Los llamó y les dio poder…

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JUNIO 18 DE 2017

DOMINGO XI DEL TIEMPO ORDINARIO

Reiniciamos el Tiempo Ordinario, marcado por la visión y la perspectiva de Mateo. Los textos que nos ofrece la Liturgia de la Palabra, en sintonía con el domingo anterior (Solemnidad de la Santísima trinidad), nos presentan nuevamente a ese mismo Dios amoroso, siempre atento a las necesidades de su pueblo, dando respuesta a ello desde su cercanía. Dichos textos son: Ex 19,2-6; Sal 99; Rm 5,6-11 y Mt 9,36-10,8.

VER

En los últimos seis meses, poco más o menos, la vida de algunas naciones, en diferentes partes del mundo, se ha visto animada por el dinamismo de los tiempos electorales, unos ya concluidos y otros en proceso. El quehacer político y económico, así como la dinámica social y la participación ciudadana se ven envueltas, y a veces condicionadas, en el juego de las dádivas, los ofrecimientos y las promesas de un mundo mejor, propio del discurso político electoral diseñado por partidos, candidatos, instituciones e, incluso, grupos de choque, con el fin de obtener los mayores beneficios para sí y el logro de sus aspiraciones, a costa de sus potenciales seguidores.

Existen muchos medios para allegarse los votos del electorado, todos con la intención de seducir a cautos e incautos, sobre todo a estos últimos. Uno de tantos medios, el más eficaz tal vez, es el populismo en todas sus expresiones, que inicia siempre con una descarada cercanía con la gente (digo descarada porque es falsa y sobre actuada…), para demostrar que se le entiende, se le escucha y se le conoce.

Se ponen en juego, a través de un indignante modelo de “la oferta y la demanda”, el hambre, la pobreza, la salud, la enfermedad, la falta de oportunidades, las aspiraciones del pueblo, la seguridad, la autonomía, la libertad, el trabajo, los derechos fundamentales del individuo…, con tal de justificar cuanto proyecto surja a lo largo de una campaña agotadora (porque agota todo lo que encuentra a su paso), que no es más que una acción depredadora (e inhumana, por supuesto) de los medios, los recursos y la voluntad de la gente.

Hay, sin duda, honrosas excepciones de líderes y gobernantes, que han puesto como prioridad al pueblo, por encima de sus propios intereses. Al igual que Yahvé, quien consideraba a Israel como su especial tesoro… (Ex 19,5).

La política no es un pasatiempo, no es una profesión para vivir de ella, es una pasión con el sueño de intentar construir un futuro social mejor; a los que les gusta la plata, bien lejos de la política (José Mujica).

JUZGAR

Ustedes serán para mí un reino de sacerdotes y una nación consagrada (Ex 19,6).

El texto, como tal, concluye con estas palabras, pero son en realidad el inicio de algo nuevo, una promesa que transformará de manera definitiva la vida y la historia de Israel; marcan el comienzo del camino de pueblo hebreo a través del desierto.

Yahvé los hace suyos, otorgándoles, primero, la condición sacerdotal, con la cual se convierten en servidores de Dios y del mismo pueblo; en una peculiar cercanía, participarán con él, de manera activa, en el camino de la libertad y la fidelidad. Luego, el privilegio de ser una nación sagrada para Dios, y con ello se marca una mutua pertenencia (con-sagrada), entre Dios e Israel. Pero dicha pertenencia se sustentan en el compromiso y en la fidelidad a los mandatos de Dios: Ahora bien, si escuchan mi voz y guardan mi alianza, serán mi especial tesoro entre todos los pueblos… (Ex 19, 5).

Pablo, en su carta a los romanos resalta el compromiso que Dios había hecho desde antiguo, con los suyos, a través de sus promesas y de la Alianza, poniendo de manifiesto la cercanía de Dios y los privilegios de ser un pueblo consagrado:

Cuando todavía no teníamos fuerzas para salir del pecado, Cristo murió por los pecadores en el tiempo señalado. Difícilmente habrá alguien que quiera morir por un justo, aunque puede haber alguno que esté dispuesto a morir por una persona sumamente buena. Y la prueba de que Dios nos ama está en que Cristo murió por nosotros, cuando aún éramos pecadores (Rm 5,6-8).

La visión de Pablo y su doctrina se sustentan en la experiencia de los doce y de la comunidad que tuvo la oportunidad de conocer al Señor, de escucharlo y seguirlo. Todos ellos descubrieron en los gestos y las acciones de Jesús el rostro misericordioso y cercano del Padre.

Mateo narra los acontecimientos y describe en ello los detalles más humanos de Jesús, como la compasión, de donde brota la mirada siempre atenta de Dios ante las necesidades del pueblo:

En aquel tiempo, al ver Jesús a las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor. Entonces dijo a sus discípulos: “La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos. Rueguen, por lo tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos”.

Después, llamando a sus doce discípulos, les dio poder para expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias (Mt 9,36-10,1).

La elección de los doce se convierte en una relectura del gesto con el cual Yahvé hizo suyo al pueblo hebreo, en el desierto del Sinaí, consagrándolo y otorgándole la condición sacerdotal. Ahora Jesús hace lo mismo, con el objetivo de llevar a cumplimiento la misma promesa de salvación: al llamarlos (10,1), los consagra, y al darles poder para expulsar demonios, para curar toda clase de enfermedades y  para resucitar a los muertos (para hacer justicia), infunde en ellos el espíritu de los profetas y, por último, con la misión encomendad de predicar al Buena Nueva, les otorga la condición sacerdotal, haciéndolos partícipes en el servicio al pueblo:

Gratuitamente han recibido este poder; ejérzanlo pues, gratuitamente 10,8)

ACTUAR

La elección de los doce no es una estrategia política, ni el poder que Jesús les concede sobre los males de la humanidad es un medio de dominio y poder. Ambos gestos son un reflejo de la bondad de Dios y de la fidelidad a sus promesas:

Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna… (Jn 3,16).

Nosotros, al ser bautizados, recibimos el Espíritu que nos consagra a Dios y que nos convierte en sacerdotes, reyes y profetas; además, somos enviados:

  • ¿Cuáles son nuestros compromisos con el hermano, con la sociedad y con el mundo?
  • ¿Te consideras enviado? ¿A dónde? ¿Para qué?

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

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