EL ESPÍRITU, ESTÁ Y HABITA ENTRE USTEDES…

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Impusieron las manos sobre ellos…

MAYO 21 DE 2017

DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO

Estamos a punto de concluir la cincuentena pascual: el próximo domingo (28 de mayo), la liturgia nos adentrará en el misterio de la Ascensión del Señor, acontecimiento determinante en la vida del Señor para dar paso a la acción del Espíritu, quien entrará de manera definitiva en la historia humana el día de Pentecostés, solemnidad que celebraremos el domingo 4 de junio.

Las lecturas de este domingo (Hch 8,5-8.14-17; Sal 65; 1Pe 3,15-18 y Jn 14,15-21), además de continuar insistiendo en la centralidad mesiánica de Jesús, nos pondrá en línea con la promesa del Paráclito y su inminente venida. Hechos resaltará cómo los creyentes reciben el Espíritu de parte de los apóstoles en la imposición de las manos; la primera carta de Pedro seguirá ofreciendo las enseñanzas de vida para los seguidores, basadas en el ejemplo de Jesucristo y el evangelio de Juan hace énfasis en la promesa que el Señor Jesús hace a los suyos: yo rogaré al Padre para que les envíe otro Paráclito (otro defensor), para que esté siempre con ustedes (v. 16).

VER

Cuando hacemos una relectura y una reflexión de la Palabra de Dios, no podemos eximirnos de mirar y asumir la realidad en la que vivimos; Palabra y vida serán siempre dos dimensiones que integren una experiencia profunda de fe y de acción en la historia.

La realidad, en la que estamos inmersos, nos presenta a diario, en el acontecer y en el devenir, los rostros de la humanidad, matizados por los contrastes propios de la vida, o por la distancias abismales que hemos provocado entre unos y otros: la alegría y la tristeza, el gozo y el dolor, la esperanza y la desesperanza; la riqueza y la pobreza, la abundancia y el hambre; el amor y el odio, la bondad y la violencia; la fraternidad y la guerra…

El miedo y la incertidumbre, ya lo habíamos dicho en otras ocasiones, permean y condicionan cada paso que el hombre da, donde quiera que él habite. Pareciera que nada tiene sentido y todo se convierte en una amenaza que pone en vilo la vida, la dignidad, el porvenir, el derecho a un futuro promisorio y seguro. Quienes se han hecho del poder, más allá de ser garantes de la justicia para el bien común, son los detractores de la verdad y de la libertad.

No hay defensor que venga en nuestro auxilio…

JUZGAR

Si me aman, cumplirán mis mandamientos; yo le rogaré al Padre y él les dará otro Paráclito par que esté siempre con ustedes, el Espíritu de la verdad (Jn 14, 14-15).

El principio que rige toda la vida del creyente es el amor, en él cobran sentido cada uno de los mandamientos y las acciones que de ellos afloran en las relaciones con nuestros semejantes (no matar, no robar, no mentir, no codiciar…). Quien de verdad ama, sabrá que la ley se cumplen en clave de justicia y libertad (frutos del amor).

El amor no es ajeno al hombre, es parte de su naturaleza; con él es capaz de abrirse a los demás y de acoger la vida con todo lo que ella supone, creyentes y no creyentes amamos por igual. El amor bastaría para que la historia humana se transformara en una experiencia de armonía con todos y con todo. No obstante, el hombre es vulnerable y flaquea; dejándose llevar por la fuerza del pecado, se pierde en la egolatría y en el sin sentido de la vida. Esta actitud representa el mundo que no recibe, que no ve ni conoce al Espíritu (Jn 14, 16).

Jesús lo sabe, por eso, en auxilio de la condición humana, enviará al otro defensor, el Paráclito, el Espíritu de la verdad, que estará siempre con nosotros (v. 16). Así, todo discípulo, estará capacitado para predicar la Buena Nueva en medio del mundo y provocar la conversión de los corazones:

Esta primera promesa del Espíritu revela el nuevo modo de la presencia de Jesús con los suyos. No los va a dejar huérfanos. El Espíritu viene para unir y fortalecer la comunidad. Éste es un primer paso para prepararla para su lucha contra el mundo y lo mundano, en la que el Espíritu jugará un papel clave (Luis A. Schökel, La Biblia de Nuestro Pueblo).

El texto de Hechos de los Apóstoles (8,5-8.14-17) nos presenta a Felipe en acción, predicando el Evangelio y realizando milagros en la ciudad de Samaria; él es uno de los siete elegidos para el servicio de la comunidad y a quien, junto con los otros, los discípulos impusieron las manos para que recibiera el Espíritu (6,6). Ahora, este mismo gesto se extiende a todos los que se convierten y desean enfrentarse al mundo y lo mundano:

Cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén se enteraron de que Samaria había recibido la Palabra de Dios, enviaron allá a Pedro y a Juan. Éstos, al llegar, oraron por los que se habían convertido, para que recibieran el Espíritu Santo, porque aún no lo habían recibido y solamente habían sido bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces Pedro y Juan impusieron las manos sobre ellos, y ellos recibieron el Espíritu Santo (vv. 14-17).

Por último, el evangelio de Juan nos hace ver la dimensión del amor, que abarca la vida de principio a fin: quien inicia amando, vive amando y morirá siendo testigo del amor. Juan abre el discurso de Jesús con una afirmación (que ya hemos mencionado) y cierra con esa misma afirmación pero en sentido inverso, logrando así que el amor, desde la perspectiva del evangelio, sea el principio que mueve todo y la razón que le da plenitud y sentido a lo largo de la vida:

Si me aman, cumplirán mis mandamientos (v. 15)… El que acepta mis mandamientos y los cumple, ése me ama (v. 21).

ACTUAR

Nuevamente Pedro nos da las pautas para la acción: dar con generosidad lo que hemos recibido y dar, además, razones de nuestra esperanza:

Veneren en su corazón a Cristo, el Señor, dispuestos siempre a dar, al que les pidiere, las razones de la esperanza de ustedes. Pero háganlo con sencillez y respeto y estando en paz con su conciencia (1Pe 3,15-16).

Si hay una actitud que nunca es fácil, que nunca se da por seguro, incluso para una comunidad cristiana, es la de saberse amar, de amarse al ejemplo del Señor y por su gracia. A veces, los conflictos, el orgullo, la envidia, divisiones, dejan una marca en el bello rostro de la Iglesia. Una comunidad de cristianos debería vivir en la caridad de Cristo, y por el contrario, es precisamente aquí donde el mal “se involucra” y, a veces nos dejamos engañar.

Son las personas espiritualmente débiles quienes están pagando el precio. Cuantas de entre ellas, – y vosotros conocéis a algunas – cuantas de entre ellas se han alejado porque no se han sentido acogidas, no se han sentido comprendidas, no se han sentido amadas. Cuantas personas se han alejado, por ejemplo de una parroquia o de una comunidad, a causa del ambiente de críticas, de celos y de envidias, que han encontrado.

Para un cristiano también, saber amar no se adquiere de una vez por todas; hay que recomenzar cada día, es necesario ejercitarse para que nuestro amor hacía los hermanos y hermanas que encontramos sea maduro y purificado de estas limitaciones o pecados que le hacen parcial, egoísta, estéril e infiel.

Escuchad bien esto, cada día hay que aprender el arte de amar, cada día hay que seguir con paciencia la escuela de Cristo, cada día hay que perdonar y mirar a Jesús, y esto con la ayuda de este “Abogado”, de este Consolador que Jesús nos ha enviado, que es el Espíritu Santo (Papa Francisco, reflexión del evangelio, Ángelus del 21 de mayo/2017).

 

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