DOCTRINA SOCIAL

Different RacesLA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA Y LOS JÓVENES

Conferencia: julio 23/2015

LOS JÓVENES, ESPERANZA PARA HUMANIZAR EL VOLUNTARIADO

Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos, sediento y te dimos de beber, emigrante y te recibimos, desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o encarcelado y fuimos a visitarte?… (Mt 25,37-39).

¿Cuándo…?

Este texto del capítulo 25 del evangelio de Mateo, que conocemos como el juicio de las naciones, junto con el capítulo 5 (1-12) del mismo evangelista, al que llamamos sermón del monte, o las bienaventuranzas, conforman el programa de acción que el Papa Francisco propuso a los jóvenes en Río. Un programa de acción basado en el evangelio con una proyección social, sin duda, y en el que se recompensa, con la bendición del Padre, la decisión desinteresada, concreta, voluntaria tal vez, de hacer algo por el otro, particularmente por el abandonado, el olvidado, el miserable. Son un programa de acción, insisto, porque no son textos que están allí, en la Sagrada Escritura, sólo para leerse, y de vez en cuando “reflexionar”,  sino porque son Palabra de Dios que nos interpela y nos empuja a la acción.

Antes de adentrarnos propiamente en el tema que nos ocupa hoy, quisiera remitirme una vez más a la Escritura, pero lo quiero hacer desde la figura de un joven, un muchacho:

El Señor me dirigió la palabra: “Antes de formarte en el vientre te elegí, antes de salir del seno materno te consagré y te nombre profeta de los paganos”. Yo repuse: “¡Ay, Señor mío! Mira que no sé hablar, que soy un muchacho”. El Señor me contestó: “No digas que eres un muchacho: que a donde yo te envíe, irás; lo que yo te mande, lo dirás. No les tengas miedo, que yo estoy contigo para librarte -oráculo del Señor-.

El Señor extendió la mano, me tocó la boca y me dijo: “Mira, yo pongo mis palabras en tu boca, hoy te establezco sobre pueblos y reyes, para arrancar y arrasar, destruir y demoler, edificar y plantar” (Jr 1,4-10).

¿Qué es lo que espero -dijo el Papa Francisco a los jóvenes- como consecuencia de la jornada de la juventud?: ¡Espero lío! …quiero lío en las diócesis, quiero que salgan afuera, quiero que la Iglesia salga a la calle…, del mismo modo que Yahvé esperó que Jeremías, el joven profeta, fuera a hacer lío (arrancar, arrasar, destruir, demoler, etc.). Es curioso, como último detalle, ver cómo Dios dice a Jeremías no tengas miedo, yo estoy contigo, en coincidencia con lo que el Papa dice a los jóvenes, y nos lo dice a todos nosotros, quiero que nos defendamos… Sólo quien tiene miedo vive agazapado, sometido, y no sale a defender ni defenderse; no será capaz de transformar nada: dejará pasar la oportunidad de edificar y de plantar…  No tengas miedo…

El título de esta conferencia, Los jóvenes, esperanza para humanizar el voluntariado, nos pone de frente a cuatro realidades que, hoy por hoy, son preocupación de la Iglesia, ya sea desde la reflexión teológica, o desde el trabajo pastoral: los jóvenes, la esperanza, la necesidad de humanizar la vida y el voluntariado.

El Papa, durante el mismo discurso, ha sido enfático al denunciar cómo la civilización moderna ha generado dos exclusiones: la exclusión de los ancianos y la exclusión de los jóvenes; ambos, a decir del Papa, son las dos puntas del futuro: unos, porque  representan la sabiduría, la experiencia y los conocimientos recogidos a lo largo de la vida, que se deben transmitir, responsablemente, para que la historia tenga raíces y fundamentos; los otros, los jóvenes, porque son los herederos de toda esa riqueza; son la tierra fértil donde la historia puede dar frutos, son la fuerza que mantiene viva la esperanza. Es por ello que la Iglesia latinoamericana ha hecho una opción preferencial por los jóvenes:

Puebla 1186:

La Iglesia confía en los jóvenes (Cfr. EN 72). Son para ella su esperanza. La Iglesia ve en la juventud de América Latina un verdadero potencial para el presente y el futuro de su evangelización. Por ser verdadera dinamizadora del cuerpo social y especialmente del cuerpo eclesial, la Iglesia hace una opción preferencial por los jóvenes en orden a su misión evangelizadora en el Continente (Cfr. Med. Juventud 13).

Dado que los jóvenes son, en sí mismos, una riqueza invaluable y representan un futuro potencial para la Iglesia y para la sociedad, tal opción sólo será eficaz cuando se lleven a cabo dos tareas complementarias. La primera: respetar, cuidar y atender a los jóvenes; la segunda: promover a los jóvenes (es lo que el documento de Puebla plantea, de una u otra manera, en el n. 1187). Si no fuera así, estaríamos hablando entonces de una explotación de la juventud, que sólo ve en ella la fuerza necesaria para sostener lo que otros ya no pueden, o ya no quieren, sostener.

Todo esto es claro y somos conscientes de que así es: ¡los jóvenes representan el futuro de la humanidad! No obstante, en las circunstancias de la vida cotidiana el panorama es distinto: en ocasiones, a los jóvenes se les considera como una “amenaza”, porque ponen en entredicho nuestras costumbres, nuestra cultura, nuestras tradiciones, nuestra moral, nuestras relaciones, nuestras creencias, nuestra autoridad, nuestra forma de vivir y de pensar; por si fuera poco, provocan que el futuro, del que tanto hablamos y queremos poner en sus manos, sea incierto… ¿Por qué?: porque los jóvenes, muchos de ellos, se mueren jóvenes. Hay estadísticas que demuestran que un alto índice en el mundo, entre 15 y 29 años (OMS), muere a causa de la violencia, el consumo de drogas, los accidentes de tráfico (donde hay presencia de drogas y alcohol) y el VIH SIDA. Lo trágico de esto es que esos jóvenes son, realmente (evitemos por ahora lo metafórico), nuestros hijos. Eso quiere decir que nosotros, o muchos de nosotros, quienes integramos, o comenzamos a formar parte, de una de las dos puntas del futuro, no hemos trabajado lo suficiente para humanizar el mundo y la sociedad, y ofrecer, en consecuencia, una posibilidad de vida digna, promisoria y cierta a nuestros jóvenes.

Si analizamos las cosas con profundidad, con honestidad y objetividad, descubriremos que, en realidad, no son ellos la “amenaza” de la que constantemente nos quejamos. Por el contrario, adolescentes y jóvenes conforman un sector de la sociedad que vive amenazado: nosotros ya alcanzamos, de algún modo, el futuro que se nos prometió, o el que nos propusimos; para la gran mayoría de ellos no hay porvenir… (Ni educación de calidad, ni trabajo posible, ni familia estable…, tampoco una sociedad responsable). No tienen miedo de entregar su vida por los demás -dice el documento de Aparecida-, pero sí temen una vida sin sentido (443).

Puebla (1178) reconoce lo que la juventud representa para el futuro del continente y para la Iglesia, y al mismo tiempo acepta la responsabilidad que todos debemos asumir de frente a ella:

La Iglesia ve en la juventud una enorme fuerza renovadora, símbolo de la misma Iglesia. Esto lo hace por vocación y no por táctica ya que está “llamada a constante renovación de sí misma, o sea, a un incesante rejuvenecimiento” (Juan Pablo II, Alocución Juventud, 2. AAS LXXI, p. 218). El servicio a la juventud realizado con humildad debe hacer cambiar en la Iglesia cualquier actitud de desconfianza o de incoherencia hacia los jóvenes.

Nos encontramos, entonces, con una luz de esperanza que nos ayuda a superar la apatía y el pesimismo: la juventud es una enorme fuerza renovadora. Esta idea se la deben creer los jóvenes de sí mismos, y la debemos creer los adultos, ya que en esta doble carga de confianza puede echar raíces la esperanza; creer en la posibilidad, real, de algo nuevo.

Cuando hay esperanza, existen motivos suficientes para creer que se puede transformar el mundo y, sobre todo, para humanizar la vida. Sabemos, y además lo aceptamos, que vivimos en sociedades terriblemente inhumanas y deshumanizadoras. Esto es una contradicción, ya que toda sociedad, por naturaleza, es humana, por el simple hecho de que el hombre está presente en ella. Eso quiere decir que, tal vez, la humanidad ha dejado de ser el centro de la creación y la fuente de la historia. Pero… entonces, ¿quién ocupa nuestro lugar?: los sistemas económicos, las estructuras de poder, el mercado, el consumo, la violencia, el crimen, etc.; por eso el Papa invita a los jóvenes a que nos defendamos de todo lo que sea mundanidad, de lo que sea instalación, de lo que sea comodidad, de lo que sea clericalismo, de lo que sea estar encerrados en nosotros mismos… Cuando el hombre se encierra en sí mismo, cuando el egoísmo es su modus vivendi, poco a poco deja de existir; si todos hacemos lo mismo y actuamos del mismo modo (egoístamente), dejamos de existir los unos para los otros. Si no hay hombres, no hay humanidad y, por consecuencia, nada es humano.

¿Por qué los jóvenes son una esperanza de humanización? (Después pasamos a la humanización del voluntariado).

Retomando el documento de Puebla (1167-1168), encontramos una descripción de lo que significa ser joven, por demás, precisa y contundente:

  • La juventud no es sólo un grupo de personas de edad cronológica. Es también una actitud ante la vida, en una etapa no definitiva sino transitiva. Tiene rasgos muy característicos:
  • Un inconformismo que lo cuestiona todo; un espíritu de riesgo que la lleva a compromisos y situaciones radicales; una capacidad creativa con respuestas nuevas al mundo en cambio que aspira a mejorar siempre como signo de esperanza. Su aspiración personal más espontánea y fuerte es la libertad, emancipada de toda tutela exterior. Es signo de gozo y felicidad. Muy sensible a los problemas sociales. Exige autenticidad y sencillez y rechaza con rebeldía una sociedad invadida por hipocresías y antivalores.
  • Este dinamismo la hace capaz de renovar “las culturas” que, de otra manera, envejecerían.

Considero que la respecto, no hay más qué decir… La juventud es capaz de humanizar, porque es capaz de transformar. Pasemos a la última realidad: el voluntariado.

¿Qué es el voluntariado? Habrá, seguramente, infinidad de definiciones que nos expliquen con lujo de detalle y desde diferentes perspectivas (religiosas, sociales, políticas, partidistas, altruistas, etc.), qué es, cómo se estructura y bajo qué criterios se vive… Sabemos, además, que el voluntariado es una actividad muy apreciada en al ámbito social y en el trabajo pastoral y misionero de la Iglesia; de tal modo, que se ha convertido en un instrumento eficaz para llevar a cabo y sostener grandes proyectos de asistencia social, de apoyo a sectores necesitados, de campañas temporales, de educación, de evangelización, de propaganda, entre otros. Es un llamado a trabajar por una causa, sabiendo de antemano que no habrá remuneración… Aunque sí una recompensa.

Tomando en cuenta todo esto, podemos decir que el voluntariado es una posibilidad de entrega incondicional al servicio del hermano. En ella, en esta posibilidad, subyacen actitudes que se pueden potenciar, como la gratuidad, la renuncia, la solidaridad, la apertura, la acogida…

¿Cuál es, en concreto, el papel de la juventud ante esta realidad? Primero: Es evidente que los criterios económicos y políticos de nuestras sociedades, con los que se mide y se estructura casi todo, han violentado y desfigurado el sentido original del voluntariado y, como consecuencia, el modo de relacionarnos unos con otros. Es decir, hay un abuso en el uso del concepto “voluntariado” cuando es utilizado para cubrir con él otras intenciones, ventajosas, que no son precisamente de buena voluntad. ¿A qué nos referimos?: por ejemplo, ofrecer espacios de trabajo voluntario, para sacar adelante una obra, o lo que sea, con tal de no cubrir un trabajo remunerado, esto por el lado de los empresarios…; por el lado de los “voluntarios”: ofrecer el trabajo, sin gratuidad ni entrega incondicional, esperando y exigiendo una remuneración…

Segundo: la juventud es tierra fértil y la que más aporta voluntarios a la sociedad y a la Iglesia. Existe en ella la buena voluntad. Sus capacidades y su visón de la vida es, como dice Puebla, la posibilidad real de renovar la cultura.

Un primer paso de humanización es reavivar y potenciar una característica propia de los jóvenes: la renuncia, que radica, según las enseñanzas del Papa Benedicto XVI, en amar al prójimo como a sí mismo (Mt 22,39).

  • “Un fenómeno importante de nuestro tiempo es el nacimiento y difusión de muchas formas de voluntariado que se hacen cargo de múltiples servicios (…) Esta labor tan difundida es una escuela de vida para los jóvenes, que educa a la solidaridad y a estar disponibles para dar no sólo algo, sino a sí mismos.” (DC 30)
  • “La íntima participación personal en las necesidades y sufrimientos del otro se convierte así en un darme a mí mismo: para que el don no humille al otro, no solamente debo darle algo mío, sino a mí mismo; he de ser parte del don como persona.” (DC 34).
  • La caridad es amor ofrecido y recibido. Es “gracia” (cháris)… (CV 5).
  • La doctrina social de la Iglesia responde a esta dinámica de caridad recibida y ofrecida. Es «caritas in veritate in re sociali», anuncio de la verdad del amor de Cristo en la sociedad. Dicha doctrina es servicio de la caridad, pero en la verdad. La verdad preserva y expresa la fuerza liberadora de la caridad en los acontecimientos siempre nuevos de la historia. Es al mismo tiempo verdad de la fe y de la razón, en la distinción y la sinergia a la vez de los dos ámbitos cognitivos. El desarrollo, el bienestar social, una solución adecuada de los graves problemas socioeconómicos que afligen a la humanidad, necesitan esta verdad. Y necesitan aún más que se estime y dé testimonio de esta verdad. Sin verdad, sin confianza y amor por lo verdadero, no hay conciencia y responsabilidad social, y la actuación social se deja a merced de intereses privados y de lógicas de poder, con efectos disgregadores sobre la sociedad, tanto más en una sociedad en vías de globalización, en momentos difíciles como los actuales (CV 5).

Un segundo paso es confiar en ellos y darles la oportunidad de que pongan en práctica lo que su corazón, inspirado por el Espíritu, les empuja a hacer. El Papa Francisco, en la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium (105 y 106), nos lleva a la siguiente reflexión:

La pastoral juvenil, tal como estábamos acostumbrados a desarrollarla, ha sufrido el embate de los cambios sociales. Los jóvenes, en las estructuras habituales, no sueles encontrar respuestas a sus inquietudes, necesidades, problemáticas y heridas. A los adultos nos cuesta escucharlos con paciencia, comprender sus inquietudes o sus reclamos, y aprender a hablarles en el lenguaje que ellos comprenden. Por esa misma razón, las propuestas educativas no producen los frutos esperados. La proliferación y crecimiento de asociaciones y movimientos predominantemente juveniles pueden interpretarse como una acción del Espíritu que abre caminos nuevos acordes a sus expectativas y búsquedas de espiritualidad profunda y de un sentido de pertenencia más concreto. Se hace necesario, sin embargo, ahondar en participación con éstos en la pastoral de conjunto de la Iglesia.

Aunque no siempre es fácil abordar a los jóvenes, se creció en dos aspectos: la conciencia de que toda la comunidad los evangeliza y educa, y la urgencia de que ellos tengan un protagonismo mayor. Cabe reconocer que, en el contexto actual de crisis del compromiso y de los lazos comunitarios, son muchos los jóvenes que se solidarizan ante los males del mundo y se embarcan en diversas formas de militancia y voluntariado. Algunos participan en la vida de la Iglesia, integran grupos de servicio y diversas iniciativas misioneras en sus propias diócesis o en otros lugares. ¡Qué bueno es que los jóvenes sean “callejeros de la fe”, felices de llevar a Jesucristo a cada esquina, a cada plaza, a cada rincón de la tierra!

Un tercer paso, y último, hacer sentir a los jóvenes que el Reino de Dios ha llegado, para que descubran la fuerza y la radicalidad de la conversión:

Una espiritualidad, un voluntariado, que libera y transforma, estarán centrados en una conversión al prójimo, al hombre oprimido, a la clase social expoliada, a la raza despreciada, al país dominado. Nuestra conversión al Señor pasa por ese movimiento. La conversión evangélica es, en efecto, la piedra de toque de toda espiritualidad. Conversión significa una transformación radical de nosotros mismos, significa pensar, sentir y vivir como Cristo presente en el hombre despojado y alienado. Convertirse es comprometerse con el proceso de liberación de los pobres y los explotados, comprometerse lúcida, realista y concretamente. No sólo con generosidad, sino también con análisis de situaciones y con estrategia de acción. Convertirse es saber y experimentar que, contrariamente a las leyes del mundo de la física, sólo se está de pie, según el evangelio, cuando nuestro eje de gravedad pasa fuera de nosotros (Gustavo Gutiérrez).

Iniciamos esta conferencia recordando un texto del evangelio de Mateo (El juicio de las naciones), mismo que el Papa Francisco propuso a los jóvenes como programa de vida. Quisiera cerrar con otra reflexión, en torno al mismo texto, pero ahora del Papa Benedicto, en su Carta Encíclica Deus Caritas est (15):

En fin, se ha de recordar de modo particular la gran parábola del Juicio final (cf. Mt 25, 31-46), en el cual el amor se convierte en el criterio para la decisión definitiva sobre la valoración positiva o negativa de una vida humana. Jesús se identifica con los pobres: los hambrientos y sedientos, los forasteros, los desnudos, enfermos o encarcelados. « Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis » (Mt 25, 40). Amor a Dios y amor al prójimo se funden entre sí: en el más humilde encontramos a Jesús mismo y en Jesús encontramos a Dios.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

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