¿Qué hacen allí parados…?

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MAYO 28 DE 2017

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

La solemnidad de la Ascensión del Señor nos ubica en el último gran momento de la vida del Jesús resucitado, justo antes del gran acontecimiento de Pentecostés, que celebraremos el domingo 4 de junio.

Los textos de la liturgia nos ayudarán a comprender el fondo y el sentido de este suceso, y descubriremos que todo está en función de una comunidad que nace, animada por la fuerza del Espíritu, y de la misión que el Señor le ha encomendado. Dichos textos son: Hch 1,1-11; Sal 46; Ef 1,17-23 y Mt 28,16-20.

VER

Algunos momentos de nuestra vida (si no es que todos) están diseñados, o previstos, para tener un final, para ser concluidos y cerrados, aunque, al mismo tiempo, pueden ser el preámbulo de nuevas experiencias y horizontes distintos. Es así, que constantemente, cerramos y abrimos ciclos…

En ese abrir y cerrar suceden muchas cosas, pero hay en ello algo peculiar: algunos de nuestros ciclos personales se viven y se cierran en compañía de otras personas (cónyuges, hijos, alumnos, empleados, amigos, discípulos, etc.), dando pie a que ellos, los otros, abran sus propios ciclos. Por decirlo de alguna manera, jugamos el papel de animadores, guías, orientadores, educadores, padres de familia, referentes que marcan el camino…, pero debemos asumir la responsabilidad de despedirnos y dejarlos andar bajo su propia responsabilidad.

Para cuando esto suceda, y comiencen andar por sí mismos, les habremos dado: las herramientas necesarias, los valores fundamentales, los criterios para discernir y tomar decisiones; además, habremos logrado que su voluntad y su carácter sean lo suficientemente fuertes para enfrentar los retos de la vida y para transmitir, también ellos, lo que nosotros les hemos enseñado.

…pero les digo la verdad: les conviene que yo me vaya. Si no me voy, no vendrá a ustedes el Defensor, pero si me voy lo enviaré a ustedes (Jn 16,7).

¿De verdad nos vamos cuando toca hacerlo? ¿Qué heredamos a los que siguen nuestro camino?

JUZGAR

¿Qué hacen allí, parados, mirando al cielo? (cf. Hch 1,11)

Es imposible quedarse parado, inmóvil, sin hacer nada, después de haber recibido la fuerza del Espíritu. En la Iglesia, dice el Cardenal Bruno Forte (La Iglesia icono de la Trinidad), no puede haber desempleados, puesto que todos, al ser bautizados, hemos recibido un carisma para el bien común. Así que no hay lugar para los indiferentes ni espacio para la inactividad.

¿Cuál es el argumento para sostener tal afirmación?: Un mandato:

Vayan, pues, y hagan discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo cuanto yo les ha mandado (Mt 28,19-20).

Pero esto, sólo es posible gracias al cumplimiento de una promesa hecha por el mismo Jesús a los suyos, en repetidas ocasiones:

Aguarden aquí a que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que ya les he hablado: Juan bautizó con agua; dentro de pocos días ustedes serán bautizados con el Espíritu Santo (Hch 1,4-5).

El Espíritu genera movimiento, vida, acción, creatividad, atrevimiento, libertad; es una fuerza que transforma (ruah), y por eso mismo no podemos quedarnos mirando al cielo, desentendiéndonos de la realidad, o preocupándonos por el poder político, por la economía, por el bien propio, o instalados en la comodidad de la vida sin compromisos; preocupados, como los discípulos, por la soberanía de Israel (Hch 1,6)…, sino todo lo contrario. Es imperativo salir al mundo:

Cuando el Espíritu Santo descienda sobre ustedes, los llenará de fortaleza y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los últimos rincones de la tierra (Hch 1, 8).

Cuando el Señor ascienda, el Espíritu descenderá. La ascensión de Jesús no es simplemente pasar del plano terreno y humano al divino, es, en realidad, el momento en que los bautizados entran en acción; es su tiempo, el tiempo de la Iglesia.

A partir de ahora, los creyentes deberán hacerse responsables de lo que han recibido: ser testigos de la resurrección, portadores de la Buena Nueva, animados por el Espíritu del Señor.

Jesús está en el centro de la historia porque es el iniciador de una nueva generación de hombres: sus discípulos. El discípulo de Jesús es el hombre nuevo. Demuestra presente en sí mismo aquella salvación que se da por Jesús y se transmite mediante el Espíritu… La presencia activa del Espíritu, más reservada en el evangelio, explota sin embargo en los Hechos: sustituye a Jesús y guía a su Iglesia hacia la misión por los caminos del mundo “hasta los confines de la tierra” (Hch 1,8).

El camino de la salvación está marcado por Jesús, cabeza y modelo. Los discípulos deben seguirle y, permaneciendo a su lado, interiorizar su manera de pensar y de obrar. La historia de Jesús (evangelio) continúa así en la historia  de la Iglesia (Hechos) como historia de salvación en el Espíritu (Giuseppe Barbaglio).

El Señor, cuando asciende, no nos deja desamparados: sepan que yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo (Mt 28,20).

ACTUAR

Ante cuántas situaciones nos quedamos parados, detenidos, sin hacer nada, justificando que no nos corresponde.

El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien. Los creyentes también corren ese riesgo, cierto y permanente. Muchos caen en él y se convierten en seres resentidos, quejosos, sin vida. Ésa no es la opción de una vida digna y plena, ése no es el deseo de Dios para nosotros, ésa no es la vida en el Espíritu que brota del corazón de Cristo resucitado (Papa Francisco, EG 1).

Hermanos: Pido al Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, que les conceda espíritu de sabiduría y de revelación para conocerlo. Le pido que les ilumine la mente para que comprendan cuál es la esperanza que les da su llamamiento, cuán gloriosa y rica es la herencia que Dios da a los que son suyos y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para con nosotros, los que confiamos en él, por la eficacia de su fuerza poderosa.

(Ef 1,17-19)

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

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