¿Qué hacen allí parados…?

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MAYO 28 DE 2017

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

La solemnidad de la Ascensión del Señor nos ubica en el último gran momento de la vida del Jesús resucitado, justo antes del gran acontecimiento de Pentecostés, que celebraremos el domingo 4 de junio.

Los textos de la liturgia nos ayudarán a comprender el fondo y el sentido de este suceso, y descubriremos que todo está en función de una comunidad que nace, animada por la fuerza del Espíritu, y de la misión que el Señor le ha encomendado. Dichos textos son: Hch 1,1-11; Sal 46; Ef 1,17-23 y Mt 28,16-20.

VER

Algunos momentos de nuestra vida (si no es que todos) están diseñados, o previstos, para tener un final, para ser concluidos y cerrados, aunque, al mismo tiempo, pueden ser el preámbulo de nuevas experiencias y horizontes distintos. Es así, que constantemente, cerramos y abrimos ciclos…

En ese abrir y cerrar suceden muchas cosas, pero hay en ello algo peculiar: algunos de nuestros ciclos personales se viven y se cierran en compañía de otras personas (cónyuges, hijos, alumnos, empleados, amigos, discípulos, etc.), dando pie a que ellos, los otros, abran sus propios ciclos. Por decirlo de alguna manera, jugamos el papel de animadores, guías, orientadores, educadores, padres de familia, referentes que marcan el camino…, pero debemos asumir la responsabilidad de despedirnos y dejarlos andar bajo su propia responsabilidad.

Para cuando esto suceda, y comiencen andar por sí mismos, les habremos dado: las herramientas necesarias, los valores fundamentales, los criterios para discernir y tomar decisiones; además, habremos logrado que su voluntad y su carácter sean lo suficientemente fuertes para enfrentar los retos de la vida y para transmitir, también ellos, lo que nosotros les hemos enseñado.

…pero les digo la verdad: les conviene que yo me vaya. Si no me voy, no vendrá a ustedes el Defensor, pero si me voy lo enviaré a ustedes (Jn 16,7).

¿De verdad nos vamos cuando toca hacerlo? ¿Qué heredamos a los que siguen nuestro camino?

JUZGAR

¿Qué hacen allí, parados, mirando al cielo? (cf. Hch 1,11)

Es imposible quedarse parado, inmóvil, sin hacer nada, después de haber recibido la fuerza del Espíritu. En la Iglesia, dice el Cardenal Bruno Forte (La Iglesia icono de la Trinidad), no puede haber desempleados, puesto que todos, al ser bautizados, hemos recibido un carisma para el bien común. Así que no hay lugar para los indiferentes ni espacio para la inactividad.

¿Cuál es el argumento para sostener tal afirmación?: Un mandato:

Vayan, pues, y hagan discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo cuanto yo les ha mandado (Mt 28,19-20).

Pero esto, sólo es posible gracias al cumplimiento de una promesa hecha por el mismo Jesús a los suyos, en repetidas ocasiones:

Aguarden aquí a que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que ya les he hablado: Juan bautizó con agua; dentro de pocos días ustedes serán bautizados con el Espíritu Santo (Hch 1,4-5).

El Espíritu genera movimiento, vida, acción, creatividad, atrevimiento, libertad; es una fuerza que transforma (ruah), y por eso mismo no podemos quedarnos mirando al cielo, desentendiéndonos de la realidad, o preocupándonos por el poder político, por la economía, por el bien propio, o instalados en la comodidad de la vida sin compromisos; preocupados, como los discípulos, por la soberanía de Israel (Hch 1,6)…, sino todo lo contrario. Es imperativo salir al mundo:

Cuando el Espíritu Santo descienda sobre ustedes, los llenará de fortaleza y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los últimos rincones de la tierra (Hch 1, 8).

Cuando el Señor ascienda, el Espíritu descenderá. La ascensión de Jesús no es simplemente pasar del plano terreno y humano al divino, es, en realidad, el momento en que los bautizados entran en acción; es su tiempo, el tiempo de la Iglesia.

A partir de ahora, los creyentes deberán hacerse responsables de lo que han recibido: ser testigos de la resurrección, portadores de la Buena Nueva, animados por el Espíritu del Señor.

Jesús está en el centro de la historia porque es el iniciador de una nueva generación de hombres: sus discípulos. El discípulo de Jesús es el hombre nuevo. Demuestra presente en sí mismo aquella salvación que se da por Jesús y se transmite mediante el Espíritu… La presencia activa del Espíritu, más reservada en el evangelio, explota sin embargo en los Hechos: sustituye a Jesús y guía a su Iglesia hacia la misión por los caminos del mundo “hasta los confines de la tierra” (Hch 1,8).

El camino de la salvación está marcado por Jesús, cabeza y modelo. Los discípulos deben seguirle y, permaneciendo a su lado, interiorizar su manera de pensar y de obrar. La historia de Jesús (evangelio) continúa así en la historia  de la Iglesia (Hechos) como historia de salvación en el Espíritu (Giuseppe Barbaglio).

El Señor, cuando asciende, no nos deja desamparados: sepan que yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo (Mt 28,20).

ACTUAR

Ante cuántas situaciones nos quedamos parados, detenidos, sin hacer nada, justificando que no nos corresponde.

El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien. Los creyentes también corren ese riesgo, cierto y permanente. Muchos caen en él y se convierten en seres resentidos, quejosos, sin vida. Ésa no es la opción de una vida digna y plena, ése no es el deseo de Dios para nosotros, ésa no es la vida en el Espíritu que brota del corazón de Cristo resucitado (Papa Francisco, EG 1).

Hermanos: Pido al Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, que les conceda espíritu de sabiduría y de revelación para conocerlo. Le pido que les ilumine la mente para que comprendan cuál es la esperanza que les da su llamamiento, cuán gloriosa y rica es la herencia que Dios da a los que son suyos y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para con nosotros, los que confiamos en él, por la eficacia de su fuerza poderosa.

(Ef 1,17-19)

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

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EL ESPÍRITU, ESTÁ Y HABITA ENTRE USTEDES…

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Impusieron las manos sobre ellos…

MAYO 21 DE 2017

DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO

Estamos a punto de concluir la cincuentena pascual: el próximo domingo (28 de mayo), la liturgia nos adentrará en el misterio de la Ascensión del Señor, acontecimiento determinante en la vida del Señor para dar paso a la acción del Espíritu, quien entrará de manera definitiva en la historia humana el día de Pentecostés, solemnidad que celebraremos el domingo 4 de junio.

Las lecturas de este domingo (Hch 8,5-8.14-17; Sal 65; 1Pe 3,15-18 y Jn 14,15-21), además de continuar insistiendo en la centralidad mesiánica de Jesús, nos pondrá en línea con la promesa del Paráclito y su inminente venida. Hechos resaltará cómo los creyentes reciben el Espíritu de parte de los apóstoles en la imposición de las manos; la primera carta de Pedro seguirá ofreciendo las enseñanzas de vida para los seguidores, basadas en el ejemplo de Jesucristo y el evangelio de Juan hace énfasis en la promesa que el Señor Jesús hace a los suyos: yo rogaré al Padre para que les envíe otro Paráclito (otro defensor), para que esté siempre con ustedes (v. 16).

VER

Cuando hacemos una relectura y una reflexión de la Palabra de Dios, no podemos eximirnos de mirar y asumir la realidad en la que vivimos; Palabra y vida serán siempre dos dimensiones que integren una experiencia profunda de fe y de acción en la historia.

La realidad, en la que estamos inmersos, nos presenta a diario, en el acontecer y en el devenir, los rostros de la humanidad, matizados por los contrastes propios de la vida, o por la distancias abismales que hemos provocado entre unos y otros: la alegría y la tristeza, el gozo y el dolor, la esperanza y la desesperanza; la riqueza y la pobreza, la abundancia y el hambre; el amor y el odio, la bondad y la violencia; la fraternidad y la guerra…

El miedo y la incertidumbre, ya lo habíamos dicho en otras ocasiones, permean y condicionan cada paso que el hombre da, donde quiera que él habite. Pareciera que nada tiene sentido y todo se convierte en una amenaza que pone en vilo la vida, la dignidad, el porvenir, el derecho a un futuro promisorio y seguro. Quienes se han hecho del poder, más allá de ser garantes de la justicia para el bien común, son los detractores de la verdad y de la libertad.

No hay defensor que venga en nuestro auxilio…

JUZGAR

Si me aman, cumplirán mis mandamientos; yo le rogaré al Padre y él les dará otro Paráclito par que esté siempre con ustedes, el Espíritu de la verdad (Jn 14, 14-15).

El principio que rige toda la vida del creyente es el amor, en él cobran sentido cada uno de los mandamientos y las acciones que de ellos afloran en las relaciones con nuestros semejantes (no matar, no robar, no mentir, no codiciar…). Quien de verdad ama, sabrá que la ley se cumplen en clave de justicia y libertad (frutos del amor).

El amor no es ajeno al hombre, es parte de su naturaleza; con él es capaz de abrirse a los demás y de acoger la vida con todo lo que ella supone, creyentes y no creyentes amamos por igual. El amor bastaría para que la historia humana se transformara en una experiencia de armonía con todos y con todo. No obstante, el hombre es vulnerable y flaquea; dejándose llevar por la fuerza del pecado, se pierde en la egolatría y en el sin sentido de la vida. Esta actitud representa el mundo que no recibe, que no ve ni conoce al Espíritu (Jn 14, 16).

Jesús lo sabe, por eso, en auxilio de la condición humana, enviará al otro defensor, el Paráclito, el Espíritu de la verdad, que estará siempre con nosotros (v. 16). Así, todo discípulo, estará capacitado para predicar la Buena Nueva en medio del mundo y provocar la conversión de los corazones:

Esta primera promesa del Espíritu revela el nuevo modo de la presencia de Jesús con los suyos. No los va a dejar huérfanos. El Espíritu viene para unir y fortalecer la comunidad. Éste es un primer paso para prepararla para su lucha contra el mundo y lo mundano, en la que el Espíritu jugará un papel clave (Luis A. Schökel, La Biblia de Nuestro Pueblo).

El texto de Hechos de los Apóstoles (8,5-8.14-17) nos presenta a Felipe en acción, predicando el Evangelio y realizando milagros en la ciudad de Samaria; él es uno de los siete elegidos para el servicio de la comunidad y a quien, junto con los otros, los discípulos impusieron las manos para que recibiera el Espíritu (6,6). Ahora, este mismo gesto se extiende a todos los que se convierten y desean enfrentarse al mundo y lo mundano:

Cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén se enteraron de que Samaria había recibido la Palabra de Dios, enviaron allá a Pedro y a Juan. Éstos, al llegar, oraron por los que se habían convertido, para que recibieran el Espíritu Santo, porque aún no lo habían recibido y solamente habían sido bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces Pedro y Juan impusieron las manos sobre ellos, y ellos recibieron el Espíritu Santo (vv. 14-17).

Por último, el evangelio de Juan nos hace ver la dimensión del amor, que abarca la vida de principio a fin: quien inicia amando, vive amando y morirá siendo testigo del amor. Juan abre el discurso de Jesús con una afirmación (que ya hemos mencionado) y cierra con esa misma afirmación pero en sentido inverso, logrando así que el amor, desde la perspectiva del evangelio, sea el principio que mueve todo y la razón que le da plenitud y sentido a lo largo de la vida:

Si me aman, cumplirán mis mandamientos (v. 15)… El que acepta mis mandamientos y los cumple, ése me ama (v. 21).

ACTUAR

Nuevamente Pedro nos da las pautas para la acción: dar con generosidad lo que hemos recibido y dar, además, razones de nuestra esperanza:

Veneren en su corazón a Cristo, el Señor, dispuestos siempre a dar, al que les pidiere, las razones de la esperanza de ustedes. Pero háganlo con sencillez y respeto y estando en paz con su conciencia (1Pe 3,15-16).

Si hay una actitud que nunca es fácil, que nunca se da por seguro, incluso para una comunidad cristiana, es la de saberse amar, de amarse al ejemplo del Señor y por su gracia. A veces, los conflictos, el orgullo, la envidia, divisiones, dejan una marca en el bello rostro de la Iglesia. Una comunidad de cristianos debería vivir en la caridad de Cristo, y por el contrario, es precisamente aquí donde el mal “se involucra” y, a veces nos dejamos engañar.

Son las personas espiritualmente débiles quienes están pagando el precio. Cuantas de entre ellas, – y vosotros conocéis a algunas – cuantas de entre ellas se han alejado porque no se han sentido acogidas, no se han sentido comprendidas, no se han sentido amadas. Cuantas personas se han alejado, por ejemplo de una parroquia o de una comunidad, a causa del ambiente de críticas, de celos y de envidias, que han encontrado.

Para un cristiano también, saber amar no se adquiere de una vez por todas; hay que recomenzar cada día, es necesario ejercitarse para que nuestro amor hacía los hermanos y hermanas que encontramos sea maduro y purificado de estas limitaciones o pecados que le hacen parcial, egoísta, estéril e infiel.

Escuchad bien esto, cada día hay que aprender el arte de amar, cada día hay que seguir con paciencia la escuela de Cristo, cada día hay que perdonar y mirar a Jesús, y esto con la ayuda de este “Abogado”, de este Consolador que Jesús nos ha enviado, que es el Espíritu Santo (Papa Francisco, reflexión del evangelio, Ángelus del 21 de mayo/2017).

 

“No pierdan la paz…”

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1247600073700_fMAYO 14 DE 2017

QUINTO DOMINGO DE PASCUA

Hoy, la Liturgia de la Palabra inserta en el contexto pascual, insistirá en la centralidad mesiánica de Jesucristo resucitado, de quien nos presentará tres imágenes peculiares: Jesús como referente, como piedra angular y como camino. Los texto que escucharemos son los siguientes: Hch 6,1-7;  Sal 32; 1Pe 2,4-9 y Jn 14,1-12.

VER

Mayo 2017…, casi llegamos a la mitad del año: incertidumbre en Venezuela, incertidumbre en Siria, incertidumbre en los mercados internacionales, incertidumbre en los sistemas de seguridad en México, incertidumbre en la aplicación de justicia, incertidumbre para la población latina en USA, incertidumbre por la paz en el mundo…

¿Qué camino tomar para alcanzar lo que buscamos? ¿Cuáles decisiones serán las mejores? ¿Quiénes podrán guiarnos con certidumbre y claridad?

  • Cuando andamos desorientados y no sabemos cómo llegar a un lugar, o hemos perdido la ruta; cuando estamos totalmente perdidos y nos sentimos angustiados, espantados, impacientes…, entonces, buscamos un punto de referencia, algo, o alguien, que nos oriente, nos guíe, nos lleve por buen camino…
  • Ante las situaciones adversas buscamos luz, buscamos respuestas, buscamos la verdad.
  • Esto sucede muy a menudo, y así le sucedió a la primera comunidad de cristianos que, entre más crecía, más confusión había entre ellos: o se dedicaban a la predicación o a la administración de bienes.
  • En momentos así, resuenan las palabras de Jesús a sus discípulos: No pierdan la paz (Jn 14,1).

JUZGAR

Yo soy el camino, la verdad y la vida (Jn 14,6).

Jesús es el camino y la piedra angular (1Pe 2,6 y 7) que sostiene el edificio y da sentido a la construcción; piedra rechazada por los confundidos constructores que se negaron a creer.

Jesús pone a prueba nuestra fe, pero también la confianza en él y en su mensaje. La claridad de su mirada y la bondad de su corazón le permiten ver y percibir la intranquilidad y la incertidumbre por las que estaban pasando sus discípulos. Lo primero que les dice, y se los diré en otras ocasiones, es:

No pierdan la paz… (Jn 14,1).

¿Cómo es que perdemos la paz, o por qué? Una de las experiencias más frustrantes en la vida de la gente, en las sociedades modernas, es la de sentirse constantemente alterados. Hay múltiples factores que provocan tal situación: el ruido, la aglomeración, la sobrepoblación, la contaminación; pero también el desempleo, la inseguridad, la violencia, el estrés, la incertidumbre… “Alter” significa “otro”. Cuando dejamos que nuestra vida sea ocupada, invadida o suplantada por “otro” (persona, situación, objeto, adversidad), nos encontraremos en un estado de alteración tal (dejar de ser yo mismo), que nos quitará la paz y la certeza indispensables para la felicidad, la libertad y la plenitud de la persona. No obstante, siempre habrá fuera de nos-otros, otros referentes, particularmente personas, que den sentido y orientación a nuestra existencia, por ejemplo: la persona de por la cual vivimos enamorados, los hijos que engendramos (vaya que alteran nuestras vidas…), los amigos, los padres; también los ideales, la carrera que hemos elegido, las cosas que nos apasionan, las creencias y las convicciones. El mismo Dios y el mensaje de la Buena Nueva. Perdemos la paz porque no creemos, porque no hay nada ni nadie en quien creer…

Si creen en Dios, crean también en mí (Jn 14,1): los que creen, los que han encontrado el camino, serán elegidos para trabajar por el reino, como Esteban, Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Pármenas o Nicolás; como Pedro o cualquiera de los doce. Son estirpe elegida, sacerdocio real, nación consagrada a Dios y pueblo de su propiedad (1Pe 2,9).

ACTUAR

  • Cuántos hombres desesperados nos gritan, como Felipe a Jesús: ¡Muéstranos al Padre!

No perdamos la paz, cada una y cada uno de nosotros, al ser bautizado y al imponérsenos las manos, nos convertimos en mujeres y hombres llenos de fe y del Espíritu Santo (Hch 6,5), capacitados para hacer llegar la Palabra de Dios a todo hombre y dar a conocer a Dios.

¿Cuál es la recompensa?: En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones; ahora voy a prepararles un lugar…, y los llevaré conmigo, para que donde yo esté, estén también ustedes (Jn 14,2-3).

Yo soy el camino, la verdad y la vida (Jn 14,6)

Ante los desafíos que nos plantea esta nueva época en la que estamos inmersos, renovamos nuestra fe, proclamamos con alegría a todos los hombres y mujeres de nuestro Continente: Somos amados y redimidos en Jesús, Hijo de Dios, el Resucitado vivo en medio de nosotros; por Él podemos ser libres del pecado de toda esclavitud y vivir en justicia y fraternidad. ¡Jesús es el camino que nos permite descubrir la verdad y logra la plena realización de nuestra vida! (Extracto del Mensaje de la V Conferencia General a los pueblos de América Latina y El Caribe, Aparecida/CELAM).

  • Jesús es el camino, ¿haces camino con él?

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

Caminar por delante…

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CUARTO DOMINGO DE PASCUA

Las lecturas que hoy escucharemos, junto con el Salmo 22 (Hch 2,14.36-41; 1Pe 2,20-25 y Jn 10,1-10), resaltan, a través de una línea común de tinte pascual, la figura mesiánica de Jesucristo, centrando la reflexión en aspectos propios del Jesús resucitado: Mesías, Pastor, Puerta… Complementando el panorama con acciones como la salvación, el perdón de los pecados, el seguimiento y dar la vida.

VER

En varios contextos socio-políticos de nuestro mundo aplica hoy el dicho que dice: “andan como ovejas sin pastor”.

El futuro de algunos países se debate entre la desilusión y el fracaso total, dejando al pueblo en la incertidumbre, el miedo y la desesperación. Sus líderes y gobernantes no han sabido, o no han querido, guiarlos por el camino de la justicia, de la libertad y del progreso. Un voto de confianza les abrió la puerta y les concedió toda autoridad sobre bienes y riquezas; otros, lo más ambiciosos, se han metido, cual ladrón, para saquear, robar, humillar y matar sin piedad a cuantos se oponen a sus deseos y proyectos. Construyen muros y cierran las fronteras para que nadie entre o salga…

Siempre habrá líderes buenos a quienes el pueblo reconozca como tales y seguirá confiadamente; no obstante, hoy experimentamos una profunda crisis del liderazgo, que se diluye, inclusive, en los desvirtuados rostros de la autoridad.

Inmersos en esta realidad de crisis no podemos olvidar que también nosotros, padres de familia, maestros, hermanos, obispos, párrocos, superiores de una comunidad, coordinadores, abuelos, jefes, patrones, etc., somos líderes y, a veces, pastores; llamados a caminar por delante preparando los caminos, transformando el rostro de la sociedad, brindando seguridad y confianza a quien nos sigue.

Cuántas naciones y cuántos individuos desearán cantar con el salmista:

…nada me falta; en verdes praderas me hace reposar y hacia fuentes tranquilas me conduce para reparar mis fuerzas.

…me guía por el sendero recto; así, aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú estás conmigo, tu vara y tu cayado me dan seguridad (Sal 22,1-4).

JUZGAR

En un ambiente de incertidumbre como el que vivimos, donde la falta de fe y la desconfianza condicionan el actuar del hombre, tal vez las palabras de Pedro el día de Pentecostés suenen huecas y no tengan sentido. Pero hoy como entonces, representan el fundamente de nuestra fe en Jesucristo y de nuestras convicciones como creyentes:

Sepa todo Israel con absoluta certeza, que Dios ha constituido Señor y Mesías al mismo Jesús, a quienes ustedes han crucificado (Hch 2,14).

Para él, como para la comunidad de los seguidores, Jesús se había convertido en el único líder y pastor a quien debían seguir; Pedro no hace más que transmitir, en una certeza incuestionable, lo que ha vivido y descubierto en su camino al lado del Señor; ahora sabe que es cierto, sin titubeos, lo que en otro momento afirmó delante de Jesús, cuando éste le preguntó “¿quién dicen ustedes que soy yo?”: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo (Mt 16,16).

Pedro es el líder de los discípulos y debe ser responsable con la misión que se le ha confiado; la multitud así lo ve y por eso pregunta: ¿Qué tenemos que hacer, hermanos? Pedro ofrece tres líneas de acción, consecuentes una de la otra, y que marcan el modo de vivir según el evangelio: convertirse, bautizarse para recibir el Espíritu (Hch 2,38) y ponerse a salvo de este mundo corrompido (Hch 2,40), es decir, apartarse de la maldad, de la injusticia y del pecado.

¿Qué tenemos que hacer? Es una pregunta que ronda nuestras consciencias e interpela nuestras voluntades (la capacidad de querer y desear hacer algo, o no hacerlo), la respuesta, ya nos la ha dado Pedro. Pero entonces, surge otra pregunta: ¿Cómo? Ahora la respuesta nos viene del evangelio de Juan (10,1-10): escuchar la voz de Jesús.

Yo soy la puerta de las ovejas (v.7)

El evangelio nos permite ver, en un primer momento, a un Jesús consciente de su realidad (VER): habla de líderes que entran por asalto en la vida del pueblo, que roban y cometen toda clase de injusticias y crímenes (vv. 1-2), en contraste con el líder, o pastor, que entra por la puerta, con toda libertad y sin nada que ocultar, cuya voz es reconocida por el pueblo. Vale la pena resaltar aquí que el elemento “voz” (repetido tres veces en los versículos 1-5) es esencial, pues de él depende, al parecer, el seguimiento. La voz, es el medio por el cual se expresa la palabra y se hace oír en medio de los hombres; del mensaje que surja de ella, o de cualquier otra, el oyente podrá saber si es la voz de su líder, o de un extraño.

Además, en estos versículos, se concentran los elementos que integran el proceso del seguimiento: la voz, el llamado, el reconocimiento y el seguimiento en sí. Podríamos decir que dichos elementos son el preámbulo a las líneas de acción que Pedro proponía a la multitud que lo escuchaba el día de Pentecostés; es decir, todo seguimiento comienza y se convierte en acción cuando hay conversión, de la que surge la decisión de bautizarse y, una vez recibido el Espíritu, aflora en la comunidad y en los individuos una forma de vida en contraposición al mundo de la corrupción, de las injusticias y de la maldad.

En los siguientes versículos (6-10), Jesús pone una comparación para iluminar (JUZGAR) lo anterior y completar así el panorama de la Buena Nueva. Directamente y sin rodeos, nos dice:

Les aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes que yo, son ladrones y bandidos; pero mis ovejas no los han escuchado. Yo soy la puerta; quien entre por mí se salvará, podrá entrar y salir y encontrará pastos. El ladrón sólo viene a robar, a matar y a destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia.

En Jesús se encarna la Buena Nueva. Cada afirmación “yo soy”, de las que nos habla el evangelio de Juan, tiene la función de resaltar la centralidad mesiánica de Jesús e indicar que él es el único pastor y camino; la única cabeza y voz que guía a su pueblo. El Antiguo Testamento había proyectado de la misma manera la unicidad de Dios, cuando Yahvé responde a la duda de Moisés:

Moisés replicó a Dios:

  • …Si ellos me preguntan cómo se llama, ¿qué les respondo?

Dios dijo a Moisés:

  • Soy el que soy. Esto dirás a los israelitas: Yo soy me envía a ustedes (Ex 3,13-14).

El evangelista Juan nos presenta una imagen simbólica de Jesús: como pastor y puerta al mismo tiempo, siempre con el prefijo categórico yo soy. ¿Cómo es posible que una persona sea ella misma y, además, un espacio (una entrada)? Pues bien, Jesús es el todo de Dios y el todo del hombre (cf. S. Juan de la Cruz).

Juan quiere demostrar la totalidad y la universalidad no sólo de Jesús como Mesías, sino de la salvación ofrecida en él, y lo hace de la siguiente manera:

  • El redil no es, precisamente, un “corral”, sino un espacio seguro, una dimensión existencial, o vital, donde las ovejas, que son el pueblo, los hombres, los llamados…, pueden experimentar la libertad, la justicia, la generosidad y la misericordia de Dios. Ese espacio es el Reino de Dios.
  • La voz del pastor es la Palabra del Padre que fluye en medio de los hombres; de ella surge la única verdad que ellos pueden reconocer y seguir, distinguiéndola de las voces falsas, de los intrusos y de la mentira.
  • El pastor va por delante, pues no hay seguimiento posible si alguien no indica el camino e inicia la marcha; tal vez aquí encontremos plasmada la idea paulina de que Jesús es el primogénito de entre muchos hermanos (Rm 8,29). Además, llama a cada oveja por su nombre, indicando una autoridad plena por medio de una relación que parte de la persona, de su individualidad (nombre) y su dignidad, no por la imposición y el vandalismo. Se establece entre ellos una relación de corresponsabilidad: él las conoce por su nombre y ellas reconocen su voz (vv. 3 y 5).
  • La puerta, que se abre y se cierra, representa la misericordia de Dios, tomando en cuenta que es una acción divina que asume y acoge en su corazón la miseria y la desdicha del hombre. Cabe destacar la libertad que la caracteriza, a diferencia de las puertas (incluso los “muros”…) que esclavizan y cierran toda posibilidad de vida plena a quien las cruza, Jesús se presenta de manera distinta: Yo soy la puerta; quien entra por mí se salvará, podrá entrar y salir y encontrará pastos (v. 9). Entrar y salir…, el Reino de Dios posee como presupuesto la libertad y el libre albedrío del hombre.
  • Por último, la razón que hace de Jesús el único pastor al que debemos seguir, un contraste entre una realidad que produce muerte y otra que da vida:

El ladrón sólo viene a robar, a matar y a destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia (v. 10).

ACTUAR

Pedro, en su primera carta, nos anima a dar el paso definitivo: pasar de ver sólo a Jesús como pastor y asumir que nosotros los somos también:

Hermanos: Soportar con paciencia los sufrimientos que les vienen a ustedes por hacer el bien, es cosa agradable a los ojos de Dios, pues a esto han sido llamados, ya que también Cristo sufrió por ustedes y les dejó así un ejemplo para que sigan su huellas (2,20-21).

¿Cómo canalizamos esto en nuestra vida diaria? El Papa Francisco nos da algunas pautas, primero respecto de la Iglesia, luego de las familias:

  1. Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación. La forma de estructuras que exige la conversión pastoral sólo puede entenderse en este sentido: procurar que todas ellas se vuelvan más misioneras, que la pastoral ordinaria en todas sus instancias sea más expansiva y abierta, que coloque a los agentes pastorales en constante actitud de salida y favorezca así la respuesta positiva de todos aquellos quienes Jesús convoca a su amistad… (EG 27).
  2. Los padres siempre inciden en el desarrollo moral de sus hijos, para bien o para mal. Por consiguiente, lo más adecuado es que acepten esta función inevitable y la realicen de un modo consciente, entusiasta, razonable y apropiado… (AL 259).

 Mario A. Hernández Durán, Teólogo.