No tengan miedo…

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miedo

JUNIO 25 DE 2017

DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO

La Liturgia de la Palabra de este domingo nos presenta tres textos, el primero del profeta Jeremías (20,10-14), el segundo de la carta de Pablo a los romanos (5,12-15) y el evangelio está tomado, como es propio de este ciclo, de Mateo (10,26-33). Entre ellos hay temas comunes: las consecuencias de seguir y servir a Dios, el descontento de la gente, la justicia, la dignidad del hombre como creatura y la confianza en Dios.

VER

Hoy podemos ver cómo, en muchas situaciones difíciles y conflictivas, la reacción de la gente y sus mismas actitudes, se encuentran en un estado de “normalización”. Es decir, lo que suceda en torno a una persona o a un grupo, no importando qué sea o qué consecuencias pueda tener, se ve y se considera “normal”; no hay toma de postura, o se reacciona de tal manera, que sólo se entra en contradicción o en conflicto con el otro.

Alguien puede tomar la decisión de hacernos ver que algo en la vida está mal; que tal o cual acción es injusta, o nos ayuda a tomar consciencia de la corrupción… Lo hace a partir de convicciones firmes, de valores claros, animado por los criterios del evangelio, pero cabe la posibilidad de que nadie lo quiera escuchar e, incluso, ponga en duda sus palabras y su postura.

Dice un dicho que la verdad incomoda…, e incomodan todos aquellos que la dicen, la proclaman y la defienden. La incomodidad es consecuencia de esa normalización de la que hablamos arriba, pues nos resistimos a ir más allá de lo ordinario, de lo establecido, de lo normal.

Yo oía el cuchicheo de la gente que decía: “Terror por todas partes. Denunciemos a Jeremías, vamos a denunciarlo”… Si se tropieza y se cae, lo venceremos y podremos vengarnos de él (Jr 20,10-11).

JUZGAR

No teman a los hombres. No hay nada oculto que no llegue a descubrirse; no hay nada secreto que no llegue a saberse… (Mt 10,26).

El evangelio de Mateo presenta una serie de advertencias y consejos que Jesús hace a sus discípulos ante las adversidades que van surgiendo en el camino del seguimiento, del testimonio y la predicación del Reino. En estos casos, Jesús pronuncia siempre dos frases con las que busca reponer el ánimo de los suyos: No tengan miedo y, en el contexto de la Pascua ante el desconcierto por la muerte, la paz esté con ustedes.

El “no temer” de Señor no es una invitación a “envalentonarse” ni mucho menos a menospreciar el peligro, o a desconocerlo. Aunque parezca inverosímil, es un modo de hacer discernimiento ante lo bueno y lo malo, ante lo que nos hace dignos y lo que nos arrebata la dignidad: hay que tener miedo, pues con él podemos medir nuestro talante ante la vida y sopesar con claridad las cosas que valen la pena; el miedo es humano, lo importante es saber a qué debemos temer y por qué:

No tengan miedo a los que matan el cuerpo… Teman, más bien, a quienes pueden arrojar al lugar de castigo el alma y el cuerpo… No tengan miedo, porque ustedes valen mucho más… (vv. 28 y 31).

El evangelio de este domingo se enlaza y cobra sentido con el evangelio del domingo pasado (9,36-10,8); allí, Mateo nos narra cómo Jesús llamó a los doce y les dio poder para expulsar demonios, curar enfermos, resucitar muertos y proclamar la Buena Nueva. Son realidades, decíamos entonces, provocadas por la injusticia y la corrupción, y a ellas se deben enfrentar los discípulos; enfrentarlas supone una experiencia de miedo y discernimiento, puesto que se trata de poner en evidencia aquellas situaciones que matan lo más digno del hombre.

Ceder cobardemente al miedo y dejarse matar, equivale a negar el compromiso con el otro y permitir, así, que suceda cualquier cosa y pase por encima de la dignidad creatural del hombre.

A quien me reconozca delante de los hombres, yo también lo reconoceré ante mi Padre, que está en los cielos; pero el que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre, que está en los cielos (vv.32-33).

Pero si este discurso -dice Luis A. Schökel- es premonitorio de sufrimientos y contradicciones, lo es también de aliento y esperanza. Por tres veces se repite que no tengan miedo (26.28.31). La causa de la Buena Noticia no es causa perdida, aunque a veces lo parezca; no es un proyecto humano, sino de Dios, quien dará fortaleza y confianza a los que se comprometen con ella. Él los cuida y de Él depende el mundo y la historia. Jesús anticipó con su vida esta pasión por Dios y por su pueblo (La Biblia de Nuestro Pueblo).

ACTUAR

Las adversidades de la vida pueden abatirnos y el miedo apoderarse de nuestro corazón, de  nuestros pensamientos, de nuestras decisiones, de nuestras palabras. Sólo quien cree profundamente confía en sí mismo y en Dios. La certeza de Jeremías, es también nuestra certeza: Pero el Señor, guerrero poderoso, está a mi lado (Jr 20,11).

El canto del salmista se convierte en nuestra oración:

Se alegrarán, al verlo, los que sufren; quienes buscan a Dios tendrán más ánimo, porque el Señor jamás desoye al pobre ni olvida al que se encuentra encadenado (Sal 68).

Por lo tanto, no tengan miedo, porque ustedes valen mucho más que todos los pájaros del mundo (Mt 10,31).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

Los llamó y les dio poder…

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JUNIO 18 DE 2017

DOMINGO XI DEL TIEMPO ORDINARIO

Reiniciamos el Tiempo Ordinario, marcado por la visión y la perspectiva de Mateo. Los textos que nos ofrece la Liturgia de la Palabra, en sintonía con el domingo anterior (Solemnidad de la Santísima trinidad), nos presentan nuevamente a ese mismo Dios amoroso, siempre atento a las necesidades de su pueblo, dando respuesta a ello desde su cercanía. Dichos textos son: Ex 19,2-6; Sal 99; Rm 5,6-11 y Mt 9,36-10,8.

VER

En los últimos seis meses, poco más o menos, la vida de algunas naciones, en diferentes partes del mundo, se ha visto animada por el dinamismo de los tiempos electorales, unos ya concluidos y otros en proceso. El quehacer político y económico, así como la dinámica social y la participación ciudadana se ven envueltas, y a veces condicionadas, en el juego de las dádivas, los ofrecimientos y las promesas de un mundo mejor, propio del discurso político electoral diseñado por partidos, candidatos, instituciones e, incluso, grupos de choque, con el fin de obtener los mayores beneficios para sí y el logro de sus aspiraciones, a costa de sus potenciales seguidores.

Existen muchos medios para allegarse los votos del electorado, todos con la intención de seducir a cautos e incautos, sobre todo a estos últimos. Uno de tantos medios, el más eficaz tal vez, es el populismo en todas sus expresiones, que inicia siempre con una descarada cercanía con la gente (digo descarada porque es falsa y sobre actuada…), para demostrar que se le entiende, se le escucha y se le conoce.

Se ponen en juego, a través de un indignante modelo de “la oferta y la demanda”, el hambre, la pobreza, la salud, la enfermedad, la falta de oportunidades, las aspiraciones del pueblo, la seguridad, la autonomía, la libertad, el trabajo, los derechos fundamentales del individuo…, con tal de justificar cuanto proyecto surja a lo largo de una campaña agotadora (porque agota todo lo que encuentra a su paso), que no es más que una acción depredadora (e inhumana, por supuesto) de los medios, los recursos y la voluntad de la gente.

Hay, sin duda, honrosas excepciones de líderes y gobernantes, que han puesto como prioridad al pueblo, por encima de sus propios intereses. Al igual que Yahvé, quien consideraba a Israel como su especial tesoro… (Ex 19,5).

La política no es un pasatiempo, no es una profesión para vivir de ella, es una pasión con el sueño de intentar construir un futuro social mejor; a los que les gusta la plata, bien lejos de la política (José Mujica).

JUZGAR

Ustedes serán para mí un reino de sacerdotes y una nación consagrada (Ex 19,6).

El texto, como tal, concluye con estas palabras, pero son en realidad el inicio de algo nuevo, una promesa que transformará de manera definitiva la vida y la historia de Israel; marcan el comienzo del camino de pueblo hebreo a través del desierto.

Yahvé los hace suyos, otorgándoles, primero, la condición sacerdotal, con la cual se convierten en servidores de Dios y del mismo pueblo; en una peculiar cercanía, participarán con él, de manera activa, en el camino de la libertad y la fidelidad. Luego, el privilegio de ser una nación sagrada para Dios, y con ello se marca una mutua pertenencia (con-sagrada), entre Dios e Israel. Pero dicha pertenencia se sustentan en el compromiso y en la fidelidad a los mandatos de Dios: Ahora bien, si escuchan mi voz y guardan mi alianza, serán mi especial tesoro entre todos los pueblos… (Ex 19, 5).

Pablo, en su carta a los romanos resalta el compromiso que Dios había hecho desde antiguo, con los suyos, a través de sus promesas y de la Alianza, poniendo de manifiesto la cercanía de Dios y los privilegios de ser un pueblo consagrado:

Cuando todavía no teníamos fuerzas para salir del pecado, Cristo murió por los pecadores en el tiempo señalado. Difícilmente habrá alguien que quiera morir por un justo, aunque puede haber alguno que esté dispuesto a morir por una persona sumamente buena. Y la prueba de que Dios nos ama está en que Cristo murió por nosotros, cuando aún éramos pecadores (Rm 5,6-8).

La visión de Pablo y su doctrina se sustentan en la experiencia de los doce y de la comunidad que tuvo la oportunidad de conocer al Señor, de escucharlo y seguirlo. Todos ellos descubrieron en los gestos y las acciones de Jesús el rostro misericordioso y cercano del Padre.

Mateo narra los acontecimientos y describe en ello los detalles más humanos de Jesús, como la compasión, de donde brota la mirada siempre atenta de Dios ante las necesidades del pueblo:

En aquel tiempo, al ver Jesús a las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor. Entonces dijo a sus discípulos: “La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos. Rueguen, por lo tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos”.

Después, llamando a sus doce discípulos, les dio poder para expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias (Mt 9,36-10,1).

La elección de los doce se convierte en una relectura del gesto con el cual Yahvé hizo suyo al pueblo hebreo, en el desierto del Sinaí, consagrándolo y otorgándole la condición sacerdotal. Ahora Jesús hace lo mismo, con el objetivo de llevar a cumplimiento la misma promesa de salvación: al llamarlos (10,1), los consagra, y al darles poder para expulsar demonios, para curar toda clase de enfermedades y  para resucitar a los muertos (para hacer justicia), infunde en ellos el espíritu de los profetas y, por último, con la misión encomendad de predicar al Buena Nueva, les otorga la condición sacerdotal, haciéndolos partícipes en el servicio al pueblo:

Gratuitamente han recibido este poder; ejérzanlo pues, gratuitamente 10,8)

ACTUAR

La elección de los doce no es una estrategia política, ni el poder que Jesús les concede sobre los males de la humanidad es un medio de dominio y poder. Ambos gestos son un reflejo de la bondad de Dios y de la fidelidad a sus promesas:

Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna… (Jn 3,16).

Nosotros, al ser bautizados, recibimos el Espíritu que nos consagra a Dios y que nos convierte en sacerdotes, reyes y profetas; además, somos enviados:

  • ¿Cuáles son nuestros compromisos con el hermano, con la sociedad y con el mundo?
  • ¿Te consideras enviado? ¿A dónde? ¿Para qué?

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

CERCANÍA: Amor, gracia y comunión…

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JUNIO 11 DE 2017

LA SANTÍSIMA TRINIDAD

La liturgia del Tiempo Ordinario comienza, siempre, con una gran fiesta inmediata a Pentecostés: la solemnidad en torno al misterio trinitario. El testimonio de los creyentes, que han sido ungidos con el Espíritu, no se centra únicamente en la resurrección del Señor, sino que se convierte en profesión de fe en el Dios único y verdadero que es Padre, Hijo y Espíritu.

Los textos de la Escritura destinado a esta celebración son: Ex 34,4-6.8-9;  como Salmo Dn 3; 2Cor 13,11-13 y Jn 3,16-18.

VER

Creer en Dios es ya, de por sí, difícil, y creer, o al menos tratar de comprender, que ese Dios es trinidad (uno en tres…), es aún más complicado, prácticamente imposible. No obstante, decimos sin dudarlo (tal vez sin pensarlo): creo en Dios…

Todo aquello que se cataloga como misterio pasa a formar parte de lo que es lejano, oculto, ajeno a la vida, extraño, sin sentido… Así, el pensamiento cristiano a partir del siglo IV, animado por la filosofía que, desde antiguo, buscaba incansable el arché, el origen último de todas las cosas, lo encontró en el Dios creador revelado por las Escrituras. Desde entonces, el Dios de nuestros padres fue entendido como misterio (lejano, oculto, ajeno a la vida, sin sentido para el común de la gente…) y definido, posteriormente, como dogma. El Misterio Trinitario es uno de los dogmas fundamentales de la doctrina cristiana.

Nuestra profesión de fe plasmada en el Credo (tanto el Credo de los Apóstoles como el Credo Niceno) es un recorrido doctrinal basado en la fórmula trinitaria tradicional: un solo Dios, Padre y creador, Jesucristo, el Hijo único concebido por el Espíritu Santo, quien, a su vez,  procede del Padre y del Hijo.

Allí, en el creo que rezamos de manera, casi mecánica, todos los domingos, se diluyen tres elementos fundamentales que nos ayudarían a tener una imagen más sencilla del Dios trinidad:

  • Es un Padre
  • Es un hermano (Jesucristo).
  • Es presencia (Espíritu Santo).

JUZGAR

La Teología, como intento por interpretar la Voluntad de Dios y como reflexión, no es más que una proyección de las intenciones del hombre respecto de lo que cree y espera de su Dios, puede haber tantas teología como líneas de pensamiento humano, e imágenes de Dios en sintonía con las imágenes que el hombre tiene de sí mismo. Mucho me temo que en ningún caso se ve reflejada la intención (voluntad) de Dios.

La teología se pudo haber convertido en el fruto prohibido del paraíso que, una vez probado, empodera el intelecto del hombre por encima del bien y del mal, de la verdad sobre Dios y de la revelación misma. A menos que haya iniciado su quehacer no a partir de la reflexión racional y de la búsqueda del saber por el saber, sino de la contemplación y de la oración; no empeñándose en explicar a Dios, sino en descubrirlo encontrándose con Él, dejándose seducir y experimentar su presencia amorosa y paternal.

La Trinidad no es la Divina Providencia, es la revelación de un Dios asombroso que viene al encuentro del hombre, para quien implica un acto de fe profunda. Tal dimensión de la fe sólo es posible cuando ese hombre, conociendo a Dios, se enamora de Él y lo va comprendiendo, poco a poco, a través de su Palabra (la de Dios), de su misericordia y de su gracia, en momentos de oración, o tratos de amistad, con quien sabemos nos ama (Cf. Sta. Teresa de Jesús).

Así nos lo hacen ver los textos de la liturgia, cada uno con un aspecto distinto, pero complementarios entre sí, del mismo Dios:

  • En aquellos días, Moisés subió de madrugada al monte Sinaí… El Señor descendió en una nube y se le hizo presente. Moisés pronunció entonces el nombre del Señor, y el Señor, pasando delante de él, proclamó: “Yo soy el Señor, el Señor Dios, compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel” (Ex 34,4-6).
  • Hermanos: Estén alegres, trabajen por su perfección, anímense mutuamente, vivan en paz y armonía. Y el Dios del amor y de la paz estará con ustedes… La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con ustedes (2Cor 13, 11.13).
  • Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él (Jn 3,16-17).

Los tres textos nos hablan de algo que es propio del Dios de nuestra fe: su cercanía. Él baja, se hace presente como el Dios clemente y misericordioso, el Dios del amor y de la paz, que siempre está con nosotros; es un Dios que se entrega para dar vida.

¿Acaso nos encontramos con un misterio inexpugnable, o con la definición de un dogma? Nos encontramos, en cambio, con un Dios que ama tanto al mundo…

VER

A ese Dios trinidad, ¿cómo podríamos entenderlo desde la vida? Pongamos unos ejemplos:

  • Una mujer, sin dejar de ser ella misma, puede ser al mismo tiempo hija, madre y esposa. Siendo una misma persona, tiene la posibilidad de vivir la filiación, la maternidad y la entrega a una pareja a través del matrimonio.
  • En la flama de una vela hay tres elementos: fuego, calor y luz; cada uno con funciones distintas pero emanan de una misma fuente. El fuego que abraza y transforma, el calor que modifica el ambiente y la luz que ilumina.

 Así, podremos comprender de mejor manera el misterio de la Trinidad:

  • El Padre: es el aspecto creador (maternal) de Dios, bondadoso y unificador.
  • El Hijo: es el aspecto solidario de Dios, su condescendencia con el hombre (encarnación), su voz y su mensaje transmitido en lenguaje humano.
  • El Espíritu: representa la generosidad de Dios, su abundancia y su apertura para compartir lo suyo con los hombres.

Yo soy el Señor, el Señor Dios, compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel (Ex 34,6).

  • Si fuera posible, ¿cómo definiríamos al Dios trino?: Dios es amor (1Jn 4,8).

Es el amor el signo concreto que manifiesta la fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es el amor el distintivo del cristiano, como nos dijo Jesús: «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros» (Jn 13, 35)… Todos estamos llamados a testimoniar y anunciar el mensaje de que «Dios es amor», de que Dios no está lejos o es insensible a nuestras vicisitudes humanas. Está cerca, está siempre a nuestro lado, camina con nosotros para compartir nuestras alegrías y nuestros dolores, nuestras esperanzas y nuestras fatigas (Papa Francisco).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

Para el bien común…

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JUNIO 4 DE 2017

PENTECOSTÉS

Con la solemnidad de Pentecostés se concluye la cincuentena pascual, en sí, toda la Pascua. Los calendarios tienen la función de indicar el curso del tiempo en días, semanas y meses, además de marcar el inicio y el final de períodos específicos, con los cuales se rigen y modulan las fiestas, los descansos, los recesos laborales, el mismo trabajo, el paso de los años y la vida…

Aquí, Pentecostés no es la excepción: una antigua fiesta judía, anclada al calendario lunar, marcaba la culminación de las siete semanas, con sus siete días, que establecían un tiempo de festividades justo después de la Pascua. Lucas, por su parte, encuadra este acontecimiento en el mismo contexto: El día de Pentecostés… (Hch 2,1).

La fiesta de Pentecostés: una de las tres fiestas judías (junto con la Pascua y las Tiendas) en las que se iba en peregrinación a Jerusalén. En su origen fiesta de la cosecha, es llamada en hebreo fiesta de las “Semanas” (savout) y en griego “la cincuentena”: siete semanas después de la Pascua, Israel celebra el don de la Ley en el Sinaí y la Alianza (Ex 19-24).[1]

Los textos que iluminan esta solemnidad son los siguientes: Hch 2,1-11; Sal 103; 1Cor 12,3-7.12-13 y Jn 20,19-23.

VER

Sin miedo a equivocarnos, podemos constatar que muchos católicos (¡No todos!) no saben exactamente a que nos referimos cuando halamos de pentecostés. Para la gran mayoría es una fiesta, dedicada a un ser divino, ajeno a la experiencia trinitaria, que nos otorga bendiciones y dones especiales (sin saber cuáles), que acompañan a quien lo invoca en momentos de dificultad, de necesidad o de enfermedad; además, no se le mira en la perspectiva de la Pascua, por lo que pierde la dinámica evangélica que le da sentido en función de una misión, de un compromiso y de una vida nueva, que Pablo calificará como una vida según el Espíritu (Rm 8,5-13).

Y… ¿el bien común? Pues nada tiene que ver con el Espíritu ni con el Evangelio. Es esta una apreciación que nos deja ver cómo nosotros (digámoslo en plural) no hemos descubierto, ni mucho menos asimilado, la radicalidad del compromiso social que surge de la unción con el Espíritu del Señor y que se nos otorga en los sacramentos del Bautismo, la Confirmación y, para algunos otros, además, con la unción ministerial.

Lo concebimos, vagamente, como “iluminador” y “asistente personal”; como “consolador” (entendiendo el consuelo como un paliativo que mitiga el dolor…), pero no como Paráclito (defensor); tampoco como esa presencia prometida en y entre nosotros, que equivale a la cercanía de Dios con su Pueblo. Y, por supuesto, no vemos la estrecha relación que hay entre el Espíritu y la verdad, la justicia, la paz y la plenitud.

El problema radica, tal vez, en que no nos aceptamos ni nos comprendemos, como templos vivos de Dios, aun sabiendo que el Espíritu habita en nosotros (1Cor 3,16). Si habita en nosotros, es porque actúa en y a través de nosotros.

JUZGAR

En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común… (1Cor 12,7).

La fuerza venida desde el cielo en forma de fuego (ruâh), marca el inicio de un movimiento incontenible que, comenzando con los discípulos, se irá extendiendo, poco a poco, hasta alcanzar los confines del mundo y haber penetrado con la predicación del evangelio la realidad y la historia de todas las naciones.

Cada uno de ellos se llenó del Espíritu Santo (Hch 2,4), provocando así que todo su ser y su persona se transformaran total y radicalmente; pasaron de ser galileos comunes (Hch 2,7), a mujeres y hombres protagonistas de una nueva historia y una nueva humanidad, capaces de hablar a todos los hombres de las maravillas de Dios (Hch 2,11) y provocar un cambio en su forma de vivir y de actuar. Desde entonces, se fue gestando en el pueblo que creía un modelo de vida animado por ideal del bien común:

Los creyentes estaban todos unidos y poseían todo en común. Vendían bienes y posesiones y las repartían según la necesidad de cada uno (Hch 2,44-45)… No había entre ellos ningún necesitado, porque los que poseían campos o casas los vendían, y entregaban el dinero a los apóstoles, quienes repartían a cada uno según su necesidad (Hch 4,34-35).

Lucas narra que en esos días había en Jerusalén judíos devotos, venidos de todas partes del mundo (Hch 1,5), a quienes representa en los quince pueblos allí presentes: Medos (Media), Imperio de los partos (Parthia, hoy Irán), Imperio de los elamitas (Elam), Mesopotamia, Judea, Capadocia, Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto, Libia, Roma, Creta y Arabia (Hch 2,9-11); simbolizando con ello la universalidad del mensaje y los alcances de la misión que se encomienda a los discípulos.

Además, Pentecostés se puede interpretar también como un acontecimiento profético, puesto que el anuncio de la Palabra, al ser transmitido, provoca profundos cambios y se comprende con claridad: Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma (Hch 2,6). Ese gran ruido, como viento fuerte, dice Lucas que resonó en todas las casas (Hch 2,2), del mismo modo que la palabra profética resuena y surte efecto cuando es pronunciada: Mira, yo pongo mis palabras en tu boca, hoy te establezco sobre pueblos y reyes, para arrancar y arrasar, destruir y demoler, edificar y plantar (Jr 1,9-10). En este sentido, el evangelio de Juan hace evidente el carácter profético que emana de la acción del Espíritu: anunciar el perdón y la liberación y denunciar el pecado y las injusticias.

Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo. Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar (20,21-23).

Desde esta perspectiva, y reuniendo todos los elementos a los que nos hemos referido, podremos descubrir que el bien común, del que Habla Pablo en su carta a los corintios y que fue adoptado como forma de vida por la primera comunidad, inicia superando las diferencias entre las naciones y derrumbando las fronteras que las dividen, de tal modo, que esa misma experiencia fue permeando, cada vez más a fondo, la relación entre individuos:

En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común. Porque así como el cuerpo es uno y tiene muchos miembros y todos ellos, a pesar de ser muchos, forman un solo cuerpo, así también es Cristo. Porque todos nosotros, seamos judíos o no judíos, esclavos o libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo, y a todos se nos ha dado a beber del mismo Espíritu (1Cor 12,7.12-13).

Pentecostés puede significar muchas cosas, pero son las acciones, a las que mueve el Espíritu, las que le dan validez. Cuando Pablo dice que nadie puede llamar a Jesús “Señor”, si no es bajo la acción del Espíritu (1Cor 12,3), no se refiere a que dicha acción sea solo un acto de fe, sino que debe ser un testimonio por medio del servicio, del perdón, del trabajo, de la predicación, de la justicia, de la lucha por la libertad,  del respeto y el cuidado por el otro. Aquí podemos ver reflejadas las palabras de Jesús en el evangelio de Mateo:

No todo el que me diga: ¡Seño, Señor!, entrará en el reino de los cielo, sino el que haga la voluntad de mi Padre del cielo. Cuando llegue aquél día, muchos me dirán: ¡Señor, Señor! ¿No hemos profetizado en tu nombre? ¿No hemos expulsado demonios en tu nombre? ¿No hemos hecho milagros en tu nombre?. Y yo entonces les declararé: Nunca los conocí; apártense de mí, ustedes que hacen el mal (7,21-23).

Por último, Pentecostés posee un encuadre trinitario que podemos encontrar dos veces en los textos que nos ofrece la Liturgia de la Palabra:

  • Hay diferentes dones, pero el Espíritu es el mismo. Hay diferentes servicios, pero el Señor es el mismo. Hay diferentes actividades, pero Dios, que hace todo en todos, es el mismo (1Cor 12,4-6).
  • Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo. Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo (Jn 20,21-22).

Dicho encuadre refuerza el imperativo de Pablo de que el Espíritu se manifiesta para el bien común (1Cor 12,7). Es decir, el Espíritu que procede del Padre y del Hijo está en función de la verdad y de la salvación de todos los hombres (bien común):

El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido para que dé la Buena Noticia a los pobres; me ha enviado a anunciar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos, para poner el libertad a los oprimidos, para proclamar el año de gracias del Señor (Lc 4,18-19).

ACTUAR

Hagamos nuestras estas palabras de la Secuencia:

Sin tu inspiración divina los hombres nada podemos y el pecado nos domina.

Lava nuestras inmundicias, fecunda nuestros desiertos y cura nuestras heridas.

Doblega nuestra soberbia, calienta nuestra frialdad, endereza nuestras sendas.

https://www.youtube.com/watch?v=cZD3JvBBVXQ

Mario A. Hernández Durán, Teólogo. 

[1] AA.VV. (2000). Itinerario por el Nuevo Testamento. Col. Service Biblique “Evangile et Vie”. Ed. Verbo Divino. Estella (Navarra). Pag. 127.