Caminar por delante…

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shepherd-sheep-10MAYO 7 DE 2017

CUARTO DOMINGO DE PASCUA

Las lecturas que hoy escucharemos, junto con el Salmo 22 (Hch 2,14.36-41; 1Pe 2,20-25 y Jn 10,1-10), resaltan, a través de una línea común de tinte pascual, la figura mesiánica de Jesucristo, centrando la reflexión en aspectos propios del Jesús resucitado: Mesías, Pastor, Puerta… Complementando el panorama con acciones como la salvación, el perdón de los pecados, el seguimiento y dar la vida.

VER

En varios contextos socio-políticos de nuestro mundo aplica hoy el dicho que dice: “andan como ovejas sin pastor”.

El futuro de algunos países se debate entre la desilusión y el fracaso total, dejando al pueblo en la incertidumbre, el miedo y la desesperación. Sus líderes y gobernantes no han sabido, o no han querido, guiarlos por el camino de la justicia, de la libertad y del progreso. Un voto de confianza les abrió la puerta y les concedió toda autoridad sobre bienes y riquezas; otros, lo más ambiciosos, se han metido, cual ladrón, para saquear, robar, humillar y matar sin piedad a cuantos se oponen a sus deseos y proyectos. Construyen muros y cierran las fronteras para que nadie entre o salga…

Siempre habrá líderes buenos a quienes el pueblo reconozca como tales y seguirá confiadamente; no obstante, hoy experimentamos una profunda crisis del liderazgo, que se diluye, inclusive, en los desvirtuados rostros de la autoridad.

Inmersos en esta realidad de crisis no podemos olvidar que también nosotros, padres de familia, maestros, hermanos, obispos, párrocos, superiores de una comunidad, coordinadores, abuelos, jefes, patrones, etc., somos líderes y, a veces, pastores; llamados a caminar por delante preparando los caminos, transformando el rostro de la sociedad, brindando seguridad y confianza a quien nos sigue.

Cuántas naciones y cuántos individuos desearán cantar con el salmista:

…nada me falta; en verdes praderas me hace reposar y hacia fuentes tranquilas me conduce para reparar mis fuerzas.

…me guía por el sendero recto; así, aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú estás conmigo, tu vara y tu cayado me dan seguridad (Sal 22,1-4).

JUZGAR

En un ambiente de incertidumbre como el que vivimos, donde la falta de fe y la desconfianza condicionan el actuar del hombre, tal vez las palabras de Pedro el día de Pentecostés suenen huecas y no tengan sentido. Pero hoy como entonces, representan el fundamente de nuestra fe en Jesucristo y de nuestras convicciones como creyentes:

Sepa todo Israel con absoluta certeza, que Dios ha constituido Señor y Mesías al mismo Jesús, a quienes ustedes han crucificado (Hch 2,14).

Para él, como para la comunidad de los seguidores, Jesús se había convertido en el único líder y pastor a quien debían seguir; Pedro no hace más que transmitir, en una certeza incuestionable, lo que ha vivido y descubierto en su camino al lado del Señor; ahora sabe que es cierto, sin titubeos, lo que en otro momento afirmó delante de Jesús, cuando éste le preguntó “¿quién dicen ustedes que soy yo?”: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo (Mt 16,16).

Pedro es el líder de los discípulos y debe ser responsable con la misión que se le ha confiado; la multitud así lo ve y por eso pregunta: ¿Qué tenemos que hacer, hermanos? Pedro ofrece tres líneas de acción, consecuentes una de la otra, y que marcan el modo de vivir según el evangelio: convertirse, bautizarse para recibir el Espíritu (Hch 2,38) y ponerse a salvo de este mundo corrompido (Hch 2,40), es decir, apartarse de la maldad, de la injusticia y del pecado.

¿Qué tenemos que hacer? Es una pregunta que ronda nuestras consciencias e interpela nuestras voluntades (la capacidad de querer y desear hacer algo, o no hacerlo), la respuesta, ya nos la ha dado Pedro. Pero entonces, surge otra pregunta: ¿Cómo? Ahora la respuesta nos viene del evangelio de Juan (10,1-10): escuchar la voz de Jesús.

Yo soy la puerta de las ovejas (v.7)

El evangelio nos permite ver, en un primer momento, a un Jesús consciente de su realidad (VER): habla de líderes que entran por asalto en la vida del pueblo, que roban y cometen toda clase de injusticias y crímenes (vv. 1-2), en contraste con el líder, o pastor, que entra por la puerta, con toda libertad y sin nada que ocultar, cuya voz es reconocida por el pueblo. Vale la pena resaltar aquí que el elemento “voz” (repetido tres veces en los versículos 1-5) es esencial, pues de él depende, al parecer, el seguimiento. La voz, es el medio por el cual se expresa la palabra y se hace oír en medio de los hombres; del mensaje que surja de ella, o de cualquier otra, el oyente podrá saber si es la voz de su líder, o de un extraño.

Además, en estos versículos, se concentran los elementos que integran el proceso del seguimiento: la voz, el llamado, el reconocimiento y el seguimiento en sí. Podríamos decir que dichos elementos son el preámbulo a las líneas de acción que Pedro proponía a la multitud que lo escuchaba el día de Pentecostés; es decir, todo seguimiento comienza y se convierte en acción cuando hay conversión, de la que surge la decisión de bautizarse y, una vez recibido el Espíritu, aflora en la comunidad y en los individuos una forma de vida en contraposición al mundo de la corrupción, de las injusticias y de la maldad.

En los siguientes versículos (6-10), Jesús pone una comparación para iluminar (JUZGAR) lo anterior y completar así el panorama de la Buena Nueva. Directamente y sin rodeos, nos dice:

Les aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes que yo, son ladrones y bandidos; pero mis ovejas no los han escuchado. Yo soy la puerta; quien entre por mí se salvará, podrá entrar y salir y encontrará pastos. El ladrón sólo viene a robar, a matar y a destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia.

En Jesús se encarna la Buena Nueva. Cada afirmación “yo soy”, de las que nos habla el evangelio de Juan, tiene la función de resaltar la centralidad mesiánica de Jesús e indicar que él es el único pastor y camino; la única cabeza y voz que guía a su pueblo. El Antiguo Testamento había proyectado de la misma manera la unicidad de Dios, cuando Yahvé responde a la duda de Moisés:

Moisés replicó a Dios:

  • …Si ellos me preguntan cómo se llama, ¿qué les respondo?

Dios dijo a Moisés:

  • Soy el que soy. Esto dirás a los israelitas: Yo soy me envía a ustedes (Ex 3,13-14).

El evangelista Juan nos presenta una imagen simbólica de Jesús: como pastor y puerta al mismo tiempo, siempre con el prefijo categórico yo soy. ¿Cómo es posible que una persona sea ella misma y, además, un espacio (una entrada)? Pues bien, Jesús es el todo de Dios y el todo del hombre (cf. S. Juan de la Cruz).

Juan quiere demostrar la totalidad y la universalidad no sólo de Jesús como Mesías, sino de la salvación ofrecida en él, y lo hace de la siguiente manera:

  • El redil no es, precisamente, un “corral”, sino un espacio seguro, una dimensión existencial, o vital, donde las ovejas, que son el pueblo, los hombres, los llamados…, pueden experimentar la libertad, la justicia, la generosidad y la misericordia de Dios. Ese espacio es el Reino de Dios.
  • La voz del pastor es la Palabra del Padre que fluye en medio de los hombres; de ella surge la única verdad que ellos pueden reconocer y seguir, distinguiéndola de las voces falsas, de los intrusos y de la mentira.
  • El pastor va por delante, pues no hay seguimiento posible si alguien no indica el camino e inicia la marcha; tal vez aquí encontremos plasmada la idea paulina de que Jesús es el primogénito de entre muchos hermanos (Rm 8,29). Además, llama a cada oveja por su nombre, indicando una autoridad plena por medio de una relación que parte de la persona, de su individualidad (nombre) y su dignidad, no por la imposición y el vandalismo. Se establece entre ellos una relación de corresponsabilidad: él las conoce por su nombre y ellas reconocen su voz (vv. 3 y 5).
  • La puerta, que se abre y se cierra, representa la misericordia de Dios, tomando en cuenta que es una acción divina que asume y acoge en su corazón la miseria y la desdicha del hombre. Cabe destacar la libertad que la caracteriza, a diferencia de las puertas (incluso los “muros”…) que esclavizan y cierran toda posibilidad de vida plena a quien las cruza, Jesús se presenta de manera distinta: Yo soy la puerta; quien entra por mí se salvará, podrá entrar y salir y encontrará pastos (v. 9). Entrar y salir…, el Reino de Dios posee como presupuesto la libertad y el libre albedrío del hombre.
  • Por último, la razón que hace de Jesús el único pastor al que debemos seguir, un contraste entre una realidad que produce muerte y otra que da vida:

El ladrón sólo viene a robar, a matar y a destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia (v. 10).

ACTUAR

Pedro, en su primera carta, nos anima a dar el paso definitivo: pasar de ver sólo a Jesús como pastor y asumir que nosotros los somos también:

Hermanos: Soportar con paciencia los sufrimientos que les vienen a ustedes por hacer el bien, es cosa agradable a los ojos de Dios, pues a esto han sido llamados, ya que también Cristo sufrió por ustedes y les dejó así un ejemplo para que sigan su huellas (2,20-21).

¿Cómo canalizamos esto en nuestra vida diaria? El Papa Francisco nos da algunas pautas, primero respecto de la Iglesia, luego de las familias:

  1. Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación. La forma de estructuras que exige la conversión pastoral sólo puede entenderse en este sentido: procurar que todas ellas se vuelvan más misioneras, que la pastoral ordinaria en todas sus instancias sea más expansiva y abierta, que coloque a los agentes pastorales en constante actitud de salida y favorezca así la respuesta positiva de todos aquellos quienes Jesús convoca a su amistad… (EG 27).
  2. Los padres siempre inciden en el desarrollo moral de sus hijos, para bien o para mal. Por consiguiente, lo más adecuado es que acepten esta función inevitable y la realicen de un modo consciente, entusiasta, razonable y apropiado… (AL 259).

 Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

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