Amarás a tu prójimo…

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OCTUBRE 29 DE 2017mensajes_bc3adblicos_amar_prc3b3jimo

DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO

Liturgia de la Palabra:

  • Ex 22,20-26.
  • Sal 17.
  • 1Tes 1,5-10.
  • Mt 22,34-40.

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GINEBRA, Suiza, 3 de julio de 2017 (ACNUR)- Según un nuevo estudio de ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, sobre los flujos mixtos de refugiados y migrantes, aproximadamente la mitad de las personas que llegan a Libia lo hacen pensando que pueden encontrar trabajo allí, pero terminan huyendo hacia Europa para escapar de una inseguridad potencialmente mortal, de la inestabilidad y de las difíciles condiciones económicas, así como de la explotación y los abusos generalizados en el país.

Los ciudadanos extranjeros viajan hacia Libia en el contexto de flujos migratorios mixtos, es decir, se trata de personas de diferentes orígenes y motivaciones que emprenden las mismas rutas, a menudo con la ayuda de traficantes y bandas criminales sin escrúpulos. En estos flujos hay al mismo tiempo refugiados, solicitantes de asilo, migrantes económicos, menores no acompañados, desplazados por causas medioambientales, víctimas de trata de seres humanos y migrantes que han quedado atrapados en el país, entre otros grupos de personas.

El panorama en Europa para los migrantes y los desempleados, así como para huérfanos, viudas, ancianos…, no es distinto al que podemos ver en nuestro continente y, concretamente, en nuestro país. Así lo podemos constatar en una interminable publicación de titulares noticiosos que, simple y llanamente, hacen evidente la difícil situación: “viudas reclaman justicia por su maridos desaparecidos”, “desplazado exigen el respeto de sus derechos”, “niños en la calle, sin hogar ni escuela”…

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Esto dice el Señor a su pueblo: “No hagas sufrir ni oprimas al extranjero, porque ustedes fueron extranjeros en Egipto. No explotes a las viudas ni a los huérfanos, porque si los explotas y ellos claman a mí, ciertamente oiré yo su clamor… (Ex 22,20-22).

Estos versículos se incorporan a la lista de las leyes apodícticas (verdades incuestionables) con las que la legislación judía buscaba llevar a la práctica, y concretar en lo cotidiano, los mandatos contenidos en el decálogo; están redactadas en modo imperativo e insisten en el amor y la misericordia debidos al prójimo (cf. L. A. Schökel), el respeto por la justicia y el cuidado de los derechos, siempre bajo el ideal del bien común.

La vida de un judío observante debía seguir al pie de la letra muchas normas, que superaban en número a las estipuladas en el decálogo, pero que poseían, en el fondo, una intencionalidad precisa: Cuando Israel tiene que volver a reflexionar sobre su pasado, su origen y sus compromisos fundacionales, proyecta hacia el origen del pueblo aquellas normas que considera necesarias para mejorar su presente y, sobre todo, para caminar más seguro hacia el futuro (cf. L. A. Schökel).

Desde aquí podremos comprender de mejor manera la pregunta con la que el doctor de la ley pone a prueba a Jesús. Fariseos, saduceos, maestros y autoridades del Templo dudaban de la identidad judía del nazareno, pues siempre estaba en conflicto con las leyes sagradas (los fariseos contaban 613 preceptos en la ley, había que saberlos y practicarlos todos, cf. L. A. Schökel). Qué mejor manera de cuestionarlo dirigiendo la pregunta no sólo al origen de la ley, sino a los fundamentos que la sostienen y a las prerrogativas que rigen la vida de todo judío. Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la ley? (Mt 22,36).

La respuesta recoge dos aspectos propios de la personalidad de Jesús y de su mensaje, por un lado, el profundo conocimiento que tenía de la ley; por otro, la coherencia de su predicación, cimentada en el mandamiento del amor y la lucha por la justicia, en absoluta sintonía con el más grande de los mandamientos:

Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el más grande y el primero de los mandamientos. Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se fundan toda la ley y los profetas (Mt 22,37-39).

ACTUAR

Desde una perspectiva cristiana, sin amor al prójimo no hay amor a Dios, no hay verdadero cumplimiento de la voluntad de Dios, ni se alcanza esa justicia superior que preconiza el sermón del monte (5,20). El amor al prójimo no sustituye el amor de Dios ni se identifica con él, pero es tan importante como amar a Dios (cfr. 1 Jn 4,20). Al colocar estos dos mandamientos como el eje de toda la Escritura, Jesús pone en primer lugar la actitud filial con respecto a Dios y la solidaridad interhumana como los fundamentos de toda vida religiosa (L. A. Schökel, La Biblia de Nuestro Pueblo).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

 

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Iluminen al mundo con la luz del Evangelio reflejada en su vida…

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OCTUBRE 22 DE 2017

DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO: DOMUND 2017

Liturgia de la Palabra:

  • Is 56,1.6-7.
  • Sal 66.
  • 1Tes 1,1-5.
  • Mt 22,15-21.

VER

El panorama mundial, marcad por la pobreza, la violencia, las guerras, los desastres ecológicos, las epidemias y las pandemias, y todo aquello que deteriora la vida, la naturaleza y las mismas relaciones fraternas, acarrea cambios profundos en nuestra modo de actuar y de relacionarnos con los demás.

Surgen nuevos modelos de seguridad, de política, de solidaridad, de justicia, de economía y de mercado; entre todo, afloran también propuestas de misión, de comprometerse y solidaridad.

Las misiones eclesiales, hechas realidad gracias al trabajo de miles y miles de misioneras y misioneros en todo el mundo, durante siglos se han enfocado en la extensión del Reino de Dios y en la propagación del evangelio, tratando de cumplir fielmente el mandato: Vayan por todo el mundo proclamando la Buena Noticia a toda la humanidad (Mc 16,15).

JUZGAR

¿Qué significa proclamar la Buena Noticia?: catequizar, administrar los sacramentos, convertir a pecadores y a no creyentes, formar a nuevos misioneros; ayudar a los enfermos y a los pobres abriendo escuelas y hospitales, juntar fondos económicos para aliviar las necesidades más urgentes de la gente necesitada en todo el mundo… en fin, lo que sea. Pero… ¿así debe ser?

No obstante, lo esencial es la evangelización, entendida como una acción propia se los cristianos que han asumido los compromisos bautismales (laicas y laicos comprometidos, religiosas y religiosos, ministros, sacerdotes, obispos), teniendo como objetivo la transformación del tejido social. La actual situación del mundo nos pide dos cosas al menos: iluminar y transformar la vida con la fuerza del Espíritu y la riqueza del evangelio.

Los textos que hoy escuchamos, nos hablan de una misión que es compromiso con el hermano y con Dios:

  • Velen por los derechos de los demás, practiquen la justicia (Is 56,1).
  • Ante Dios, nuestro Padre, recordamos sin cesar las obras que manifiestan la fe de ustedes, los trabajos fatigosos que ha emprendido su amor y la perseverancia que les da su esperanza en Jesucristo, nuestro Señor (1Tes 1,2-3).
  • Den, pues, al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios (Mt 22,21).

Indudablemente, el trabajo constante por los derechos y la justicia nos compete desde el momento que recibimos el Espíritu y asumimos, además, los compromisos que implica nuestra condición de ungidos; cada acción y cada paso en la construcción del Reino, son un signo de esperanza para aquellos que han perdido toda esperanza de vida, de libertad y de justicia.

Por otro lado, dicho compromiso con los derechos y la justicia, exige de cada uno un discernimiento que le permita tener claro y distinguir lo esencial para el sustento digno del hombre (derechos): dar al César lo que el del César, y lo necesario para que la vida y la historia se configuren desde la perspectiva del evangelio (justicia): dar a Dios lo que es de Dios.

Así, un misionero, no vive a medias tintas (un poco para el César y otro tanto para Dios), o con cargas extremas (sólo para el César o sólo para Dios), sino llevando en su caminar el compromiso con los derechos humano (compromiso social) y el arduo trabajo por la justicia (compromiso de fe).

ACTUAR

La Iglesia en salida es la comunidad de dis­cípulos misioneros que primerean, que se involu­cran, que acompañan, que fructifican y festejan. « Primerear »: sepan disculpar este neologismo. La comunidad evangelizadora experimenta que el Señor tomó la iniciativa, la ha primereado en el amor (cf. 1 Jn 4,10); y, por eso, ella sabe ade­lantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al en­cuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos. Vive un deseo inagotable de brindar misericordia, fru­to de haber experimentado la infinita misericor­dia del Padre y su fuerza difusiva. ¡Atrevámonos un poco más a primerear! Como consecuencia, la Iglesia sabe « involucrarse ». Jesús lavó los pies a sus discípulos. El Señor se involucra e involucra a los suyos, poniéndose de rodillas ante los de­más para lavarlos. Pero luego dice a los discípu­los: « Seréis felices si hacéis esto » (Jn 13,17). La comunidad evangelizadora se mete con obras y gestos en la vida cotidiana de los demás, achica distancias, se abaja hasta la humillación si es ne­cesario, y asume la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo. Los evangeliza­dores tienen así « olor a oveja » y éstas escuchan su voz. Luego, la comunidad evangelizadora se dispone a « acompañar ». Acompaña a la huma­nidad en todos sus procesos, por más duros y prolongados que sean… (EG. 24).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

Llamada y respuesta…

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multitud

 

DOMINGO 15 DE OCTUBRE DE 2017.

DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO

En aquél día, el Señor del universo preparará sobre este monte un festín con platillos suculentos para todos los pueblos (Is 25,6).

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La fiesta es un elemento que acompaña siempre la vida del hombre, nada hay que no se pueda celebrar y si algo es particularmente significativo, se festeja del modo que sea.

En una fiesta confluyen los más profundos sentimientos, el sentido de la vida y de la muerte; allí cobran significado la fraternidad y la amistad, el perdón y la reconciliación; además, se confirma la pertenencia, la solidaridad y la fidelidad a la gente, a las tradiciones, a los valores y a los ideales que sustentan la cotidianidad.

Pero, para que la fiesta cumpla su cometido se requiere de un corazón dispuesto, porque así, se dispone todo lo que gravita en torno a ella y le da sentido: la convocación, la participación, el vestido, el banquete, el aspecto de la persona, la música, los adornos y, sobre todo, la finalidad.

JUZGAR

Jesús presenta el Reino como un banquete de bodas, una gran fiesta a la que ha sido invitada mucha gente cercana al rey. Eso mismo hacemos nosotros: en nuestras fiestas convocamos a la familia, a los amigos cercanos, a la gente que amamos; disponemos muchas cosas y esperamos a que todos lleguen.

El rey convoca y anuncia insistentemente: Tengo preparado el banquete…, todo está listo. Vengan a la boda (Mt 22, 4.8). A pesar de la generosidad y la abundancia del rey, los invitados lo desprecian, anteponen sus intereses y nadie asiste. Se niegan a ser parte del festejo.

Al parecer, la invitación de Dios (vocación) a unírsele disponiendo la vida (boda), no forma parte del proyecto de algunos hombres, que no están dispuestos a compartir con él su alegría y su fiesta. La respuesta de los convocados es decepcionante y la reacción del rey es violenta, pero el castigo es lo último que sucede, de hecho, se abre una oportunidad más para responder, reiterando la invitación: envió de nuevo a otros criados (v. 4). Lo primero, en cambio, es el amor de Dios desbordado en la abundancia de un banquete preparado para todos, el desprecio a tal iniciativa acarrea consecuencias inevitables. Incluso, en la segunda convocatoria, dirigida a extraños, lejanos y advenedizos, encontramos una actitud similar de indisposición y desinterés: un hombre que no iba vestido con traje de fiesta… (v. 11), es arrojado fuera (v. 13).

ACTUAR

Las propuestas del reino presuponen dos cosas en los invitados a participar: la disponibilidad de la persona (responder) y la disposición del corazón (acoger), simbolizadas en el traje de fiesta.

Muchos son los llamados y pocos los escogidos (v. 14). El llamado es inclusivo y se extiende hacia los horizontes de la humanidad: Salgan, pues, a los cruces de los caminos… y conviden a todos los que encuentren (v. 9). De la respuesta a esa invitación y de cómo se disponga el corazón, dependerá que se viva y se experimente la alegría de ser elegido.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

 

La viña del Señor

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OCTUBRE 8 DE 2017.

DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO

Se les quitará a ustedes el Reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos.

VER

Deportados, rechazados, refugiados, despreciados…, se han convertido en experiencias cotidianas, que ponen a mucha gente en situaciones de vida marcadas por una dinámica social intolerante e insensible a las necesidades y los problemas que deben enfrentar, ya no para vivir lo mejor posible, sino para subsistir del modo que sea.

Somos habitantes de un mundo que, paradójicamente, no se puede habitar con la libertad que ello supondría.

JUZGAR

Nuevamente el evangelio se presenta como denuncia. En la parábola, Jesús nos confronta con la corrupción y la malicia que también inunda el corazón humano: gente que se apodera de lo que a otros pertenece, grupos de poder que expropian terrenos para consolidar intereses particulares, herencias que se arrebatan a base de mentiras…, actos teñidos de sangre y muerte.

Además, lanza una crítica incisiva a las prácticas religiosas: nos hemos apoderado de la religión, del evangelio, de la misma Iglesia… Hemos puesto alrededor de la viña un muro infranqueable, construido con leyes moralizantes e intolerantes; con ritos exclusivos y excluyentes.

A cuantos no piensan igual, los lanzamos fuera y les infringimos la muerte, no con piedras y palos, sino por medio de juicios, condenas, insultos; poco importan sus derechos y despreciamos su dignidad.

La religión se ha convertido en un ejercicio de poder, contrapuesto al espíritu del evangelio que habla de libertad, justicia y perdón. A causa de ello, no somos capaces de ver en la viña (casa, Iglesia, comunidad…) una experiencia fraterna donde hay lugar para todos. La puerta de acceso son el amor y la misericordia.

ACTUAR

¿A qué estamos llamados?:

  • Descubrir que la verdad del evangelio es el camino seguro hacia la libertad y recordar que la Buena Nueva es una propuesta abierta a todos los hombres de buena voluntad.
  • Trabajar para desmantelar los muros que nos aprisionan en egoísmos religiosos, morales e ideológicos, asumiendo que la viña del Señor tienen cabida para todos: publicanos, pecadores, prostitutas, enfermos, despreciados, madres solteras, homosexuales, alcohólicos y adictos…, que buscan el perdón y la misericordia de Dios y de los hombres.

Y que la paz de Dios, que sobrepasa toda inteligencia, custodie sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús… Aprecien todo lo que es verdadero y noble, cuanto hay de justo y puro, todo lo que es amable y honroso, todo lo que sea virtud y merezca elogio (Fil 4,7-8).

 

¡RECAPACITA!

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desobedecer

1 OCTUBRE DE 2017.

DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDIANRIO

Liturgia de la Palabra: Ez 18,25-28; Sal 24; Fil 2,1-11 y Mt 21,28-32.

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Padres de familia, maestros y autoridades nos enfrentamos a una realidad que podríamos llamar “obediencia condicionada”. Es decir, no importando de qué lado nos encontremos (del que da una orden, o del que obedece), siempre mediará una condición, la que sea, para cumplir, o no cumplir, aquello que se nos pide: “estoy muy ocupado”, “lo haré más tarde”, “a mí no me toca hacerlo”, “qué me das a cambio…”, etc. Así, deslindamos la responsabilidad que nos toca asumir, postergamos las acciones diluyéndolas en el tiempo y perdemos la oportunidad de servir y experimentar la gratuidad del corazón.

ACTUAR

El profeta Ezequiel habla con dureza al pueblo, haciéndole ver su actitud intolerante ante las acciones de Dios, a quien han tachado de injusto: No es justo el proceder del Señor (v. 22). En esta escena nos vemos reflejados nosotros, es la misma actitud que tomamos cuando juzgamos las decisiones de nuestros padres, del maestro, de los amigos, de las autoridades responsables: ¡no es justo! Pero es sólo un mecanismo para desconocer lo que no hacemos bien. Sabemos que cuando nos apartamos de la justicia, cometemos maldades (v. 26), entonces, antes de ser juzgados, arremetemos contra el otro y lo juzgamos primero. Ezequiel nos recuera que, no obstante, existe la posibilidad de recapacitar y arrepentirse (v. 28).

En este sentido se comprende la parábola de los dos hijos del evangelio de Mateo: uno es deshonesto con su padre e irresponsable: ya voy…, pero nunca fue (v. 29); el otro, es rebelde y retador, pero tiene un corazón que se conmueve, y se arrepiente: no quiero, pero se arrepintió y fue (v. 30).

¿Nos vemos reflejados en las palabras de Jesús? Reflexionemos cómo caminamos hacia el Reino de Dios: creyendo que por nuestra condición (cristiana, empresarial, intelectual, moral, social…), tenemos asegurada la salvación, o hemos reconocido que nos equivocamos, que somos falibles y vulnerables, pero que si creemos con sencillez en la Palabra de Dios y nos arrepentimos de corazón, podremos remontar desde abajo, como las prostitutas y los publicanos, el camino hacia la felicidad plena.

ACTUAR

Nuestra resistencias a ser humildes y reconocernos pecadores, es confrontada con un ejemplo de vida que nos invita a seguir los mismos pasos: Cristo, no se aferró a su condición divina, se hizo siervo y se hizo hombre. Como uno de nosotros, obedeció sin condiciones y se humilló, hasta la muerte en cruz. Por eso, Dios lo exaltó sobre todas las cosas… (Fil 2,7-9).

Tengan los mismo sentimientos que tuvo Cristo Jesús (v. 5).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.