Quien ama más…

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JULIO 2 DE 2017

DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO

La Liturgia de la Palabra de este domingo nos ofrece tres textos (1Re 4,8-11.14-16; Rm 6,3-4.8-11 y Mt 10,37-42) que incorporan en su discurso los modos distintos de recibir una recompensa, que se obtiene, o se gana, por mantener la fidelidad a Dios y a las convicciones más profundas. En toda recompensa está de por medio el agradecimiento, que hace más cordiales nuestras relaciones y nos permite ir más allá de las acciones ordinarias.

VER

Algunas de nuestras acciones, particularmente aquellas enfocadas a hacer “favores”, o gestos de altruismo hacia los otros, buscan, a veces sutilmente, una recompensa (más que un reconocimiento), para “compensar” el tiempo y el esfuerzo invertidos en ello. Vivimos en la inercia de sociedades que no se mueven sin nada a cambio, bajo la dinámica de sistemas que pugnan por ganar siempre y nunca perder; a veces, nos vemos sometidos por estructuras (políticas, económicas, religiosas, ideológicas, etc.) que ceden con dificultad y regateos los bienes que poseen ante necesidades urgentes y apremiantes del pueblo. Acciones como éstas, se dan bajo condiciones precisas y meticulosas, que cuidan los intereses propios y el factor beneficio de quien los otorga…

Entre ceder y no ceder, buscar una recompensa o desearla (y obtenerla), aflora el tema de las prioridades: siempre habrá alguien, algo, que sea primero en nuestra escala de valores; aquello que ocupe el lugar primordial en la vida y, en función de ello, canalizaremos nuestros actos y decisiones; también nuestras metas, nuestros deseos y, por supuesto, nuestros ambiciones.

Tenemos prioridades porque adquirimos compromisos; allí, subyace un valor que no podemos desoír ni desconocer. Así, dichas prioridades se convierten en aspectos esenciales para la vida y la existencia. No obstante, hay también “prioridades” creadas, convenientes, que pasan por encima de lo que es verdaderamente importante; esas, alimentan el ego, reivindican el poderío de un individuo, o unos cuantos, sobre otros y someten toda necesidad real a una falsa escala de valores. Es aquí donde nace el culto al poder, la cultura del poseer y las idolatrías por las que se deja en segundo término, o en último, el verdadero valor de las cosas y el sentido más profundo de la existencia humana.

JUZGAR

El evangelio de Mateo, que siempre tendrá un discurso de crítica a fariseos, maestros de la ley  y autoridades judías, pone a consideración el tema de las prioridades y la apertura incondicional al otro, abriendo en una serie de interpelaciones a la conciencia y a la voluntad de la persona.

En particular, el texto de este domingo puede provocar confusión, dudas, o sentimientos de culpa. No es fácil entenderlo, sobre todo por el planteamiento donde Jesús pone en entredicho, aparentemente, las relaciones fundamentales de todo hombre: el amor a los padres y el amor a los hijos.

El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí… (10,37).

Sin una reflexión seria y sin tener la intención de ahondar en el texto, haciendo sólo una lectura plana, corremos el riesgo de ver únicamente dos cosas: la primera, que Jesús nos pide priorizar entre él y los seres que más amamos, y la segunda, que nos exige tomar postura a través de una renuncia radical. Visto así, además de que es humanamente imposible, contradice las escrituras y confronta la propuesta de Jesús, sustentada y animada en el amor.

El amor de los hijos a los padres y de los padres a los hijos, es parte esencial en las enseñanzas de la Revelación. En el decálogo encontramos que el primer mandamiento que abre y rige las relaciones con el prójimo es, precisamente, la honra de los padres (Ex 20,12); los libros sapienciales, por su parte, insistirán por medio de consejos y alabanzas, que la relación entre un padre y un hijo es sagrada (Prov 1,8; 10,1; Sal 127,3-5). Jesús mismo resaltará la generosidad de Dios reconociendo la bondad que hay en el corazón de un padre (Mt 7,9-11).

¿Qué es, exactamente, lo que nos quiere decir el texto?:

  • Primero: el Señor no pide que lo amemos más que a los demás, sino que lo amemos igual que a ellos, o a ellos igual que a él; tomando en cuenta el discurso del juicio de las naciones: lo que se hace, o deja de hacer, con el hermano, se hace o deja de hacer, con el Señor (Mt 25,40.45).
  • Segundo: el amor al prójimo, a los padres, a los hijos, desde la perspectiva del evangelio, pierde sentido si antes no pasa por la mirada misericordiosa de Jesús. Es decir, “amar más a…”, equivale a desconocerlo, a no querer que él sea el referente que anima nuestras relaciones fundamentales, a no aceptar que su mirada nos permite ver más allá de los intereses personales.
  • Tercero: la opción por Jesús (que supone la opción por el prójimo) y el seguimiento que implica, no pueden estar por debajo, o en segundo término, respecto de nuestras preferencias. Ante él hay que optar de manera radical, o mejor no optar.

Hay una clave para comprender estas palabras de Jesús, y se encuentra en versículos arriba (34-36):

No piensen que he venido a traer paz a la tierra. No vine a traer paz, sino espada. Viene a enemistar a un hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y así el hombre tendrá por enemigos a los de su propia casa.

No es que Jesús provoque o declare la guerra, sino que su mensaje es signo de contradicción: buena noticia para los pobres y mala noticia para los poderosos y explotadores de todos los tiempos que tienen como centro de su vida el dominio; son ellos los que empuñan la espada y provocan la muerte de tantos seres humanos (cfr. Éx 5,21). La propuesta de Jesús apuntaba a destruir las raíces de ese poder. La práctica de Jesús fue una forma novedosa y alternativa de destruir el mal, proponiéndose destruir en el interior de las personas e instituciones el deseo de dominio que lo engendra… La fidelidad a Jesús ha de superar cualquier otra, incluso la familiar; porque, lejos de discriminar, dará su verdadero sentido a todas las demás fidelidades (Luis A. Schökel, La Biblia de Nuestro Pueblo).

La prioridad del Reino exige renuncias radicales, que en Mateo se traducen en perder la vida por Jesús; perderla así, significa confiar plena y absolutamente en él, romper los lazos que nos atan al egoísmo y desmantelar los intereses con los que pretendemos “salvar la vida”; significa dejar que la vida fluya en la entrega a los demás, hasta perderla por ellos.

No obstante, perder, renunciar, entregar, dar…, se convierten en acciones de las que emana la abundancia y la generosidad de Dios: recibir una recompensa.

ACTUAR

  • ¿Qué esperamos recibir cuando hacemos algo por los demás?
  • ¿Cómo esperamos ser recompensados?
  • ¿Qué prioridades mueven el sentido de nuestra vida, nuestras acciones, nuestras más profundas decisiones?

La mujer de Sunem, más allá de su posición favorable (de su poder) y de sus bienes, fue capaz de ver y descubrir en Eliseo a un hombre de Dios (2Re 4,9); su presencia constante se convirtió en una bendición para ella y para toda su casa, de tal modo, que decidió acogerlo y darle cabida en su vida. La presencia de Dios se convirtió en su prioridad:

Vamos a construirle en los altos una pequeña habitación. Le pondremos allí una cama, una mesa, una silla y una lámpara, para que se quede allí, cuando venga a visitarnos (2Re 4,9-10).

  • ¿Qué podemos hacer por esta mujer? (2Re 4,14).

El evangelio de Mateo concluye con una línea de acción que sólo se da y se concreta si Jesús es el centro de la vida de los creyentes:

El que recibe a un profeta por ser profeta, recibirá recompensa de profeta; el que recibe a un justo por ser justo, recibirá recompensa de justo. Quien diere, aunque no sea más que un vaso de agua fría a uno de estos pequeños, por ser discípulo mío, yo les aseguro que no perderá su recompensa (Mt 10,41-42).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

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