No tengan miedo…

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miedo

JUNIO 25 DE 2017

DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO

La Liturgia de la Palabra de este domingo nos presenta tres textos, el primero del profeta Jeremías (20,10-14), el segundo de la carta de Pablo a los romanos (5,12-15) y el evangelio está tomado, como es propio de este ciclo, de Mateo (10,26-33). Entre ellos hay temas comunes: las consecuencias de seguir y servir a Dios, el descontento de la gente, la justicia, la dignidad del hombre como creatura y la confianza en Dios.

VER

Hoy podemos ver cómo, en muchas situaciones difíciles y conflictivas, la reacción de la gente y sus mismas actitudes, se encuentran en un estado de “normalización”. Es decir, lo que suceda en torno a una persona o a un grupo, no importando qué sea o qué consecuencias pueda tener, se ve y se considera “normal”; no hay toma de postura, o se reacciona de tal manera, que sólo se entra en contradicción o en conflicto con el otro.

Alguien puede tomar la decisión de hacernos ver que algo en la vida está mal; que tal o cual acción es injusta, o nos ayuda a tomar consciencia de la corrupción… Lo hace a partir de convicciones firmes, de valores claros, animado por los criterios del evangelio, pero cabe la posibilidad de que nadie lo quiera escuchar e, incluso, ponga en duda sus palabras y su postura.

Dice un dicho que la verdad incomoda…, e incomodan todos aquellos que la dicen, la proclaman y la defienden. La incomodidad es consecuencia de esa normalización de la que hablamos arriba, pues nos resistimos a ir más allá de lo ordinario, de lo establecido, de lo normal.

Yo oía el cuchicheo de la gente que decía: “Terror por todas partes. Denunciemos a Jeremías, vamos a denunciarlo”… Si se tropieza y se cae, lo venceremos y podremos vengarnos de él (Jr 20,10-11).

JUZGAR

No teman a los hombres. No hay nada oculto que no llegue a descubrirse; no hay nada secreto que no llegue a saberse… (Mt 10,26).

El evangelio de Mateo presenta una serie de advertencias y consejos que Jesús hace a sus discípulos ante las adversidades que van surgiendo en el camino del seguimiento, del testimonio y la predicación del Reino. En estos casos, Jesús pronuncia siempre dos frases con las que busca reponer el ánimo de los suyos: No tengan miedo y, en el contexto de la Pascua ante el desconcierto por la muerte, la paz esté con ustedes.

El “no temer” de Señor no es una invitación a “envalentonarse” ni mucho menos a menospreciar el peligro, o a desconocerlo. Aunque parezca inverosímil, es un modo de hacer discernimiento ante lo bueno y lo malo, ante lo que nos hace dignos y lo que nos arrebata la dignidad: hay que tener miedo, pues con él podemos medir nuestro talante ante la vida y sopesar con claridad las cosas que valen la pena; el miedo es humano, lo importante es saber a qué debemos temer y por qué:

No tengan miedo a los que matan el cuerpo… Teman, más bien, a quienes pueden arrojar al lugar de castigo el alma y el cuerpo… No tengan miedo, porque ustedes valen mucho más… (vv. 28 y 31).

El evangelio de este domingo se enlaza y cobra sentido con el evangelio del domingo pasado (9,36-10,8); allí, Mateo nos narra cómo Jesús llamó a los doce y les dio poder para expulsar demonios, curar enfermos, resucitar muertos y proclamar la Buena Nueva. Son realidades, decíamos entonces, provocadas por la injusticia y la corrupción, y a ellas se deben enfrentar los discípulos; enfrentarlas supone una experiencia de miedo y discernimiento, puesto que se trata de poner en evidencia aquellas situaciones que matan lo más digno del hombre.

Ceder cobardemente al miedo y dejarse matar, equivale a negar el compromiso con el otro y permitir, así, que suceda cualquier cosa y pase por encima de la dignidad creatural del hombre.

A quien me reconozca delante de los hombres, yo también lo reconoceré ante mi Padre, que está en los cielos; pero el que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre, que está en los cielos (vv.32-33).

Pero si este discurso -dice Luis A. Schökel- es premonitorio de sufrimientos y contradicciones, lo es también de aliento y esperanza. Por tres veces se repite que no tengan miedo (26.28.31). La causa de la Buena Noticia no es causa perdida, aunque a veces lo parezca; no es un proyecto humano, sino de Dios, quien dará fortaleza y confianza a los que se comprometen con ella. Él los cuida y de Él depende el mundo y la historia. Jesús anticipó con su vida esta pasión por Dios y por su pueblo (La Biblia de Nuestro Pueblo).

ACTUAR

Las adversidades de la vida pueden abatirnos y el miedo apoderarse de nuestro corazón, de  nuestros pensamientos, de nuestras decisiones, de nuestras palabras. Sólo quien cree profundamente confía en sí mismo y en Dios. La certeza de Jeremías, es también nuestra certeza: Pero el Señor, guerrero poderoso, está a mi lado (Jr 20,11).

El canto del salmista se convierte en nuestra oración:

Se alegrarán, al verlo, los que sufren; quienes buscan a Dios tendrán más ánimo, porque el Señor jamás desoye al pobre ni olvida al que se encuentra encadenado (Sal 68).

Por lo tanto, no tengan miedo, porque ustedes valen mucho más que todos los pájaros del mundo (Mt 10,31).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

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