Yo soy…

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ABRIL 22/2018

IV DOMINGO DEPASCUA

VER

A lo largo de los días seguiremos escuchando, en todos los medios, cualquier cantidad de propuestas enfocadas en captar la confianza del pueblo, la necesidad de un voto por mil dádivas inexplicables, irreales, inexistentes.

Los tiempos electorales son los tiempos del derroche, de tirar la casa por la ventana para seducir a los incautos, “convencer” a los pobres malgastando millonarios recursos que podrían, sin lugar a dudas, mitigar la miseria. Cada candidato se apropia del “yo soy…” (el mejor, el más apto, el único, el adecuado…) para desacreditar al adversario, sin percatarse, tal vez, que se han entrampada en un círculo vicioso, donde todos pretenden ser lo que, en realidad, no son…

Llegaremos a un hartazgo sensorial y un vacío racional, hasta vomitar desprecio, terror, miedo, indecisión, dudas, votos sin sentido… El aparato político, cual lobo, se habrá enriquecido sin saciarse, mientras el pueblo, confundido, andará disperso, escondido, sin esperanza.

JUZGAR

El evangelio de Juan (10,11-18) nos remite a una imagen esperanzadora: el buen pastor.

Gran parte de la vida del hombre se debate entre el bien y el mal, la inquietud por encontrar la mejor opción y tomar la decisión correcta. Siempre, frente a nosotros, están presentes lo bueno y lo malo; son los opuestos que hacen de la razón, la voluntad y la libertad cualidades activas, en constante búsqueda de la verdad y del bien; son la base de un proceso llamado existencia, que busca trascender el tiempo y superar la mediocridad y la estéril pasividad.

El buen pastor da la vida por sus ovejas (v. 11), lo que significa estar dispuesto y disponible, sobrepasando los límites del tiempo, haciendo de las noches vigilia luminosa y del día presencia y compañía. Sin menoscabo de la virilidad del pastor, como la de todo hombre, dar la vida así es un gesto maternal, y no puede ser de otra manera; una entrega absoluta por convicción, que teje relaciones profundas con los suyos, a tal punto, que puede decir conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mí (v. 14). Identidad y pertenencia que anima la confianza de los seguidores y la certeza de encontrarse en lugar seguro.

La convicción del pastor se transforma en vocación, llamada que convoca y acoge: tengo otras ovejas que no son de este redil y es necesario que las triga también a ellas; escucharán mi voz y habrá un solo rebaño y un solo pastor (v. 16).

Todo se fundamenta en el conocimiento y en el amor; conocimiento muto donde se gestan la filiación y la fraternidad: yo las conozco y ellas me conoce, como el Padre me conoce y yo a él (vv. 14-15) y del que nace el enamoramiento y el amor, que se palpa en la entrega incondicional: El Padre me ama porque doy mi vida… (v. 17). Si no fuera así, sólo habría un conocer unilateral, impositivo y dictatorial, carente de amor y de confianza, desinteresado por el bien de los demás: el que no es el pastor ni el dueño de las ovejas, cuando ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; el lobo se arroja sobre ellas y las dispersa (v. 12).

Esta es la diferencia entre el buen pastor y el pastor que engaña: dar la vida.

ACTUAR

Los malos pastores son símbolo de la corrupción. El Papa Francisco nos dice que no habría corrupción social sin corazones corruptos… ¿Por qué un corazón se corrompe? El corazón no es una última instancia del hombre, cerrada en sí misma; allí no acaba la relación. El corazón humano es corazón en la medida en que es capaz de referirse a otra cosa, en la medida que es capaz de amar o negar el amor (odiar). Por ello Jesús, cuando invita a conocer el corazón como fuente de nuestras acciones, nos llama la atención sobre esta adhesión finalística de nuestro corazón inquieto. Donde está tu tesoro allí está tu corazón (Mt 6,21). Conocer el corazón del hombre, su estado, entraña necesariamente conocer el tesoro al que ese corazón está referido, el tesoro que lo libera y plenifica o que lo destruye y esclaviza… (Algunas reflexiones en torno a la corrupción).

En estos tiempos, las palabras que se pronuncian afloran como la voz que se escucha para emprender el seguimiento, del conocimiento mutuo nace el amor y el gozo de decir, con el salmista (Sal 117):

Bendito el que viene en el nombre del Señor.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

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