Un gran alegría…

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DICIEMBRE 25 DE 2017

LA NATIVIDAD DEL SEÑOR

Liturgia de la Palabra:

  • Is 9,1-3.5-6.
  • Sal 95.
  • Tito 2,11-14.
  • Lc 2,1-14

VER

Nuevamente…, llegó la Navidad: ¡a celebrar en grande, con toda la familia, con los amigos y de la mejor manera posible!

Es tiempo de salir, descansar, disfrutar las vacaciones; comprar, recibir regalos, obsequiar cosas. Es el tiempo propicio para renovar promesas, recuperar amistades, sacar del corazón los mejores sentimientos y hacer buenos propósitos…

¿Qué celebramos? ¿A quién recordamos? ¿Por qué la vida se detiene y cambia de ritmo? ¿Qué damos? ¿Qué no damos?

JUZGAR

Llegó el tiempo de dar a luz…

El evangelio de Lucas (2,1-14), centra la atención en el gran acontecimiento del nacimiento del Mesías y nos lo presenta en tres momentos. Primero, contextualiza el hecho en la historia, con el edicto de Cesar Augusto: un censo en la época en que Quirino gobernaba Siria (vv. 1-2), ubicando allí la línea davídica de la descendencia de José, quien pertenecía a esa casa y a esa familia, y debía empadronarse en Belén, la ciudad de David (vv. 3-5). Segundo, hace que todo se desarrolle según la vida y la suerte que corre el pueblo sencillo (vv. 6-7): a María le llegó el momento de parir y el niño fue recostado en un pesebre (la pobreza extrema), pues no había para ellos lugar en la posada (lugar en donde están los que pueden pagar). Tercero, el anuncio revelado a los pastores en el campo, fuera de la ciudad, resalta que a ellos es dirigida la buena nueva de la salvación, más allá de la gran ciudad y ajenos a las clases dominantes y privilegiadas por la religión. Aquí, las palabras del profeta Isaías y las del ángel son las mismas: un niño nos ha nacido… (Is 9,5), el Salvador y el Mesías (Lc 2,11).

Detrás de todo hay una enseñanza que, mucho me temo, no alcanzamos a visualizar ni comprender, debido a que hemos reducido el tiempo de Navidad a dos cosas: por un lado, la oferta y la demanda que cubren eficientemente nuestra necesidad de consumir-comprar-regalar. Así, creyentes y no creyentes nos dejamos llevar por la fascinación que la mercadotecnia despierta en nuestros sentidos y en nuestros sentimientos, distrayendo la atención del mensaje central, cifrando la gran alegría en las cosas materiales, efímeras, sin valor real. Por otro, la imagen material del niño Dios (de yeso, de pasta, de madera tallada, de porcelana, de acrílico, etc.) que no puede faltar en ningún hogar católico, es, simple y sencillamente, un objeto sagrado indispensable que, una vez bendecida por el cura de la Parroquia, se convierte en la “presencia material” de Dios en la familia, pero… ¿es realmente el Emmanuel? Terminadas las fiestas, se le guarda en una caja junto con los demás adornos y objetos navideños.

Algo más, vivimos en sociedades kinestésicas, que aprenden a través de lo que ven y lo que oyen, pero que, tal vez, no han sido capaces (no lo hemos logrado…), de pasar de la imagen sensorial a lo simbólico oculto en ella, de la expectación a la contemplación:

Esto les servirá de señal: encontrarán al niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre (v. 12).

¿Dónde y en quiénes encontramos hoy esa señal? Nuestras navidades no estás “envueltas” en pañales ni reposan, como en su fundamento más sólido, en un “pesebre”.

ACTUAR

La “buena noticia”, la “gran alegría”, no se encuentra en valores que aprecia el sistema, el mercado, el consumo… La felicidad está donde se encuentra lo más entrañablemente humano (un niño en pañales), esté donde esté, aunque se le encuentre donde menos podemos imaginarlo (José M. Castillo).

El Papa Francisco nos invita a acoger el proyecto de Dios con humildad sincera y valiente generosidad (Ángelus Dic. 24/2017).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

 

 

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No temas…

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DICIEMBRE 24 DE 2017.

DOMINGO IV DE ADVIENTO

Liturgia de la Palabra:

  • 2Sam 7,1-5.812.14.16
  • Sal 88.
  • Rm 16,25-27.
  • Lc 1,26-38.

VER

Lo inesperado, a veces, trae consigo cosas buenas, lo impredecible abre ante nosotros oportunidades insospechadas. Sin entender cómo, el panorama se extiende y vemos con claridad nuevos caminos y nuevos retos. Indudablemente, alguna vez nos hemos visto envueltos en situaciones (negativas o positivas) que nos toman por sorpresa y nos desajustan.

Por ejemplo: cómo reaccionamos cuando, de buenas a primeras, alguien nos dice “te amo”; o cuando nos ofrecen un empleo, con mejor sueldo al que ya tenemos, y no sabemos qué decisión tomar. Qué se mueve en nuestro interior cuando nos avisan que papá murió…

Del modo que sea, más allá del asombro, experimentamos temor y desconfianza ante la novedad inesperada; nos invade una duda interior de no saber qué hacer, o qué decir. Es normal y humanamente comprensible.

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El evangelio de Lucas (1,26-38) nos presenta el pasaje del anuncio, o anunciación. Aquí, encontramos a María, sola, absorta tal vez en sus pensamientos, ensimismada, ocupada en sus quehaceres cotidianas. De manera inesperada, una presencia divina ocupó su espacio, una voz diferente la llamó por su nombre. El mensajero de Dios, Gabriel, le dijo, de manera inverosímil para ella, que sería la madre del Mesías.

Desconcierto, dudas, incertidumbre, miedo…, qué más podría sentir María ante lo inesperado. No sólo su vida y su tiempo, también su cuerpo sería ocupado por Dios.

Todo comienza con un peculiar saludo, marcado por la bondad y la dulzura que sólo pueden provenir de Dios: Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo (v. 28). Dios seduce y, así, compromete al hombre con su proyecto.

Del asombro, María pasó a las preguntas, necesitaba clarificar lo que estaba sucediendo: ella se preocupó mucho y se preguntaba qué querría decir semejante saludo (v. 29). En su contexto, este proceder de Dios era inusual, pues nunca antes las promesas del Mesías habían sido confiadas a una mujer, menos aún, a una joven como ella: galilea y virgen (en la cultura judía permanecer virgen no era una virtud, como ahora lo es para nosotros, sino un estado inadmisible en cualquier mujer como María, eso la hacía repudiable y desgraciada…).

Pero…, Dios se hace presente en la debilidad humana y la llena de gracia. Podemos decir que, justo aquí, comienza la encarnación, puesto que se abre un proceso que no sólo se acota en el Verbo que se hace hombre, sino también en María que se convierte en madre del Señor:

No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios. Vas a concebir y a dar a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús… (v. 30).

María, consciente de su condición, no sale de su asombre, y pregunta: ¿Cómo podrá ser esto, puesto que yo permanezco virgen? (v. 34). No sólo su virginidad, ahora también Dios la mete en un conflicto de “infidelidad” (acto que la llevaría con toda seguridad al repudio total e, incluso, a la lapidación), pues ya era la prometida de un hombre llamado José (v. 27), con quien no había tenido contacto alguno y quedar encinta.

El acontecimiento de la encarnación parte de lo cotidiano: una jovencita virgen prometida en matrimonio, un pueblo insignificante, un contexto de pobreza y sencillez. Pero todo va más allá, convirtiéndose en un acontecimiento profético, transformado por la presencia del Espíritu de Yahvé:

El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso, el Santo que va a nacer de ti, será llamado Hijo de Dios… (v. 35).

En este relato – dice Schökel – hay dos protagonistas, María y la Palabra. «María», símbolo de una porción de humanidad que pese a las situaciones históricas de marginación, rechazo y abandono por parte de la oficialidad socio-religiosa, confía, espera y está abierta al querer divino. «La Palabra», Dios, que se pronuncia, pero no en el «centro» donde todo parece que está dicho y decidido, porque viéndolo bien, Dios mismo ve que allí no hay cabida para Él; la Palabra que crea, que transforma, que da seguridad y que sin violentar la libertad del creyente, induce a una adhesión y aceptación gozosa de la voluntad divina tal como la de María: «que se cumpla en mí tu palabra» (v. 38).

ACTUAR

Este pasaje del evangelio no sólo nos recuerda que, gracias a la valentía y la disposición de María, Jesús habita entre nosotros, sino que Lucas nos quiere decir que el Dios de nuestra fe, es un Dios sencillo, afable, cercano y sin complicaciones; que se le puede encontrar en las periferias, en la pobreza y en la humildad de la gente.

¿Por qué insistimos en buscarlo, o esperarlo, por el lado equivocado? Dios es impredecible…

Mario A. Hernández Durán.

 

No impidan la acción del Espíritu…

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NO IMPIDAN LA ACCIÓN DEL ESPÍRITU

DICIEMBRE 17 DE 2017

DOMINGO III DE ADVIENTO

Liturgia de la Palabra:

  • Is 61,1-2.10-11.
  • 1 Tes 5,16-24.
  • Jn 1,6-8.19-28.

 VER

Lo que nace del Espíritu es Espíritu… (Jn 3,6), a lo que podemos añadir que quien vive del Espíritu actúa según el Espíritu. Pero… ¿qué es el Espíritu?

Desde la experiencia bíblica sabemos que el Espíritu es una fuerza, venida de Dios, concedida a algunos hombres elegidos para una misión específica; luego, será una marca, un sello (Ef 1,13), que hará de todo bautizado una persona distinta, llamada a ser profeta, para trabajar por la transformación de las estructuras, la justicia, la libertad y la conversión de las consciencias.

Del modo que sea, marca un actuar que no se detiene, que no descansa y que, por lo mismo, provocará cambios, a veces inesperados e inaceptables, en el modo de vivir de los hombres y las comunidades.

La acción del Espíritu es comprometedora y provoca resistencias, miedo a escuchar sus inenarrables gritos y a dejarse envolver por las verdades que nos revela; su libertad sobrepasa todo rigorismo y, sin contradecir la ley, la complementa y le da sentido. No obstante, muchos de nuestros actos (si no es que todos) se rigen por normas, preceptos morales, tradiciones y atavismos que impiden ir más allá de lo establecido.

El resultado de todo ello no es más que una interacción humana fría, calculada, prejuiciosa e insensible, que mide todo a través del cumplimiento y valora el proceder humano según la cantidad de leyes cumplidas, observadas a cabalidad y respetadas con una actitud mediocre, que no cuestiona ni se conmueve.

JUZGAR

No impidan la acción del espíritu santo

En los textos del tercer domingo de adviento encontramos un protagonista, sin él, se torna difícil la comprensión y la práctica de la Buena Nueva: el Espíritu. Con él, descubriremos que el Adviento es también un tiempo trinitario: allí se conjuntan la Voluntad del Padre, que envía, y el Hijo que es enviado con la fuerza del Espíritu.

En los domingos anteriores vimos algunas actitudes que debemos adoptar cuando la escucha de la Palabra nos empuja al compromiso con el hermano, con la sociedad, con uno mismo; en esta línea, somos invitados a estar alertas y despiertos (primer domingo) y a ir por delante como mensajeros de buenas nuevas (segundo domingo). Hoy, tanto el texto del profeta Isaías como la primera carta Pablo a los tesalonicenses, resaltan dos característica, o actitudes, que un creyente debe integrar a su vida: vivir según el Espíritu y vivir alegre.

¿Cómo?:

  • Lo primero es vivir según el Espíritu: nuestro bautismo nos lleva a ser conscientes de que el Espíritu del Señor está sobre nosotros y nos envía… (Lc 4,18//Is 61,1); es una razón sencilla, pero profunda y radical al mismo tiempo: el Espíritu nos ha ungido. Por eso, Pablo nos advierte que no impidamos, ¡no apaguen!, la acción del Espíritu Santo, ni despreciemos el don de ser profetas (1Tes 5,19).

Sólo quien se permite mirar al interior de sí mismo y escuchar, desde allí, los gritos del Espíritu (Rm 26,8), será capaz de entender que posee una fuerza transformadora e incontenible, y que en cualquier momento de la historia, o en cada acontecimiento de la vida, es enviado a anunciar, liberar y proclamar que el reino de amor y justicia ha llegado.

  • Lo segundo, vivir alegre: la segunda parte del texto de Isaías (vv. 10-11) inicia diciendo me alegro en el Señor con toda el alma y me lleno de júbilo en mi Dios; de igual modo, en la carta a los tesalonicenses Pablo inicia con un deseo: Hermanos: vivan siempre alegres…, pues esto es lo que Dios quiere de ustedes en Cristo Jesús (vv. 16-18).

Muchos hombres viven la “alegría” en lo que poseen, en lo que adquieren, en lo que “son”, o aparentan ser, en lo que aman y desean; no hay nada malo en ello, mientras no se gesten dependencias absolutas. Aunque pocas veces hablamos de la alegría que produce lo que se cree, o en quien se cree.

La encarnación del Verbo es el cumplimiento de una promesa: Dios está con nosotros y entre nosotros; es el gesto más elocuente del amor del Padre. Reconocerlo en el Hijo que se hace hombre, significa creer en ese gran misterio que provoca alegría: Les he dicho esto para que participen de mi alegría y sean plenamente felices (Jn 15,11).

La Palabra que se hace hombre, Jesucristo, quien vive en medio de nosotros y no conocemos (Jn 1,27) trae consigo una liberación que transforma la sociedad (cf. Sta. Ma. Eugenia Milleret), porque él bautiza con Espíritu y fuego (Mt 3,11).

ACTUAR

Hermanos: Vivan siempre alegres, oren sin cesar, den gracias en toda ocasión, pues esto es lo que Dios quiere de ustedes en Cristo Jesús. No impidan la acción del Espíritu Santo, ni desprecien el don de profecía; pero sométanlo todo a prueba y quédense con lo bueno. Absténganse de toda clase de mal. Que el Dios de la paz los santifique a ustedes en todo y que todo su ser, espíritu, alma y cuerpo, se conserve irreprochable hasta la llegada de nuestro Señor Jesucristo. El que los ha llamado es fiel y cumplirá su promesa (1 Tes 5,16-24).

 

 

Mensajeros de buenas nuevas…

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DICIEMBRE 10/2017

DOMINGO II DE ADVIENTO

Liturgia de la Palabra:

  • Is 40,1-5.9-11.
  • Sal 84.
  • 2Pe 3,8-14.
  • Mc 1,1-8.

VER

Un dicho popular dice que “las malas noticias se saben pronto”, o “siempre se saben”. Y, ¿las buenas noticias?… Hay muchas tal vez, pero resuenan poco, las desconocemos casi siempre y son opacadas por la vertiente caudalosa de la información teñida por la desgracia, la muerte, la violencia y la desesperanza.

El rating de los noticieros (televisivos y radiofónicos), el tiraje de los periódicos, el éxito de los críticos de gobiernos e instituciones, la extendida influencia de las redes y los medios electrónicos, y la misma “curiosidad” malsana (el morbo) de los consumidores de información exprés, se benefician de todo aquello que atrae de inmediato la atención de los incautos y tiene cautivos a los espectadores. Nos involucramos en la opinión que va desde un asalto y un crimen pasional, pasando por un secuestro, o un caso de corrupción, hasta llegar a las catástrofes naturales, la muerte de un líder político, el destape de un candidato y la oficialización en el aumento de los precios, los impuestos y los combustibles…, a tal grado, que nos distraemos profundamente, porque nos consterna, nos conmueve (de manera momentánea) y nos absorbe de tal manera, que ya nada tiene sentido ni relevancia.

Cuando nos sobreponemos al espanto y al terror que nos ocasiona esa información desmesurada y aterradora, sentimos la necesidad de una voz distinta, de un mensajero de buenas nuevas…

JUZGAR

Mensajeros de buenas nuevas…

La liturgia de la Palabra marca un contraste con la realidad, no la desconoce sino que la ilumina; nos presenta un panorama lleno de esperanza, propio de este tiempo litúrgico: ante la situación de caos y de pecado en la que viven los pueblos, surge la posibilidad del cambio que conlleva la salvación, la liberación y la felicidad.

Pero los hombres deberán empeñarse, tomar “una determinada determinación”, como decía Teresa de Jesús, y decidirse a cambiar radicalmente, ¡convertirse!

¿A qué estamos invitados? A tres cosas, partiendo de la situación en la que vivimos y que ha marcado con el miedo y la desesperanza a sociedades y naciones:

Sube a lo alto de los montes, mensajero de buenas nuevas para Sión; alza con fuerza la voz, tú que anuncias noticias alegres a Jerusalén. Alza la voz y no temas; anuncia a los ciudadanos de Judá: Aquí está su Dios. Aquí llega el Señor… (Is 40,9).

A diario escuchamos mensajes y promesas que buscan recuperar la confianza del pueblo, nos engañan con “decálogos”, reformas, nuevas leyes, discursos alentadores…, que ofrecen justicia y seguridad. Son voces que hablan desde lo alto del poder, pero esa voz no ha echado raíces en el corazón del hombre, ni es respuesta  sincera a los gritos de la gente.

Nosotros, somos invitados a subir a los montes, es decir, hacernos visibles para todos, en lo cotidiano, ser mensajeros de buenas nuevas y alzar la voz sin miedo.

Pero nosotros confiamos en la promesa del Señor y esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva, en que habite la justicia (2Pe 3,13).

Sólo cuando hay justicia hay paz, y si confiamos en esa promesa del Señor es porque confiamos en nosotros mismos y en nuestro empeño por construir una sociedad justa y fraterna. Por eso, gritamos ¡ya basta! Cualquier promesa es falsa y estéril cuando en vez de respetar la vida, genera muerte, tristeza y desesperanza.

He aquí que yo mando mi mensajero delante de ti, a preparar el camino (Mc 1,2).

Muchos han ocupado los primeros puestos y “van por delante” preparando, a modo, sus propios caminos, dejando fuera al resto del pueblo e ignorando sus necesidades.

Quienes hemos sido bautizado con Espíritu Santo, estamos llamados a salir por delante y enderezar caminos; gritar, alzar la voz y anunciar que el Señor ya viene. Nuestro canto, es ahora el mismo del salmista (Sal 84):

  • Escucharé las palabras del Señor, palabras de paz para su pueblo santo. Está ya cerca nuestra salvación y la gloria del Señor habitará en la tierra.
  • La misericordia y la verdad se encontraron, la justicia y la paz se besaron, la fidelidad brotó en la tierra y la justicia vino del cielo.
  • Cuando el Señor nos muestre su bondad, nuestra tierra producirá su fruto. Lajusticia le abrirá camino al Señor e irá siguiendo sus pisadas.

ACTUAR

La proclamación de Juan contiene el fundamento del actuar cristiano y de la misión que se nos ha encomendado; una misión que nace de la fuerza del Espíritu y que no puede ser considera sólo como bendición divina, sino, sobre todo, como una lucha para transformar la realidad del hombre y de la sociedad:

Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo (Mc 1,8).

Los discípulos de Jesús reconocemos que Él es el primer y más grande evangelizador enviado por Dios (cf. Lc 4, 44) y, al mismo tiempo, el Evangelio de Dios (cf. Rm 1, 3). Creemos y anunciamos “la buena noticia de Jesús, Mesías, Hijo de Dios” (Mc 1, 1). Como hijos obedientes a la voz del Padre, queremos escuchar a Jesús (cf. Lc 9, 35) porque Él es el único Maestro (cf. Mt 23, 8). Como discípulos suyos, sabemos que sus palabras son Espíritu y Vida (cf. Jn 6, 63. 68). Con la alegría de la fe, somos misioneros para proclamar el Evangelio de Jesucristo y, en Él, la buena nueva de la dignidad humana, de la vida, de la familia, del trabajo, de la ciencia y de la solidaridad con la creación (Aparecida, 103).

Jesucristo trae una liberación que transforma la sociedad

(Sta. Ma. Eugenia Milleret).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

Estén preparados…

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 DICIEMBRE 3/2017087dd31eb1aa1df4b903c9e87ccf76f9

PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO

  • Is 63,16-17.19; 64, 2-7.
  • 1 Cor 1,3-9.
  • Mc 13,33-37. 

 

VER

Iniciamos el Adviento, tiempo de espera y de escucha, pero también de búsqueda, de conversión y de reencuentro. El reino de Dios ya está aquí y es necesario re-descubrirlo y re-encontrarnos con él.

El Adviento es el tiempo (4 semanas) que dedicamos a preparar la Navidad, el día en que se recuerda que Dios, en Jesús, se hizo presente en la historia. Preparar la Navidad es, ante todo, esperar la venida de Jesús para acogerlo en nuestras vidas. La Navidad se reproduce y se repite todos los días. Porque todos los días Jesús se hace presente en nuestra historia, en la vida de cada uno de nosotros, en lo que hacemos y en lo que dejamos de hacer.  Jesús se hace presente en la bondad, en la amistad, en la sinceridad, en la honradez, en el bien que hacemos y en la felicidad que contagiamos a quienes se sienten mal, tristes y necesitados. Así entra Jesús en la historia de cada persona, y en la historia de la sociedad y de la Iglesia (José M. Castillo).

JUZGAR

El texto de Marcos inicia con una advertencia: “Velen y estén preparados, porque no saben cuándo llegará el momento” (v. 33). Velar y estar preparados… ¿para qué?; llegará el momento… ¿de qué?

Son dos cosas para tomar en cuenta al inicio de este tiempo de espera:

  • Lo primero que debemos asumir es, precisamente, una actitud de alerta (velar y estar preparado), necesaria hoy de frente a la realidad; es indispensable para descubrir en los acontecimientos cotidianos los signos del reino que, de hecho, ya está entre nosotros.
  • Lo segundo, el “momento” que advierte Jesús (v. 33) pude ser cualquier instante de la vida, o del tiempo (al anochecer, a medianoche, al canto del gallo (el alba), o durante madrugada), en los que el Padre, como lo expresa Isaías (64,4), sale al encuentro del hombre que práctica la justicia, o del que no la practica…

Estar alertas significa estar despiertos, y estarlo, es el modo de hacernos responsables de la vida que se nos ha encomendado (v.34); de lo contrario, el señor puede llegar de repente y sorprendernos dormidos.

El adviento nos prepara para recordar que “la Palabra se hizo hombre (carne) y habita entre nosotros” (Jn 1,14), pero sobre todo, recordar que muchos hombres necesitan que esa esa Palabra encarnada les salga al encuentro y los levante de su letargo y del sueño irresponsable.

ACTUAR

El mundo de los pobres es clave para comprender la fe cristiana […]. El encuentro con los pobres nos ha hecho recobrar la verdad central del evangelio con que la palabra de Dios nos urge a conversión. […] Ahora sabemos mejor lo que significa la encarnación, qué significa que Jesús tomó carne realmente humana y que se hizo solidario de sus hermanos en el sufrimiento, en los llantos y quejidos, en la entrega. Sabemos que no se trata de una encarnación universal, que es imposible, sino de una encarnación preferencial y parcial, una encarnación en el mundo de los pobres. (Mons. Oscar Arnulfo Romero).