminar por el desierto y morir allí, habrá implicado entregar la vida y lo más valioso de cada persona.
  • De igual manera, Jesús entrega lo mismo que el Padre le había dado desde el principio, pero que él nos promete para darnos vida:

 Todo está cumplido, e inclinando la cabeza, entregó el espíritu (19,30).

ACTUAR Y REFLEXIONES FIANLES

  • El viernes santo, día de la muerte del Señor, nos abre dos posibilidades para celebrar y recordar este acontecimiento:
  1. Un recuerdo “ritual”, mediante los ritos y la celebración en sí.
  2. Un recuerdo “existencial”, mediante la propia existencia y la vida.
  • Con la primera opción corremos el riesgo de quedarnos sólo en el cumplimiento del precepto y dejar que el significado de la muerte de Jesús se agote cuando la liturgia termine. No está mal cumplir, pero hay que ir más allá.
  • Con la segunda opción, tendríamos la oportunidad de comprender la trágica muerte de Jesús desde nuestras propias experiencias de muerte y saber que, desde la fe, lo que le sigue es la resurrección, la vida plena.

Las palabras del profeta Isaías encajan perfecto en nuestra realidad y reflejan con claridad cómo nos sentimos:

 Todos andábamos errantes como ovejas, cada uno siguiendo su camino, y el Señor cargó sobre él todos nuestro crímenes (53,6).

Andamos errantes, el miedo nos ofusca y el terror opaca la luz que ilumina los corazones. Sólo vemos la muerte violenta de Jesús, como la de muchos hombres, y, por alguna razón inexplicable, la reproducimos en ellos; los clavamos a golpe de balas, de bombas, de atentados, de insultos…; nos burlamos de él en cada hermano que muere y nos reímos de su agonía.

Inicuamente y contra toda justicia se lo llevaron. ¿Quién se preocupó de su suerte? Lo arrancaron de la tierra de los vivos, lo hirieron de muerte por los pecados de mi pueblo, le dieron sepultura con los malhechores a la hora de su muerte, aunque no había cometido crímenes, ni había engaño en su boca (53,8-9).

La muerte de Jesús en la cruz no termina allí: es la evidencia que pone de manifiesto la violencia del corazón humano, la expresión concreta del odio y la reivindicación del miedo. Por eso es redentora, porque Jesús asume todo eso en su persona para transformarlo, de una vez y para siempre, a través del amor: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen (Lc 23,34); tampoco nosotros sabemos lo que hacemos. Poniendo su vida en las manos del Padre, consciente de que en él todo se había cumplido, inclinó la cabeza, desfallecido, acabado, vencido, sin tomar venganza contra nadie, antes al contrario, como dice el P. Raniero Cantalamessa, haciendo justicia a través de la misericordia, entregó el espíritu (Jn 19,30).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

[1] http://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-39579498

Así como yo…

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wash-jesus-washing-apostles-feetJUEVES 13 DE ABRIL DE 2017

JUEVES SANTO DE LA CENA DEL SEÑOR

La liturgia de la Palabra del jueves santo nos ofrece los siguientes textos: Ex 12,1-8.11-14; Sal 115; 1Cor 11,23-26 y Jn 13 1-15.

Todo gira en torno al recuerdo de la Pascua judía y a la centralidad de la Pascua cristiana, con la que se inicia una nueva forma de conmemorar la libertad y de vivir en fraternidad.

VER

Por donde quiera que caminamos y nos movemos en la ciudad, en los cruceros de las grandes avenidas, debajo de los puentes, en las plazas, encontramos indigentes, niños sin familia, mujeres sin trabajo, hombres desempleados, ancianos sin hogar y alguno que otro oportunista (también los hay)… que extienden las manos para pedir algo de comer, o una moneda para mitigar sus carencias. La miseria y la pobreza extrema los ha orillado a tal situación; pero también la codicia, el egoísmo, el acaparamiento de los bienes, la corrupción.

Toda forma de injusticia se convierte, en sí, en una fuente de egoísmo, que se cierra ante las necesidades del otro. El desperdicio de alimentos, el desecho de sobrantes que se tiran al mar o a los basureros, las cosecha que se dejan perder con tal de no venderlas a menor precio, o donarlas, van en contra del sentido común y de la lógica que busca el bienestar de todos.

Así como encontramos una gran resistencia a compartir lo que poseemos, también una negación, casi rotunda, a servirnos, a darnos la mano, a dejar de lado los privilegios y el status; hacer del servicio un acción factible respecto del otro y no sólo un slogan de campaña política, de promoción a un puesto, o de discurso vacío que se pronuncia de labios para afuera…, tratando de convencer al pueblo y a las masas de dar votos para obtener favores.

JUZGAR

El jueves santo, por lo general, está enfocado en recordar algunas aspectos esenciales de la tradición cristiana, pero se insiste con fuerza en dos particularmente: la institución de la Eucaristía y el “origen” del ministerio presbiteral, o sacerdotal. El primero, hunde sus raíces en los textos de los evangelios sinópticos y en la fuente más antigua de la primera carta de Pablo a los corintios (11,23.26), que narran en conjunto la cena de Jesús con sus discípulos, a la que hemos llamado última cena, y donde se resalta el mandato de hacer de ello un memorial, es decir, continuar celebrando el banquete para recordar que el Señor entregó su vida (cuerpo y sangre) por la salvación de todos los hombres. A partir de entonces, según la tradición cristiana, el pan que Jesús reparte y la copa de vino que bendice, se convierten en símbolo de su cuerpo que se entrega y su sangre que se derrama.

El segundo aspecto es inconsistente, pero la teología sacramental ha mantenido sobre él el origen incuestionable del sacramento ministerial del presbiterado, a tal grado, que muchos afirman, sin pensarlo ni dudarlo, que en ese momento el Señor “ordenó a los primeros sacerdotes” (e incluso afirmando que allí “hicieron la primera comunión…”). Sin embargo, no encontramos ningún gesto o signo que lo pueda avalar puntualmente, tales como la imposición de manos, la unción, o un mandato explícito de que ellos, los 12, debían ser los únicos en repetirlo de modo exclusivo, a través de un rito y de un ministerio. En realidad, de los cuatro textos (1Cor 11,23-26; Mt 26,26-29; Mc 14,22-25; Lc 22,14-20) sólo Lucas y Pablo hacen referencia al mandato del memorial: Hagan esto en memoria mía (v. 19 y vv. 24-25, respectivamente), pero en ningún de ellos da la impresión de estar realizando un acto excluyente en el que sólo los doce puedan ejercer tal disposición; antes al contrario, se dirige a la pequeña comunidad allí reunida, con quienes deseaba, simple y sencillamente, cenar la Pascua.

¿Cuál es la enseñanza que Jesús nos quiso dejar en este acontecimiento? En el contexto de la Pascua judía resuenan con fuerza las palabras con las que inicia el texto de Éxodo: Este mes será para todos ustedes el primero de todos los meses y el principio del año (12,1). Tomando en cuenta que desde la perspectiva de la Escritura todo principio es inicio de una nueva creación, la cena del Señor es una Nueva Pascua y, por lo mismo, el inicio absoluto de algo distinto para el hombre: una nueva alianza y una liberación definitiva.

Por otro lado, la eucaristía no se reduce a las prerrogativas de un rito ni se agota en el ministerio de unos cuantos; dicha experiencia de acción de gracias alcanza su culmen cuando dos o tres se reúnen en nombre del Señor (Mt 18,20) y se pone en práctica del mismo modo que lo hacía la comunidad primitiva de Jerusalén (Hch 2,42-47). Podríamos decir que el memorial no consiste en consagrar el pan en nombre del Señor, sino en compartirlo y hacer justicia en el seno de una sociedad injusta y desigual.

Es por ello que la liturgia solemne del jueves santo pone al centro de la reflexión el texto del evangelio de Juan (no otro), quien nos da la pauta de cómo llevar el pan compartido a la vida y de cómo se pone en práctica el mandamiento del amor:

…se levantó de la mesa, se quitó el manto y tomando una toalla, se la ciñó; luego echó el agua en una jofaina y se puso a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que se había ceñido.

Cuando acabó de lavarles los pies, se puso otra vez el manto, volvió a la mesa y les dijo: ¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, que soy el Maestro y Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros. Les he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con ustedes, también ustedes lo hagan (Jn 13,4-5.12-15).

Cuando hay una comunidad que se reúne para compartir el pan, con la convicción de dar la vida (hacer justicia), se logra entonces el memorial y llega a plenitud, cuando esa misma comunidad se convierte en una comunidad que sirve, no sólo porque lava los pies, sino porque baja la mirada a las necesidades del hombre y las atiende con humildad y amor.

Por eso, cada vez que ustedes comen este pan y beben este cáliz, proclaman la muerte del Señor, hasta que vuelva (1Cor, 11,26).

ACTUAR

Negarle al pan a alguien es negarse la oportunidad de convertir la propia mesa en eucaristía y en memorial; tener miedo de servir al otro significa que no hemos comprendido, en lo esencial, la radicalidad del amor.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo

¡Bendito el que viene…!

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DOMINGO_RAMOS_2017DOMINGO 9 DE ABRIL DE 2017

DOMINGO DE RAMOS DE LA PASIÓN DEL SEÑOR

Con esta solemne celebración iniciamos la Semana Santa y la liturgia de este domingo tiene la finalidad de ubicar nuestra reflexión en torno a dos temas: el ingreso definitivo de Jesús en la historia humana, por medio de la entrada triunfal a Jerusalén, y el sentido de la pasión, como paradigma que da validez a la Buena Nueva anunciada por Jesús.

La celebración litúrgica se integra de dos partes, cada una con sus propios textos: la primera, está dedicada a la conmemoración de la entrada del Señor a Jerusalén, animada con la procesión de las palmas. El textos para este momento es del evangelio de Mateo (21,1-11) y se complementa con dos salmos (23 o 46), a elegir, para acompañar la procesión. La segunda parte, que es en sí la celebración Eucarística (Misa), nos ofrece los siguientes textos: Is 50,4-7; Sal 21; Fil 2,6-11 y Mt 26,14-27,66.

VER

Los grandes luchadores sociales, quienes han defendido la causa de los pobres, los derechos inalienables de la humanidad y alzado su voz por la justicia, han ido siempre, o casi siempre, a contracorriente de sistemas y estructuras injustas, anquilosadas en sí mismas.

Cada una de ellas y de ellos debió suponer que tal lucha se vería opacada con la sombra de la muerte. Experimentaron el miedo tras las amenazas y las advertencias y, muy probablemente, pasaron por momentos de dudas e incertidumbres, con la posibilidad de claudicar y abandonar todo.

No obstante, cuando los ideales por los que se apuesta la vida son más altos y más fuertes que los miedos y que las amenazas, se emprende el camino hacia la meta deseada, a pesar de todo. Así lo vivieron Romero y Ellacuría, entre muchos otros y muchas otras, tomando la firme decisión de caminar con el pueblo, hasta alcanzar una especie de entrada triunfal en la realidad de la pobreza y la injusticia; tal vez no se alzaron palmas para ellos ni se tendieron mantos bajo sus pies, pero sí un clamor de fe y esperanza que cantaba, como el pueblo hebreo: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! (Mt 21,9).

El triunfo está en la alegría del otro, en su rostro sonriente y en el corazón animado por la esperanza; en la certeza de que si hay un mensaje de amor y de paz, la justicia y la libertad son posibles. La muerte pasa a segundo término, porque lo primero es la dignidad del hombre y la centralidad de la vida, de lo contrario, se impondrá implacable, sin sentido.

Un testimonio de vidas entregadas a la causa del Reino, que llegaron a una realidad hostil en nombre del Señor y que dieron su vida, incluso hasta la muerte, podrá iluminar de mejor manera el sentido de esta liturgia y de este día con el que inicia la Semana Santa:

Vidas ordinarias extraordinarias

Ita Ford y Carla Piette (religiosas de la Congregación de Maryknoll), en 1980 respondieron a la llamada de monseñor Romero y a la de su congregación, muy comprometida con la represión que estaba sufriendo El Salvador. A ellas se unieron varias hermanas que se encontraban en Nicaragua, donde la guerra civil había concluido y el dictador Somoza había abandonado el país. Mientras marchaban hacia su nueva misión supieron del asesinato de monseñor Romero. Este hecho desencadenó una crisis eclesial muy profunda, y la archidiócesis parecía caminar sin rumbo. Después de valorar la situación con el vicario general de San Salvador, con el nuevo administrador apostólico, con el provincial de los jesuitas y con agentes de pastoral, Carla e Ita decidieron trabajar con los refugiados de Chalatenango. En junio de ese mismo año, ambas comenzaron su tarea y pronto comprendieron la magnitud de la violencia con la que actuaba la dictadura militar salvadoreña, capaz de destruir cualquier oposición. En Chalatenango acogieron y acompañaron a los campesinos víctimas de la persecución. Ita escribió en aquellos días:

«No sé si es a pesar de, o a causa del horror, del terror, de la maldad, de la confusión, de la ausencia total de justicia; pero sí sé que es bueno estar aquí. Activar nuestros talentos, creer que tenemos los dones necesarios para usarlos para El Salvador; sé que las respuestas a las preguntas vendrán cuando nos hagan falta, que tenemos que caminar con fe un día a la vez por un camino lleno de obstáculos, de desvíos. Parece que esto es lo que significa para nosotras estar en El Salvador».[1]

JUZGAR

El evangelio de Mateo narra que cuando Jesús entró a Jerusalén, montado en el asno, conmovió a toda la ciudad (21,11), el pueblo lo aclamó como rey y le dio la bienvenida como tal, con la diferencia de que a Jesús se le identificaba como el Mesías y el profeta enviado por Dios.

No era la primera vez que, según los evangelios, Jesús subía a la gran ciudad; es probable que desde su infancia, tomando en cuenta las tradiciones judías, lo haya hecho más de una vez (p. ej. Lc 2,41-52). Pero ésta, marcada como la entrada triunfal, es la única y definitiva que reporta Mateo; se da en un contexto de incertidumbre y de tensión para Jesús y sus discípulos, que los había mantenido alejados de Jerusalén: las palabras, las acciones y los milagros llevados a cabo por Jesús ponían en entredicho la forma de vida de las autoridades y contravenían las prescripciones de la ley (el ayuno, la purificación, la importancia de observar el sábado, etc.), a tal grado, que se le consideraba traidor, blasfemo y hereje. A pesar de ello, le temían y buscaban la ocasión de apresarlo para darle muerte. En tres ocasiones, previas a este acontecimiento, Mateo nos dice que Jesús anunció tanto los padecimientos que tendría que soportar y su muerte, como la resurrección (16,21; 17,22-23 y 20,17-19). Su misión era cumplir la Voluntad del Padre a pesar de todo.

El ambiente que se vivía en la ciudad en esos momentos era propicio, pues con motivo de la celebración de Pascua – indica Luis A. Schökel –, memoria viva de la liberación de Egipto, acudían a Jerusalén multitud de judíos. En estas ocasiones, las expectativas mesiánicas resurgían con fuerza. La espera del inminente reinado de Dios se apoderó del grupo que lo acompañaba, y comenzaron a aclamarlo como Mesías (La Biblia de Nuestro Pueblo).

En seguida de la entrada a la Ciudad Santa, impregnado todo de mesianismo, se suceden los últimos acontecimientos de la vida del Señor, antes de ser condenado a muerte: la expulsión de los vendedores del Templo (que será determinante) y la cena de Pascua con sus discípulos. Por esto mismo podemos afirmar que la entrada mesiánica de Jesús a Jerusalén marca el ingreso definitivo del Reino de Dios en la historia de la humanidad; con ello se rompen los antiguos paradigmas y a partir de entonces la vida fluye de manera distinta. Es como la gran manifestación (Epifanía) del Señor a su pueblo.

Ahora bien, la pregunta que lanzan las autoridades, perplejas ante los hechos, no es más que la expresión incontenible que aflora de la novedad que incomoda y de lo inesperado: ¿Quién es éste? (v. 11). La respuesta de la gente, desde la perspectiva de Mateo, capta lo esencial de la figura de Jesús, para ellos, los pobres y los sencillos, no hay confusión:

Éste es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea (v. 11).

El pueblo lo reconoce como el gran profeta, el ungido, venido de fuera, de un lugar donde nada bueno podía salir (Jn 1,46). Lo que han visto es suficiente para creer en él y lo que han escuchado les basta para saber que es el Hijo de Dios, el enviado prometido desde antiguo.

La gente sencilla no es el problema, porque en ellos se confirma lo que el mismo Mateo nos recuerda en el capítulo 11: que todo se ha reservado para ser dado a conocer a los sencillos (v. 25). Por el contrario, el problema radica en todo lo que Jerusalén representa: el poder, la tradición, la ley, las autoridades políticas (Roma) y religiosas (Sacerdotes, levitas, escribas, fariseos…). Para Jesús es claro que la ciudad es sagrada, pues en ella se aloja el Templo (presencia de Yahvé en medio de su pueblo), pero los hombres la han banalizado.

Quienes se ocultan tras sus murallas se han resistido a escuchar la Buena Nueva de Jesús y aceptarla en sus vidas, no se han dejado seducir ni interpelar por ella. La entrada a la ciudad y la expulsión de los vendedores son interpretados como una grave intromisión, una afrenta a la ley y al Templo y un acto de rebeldía, con el que se atrevió a romper (entrar) y desestabilizar (toda la ciudad se conmovió) las estructuras de un sistema establecido, encerrado en sí mismo. Jesús sabía que era lo último que le quedaba por hacer y, también, lo último que le permitirían hacer (o, tal vez, lo único que no se permitirían las autoridades).

Para nosotros hoy, la celebración del domingo de ramos, no puede quedarse sólo en la bendición de las palmas, pues reduciríamos un acontecimiento trascendental a un mero rito. Se trata de comprender en el contexto de la pasión (por eso la extensa lectura del evangelio) la razón por la que Jesús es condenado a muerte, y tener claro, también, que esa muerte no fue, ni es, voluntad del Padre, sino la consecuencia inevitable, en este caso (no buscada sino asumida), de la firme decisión de ser fiel al proyecto de Dios y al cumplimiento de su Voluntad, incluso hasta la muerte. El miedo y los oscuros intereses de por medio, llevaron a las autoridades a condenarlo a muerte. Resulta más viable desechar, tirar fuera, expulsar o matar, que escuchar, acoger, cambiar y comprometerse…

En aquél tiempo, uno de los doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: “¿Cuánto me dan si les entrego a Jesús?”. Ellos quedaron en darle treinta monedas de plata. Y desde ese momento andaba buscando una oportunidad para entregárselo… Los sumos sacerdotes y todo el sanedrín andaban buscando un falso testimonio contra Jesús, con ánimo de darle muerte… (Mt 26,14-16.59).

thPQSQLXHKJesús entra a Jerusalén y el conflicto con las autoridades judías se agrava cada vez más. Jesús inicia aquí la última etapa de su vida terrena.

El gesto humilde de Jesús de entrar en Jerusalén montado en un asno revela que su mesianismo no seguirá los esquemas del poder y la gloria (Luis A. Schökel, La Biblia de Nuestro Pueblo).

ACTUAR

¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

  • ¿Por qué la Semana Santa inicia con el Domingo de Ramos?:
    • Al igual que el pueblo que seguía a Jesús, también nosotros le damos la bienvenida.
    • Así, la Semana Santa se convierte en un tiempo no sólo de reflexión y penitencia (ayuno, abstinencia, silencio…), sino de bienvenida: la entrada triunfal de Jesús en la historia de la humanidad.
  • Pero… ¿qué relación tiene todo esto con nuestras costumbres o nuestra vida cotidiana?:
    • Pensemos cuántas veces hemos organizado una “entrada triunfal” a: políticos, al poder mismo, a la riqueza; a gente importante que sólo satisface nuestros intereses, a los ídolos de la sociedad y la cultura…
    • Cuántas de esas veces nos hemos puesto a sus pies (como los mantos), para que entren sin dificultad a nuestras vidas.
    • Cuántas veces les hemos gritado cosas como: ¡Bienvenido!, ¡Eres lo máximo!, ¡Nadie como tú!, ¡Eres mi ídolo!
    • ¿Así lo hicimos con Jesús el día de nuestra primera comunión, o el día en que nos confirmamos?
    • ¿Así fue el día de nuestra boda, no sólo con Jesús, sino con nuestra pareja? ¿O el día en que nos consagramos a él?
    • Nosotros mismo, ¿somos bienvenidos? ¿Representamos algún cambio dentro de la familia, de la escuela, de la comunidad?
  • El domingo de ramos es la oportunidad de preguntarnos si de verdad Jesús es bienvenido a nuestra historia, personal y social, con sus propuestas y con su evangelio.
  • Si así es, entonces estamos listos para acompañarlo durante esta semana en el recuerdo de su pasión, de su muerte y, sobre todo, de su resurrección.

En definitiva, la entrada de Jesús en Jerusalén, montado en un humilde asno y rodeado de gentes humildes, expresa que lo más humano de nuestra vida se realiza en la sencillez y el rechazo de toda pompa y deseo de dominio. Porque sólo la bondad es digna de fe

(José María Castillo)

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

 

 

[1] Temporelli, C. M. (2016). Amigas de Dios, profetas del pueblo, Cuadernos CJ 199. Ed. Cristianisme i Justicia. Barcelona, p. 16-17.