Yo mismo…

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¿Cuándo te vimos?

NOVIEMBRE 26 DE 2017

NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO

Liturgia de la Palabra:

  • Ez 34,11-12.15-17
  • Sal 22.
  • 1Cor 15,20-26.28.
  • Mt 24,31-46.

VER

La asistencia social se ha establecido, desde hace mucho tiempo, como un recurso propicio para resarcir las omisiones cometidas respecto de las necesidades apremiantes de la humanidad. No es que esté mal, es objetivamente bueno, éticamente aceptable y moralmente reconfortable (quien la practica, se sentirá bien).

El servicio desinteresado por el otro surge de la conmoción y el impacto que provocan ciertos acontecimientos desafortunados y catastróficos, sobre todo cuando arrasan con los bienes materiales y el bienestar de la población. En una palabra, aflora la solidaridad, cobijada por profundos sentimientos, sustentada en valores y convicciones, y arraigada en lo más íntimo del corazón.

Una catástrofe (inundación, sismo, pandemia, guerra…) saca del individuo lo mejor de sí: da de comer, procura agua para los sedientos, hace acopio de ropa para que nadie pase frío ni se sienta desnudo, implementa mecanismos eficaces para atender los problemas urgentes de salud, se ocupa de manera especial de los niños, organiza campañas humanitarias para atender a huérfanos, viudas, presos, migrantes; en un instante, despierta las consciencias y remueve las voluntades…

Unos dan de lo que les sobra, otros comparten lo poco que tienen y algunos ofrecen grandes cosas sin cumplir nunca lo que prometen.

Como quiera que sea, tal vez debamos preguntarnos cómo dar pasos eficaces que nos lleven de la caridad asistencialista, a la solidaridad verdadera y, sobre todo, a lograr una justicia que garantice que a nadie le falta absolutamente nada…

JUZGAR

La solemnidad de Jesucristo, rey del universo, cobra sentido desde el contexto litúrgico en el que está inserta, integrado para varios elementos simbólicos: el final del tiempo ordinario y el próximo inicio del adviento, la fisonomía del rey que presenta Mateo (25,31-46) y el juicio que ese rey dicta a las naciones (v. 32).

Más allá del sentido popular que palpita en la imagen del Cristo Rey, animado a veces por las emociones y la euforia de la gente, debemos rescatar el sentido teológico de una realeza que no es de este mundo y en la que se encarnan propuestas concretas de apertura, libertad, misericordia, amor y justicia; desde ella, estamos invitados a dar pasos por rumbos distintos, pasando de la devoción a la fe verdadera, de la simple adhesión al seguimiento comprometido y de la espera pasiva a la acción que nace de un llamado: Vengan, benditos de mi Padre (v. 34).

El juicio a las naciones es para nosotros una advertencia. Estamos a las puertas del adviento y los llamados a la conversión y al cambio son ya un imperativo que no podemos desoír. Pero, para que todo eso tenga sentido, debe haber un por qué, una razón de fondo que justifique tanto movimiento y, además, el enfrentamiento con las injusticias y el pecado. ¿Cuál es esa razón?… El rey y su reinado tienen una causa primordial: la causa de los pobres.

El Papa Francisco, en diferentes momentos de la exhortación Evangelii Gaudium, nos va recordando que esa causa es también la nuestra:

El mensaje cristiano tiene un contenido ineludiblemente social […] Existe un vínculo inseparable entre nuestra fe y los pobres […] Hacer oídos sordos al clamor de los pobres cuando nosotros  somos los instrumentos de Dios para escuchar al pobre, nos sitúa fuera de la voluntad del Padre […].

El evangelio de Mateo, que ha sido el fundamento doctrinal de las obras de misericordia, no es un llamado al asistencialismo ni a la “caridad”; estamos hablando de acciones matizadas por la misericordia, y si la misericordia es, desde la perspectiva de la revelación, la apertura del corazón de Dios a las miserias del hombre, entonces estamos de frente a una toma de postura por la causa del pobre. En pocas palabras, las obras de misericordia son acciones por la justicia y, para quien las practica, son garantía de vida eterna:

Entonces dirá el rey a los de su derecha: “Vengan, benditos de mi Padre; tomen posesión del Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo; porque estuve hambriento y me dieron de comer, sediento y me dieron de beber, era forastero y me hospedaron, estuve desnudo y me vistieron, enfermo y me visitaron, encarcelado y fueron a verme”. Los justos le contestarán entonces: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o encarcelado y te fuimos a ver?”. Y el rey les dirá: “Yo les aseguro que, cuando lo hicieron con el más insignificante de mis hermanos, conmigo lo hicieron”. (vv. 34-36).

ACTUAR

El texto del profeta Ezequiel (34,11-12.15-17) nos presenta un discurso en primera persona, en el que Dios habla de sus acciones en favor de los olvidados: Yo mismo iré a buscar a mis ovejas y velaré por ellas (v. 11); yo mismo las apacentaré y las haré reposar (v. 15); haré volver a la descarriada, curaré sus heridas; robusteceré a la débil y a la fuerte la cuidaré (v. 16). Estas acciones no sólo revelan lo que Dios es, sino que también nos dice lo que él quiere que hagamos por los demás; por eso, al final nos advierte: he aquí que yo voy a juzgar entre oveja y oveja… (v. 17).

La causa de los pobres es la causa de Dios…

Rostros en los que deberíamos reconocer los rasgos sufrientes de Cristo: rostros de niños golpeados por la pobreza antes de nacer […], de jóvenes desorientados por no encontrar su lugar en la sociedad […], de indígenas marginados en situaciones inhumanas […], de campesinos relegados y a veces privados de tierra […], de obreros mal retribuidos […], de subempleados y desempleados por las duras exigencias de crisis económicas […], de marginados y hacinados urbanos con carencia de bienes frente a la ostentación de otros sectores sociales […], de ancianos marginados por la sociedad del progreso (Asamblea Episcopal Puebla, en Cuadernos CJ 194, p. 28).

Mario A. Hernádnez Durán, Teólogo.

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Al que tiene se le dará…

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NOVIEMBRE 19 DE 2017.

DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO

Liturgia de la Palabra:

  • Prov 31,10-13.19-20.30-31.
  • 1 Tes 5,1-6.
  • Mt 25,14-30.

VER

¿Par qué soy bueno? ¿Cuál será la misión en mi vida? ¿Qué puedo hacer por los demás?… Son preguntas que, seguramente, nos hemos hecho más de una ocasión, o que otros nos han planteado para cuestionar nuestra vida y cómo nos hemos ubicado en ella.

Somos conscientes de poseer talentos, habilidades, destrezas; nos sentimos capaces de lograr lo que nos proponemos y tomar decisiones que marcan el rumbo de nuestra vida. Pero también, debemos aceptar que nos equivocamos, que erramos el camino y andamos desorientados, sin rumbo. Del modo que sea, asumir las consecuencias de nuestros actos (los buenos y los malos) y aceptar que no siempre aprovechamos nuestras capacidades, que nos mostramos parcos al compartir lo que poseemos, o que el miedo a dar pasos más allá de nuestra “seguridades” nos frena, representan una verdadera oportunidad para crecer y madurar, e integrarnos, así, en una dinámica de convivencia fraterna en donde cada uno pone al servicio de los demás lo que es, lo que posee y lo que busca.

JUZGAR

Quien permanece en mí da fruto abundante.

El texto del evangelio (Mt 25,14-30), al que llamamos parábola de los talentos, no hace más que poner en evidencia la confrontación entre Dios y el hombre, sobre todo cuando se ponen a prueba la fidelidad y la capacidad de tomar decisiones a partir de la confianza, en uno mismo y en Dios.

Mateo resalta un elemento que se convierte en el punto central de la reflexión: los talentos. Por ello, lo primero que haremos será: aclarar qué es, en el lenguaje bíblico un “talento”.

  • Aunque inicialmente fue una medida monetaria babilónica, la de mayor valor en ese contexto, se extendió luego por toda la región medio oriental para designar fuertes sumas de dinero. En la época romana un talento equivalía a 100 libras de plata, o 1.200 onzas de plata (1 libra = 12 onzas), o 9.600 denarios (1 onza, 27 g = 8 denarios), o 153.600 ases (unos 25 millones de las antiguas pesetas españolas, en comparación con el costo de la vida actual).

Era, simplemente, una medida monetaria que no hacía referencia a las capacidades personales, a las que llamamos “talentos” (talento para cantar, para escribir, para pintar, para jugar, etc.).

No obstante, en el valor material de ese elemento, subyace una enseñanza que nos habla del Reino y de dos modos distintos de verlo, que se confrontan: Dios y el hombre.

  • Dios:

El Reino de Dios es una experiencia de apertura y confianza, donde se pone a prueba la valía y la voluntad del ser humano; Dios confía en el hombre y es generoso con él. Se muestra condescendiente con los suyos, los conoce y sabe cuáles son las capacidades de cada uno: llamó a sus siervos de confianza y les encargó sus bienes. A uno cinco, a otro tres y a otro uno, según la capacidad de cada uno de ellos (Mt 25,14-15).

No genera dependencias, desea que trabajemos solos y descubramos nuestras propias capacidades; que nos pongamos retos, que busquemos trascender y que nos arriesguemos por él. Por eso, el texto dice que se fue (v. 15).

  • El hombre:

Recibir tal cantidad de dinero (cinco denarios, dos denarios y un denario) simboliza la confianza que Dios tiene en el hombre; no son grados de confianza, sino la misma postura de Dios frente a la individualidad de cada persona. En este sentido, duplicar lo recibido, es tener la capacidad de mirar más allá de lo que tenemos enfrente; significa arriesgarse confiando en uno mismo.

En el duplicar se pone a prueba la iniciativa, la creatividad y la libertad entendida como responsabilidad, pero, sobre todo, la confianza en Dios (él ha confiado en nosotros).

El tercer hombre, que tuvo miedo, representa la mediocridad, la antipatía y, de manera particular, la desconfianza, tanto en sí mismo como en Dios. Vive y actúa a partir de una imagen equivocada de Dios, que describe él mismo: eres duro, recoges y cosechas lo que nos has plantado (v. 24); considera que lo justo equivale a devolver íntegramente lo que se recibió.

La parábola de los talentos no es el argumento del miedo, sino el argumento de la lucha contra el miedo (José M. Castillo). El miedo nos hace estériles, improductivos, conformistas. Esconder y devolver a Dios lo suyo (v. 25), es como no darle nada…

ACTUAR

Esta parábola nos hace comprender que es importante tener una verdadera idea de Dios. No debemos pensar que es un maestro malo, duro y severo que nos castiga. Si en nosotros hay esta imagen errónea de Dios, nuestra vida no puede ser fecunda porque vivimos en el miedo y este no nos lleva a nada constructivo. Al contrario, el miedo nos paraliza, nos autodestruye. Estamos llamados a reflexionar para descubrir cuál es la verdadera idea que tenemos de Dios. Ya en el Antiguo Testamento, se revela como “Dios tierno y misericordioso, lento a la cólera y lleno de amor y de verdad” (Ex 34, 6). Y Jesús nos ha mostrado siempre que Dios no es un maestro severo e intolerante, sino un padre lleno de amor, de ternura, de bondad. Por consecuencia podemos y debemos tener una inmensa confianza en Él.

Jesús nos muestra la generosidad y la atención del Padre de tantas maneras: por su palabra, por sus gestos, por su acogida de todos, especialmente de los pecadores, de los pequeños y de los pobres – como nos lo recuerda hoy la 1ª jornada mundial de los pobres-; también por sus advertencias, que revelan su interés para que no arruinemos nuestra vida innecesariamente.  De hecho, es una señal de que Dios nos tiene en gran estima: esta conciencia nos ayuda a ser personas responsables en todas nuestras acciones. Por lo tanto, la parábola de los talentos nos llama a una responsabilidad personal y a una fidelidad que nos da la capacidad de llevarnos a nuevos caminos, sin “enterrar el talento”, es decir los dones que Dios nos ha confiado, y de los que nos pide cuentas (Papa Francisco, Ángelus del 19 de noviembre de 2017).

Hermanos: Por lo que se refiere al tiempo y a las circunstancias de la venida del Señor, no necesitan que les escribamos nada, puesto que ustedes saben perfectamente que el día del Señor llegará como un ladrón en la noche… Pero a ustedes, hermanos, ese día no los tomará por sorpresa, como un ladrón, porque ustedes no viven en tinieblas, sino que son hijos de la luz y del día, no de la noche y las tinieblas. Por lo tanto, no vivamos dormidos, como los malos; antes bien, mantengámonos despiertos y vivamos sobriamente (1Tes, 5,1-6).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

¡Salgan a su encuentro!

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NOVIEMBRE 12 DE 2017

DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO

Liturgia de la Palabra:

  • Sab 6,12-16.
  • Sal 62.
  • 1Tes 4,13-18.
  • Mt 25,1-13.

VER

Cuando salimos a buscar algo que nos interesa o necesitamos (ropa, zapatos, un libro, un viaje, etc.), lo hacemos con algunos criterios previos, que nos ayudan a definir y limitar tanto la búsqueda como la selección; a menos que improvisemos, normalmente sabemos lo que queremos adquirir.

Toda búsqueda posee una motivación, el ¿por qué?, animada, esencialmente, por lo que somos, y una intencionalidad, el ¿para qué?, en la que se proyecta lo que queremos, o deseamos, ser.

Pero más allá de esas pequeñas búsquedas, con las cuales satisfacemos nuestras necesidades básicas (algunas de ellas materiales), existen otras búsquedas, profundas y complejas, que configuran el espíritu del hombre; a través de ellas buscamos, valga la redundancia, el sentido de la vida, la validez de nuestras ideas, la concreción de nuestros pensamientos y la certeza de nuestras creencias. En pocas palabras, buscamos algo que las ilumine y las oriente. Éstas, ciertamente, cobran una particular relevancia en nuestra vida porque, además de que ayudan a la formación de la personalidad, dan sentido a las primeras búsquedas: lo que elegimos, siempre tiene el sello de lo que somos.

Hoy surgen muchas preguntas en torno a nuestras decisiones, sobre todo cuando no tienen un buen fin, o han pasado por encima de los derechos del hermano: ¿Cuáles son nuestros ideales? ¿Qué motiva lo que deseamos? ¿Cuáles son los valores y criterios que rigen nuestros actos? ¿Qué metas queremos alcanzar? ¿Cómo las queremos alcanzar? ¿Aún buscamos algo? ¿Qué…?

JUZGAR

Señor, tú eres mi Dios, a ti te busco; de ti sedienta está mi alma (Sal 62,2).

La fe es una toma de postura – además de ser un don y una virtud -, que se nutre con los criterios de la Palabra que surgen del evangelio (justicia, amor, perdón libertad, verdad…), con ellos se animan y se fortalece. Es la actitud que el creyente tiene delante de sí mismo, del hermano y de Dios; es el punto de partida donde inicia la búsqueda y el modo de buscar.

Las palabras del salmista no hacen más que proyectar, desde el pasado, la misma experiencia de vacío y desesperanza que viven las sociedades contemporáneas: Señor, todo mi ser te añora como el suelo reseco añora el agua (v. 2). Por eso, la búsqueda privilegiada comienza por Dios: pues mejor es tu amor que la existencia (v. 4). Así lo confirma el libro de la Sabiduría: Darle la primacía en los pensamientos es prudencia consumada (6,14-15).

Cuando caemos en cuenta que el vacío del corazón y la insatisfacción de la vida tienen su raíz en las búsquedas superficiales e infructuosas, veremos cómo, poco a poco, también nuestras lámparas se están apagando (Mt 25,8).

La fe, decíamos, es la postura que el creyente toma delante de aquello que lo interpela, la parábola del evangelio de Mateo nos lo explica por medio de dos actitudes: el descuido y la previsión:

El Reino de los cielos es semejante a aquellas diez jóvenes, que, tomando sus lámparas, salieron al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran descuidadas y cinco, previsoras (vv. 1-2).

El centro del mensaje – dice Luis A. Schökel – es la necesidad de la preparación. Tal preparación dependerá de las expectativas personales, de los ideales y de las metas que deseamos alcanzar; para ello debemos prevenir (un frasco de aceite), teniendo claro cómo queremos lograrlo, siendo conscientes que en el camino puede haber imprevistos, retrasos, o cansancio (v. 5).

El sueño prolonga la espera, sin saber hasta cuándo, mientras, las lámparas permanecen encendidas y el aceite se consume. Cuando el grito se oye: ¡ya viene…!, y se reinicia la búsqueda para salir al encuentro, hay que reavivar la llama que ilumina el camino: levantarse y preparar las lámparas (v. 7).

Radiante e incorruptible es la sabiduría; con facilidad la contemplan quienes la aman y ella se deja encontrar por quienes la buscan y se anticipa a darse a conocer a los que la desean. El que madruga por ella no se fatigará, porque la hallará sentada a su puerta (Sab 6,12-14).

El descuido y la falta de previsión se enfrenta a una negativa: No, porque no va a alcanzar para ustedes y para nosotras (Mt 25,9). No es un gesto de indiferencia ni falta de caridad por el necesitado; es en realidad un rasgo parabólico para hacernos comprender que la preparación requerida es personal e insustituible. No vale apoyarse en la fidelidad del otro (Luis A. Schökel).

…las que estaban listas entraron con él al banquete de bodas y se cerró la puerta. Más tarde llegaron las otras jóvenes y dijeron: “Señor, señor, ábrenos”. Pero él les respondió: “Yo les aseguro que no las conozco” (vv. 10-12).

ACTUAR

Estén preparados porque no saben ni el día ni la hora (v. 13).

El control del tiempo es un afán del hombre: ser puntual, llegar sin retraso, agendar las citas, revisar el calendario…, pero el dominio total de las horas y los días, es imposible; podemos prever el futuro, prepararnos para él, pero no sabemos qué sucederá exactamente. Sólo nos queda estar preparados.

Los hombres somos seres inquietos por naturaleza, no dejamos de preguntar, de movernos, o de buscar. Así, buscamos la felicidad, la plenitud, la tranquilidad, el bienestar, el cumplimiento de nuestros más profundos deseos, pero esos deseos, paradójicamente, sólo son eso: deseos. Es decir, “deseamos” la paz, la justicia en el mundo y la libertad… Nos estamos quedando dormidos y el aceite se agota.

Se oye un grito urgente: ¡ya viene!, en cada hermano, en cada acontecimiento que nos interpela, en los fenómenos que ponen a prueba nuestra sensibilidad y la capacidad de ser solidarios. Es imperativo levantarse, despertar del letargo y salir a buscar la sabiduría que transforma el corazón, los pensamientos y las acciones del hombre; salir a trabajar, con las lámparas encendidas, por la justicia, la libertad y la paz.

 A los que son dignos de ella, ella misma sale a buscarlos por los caminos; se les aparece benévola y colabora con ellos en todos sus proyectos (Sab 6,16).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

Hijos de un mismo Padre…

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NOVIEMBRE 5 DE 2017.

DOMINGO XXXI DEL TIEMPO ORDINARIO

Liturgia de la Palabra:

  • Mal 1,14–2,2.8-10.
  • Sal 130.
  • 1 Tes 2,7-9.13.
  • Mt 23,1-12.

VER

El modo de mirar al otro, de escucharlo, de acoger sus preocupaciones y comprender sus miserias requiere de un ejercicio, que consiste en abrir el corazón y hacer un esfuerzo por ver todo con una mirada materna.

Las crisis más profundas de la persona, no importado la edad o la condición, echan raíces en dos vivencias negativas: no sentirse escuchado y no sentirse acogido. Es triste no ser comprendido y, peor aún, vivir la soledad de la no pertenencia.

Soledad e incomprensión son la antítesis de la experiencia fraterna, se apropian de toda relación y la destruyen, tiñen la vida con la desesperanza y desvirtúan el ánimo de todo individuo, hasta llevarlo a perder el sentido de la vida.

El Papa Francisco, en la Exhortación Apostólica Evangeli Gaudium (74 y 75), abre una ventana que asoma a esa realidad y nos invita a verla, analizarla y actuar respecto de ella para transformarla:

La ciudad produce una suerte de per­manente ambivalencia, porque, al mismo tiempo que ofrece a sus ciudadanos infinitas posibilida­des, también aparecen numerosas dificultades para el pleno desarrollo de la vida de muchos…

Al mismo tiempo, lo que podría ser un precioso espacio de encuen­tro y solidaridad, frecuentemente se convierte en el lugar de la huida y de la desconfianza mutua. Las casas y los barrios se construyen más para aislar y proteger que para conectar e integrar.

JUZGAR

Todos ustedes son hermanos (Mt 23,8).

Mucho se habla de equidad y justicia para todos. Slogan que representa los ideales más altos y urgentes, al mismo tiempo, de la humanidad. Ello presupone equilibrio, igualdad, respeto de los derechos y de la libertad; además, la garantía de un hogar, de un espacio para vivir con dignidad, la certeza de pertenecer…

La Buena Nueva nos habla del Reino de Dios como una praxis basada en la justicia, el amor, el perdón, la misericordia; aflora una enseñanza que alimenta la voluntad del hombre con la novedad del Espíritu y de la Palabra que, de frente a esa realidad que nos interpela, ofrece una pauta para ir construyendo, desde allí, el anhelo de equidad y justicia: el ideal evangélico de la fraternidad.

Es una experiencia fundante, el presupuesto, o el terreno fértil, que hace posible la vivencia del amor; surge y se mantiene viva desde la consciencia que el pueblo hebreo tenía de sí mismo: hijos de un mismo Padre (Mal 2,20):

¿A caso no tenemos todos un mismo Padre? ¿No nos ha creado un mismo Dios? ¿Por qué, pues, nos traicionamos entre hermanos, profanando así la alianza con nuestros padres? (Mal 2,10).

La fraternidad, insistimos, es una experiencia acogedora e incondicional, de rasgos maternales, donde se aprecia la vida desde otra perspectiva. Así, podremos coincidir con el sentir del apóstol Pablo, que dice: cuando estuvimos entre ustedes, los tratamos con la misma ternura con la que una madre estrecha en su regazo a sus pequeños (1Tes 2,7).

Por su parte, Jesús nos recuerda que somos hijos de un mismo Padre (Mt 23,9) y nos advierte que no confundamos el ejercicio del poder con la fraternidad. Él es claro al marcar las diferencias:

Los que viven del poder (Mt 23,1-7):

  • Dicen una cosa y hacen otra.
  • Ponen cargas pesadas a los demás, que ellos no pueden ni mover.
  • Son ostentosos y les gusta hacerse notar en público, para que todos los alaben y los llamen “maestros”…

Los que viven la fraternidad (Mt 23, 12):

  • Que el mayor de entre ustedes sea su servidor, porque el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido.

Entonces, cambian los paradigmas y las preguntas que nos hacíamos adquieren otros derroteros; si la única razón de nuestra fe sólo consiste en preguntar ¿en qué crees?, ahora, desde el panorama que nos abre el evangelio, debemos añadir: ¿cómo vives?, ¿cómo amas?… La única respuesta factible, desde el evangelio, es: ¡sirviendo!

ACTUAR

Retomando las enseñanzas del Papa Francisco, Evangeli Gaudium (75) nos ofrece estas líneas de acción:

La proclamación del Evangelio será una base para restaurar la dignidad de la vida humana en esos contextos, porque Jesús quiere derramar en las ciudades vida en abundancia (cf. Jn 10,10). El sen­tido unitario y completo de la vida humana que propone el Evangelio es el mejor remedio para los males urbanos, aunque debamos advertir que un programa y un estilo uniforme e inflexible de evangelización no son aptos para esta realidad. Pero vivir a fondo lo humano e introducirse en el corazón de los desafíos como fermento testi­monial, en cualquier cultura, en cualquier ciudad, mejora al cristiano y fecunda la ciudad.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

 

Todo el que cree en mí…

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NOVIEMBRE 2 DE 2017.

CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS

VER

La muerte se palpa, se huele, se siente por todas partes; la vemos cerca cuando algo nos pone ante la incertidumbre del futuro, o cuando perdemos, para siempre, a los que amamos. Pero la muerte sólo es de los “otros”; mientras no sea la nuestra, seremos espectadores que lloran, que sufren, que se lamentan; vivos delante de ella, llevando flores y ofrendas, cantando canciones para mitigar la nostalgia y dejar salir del corazón el amor sofocado, el deseo truncado, el enojo interrumpido, el perdón arrepentido…

La muerte de los nuestros, incluso los que odiamos algún día, nos congrega en torno a su sepulcro, que se convierte, por un instante, en altar, en mesa de familia, en sobremesa de recuerdos; en reencuentro de amistades perdidas, en abrazos fraternales que nos reconcilian y en besos con sabor a vida.

La muerte es un espejo, “como me ves te verás…”, donde no se refleja nuestro rostro, sólo la imagen de un misterio que no comprendemos, pero nos atrapa porque le pertenecemos…

JUZGAR

Si creemos que Jesús ha muerto y resucitado, del mismo modo a los que han muerto en Jesús, Dios los llevará con él (1Tes 4,13).

El misterio se rompe si creemos que Jesús resucitó, y el otro misterio, el de la vida, acoge con generosidad a los que han muerto, ofreciéndonos una certeza de la que no podemos dudar: Dios los llevará con él.

Si los vivos celebramos la muerte, entonces, la muerte tiene sentido: no es el final de la existencia, sino la transformación de la vida en un gozo eterno y la esperanza de un reencuentro amoroso que no termina.

Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí no morirá para siempre (Jn 11,25).

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Todo aquél que piense que la vida es desigual, tiene que saber que no es así, que la vida es una hermosura, hay que vivirla.

Todo aquel que piense que está solo y que está mal, tiene que saber que no es así, que en la vida no hay nadie solo, siempre hay alguien.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo. 

Vi una multitud…

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NOVIEMBRE 1 DE 2017.

SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS

La liturgia de este día nos ofrece, para la reflexión, el texto de las bienaventuranzas: Mt 5,1-12.

El discurso del sermón del monte, como también lo conocemos, lleva a lo concreto y presenta en ocho puntos el programa del reinado de Dios:

  1. Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.
  2. Dichosos los que lloran, porque serán consolados.
  3. Dichosos los sufridos, porque heredarán la tierra.
  4. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
  5. Dichosos los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.
  6. Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios.
  7. Dichosos los que trabajan por la paz, porque se llamarán hijos de Dios.
  8. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.

Este programa concluye con una promesa dirigida a todos aquellos que lo ponen en práctica: Alégrense pues y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos (V. 12).

Cabe destacar que las bienaventuranzas están redactadas en presente (los que lloran, los que sufren, los que tienen hambre, etc.), marcando así la actualidad del evangelio, no importando cuándo se lea o se escuche, ponerlo en práctica es real en cualquier momento de la historia humana. Estamos invitados, entonces, a discernir cómo podrá ser posible y a descubrir a los dichosos, bienaventurados, que obtendrán la recompensa.

¿Quiénes son? La antigua sabiduría de Israel dice que las bienaventuranzas son felicitaciones para los que viven según Dios…, los que viven creyendo y esperando en él, pero también, los que dan su vida por el Reino, a través de la justicia, la paz y la misericordia.

Desde esta perspectiva, descubrimos que la santidad es cotidianidad; es una forma de ser y de estar en el mundo y de relacionarse con el prójimo; hacer praxis la justicia, el amor, la paz, la libertad, la solidaridad. La fiesta de todos los santos nos recuerda que ellos, mujeres y hombres creyentes, alcanzaron el reconocimiento de la comunidad, porque aceptaron la Buena Nueva con determinación e hicieron del evangelio su modo de vida.

La santidad se vive aquí y ahora; el sacramento bautismal nos ha marcado con el Espíritu de Dios, y con él, como afirma Pablo, somos consagrados, es decir, santificados en Dios a través de Jesucristo.

Vi luego una muchedumbre tan grande, que nadie podría contarla. Eran individuos de todas las naciones y razas, de todos los pueblos y lenguas (Ap 7,9).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.