Para el bien común…

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JUNIO 4 DE 2017

PENTECOSTÉS

Con la solemnidad de Pentecostés se concluye la cincuentena pascual, en sí, toda la Pascua. Los calendarios tienen la función de indicar el curso del tiempo en días, semanas y meses, además de marcar el inicio y el final de períodos específicos, con los cuales se rigen y modulan las fiestas, los descansos, los recesos laborales, el mismo trabajo, el paso de los años y la vida…

Aquí, Pentecostés no es la excepción: una antigua fiesta judía, anclada al calendario lunar, marcaba la culminación de las siete semanas, con sus siete días, que establecían un tiempo de festividades justo después de la Pascua. Lucas, por su parte, encuadra este acontecimiento en el mismo contexto: El día de Pentecostés… (Hch 2,1).

La fiesta de Pentecostés: una de las tres fiestas judías (junto con la Pascua y las Tiendas) en las que se iba en peregrinación a Jerusalén. En su origen fiesta de la cosecha, es llamada en hebreo fiesta de las “Semanas” (savout) y en griego “la cincuentena”: siete semanas después de la Pascua, Israel celebra el don de la Ley en el Sinaí y la Alianza (Ex 19-24).[1]

Los textos que iluminan esta solemnidad son los siguientes: Hch 2,1-11; Sal 103; 1Cor 12,3-7.12-13 y Jn 20,19-23.

VER

Sin miedo a equivocarnos, podemos constatar que muchos católicos (¡No todos!) no saben exactamente a que nos referimos cuando halamos de pentecostés. Para la gran mayoría es una fiesta, dedicada a un ser divino, ajeno a la experiencia trinitaria, que nos otorga bendiciones y dones especiales (sin saber cuáles), que acompañan a quien lo invoca en momentos de dificultad, de necesidad o de enfermedad; además, no se le mira en la perspectiva de la Pascua, por lo que pierde la dinámica evangélica que le da sentido en función de una misión, de un compromiso y de una vida nueva, que Pablo calificará como una vida según el Espíritu (Rm 8,5-13).

Y… ¿el bien común? Pues nada tiene que ver con el Espíritu ni con el Evangelio. Es esta una apreciación que nos deja ver cómo nosotros (digámoslo en plural) no hemos descubierto, ni mucho menos asimilado, la radicalidad del compromiso social que surge de la unción con el Espíritu del Señor y que se nos otorga en los sacramentos del Bautismo, la Confirmación y, para algunos otros, además, con la unción ministerial.

Lo concebimos, vagamente, como “iluminador” y “asistente personal”; como “consolador” (entendiendo el consuelo como un paliativo que mitiga el dolor…), pero no como Paráclito (defensor); tampoco como esa presencia prometida en y entre nosotros, que equivale a la cercanía de Dios con su Pueblo. Y, por supuesto, no vemos la estrecha relación que hay entre el Espíritu y la verdad, la justicia, la paz y la plenitud.

El problema radica, tal vez, en que no nos aceptamos ni nos comprendemos, como templos vivos de Dios, aun sabiendo que el Espíritu habita en nosotros (1Cor 3,16). Si habita en nosotros, es porque actúa en y a través de nosotros.

JUZGAR

En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común… (1Cor 12,7).

La fuerza venida desde el cielo en forma de fuego (ruâh), marca el inicio de un movimiento incontenible que, comenzando con los discípulos, se irá extendiendo, poco a poco, hasta alcanzar los confines del mundo y haber penetrado con la predicación del evangelio la realidad y la historia de todas las naciones.

Cada uno de ellos se llenó del Espíritu Santo (Hch 2,4), provocando así que todo su ser y su persona se transformaran total y radicalmente; pasaron de ser galileos comunes (Hch 2,7), a mujeres y hombres protagonistas de una nueva historia y una nueva humanidad, capaces de hablar a todos los hombres de las maravillas de Dios (Hch 2,11) y provocar un cambio en su forma de vivir y de actuar. Desde entonces, se fue gestando en el pueblo que creía un modelo de vida animado por ideal del bien común:

Los creyentes estaban todos unidos y poseían todo en común. Vendían bienes y posesiones y las repartían según la necesidad de cada uno (Hch 2,44-45)… No había entre ellos ningún necesitado, porque los que poseían campos o casas los vendían, y entregaban el dinero a los apóstoles, quienes repartían a cada uno según su necesidad (Hch 4,34-35).

Lucas narra que en esos días había en Jerusalén judíos devotos, venidos de todas partes del mundo (Hch 1,5), a quienes representa en los quince pueblos allí presentes: Medos (Media), Imperio de los partos (Parthia, hoy Irán), Imperio de los elamitas (Elam), Mesopotamia, Judea, Capadocia, Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto, Libia, Roma, Creta y Arabia (Hch 2,9-11); simbolizando con ello la universalidad del mensaje y los alcances de la misión que se encomienda a los discípulos.

Además, Pentecostés se puede interpretar también como un acontecimiento profético, puesto que el anuncio de la Palabra, al ser transmitido, provoca profundos cambios y se comprende con claridad: Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma (Hch 2,6). Ese gran ruido, como viento fuerte, dice Lucas que resonó en todas las casas (Hch 2,2), del mismo modo que la palabra profética resuena y surte efecto cuando es pronunciada: Mira, yo pongo mis palabras en tu boca, hoy te establezco sobre pueblos y reyes, para arrancar y arrasar, destruir y demoler, edificar y plantar (Jr 1,9-10). En este sentido, el evangelio de Juan hace evidente el carácter profético que emana de la acción del Espíritu: anunciar el perdón y la liberación y denunciar el pecado y las injusticias.

Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo. Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar (20,21-23).

Desde esta perspectiva, y reuniendo todos los elementos a los que nos hemos referido, podremos descubrir que el bien común, del que Habla Pablo en su carta a los corintios y que fue adoptado como forma de vida por la primera comunidad, inicia superando las diferencias entre las naciones y derrumbando las fronteras que las dividen, de tal modo, que esa misma experiencia fue permeando, cada vez más a fondo, la relación entre individuos:

En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común. Porque así como el cuerpo es uno y tiene muchos miembros y todos ellos, a pesar de ser muchos, forman un solo cuerpo, así también es Cristo. Porque todos nosotros, seamos judíos o no judíos, esclavos o libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo, y a todos se nos ha dado a beber del mismo Espíritu (1Cor 12,7.12-13).

Pentecostés puede significar muchas cosas, pero son las acciones, a las que mueve el Espíritu, las que le dan validez. Cuando Pablo dice que nadie puede llamar a Jesús “Señor”, si no es bajo la acción del Espíritu (1Cor 12,3), no se refiere a que dicha acción sea solo un acto de fe, sino que debe ser un testimonio por medio del servicio, del perdón, del trabajo, de la predicación, de la justicia, de la lucha por la libertad,  del respeto y el cuidado por el otro. Aquí podemos ver reflejadas las palabras de Jesús en el evangelio de Mateo:

No todo el que me diga: ¡Seño, Señor!, entrará en el reino de los cielo, sino el que haga la voluntad de mi Padre del cielo. Cuando llegue aquél día, muchos me dirán: ¡Señor, Señor! ¿No hemos profetizado en tu nombre? ¿No hemos expulsado demonios en tu nombre? ¿No hemos hecho milagros en tu nombre?. Y yo entonces les declararé: Nunca los conocí; apártense de mí, ustedes que hacen el mal (7,21-23).

Por último, Pentecostés posee un encuadre trinitario que podemos encontrar dos veces en los textos que nos ofrece la Liturgia de la Palabra:

  • Hay diferentes dones, pero el Espíritu es el mismo. Hay diferentes servicios, pero el Señor es el mismo. Hay diferentes actividades, pero Dios, que hace todo en todos, es el mismo (1Cor 12,4-6).
  • Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo. Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo (Jn 20,21-22).

Dicho encuadre refuerza el imperativo de Pablo de que el Espíritu se manifiesta para el bien común (1Cor 12,7). Es decir, el Espíritu que procede del Padre y del Hijo está en función de la verdad y de la salvación de todos los hombres (bien común):

El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido para que dé la Buena Noticia a los pobres; me ha enviado a anunciar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos, para poner el libertad a los oprimidos, para proclamar el año de gracias del Señor (Lc 4,18-19).

ACTUAR

Hagamos nuestras estas palabras de la Secuencia:

Sin tu inspiración divina los hombres nada podemos y el pecado nos domina.

Lava nuestras inmundicias, fecunda nuestros desiertos y cura nuestras heridas.

Doblega nuestra soberbia, calienta nuestra frialdad, endereza nuestras sendas.

https://www.youtube.com/watch?v=cZD3JvBBVXQ

Mario A. Hernández Durán, Teólogo. 

[1] AA.VV. (2000). Itinerario por el Nuevo Testamento. Col. Service Biblique “Evangile et Vie”. Ed. Verbo Divino. Estella (Navarra). Pag. 127.

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